The Dark Knight Rises

(2012) EE.UU.
DIRECCIÓN Christopher Nolan
GUIÓN Christopher Nolan, Jonathan Nolan, David S. Goyer
MÚSICA Hans Zimmer
FOTOGRAFÍA Wally Pfister
REPARTO Christian Bale, Gary Oldman, Anne Hathaway, Tom Hardy, Marion Cotillard, Joseph Gordon-Levitt, Michael Caine

Un final feliz

Y se acabó la esperada  trilogía de Batman del director Christopher Nolan. Pero, ¿cumplió las expectativas de los espectadores? Para responder a esa pregunta es imposible no compararla con las dos primeras entregas. ¿Qué es lo que hace fascinantes las películas de Nolan? Entre muchas cosas, destacan el enfoque que presenta de un tema y la trama que te mantiene sin parpadear. Es un director que hace pensar al espectador y no que pretende solo entretener y vender. Es por eso que la primera película de esta trilogía fue fascinante, sorprendió a todos, y ya la segunda deja con la boca abierta, principalmente porque rompía con los paradigmas establecidos de qué era un superhéroe y tenía un villano que era realmente inteligente, y que casi opacaba al héroe como todo buen villano.

Ahora bien, esta última entrega, The Dark Knight Rises, de entrada resulta espectacular. Es más, es difícil ser objetivo, ya que el elenco es fantástico, los efectos especiales increíbles, la música impecable, y el efecto aún mayor después de tantos años de conocer a los personajes. Sin embargo, no es una historia nueva, no tiene esos giros por los que se caracteriza Nolan. A partir del minuto 30 ya te puedes imaginar lo que va a ocurrir.

No quiero parecer fatalista ni negativo, porque a pesar de lo predecible uno se emociona: es la última… Y la película, sobra decirlo, es entretenida. Además la carga política que tiene el filme hace pensar, y es cercana a la situación que vivimos actualmente. El discurso de Bane fuera de la prisión da escalofríos, porque tiene un punto muy marcado, que  pienso que no es del todo incorrecto, aunque sí extremo. Además, hay una crítica a la situación en que solo una minoría tiene el poder, y la “masa” -término que no me gusta utilizar, por cierto- se debe rebelar contra el poder. Hay muchos símiles con los diferentes movimientos sociales que vive nuestra sociedad como los “indignados” o “Occupy”. En un principio se presenta a la banca (Wall Street) como la mayor enemiga, y luego como única salvadora. Debe existir un punto medio, no todo lo que ocurre en Wall Street es malo, ni tampoco bueno; al igual que cualquier movimiento social, tiene puntos positivos y negativos.

La música del maestro Hans Zimmer ayuda poderosamente a incrementar la tensión. Está de más decir que la película sin la música perdería mucho. Desde la escena en que Bruce Wayne (Christian Bale) escapa de la cárcel, hasta el momento en que un niño canta el himno de los Estados Unidos antes de iniciar el partido. La puesta en escena también está muy bien conseguida: la espectacularidad de los vehículos, así como los trajes y los distintos “juguetes” de Batman.

La transformación de Tom Hardy en Bane es fabulosa, al igual que la de Anne Hathaway en Selina Kyle/Catwoman. Se logra un rasgo de todo buen personaje -sobre todo si es un villano- que es que sea difícil no sentir empatía por estos personajes a pesar de que se oponen al héroe. Una actuación que no termina de convencer, sorprendentemente, es la de Marion Cotillard. Es una gran actriz, y eso se sabe, pero este papel no lo terminó de conseguir, y en un momento en particular -que no voy a revelar para los que no la hayan visto- se nota especialmente. Finalmente, Joseph Gordon-Levitt (John Blake) es un actor que no deja de sorprender: consigue aportar algo particular a la película, el espectador se queda con su personaje, es de esos actores que saben llenar la pantalla.

La idea de construir nuevamente al héroe suele funcionar, pero en esta ocasión no se ve muy claro. Alfred le da un par de consejos a Wayne, de los que algunos resultan hasta ñoños; o Batman hace un par de abdominales en la prisión y ya se vuelve a enfrentar a Bane, le falta más escenas de trabajo, pensando, sufriendo no solo físicamente sino también psicológicamente.

Es una trilogía que ha dejado huella, aunque quizá se apresuró un poco en su última parte y no alcanza esa perfección que algunos le auguraban, pues no logra que no se haga tan pesada, o que no tenga un final tan predecible.  Pero qué duda cabe que crea emociones, entretiene y, sí te hace pensar, ¿podemos pedirle mucho más al cine?

