Decision to leave

El amor como un misterio sin resolver

En manos de Park Chan-wook, uno de los más reconocidos directores de la escena internacional por películas filmadas creativa y arriesgadamente como Old Boy y Stoker, lo que parece una aburrida historia entre un investigador de homicidios en la policía de Busan y una mujer refugiada china que es sospechosa de asesinar a su marido, adquiere matices y una riqueza fílmica envidiable, en una película con una diversidad de recursos que logran mantener nuestra atención y tensión por más de dos horas.

La dirección en el filme, ganadora al premio para Park en Cannes 2022, complementa su potencial para contar una historia con momentos novedosos donde la edición es alocada y poco formal (su sello distintivo). Una conversación por celular donde observamos pantallas de móvil y secuencias donde se combina la realidad con el ensoñamiento, son medios para entrar en el intimismo y romper el bloqueo emocional de ambos personajes a través de medios alternativos para comunicarse con nosotros, como un videoblog, notas de voz, recuerdos, sueños o la imaginación.

Como el sushi premium con el que comienza el romance de los protagonistas, hay un deleite sobrio pero elevado de reflejos e iluminación discreta, junto a una elegancia narrativa y visual, donde la sensualidad se hace presente en escenarios comunes de la ciudad para desenvolver su historia. Las claras influencias del cine negro se manifiestan a lo largo de todo el filme, logrando uno de los mejores largometrajes de este subgénero en los últimos años.

Todo lo que se busca transmitir, se plantea con el mínimo diálogo y los comentarios a lo que aparecen en pantalla son limitados, atinados, medidos, soltados casi a regañadientes. Sin embargo, para disfrutar y conectar con esta historia, es necesario que el espectador se deje envolver con el tono y el estilo en el que se cuenta el romance (o el misterio), corriendo el riesgo de aburrirse o de juzgarla como fría.

El protagonista, un joven policía brillante e íntegro, ve a su esposa (trabajadora científica) con hastío para “tener relaciones una vez por semana, aunque se odien”. En un día más de trabajo, un caso en una lista interminable y una serie de personas con las que se convive cotidianamente destaca cómo puede sentirse atraído por una mujer que es citada a declarar en el departamento de policía. Lo simple de la secuencia en la que ambos cenan por primera vez, permite explorar cómo un sentimiento nace, entre detalles que van apareciendo con una belleza sencilla, transformando una ordinariez en un momento romántico memorable.

El impacto emocional que un enamoramiento puede provocar en alguien se proyecta sin el típico melodrama burdo y la pasión despertada se irá convirtiendo en una obsesión para ambos, que estarán jugando a perseguirse mutuamente. Las fantasías contrastan con los lugares donde conviven y, por momentos, la densidad en el ambiente se puede cortar con un cuchillo. Es tanta la tensión en ciertas secuencias que nos quedamos perplejos esperando cuál será el próximo movimiento que mantendrá viva su historia.

Las interpretaciones asiáticas pueden parecen planas o limitadas, pero guardan todo un baúl de emociones que nos pueden provocar frustración o ganas de explotar con los actores. La mesura y la discreción al expresar las emociones se contraponen a las consecuencias físicas de la pérdida, exponiendo cómo una pasión puede cimbrar hasta lo más profundo cuando se alimenta, por muy fugaz o sencilla que sea al inicio.

La atracción entre ambos, donde un simple roce de manos o una cena son los catalizadores de las más profundas historias de amor, llevará a nuestro protagonista al límite. Los protagonistas no escapan de sus verdugos, ni superan aquello que han sentido. Al aceptar su amor por ella, se rompe por dentro, sus ideales, ambiciones y prestigio se ven afectados por la relación que antes provocaba emoción e ilusión, dejándolos a ambos con el corazón roto y como víctimas de un misterio a resolver. Pero el misterio a resolver no es un asesinato, sino cómo se vive el amor imposible y cómo se puede sobrevivir a él cuando las circunstancias no permiten experimentarlo por completo.

Una reflexión sin adoctrinar sobre las relaciones marcadas por la violencia, conveniencia económica o el simple costumbrismo vacío de sentimiento, comparada con aquella historia que nunca fue, con la persona que siempre estará en nuestro interior, robándonos el sueño. Nos dejará pensando en nuestras propias experiencias románticas y las relaciones que hemos forjado con el tiempo, esos momentos especiales que hemos vivido con otros, que forman parte de nuestra propia película y podrían ser parte de una narrativa fantástica, sin necesidad del espectáculo.

Al final nos quedamos enredados con la delicadeza susurrada, soñando una relación imposible, en el ambiente más desesperanzado contemplando el mar y un montón de arena, después de una brillante exposición cinematográfica que con su caso sin resolver sutilmente nos recuerda aquel estribillo de Joaquín Sabina en Contigo: “Morirme contigo si te matas, matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren”.

