War Horse

(2011) EE.UU.
DIRECCIÓN  Steven Spielberg
GUION Lee Hall, Richard Curtis
MÚSICA John Williams
FOTOGRAFÍA Janusz Kaminski
REPARTO Jeremy Irvine, Peter Mullan, Emily Watson, Niels Arestrup

Súper Caballo

War Horse, una “innovadora” historia de amor entre un caballo y un joven. Como suele ser costumbre las películas de Steven Spielberg llaman la atención e intentan tratar un tema desde otro punto de vista, War Horse no es la excepción. Y es que el personaje principal es el caballo, llegas a olvidar el dolor humano de la Gran Guerra para centrarte en el caballo. Pero exagera, al parecer es el caballo más inteligente del mundo, incluso llega a enseñar a los humanos valores como el dolor.

El hilo conductor es, como no iba a ser otro, el caballo. A través de este personaje se dan a conocer los diferentes bandos. Al espectador se les presenta las distintas formas de pensar de los integrantes de la guerra, pero es éste quien decide. Spielberg no impone una forma de pensar, solo presenta los distintos escenarios, en todos hay buenos y malos.

La puesta en escena y la dirección de fotografía son extraordinarios (es donde está el dinero invertido y no en actores…). Sin embargo, en ocasiones todo parece tan construido para hacerte sentir una sensación determinada que luce irreal. Es como si Spielberg hubiese olvidado que lo fascinante son las historias y quién las interpreta, y no solo la técnica con la que se trabaja un proyecto.

Para los que les gusta llorar en el cine, esta es su película. El caballo tiene el “don” de arruinarles la vida a las personas que lo conocen o se encuentran con él, y la mayor maldición para estos humanos es que todos sienten empatía por el animal.

Juan Manuel Meneses

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La Invención de Hugo

(2011) EE.UU.
DIRECCIÓN Martin Scorsese
GUION John Logan basado en el libro de Brian Selznick
MÚSICA Howard Shore
FOTOGRAFÍA Robert Richardson
REPARTO  Ben Kingsley, Asa Butterfield, Chloe Grace Moretz, Sacha Baron Cohen

La amas o la odias

Con muchas ganas me senté en la butaca para ver la nueva película de Scorsese. Con 11 nominaciones a los Oscars en mí todo era ilusión, incertidumbre y alegría por tener la posibilidad de verla antes de la gala. Toda esa ilusión se evaporó durante de la primera hora del film donde una lentitud pocas veces vista en Scorsese abomina y adormila al espectador.

Martin Scorsese deja de lado sus películas de gángsters, de suspense para, según él, hacer una película de aventuras y de magia para niños. Siento decir que para nada un niño es capaz de interesarse por la historia. Un relato ambientado a principios del siglo XX en la ciudad de París donde un niño llamado Hugo vive y trabaja en el reloj de la estación de tren. Lo único que tiene es una extraña máquina que, con la ayuda de una niña y un vendedor de juguetes, tendrá que encontrar el propósito para el que fue creada, mientras tratará de huir del inspector de la estación.


Tras la primera hora de aburrimiento, el espectador se mete de lleno en una aventura donde la ambientación, fototografía y música del París de comienzos de siglo XX rozan la perfección. Por otro lado, todos los actores, a excepción de la mujer del vendedor, tienen una actuación bastante pobre. Todos muy planos y poco creíbles donde Hugo roza en algunos compases el ridículo y la mofa. No me extraña que no tenga ninguna nominación de actores a los Oscars.

La película gracias a la segunda hora se salva y es capaz de sacar  algunas sonrisas al público. Pero lo más destacabale es la perfecta balada que construye Scorsese hacia los orígenes del cine.

Álvaro Martí

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Midnight in Paris

(2011) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Woody Allen
REPARTO Owen Wilson, Rachel McAdams, Kathy Bates, Marion Cotillard, Michael Sheen, Adrien Brody

Viaje en el tiempo a gusto

El gran peligro de las películas que cada año sin falta estrena Woody Allen es también su gran ventaja: que su nombre va por delante. Sabemos que vamos a ver “la de Woody Allen”. Y a directores como él les permitimos prácticamente cualquier cosa. ¿A alguien más le toleraríamos una historia en que el protagonista viaja en el tiempo noche tras noche porque sí sin explicación? Pues eso. Pero ojo, Allen es quien es por algo, y en este difícil equilibrio pivota la nominada a cuatros Oscars Midnight in Paris (2011).

