Pecadores (Sinners)

Una reivindicación

1932. Smoke y Stack (Michael B. Jordan duplicado) son dos hermanos gemelos que vuelven a su pueblo natal en el sur de los Estados Unidos tras probar suerte en el norte. Prestigiosos y temidos, así como bien provistos de dinero por sus aventuras en Chicago, compran un viejo granero donde esa misma noche quieren abrir un «juke joint»: un lugar de diversión, comida, alcohol y música —blues y jazz— para los trabajadores de las plantaciones de la zona. Para ello reúnen a sus conocidos incluido su primo, un talentoso músico en ciernes hijo de un pastor que no ve con buenos ojos ese camino. Sin embargo, no será una noche de diversión y celebración pues la maldad acecha a este grupo de personajes que sólo querían pasar un buen rato en libertad.

El director Ryan Coogler ha resaltado por hacer películas para el gran público, con una impronta de la cultura afroamericana. Hasta ahora había adaptado materiales preexistentes dándoles una historia original. Así hizo Creed, continuación de la saga de Rocky centrada en el hijo de Apolo Creed, y después Black Panther para Marvel, dando a ese superhéroe y su universo una configuración cultural y artística propia. En ambas participó el actor Michael B. Jordan. Esta vez escribe una historia original, de época (con una recreación muy lograda en el vestuario y diseño de arte) y que mezcla géneros cinematográficos de una manera al menos sorprendente, quizá decepcionante para algunos públicos y claramente estimulante para otros (hay sustos, acción, peleas y mucha, mucha sangre).

Toda la historia transcurre en un día. La película inicia con la última escena, que funciona bien a modo de gancho estableciendo el tono de la película y lo que podemos esperar. A partir de ahí transcurre con buen ritmo y reserva todas sus sorpresas para la segunda mitad. Visualmente es espectacular, grabada en celuloide y algunas secuencias con cámaras IMAX, de forma que la relación de aspecto cambia arbitrariamente en función de hacer cada plano más bello, y funciona. El sonido también aporta a esa atmósfera envolvente. Tiene un papel central la música, tanto en la historia como en la propia película, con los ritmos afroamericanos mezclados (e incluso modernizados en ocasiones) por el talentoso y oscarizado sueco Ludwig Göransson. Aporta mucho la increíble voz del joven Miles Caton, músico y actor que interpreta a uno de los personajes principales.

Desde luego estamos no ante una mera película de género (o de mezcla de géneros, más bien, pues empieza como un drama histórico y evoluciona a la acción e incluso al terror pasando por el realismo mágico y hasta el musical). No, el trasfondo aquí es mayor y es lo que suele aportar Ryan Coogler con su cine. Aquí hay un reclamo, una reivindicación, y una metáfora del gran flagelo que ha configurado la historia y la realidad social de los Estados Unidos, que es el racismo. Eso lo hace una película muy estadounidense y también muy actual. De forma algo inquietante incluye elementos esotéricos, más allá de los propios del género de terror y más hacia el sincretismo de origen africano de donde provienen los personajes. En esa línea hay cierto rechazo o burla al cristianismo, presentado como algo falso e impuesto a la población. El título Pecadores es ambiguo, sin decantarse en aplicarlo a los buenos o a los malos, que por otro lado están muy definidos en la película, donde todos los buenos son afroamericanos y (casi) todos los malos son blancos.

El récord histórico de sus 16 nominaciones al Óscar también se explican desde esta óptica, por parte de una Academia muchas veces acusada de falta de diversidad racial, pues si bien es una película muy lograda en varios aspectos, quizá no destaca particularmente en cada una de las categorías (por ejemplo, las de actuación). El otro factor es que la Academia, cada vez menos popular ante el gran público, busca destacar películas más grandes y comerciales y menos de nicho, y esta ciertamente lo es. Así que reivindicados quedan.

(2025) EUA
DIRECCIÓN Y GUION Ryan Coogler
MÚSICA Ludwig Göransson
FOTOGRAFÍA Autumn Durald Arkapaw
REPARTO Michael B. Jordan, Miles Caton, Delroy Lindo, Hailee Steinfeld, Wunmi Mosaku, Helena Hu, Jayme Lawson, Jack O’Connell

Marty Supremo

Pícaro del ping-pong

Conozcan a Marty Mauser, un joven neoyorquino de clase baja que en los años de la posguerra (1952, concretamente) busca cumplir un sueño pues, como dice, su vida tiene un propósito: ser el campeón del mundo de tenis de mesa (porque «ping-pong» es casi despectivo para los iniciados en ese deporte, más en esa época donde aún no era tan reconocido). Para lograrlo no dudará en arriesgarlo todo, dispuesto a convencer, manipular, seducir, atropellar (literalmente) o aplastar (también literalmente) a quien haga falta. ¿Es una buena persona? Claro que no. ¿Es encantador? Desde luego. Interpretar a este pícaro le permite hacer a Timothée Chalamet el papel de su vida hasta ahora, que marca un antes y un después en su carrera.

