Hell or High Water

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN David Mackenzie
GUION Taylor Sheridan
FOTOGRAFÍA Giles Nuttgens
MÚSICA Nick Cave, Warren Ellis
REPARTO Chris Pine, Jeff Bridges, Ben Foster, Gil Birmingham

Pase lo que pase

En el oeste de Texas, antiguo territorio comanche, un padre de familia divorciado y su hermano ex convicto comienzan a asaltar bancos para pagar la abusiva hipoteca del rancho familiar al propio banco, lo que desata una persecución a cargo del veterano sheriff del lugar quien ha detectado el patrón que siguen los aficionados asaltantes.

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Segundo guion —siendo el primero nada menos que Sicario (Denis Villeneuve, 2015)— del actor convertido en guionista Taylor Sheridan, originalmente se titulaba Comanchería (como se llamó en España); Enemigo de todos (traducción literal de «comanche») en Hispanoamérica. La frase come hell or high water se traduce como ‘pase lo que pase’, reflejo de la decisión de Toby Howard (Chris Pine) y su loco hermano Tanner (Ben Foster) en hacer justicia por su propia mano, una especie de Robin Hoods de sí mismos.

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Sin embargo, la piedra angular de este western del siglo XXI es Jeff Bridges y su personaje del Texas ranger Marcus Hamilton, tan cínico y políticamente incorrecto como profesional y noble. No por nada es suya una de las 4 nominaciones al Oscar de la película. Las ricas relaciones entre los personajes —los hermanos tan distintos pero que se apoyan pase lo que pase, o el pretendidamente racista Hamilton con su compañero de origen comanche— junto con varias secuencias de acción emocionantes, canciones country y una crítica social de fondo completan una francamente buena película. Al parecer en Texas todos siguen usando botas y sombrero, y no por nada el western ha sido el género cinematográfico estadounidense por excelencia.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Arrival

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Denis Villeneuve
GUION Eric Heisserer, basado en el cuento de Ted Chiang
FOTOGRAFÍA Bradford Young
MÚSICA Jóhann Jóhannsson
REPARTO Amy Adams, Jeremy Renner, Forest Whitaker, Michael Stuhlbarg

La comunicación salvará al mundo

La última película del quebequés Denis Villeneuve (Prisoners, Enemy, Sicario), nominada a 8 Oscares (incluyendo mejor película, mejor director y mejor guion adaptado), es una fábula de ciencia ficción, más bien sobria, sobre la importancia de la comunicación. Basada en un cuento de Ted Chiang, cuenta cómo cuando misteriosas naves alienígenas aparecen en distintos puntos de la Tierra, la lingüista Louise Banks (Amy Adams) es convocada como intérprete entre los humanos y los extraterrestres.

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Sin seguir el cliché del enfrentamiento hombre-versus-alien, el correcto relato de Villeneuve —un director del que cada vez oiremos más— va más bien en la línea de películas que han sabido relacionar el conflicto externo del relato de ciencia ficción con el conflicto interno y familiar de sus protagonistas, como hemos visto en Interestelar (Nolan, 2014), Gravedad (Cuarón, 2013) o Señales (Shyamalan, 2002). Se entiende que el siguiente proyecto del director sea Blade Runner 2049, la esperadísima secuela de esa obra maestra de la ciencia ficción más filosófica.

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Las nominaciones técnicas (fotografía, edición, mezcla de sonido, edición de sonido y diseño de producción) hablan de la calidad cinematográfica. Los planos, diferidos en tiempo, de la vida ordinaria de la protagonista y su familia recuerdan los de Lubezki en El árbol de la vida de Terrence Malick, y es interesante la construcción estética de los extraterrestres y sus naves, siempre un reto ante un público que ya los ha visto en todo tipo de versiones. Esta vez sin nominación, la música minimalista del islandés Jóhann Jóhannsson, completa el empaque perfecto.