Gil Pender (Owen Wilson) es un guionista estadounidense que ha tenido relativo éxito pero lo que realmente quiere es escribir una gran novela. Viaja con su prometida y los padres de ella a París, ciudad que él siempre ha añorado, pero más bien en los años 20’s, donde los grandes artistas de occidente se dieron cita. Y voilá! A la medianoche, un coche de época lo recoge y lo traslada a ese París, donde conoce a Scott Fitzgerald y su mujer Zelda, a Ernest Hemingway, a Picasso, a Dalí, a Buñuel, a Gertrude Stein…

No es fácil. Para empezar, Owen Wilson interpreta a Woody Allen, demasiado mayor ya para hacer el papel: salvo el tartamudeo, habla como él; camina como él y viste como él. Los grandes artistas de principios del siglo XX son caricaturizados, a veces demasiado superficialmente. Y la historia es la que es, con todos sus riesgos. Pero a pesar de esto, uno no siente la necesidad de salir corriendo: se está bien. Se está bien con el continuamente asombrado Gil; se está bien saltando entre sus dos amores, la frívola niña rica Inez (un personaje muy Rachel McAdams) y la parisina-años-20 Adriana (excelente Marion Cotillard). Uno disfruta porque es París —en primer lugar— y porque es Woody Allen, como siempre hablando de nada y de muchas cosas. Porque tiene ritmo y porque, sí, reflexiona, critica e ironiza que cualquier tiempo pasado haya sido mejor. En la estela del mejor Woody Allen —imposible no pensar en La rosa púrpura del Cairo (1985)— me quedo con ese arranque de jazz y París y con la sensación de haber disfrutado, una vez más, del cine agradable y sencillo que solo logra el talento de un grande.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Los Descendientes

(2011) EE.UU.
DIRECCIÓN Alexander Payne
GUIÓN Alexander Payne y Nat Faxon
REPARTO  George Clooney, Shailene Woodley y Amara Miller

Compleja, como la vida misma

Ambientada en las paradisíacas islas de Hawai, en Los descendientes un hombre de negocios se enfrenta de repente ante el coma de su mujer tras un acccidente acuático. Así, comienza su “trabajo” de padre ante sus dos hijas y un suegro que lo odia a la vez que tiene una venta importante entre manos.

Alexander Payne, director de Entre copas y A propósito de Schmidt vuelve con una película que destila realismo por todos sus poros. George Clooney, que hace sin duda la mejor interpretación de su carrera, alcanza un nivel empático increíble, especialemente gracias a primeros planos manejados de manera espectacular. La relacion familiar tan cotidiana -tan surrealista y a la vez tan real- consigue que el espectador se sienta identificado y piense que es una historia real y no una película.

No menos destacable es la actuación de las dos hijas. Los diálogos bastos y sin filtros, los gestos, los primeros planos descargan durante toda la película sentimientos contradictorios hacia unas chicas en las “peores edades” -la preadolescencia y otra saliendo de ella- alcanzando poco a poco la madurez. Unos personajes que con el transcurso de la película uno pasa de odiarlos y criticarlos a sentir compasión, a comprenderlos, e incluso a amarlos.

Película que resalta las relaciones familiares en todos los ámbitos: el abandono, la infidelidad, el valor de las herencias y sobre todo el dolor por la pérdida de un ser querido.

Crítica,compasión, alegría ,dolor, pérdida y sobre todo amor en dos horas de cine.

Álvaro Martí

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WALL-E

(2008) EE.UU.
DIRECCIÓN Andrew Stanton
GUION Andrew Stanton, Pete Docter
MÚSICA Thomas Newman

Cine del bueno… y de robots

El nombre de Pixar se ha convertido en sinónimo de éxito. Estos señores revolucionan constantemente las técnicas de animación sin olvidar —y aquí está la clave de su buen hacer— que sin una buena historia no van a ninguna parte. WALL-E (2008) no es la excepción, al contrario: de la mano de Andrew Stanton —uno de los hombres fuertes de Pixar, director de Buscando a Nemo, por nombrar uno de sus varios méritos en la casa— se arriesga aún más, basando toda una película en la relación de dos robots que, atención, no hablan. Y funciona.

Es el año 2800 aproximadamente. En la Tierra, convertida en un enorme vertedero de basura, lo único que se mueve es un pequeño robot que prosigue incansablemente sus improductivas tareas de limpieza. Pero basta este planteamiento para tocar el corazón del espectador: el robot Wall-E tiene sentimientos, una divertidísima personalidad —es un buenazo con mala suerte— y… está solo. La llegada de Eva, una robot con un diseño muy Mac enviada por los humanos para buscar condiciones de vida en la Tierra, y el consiguiente encuentro de Wall-E con lo que queda de la humanidad no harán más que sumar interés a esta historia.