Dirigida por Josh Safdie, por primera vez en solitario sin su hermano Ben (quien a su vez dirigió este año The Smashing Machine, donde Dwayne Johnson/The Rock interpretó a otro atleta de la vida real), fue escrita junto con Ronald Bronstein, colaborador habitual de los Safdie. Inspirada tangencialmente en la vida real de Marty Reisman, Josh Safdie y Ronald Bronstein lo llevan a su territorio haciendo de éste un personaje no tan distinto del protagonista de otras películas suyas como Good Time o como Uncut Gems, con la que tiene muchos paralelismos. En ese sentido, no se trata de una «película de deportes» inspiradora con un héroe que va ascendiendo venciendo obstáculos. Por el contrario, es una película intensa, a ratos incómoda, un poco transgresora, pero también divertida. Como el propio protagonista.

Alrededor de Marty se mueve un amplio universo de personajes que se ven afectados por él. Los interpreta un excelente y poco convencional reparto, que incluye a varios actores no profesionales o celebridades de otros ámbitos. Así, está Rachel (Odessa A’zion), pareja romántica de Marty con quien procrea un hijo apenas arrancar la película en unos originales créditos iniciales con aires de PowerPoint. Gwyneth Paltrow interpreta a una afamada actriz veterana que inverosímilmente cae en los encantos de Marty, en parte por su matrimonio frustrado con el magnate de las plumas estilográficas Rockwell (Kevin O’Leary, empresario conocido por el programa de TV Shark Tank). Fran Drescher (La Niñera de aquel otro programa televisivo) interpreta a la abnegada aunque interesada madre del protagonista; mientras el polémico director de cine Abel Ferrara interpreta a otro personaje secundario, al igual que el rapero Tyler the Creator. El rival deportivo japonés a vencer es interpretado por un jugador profesional de tenis de mesa que es sordo, Koto Kawaguchi.

Sin embargo, todos estos rostros pueblan un muy bien creado ambiente de los años 1950’s, gracias a la excelente fotografía que se ve antigua deliberadamente, así como al diseño de vestuario y de producción. Los distintos personajes parecen gente normal de esa época y no actores en una película. El propio Timothée Chalamet luce un acné que le da un aire poco favorecido que contribuye a esta narrativa. Y a pesar de situarse en ese momento histórico, la película nos traslada también a los años 1980’s como si hubiera sido hecha en esa época. A eso contribuye la innovadora banda sonora de Daniel Lopatin, un DJ que hace música valiéndose de sintetizadores entre otros instrumentos, además de las emblemáticas canciones también ochenteras, lo que crea un efecto único en una cinta así.

Son pues las oscuras aventuras de un personaje que no tiene ningún escrúpulo. Al carecer de moral, no le importa robar, decir un chiste salvaje sobre el Holocausto (él es judío, justifica) o humillarse en lo que sea necesario, llámese jugar ping-pong con un león marino como espectáculo, o dejarse nalguear con una paleta de ping-pong como reprimenda. Su mucha astucia, impulsada por una voluntad titánica, se enfrenta a no pocos obstáculos, haciendo que el espectador se pregunte cuál será el que finalmente lo frene al estrellarse con la realidad. O lo haga aprender. Su trayectoria está bien definida por las canciones que acompañan su viaje: de «Forever Young» a «Everybody’s Got to Learn Sometime» a «Everybody Wants to Rule the World». Quizá el último plano tenga la respuesta.

(2025) EUA
DIRECCIÓN Josh Safdie
GUION Josh Safdie y Ronald Bronstein
MÚSICA Daniel Lopatin
FOTOGRAFÍA Darius Khondji
REPARTO Timothée Chalamet, Odessa A’zion, Gwyneth Paltrow, Kevin O’Leary, Abel Ferrara, Tyler Okonma, Fran Drescher, Emory Cohen, Géza Röhrig, Koto Kawaguchi

Los domingos

Cóncavo y convexo

I don’t believe in an interventionist God
But I know, darling, that you do
But if I did, I would kneel down and ask him
Not to intervene when it came to you
Will not to touch a hair on your head
Leave you as you are
If he felt he had to direct you
Then direct you into my arms

Estas palabras —letra de «Into My Arms» de Nick Cave, parte de la banda sonora de Los domingos— perfectamente podrían ser dirigidas a Ainara, una joven de 17 años que está pensando hacerse monja, por su tía atea, ambas protagonistas de esta película que ha dado mucho que hablar en España, donde ganó la Concha de Oro en el Festival de Cine de San Sebastián. La directora y guionista Alauda Ruiz de Azúa plasma con curiosidad y respeto un asunto tan difícilmente cinematográfico como es el proceso vocacional desde la fe, centrándose en las distintas perspectivas de la chica en cuestión y los distintos miembros de su familia.