(2022) South Korean

DIRECCIÓN Y GUION Park Chan-wook

FOTOGRAFÍA Kim Ji-yong

MÚSICA Jo Yeong-wook

REPARTO Tang Wei y Park Hae-il

Babylon

La experiencia estética del exceso y su repugnancia

Damien Chazelle, el director más joven en ganar el Óscar a Mejor Director y reconocido por la audiencia por La La Land y Whiplash, nos proyecta su lectura personal de la historia del cine y cómo la industria que está detrás ha influenciado en la cultura y la vida de los que habitan Hollywood, desde la perspectiva de las personas que lo han hecho posible.

Durante las más de tres horas de metraje, como una licuadora a máxima velocidad, nos brinda un repaso de los grandes géneros cinematográficos: el musical, la acción, la comedia, el terror, el melodrama y lo erótico; así como las categorías estéticas que este “arte” es capaz de evocar: lo bello, lo sublime, lo cómico y, sobre todo, lo trágico, lo grotesco y la fealdad.

La película, bien ganada su clasificación C, logra su cometido rápidamente: el asco del espectador ante lo que se proyecta en la pantalla. En repetidas ocasiones, como en un ciclo inagotable, se repasa una vorágine de excesos, vanagloria, desnudos, muerte y un sentido de despreocupación existencial que lleva a cometer aberraciones sin prestar atención a sus consecuencias y, como si fuera sátira, la vulgaridad en el ambiente de infinita frivolidad.

Quitando la visión romántica de los inicios de Hollywood, se presentan personajes estereotipados que servirán para reflejar la realidad de grupos concretos en el mundo del cine: actores, productores, músicos, guionistas, marginados, afroamericanos talentosos sufriendo racismo, migrantes, mujeres dispuestas a lo que sea por alcanzar la fama, en medio de problemas emocionales y psicológicos. Se trata de su visión realista pero amarga, caótica pero sentimental, exótica y memorable a la vez.

Después de un prólogo de más de 15 minutos, comienza el recorrido de cinco aventuras, donde el escenario será el inicio de la industria multimillonaria del cine en Hollywood, con la transición entre el cine mudo al sonoro como el gran reto al que se enfrentan nuestros protagonistas. Los inicios del cine son representados de forma brillante y grandilocuente, un homenaje para los que han hecho posible lo que hemos disfrutado por más de cien años.

El título, directa referencia al pueblo de Babilonia y su idolatría, apunta al ejercicio de reflexión sobre cómo la persona ante el dinero, poder y la fama, se pierde entre el exceso y lo podrido hasta llegar a extremos demoniacos. La película versa sobre la pérdida del control sobre sus propias vidas, la exposición a peligros absurdos y el sentimiento de vacío conforme su historia avanza. La analogía con “La Gran Ramera” (Apocalipsis, 17) nos recuerda que, ante la lascivia y la soberbia, aunque se trata de una capital cultural, la persona pierde sus ideales nobles y la capacidad de disfrutar la vida y ser feliz dignamente.

Como ya es costumbre en su filmografía, la música vuelve a acompañar y contribuir en la forma al filme. Su amigo Justin Hurwitz vuelve a componer melodías icónicas de piano acompañado de violín y acordeón, repetitivas y memorables, superando la destreza manifestada en sus películas anteriores (tarea nada fácil). Los momentos de mayor tensión o catarsis apuntando a la locura que se vive en las imágenes cuentan con una base de jazz de la gran década de los 20’s, mezclado con EDM y unos instrumentos de viento virtuosos (la melodía la llevan trompetas y trombones). Las percusiones provocan un ambiente festivo, alegre, pero siempre con un tono nostálgico, que nos recuerdan que en las escenas de fiesta y desenfreno hay algo oculto, oscuro en el corazón de los que están bailando. De lo mejor que se ha escuchado en una sala de cines en años.

Es destacable el uso del director del lenguaje cinematográfico y su capacidad técnica para grabar secuencias bastante largas pero de espectacularidad que pocas veces se puede encontrar en el cine contemporáneo. El deleite del espectador ante lo que observa parece imparable ante lo ridículo de ciertas situaciones donde los personajes llegan a lo patético, desde la hilaridad de la primera vez que se filma una escena de filme sonoro en el estudio, hasta el terror en la huida de un pozo de depravación y asquerosidad infrahumana.

Todos los excesos se presentan también en el aparato técnico con una catarata de situaciones, luces, cientos de actores, explosiones, sonidos y magnanimidad audiovisual, quitando el aliento al notar en pantalla cada dólar que costó la producción. El ritmo desenfrenado de secuencias de más de veinte minutos requiere de espacios intermedios que nos permiten recuperar el aliento con algún chiste ligero o una discusión acalorada. Para luego volver a los juegos de cámara en mano acelerada a la Scorcese, primeros planos con fondo difuminado y algunos momentos de Cinemascope (que ya son el sello de la dupla Chazelle-Sandgren), una paleta de colores saturada, cortes acelerados y los vestuarios estrambóticos.