Y así, con casi media película sin diálogos, un mensaje ecológico en absoluto ñoño y una directa crítica al consumismo —los humanos que quedan son gordos, no andan y miran una pantalla personal todo el día— WALL-E se convierte en un clásico por muchas razones. No solamente entretiene, sino que apunta también a esas cosas importantes en la vida: “No quiero sobrevivir, dice el gordo capitán de los humanos despertado de su letargo, ¡quiero vivir!”. Un acierto más de quienes nos recuerdan que el buen cine y los valores universales siguen siendo buenos amigos y lo serán inseparables.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Todo sobre WALL-E

La carretera (The Road)

(2009) EE.UU.
DIRECCIÓN John Hillcoat
GUION Joe Penhall (Novela: Cormac McCarthy)
MÚSICA Nick Cave, Warren Ellis
FOTOGRAFÍA Javier Aguirresarobe
REPARTO Viggo Mortensen, Kodi Smit-McPhee, Charlize Theron, Robert Duvall, Guy Pearce, Michael K. Williams

El ser humano al límite

Pocas veces tenemos la oportunidad de sufrir gustosamente en el cine. Esta paradójica sensación que consigue, por ejemplo, el buen cine de terror, se vuelve especial y hasta sublime cuando una película es dura porque sabemos que nos está hablando de la vida misma. Sí, aunque el mundo que nos muestre sea enteramente opuesto al que conocemos, porque este sencillamente se haya acabado.

La carretera (The Road) es la historia de un padre y un hijo que cruzan un mundo post-apocalíptico, deshabitado, devastado, con la esperanza de encontrar en el sur, en el mar —en cualquier parte— una posibilidad de mejor vida. Los personajes se debaten entre el suicidio, la salida “fácil” —la que tomó la madre—, y la esperanza, que el padre ve encarnada en su propio hijo, su tabla de salvación en esta vida, como sentencia en el arranque del filme: “si él no es la palabra de Dios, entonces Dios nunca habló”.

John Hillcoat, sin muchos títulos que lo avalaran aún, se puso al frente de un equipo de cercanos desconocidos —con la excepción del experimentado director de fotografía, el español Javier Aguirresarobe— y, eso sí, con la novela que le dio a Cormac McCarthy el Pulitzer bajo el brazo. El resultado, con sus pequeños flecos, tiene mucho de obra de arte con momentos que la postulan a convertirse en un clásico.

Lo más destacable, sin duda, es el reparto. Un formidable Viggo Mortensen en un papel muy suyo —no solo porque parece que le sienta muy bien la mugre, sino porque interpreta a un hombre duro y profundo una vez más—, acompañado por el joven Kodi Smit-McPhee, tan talentoso como parecido a Charlize Theron, su madre en la película. De ella, Guy Pearce, Michael Kenneth Williams y —gracias— Robert Duvall, tenemos pocos minutos en pantalla: los necesarios, y son acertadísimos. La plasmación visual del mundo devastado de McCarthy es sobrecogedora y extrañamente bella. Se recogen con esmero los detalles, que tanto importan en cine: cutres bolsas de plástico que protegen los pies de la humedad, tierra que cae al quitarse los calcetines que cubren otros calcetines, el sonido del gas de una Coca-Cola… La música acompaña, no al mundo sombrío que acecha a los protagonistas, sino a lo que pasa en su interior, que es la verdadera historia que se nos cuenta.

Corriendo los riesgos de toda adaptación, Hillcoat y el guionista Joe Penhall resultan demasiado fieles al libro y, a veces, peligrosamente poco cinematográficos. Así, aunque hay momentos de gran tensión del más puro cine de acción o de terror, el ritmo afloja a ratos, consecuencia de una estructura episódica y repetitiva. Los flashbacks se agradecen mucho, como contraste a lo que vemos constantemente en pantalla, y arrancar con ellos es un modo más de mostrar que lo importante es la vida a la que estos personajes se aferran y no los peligros que la amenazan.

Se puede decir que La carreteraes una parábola de la vida. Por eso no importan los nombres —“Man” y “Boy” son los protagonistas según los créditos—, porque de alguna manera son cualquier hombre y todos los hombres; y no importa qué ha ocurrido exactamente en la Tierra, solo importa ver cómo actúa el ser humano puesto al límite. Y ahí vemos todo tipo de actitudes, los que se dedican a sobrevivir devorando —literalmente— al otro; los que se rinden comprensiblemente, como la madre; y los que luchan por sobrevivir y, sobre todo, por seguir siendo “los buenos”, como este padre y su hijo. Por eso en esos minutos geniales del tercer acto, cuando la bondad del padre está puesta a prueba y su hijo, más inocente, se aferra a esa bondad —“Tú no eres el que tiene que preocuparse de todo”. “Sí lo soy”, responde él— podemos realmente preguntarnos si el sentido de la vida humana es simplemente sobrevivir o más bien ser para los otros. Una parábola, finalmente, muy estadounidense, donde lo que se busca es ese ideal de vida norteamericano (véase el final de la película) que, todo sea dicho, si a algo está abierto es a la esperanza.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Todos los datos de La carretera (The Road)

Empieza “Palomitas caramelizadas”

Damos comienzo a este blog de crítica de cine. Sin más preámbulos, empezaremos a colgar aquellas que tenemos en el cajón (léase memoria USB) y que aún no han sido publicadas, a la par que las “nuevas” van saliendo.

Y una aclaración: no nos ceñiremos a los estrenos de actualidad. Porque sí. Cosas de críticos…

Los comentarios serán siempre bienvenidos. A disfrutar.