La trilogía de las primeras Toy Story —con su sano espacio creativo de 4 años entre la primera y la segunda, y 11 años entre la segunda y la primera— pertenecen a la Historia del cine como una de las mayores muestras de creatividad y calidad, a la vez siguiendo patrones muy estudiados. Pixar cambió el mundo de la animación sin olvidarse de privilegiar el storytelling. Una cuarta entrega venía sobrando, pero no defraudó, y consiguió sacar una nueva historia de unos personajes tan queridos. Esta quinta no se despega de semejante inercia de calidad (habría que proponérselo casi) pero tampoco llega a la potencia emocional y original de las primeras. Los personajes siguen multiplicándose abrumadoramente, y el mensaje, que mantiene su núcleo —los cambios que deben enfrentar juguetes que no cambian abocados a la felicidad de niños que sí cambian— esta vez tiene un giro muy actual cuando los juguetes deben enfrentar un nuevo reto: la invasión de las pantallas que emboban a los niños haciendo que renuncien a jugar con juguetes —en definitiva, a jugar con su imaginación.
Los reflectores se dirigen ahora a la vaquera Jessie, dejando de lado —demasiado quizá— a Woody y Buzz. Favorita de su niña Bonnie, Jessie y los demás juguetes (quise ver más de ellos también; pues la sorna del Señor-Cara-de-Papa y del cerdo alcancía Ham, así como la ansiedad histérica de Rex son de lo mejor de la franquicia) se ven amenazados por la llegada de Lillypad: una tablet que, como los juguetes, tiene conciencia propia. Con menos maldad que otros villanos de esta saga (y una metanoia un poco repentina y poco creíble), su fuerza está en la evidencia de lo que vemos a diario que las pantallas generan en los niños. Los tres actos clásicos de la saga también se repiten aquí: juguetes amenazados, salen a una aventura al mundo exterior, gran final. Es difícil dar espacio a la cantidad de juguetes que siguen apareciendo, aunque celebro la subtrama del regimiento de Buzz Lightyears a los que acompaña lo mejor del soundtrack de la película.
Sin duda una película lograda, el nexo con la original venía en la persona de Andrew Stanton, miembro de la generación fundadora de Pixar (participó en la primera Toy Story) y director a su vez de algunas de las mejores películas del estudio como Buscando aNemo o Wall–E. Escribe y dirige esta película junto con Kenna Harris, más joven. Musicalmente también está ligada a las primeras dos películas de los juguetes, lo que hace esa conexión emocional y nostálgica. ¿En algún momento dejará de explotar Disney esta querida franquicia y será ese momento cuando los mismos elementos dejen de funcionar? Estén atentos a sus pantallas.
(2026) EE.UU. DIRECCIÓN Y GUION Andrew Stanton & Kenna Harris MÚSICA Randy Newman REPARTO (voces) Tom Hanks, Joan Cusack, Tim Allen, Conan O’Brien, Greta Lee, Tony Hale, Wallace Shawn, Scarlett Spears
Spider-Man es garantía. Lo demuestran las cuatro trilogías previas (la segunda de ellas incompleta, la animada aún por completarse y una trilogía completa en que el héroe es interpretado por Tom Holland, además de sus películas corales con los Avengers y ahora ésta) así como los 932 millones de dólares que hizo en taquilla ésta en su primer fin de semana, que es el récord de estreno de cualquier película hasta ahora. Quizá sea por la empatía que genera este joven divertido y aparentemente inseguro que va haciendo comentarios mientras se mueve con agilidad y combate a los malos. O quizá sea por su triste historia, huérfano, que pierde a su tío y eventualmente a su tía. Ésta última entrega mete el dedo en la llaga de este joven que cae tan bien y a quien vemos sufrir porque ahora está más solo que nunca y sufriendo más que nunca.
Como es sabido, las películas de superhéroes tienen tramas en secuencia. Y la última película del héroe arácnido había terminado con un conjuro para que todos se olvidaran de él y preservar así su identidad, con el sacrificio de que en ese olvido participan también su novia MJ y su mejor amigo Ned (al parecer los únicos dos seres vivos a los que aún les importaba Peter Parker, algo ya un poco triste de por sí). Así, nuestro protagonista vive en la absoluta soledad entregado de lleno a su labor de superhéroe, debe lidiar con la evolución de su mutación (que también lo hace sufrir y pone en riesgo a los otros cuando se descontrola) y, para colmo, el nuevo enemigo a vencer es uno que consigue meterse en la mente de las personas. Todo ello hace de esta una historia más introspectiva —no sé si llegue a ser un «estudio de personaje» pero sí ahonda en el conflicto interior del héroe— y, todo hay que decirlo, quita algo de la fuerza de las cintas anteriores: la amistad entre Peter, MJ y Ned (a la Harry, Ron y Hermione), que en parte se suple con el añadido de nuevos personajes; y las secuencias de acción, que aquí se reservan sobre todo para el doble tercer acto, al que vale la pena llegar pues es de gran intensidad.