Margot Robbie como la estrella de cine Nellie, desde un origen humilde e inculto, brinda una actuación destacada que sorprende no lograr una nominación al Óscar. Se nos presenta con la mejor escena de baile del año (superando lo poco que Bardo podía presumir) y es la protagonista con una historia de amor como en otras películas del director. La relación entre Manuel (un migrante mexicano) y Nellie sirve para reflejar lo difícil que es mantener un sentimiento sincero ante el terror que puede provocar una vida modesta, una pareja estable, alejados de la farándula y los reflectores.

El análisis sobre la fortuna y la fama que parecen dar la espalda a los protagonistas, en concreto a Jack Conrad (interpretado espectacularmente por Brad Pitt), se consuma en un diálogo con una crítica de cine que juega como la voz de su conciencia y nos permite verbalizar aquello que está en el corazón y la mente de los que buscan el éxito, el dinero y el poder de manera desordenada, quedando vacíos y siendo olvidados al final de su vida.

En algún momento, uno de los personajes se enfrenta a lo que parece ser el mismo demonio y con un descenso a los infiernos (casi literalmente) se da cuenta de lo que está detrás, la oscuridad y deshumanización a la que tendrá que ceder si desea seguir ahí. La culminación del éxito se evidencia en forma de olvido cuando ya no se te necesita, de falsa inclusión, suicidio, de vicios y drogadicción, dejando como única opción la huida de ese mundo o la muerte.

Montaña rusa de emociones que nos envuelven en secuencias absorbentes a manera de anecdotario, donde nos perdemos en aventuras bizarras sin rumbo o sentido; transmitiendo las subidas y bajadas de la vida, pero constantemente recordando que se trata de un espiral descendente del que pocos pueden escapar.

La crítica se ha centrado en que sobra o harta la última hora de la película, aunque me parece que el director tenía la intención de llevar todo más allá del límite y que no quedara como el cuento de una fiesta que termina mal, sino que desea que el espectador se enfrente a la resaca, el hastío y las ganas de salir de ahí ante la locura y la desesperación de una caída libre que parece no terminar.

En el gran final, al que Chazelle nos tiene siempre esperando en sus películas, los últimos minutos alcanzan niveles que pasará a la historia del cine como una secuencia memorable. Contemplando como un espectador más el misterio de la proyección, con un viaje acelerado y experimental a diversos momentos de la historia del cine, desde el blanco y negro, Persona de Bergman y 2001 de Kubrick hasta la tecnología de Avatar, culmina la vorágine de imágenes de su propia película con otras sobrepuestas al extremo, rompiendo la cuarta pared con cuadros RGB (los tres componentes del color digital).

Pocas veces el exceso ha sido tan bien exhibido, reflexionando sobre el mismo arte cinematográfico, su historia, su alcance y sus problemas internos como industria. Con una película de 110 millones de dólares, Damien Chazelle se enfrenta su mayor fracaso en la taquilla de su trayectoria, ¿pero acaso no es experimentar un ingrediente más de lo que él mismo considera el cine?

(2022) EE.UU.

DIRECCIÓN Y GUION Damien Chazelle

FOTOGRAFÍA Linus Sandgren

MÚSICA Justin Hurwitz

REPARTO Brad Pitt, Margot Robbie, Diego Calva, Jovan Adepo, Li Jun Li y Jean Smart

The Banshees of Inisherin

El final de una amistad

Sencilla y brutal, la última película de Martin McDonagh cuenta la historia de dos amigos en un pequeñísimo pueblo costero irlandés a inicios del siglo XX. Un buen día uno de ellos decide que ya no quiere ser amigo del otro, sin motivo aparente. Con esta premisa tan sencilla, casi tonta, McDonagh monta un interesante retrato de personalidades humanas, de nuestra sociabilidad, y de lo que es importante en la vida.

Tras escribir y dirigir la excelente Tres anuncios en las afueras —una obra de mucho más envergadura y más ambiciosa que ésta que nos ocupa—, el cineasta inglés vuelve a dirigir a Colin Farrell, esta vez de nuevo junto a Brendan Gleeson, dos estrellas irlandesas que protagonizaron la ópera prima del director, En Brujas. Si bien vuelve con estos actores, el ambiente de su historia es más parecido al de su última película: pueblo chico, infierno grande. Eso sí, esta vez privilegiando los preciosos paisajes de la fría costa irlandesa.

Una película así, casi intimista, recae casi enteramente en las interpretaciones. Y no fallan: Colin Farrell demuestra tener un registro amplísimo —y más tomando en cuenta su reciente actuación como villano del último Batman— esta vez interpretando a un personaje simple, casi bobo, un necio de buen corazón, como un niño. Brendan Gleeson es la contraparte, su antes amigo, artista, un hombre tan sereno como bruto. Destacan también Kerry Condon como la sensata hermana del protagonista y el ascendente Barry Keoghan como el tonto del pueblo (más tonto que el protagonista, y hay que empeñarse).