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Con un giro de trama que da para los más ricos análisis narrativos, el fuerte de la película es el guion —y eso es mucho decir en una película tan lograda en lo técnico— que en su simplicidad consiste en una parábola sobre la comunicación y la incomunicación. Y no suena descabellado que sea la comunicación la que salve este mundo, o la incomunicación la que corra el riesgo de perderlo. Una tesis válida para cualquier momento de la historia, pero que precisamente hoy parece necesario gritarla a los cuatro vientos.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Manchester by the Sea

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION  Kenneth Lonergan
FOTOGRAFÍA Jody Lee Lipes
MÚSICA Lesley Barber
REPARTO Casey Affleck, Michelle Williams, Lucas Hedges, Kyle Chandler, Matthew Broderick

Familia es familia

El cine de Kenneth Lonergan, que no es abundante pero significativo, tiene la bella característica de ser cotidiano y profundo a la vez. El también dramaturgo neoyorquino ha escrito para Hollywood desde Analyze This (1999) y Las aventuras de Rocky y Bullwinkle (2000) hasta Gangs of New York (2002), pero es en las películas que también dirige donde demuestra su talento y su tono personal. En su estilo y las historias que aborda quizá recuerda un poco a lo mejor de Richard Linklater. Ya estuvo nominado al Oscar como guionista por Puedes contar conmigo (2001), una historia de drama y humor que, como la que nos ocupa esta vez, se soporta en las relaciones familiares.

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Manchester-by-the-Sea es un pueblo costero ubicado en el condado de Essex en el estado de Massachusetts, al que Lee Chandler (Casey Affleck) regresa tras la muerte de su hermano, por lo que debe hacerse cargo de su sobrino adolescente, Patrick (Lucas Hedges). Poco más quiero decir de la trama, salvo señalar que sí hay una y no estamos ante un simple pasar de los días como en Boyhood (2014) del citado Linklater. Y es que parte del mérito de Lonergan aquí son los saltos temporales no avisados, que nos van desvelando el doloroso pasado de los personajes, a la vez que vamos entendiendo más las situaciones con las que lidian. Eso, unido a la mezcla de tragedia y humor, ninguno en demasía sino «como en la vida misma» (las comillas importan mucho, pues semejante naturalidad no se improvisa, todo lo contrario), llena de pequeños detalles como no recordar dónde se aparcó el coche en medio de una discusión, una estúpida nevera que no cierra, o la camilla de ambulancia que se atasca creando un anticlímax pero que lo hace todo más real.

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Una película así de cercana y a la vez tan melodramática, requiere de esforzadas interpretaciones para ser lograda. Y en efecto, lo logra la contenida actuación de Casey Affleck, con un personaje difícil por lo taciturno y frío que es; el joven Lucas Hedges (recordarán al malvado pelirrojo de la moto atacado por los protagonistas de Moonrise Kingdom) nos da a un adolescente que controla la situación hasta que se rompe en el momento preciso; Michelle Williams, que con menos de cinco escenas alcanza una merecida nominación al Oscar, y hasta el detalle del nefasto personaje de Matthew Broderick, por cierto, amigo de Lonergan y un habitual en sus películas.

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Todo lo opinables que se quieran, sus 6 nominaciones al Oscar (mejor película, director, guion original, actor principal Affleck, actor de reparto Hedges y actriz de reparto Williams) la ponen en la mira, y el resultado no defrauda si uno se sitúa ante una película serena —yo no diría lenta—, triste en ocasiones pero que también arranca sonrisas. Como la vida, nos recuerda que en los momentos verdaderamente importantes, a quien realmente tendremos para velar para nosotros será a nuestra familia, el único lugar donde se nos quiere por lo que somos. Y vaya que los seres humanos necesitamos ser queridos y queridos así.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

La La Land

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Damien Chazelle
FOTOGRAFÍA Linus Sandgren
MÚSICA Justin Hurwitz
REPARTO Ryan Gosling, Emma Stone, Rosemarie DeWitt, J.K. Simmons, John Legend

Va por los que sueñan

Here’s to the ones who dream. Así dice la canción que Emma Stone canta en uno de los momentos más bellos de La La Land, el exquisito musical chapado a la antigua por Damien Chazelle, un director joven que sorprendió a la audiencia hace un par de años con Whiplash, que ganara tres Oscars habiendo sido nominada también a mejor película. Esta vez, en su línea de presentar una historia donde la música es central —Chazelle, alguna vez aspirante a baterista profesional, es un entusiasta del jazz— nos cuenta la historia de la actriz Mia (Emma Stone) y el pianista Sebastian (Ryan Gosling) que se enamoran en Los Angeles a finales de los noventas.