El director Destin Daniel Cretton y el director de fotografía Brett Pawlak, que llegan al universo del arácnido de hacer juntos la serie de Marvel Wonder Man, logran un estilo visual más dinámico y atrapante que en las cintas anteriores del superhéroe. Nueva York y su gente cobran así protagonismo como el contexto del solitario protagonista. Teniendo al frente al matrimonio más exitoso del momento (Tom Holland y Zendaya, que entre ésta y La Odisea van por dos billion dollars en menos de un mes) saltan al reparto distintos rostros procedentes de las series más exitosas del streaming. Liza Colón-Zayas de The Bear, Tramell Tillman de Severance, Sadie Sink de Stranger Things y Jon Bernthal que llega con todo y el personaje puesto: el antihéroe Frank Castle alias «Punisher» que en su estilo violento y agresivo logra un dúo contrastante y divertido con nuestro Spidey, además del Dr. Bruce Banner / Hulk (Mark Ruffalo) para que no falten los clásicos cruces entre personajes de Marvel. Y por cierto que, sin spoilers, lo que siembran aquí para las películas que vendrán es prometedor.
(2026) EE.UU. DIRECCIÓN Destin Daniel Cretton GUION Chris McKenna y Erick Sommers basados en el comic de Stan Lee y Steve Ditko FOTOGRAFÍA Brett Pawlak MÚSICA Michael Giacchino REPARTO Tom Holland, Zendaya, Jacob Batalon, Jon Bernthal, Sadie Sink, Mark Ruffalo, Tramell Tillman, Liza Colón-Zayas, Marisa Tomei
Hay películas que son sólo entretenimiento, otras tantas que nos hablan de nosotros mismos de distintas maneras, pero hay otras que son un baluarte, una aportación, patrimonio de la humanidad. Ésta que nos ocupa es una de ellas, pero permítaseme explicar antes de que piensen que he perdido toda objetividad. Lo digo porque lo que aquí hace Christopher Nolan —el director vivo con mayor proporción entre calidad y popularidad de sus películas, quizá solo al lado de Spielberg— es entregarnos de nuevo, en todo su esplendor, una de las narraciones primigenias de la civilización occidental, quizá la narración por excelencia, que es más antigua que la Biblia, ojo. El viaje de Ulises u Odiseo, la Odisea. Y así, más que una adaptación, lleva a cabo una traducción del poema homérico, oral en su origen, después escrito y hoy cinematográfico (que es un lenguaje propio). Veamos.
Para transmitirnos el mito, se utilizan los elementos cinematográficos de toda película, que el genio de Nolan (y su presupuesto de 250 millones de dólares) logró que sean de la mayor calidad posible, trabajando con sus colaboradores habituales lo que hace que también imprima su propio estilo (y cómo el clásico de clásicos puede ser una película tan de Nolan es parte de lo que el cine permite). Para las imágenes se alía de nuevo con el suizo Hoyte Van Hoytema armado con cámaras IMAX cargadas de puro celuloide. De hecho es la primera película grabada enteramente con cámaras IMAX en celuloide (un formato mucho más grande, añadiendo más imagen por arriba y por abajo que si se ve en formato normal). Para la música recurre al sueco Ludwig Göransson, quien utiliza sólo instrumentos antiguos mediterráneos y muchas, muchas percusiones. Tanto Van Hoytema como Göransson ganaron el Óscar por su última colaboración con Nolan, Oppenheimer. Y el sonido. Y el vestuario. Y las locaciones. Y el diseño de producción (cada casco, cada espada). Y los efectos, tan renuentes al CGI. En fin, no acabaríamos.
Los actores del star system de Hollywood son parte del lenguaje cinematográfico, o de cierto lenguaje cinematográfico. Es como escribir con una tipografía ya conocida. Times New Roman. Nolan lo sabe y lo usa muy bien, además de lo que eso ayuda para la mercadotecnia. Matt Damon, el hombre, el héroe, Good Will Hunting, el soldado Ryan, un rostro conocido y familiar para todo quien se sienta a ver una película, es Odiseo. Tiene además la edad para interpretar al héroe en el rango de tiempo en que transcurre la historia. Anne Hathaway es la abnegada Penélope y Tom Holland el joven Telémaco, el hijo fiel. Tiene mucho peso en la película lo que está sucediendo en Ítaca en ausencia de Odiseo, lo que hace más emotivo el conflicto, con Robert Pattinson interpretando a un deleznable Antínoo, líder de los pretendientes de Penélope.
