Historia de un matrimonio

(2019) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Noah Baumbach
FOTOGRAFÍA Robbie Ryan
MÚSICA Randy Newman
REPARTO Adam Driver, Scarlett Johansson, Laura Dern, Ray Liotta, Azhy Robertson, Alan Alda, Julie Hagerty, Merritt Wever, Wallace Shawn, Brooke Bloom

Un romance para nuestro tiempo

I’ll always be there,
As frightened as you,
To help us survive,
Being alive.
Being Alive (Company)

De la mano de Netflix (¡otra más!), Noah Baumbach, rostro neoyorkino del cine indie, entrega esta excelente película muy en su estilo tragicómico, y que nuevamente gira en torno a un divorcio. Es sabido que el tema ha marcado a este cineasta —tanto por sus padres como por su propia experiencia— y abordarlo ya le había brindado éxito con The Squid and the Whale (2005). En la estela de Kramer vs Kramer (1979) —referente clave del subgénero de películas sobre divorcio— la trama va mostrando las complicaciones de un matrimonio que pasa de tener algunas diferencias a pelear jurídicamente por unos bienes y, sobre todo, por la felicidad de un hijo pequeño.

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Lo original de Marriage Story, con ese título tan paradójico, es que nos cuenta una historia de amor precisamente a través de este proceso de divorcio. Los protagonistas realmente se aman y se cuidan el uno al otro, como se deja ver en mil detalles. Y si Baumbach es el artífice, la fuerza de la película viene en gran medida por las excelentes actuaciones de los protagonistas, Scarlett Johansson y Adam Driver. Ella interpreta a una actriz de televisión de Los Ángeles, desordenada y cariñosa, quien se muda a Nueva York para hacer teatro con él. Él es un director de teatro experimental, metódico, egocéntrico pero protector y apasionado. Nadie es bueno ni malo. Es una historia de dos. Y estos actores —además de protagonizar los blockbusters más comerciales del año, Avengers: Endgame y The Rise of Skywalker, respectivamente— dan aquí unas notas tan variadas como geniales. El director los lleva a eso, haciendo que sostengan la emoción en largos planos secuencia, o en encendidas escenas de diálogo, o incluso en números musicales: cada uno canta cerca del final una canción del musical Company de Stephen Sondheim, temáticamente vinculado al tratar sobre crisis de personajes treintañeros de clase media.

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La película refleja con comedia la frustración del absurdo al que se llega cuando el destino de una relación se pone en mano de abogados —atinadas actuaciones de Laura Dern, Ray Liotta y Alan Alda, respectivamente—, jueces y todo tipo de burócratas (la visitadora que llega a casa del protagonista es genial en ese sentido). Y, como bien sabe hacer el director, esa comedia lleva un regusto de tristeza. La música de Randy Newman acompaña de maravilla esa sensación compleja. Súmense secuencias geniales como la del arranque —que con cámara en mano y voz en off  de los protagonistas describe esta relación amorosa— y las acertadas metáforas visuales (como las que ilustran esta crítica) y tenemos una bella película que no deja de mostrarnos a dos personas que se quieren. Que se estén divorciando es, paradójicamente, la esencia del drama.

Los dos papas

(2019) EE.UU.
DIRECCIÓN Fernando Meirelles
GUION Anthony McCarten
FOTOGRAFÍA César Charlone
MÚSICA Bryce Dessner
REPARTO Anthony Hopkins, Jonathan Pryce, Juan Minujín, Luis Gnecco, Cristina Banegas, María Ucedo

En manos de hombres

El hecho insólito e histórico de que en la Iglesia católica haya renunciado un Papa, y haya visto por tanto la llegada de su sucesor, así como el que ambos sean tan distintos aparentemente, invitaba a hacer una buena película al respecto. Esta producción de Netflix hizo esa apuesta por todo lo alto, con un talento de primera fila tanto delante como detrás de la cámara. El resultado es atractivo. No es una película religiosa sino para el gran público, y aunque tampoco es ideológica, sí bastante simplista.

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La dirección se confió al brasileño Fernando Meirelles (célebre por la excelente Ciudad de Dios [2002]), quien le da sabor a la trama latinoamericana —la cinta en parte funciona como una biopic del Papa Francisco, a base de flashbacks— y le da dinamismo a las largas conversaciones entre los dos clérigos que conforman la historia principal. El guion es de Anthony McCarten, quien tiene buena mano para películas biográficas inspiradas en hechos reales (La teoría del todo, Darkest Hour, Bohemian Rapsody). Sin embargo, la calidad del filme proviene sobre todo de los dos histriones principales, con el reto añadido de interpretar a personajes reales, aún vivos y muy conocidos. Anthony Hopkins da a sus 81 años una interpretación en la que logra matices, y permite que se mire más allá de un rostro archiconocido como es el suyo. Jonathan Pryce, otro veterano e incluso más conocido en el ámbito teatral  —cuyo parecido con el Papa actual ha suscitado más de un meme—, brinda también una actuación estupenda, con el mérito añadido de hablar en italiano, latín y, por supuesto, español con el acento porteño del Papa Francisco.

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La trama abarca desde el cónclave en que se eligió a Benedicto XVI hasta el siguiente, en que fue elegido el Papa Francisco. Sobre todo gira en torno a una reunión ficticia entre Benedicto y el entonces Cardenal Bergoglio, quien en la película viaja a Roma para presentar su renuncia y sostiene varios encuentros con el Papa Benedicto que muestran la personalidad de uno y otro, y que los hace cambiar para bien. La imagen de los dos prelados en la película no responde a la realidad, sino a la concepción que de ellos han dado los medios de comunicación. Una simplificación fácil que contrapone conservadurismo versus progresismo, o fidelidad a una doctrina versus preocupación por la gente, atribuyendo de bulto una y otra concepción a cada uno de estos personajes. Bergoglio en su tiempo libre acude a bares populares a ver jugar a la selección argentina. Ratzinger/Benedicto XVI cena a solas, toca el piano o ve el programa televisivo austriaco Comisario Rex, donde un pastor alemán ayuda a resolver crímenes y atrapar a los malos.