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Chazelle, también guionista de la película, hace homenaje a los musicales clásicos, y se inspira muy concretamente en Los Paraguas de Cherburgo, de Jacques Demy, ganadora de la Palma de Oro de Cannes en 1964, que se caracteriza por ser enteramente cantado en todos sus diálogos. Aunque los no tan fanáticos del género no deben asustarse: La La Land tiene las canciones justas —incluso pocas para un musical— pero excelentes, pues generan grandes emociones en la audiencia: hay que resistir para no ponerse a aplaudir de pie. El homenaje a la cinta francesa está en el modo de estructurar la narración en torno a las estaciones del año, así como en algunas melodías y arreglos musicales, la viveza de la paleta de colores y —lo siento— el final. Un final agridulce que, como en Whiplash, demuestra que Chazelle es un maestro de la faena tan complicada que es cerrar bien una historia y en el momento preciso.

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Si bien Ryan Gosling y Emma Stone no son grandes cantantes —y menos él, todo sea dicho, aunque tiene el mérito de tocar el piano— la química que hay entre ellos, como ya habíamos comprobado en Crazy, Stupid, Love, llena la película y se equipara a la de las grandes parejas del cine clásico de Hollywood como Cary Grant y Grace Kelly o Humphrey Bogart e Ingrid Bergman. No les falta el humor, con puntadas muy bien elegidas, que contribuyen a hacer la historia aun más disfrutable. Y, desde luego, bailan y muy bien. El resto del reparto es enteramente de segunda fila, aunque son conocidos los rostros de J.K. Simmons (ganó el Oscar con Whiplash, y aquí tiene un papel muy en su estilo) y del cantante John Legend que interpreta a un alter ego suyo, colaborador musical de Sebastian.

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Visualmente es también fenomenal: frecuentemente tenemos los cuatro colores primarios en cuadro, y la fotografía de Linus Sandgren hace lucir por igual una noche estrellada, un atardecer en el mar o una colorida fiesta en la piscina. El ritmo, tan clave en una película llena de jazz, está muy logrado (repite el editor Tom Cross, que se llevó uno de los tres Oscars de Whiplash). Tiene varios planos secuencia bastante conseguidos —los de los números musicales, sin ir más lejos, incluyendo el que abre la cinta con jóvenes habitantes de Los Angeles cantando sobre sus coches en pleno atasco, sueño irrealizado de muchos que vivimos en megaurbes— aunque igualmente nos coloca una discusión de los protagonistas en respectivos primeros planos que meten de lleno en la situación.

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Aunque con cierta ingenuidad y simplificación —propia del género musical— la película es bastante realista mostrando la complejidad de las relaciones amorosas cuando las trayectorias profesionales están de por medio, y resalta el valor de saber sacrificar lo propio por amor al otro con una sonrisa. Resulta, en fin, un gran homenaje a la comunidad artística de Los Angeles, que como Mia y Sebastian tienen que luchar desde abajo, malviviendo como camareros, yendo de audición en audición y de frustración en frustración, persiguiendo sus sueños de fama. Toda una ciudad donde los sueños se unen y se fabrican, y vaya que se los agradecemos: Here’s to the ones who dream, foolish as they may seem; here’s to the hearts that ache, here’s to the mess we make.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Hasta el último hombre

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Mel Gibson
GUION Robert Schenkkan y Andrew Knight
FOTOGRAFÍA Simon Duggan
MÚSICA Rupert Gregson-Williams
REPARTO Andrew Garfield, Vince Vaughn, Hugo Weaving, Sam Worthington, Rachel Griffiths

No matarás

El regreso de Mel Gibson tras la cámara después de diez años no podía ser indiferente. Actor estrella de Hollywood, demostró tener oficio dirigiendo Braveheart en 1995 —lo que le mereciera un Oscar como director, además de mejor película—; conmovió y sacudió con La Pasión de Cristo (2004), a la par de ganarse varias enemistades en la industria que no lo han desetiquetado de antisemita; y presentó un relato crudo y naturalista con Apocalypto (2006). Fiel a sus temas y a su estilo, y recuperando el favor del público con un tema bélico-patriótico, nos trae ahora Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge): la historia real de Desmond Doss, el primer soldado objetor de conciencia que recibió la Medalla de Honor por su participación en la batalla del risco Hacksaw de Okinawa en la Segunda Guerra Mundial… sin haber tocado un arma.