Juan Manuel Meneses

Todo sobre The Dark Knight Rises

Little Miss Sunshine

(2006) EE.UU.
DIRECCIÓN Jonathan Dayton, Valerie Faris
GUION Michael Arndt
MÚSICA Mychael Danna, DeVotchKa
FOTOGRAFÍA Tim Suhrstedt
REPARTO Greg Kinnear, Toni Collete, Steve Carell, Paul Dano, Alan Arkin, Abigail Breslin

Perdedores

El cine -como buen medio de ficción- tiene muchas cualidades. Entre ellas la de mostrarnos lo que reconocemos como la vida misma, pero con la suficiente peculiaridad para que veamos ahí una historia excepcional, que no deja de ser muy cercana. Mucho de esto pasa en Little Miss Sunshine, una película indie, comedia vitalista con forma de road-movie que, gracias a un estupendo guion -merecidamente oscarizado- de Michael Arndt y a un reparto atinadísimo, logra divertir y tocar al espectador.

Los magníficos primeros veinte minutos -profundos y melancólicos, donde nos cuesta identificar que estamos ante una comedia, y así es perfecto- nos presentan a los Hoover, una familia muy particular: Richard (Greg Kinnear), el cabeza de familia, autor de una teoría de liderazgo y autoayuda en la que cree firmemente y que aspira a publicar sin mucho éxito; Sheryl (Toni Collette), la madre con sentido común y un toque liberal que intenta poner orden; el abuelo (Alan Arkin), un anciano pervertido expulsado del asilo por esnifar heroína; el tío Frank (Steve Carell), homosexual convaleciente de su intento de suicidio; Dwayne (Paul Dano), adolescente frustrado que decidió no hablar hasta que consiga su sueño de ser piloto y, finalmente, Olive (Abigail Breslin), una encantadora niña -un poco gordita- que confía en ganar el concurso de belleza infantil de Little Miss Sunshine, para lo que tiene que viajar más de mil kilómetros hasta California, cómo no, acompañada por toda su bizarra familia.

Por si no fuera suficiente, el viaje lo realizan en una combi VW color amarillo chillón, destartalada y con el clutch roto. Un fabuloso símbolo de esa familia disfuncional pero con cierto encanto que necesita literalmente que todos la empujen para poder arrancar. Y así, Little Miss Sunshine se revela como una película que muestra sin empachos importantes valores. Sí, a pesar de la poca ejemplaridad de la vida de sus miembros, esta familia es eso, familia, y aprenderá a defender esa peculiaridad suya así como la importancia de estar unidos, como se refleja en el algo exagerado pero muy emotivo desenlace en el concurso de belleza infantil.

La dirección casi debutante del matrimonio Jonathan Dayton y Valerie Faris es correcta. Hace lo que tiene que hacer, que es no llamar la atención y conectarnos a la historia y a los personajes. Si ya se ha dicho que los actores son de lo mejor -con un Oscar para Alan Arkin, que me gusta ver como un reconocimiento al conjunto-, aún hay que subrayar lo acertado de la interpretación de la pequeña Abigail: con su sonrisa tierna, sus grandes ojos y sus lágrimas en el momento justo, realmente lleva la película y es la esperanza de esa familia y de su historia. También la música a cargo de Mychael Danna y el grupo DeVotchKa -que incluso versiona el popular son mexicano “La Llorona”- resulta ideal.

“Hay dos clases de personas en el mundo”, dice Richard en el primer diálogo de la película, “ganadores y perdedores”. Está claro en qué lado están los personajes de Little Miss Sunshine. Lo maravilloso es comprender que su viaje no es para dejar de ser “perdedores”, sobre todo cuando chocan con ese mundo de ganadores, representado por el repelente universo del concurso de belleza. No. Difícilmente podemos ver que algo haya mejorado en sus vidas al final de la historia. Pero algo ocurrió en medio. Lo que muy postmodernamente nos dice esta película es que está bien ser quien uno es cuando se tiene una familia que, como a veces se ha definido, es el lugar donde se nos quiere por lo que somos.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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De hombres y de dioses

(2010) Francia
DIRECCIÓN Y GUION Xavier Beauvois
FOTOGRAFÍA Caroline Champetier
REPARTO Lambert Wilson, Michael Lonsdale, Olivier Rabourdin, Phlippe Laudenbach, Jacques Herlin

Un canto gregoriano a la libertad

El 21 de mayo de 1996, siete monjes franceses fueron asesinados en Argelia a manos de un grupo de terroristas fundamentalistas islámicos. Esta es la impactante historia real de la que parte Xavier Beauvois para escribir y dirigir De hombres y de dioses, una sobria, profunda y bella película. La contraposición ya nos viene en el título: hombres monjes católicos unos, yihadistas musulmanes otros y sus modos de actuar de acuerdo a sus dioses. Pero nada de falsos ecumenismos: Beauvois va a dejar muy claro que estos modos de vivir la religión no son lo mismo, ni mucho menos. Y lo hace de la mejor manera que el cine puede hacerlo: mostrando la vida misma.