Esta versión es además plenamente actual, aunque cuente la narración más antigua, y así es como transmite el mito al público de hoy, parte importante de la traducción de Nolan. De esta forma, el brazo derecho de Odiseo, Euríloco (ambos griegos), puede ser interpretado por un actor de ascendencia india, Hamish Patel; o la bella Helena de Troya (y su hermana gemela) puede ser una actriz keniana (nacida en México, de hecho, LUPITA Nyong’o); el rapero Travis Scott puede ser el bardo que entona la narración de la guerra de Troya (¿son hoy los raperos nuestros bardos?), y hasta el actor trans Elliot Page puede ser un soldado clave contra los troyanos (Sinón, mismo que no aparece en la Odisea, por cierto, sino en la Eneida). En fin. En esa misma línea, los personajes femeninos tienen aquí mucho más peso y relieve que en el poema homérico. No sólo Penélope, noble reina, que tiene aquí una inconformidad con el supuesto «trono vacío» (¿no es ella reina?), sino personajes como Circe o Calipso que en el mito son más bien villanas y aquí se comprenden y muestran sus razones.
Otro tanto habría que decir de los dioses, tan importantes en la narrativa de la Odisea. En su estilo realista, Nolan los tiene presentes en los diálogos y acciones de los mortales que muestra en pantalla, pero casi no los representa más que en sus manifestaciones a través de las fuerzas de la naturaleza. Con excepción de Atenea, deidad predilecta de Odiseo, interpretada por Zendaya con justa sobriedad. Está, en fin, presente, la influencia de otras películas. Nolan se ha referido a los clásicos del cine que recrean historias mitológicas, aunque su estilo, de nuevo, es más realista. Muchos momentos, recuerdan a La Pasión de Mel Gibson, por la locación, la música y el ritmo, incluso con uno de sus actores en un pequeño papel. La película muestra los motivos archiconocidos de esta historia, tanto que algunos son metáforas de nuestro día a día —el caballo de Troya, el canto de las sirenas—, pero presentándolos de forma original y nueva, con un estilo realista, y así logra que el espectador se emocione incluso sabiendo lo que va a ocurrir (como les sucedía a los oyentes griegos hace milenios).
Por último, es sabido lo que le gusta a Nolan mezclar los tiempos y las perspectivas, como ha hecho en todas sus películas. Ésta no es la excepción y ayuda a la agilidad del relato, que salta de los acontecimientos en Ítaca, a flashbacks de la toma de Troya, a la estancia de Odiseo con Calipso, a las aventuras en el viaje. Y así logra presentar al público de hoy en su idioma (el cine) este relato inmortal, haciendo relucir sus temas universales: la familia, la lealtad, el hogar, el destino, la piedad, el liderazgo (hoy tan de moda, pero pocos ejemplos de líderes como Odiseo) y, desde luego, la guerra. Quizá el tema principal al final de la película es ciertamente una censura de la guerra y de lo que ésta hace a los hombres, cómo los transforma para mal. Un mensaje también atemporal pero también muy actual, que hace a esta película tan importante como imponente. Gracias, qué duda cabe, al gran Homero —o a esa tradición narrativa que llamamos Homero— y a su traductor a la pantalla grande (ah, y vale la pena que sea muy grande).
(2026) Reino Unido DIRECCIÓN Christopher Nolan GUION Christopher Nolan adaptando La Odisea de Homero FOTOGRAFÍA Hoyte Van Hoytema MÚSICA Ludwig Göransson REPARTO Matt Damon, Anne Hathaway, Tom Holland, Robert Pattinson, Himesh Patel, John Leguizamo, Charlize Theron, Samanta Morton, Zendaya, John Bernthal, Lupita Nyong’o, Ben Safdie, Elliot Page, Bill Irwin, Travis Scott
No es secreto que una de las estrategias más socorridas del mercado audiovisual hoy es buscar sagas o aludir a productos ya probados o conocidos que atraigan al público (lo que, desde luego, limita mucho la originalidad, pero eso es otra historia). Una de esas fórmulas ha sido el whodunit con muchos personajes involucrados con un toque de comedia que inauguró (ahí sí originalmente) Rian Johnson con su Knives Out, protagonizadas por Daniel Craig como el detective Benoit Blanc (que por lo mismo ha tenido ya dos secuelas con la misma fórmula) y donde se insertan también las recientes adaptaciones de novelas de Agatha Christie con Kenneth Branagh como el detective Hercule Poirot. En este subgénero se inserta esta película con un toque especial —las epónimas ovejas del título— pero que sorpresivamente logra mucho más que resolver un misterio, permitiendo una interesante reflexión sobre la muerte, el dolor y cómo lidiamos con ello en nuestra sociedad de mentalidad existencialista.