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Incapaz de quedarse de brazos cruzados mientras sus compañeros iban a la guerra, y amparado por la Constitución para poder alistarse como médico y no tener que disparar por coherencia con su fe cristiana adventista, Doss es ridiculizado, humillado, presionado y hasta juzgado por no ceder. Pero es su heroísmo el que terminará por imponerse. Para hacer querido a un personaje con valores tan poco contemporáneos, resulta clave la interpretación de Andrew Garfield, que recrea a un joven valiente pero humilde —no se cree mejor que sus compañeros—, algo ingenuo pero firme, ejemplo plástico de cómo un hombre de fe no pretende restar sino siempre sumar, siempre ayudar.

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Precisamente, el gran mérito de Gibson y los guionistas es hacer asequible al gran público una historia en la que unos valores tan radicales —absurdos para muchos personajes de la película, tan absurdos como ir “a la guerra sin fusil”— son mostrados en lo que tienen de positivo. Y es que la empatía con este joven soldado es total. Sus creencias como cristiano de la Iglesia Adventista del Séptimo Día no son mostradas como una fe arbitraria y absurda y mucho menos impuesta, sino algo coherente con lo que ha vivido desde su infancia —esa escena con su hermano de niños o la relación con su padre alcohólico— y con lo que él es: “No sabría vivir conmigo mismo si no fuera fiel a mis creencias”. Y su valor y carisma demostrarán que su fe no solo no es un estorbo en el campo de batalla, sino que se convierte en el motor de su heroísmo —Desmond Doss, a la voz de “por favor, Dios, ayúdame a salvar uno más”, salvó 75 vidas cuando el resto de la tropa se había ya retirado— y una esperanza para los demás: “Ellos no creen en lo mismo que tú, pero creen mucho en cómo tu crees”.

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A este modo tan acertado de plantear el conflicto, contribuye una realización excelente, con escenas bélicas de la calidad de Rescatando al Soldado Ryan, sin escatimar la violencia gráfica que Mel Gibson siempre ha presentado. Así, hoy que es tan frecuente pretender que la religión se limite al ámbito de lo privado, resulta muy valiente esta apología de la fe como algo valioso tanto para el hombre creyente como para los demás, creyentes o no. Y resulta, como fue la figura del propio Doss, atractiva en sus modos sin quitarle una palabra a su mensaje.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Hunt for the Wilderpeople

(2016) Nueva Zelanda
DIRECCIÓN Taika Waititi
GUION Taika Waititi basado en la novela de Barry Crump
FOTOGRAFÍA Lachlan Milne
MÚSICA Lucasz Pawel Buda, Samuel Scott, Conrad Wedde
REPARTO Sam Neill, Julian Dennison, Rima Te Wiata, Rachel House, Rhys Darby

Asilvestrados

Ricky Baker es un niño regordete y problemático que es adoptado por la maternal Bella, casada con Hector quien es más bien arisco y gruñón. Cuando Bella muere repentinamente al inicio del filme, Ricky escapa de la cabaña que habitaban en pleno bosque neozelandés. Hector lo sigue —muy contra su propia gana, pero intentando evitar que un rebelde tan poco capacitado muera en medio del bosque— lo que propicia una auténtica cacería humana nacional en pos de este par tan peculiar.

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Esta comedia genial, con el sello del māori neozelandés Taika Waititi, tiene algo de Up, algo de Moonrise Kingdom y algo de Swiss Army Man —aunque esta última es posterior— sin dejar de ser muy original en todo momento. El estilo de Waititi —a caballo entre Wes Anderson y Jason Reitman, por situarlo un poco— está en sus originales personajes, las situaciones absurdas, cierta estética kitsch y guiones muy bien armados en fondo y forma, como ha demostrado en Eagle vs Shark (2007), Boy (2010) y el desternillante falso documental What We Do In The Shadows (2014), sobre la vida de tres vampiros roomates en Nueva Zelanda. Por cierto, su siguiente película es Thor: Ragnarok, lo próximo de Marvel, lo cual se antoja bastante interesante. Waititi es también el guionista, y suele actuar en sus películas, aunque aquí solo hace el pequeño personaje de un pastor protestante estrafalario y algo irreverente.