Es así como nos unimos a la vida diaria de la comunidad del Monasterio del Atlas. Y vivimos la vida contemplativa de los monjes a través de un cine muy contemplativo. Al más puro estilo de El gran silencio ese documental sobre la vida de unos monjes cartujos, vemos a los monjes trabajar, estudiar y rezar, en silencio o con cantos gregorianos. El ritmo es dulcemente lento, y las tomas atractivamente largas. Sin música salvo los cantos de los propios monjes y sin efectismos sentimentales. Al parecer no pasa nada, pero mientras nos serenamos y nos mezclamos en la apacible y devota vida de los monjes, sabemos por qué estamos ahí, el peligro acecha y con él el dilema eje de la película: ¿deben irse los monjes ante la amenaza terrorista?

El filme de Beauvois es muy valiente. Pero avanza con la seguridad de quien dice la verdad. Nos presenta a unos monjes muy humanos. Con sus dudas, sus flaquezas, su pasado. Pero, por lo mismo, su conducta resulta más atractiva. Estos hombres normales que han dedicado su vida a una noble causa tanto si se ve con ojos de fe como de mera filantropía tienen el valor de decidir morir, o más bien, de seguir viviendo. “No me asustan los terroristas ni el ejército”, dice el Hermano Luc, interpretado por el veterano actor francés Michael Lonsdale, “tampoco me asusta la muerte, soy un hombre libre”. Y es esa libertad quizá la bandera más grande del filme, una libertad que pocos esperarían encontrar en unos religiosos de vida contemplativa, pero ahí está, resplandeciendo con la fuerza de la vida real.

La evidente crítica al terrorismo se da por supuesta, mostrando de paso la realidad de quien realmente sufre las consecuencias, que es la misma gente del pueblo, musulmanes también, por cierto. Ellos no ven a los monjes como enemigos, al contrario, con una bella imagen les dicen que “los pájaros somos nosotros, y ustedes la rama. Si se van ya no sabremos dónde posarnos”. Así, la vida sigue. La amenaza está ahí y el conflicto late mientras seguimos la vida de los monjes. No hay casi un tiro o una gota de sangre, pero sabemos que su vida está en juego. Nos lo insinúan algunas escenas que, en su simplicidad, golpean con una fuerza increíble, como la oposición que los monjes hacen a un helicóptero con sus cantos desde la capilla del monasterio, o la poderosísima escena de la cena la última cena en toda regla en que los monjes, sin decir una palabra, beben vino mientras escuchan el tema de El lago de los cisnes de Tchaikovsky y les vemos, uno por uno, en un primer plano que lo dice todo de sus vidas plenas y su valiente normalidad.

Hablar de religión para el gran público es siempre espinoso, también en el cine, pero Beauvois se muestra natural. Los monjes no son estereotipos de creyentes cerrados y arrogantes. Al contrario, son pintados con un espíritu auténticamente cristiano: rezan por todos, ayudan a todos, sin distinción de raza o religión. Les vemos celebrando la circuncisión de un niño del pueblo y estudiando el Corán. Y en su conversación con un cabecilla terrorista, el abad Christian interpretado por la otra estrella de la película, Lambert Wilson logra encontrar puntos en común entre cristianos y musulmanes. La carta que escribe antes de morir de la que ni una coma es desperdiciable es un bellísimo resumen de todo esto, porque estos monjes no ven un mundo de hombres y de dioses, sino de hermanos que deberían convivir bajo la mirada amorosa del Creador.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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También la lluvia

(2010) España

DIRECCIÓN Icíar Bollaín
GUION Paul Laverty
MÚSICA Alberto Iglesias
FOTOGRAFÍA Alex Catalán
REPARTO Luis Tosar, Gael García Bernal, Karra Elejalde, Juan Carlos Aduviri, Raúl Arévalo, Carlos Santos, Cassandra Ciangherotti

La conquista se repite

Icíar Bollaín se va ganando cada vez más un sitio importante en el panorama del cine español. Y También la lluvia (2010) es un paso decisivo en esta línea. Eso sí, coherente con la trayectoria de la directora: cine social contado desde una perspectiva más íntima, en este caso también gracias al buen guion de su pareja Paul Laverty, colaborador habitual del primer espada del cine social inglés, Ken Loach.

