Controlar la narrativa
Para cierta generación, una sátira es la mejor manera de abordar lo que sucede en un mundo que sucumbe entre guerras, polarización social, líderes cínicos, evasión colectiva en redes sociales, y la IA que al parecer se perfila para destruirnos a todos. Es la generación de Tom Cruise (1962) y de Alejandro G. Iñárritu (1963), dos de los hombres más relevantes de Hollywood. Su Digger cuenta en ese tono fársico, tan forzado que abochorna, una fábula política sobre un magnate petrolero tan irresponsable que ocasiona que, con sus operaciones de extracción de crudo, un glaciar del tamaño de Manhattan se desprenda de Groenlandia acelerando el cambio climático y cargándose buena parte de la población del norte de Europa. Ahí nada más.

En una versión actualizada de Dr. Strangelove, un montón de hombres poderosos —los papeles femeninos son tan escasos como poco relevantes en esta película, una pena por la actriz que es Sandra Hüller— se reúnen para abordar la crisis, liderados por el cadavérico presidente de los Estados Unidos (un John Goodman preocupantemente delgado), clara alusión a Donald Trump, tanto como lo es el propio personaje de Digger Rockwell y toda la clase que estos hombres representan. La clave, dice el protagonista, es controlar la narrativa y si no se puede evitar el desastre, se puede evitar que este desastre sea conocido y afecte a los intereses de los poderosos ahí reunidos. Hay que esperar una primera media hora de humor tontorrón caricaturesco —no poca de la cual gira en torno a las miserias escatológicas de un gato, mascota moribunda del protagonista— para que la película descubra otro nivel de la trama y se entienda un poco el interesante juego que plantea Iñárritu.

Al director mexicano se le dan las trilogías. Le hizo famoso aquella con la que inició su carrera, trilogía de violencia, accidentes e historias que convergen. Con esta película completa otra trilogía, muy distinta, que desde el humor negro y con toques surrealistas retrata las crisis profesionales y vitales de hombres de mediana edad: Birdman —con la que ésta tiene más en común conforme avanza—, Bardo y ahora Digger. Ayuda una barbaridad tener frente a la cámara nada menos que a Tom Cruise, buscando hacer un papel distinto que quizá le consiga el Oscar como se lo consiguió Iñárritu a Leonardo DiCaprio con El renacido. La intensidad de la estrella más grande de Hollywood se vuelca en interpretar a este tejano cínico que, con botas y sombrero, entrega un discurso memorable que habla de la hipocresía de nuestra sociedad actual que protesta y critica tanto como desea y depende de aquello mismo que le da confort y estabilidad (en el monólogo es el petróleo, pero bien puede aplicarse a otras realidades actuales). Discurso que se da en una escena delirante, un plano secuencia que es de lo mejor de la cinta, aunque llegue a sentirse excesivo como toda ella.

Si frente a la cámara está Cruise, detrás de ella está el Chivo Lubezki, el oscarizado director de fotografía mexicano. Su trabajo aquí, patente referencia al mundo pálido del cineasta sueco Roy Andersson, junto con un excelente diseño de producción intencionalmente decadente, logra ese mundo extraño en el que ocurre Digger que, se nos dice, no está lejos de ser el nuestro. Contribuye a ese ambiente onírico y burlesco la música del artista experimental Cosmo Sheldrake, que debuta con su primer encargo para un largometraje. Estos elementos consiguen un tono que podría ser más del cine de Yorgos Lanthimos, o en momentos de Wes Anderson o los hermanos Cohen. Pero es Iñárritu, y eso se nota cuando la otra trama se asoma, y desespera no quedarnos más en ella y tener que volver al mundo manifiestamente falso de la farsa. El final, en ese sentido, es sugerente y subraya la desesperanza de una mirada a la que, dejado de lado lo espiritual (las burlas contra un cristianismo de caricatura son más que incidentales en la película), ya sólo lo queda reírse. O intentarlo.

(2026) EE.UU.
DIRECCIÓN Alejandro G. Iñárritu
GUION Alejandro G. Iñárritu, Sabina Berman, Alexander Dinelaris, Nicolás Giacobone, Jez Butterworth
FOTOGRAFÍA Emmanuel Lubezki
MÚSICA Cosmo Sheldrake
REPARTO Tom Cruise, John Goodman, Riz Ahmed, Sandra Hüller, Jesse Plemons, Michael Stuhlbarg, Sophie Wilde, Emma D’Arcy, Annabel Mullion, Mercedes Hernández




