Lo llamativo es que no estamos ante una película de «cine católico», en cuanto que sea propagandístico, ni mucho menos. De hecho, la directora no es creyente ni busca eso. Pero tampoco es lo contrario, una crítica a la «captación de menores» desde instituciones católicas (lo que no hubiera sido nada raro en el cine español). Lo que es, y no es nada fácil, es una mirada honesta a un proceso que no deja de ser humano y, desde luego, conflictivo. Esto va en la línea del trabajo anterior de la directora, que consigue mirar con honestidad y sin tomar bandos necesariamente en situaciones complejas. Prueba de ello, en este caso, son las múltiples interpretaciones de los espectadores (desperdigadas por internet) que ven en la misma cinta, unos, una mirada positiva de la Iglesia y de un proceso vocacional, y otros, el natural rechazo ante una decisión tan disparatada hoy para una visión laicista como encerrarse en un convento. Dos miradas casi opuestas —una cóncava, otra convexa— a una misma realidad.

Ya llegar a esas reacciones implica una película muy creíble, sobre todo en las actuaciones. Destaca la primeriza Blanca Soroa que interpreta asombrosamente a Ainara, una chica normal, un poco callada quizá, que sale con amigos, se besa con un chico, etc, pero que se encuentra en plena crisis de sentir que Dios la llama a ser monja de clausura. Por supuesto, sucede dentro de un proceso que es normal en ese ámbito: va a un colegio religioso, participa en retiros, habla regularmente con un sacerdote y con la madre superiora de la comunidad que frecuenta. Por otro lado está su tía Maite, interpretada por Patricia López Arnaiz. Llevada por el cariño a su sobrina, a quien es muy cercana, y preocupada tanto por el perfil de la chica (su madre murió cuando ella era pequeña) como por sus propios prejuicios anticlericales, va tramando la forma de quitarle a su sobrina esa idea de la cabeza. En medio están otros: Iñaki (Miguel Garcés), el padre de Ainara, viudo con tres hijas y agobiado por una situación económica difícil y que quiere respetar el proceso de su hija aunque no lo entiende del todo; o Pablo (Juan Minujín), el marido de Maite, quien cuestiona y se asombra pero que es más abierto que Maite.

De nuevo, los personajes religiosos están matizados e incluso diría que son bastante positivos. La Madre Isabel (Nagore Aranburu) es firme pero cercana y comprensiva. El Padre Chema (Víctor Sainz) es joven y alegre. Las demás monjas se ven contentas y normales dentro de todo. Pienso que si en alguien carga las tintas la película sí es en el personaje de la tía Maite, pues se muestra también parte de su propia crisis matrimonial y un carácter difícil, aunque su reacción no deje de ser entendible desde como está construido su personaje. La historia puede ser universal al plantear un conflicto humano a partir de un hecho religioso, pero desde luego es muy local por cómo está ubicada en la sociedad española contemporánea, específicamente de un sector poblacional del País Vasco, con dinámicas familiares y sociales propias. Por lo mismo se siente muy real, aunque seguramente se distribuirá poco fuera de España. Visualmente es también muy normal para transmitir esta historia que ocurre con sencillez, sin dejar de tener algunos momentos especialmente bien logrados, como el montaje paralelo del final que acompaña momentos claves del desenlace con un ritmo y una elección musical muy poderosa.

(2025) España
DIRECCIÓN Y GUION Alauda Ruiz de Azúa
MÚSICA David Cerrejón
FOTOGRAFÍA Bet Rourich
REPARTO Blanca Soroa, Patricia López Arnaiz, Miguel Garcés, Juan Minujín, Nagore Aranburu, Víctor Sainz

Wake Up Dead Man

Asesinato en la iglesia

Tercera aventura cinematográfica del encantador detective Benoit Blanc (Daniel Craig) con el que el cineasta Rian Johnson une sus películas de misterios y asesinatos como Agatha Christie unía sus novelas con el detective Hercule Poirot. Al igual que en las anteriores, un grupo de sospechosos gira en torno a un hombre poderoso: un patriarca familiar en Knives Out y un genio de la tecnología en Glass Onion. Esta vez, de un modo interesante —también irreverente— el centro es un sacerdote radical y egomaniaco (Josh Brolin) al que se aferra una pequeña grey que mezcla algo de piedad con mucho culto a la personalidad, hasta que llega un joven y decidido sacerdote (Josh O’Connor) pero con él llega también el homicidio.