A partir de una premisa casi absurda, la película va pintando a sus personajes sin prisas, y con esa mezcla tragicómica de humor y violencia, sello de las películas de este director, va soltando preguntas no menores. ¿Es más valioso hacer algo grande para la humanidad o pasar el tiempo con quienes queremos? ¿En qué consiste la amistad realmente, ese tipo de amor que los grandes filósofos y literatos han elogiado? No por nada, Aristóteles dijo que la amistad es «lo más necesario para la vida» y que «sin amigos nadie querría vivir».

(2022) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Martin McDonagh
FOTOGRAFÍA Ben Davies
MÚSICA Carter Burwell
REPARTO Colin Farrell, Brendan Gleeson, Kerry Condon, Barry Keoghan, Pat Shortt, Sheila Flitton, Gary Lydon

Ruido de fondo

Cunde el pánico

Adaptación de la novela estadounidense White Noise de Don DeLillo, publicada en 1985 como una crítica a la sociedad posmoderna. Cuenta la historia de una familia de los suburbios que se enfrenta a un desastre tóxico con tintes apocalípticos en medio de sus propios conflictos. La trama parece mandada a hacer para el guionista y director Noah Baumbach, cuyo cine ha girado en torno a relaciones familiares en la América contemporánea tratadas de modo tragicómico: The Squid and the Whale, While We’re Young, The Meyerowitz Stories y con gran éxito hace un par de años, Historia de un matrimonio. Rasgos que también comparten, de alguna manera, sus guiones que ha dirigido Wes Anderson: Fantastic Mr Fox o The Life Aquatic. Netflix vuelve a darle el voto de confianza y así escribe y dirige esta cinta.

Si bien el que esto escribe es un gran entusiasta del cine de Baumbach así como de las interpretaciones de Adam Driver, protagonista de esta cinta, hay que advertir que no estamos ante una película de género convencional. Ceñida a la popular novela que adapta, no es del todo comedia, ni del todo drama, ni del todo thriller, ni del todo cine de desastres naturales. Aunque tiene elementos de todos esos géneros. Con un primer acto sugerente, un segundo acto desconcertante y un tercer acto que raya en lo deleznable, más que una historia redonda con un viaje emocional, es un collage estético y temático, con momentos muy bien logrados, pero que en conjunto deja un poco que desear.

La interpretación de Adam Driver, panzón y padre inseguro, es una auténtica gozada (y valga aquí romper una lanza a favor de uno de los mejores actores de nuestra época, con un registro impresionante que lo habilita para todos los géneros, tanto como infravalorado, al menos por los Oscars). Su esposa en la cinta es Greta Gerwig, esposa en la vida real del director Noah Baumbach y talentosa cineasta a su vez, famosa por sus recientes Lady Bird, Mujercitas y próximamente Barbie. Los niños también están excelentes, y como en el cine de Wes Anderson, son maduros mientras que los adultos se comportan como niños. Los personajes secundarios, aunque solo tengan una o dos escenas, son geniales. La factura estética, ochentera y colorida, es una delicia, y la música del veterano Danny Elfman cumple de maravilla.

Como la novela original, se trata de una sátira que critica el consumismo autodestructivo del ser humano (no por nada el imperdible baile de los créditos finales es en el supermercado), así como lo absurdo que puede llegar a ser el mundo académico (el protagonista es un experto en «Hitler Studies», aunque todos ignoran que no sabe una palabra de alemán), asuntos que de los ochentas para acá no han hecho más que volverse más actuales. Sin embargo, su tema principal es el miedo a la muerte, y esto hace que la película pueda ser traída a una discusión mucho más profunda. El alarmismo de los personajes ante el desastre tóxico no puede no recordarnos la reciente pandemia, al verlos con sus cubrebocas, sus falsos síntomas, sus teorías de la conspiración. Incluso unas monjas sin fe recuerdan la importancia de que alguien mantenga la fe en este mundo para que siga en pie. Podría tener hasta un mensaje en pro de la unión familiar, si bien los hijos son de los distintos matrimonios que los protagonistas han tenido en el pasado. En fin, una cinta para disfrutarse y luego analizarse con calma, si bien el primer visionado se pueda sentir un poco desacompasado.

(2022) EE.UU.
DIRECCIÓN Noah Baumbach
GUION Noah Baumbach basado en el libro de Don DeLillo
FOTOGRAFÍA Lol Crawley
MÚSICA Danny Elfman
REPARTO Adam Driver, Greta Gerwig, Don Cheadle, Raffey Cassidy, Sam Nivola, May Nivola, Lars Eidinger

Triangle of Sadness

En la superficie

Un viaje en un yate de lujo. Una pareja de modelos influencers, Carl y Yaya, viajan con oligarcas rusos, fabricantes de armas ingleses o solitarios millonarios de las grandes tecnológicas. Eso sí, todos muy amables, incluido el capitán borrachín y de ideas marxistas (estupendo Woody Harrelson). Por supuesto, la tripulación está a su entera disposición, pues así funciona el mundo: con dinero de por medio. Hasta que una tormenta y un ataque pirata vienen a poner su mundo de cabeza.