En las afueras de un pequeño poblado inglés, George Hardy (Hugh Jackman) cuida amorosamente a su rebaño de ovejas, incluso leyéndoles cada noche novelas de misterio. Cuando él mismo es asesinado, las propias ovejas se dan a la tarea de descubrir al asesino y el misterio detrás de la vida y muerte de su querido pastor. Como suele suceder en este tipo de películas, parte del éxito está en tener un reparto estelar de actores y es el caso, empezando con el propio Hugh Jackman cuya persona ya se asocia a los hombres rudos y bondadosos (desde Jean Valjean hasta Wolverine) y donde destaca Emma Thompson como su abogada. En este caso se extiende también a los actores que hacen las voces de las ovejas, donde hay otro ramillete de estrellas.
Con todo, lo más interesante es la reflexión en torno a la muerte. Estas ovejas pensantes y parlantes tienen la costumbre de olvidar (literalmente) aquello que les causa dolor o las contraría, como si nunca hubiera pasado —toda una metáfora del clima de posverdad en el que vivimos: «si no lo recuerdo, dice literalmente una joven oveja, entonces no es verdad». Así, no recuerdan a sus antepasados ni su muerte, y sólo saben que «se convierten en nubes». Sin embargo, la muerte de su abnegado pastor las pone en la disyuntiva de no olvidarlo, por justicia y por resolver el crimen, lo cual las adentra en el proceso del luto y de entender la muerte. Siempre en tono simpático, incluso aprenden sobre Dios en la doctrina católica («es un pastor, pero también un cordero, pero también es pan…»). Desde luego, subyace un fuerte mensaje animalista, donde ser carnicero es ser el peor villano. En fin, con un guion simpático y bien engranado, que no carece de fuertes momentos emotivos, estamos ante una película de calidad para toda la familia.
(2026) Reino Unido DIRECCIÓN Kyle Balda GUION Craig Mazin basado en la novela de Leonie Swann FOTOGRAFÍA George Steel MÚSICA Christophe Beck REPARTO Hugh Jackman, Emma Thompson, Nicholas Braun, Molly Gordon, Nicholas Galitzine, Julia Louis-Dreyfus, Bryan Cranston, Chris O’Dowd, Patrick Stewart, Brett Goldstein, Bella Ramsey, Brett Goldstein, Regina Hall, Rhys Darby, Tosin Cole, Conleth Hill, Kobna Holdbrook-Smith, Hong Chau
El director mexicano Fernando Eimbcke, alguna vez joven promesa que despuntó en 2004 con su ópera prima Temporada de Patos, vuelve a los festivales —concretamente Berlín, donde ganó el premio SIGNIS del Jurado ecuménico— con una historia entrañable, contada con toda sencillez y (demasiada) parquedad, que brilla y conmueve por momentos. Frente al inmenso y burocrático Hospital General de la Ciudad de México, cuyo acceso es digno de un relato kafkiano, vive la amargada Olga, quien ante una necesidad económica decide rentar una habitación a familiares de pacientes del hospital que vienen de otras partes del país y deben esperar fuera. Es así como conoce al pequeño Cristian y a su papá, que se hospedan ahí por la hospitalización de la mamá de Cristian.
Si bien la trama es algo predecible, la buena idea de la premisa y las buenas actuaciones permite dinámicas padre-hijo que recuerdan a El ladrón de bicicletas (1948) o a La vida es bella (1997), y eventualmente una dinámica entre el personaje de Olga y el niño que recuerda al inicio de Estación Central de Brasil (1998). El estilo hiperrealista de Eimbcke, su blanco y negro contemporáneo que hoy recuerda inevitablemente a Roma (2018) de Alfonso Cuarón, y su ya icónica inclinación a los videojuegos, junto con lo que parece un salto de guion entre el segundo y el tercer acto que no justifica del todo el arco de transformación del personaje principal, hacen que esto no pegue con toda la fuerza que podría. Cine de festival, que logra conmover al final, por lo que vale la pena llegar a él. El título no le ayuda especialmente.