A pesar de la popularidad del personaje del detective de extraño acento (una interpretación cómica de Daniel Craig que hace años sería impensable del James Bond rubio), él no es el protagonista de la película y, salvo la toma inicial, no figura en ella hasta transcurrida más de media hora. El protagonista es Father Jud, un maravilloso Josh O’Connor, quien cae bien al espectador y se lleva le película, que es mucho decir de un sacerdote católico en pantalla. Como en la ya poco conocida pero excelente película francesa El renegado, o en algunas películas sobre exorcistas, la dinámica narrativa es de contraste entre el joven sacerdote novato y el sacerdote mayor heterodoxo. El resto del reparto es de nuevo una mezcla de personajes con secretos, algunos más logrados que otros, en los que destaca como la incondicional sacristana una magistral Glenn Close. La música, las locaciones, el ritmo y, por supuesto, el misterio y su investigación la hacen muy entretenida, y se agradece que se arriesgue sacando al detective Benoit Blanc de su zona de confort al llevarlo, como él reconoce, al terreno de la gracia.

Desde luego, Rian Johnson no está haciendo una película devota, ni sus personajes católicos son ejemplares, sobre todo el sacerdote mayor (el primer acto tiene algún momento incómodo, especialmente las confesiones del padre viejo con el joven en las que busca escandalizarlo y, aunque contado en clave de comedia, quizá lo logra con algún espectador). Sin embargo, en conjunto no es una burla ni un ataque. Al contrario, el sentido global de la película es muy positivo a ese respecto y se habla algo de cómo funciona la fe, el sentido de la oración, la verdadera misión del sacerdote y la importancia del perdón. Todo ello en torno al personaje de Father Jud, un boxeador convertido en sacerdote genuino —como el Father Stu de aquella película esa sí católica pero además buena—, un joven entregado a Dios con ganas de hacer las cosas bien y «no vencer a los enemigos sino a amarlos como Cristo». Hay un par de escenas especialmente bien logradas a este respecto, como cuando consuela a una mujer por teléfono, pero sobre todo cuando conoce al descreído detective y en un diálogo bastante modélico de apostolado moderno le explica, ante su increencia de «los cuentos» de la Iglesia, la importancia de la narrativa en la fe: «La pregunta es si estas historias nos convencen de una mentira, o si resuenan con algo dentro de nosotros que es profundamente verdadero y que no podemos expresar de otra forma que contando historias».

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Rian Johnson
MÚSICA Nathan Johnson
FOTOGRAFÍA Steve Yedlin
REPARTO Josh O’Connor, Daniel Craig, Glenn Close, Josh Brolin, Jeremy Renner, Mila Kunis, Kerry Washington, Andrew Scott, Cailee Spaeny, Daryl McCormack, Thomas Haden Church, Jeffrey Wright

Bugonia

Cámara de eco

La premisa es sugerente: un hombre desequilibrado secuestra a una importante empresaria convencido de que es una alienígena. Una idea proveniente de una película coreana que el guionista Will Tracy (Succession, El menú) adaptó a la realidad estadounidense decadente actual, abrumada por la sobreinformación de internet y llena de teorías de la conspiración (no tan distinta de la reciente Eddington) donde cada uno vive en su propia cámara de eco: la realidad como la percibe desde sus sesgos cognitivos reforzados por los algoritmos. Cuando el griego Yorgos Lanthimos aceptó dirigirla, el proyecto pasó a estar bajo su sombra de director-autor, y sumó a las estrellas Emma Stone y Jesse Plemons, ya incondicionales del director. Una combinación de elementos que se acoplaron bastante bien en una trama sencilla que es sátira y comedia negra.

Al raparse la cabeza, Emma Stone demostró una vez que está dispuesta a todo lo que le pida este director

En mi reseña de la última película del director griego hice un pequeño recorrido por su trayectoria, sobre todo desde que empezó a hacer cine en Hollywood. Bugonia es coherente con su estilo y sus temáticas, una mirada divertida a lo más oscuro de la naturaleza humana. La película vale la pena por las excelentes actuaciones de Jesse Plemons y de Emma Stone, en ese orden. Un mano a mano actoral que sostiene el duelo, literal, entre quién tiene el poder en cada momento. Los acompaña un actor no profesional neurodivergente, Aidan Delbis, que hace las situaciones aún más creíbles. Y ese es el juego divertido de la película —para quien esté dispuesto a jugarlo—: saber qué es lo creíble. En la era de la postverdad donde lo único que manda es el capitalismo rampante, se trata de una trama muy adecuada.

Filmada en VistaVision (un formato antiguo que está siendo usado de nuevo, como en El Brutalista y en Una batalla tras otra), visualmente es deliciosa, si bien refleja un lugar sucio y desabrido del midwest americano. La música siempre original de Jerskin Frendix en momentos se torna solemne y sobrecogedora, compatible con un par de canciones de Green Day y Chappell Roan muy bien colocadas. La palabra Bugonia (similar a la flor begonia, pero empezando en «bug», bicho) escrita «bougonia» se refiere principalmente a un antiguo ritual griego para generar abejas a partir del cadáver de una vaca, basado en la creencia errónea de que las abejas se formaban a partir de cuerpos de animales recién muertos. Un título muy adecuado.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Yorgos Lanthimos
GUION Will Tracy a partir de la película de Jang Joon Hwan
MÚSICA Jerskin Fendrix
FOTOGRAFÍA Robbie Ryan
REPARTO Emma Stone, Jesse Plemons, Aidan Delbis, Stavros Halkias