El cineasta sueco Ruben Östlund escribe y dirige esta película, con la que gana su segunda Palma de Oro en Cannes (la primera vez fue por The Square en 2017). Su primera cinta hablada en inglés es una comedia negra y bastante ácida. Una parábola sobre la riqueza y el orden social, sobre la superficialidad, sobre quién manda en el mundo y por qué. Tiene momentos tanto divertidos como desagradables: no se recomienda para quien no tenga un estómago fuerte. El título, más ligado al tema de fondo que a la trama de la película, hace referencia al espacio entre las cejas y es en sí un poema bastante adecuado. Sin Filtro, la titularon los franceses, y también dice mucho.

Östlund da un salto internacional, con un reparto también internacional, como sus personajes. La producción es de Suecia, pero incluye a Woody Harrelson como estrella invitada en un reparto de Rusia, Filipinas, Inglaterra, Dinamarca, etc. La película gira en torno a los jóvenes y bellos protagonistas, Harris Dickinson (quien se preparó a fondo para el viaje emocional de su personaje) y la sudafricana Charlbi Dean que murió al poco tiempo del estreno de la cinta con solo 32 años: triste anécdota que corona una comedia muy oscura pero que contiene una crítica muy acertada al mundo actual.

(2022) Suecia
DIRECCIÓN Y GUION Ruben Östlund
FOTOGRAFÍA Fredrik Wenzel
REPARTO Harris Dickinson, Charlbi Dean, Dolly de Leon, Woody Harrelson, Vicki Berlin, Zlatko Buric, Henrik Dorsin

The Fabelmans

Memorias de cine

Steven Spielberg se apunta a la corriente de hacer una película sobre la propia infancia. Lo han hecho últimamente Alfonso Cuarón con Roma, Kenneth Branagh con Belfast, Paul Thomas Anderson con Licorice Pizza, Paolo Sorrentino con Fue la mano de Dios… En The Fabelmans el famoso director cuenta el origen de su amor por el cine, el divorcio de sus padres, sus problemas como un niño judío en el Estados Unidos de los 60’s y sus aventuras de adolescente. Especialmente valiosa encuentro la reflexión en la estupenda escena del joven Sammy Fabelman (alter ego de Spielberg) y su tío Boris (un excelente Judd Hirsch), artista de circo quien le explica lo obsesionante que se convertirá para él su arte, es decir, el cine, por encima de todo, por encima de su familia.

Dentro de lo esperado en una película autobiográfica de este estilo, un coming-of-age episódico, destaca naturalmente la calidad de una cinta dirigida por Spielberg, uno de los cineastas vivos más experimentado, y sus colaboradores de primer nivel, como el director de fotografía Janusz Kaminski o el compositor John Williams, una leyenda viva que a sus 90 años se marca una preciosa banda sonora con un piano central. Los actores son también excelentes, destacando Michelle Williams que interpreta a la madre del protagonista, una mujer amorosa, distraída y apasionada. Paul Dano, con su cara de niño, es su marido, un hombre un poco ingenuo, de mente prodigiosa y gran corazón. Spielberg, de la mano de su guionista de cabecera Tony Kushner, no oculta el amor a sus padres, si bien los hace personajes con virtudes y defectos. Los jóvenes y niños que interpretan al protagonista y sus hermanas también son dirigidos con pericia. Sorprende la inclusión del comediante Seth Rogen en un papel con el que sale airoso y un cameo nada menos que del director David Lynch interpretando a John Ford, una leyenda para una leyenda.

Fabel-man, el apellido que Spielberg eligió para ficcionalizarse a sí mismo, puede entenderse como el hombre de las fábulas, de las historias. El director, hoy de 76 años, ya puede darse el lujo de hacer las películas que le muevan personalmente, como es este relato de su propia infancia. Es valioso verla a la luz de su carrera, recordando La lista de Schindler o Munich cuando el personaje es insultado por ser judío, o E.T. cuando los niños andan en bicicletas o se encierran en el armario de madera. En fin, no es una de las películas más grandes de Spielberg pero sin duda la más íntima para él y lo que cualquier película buena ofrece: un retrato de la naturaleza humana.