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Si bien esta simplificación responde a necesidades dramáticas, así como a que los personajes protagonistas deben tener un arco de transformación —para lo que el sacramento de la Confesión es un recurso conveniente y bien presentado, por cierto— se recurre para ello, sin embargo, a hechos falsos. Bergoglio se acusa de haber colaborado con el régimen de Videla en Argentina, y Benedicto de no haber actuado con firmeza en los casos de abusos sexuales por parte de sacerdotes pederastas. Asuntos que pueden contribuir a cierta confusión en torno a las figuras de estos hombres, así como el que la película plantee que Bergoglio es partidario de una supuesta reforma de la Iglesia, o que Ratzinger estaba deseoso de ser Papa, entre otros.

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Se agradece, en todo caso, que no se presenta a la Iglesia como una institución meramente política llena de intereses privados, sino a dos hombres que buscan cumplir una misión sobrenatural con buena intención. Y se recalca que ambos lo ven así, como una cosa de Dios. En esta línea, hay asuntos bien logrados, como la metáfora visual del paisaje que presenta la vocación espiritual de Bergoglio, o la escena en que este descubre su vocación al confesarse en una iglesia de Buenos Aires. En ese sentido, el Papa actual es el verdadero protagonista de la cinta, y sale bastante mejor parado que Benedicto, a quien la trama le lleva a descubrir en Bergoglio un cambio que la iglesia necesita, a pesar —o más bien en contra— de su personal opinión. La realidad es más rica aunque menos dramática, pues si bien la Iglesia está en manos de hombres, no tiene una explicación exclusivamente humana.

El Irlandés

(2019) EE.UU.
DIRECCIÓN Martin Scorsese
GUION Steven Zaillian basado en el libro de Charles Brandt
FOTOGRAFÍA Rodrigo Prieto
MÚSICA Robbie Robertson
REPARTO Robert DeNiro, Al Pacino, Joe Pesci, Anna Paquin, Harvey Keitel, Ray Romano, Bobby Canavale, Stephen Graham, Jesse Plemons, Sebastian Maniscalco

Como el buen vino

“I heard you paint houses”. “Escuché que pintas casas”. Esas fueron las primeras palabras que le dirigió Jimmy Hoffa, el poderoso jefe del sindicato de camioneros, a Frank Sheeran, el irlandés recomendado por el mafioso Russell Bufalino. La clave —pintar casas— hace referencia a matar gente. Así se titula el libro que Charles Brandt escribió a partir de las confesiones del propio Sheeran en su lecho de muerte y en el que está basada la nueva película de Martin Scorsese. Súmese que el trío mencionado está interpretado por Robert DeNiro (Sheeran), Al Pacino (Hoffa) y Joe Pesci (Bufalino) y se entenderá por qué esta producción generó tanta expectativa. Y vaya que cumple.

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La historia de la desaparición de Jimmy Hoffaun icono de la cultura estadounidense—, atribuida a la mafia italiana en la década de 1970, es un tema ideal para el mundo cinematográfico de Scorsese. Así, los personajes y lo que aquí nos cuenta parece una ampliación de sus películas más célebres como Uno de los nuestros (Good Fellas, 1990) o Casino (1995). Sin embargo, a diferencia de la violencia desmedida y sin consecuencias para unos personajes alocados que contaba en esas películas, aquí el veterano director parece mirar hacia atrás con una mirada más reflexiva, del mismo modo en que el anciano protagonista recuerda su vida.

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El guionista Steven Zaillian (La lista de Shindler, Pandillas de Nueva York) adapta magistralmente el libro de Brandt hilando una historia que recorre unos cuarenta años. Si bien el metraje es largo (con tres horas y media de duración es la película más larga estrenada en cines en los últimos 20 años) la trama es intrigante y el ritmo muy llevadero, con la amenizante música de Robbie Robertson que también incorpora varias canciones de la época. La fotografía del mexicano Rodrigo Prieto es estupenda, y subraya según la toma un cielo azul impecable o unas luces de neón rojas que iluminan un callejón en la noche, y firma varios planos secuencia de antología.

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Lo viejo aporta su experiencia y talento y se mezcla con lo nuevo en esta producción. El presupuesto fue elevadísimo (140 millones USD) en parte por la tecnología que rejuvenece a los actores, de forma que DeNiro, Pacino y Pesci (los tres en sus setenta-y-muchos) interpreten también a sus personajes de 40 años y en adelante. Una innovación que, si bien se ve un poquitín artificial, amerita del todo por las excelentes interpretaciones de este trío de veteranos (aunque con todo no hay quien se crea que el Hoffa de Pacino está en sus cuarentas en sus primeras escenas; aun así, ya digo, la actuación suple). El mismo Scorsese tiene 77 años y si bien es defensor de que el cine solo es tal si se ve en la sala de proyecciones, esta película suya está paradójicamente financiada por Netflix. Por cierto, que el streaming facilitará que el público pueda ver más a su ritmo una película larga cuya estructura también sería asemejable a una miniserie. Una prueba más de lo nuevo con lo viejo. Todo el filme tiene así un regusto de fin de una época pero que, como el buen vino, con más tiempo se ha hecho más reposado, más apreciable, mejor.