Wicked: For Good

Enemiga del pueblo

El antropólogo francés René Girard (1923-2015) planteó una original teoría para explicar la vida en sociedad de las comunidades humanas. Girard afirma que lo que deseamos es porque alguien más lo tiene o también lo desea, lo que termina llevando a una rivalidad. Esas rivalidades desembocan en violencia, la cual se va propagando en la comunidad. La manera de terminar con esa violencia, dice Girard, es que la comunidad designe un enemigo común al que se le haga culpable de todos los males y luego se le sacrifique, de forma que se logre la paz social. Es el llamado chivo expiatorio. Y es una muy buena explicación del interesante fenómeno sociopolítico de comunicación que plantea, entre números musicales y brujas voladoras, esta película.

Como se recordará, esta es la segunda parte de una historia dividida en dos. Y es la adaptación de un exitoso musical de Broadway. La primera parte cuenta cómo, en el mundo del Mago de Oz, dos muy distintas aspirantes a hechiceras desarrollan una improbable amistad. Se trata de la popular y desenvuelta Galinda (Ariana Grande) y la íntegra pero marginada Elphaba (Cynthia Erivo), quien destaca por su característico color de piel verde. Al final de esa primera parte ambas descubren que su admirado Mago de Oz (Jeff Goldblum) es un fraude, y Elphaba, quien sí tiene poderes mágicos, huye volando en una escoba jurando desenmascarar al Mago, mientras Galinda permanece en el orden social del que es parte importante, aunque manteniendo sus sentimientos de amistad hacia Elphaba.

Esta segunda película sucede un tiempo después y desarrolla los sucesos de la trama que explican y son paralelos a la historia original del Mago de Oz: la llegada de la niña Dorothy a la tierra de Oz y su aventura al lado del espantapájaros, el hombre de hojalata y el león cobarde. La historia cuenta el origen de estos personajes de una forma ingeniosa y atractiva, que resulta novedad para quienes no conozcan ya la historia por el musical. Las canciones, sin embargo, en esta segunda película son francamente peores que en su primera parte, en gran medida siendo otra versión de las canciones ya conocidas (se explica por ser en realidad el segundo acto del musical), aunque el talento vocal de Cynthia Erivo y de Ariana Grande es admirable y hay un par de temas destacables. Permanece la sensación visual de artificialidad que ya tenía la primera película. En cuanto al guion, a pesar de su longitud, las decisiones de los personajes se sienten apresuradas y poco justificadas —tomando en cuenta también el triángulo amoroso entre las dos amigas y el príncipe Fiyero (Jonathan Bailey), otro buen ejemplo de la teoría de Girard, en este caso del deseo mimético.

Sin embargo, de nuevo, es bien interesante la lectura en clave de comunicación política que permite esta fábula. El Mago de Oz no es un hombre malo. Simplemente no tiene los poderes que hizo creer que tenía, y la gente no está dispuesta a creer lo contrario, aunque sea verdad, porque no les conviene (una característica de nuestra época de posverdad, resumida en la canción “Wonderful”). Por lo que el Mago tuvo la idea de crear un enemigo común para que la gente de Oz lo aceptara como su líder. Y ese enemigo común son los animales, que antes hablaban y tenían agencia como un ciudadano más de Oz y ahora son perseguidos. No es muy distinto de lo hace un gobierno populista. Y la noble pero imprudente Elphaba, al enemistarse con el Mago, se convirtió en el enemigo común ideal girardiano, lo que facilitó mucho su aspecto de piel verde y vestido negro. Por suerte está también Glinda, quien física y temperamentalmente es ideal para ser “la buena”, como se llamará a sí misma al final de la película. Y como le explica Elphaba cuando finalmente lo entiende, “alguien debe de ser la mala para que tú seas la buena”. 

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Jon M. Chu
GUION Winnie Holzman y Dana Fox a partir del libreto de Winnie Holzman a partir de la novela de Gregory Maguire a partir de los personajes de L. Frank Baum
MÚSICA Stephen Schwartz y John Powell
FOTOGRAFÍA Alice Brooks
REPARTO Cynthia Erivo, Ariana Grande, Michelle Yeoh, Jeff Goldblum, Jonathan Bailey, Marissa Bode, Ethan Slater

Frankenstein

El monstruo bueno

No es ninguna sorpresa que el más ansiado proyecto del director mexicano Guillermo del Toro, el cineasta amigo de los monstruos, sea Frankenstein, el mito por excelencia del monstruo bueno, el científico que desafía la muerte creando un ser que luego es temido por la sociedad y debe de vivir condenado a ser un monstruo. A partir de la famosa novela de Mary Shelley, uno de los textos más adaptados al cine y con gran eco en la cultura popular contemporánea, Del Toro suma la suya a las adaptaciones ya existentes, con su toque personal. El resultado es todo lo que uno podría esperar de una versión del Del Toro de esta historia. Nada menos, pero tampoco nada más.