(2022) EE.UU.
DIRECCIÓN Steven Spielberg
GUION Steven Spielberg y Tony Kushner
FOTOGRAFÍA Janusz Kaminski
MÚSICA John Williams
REPARTO Paul Dano, Michelle Williams, Gabriel LaBelle, Seth Rogen, Julia Butters, Keeley Karsten, Judd Hirsch, David Lynch

Pinocho de Guillermo del Toro

Lo extraño como bueno

El clásico cuento infantil italiano Pinocchio, popularizado por la película animada de Disney en 1940, era un proyecto que Guillermo del Toro planeaba hacer propio desde hace 15 años. Efectivamente, la historia del muñeco de madera que quiere ser un niño de verdad contiene en su núcleo la historia que el director mexicano ha contado una y otra vez, y con la que dice identificarse: un personaje extraño pero bondadoso, rechazado por la sociedad pero que encuentra a alguien que lo quiera sin miedo. Es la esencia de sus películas más célebres: El espinazo del diablo, El laberinto del fauno, La forma del agua y ahora Pinocho, que Netflix ha hecho posible, sin duda con la mira en el Óscar a Mejor cinta animada.

Siendo una película que puede ver un público infantil (a diferencia de las otras películas de «fantasía» de este director), la historia es mucho más compleja que el cuento clásico y un tanto más oscura. Sobre todo por el duelo del personaje de Gepetto, quien perdió a un hijo y no logra superarlo. Al ubicarla en la Italia de Mussolini —el cuento original situaba la trama en el siglo XIX— Del Toro lleva a cabo otro recurso muy suyo: mezclar ficción con un conflicto bélico histórico, a ser posible mostrado de forma maniquea. Así, en vez de que Pinocho sea llevado a la «Isla de los juegos», en esta versión es enlistado en las juventudes fascistas al considerar que será el soldado ideal porque no puede morir. Al respecto, la cinta muestra su lado más complejo e interesante en torno a la inmortalidad de Pinocho, que viaja al inframundo y dialoga con la Muerte: una esfinge/quimera, hermana del Espíritu del bosque que le dio la vida a Pinocho —con apariencia de ángel bíblico— ambas con voz de Tilda Swinton y con rostro parecido a los monstruos más famosos de Del Toro: el fauno y el hombre anfibio.

Estéticamente la cinta es un prodigio. Alejándose del archiconocido Pinocho de Disney —que además estrenó su versión live action tres meses antes de esta cinta, en Disney+, sin pena ni gloria— esta versión se basa en las ilustraciones que hizo el artista Gris Grimly para una edición de Pinocho más oscura y bastante bizarra. Esta película, la más larga hecha jamás con la técnica de animación en stop-motion (cuadro por cuadro), tiene detrás un trabajo difícil de calibrar. Co-dirigida por Mark Gustafson (director de animación de Fantastic Mr. Fox, cinta en stop-motion de Wes Anderson) y fotografiada por el experto en esta técnica Frank Passingham (Pollitos en fuga, Flushed Away), fue una labor titánica de mover a los personajes cuadro por cuadro, lo que logra un efecto formidable.

Un reparto de estrellas aportó su voz a la versión original. Desde Christoph Waltz como el villano principal (el Conde Volpe, una mezcla de los personajes del Zorro y Stromboli el titiritero) hasta Cate Blanchett interpretando a su secuaz, un simio que no tienen ningún diálogo. Destaca Ewan McGregor que lleva la voz cantante al interpretar al grillo que es también el narrador. Por cierto que la cinta incluye unas cuantas canciones, lo que le da su toque más infantil aunque sin llegar a ser un musical. Eso sí, son preciosas, al igual que el resto de la banda sonora del infalible Alexandre Desplat.

Es destacable la marca autoral de Del Toro, que impregna todo su trabajo con su visión de la vida, que en general es bastante negativa y sumamente crítica con la visión judeocristiana. Aquí incluso el grillo narrador posee un retrato de Schopenhauer, el principal representante del pesimismo filosófico. Es la sociedad católica y cerrada de este pueblo que rechazará a Pinocho, aunque no tengan reparo en abrazar el fascismo. Sin embargo, uno de los principales elementos simbólicos de la película es un enorme crucifijo que Gepetto lleva años tallando para la iglesia del pueblo y con el que Pinocho llega a compararse: «Él también está hecho de madera y todos lo aman mientras a mí todos me odian». Sin sutilezas, el mensaje de esta versión de Pinocho no es que haya que ser bueno para ser un niño de verdad, sino que uno es bueno precisamente porque es extraño y como tal debe aceptarse y ser aceptado por los demás.

(2022) EE.UU.
DIRECCIÓN Guillermo del Toro y Mark Gustafson
GUION Guillermo del Toro, Patrick McHale y Matthew Robbins basada en el libro de Carlo Collodi
FOTOGRAFÍA Frank Passingham
MÚSICA Alexandre Desplat
REPARTO (voces) Ewan McGregor, David Bradley, Gregory Mann, Christoph Waltz, Tilda Swinton, Ron Perlman, Burn Gorman, Finn Wolfhard, Tim Blake Nelson, John Turturro, Cate Blanchett

El norte sobre el vacío

Nuestra tierra

Don Reinaldo es dueño de un rancho en una zona árida del norte de México. Es su propiedad, heredada de su padre, donde disfruta ir de cacería con sus hijos y sus nietos, a pesar de que las generaciones han cambiado mucho y sus hijos ven el mundo de un modo distinto a él. Pronto la inseguridad y la violencia que se vive en esa zona del país tocan también a su puerta. El cambio de paradigma viene del principal personaje femenino: Rosa, quien ha trabajado en el rancho desde niña.