(2026) México DIRECCIÓN Fernando Eimbcke GUION Fernando Eimbcke y Vanesa Garnica MÚSICA Camilo Lara REPARTO Teresita Sánchez, Bastian Escobar, Hugo Ramírez, Enrique Arreola
Con 19 años de edad, Kane Parsons dirige esta película respaldado por la productora A24 y un regimiento de productores de Hollywood apostando por él. Es un síntoma interesante de lo que está pasando en Hollywood, pues recientemente otro youtuber dirigió otra exitosa película de terror estrenada en cines, Obsesión. Parsons ha sido un éxito en YouTube donde, conocido como Kane Pixels, tiene 3.7 millones de seguidores, y su video The Backrooms (Found Footage) tiene 83 millones de vistas. En este video, donde alguien con una vieja cámara de video recorre misteriosos pasillos vacíos de oficina o tienda departamental de los noventas, perseguido por una extraña presencia, se basa ahora este largometraje.
Dos actores de primera línea protagonizan la película. Chiwetel Ejiofor (12 años de esclavitud, Hijos de los hombres) es el protagonista, un hombre abandonado por su esposa que regenta la nada exitosa tienda de muebles «El Imperio Otomano del Capitán Clark»; Renate Reinsve (Valor sentimental, La peor persona del mundo) es su psicóloga que a su vez tiene un pasado traumático. Clark encuentra en el sótano de su tienda un pasaje al extraño espacio de los «backrooms», esos lugares tomados del video que se viralizó en YouTube y cuya extrañeza radica en que nos son familiares pero a la vez ajenos; aparentemente construidos por el hombre, pero impersonales. Lo que en redes se ha popularizado como «espacios liminales», o lo que el filósofo Marc Augé bautizó como «no lugares»: espacios donde los seres humanos transitamos sin apropiarnos de ellos, lo que los vuelve de un modo extraños o, con los necesarios elementos desconcertantes, incluso aterradores, sobre todo si uno descubre que no está ahí solo.
El problema está en adaptar un video cuyo éxito estaba precisamente en las preguntas que deja abiertas (found footage, «metraje encontrado», hace referencia a eso, a ser un video sin contexto o respuestas, sólo hallado) y en el juego de limitar al espectador a lo que la cámara capta, sin tener control de lo que hay fuera del campo visual. No por nada, la mejor secuencia de la película es precisamente la que está rodada así, con una cámara de video en mano. Hacer todo un largometraje así —como hizo brillantemente El proyecto de la Bruja de Blair en 1999 marcando escuela— quizá no se vio con un potencial comercial hoy. Y la decisión fue hacer este largometraje de modo convencional, con lo que eso implica narrativamente: una estructura, un planteamiento, un desenlace y, con él, una respuesta a lo que está sucediendo. Y esa respuesta, por más que se intentó enraizar en los pasados traumáticos de los personajes, no parece satisfactoria. Así, el tercer acto roza lo ridículo. Ahora bien, visualmente es un logro, con la estética de los noventas y un color amarillo antiestético predominando, lo que está bastante conseguido.
(2026) EUA DIRECCIÓN Kane Parsons GUION Will Soodik basado en los videos de Kane Parsons MÚSICA Kane Parsons y Edo Van Breemen FOTOGRAFÍA Jeremy Cox REPARTO Chiwetel Ejiofor, Renate Reinsve, Mark Duplass, Lukita Maxwell, Finn Bennett
A partir del tropo conocido del deseo cumplido que sale mal, el popular youtuber Curry Barker salta a la pantalla grande escribiendo y dirigiendo esta película que, desde una sencilla premisa, logra una situación de terror angustiante y desconcertante a la vez que —y sobre todo— hace una crítica feroz al individualismo, al modo de concebir algunas relaciones, a la objetivación de la mujer, e incluso a las salidas fáciles que buscamos en la inteligencia artificial.
Bear está enamorado de Nikki, su compañera de trabajo. Incapaz de confesarle sus sentimientos, un día se topa con una «vara de sauce de un deseo», un producto que promete conceder cualquier deseo y decide pedir «que Nikki Freeman me ame más que nada en este mundo». Y pues, se cumple. La premisa que desarrolla Barker es terrible precisamente porque juega con qué implicaría que la autonomía de una persona obedezca al deseo de otra (no por nada, el genio de Aladdín tenía tres excepciones: no puede matar a nadie, no puede hacer que alguien se enamore de otra persona y no puede revivir a los muertos). De forma aterradora, Nikki busca enfermizamente mostrar su amor por Bear y, más aterrador aún, hay pequeños vislumbres de la Nikki «verdadera», de algún modo atrapada dentro de la Nikki que creó el deseo de Bear.