Esta versión empieza muy apegada a la novela original, con el científico Victor Frankenstein y su Criatura persiguiéndose en el ártico, donde los encuentra una expedición que encalló buscando llegar al Polo Norte y conoce así su historia relatada a modo de flashback. Manteniendo los elementos principales, Del Toro hace algunos cambios como que Elizabeth, el interés romántico de Víctor Frankenstein, en esta versión es la prometida de su hermano y no de él, lo que subraya el carácter vil del personaje como lo presenta la película. Por lo mismo, el hermano pequeño de Víctor es mayor en esta versión y no sólo un niño en el momento de los hechos como en la novela.

En efecto, el Dr. Frankenstein que interpreta el guatemalteco Oscar Isaac pasa de ser el científico idealista y un tanto arrogante a ser alguien despreciable como claro contraste con su «hijo», la Criatura a la que no da nombre y que es desde luego el personaje más entrañable de la cinta: interpretado sorprendentemente por el galán Jacob Elordi —sometido a horas de maquillaje—, es a la vez temible y conmovedor, quizá la mejor aportación de esta versión al mito. El casting se completa con Mia Goth, de rara belleza asociada en su filmografía al cine de terror y en esta versión se añade un personaje que interpreta Christoph Waltz, un mecenas tío de Elizabeth que ayuda a Víctor en su empresa de crear un ser vivo.

Visualmente Del Toro se inspira en la novela gráfica de Bernie Wrightson, sobre todo en el diseño del «monstruo», enorme y poderoso, con fuerza sobrehumana y poderes regenerativos al estilo Wolverine. Inevitablemente toma elementos de la icónica película Frankenstein de 1931, dirigida por James Whale, que ya se han vuelto parte del mito, como la torre donde se da vida a la criatura o que esto suceda a partir la electricidad de los rayos. Tanto como el maquillaje, el diseño de vestuario y ambientación son impecables, así como la banda sonora del infalible Alexandre Desplat, todo lo que contribuye a hacer una obra de gran nivel.

Y si bien todo esto cumple con el anhelo de niñez de Del Toro de hacer su película de Frankenstein, ciertamente no añade más a una historia archiconocida y con temas universales también muy explorados: el hombre que juega a ser Dios, la paternidad como fracaso, el monstruo amenazante que en realidad es víctima bondadosa. Parte de esa sensación de falta de ímpetu viene de la estructura del guion, que empieza con mucha fuerza —la presentación de ambos personajes, creador y criatura, en frenética persecución ante los ojos de la tripulación en el ártico— y luego se alarga extensiblemente para concluir en un desenlace poco contundente aunque pueda ser conmovedor.

Como en su genial Pinocho —merecedora ganadora del Óscar a mejor película animada—, aquí el director incluye algunos elementos cristológicos interesantes, evidentes en la postura de la Criatura al cobrar vida, o en que éste sangre de una herida en el costado, así como la explicación de la salvación que obtiene al leer el Paraíso Perdido de Milton (como en la novela de Shelley). Por cierto que Pinocho en los ojos de Del Toro es otra versión de esta misma historia del monstruo bueno, como de alguna forma lo es toda la filmografía de este cineasta mexicano.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Guillermo del Toro
GUION Guillermo del Toro a partir de la novela de Mary Shelley
FOTOGRAFÍA Dan Laustsen
MÚSICA Alexandre Desplat
REPARTO Oscar Isaac, Jacob Elordi, Mia Goth, Christoph Waltz, Felix Kammerer, Charles Dance, Lars Mikkelsen, David Bradley, Christian Convery

Una batalla tras otra

Viva la revolución

No sé si en Estados Unidos haya muchos grupos de revolucionarios que busquen desestabilizar al gobierno. Ciertamente hubo algunos en los 60’s, en los que se basa la novela Vineland de Thomas Pynchon, en la que a su vez se inspira el director Paul Thomas Anderson para traerlos a nuestra época actual. Lo que ya es decir mucho pues el director a sus 55 años ha hecho siempre un cine perenne, que se siente atemporal, y no sólo porque sea un entusiasta defensor del celuloide frente al cine digital casi omniabarcante, sino porque los últimos cinco de sus largometrajes (There Will Be Blood, The Master, Inherent Vice, Phantom Thread, Licorice Pizza) ocurrían en en el siglo pasado. Hasta ahora. Me sonrío al leer mis críticas de anteriores películas del director, en que señalaba que no le importaba no ir con las agendas sociales del momento, o no hacer cine más «entretenido», pues es precisamente lo que logra en Una batalla tras otra, sin perder su maestría visual y narrativa, aunque esta obra parezca más un divertimento frente a otras suyas más monumentales. Pero vamos a la trama.