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En fin, la película tiene mucha calidad, y sabe aprovechar los hermosos paisajes de Nueva Zelanda con increíbles tomas aéreas. La banda sonora, con canciones indie y alternativas, también es fundamental en el estilo de la película. Destaca la actuación fresca del joven Julian Dennison y la aparición quizá sorpresiva de Sam Neill, pues quien no le haya seguido la pista se encontrará con que el Dr. Alan Grant de Jurassic Park ya tiene unas cuantas canas. En fin, una cinta que se agradece por auténtica y por divertida, que pasó algo inadvertida para el mercado hispanoamericano, por lo que quizá sea un fresco descubrimiento.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Rogue One

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Gareth Edwards
GUION Chris Weitz y Tony Gilroy, historia de John Knoll y Gary Whitta
FOTOGRAFÍA Greig Fraser
MÚSICA Michael Giacchino
REPARTO Felicity Jones, Diego Luna, Mads Mikkelsen, Alan Tudyk, Donnie Yen, Wen Jiang, Ben Mendelsohn, Forest Whitaker, Riz Ahmed, James Earl Jones

Rebeldes

«Los espías rebeldes lograron robar los planos secretos del arma más extrema del imperio, la Estrella de la Muerte, una estación espacial blindada con suficiente potencia para destruir un planeta entero». Esta frase en el famoso texto en letras amarillas que se perdía en el espacio en el arranque de la primera película de Star Wars (el Episodio IV) aludía a lo que podía ser un capítulo tan motivante como trágico dentro de esta epopeya espacial. Como es sabido, Disney compró a George Lucas los derechos de la saga, con los que no solo continuó los episodios canónicos numerados que narran la historia de los Skywalker (de los que hemos visto ya el VII, amado y odiado, y esperamos el VIII en un año) sino que decidió explorar otras tramas del universo expandido empezando por esta aventura; una decisión que ha resultado enormemente afortunada.

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Esta es, pues, la historia —cronológicamente justo antes del Episodio IV— de un comando de la Alianza Rebelde que se dispone a robar los planos de la Estrella de la Muerte. Una gesta crucial, a la que había que añadirle trama, y así Star Wars nos plantea de nuevo un drama familiar, esta vez con Jyn Erso (Felicity Jones), cuyo padre (Mads Mikkelsen) fue obligado por el Imperio para diseñar la famosa arma. Buscando a Erso padre, da con Jyn el Capitán Cassian Andor (Diego Luna, viva México) y se les unen un improvisado grupo de valientes (incluyendo, por supuesto, un droide y este con poco tacto social: K-2SO) que terminarán siendo el comando Rogue One que debe robar los planos.

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Estamos ante personajes no tan icónicos, por supuesto, como Luke, Leia o Han Solo; ni tan complejos como Rey, Flyn o Kylo Ren, diseñados para durar varias películas. Sin embargo, la película funciona muy bien, con un ritmo que, si es algo inconsistente en el arranque, se resarce con un tercer acto que es de lo mejor que hemos visto en la saga en términos de acción; no por nada se eligió a Gareth Edwards (Godzilla, 2014) como director de esta entrega.

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La relación con los episodios canónicos es bastante equilibrada: sin alterar la trama ya conocida, es presentada con el subtítulo de «Una historia de Star Wars», y no abre con las famosas letras amarillas ni el mítico tema musical de John Williams. De hecho, el veterano no ha compuesto la música de esta película, mas el oscarizado Michael Giacchino hace un gran trabajo con temas originales pero que aluden al tan familiar universo musical de Star Wars. A la vez, los homenajes están ahí, como la aparición de Grand Moff Tarkin (recreado digitalmente, pues Peter Cushing falleció en 1994 y hoy tendría 103 años), un simpático cameo de R2-D2 y C3PO o la intervención de uno de los villanos más icónicos de la historia del cine: Darth Vader, de lo mejor del filme.

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En fin, todo indica que hay Star Wars para rato, y si bien la situación política actual nos hace volver a hablar de rebeldes y de imperios, está claro que lo que nos sigue atrapando son los temas atemporales como los conflictos familiares o la fe en esa ayuda sobrenatural benevolente a la que se sigue acudiendo con esperanza: «Que la Fuerza te acompañe».

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Sully

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Clint Eastwood
GUION Todd Komarnicki basado en el libro de Chesley Sullenberg y Jeffrey Zaslow
FOTOGRAFÍA Tom Stern
MÚSICA Christian Jacob y Tierney Sutton Band
REPARTO Tom Kanks, Aaron Eckhart, Laura Linney, Valerie Mahaffey, Mike O’Malley, Anna Gunn

El heroísmo de la profesionalidad

Las escenas del avión que acuatizó en el río Hudson en enero del 2009 evitando lo que hubiera sido un trágico accidente en plena ciudad de Nueva York, dieron la vuelta al mundo. Pronto los medios hicieron del capitán, Chesley Sullenberg: «Sully», un auténtico héroe. Y la notoriedad del evento daba bastante pie a una adaptación cinematográfica.