Y ahí es donde se encuentra el potente mensaje de la película. Una «relación» que recae en los deseos individualistas de una de las partes, y en la del varón como es aquí, no es tal relación. Es una violación —como se deja ver tal cual en una de las escenas—, o una relación tóxica donde se finge para el otro o, como sucede cada vez más hoy, un sucedáneo de relación que en todo nos dé la razón, como sucede con la IA —y hay muchas que son diseñadas para fines emocionales y sexuales. Como se da cuenta entre lágrimas el personaje de Bear, «no es real». Es la crítica a la salida fácil que hoy tanto se busca, apoyados en la tecnología que, como la IA, parece que mágicamente concede nuestros deseos. Quizá los más profundos, como el amor. Y ahí está el engaño. Como se dice en un influyente texto al respecto, «Quien ama y desea, no puede evitar atravesar la prueba y el sufrimiento (…) Renunciar a esta aventura, al mismo tiempo dramática y espléndida, en nombre de una presunta superación de todo límite podría ser cualquier cosa, pero no significaría ser humanos».
La película tiene su fuerza en buena parte en la genial actuación de Inde Navarrete, que muestra a esa Nikki en todas sus capas. Hay escenas muy bien logradas de auténtico terror, e incluso momentos de humor. Si bien se insinúa lo terrible que puede volverse todo, el tercer acto desborda ya en actos violentos muy desagradables que incluso hacen que se pierda la fuerza emocional que iba construyendo la trama, para caer ya enteramente en lo gore. Esta mezcla de un mensaje muy real con escenas perturbadoras dejan una huella en el espectador difícil de olvidar.
(2026) EUA DIRECCIÓN Y GUION Curry Barker MÚSICA Rock Burwell FOTOGRAFÍA Taylor Clemons REPARTO Michael Johnston, Inde Navarrete, Cooper Tomlinson, Megan Lawless, Andy Richter
Toda buena historia es moral. No moralizante (que da lecciones sobre moral), sino que gira en torno a asuntos y decisiones morales, que es lo que a los seres humanos realmente nos atrapa. Lo entiende muy bien esta película sencilla pero interesante de Kristoffer Borgli, que conviene leer en su género y tono adecuado. Porque quien espere ver una bella historia de amor entre la pareja ideal que interpretan Zendaya y Robert Pattinson se encontrará algo muy distinto. Baste saber que la película anterior del director es la descabellada Dream Scenario, en la que Nicolas Cage interpreta a un hombre que la gente ve en sus sueños y luego toma un giro muy violento. O que, al igual que aquella película, ésta es producida por Ari Aster (director de películas de terror densas como Hereditary, Midsommar y recientemente Eddington). ¿Entonces qué está pasando aquí realmente?
Es mejor no desvelar el meollo de la trama, al menos no todavía, pero baste decir que la historia de amor ideal se rompe cuando los novios y sus amigos deciden compartir algo de su pasado, lo peor que cada uno haya hecho, desvelando secretos que ponen la relación en riesgo. A partir de ahí, la película va creciendo en tensión, de forma cada vez más incómoda. Y las hipótesis morales están entonces a pedir de boca: ¿es perdonable el pasado?, ¿querer hacer algo malo es ya tan malo como haberlo hecho?, ¿nuestras acciones nos definen?, ¿y nuestras intenciones?, ¿las personas pueden cambiar?
El tono va continuamente de la comedia negra al, sí, drama. El estilo del director juega con el sonido (algo poco común en cine, siendo un gran recurso) y con la edición, para mostrar destellos del pasado, así como ilustrar lo que sucede en la mente de los personajes, y en eso es muy original y atinado. Los dos protagonistas son grandes actores, lo que salva a esta película de ser quizá hasta ridícula, y la convierte en creíble e incluso relevante, como diré más adelante. Desde luego recuerda algo muy importante para toda relación que llega al matrimonio, que es nada menos que conocerse bien, en todo. Pero para decir lo que quiero sobre esta película realmente tengo que develar el secreto.
Ahora sí, a partir de este párrafo, hablaré sobre la trama completa de la película. Se recomienda verla antes.
El personaje de Emma (Zendaya) confiesa haber planeado llevar a cabo una masacre en su escuela cuando era adolescente. La película plantea —con bastante poca verosimilitud, por cierto— que ella entonces era una adolescente que sufría bullying, que su papá tenía un rifle, y que influenciada por los muchos de estos eventos que suceden en Estados Unidos, llegó a planear hacerlo pero no llegó a ello. Casualmente ese día hubo un tiroteo en otro lugar de su ciudad, y al ver la reacción de sus compañeros más bien terminó siendo una activista contra las armas, para dejar todo eso en su pasado.