Ghetto Pat (Leonardo DiCaprio) y Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor) se conocen al formar parte del grupo revolucionario de Los French 75. Él no es brillante, pero es aguerrido y experto en explosivos. Ella es líder, pasional y arriesgada. La conocemos provocando —en todo el sentido de la palabra— al Sargento Steven Lockjaw (Sean Penn) quien pronto se obsesiona con ella —también en todo sentido. Perfidia y Pat se enamoran. Ella se embaraza y nace la pequeña Charlene, pero Perfidia tiene que huir de la autoridad y todo el grupo disgregarse. Pasan dieciséis años. Cual modernos Jean Valjean y Cosette, Pat y la ahora adolescente Charlene viven en la pequeña ciudad (ficticia) de Baktan Cross en California con identidades falsas: Bob y Willa (Chase Infiniti), quien conoce poco de su pasado. Bob es un padre preocupado, aunque no parece dedicarse a mucho más que drogarse, beber y ver la tele. Sin embargo, pronto se ve literalmente gaseado fuera de su madriguera cuando su pasado vuelve tras él, pues el ahora Coronel Lockjaw está decidido a borrar todo rastro de su relación con Perfidia para poder ingresar al grupo secreto elitista de supremacistas blancos antisemitas conocido como el Club de los Aventureros Navideños, que son todo lo que sus enemigos atribuirían a los republicanos MAGA pro Trump.

Pero eso es sólo el primer acto. Un confundido Bob guiado por su amor paterno será arrastrado por los acontecimientos, que incluyen redadas de migrantes ilegales por parte de la migra (el hoy tan sonado ICE) con las consecuentes manifestaciones y no poca ayuda del «sensei» Sergio: una especie de Oscar Schindler de los migrantes bajo la fachada de un profesor de karate que ejerce de sabio mentor, interpretado por un genial Benicio del Toro en su mejor momento. Todos estos personajes se entremezclan al ritmo del frenético piano de Jonny Greenwood incluidas aliadas monjas fumadoras, malvados fanáticos navideños y bondadosos mercenarios indígenas, para desembocar en una persecución en carretera filmada con cámaras VistaVision para ser vista en formato IMAX de lo más impactante y original.

Una vez más, el tremendo actor que es DiCaprio opta por interpretar a un perdedor, como ha hecho cómicamente en Once Upon a Time in Hollywood y trágicamente en Los asesinos de la luna. Su personaje ciertamente no es un héroe ni un protagonista típico que mueve la acción, pero sí un padre expuesto a todo por rescatar a su hija, interpretada por la debutante Chase Infiniti que es una estrella instantánea. Teyana Taylor, actriz que también es rapera y coreógrafa, prende la mecha al inicio de la trama mientras que la actuación de Sean Penn como el despreciable militar arribista es, por su parte, cómica y escalofriante al mismo tiempo.

Y si al igual que la reciente Eddington esta película es un reflejo de los tiempos complicados que vive Estados Unidos, y en cierto sentido el mundo occidental con su desestabilización social y polarización política, finalmente es un relato de esperanza que apuesta por la juventud y la paternidad que protege pero aprende a confiar. No por nada Paul Thomas Anderson lleva veinte años trabajando este guion a través de los cuales tuvo cuatro hijos. Una película fabulosa que tiene además la gracia de ser trepidante y sí, de polarizar (su división entre buenos y malos no tiene fisuras en su maniqueísmo) pero hacia el lado de la balanza que a Hollywood más le convence. Se vienen muchos premios.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Paul Thomas Anderson
GUION Paul Thomas Anderson basado en la novela de Thomas Pynchon
FOTOGRAFÍA Michael Bauman
MÚSICA Jonny Greenwood
REPARTO Leonardo DiCaprio, Sean Penn, Teyana Taylor, Chase Infiniti, Benicio del Toro, Regina Hall

Weapons. La hora de la desaparición

Niños en fuga

El subgénero de terror psicológico —como se le llama para diferenciarlo de los a veces denostados cines de horror o de terror a secas— ha tenido un auge en los últimos años, muchas veces con gran calidad, bebiendo del mejor Shyamalan (El sexto sentido) y sin duda impulsado por la obra de Jordan Peele, especialmente Get Out; o de Ari Aster (Hereditary, Midsommar). Para mí destaca también la noruega The Innocents (2021), precisamente sobre niños. Aunque sin duda su mejor precedente histórico es El resplandor de Kubrick. Es en esta línea donde quiere insertarse Zach Cregger con éste su segundo largometraje que empieza con un inquietante hecho: una noche, a las 2:17 de la madrugada, 17 niños de una misma clase salen por su propio pie de sus casas para no volver.