Estamos ante una crítica a la colonización de América con la herramienta del cine dentro del cine. Un equipo rueda una película sobre Colón y el descubrimiento de América en Bolivia, y como espejo la realidad: la histórica Guerra del agua del año 2000 en la ciudad de Cochabamba, que habla de esa nueva conquista sobre los indígenas —se trata de una privatización del agua con el consiguiente aumento de su precio, por lo que el título no va descaminado— y que se da incluso en las actitudes del propio equipo de rodaje. Aunque habría que preguntarse si la entronización del personaje de Daniel —gran revelación del boliviano Juan Carlos Aduviri— como líder revolucionario no es también una occidentalización de la historia (es una especie de Ché Guevara; solo que el Ché no era un indio, provenía de la clase alta).

Sutil, crítica también con el propio cine —sobre todo a través del personaje que interpreta magníficamente Karra Elejalde: un actor cínico que está de vuelta, con frases como “esto no es arte, es propaganda” o “este oficio jode a las familias”— y objetiva: tenemos la visión del pueblo indígena, de sus gobernantes, del productor pragmático, del director idealista… y a todos los comprendemos. Nos regala además poderosas escenas en las que los actores ensayan en ropa de calle las situaciones de hace 500 años, con lo que consigue relacionar con habilidad los dos momentos históricos que presenta. Con una fotografía y una música muy acertadas, lo mejor es quizá el reparto, encabezado por Luis Tosar y Gael García Bernal, que clavan los ya bien delineados personajes. Sin ser una obra maestra —tiene sus peros, como el excesivo arco de transformación del personaje de Tosar, por decir alguno—, sin duda es un paso acertado de Icíar Bollaín y de un cine español que es cada vez menos el de siempre.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Más allá de la vida (Hereafter)

(2010) EE.UU.
DIRECCIÓN Clint Eastwood
GUION Peter Morgan
MÚSICA Clint Eastwood
FOTOGRAFÍA Tom Stern
REPARTO Matt Damon, Cécile de France, Frankie McLaren, George McLaren, Bryce Dallas Howard

Un tropiezo al final del túnel 

Solo si eres Clint Eastwood te puedes dar el lujo de presentar una película que hable nada más y nada menos que de la muerte, así, de sopetón. Un asunto del que hoy parece que no queremos escuchar mucho —más allá del “comamos y bebamos que mañana moriremos”— y en el que claramente no estamos de acuerdo sobre qué pasa después. Ahí empieza —y casi termina— el mérito de Eastwood con su Más allá de la vida (2010).

Para abordar el tema, Eastwood y el guionista Peter Morgan (The Queen, El desafío – Frost contra Nixon, nada menos…) apuestan por tres historias que se entrelazan: Marie Lelay, es una famosa periodista francesa —un paso bien dado en la ascendente carrera de la francesa Cécile De France— que tiene una experiencia cercana a la muerte en el tsunami que asoló el Sudeste asiático en el 2004: tremendo arranque del film, por cierto. Marcus es un niño que pierde a su hermano gemelo en un accidente y busca respuestas, y George —un Matt Damon correcto, como siempre, pero poco más, como casi siempre— es un obrero que tiene el don de hablar con los muertos. ¿Qué? Exactamente. Esta película, que hubiera podido tener la fuerza de los mejores dramas eastwoodianos, cuya virtud muchas veces está en su sutileza, se va al traste cuando lo posible se hace evidente, porque George habla con los muertos sin lugar a dudas, con unos efectos digitales que nos lo confirman constantemente.

Y es que en un tema tan opinado y misterioso, es difícil que el guionista y el director den su opinión claramente sin meter el dedo en el ojo del espectador. Y Eastwood en parte lo hace con los intentos de explicación científicos y filosóficos y la sonrisa burlona de ilustrado cuando ridiculiza por igual a los parapsicólogos —en una acertada secuencia— pero también a la religión: le basta con un par de videos en YouTube que ve el pequeño Marcus para decirnos que la religión no sabe de esto.

Con todo, el toque Eastwood está ahí: en la relación de los gemelos con su madre drogadicta o en el interesantísimo personaje que interpreta —y muy bien— Bryce Dallas Howard y que inexplicablemente desaparece de la trama. Y la película, que en su conjunto no es mala, deja mucho que desear viniendo de la mano de Morgan y Eastwood. Aunque hay que reconocer que eso de hacer la película que te dé la gana, y que aún así funcione medianamente, es un lujo que pocos se pueden dar.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Todos los datos de Más allá de la vida (Hereafter)