Lo que sucede tras su confesión es sumamente interesante, y es de una hipocresía moral tremenda, representada sobre todo en el personaje de su futura dama de honor Rachel (Alana Haim). Ésta, tras haber confesado ella misma haber dejado a un niño con retraso encerrado en un closet durante días sin revelar su ubicación, se indigna con Emma por haber planeado lo que nunca hizo —la prima de Rachel está en silla de ruedas, dice ésta, tras haber sido víctima de un tiroteo en una escuela. La actitud de Rachel refleja bien la hipocresía de la sociedad estadounidense, donde ciertos asuntos morales, si están impregnados de la ideología dominante son imperdonables, mientras comportamientos incluso moralmente peores son tolerados o hasta celebrados (no hablaré del aborto, pero ya lo dije).
La trama, sin embargo, se centra en la pareja, y en específico en Charlie (Robert Pattinson) y su montaña rusa emocional tras enterarse de ese «detalle» del pasado de Emma. Charlie, quien por cierto confiesa haber hecho cyberbulling a un chico hasta hacer que se mudara con toda su familia —algo que pronto se pasa por alto—, empieza entonces con serias dudas sobre quién es Emma y su futuro juntos. Todo en la semana antes de la boda, que es en la que planean toda la boda por cierto, otro asunto poco verosímil. Conforme el guion avanza, Emma es la única persona que no hace nada malo, sino todo lo contrario. En realidad ella es un caso de éxito: alguien que estuvo pronta al mal, pero que salió adelante también por los programas sociales (se muestran dinámicas en su escuela en los flashbacks) y cambió. Y ahí es donde la película deja claro lo hipócritas que todos podemos llegar a ser. Pobres gringos. La última escena, en fin, es preciosa.
(2026) EUA DIRECCIÓN Y GUION Kristoffer Borgli MÚSICA Daniel Pemberton FOTOGRAFÍA Arseni Khachaturan REPARTO Zendaya, Robert Pattinson, Alana Haim, Mamoudou Athie, Hailey Gates, Sydney Lemmon, Jordyn Curet
A partir de una reciente y exitosa novela homónima, la directora Chloé Zhao (Nomadland) cuenta la historia —ficticia— de la familia que formaron William Shakespeare y su esposa Agnes, de cómo tuvieron tres hijos, y del duelo cuando muere uno de ellos, Hamnet, de donde surge, en esta recreación, la escritura de Hamlet. La película, aclamada y premiada, favorita en varias categorías rumbo al Óscar, tiene tres actos bien marcados, empezando por situarnos en el tono y la relación de la pareja protagonista, para seguir en el segundo con la inclusión de los niños (excelentes) y el conflicto principal, y cerrar con un tercer acto contundente que encarna una auténtica tesis del poder sanador y catártico de la ficción y del arte.
La película no busca una recreación histórica de Shakespeare o su entorno (apenas hay una escena en Londres, y el nombre del escritor se pronuncia una sola vez) sino que lo da por sabido y se centra en la figura protagonista femenina de Agnes, en la vida doméstica de la familia y en su dolor. El ritmo es lento y contemplativo, como es frecuente en el cine de esta directora, lo que se ve reforzado por la música de Max Richter. La fotografía de Łukasz Żal (Ida, Guerra Fría, Zona de Interés) busca encuadres poco convencionales y arriesga con escasa luz, manteniendo muchas escenas muy oscuras. Las actuaciones de Jessie Buckley como Agnes y Paul Mescal como Will, si bien sostienen la película y han sido de los principales atractivos para promocionarla, a la vez contribuyen a este tono un poco pretencioso de «cine de arte», donde la pareja casi no dialoga sino sufre con grandes aspavientos o contorsiones corporales. Un estilo naturalista reforzado por las prácticas esotéricas del personaje de Agnes, feliz de parir sola en un bosque o pasear con su halcón; gestos quizá poco creíbles de la Inglaterra cristiana isabelina, cristianismo del que Agnes reniega expresamente.
Y con todo, como ya dije, el último acto es una tesis del arte y de la ficción. Aquella con la que Aristóteles en el siglo IV a.C. definió la tragedia en su Poética como «imitación de una acción (…) que mediante compasión y temor lleva a cabo una catarsis”, una purificación emocional del espectador. Lo que pudo ser una muerte infantil más a causa de la peste, la realidad tan natural y cotidiana de la muerte, como tan dolorosa en el seno de la familia en que ocurre, cuando se transforma en arte, en ficción, tiene el poder de hacerse universal. Y el modo de hacer eso no es contando la misma historia (aquí, la historia de la muerte de Hamnet en su familia) sino haciendo una historia nueva a partir de ella (la del príncipe Hamlet tras la muerte de su padre el rey) y eso, que es inventado, ficción, de pronto resuena con toda una audiencia que se conmueve —esas manos que se extienden del público hacia el actor— y llega sobre todo a los padres de ese niño que pueden así encauzar su dolor cuando purifican sus emociones con la tragedia mientras entienden que su hijo, aunque lo han perdido, en realidad se ha vuelto inmortal.