Si en Las niñas bien (2018) la directora Alejandra Márquez Abella había reflejado de un modo realista a la clase alta mexicana en los años noventas, en El norte sobre el vacío se alía con el guionista Gabriel Nuncio para retratar a la clase alta del norte del país. Es una narrativa un tanto episódica, donde resaltan los detalles y los momentos que se sienten muy reales —con muy buenas actuaciones que están en ese tono— y donde el conflicto se va intuyendo gracias a la tensión que se construye con la música de Tomás Barreiro, momentos clave que en edición se subrayan repitiéndose, y algunos elementos simbólicos en la trama: los animales, las armas, los paisajes. Sin embargo, el desenlace, aunque rotundo, no entrega del todo la satisfacción emocional que iba construyendo.

Más cercano al western que al subgénero de cine (o series) de narcos, no opta por la violencia ni por el exceso, sino por la tensión en aumento, lo sugerido por encima de lo obvio. Su temática es, finalmente, la familia así como la tierra a la que nos sentimos atados y los mitos fundacionales de nuestra identidad: el protagonista se aferra a su propiedad pero también a su modo de entender el mundo que cambia a su alrededor, tanto en lo interno —su familia, sus empleados, que no viven como él lo esperaba— como externamente: los sicarios que le piden dinero bajo amenaza. De lo mejor es el título, tomado del bíblico libro de Job, de construcción un tanto existencialista pero en definitiva trascendente: Él extiende el norte sobre el vacío, cuelga la tierra sobre nada. Ata las aguas en sus nubes, y las nubes no se rompen debajo de ellas (Job 26: 7-14).

(2022) México
DIRECCIÓN Alejandra Márquez Abella
GUION Gabriel Nuncio y Alejandra Márquez Abella
FOTOGRAFÍA Claudia Becerril Bulos
MÚSICA Tomás Barreiro
REPARTO Gerardo Trejoluna, Paloma Petra, Raúl Briones, Dolores Heredia, Mayra Hermosillo, Francisco Barreiro, Juan Daniel García Treviño

Bardo. Falsa crónica de unas cuantas verdades

El fracaso del éxito

La relevancia del cineasta mexicano Alejandro González Iñárritu en el panorama cinematográfico internacional actual es indiscutible. Su ópera prima Amores perros es un parteaguas del cine mexicano y una obra aclamada internacionalmente. Siendo el primer mexicano en ser nominado al Oscar a Mejor director, ganaría tres de ellos por Birdman (la película más premiada en 2015) y uno más por dirigir El renacido. Con este su séptimo largometraje, cuyo título ampuloso recuerda directamente al de Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia), vuelve a su país natal pues no había vuelto a hacer una película mexicana desde Amores perros. Con el auspicio de Netflix presenta una obra descaradamente autobiográfica, con algunas proezas poéticas que no terminan de salvar el largo y a ratos aburrido conjunto de ideas y traumas del personaje/director.

El delgado hilo narrativo es la vuelta del periodista y cineasta documentalista Silverio Gama (Daniel Giménez Cacho) a su natal México antes de recibir un importante premio al periodismo en Estados Unidos. El guion introduce un exceso de ideas y adolece de una trama que las incluya a todas. Se habla del vacío que puede sentir alguien admirado y odiado por sus éxitos (un conflicto bastante abstracto y no muy universal), pero también de la actual superficialidad de los medios (a la Don’t Look Up); de la relación histórica entre México y Estados Unidos; de la identidad mexicana y de los mexicanos viviendo al norte de la frontera; de los desaparecidos por la violencia en México; de la militarización de este país, etcétera. Por supuesto están los temas constantes del director, especialmente la paternidad y el hijo perdido.

La dirección de fotografía del veterano iraní Darius Khondji recuerda en mucho al estilo del Chivo Lubezki (quien había hecho la fotografía de las dos últimas películas de Iñárritu) y crea bellas estampas, si bien se siente un poco excesivo el lente gran angular, casi ojo de pez, que deforma los contornos de varias escenas hasta el punto de distraer al espectador. Hay una clara influencia de Roma de Alfonso Cuarón —y no solo por el excelente diseño de producción de Eugenio Caballero en ambas— por ejemplo en los travellings en los que el personaje camina por las calles del centro histórico de la Ciudad de México, o en la defensa del rol de la empleada doméstica: otra de las ideas insertadas de modo inconexo en este tapiz de muchos hilos que es esta cinta, llena también de personajes incidentales. Si en Amores perros Iñárritu hizo la película más chilanga sin mostrar un solo enclave famoso de la capital mexicana, aquí muestra de modo simbólico el Castillo de Chapultepec, el Centro Histórico o los Estudios Churubusco, lugares donde aprovechó para filmar durante la pandemia y que lucen mucho en la cinta.