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A la fama del hecho histórico se sumó la del talento involucrado. Qué duda cabe de que Tom Hanks era el actor indicado para encarnar a Sully. Y aun siendo un casting tan predecible en ese sentido —Hanks es el prototipo del héroe ordinario americano, ya interpretó al piloto del cohete Apolo 13 y, hace poco, al Capitán Philips en la cinta homónima, un personaje conceptualmente parecido a Sully— eso no quita que su actuación sea insuperable, pues tiene esa capacidad de meterte en la historia y en el personaje a los pocos minutos. Pero lo que da el tono decisivo es la dirección de Clint Eastwood, ese icónico rostro del spaguetti western y de la dureza masculina, hoy ya consagrado como un director excepcional (de Mystic RiverGran Torino, de Jersey Boys a American Sniper). Y no digamos si decide filmar todo a través del ojo lucidor de la cámara ALEXA IMAX de 65mm.

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El reto estaba en que el percance en sí apenas duró unos minutos —el despegue, la colisión con una bandada de pájaros que avería las dos turbinas y el necesario acuatizaje; de hecho es la escasez de tiempo para volver al aeropuerto lo que propicia la hazaña—, insuficientes para un largometraje. Así que el guion de Todd Komarnicki se centró en el menos conocido conflicto posterior: el juicio realizado al Capitán Sully por la Junta Nacional de Seguridad del Transporte (NTSB, por sus siglas en inglés) sobre si su acuatizaje fue responsable o no, lo que podría significar el fin de su carrera. Con todo, Eastwood consigue un ritmo atrapante, mientras nos introduce en el conflicto de este hombre ordinario a la vez que los intermitentes flashbacks van estirando de un modo cada vez más prolijo los impactantes minutos del accidente y el rescate.

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El resultado es la historia de un hombre ordinario, cuya característica principal es ser profesional en lo que hace. Y eso en un piloto puede implicar salvar 155 vidas, por saber tomar la decisión correcta fruto de años de preparación y experiencia. Sobriamente, sin mayor glorificación pero dando honor a quien honor merece, la película cumple de sobra. Ojalá cale que trabajar bien es lo propio del héroe ordinario, aunque no siempre tenga la ocasión de una gran hazaña, como la que Sully nunca pidió pero que supo resolver gracias justamente a esos años de trabajo oculto.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Swiss Army Man

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Dan Kwan y Daniel Scheinert
FOTOGRAFÍA Larkin Seiple
MÚSICA Andy Hull, Robert McDowell
REPARTO Paul Dano, Daniel Radcliffe, Mary Elizabeth Winstead

Amigo cadáver

Si tomamos una de las premisas más absurdas de la historia del cine (en su inicio era, de hecho, una broma para ver cómo reaccionaban algunos productores), le sumamos efectos increíbles, una gran dosis de absurdo y humor escatológico, música indie muy animante, dos talentosos actores de moda y un mensaje lo suficientemente poderoso y universal para cohesionar todo eso, tenemos Swiss Army Man, una de las películas más sorprendentes (para bien o para mal) del año.

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Los artífices de semejante audacia son conocidos con el nombre artístico de «DANIELS» a secas. Tocayos e inseparables colaboradores, Dan Kwan y Daniel Scheinert se han forjado una breve pero consolidada experiencia en el mundo del cortometraje y del videoclip musical. Todo siempre en esta mezcla de lo absurdo, lo transgresor y desafiante, con elaborados efectos y atractiva música, lo que ha configurado su estilo propio.

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La premisa absurda es un náufrago (Paul Dano) en una isla desierta que está a punto de ahorcarse cuando aparece un cadáver (Daniel Radcliffe, sí, Harry Potter) que lo salvará, ¿cómo? El protagonista descubre todas las utilidades de este hombre-navaja-suiza que da nombre a la película: utilizar sus flatulencias (su rasgo distintivo) como propulsores o para encender fuego, su boca como escopeta, sus brazos como si fuera una figura de acción para partir madera; también es brújula (me ahorro los detalles) y un largo etcétera. Por supuesto, el cadáver «habla», pero no es un zombie ni mucho menos. Es eso, un cadáver que interactúa. Es muy absurdo y esa es la idea.