(2025) EUA DIRECCIÓN Chloé Zhao GUION Chloé Zhao y Maggie O’Farrell basado en la novela de Maggie O’Farrell MÚSICA Max Richter FOTOGRAFÍA Łukasz Żal REPARTO Jessie Buckley, Paul Mescal, Joe Alwyn, Emily Watson, Noah Jupe, Jacobi Jupe, Olivia Lynes, Bodhi Rae Breathnach
1932. Smoke y Stack (Michael B. Jordan duplicado) son dos hermanos gemelos que vuelven a su pueblo natal en el sur de los Estados Unidos tras probar suerte en el norte. Prestigiosos y temidos, así como bien provistos de dinero por sus aventuras en Chicago, compran un viejo granero donde esa misma noche quieren abrir un «juke joint»: un lugar de diversión, comida, alcohol y música —blues y jazz— para los trabajadores de las plantaciones de la zona. Para ello reúnen a sus conocidos incluido su primo, un talentoso músico en ciernes hijo de un pastor que no ve con buenos ojos ese camino. Sin embargo, no será una noche de diversión y celebración pues la maldad acecha a este grupo de personajes que sólo querían pasar un buen rato en libertad.
El director Ryan Coogler ha resaltado por hacer películas para el gran público, con una impronta de la cultura afroamericana. Hasta ahora había adaptado materiales preexistentes dándoles una historia original. Así hizo Creed, continuación de la saga de Rocky centrada en el hijo de Apolo Creed, y después Black Panther para Marvel, dando a ese superhéroe y su universo una configuración cultural y artística propia. En ambas participó el actor Michael B. Jordan. Esta vez escribe una historia original, de época (con una recreación muy lograda en el vestuario y diseño de arte) y que mezcla géneros cinematográficos de una manera al menos sorprendente, quizá decepcionante para algunos públicos y claramente estimulante para otros (hay sustos, acción, peleas y mucha, mucha sangre).
Toda la historia transcurre en un día. La película inicia con la última escena, que funciona bien a modo de gancho estableciendo el tono de la película y lo que podemos esperar. A partir de ahí transcurre con buen ritmo y reserva todas sus sorpresas para la segunda mitad. Visualmente es espectacular, grabada en celuloide y algunas secuencias con cámaras IMAX, de forma que la relación de aspecto cambia arbitrariamente en función de hacer cada plano más bello, y funciona. El sonido también aporta a esa atmósfera envolvente. Tiene un papel central la música, tanto en la historia como en la propia película, con los ritmos afroamericanos mezclados (e incluso modernizados en ocasiones) por el talentoso y oscarizado sueco Ludwig Göransson. Aporta mucho la increíble voz del joven Miles Caton, músico y actor que interpreta a uno de los personajes principales.
Desde luego estamos no ante una mera película de género (o de mezcla de géneros, más bien, pues empieza como un drama histórico y evoluciona a la acción e incluso al terror pasando por el realismo mágico y hasta el musical). No, el trasfondo aquí es mayor y es lo que suele aportar Ryan Coogler con su cine. Aquí hay un reclamo, una reivindicación, y una metáfora del gran flagelo que ha configurado la historia y la realidad social de los Estados Unidos, que es el racismo. Eso lo hace una película muy estadounidense y también muy actual. De forma algo inquietante incluye elementos esotéricos, más allá de los propios del género de terror y más hacia el sincretismo de origen africano de donde provienen los personajes. En esa línea hay cierto rechazo o burla al cristianismo, presentado como algo falso e impuesto a la población. El título Pecadores es ambiguo, sin decantarse en aplicarlo a los buenos o a los malos, que por otro lado están muy definidos en la película, donde todos los buenos son afroamericanos y (casi) todos los malos son blancos.
El récord histórico de sus 16 nominaciones al Óscar también se explican desde esta óptica, por parte de una Academia muchas veces acusada de falta de diversidad racial, pues si bien es una película muy lograda en varios aspectos, quizá no destaca particularmente en cada una de las categorías (por ejemplo, las de actuación). El otro factor es que la Academia, cada vez menos popular ante el gran público, busca destacar películas más grandes y comerciales y menos de nicho, y esta ciertamente lo es. Así que reivindicados quedan.
(2025) EUA DIRECCIÓN Y GUION Ryan Coogler MÚSICA Ludwig Göransson FOTOGRAFÍA Autumn Durald Arkapaw REPARTO Michael B. Jordan, Miles Caton, Delroy Lindo, Hailee Steinfeld, Wunmi Mosaku, Helena Hu, Jayme Lawson, Jack O’Connell