Con esta película, Iñárritu se acerca más al cine europeo que al más convencional americano. No solo por los momentos metafóricos al estilo de Fellini, ni por los varios desnudos innecesarios, sino porque en vez de la línea aristotélica de construir una historia que lleve al espectador por un viaje emocional a través de una trama, opta por la línea brechtiana de hacer consciente al espectador de que está delante de una obra construida. De ahí la autoconsciencia de la propia película, que interrumpe un diálogo del protagonista con Hernán Cortés para mostrar al equipo grabando «una película de un pinche director bien mamón», o la conversación en que le echan en cara al protagonista que haya hecho un documental «sobre ti mismo» y con una serie de características que en realidad son una autocrítica de la propia película y por tanto sobre el propio director.

El director define esta cinta como una «comedia nostálgica». Efectivamente, si se parece a alguna de sus cintas anteriores es sobre todo a Birdman, aunque no llega a ser muy cómica por más que insista en ello la música socarrona que acompaña a algunas escenas. Su punto de partida es su personal intimidad, como hacen los buenos artistas, pero no alcanza a hacerla universal y ahí falla. Desde luego es más significativa para un público mexicano —lo cual es valiente por parte de un director transnacional como es Iñárritu— pero la gran pregunta es para qué quiso hacer una película así y por qué nosotros querríamos verla. Finalmente, sus mejores momentos están ya en el fabuloso y astuto trailer de la película. A pesar del guion circular que revela un descubrimiento al final, la historia carece de interés y no hay una conexión emocional con los personajes. Pero, eso sí, no hay engaño, la película va de frente y no promete una historia ni un viaje emocional, es solo una falsa crónica de unas cuantas verdades.

(2022) México
DIRECCIÓN Alejandro G. Iñárritu
GUION Alejandro G. Iñárritu y Nicolás Giacobone
FOTOGRAFÍA Darius Khondji
MÚSICA Bryce Dessner y Alejandro G. Iñárritu
REPARTO Daniel Giménez Cacho, Griselda Siciliani, Ximena Lamadrid, Iker Sánchez Solano

Don’t Worry Darling

La vida irreal de la pareja ideal

Un joven matrimonio vive en la felicidad absoluta en su soleada casa de lo que parece Palm Springs, California en los años 50’s. Él sale todas las mañanas a trabajar mientras ella limpia la casa, hace la comida, va de compras y chismea con las vecinas. Solo para esperarlo a él, radiante y ansiosa de amarlo en todos los modos posibles. Por supuesto, esto no puede ser una vida real, menos en una película en nuestra época, donde la protagonista es una mujer y que está también dirigida por una mujer. Pronto se irá desvelando que esta vida aparentemente maravillosa esconde muchos secretos.

La pareja ideal también lo es por los actores de moda en ascenso que eligieron para interpretarlos

En la película, el mundo ideal es paradójicamente atractivo, embellecido por la fotografía de Matthew Libatique y subrayado por la acertada selección musical. La actuación protagónica de Florence Pugh, si bien cumplidora, no está muy lejos de su papel en Midsommar, una cinta más fuerte pero también más exigente y original. Con todo, fue un acierto que la actriz convertida en directora, Olivia Wilde, le diera a la joven Pugh el papel que ella iba a interpretar, quedándose ella con un papel secundario. Cumple también Harry Styles, quien sigue esforzándose por pasar a las grandes ligas de la actuación. Chris Pine está igualmente bien elegido como el líder de la comunidad en que estas esposas viven solo para sus maridos.

Un mundo colorido con un fondo muy oscuro

Con influencias evidentes de The Truman Show, con un toque de Black Mirror y una perspectiva feminista, la cinta es sugerente aunque termina cayendo en ciertos lugares comunes. En películas de este tipo, donde hay un fuerte mensaje que parece estar por encima de contar una historia, la protagonista femenina víctima puede terminar por carecer de dimensiones como personaje y volver así menos atractivo a todo el conjunto, mientras que el patriarcado y sus exponentes son el mal maniqueo. El amor real entre la pareja protagonista parece querer estar por encima de eso, si bien la cinta no lo deja del todo claro, algo que incluso se agradece para no convertirla del todo en un panfleto.

(2022) EE.UU.
DIRECCIÓN Olivia Wilde
GUION Katie Silverman, Carey Van Dyke, Shane Van Dyke
FOTOGRAFÍA Matthew Libatique
MÚSICA John Powell
REPARTO Florence Pugh, Harry Styles, Olivia Wilde, Chris Pine, KiKi Layne, Gemma Chan, Nick Kroll, Sydney Chandler, Kate Berlant