Resulta interesante cómo se va desarrollando la trama profundizando en cada personaje. A partir del misterio de no saber qué pasó, vamos viendo cómo se desmorona una pequeña comunidad con personajes moralmente fallidos. La profesora joven, dedicada y rebelde, víctima de la soledad y del alcoholismo; el padre de familia incapaz de mostrar cariño a su hijo; el policía que vive bajo la presión de estar casado con la hija de su superior; o el niño que debe fingir que todo está bien cuando en casa todo está muy mal. Este tono, por el que la han comparado con la excelente Prisoners (2013) de Denis Villeneuve, sin embargo se pierde por ciertos momentos de humor a los que el director —también guionista— es adepto, y sobre todo por la introducción de un personaje antagónico pasando la mitad de la película que rompe el misterio al hacer evidente lo que está sucediendo —sin una especialidad causalidad narrativa, por cierto— y se desemboca en la violencia por la violencia. 

Y es que Cregger es ciertamente bueno para plantear premisas inquietantes, igualmente lo hizo en su película anterior, Barbarian (2022). Sin embargo, el gran reto nada fácil es que eso tenga una resolución satisfactoria dramáticamente, y aquí no termina de darse. En esa línea, el guion se vale de algunos recursos narrativos de libro —un narrador que cuenta la historia, o las perspectivas complementarias de cada personaje— pero no parecen bien usados pues no añaden complementariedad a la trama sino que sólo sirven para dejar al espectador en vilo en momentos clave.

Visualmente sugerente y de buena factura, pasará a la cultura popular la imagen de los niños corriendo en una extraña postura que el director reconoce como inspirada en la célebre foto “El terror de la guerra” que ganó el Pulitzer en 1973 y que muestra a una niña vietnamita corriendo desnuda tras ser alcanzada por el napalm estadounidense, en esa misma posición. New Line Cinema venció a Netflix en la pugna por la distribución de esta película, con el argumento de que sí le daría una distribución en cines. Y ciertamente es una película que gana mucho con una audiencia que reaccione colectivamente a los giros de la trama (y luego a los horrores de la misma).

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Zach Cregger
FOTOGRAFÍA Larkin Seiple
MÚSICA Zach Cregger, Hays Holladay, Ryan Holladay
REPARTO Julia Garner, Josh Brolin, Alden Ehrenreich, Amy Madigan, Benedict Wong, Cary Christopher, Austin Abrams

Las guerreras K-Pop

Pelear cantando

Hay ideas millonarias y ésta, como se ha demostrado, es una de ellas. Tres superestrellas de pop coreano que en realidad son guerreras que han heredado la misión ancestral de mantener a raya a los demonios y, con su canto, lograr la victoria definitiva del bien sobre el mal. Así se logra un aire de mito universal, a la vez que se explotan pegadizas canciones y se sigue a tres protagonistas femeninas fuertes. Como se dice por ahí, Frozen caminó para que Las guerreas K-Pop pudieran volar. Hoy es un fenómeno masivo. A día de hoy es la película más vista de Netflix (sin descartar que muchas visualizaciones sean de un mismo usuario; piénsese en niñas adolescentes que ven esto en bucle). Semanas después de su estreno en streaming se puso en cines en pleno verano, en versión sing-along, para que la gente pudiera ir a cantar como si fuera un concierto. Ya hay segunda parte en planeación y seguro veremos mucho más de esto.

Con todo, no es un producto de consumo superficial. Por un lado, cuida los aspectos locales que representa, a la vez que apela a lo universal. Así, hay fragmentos de las canciones en coreano, pero sobre todo se nota en el diseño de sus espacios y de sus personajes, desde el tigre de bengala y la urraca —icónicos de los minhwa coreanos, una artesanía popular— hasta los gestos y reacciones de las protagonistas cuyos rasgos se expanden caricaturescamente al más puro estilo animé. Las canciones, de un género que lleva años siendo tendencia, son pegadizas y permiten lucir el rango vocal. Los demonios deciden que la forma de vencerlas es crear una boy band de pop coreano dando paso a un duelo musical, éxito garantizado.

Por otro lado, además de ser divertida y entretenida, la historia tiene elementos profundos. La protagonista Rumi —lideresa de estas nuevas Ángeles de Charlie, si Charlie en vez de su líder fuera su empleado, un agente regordete— es un personaje con dimensiones, con secretos ocultos y un conflicto interior propio complejo. Otro tanto puede decirse de su contraparte, un hombre condenado a ser demonio. Así se exploran temas como la esperanza y la aceptación, se muestran los peligros de querer ser bueno escondiendo los propios defectos a toda costa, y cómo el mal se alimenta de nuestros miedos y de la desunión. Larga vida a las guerreras K-Pop.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Chris Appelhans & Maggie Kang
GUION Maggie Kang, Danya Jimenez, Hannah McMechan, Chris Appelhans
FOTOGRAFÍA Gary H. Lee
MÚSICA Marcelo Zarvos
REPARTO (voces) Arden Cho, May Hong, Ji-young Yoo, Ahn Hyo-seop, Yunjin Kim, Ken Jeong, Lee Byung-hun, Daniel Dae Kim