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Ahora bien, si esto no quedó en mero material para el enorme archivo fílmico del absurdo (desde las cintas gore de Peter Jackson en los 80’s hasta los Don’t Hug Me I’m Scared y videos similares en internet) sino que fue premiado en el Festival de Sundance y tuvo una taquilla bastante decente, es en mi opinión por dos motivos fundamentales: la fama de los dos actores protagonistas y una factura tan lograda que parece insistir en que la película sí quiere decir algo. Con la factura lograda me refiero, en primer lugar, a la bella fotografía y el diseño de producción, con una viva paleta de colores que utiliza los elementos del bosque y de un montón de basura con la que los personajes recrean todo tipo de situaciones; después, a los efectos visuales, que los DANIELS manejan ya en sus videos previos, y que siendo absurdos al menos no se ven improvisados; finalmente, a la estupenda banda sonora, a cargo de la banda indie Manchester Orchestra que compuso casi toda la música a capella, con momentos tan especiales como el tributo al tema musical de Jurassic Park o las propias intervenciones musicales de Dano y Radcliffe.

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Y así, parece que la película sí dice algo. Tiene corazón. Y esa es la cereza del pastel, que hace de los DANIELS verdaderos narradores y no solo un par de locos. Lo que dice puede tener todo tipo de lecturas: desde que el cadáver es una proyección del interior del protagonista, hasta que estamos ante un loco en cuya mente sucede todo esto. Pervive, sin embargo, un mensaje de autenticidad, de amistad y de encontrarse con uno mismo; aunque advertimos que no es un mensaje lo suficientemente poderoso para perdonar todo el absurdo y el mal gusto que hay de por medio, si a uno no le gustan ese tipo de cosas. Pero por lo que se ve, a mucha gente sí.

 

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Todos los datos de Swiss Army Man

Captain Fantastic

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Matt Ross
FOTOGRAFÍA Stéphane Fontaine
MÚSICA Alex Somers
REPARTO Viggo Mortensen, Frank Langella, George MacKay, Samantha Isler, Steve Zahn, Kathryn Hahn

Educación salvaje

Ben (Viggo Mortensen) cría a sus seis hijos en medio de un bosque en los Estados Unidos, con una exigente preparación física y una visión hipercrítica de la sociedad occidental que lo rodea. Una peculiar formación ideada por Ben y su esposa, a la que nunca vemos en pantalla pues su suicidio es el incidente incitador que dispara toda la trama. A pesar de la advertencia de su suegro (Frank Langella), enemigo del estilo de vida hippie en el que Ben cría a los suyos, la peculiar familia se dispone a asistir al funeral de la madre a toda costa.

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Esta película, escrita y dirigida por el actor Matt Ross –cuyo único proyecto detrás de cámara había sido 28 Hotel Rooms– se antojaba una película inspiradora e interesante. Desde el atractivo título (aunque resulta no estar sembrado en la trama); el viaje familiar en peculiar autobús-caravana a lo Little Miss Sunshine; el look excéntrico y colorido de Ben y sus hijos entrando al funeral lleno de gente seria vestida de negro; la crítica a la sociedad superficial y un protagónico de Viggo Mortensen, todo ello prometía mucho.

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Y lamentablemente el resultado no es lo suficientemente inteligente. Pronto se simplifican los enfoques, y todos los que no piensan como Ben y su difunta esposa son ridiculizados, pintando diferencias en blancos y negros, sin grises. Si bien la propia trama parece concluir que el estilo educativo de esta familia no es el adecuado, se insiste en elogiar una libertad un tanto atropellada que llega a rozar lo aberrante (la resolución de la última voluntad de la difunta madre es el más claro ejemplo).

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La realización es correcta, desde la fotografía que resalta la intensa paleta de colores hasta el ritmo narrativo, y emocionan secuencias muy bien logradas como las interpretaciones musicales de la familia –sobre todo el animante cover de Sweet Child O’ Mine de Guns N’ Roses–, parte de una banda sonora bastante conseguida. De nuevo, elementos fabulosos al servicio de un mensaje un poco trasnochado. Y es que ser rebelde está muy bien pero si tiene un sentido serlo, y corren tiempos en los que ante todo hay que comprender al otro, cosa que los héroes de este viaje no hacen en absoluto, todo en nombre de la autenticidad y el derecho a disentir. Una película que si bien subraya la importancia de la unión familiar y el cariño de un padre por sus hijos, olvida de fondo que lo que nutre el siempre apetitoso platillo de la libertad es el ingrediente de la responsabilidad.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Todos los datos de Captain Fantastic