Annette

Sófocles rockero

La película que abrió este año el Festival de Cannes es una gran síntesis artística, producto de muchos talentos unidos y que sin ser una obra maestra es muy sugerente y tiene momentos de inmenso disfrute, especialmente para los amantes del género musical. Su origen es un proyecto del grupo Sparks, una banda más influyente de lo que es conocida, conformada por los excéntricos hermanos Mael, que por su estilo ha sido comparada con Queen. A la trama y canciones de Sparks se unió al frente del proyecto el audaz director francés Leos Carax, con lo que estamos ya en las ligas mayores en cuanto propuesta artística y visual. Protagonizan el polifacético Adam Driver en la cúspide de su carrera y Marion Cotillard que aunque tiene un papel mas bien pasivo cumple de sobra y refuerza el toque francés de una película que también tiene esa nacionalidad, aunque hablada en inglés y con productores de varios países.

Un par de estrellas del cine interpretando a otras dos estrellas del espectáculo.

Cuenta la historia de amor del irreverente comediante Henry McHenry (Adam Driver) y la diva de ópera Ann Defranoux (Marion Cotillard) que procrean a una hermosa bebé, Annette, representada por una marioneta. Sí. Y es que ya desde el arranque se establece el carácter posmoderno de esta obra, en el que en un gesto brechtiano los actores protagonistas, el grupo Sparks y el propio director se dirigen a nosotros como audiencia para hacernos conscientes de la ficción que vamos a presenciar. Todo esto, por cierto, en un plano secuencia y con una canción de ópera rock extraordinaria, la primera de varias. Compatible con esos elementos tan contemporáneos es la estructura de tragedia clásica griega que los creadores adoptan para contar esta historia: además de la obertura, está la presencia del coro como personaje que evalúa las acciones de los personajes, el aviso del oráculo —en este caso con un sueño con forma de rueda de prensa a la #MeToo— y, por supuesto, la tragedia de la trama. La fotografía de Caroline Champetier es bellísima, yendo de las luces eléctricas de la noche y de los escenarios, a la hermosa casa de la pareja o las olas en una tormenta intencionalmente teatral.

En el extraño stand-up del protagonista abunda el color verde con el que se asocia al personaje.

Ciertamente da la sensación de que algunas cosas sobran: al menos unos 30 minutos de su excesivo metraje que con afán de incluir las canciones no hace avanzar la trama y, siendo éstas muy buenas, terminan sintiéndose demasiadas. Lo mismo va por un par de escenas sexuales explícitas. Otro de sus puntos débiles es el poco balance entre los protagonistas, por el poco desarrollo del personaje de ella. El Henry McHenry de Driver es el verdadero protagonista y el actor —hijo de un ministro baptista sureño y una nativa americana que elige muy bien sus proyectos y a quien ya habíamos oído cantar en Historia de un matrimonio— hace un trabajo espectacular mostrando a un personaje que va directo al abismo. Hay momentos sublimes, como el desquiciado acto “cómico” de McHenry, apodado “el simio de Dios”, o el monólogo en plano secuencia circular de Simon Helberg —el tercer actor que interviene en la trama— mientras dirige una orquesta. El final justifica parte del surrealismo con una metáfora que resulta muy adecuada. Vale la pena verla con ojo atento, también para detectar los divertidos cameos de los hermanos Mael y hasta uno de la cantautora mexicana Natalia Lafourcade. Un buen ejemplo de lo que el cine puede sintetizar del teatro y la música en un arte propio, visualmente poderoso.

La extrañeza de que Annette sea una marioneta tiene un sentido metafórico dentro del surrealismo.

(2021) EE.UU., Francia
DIRECCIÓN Leos Carax
GUION Historia original de Ron Mael y Russell Mael
FOTOGRAFÍA Caroline Champetier
MÚSICA SPARKS (Ron Mael y Russell Mael)
REPARTO Adam Driver, Marion Cotillard, Simon Helberg, Devyn McDowell

Old

Pesadilla temporal

M. Night Shyamalan, el cineasta maldito, decepciona de nuevo. Fiel a sus temas, presenta a un grupo de personajes en una situación paranormal, en este caso una playa en donde el tiempo transcurre mucho más rápido haciendo que los personajes crezcan y envejezcan muchos años en pocas horas. Una parábola que podría haber salido de la mente de un Cortázar o de un Bioy Casares —en realidad es una adaptación de la novela gráfica Sandcastle— pero que en cine resulta problemática de contar. El reparto está compuesto por los rostros conocidos del mexicano Gael García Bernal, la luxemburguesa Vicky Krieps (El hilo invisible), el inglés Rufus Sewell (Corazón de caballero, El padre), la neozelandesa Thomasin McKenzie (Jojo Rabbit), el estadounidense Alex Wolff (Hereditary) y la australiana Eliza Scanlen (Mujercitas).

El director, hijo de inmigrantes indios en Estados Unidos, quiso contar con un reparto internacional que con sus distintos acentos representen personajes universales.

Como en Diez negritos de Agatha Christie, los personajes se van reduciendo, y la cuenta regresiva, que es tan propicia para el suspense, aquí es más evidente que nunca. También hay un cierto sabor a la icónica serie Lost, al suceder en una isla en la que sucede algo misterioso a un grupo de personajes. La playa de la que no se puede escapar podría recordar a El ángel exterminador de Buñuel, pero lo que en aquella era surrealismo aquí quiere ser ciencia ficción y se estrella. Por supuesto que la trama requiere la consabida suspensión de la incredulidad, pero incluso así es difícil de sostenerse siguiendo las reglas del propio relato (todos envejecen y sufren distintos procesos de paso del tiempo… excepto que no les crece el pelo, por decir uno). Estéticamente también deja que desear, y en momentos parece uno estar viendo una serie televisiva de las de antes, además de algunos detalles que obligan a quitar la vista de la pantalla por lo desagradables. El casting (para los personajes que empiezan la trama siendo niños) y el maquillaje (para los que la empiezan siendo adultos y envejecen) están bastante bien y el final, con todo, es medianamente satisfactorio. Shyamalan cumple con su sello de dar un final que explica la historia y tiene siempre un giro. La película también permite una reflexión sobre el paso del tiempo y la fugacidad de la vida, aunque la propia cinta no lo plantea como tal. En fin, una película que pasa como una ola más en la playa del tiempo, sin apenas dejar huella.

Shyamalan interpretando a uno de los personajes secundarios, otro de sus sellos.

(2021) EE.UU.
DIRECCIÓN M. Night Shyamalan
GUION M. Night Shyamalan basado en la novela gráfica de Pierre-Oscar Lévy y Frederik Peeters
FOTOGRAFÍA Mike Gioulakis
MÚSICA Trevor Gureckis
REPARTO Gael García Bernal, Vicky Krieps, Rufus Sewell, Thomasin McKenzie, Alex Wolff, Eliza Scanlen, Abbey Lee, Ken Leung, Nikki Amuka-Bird, Aaron Pierre, Emun Elliot, Embeth Davidtz, Kathleen Chalfant, Gustaf Hammarsten, Francesca Eastwood, Kailen Jude

The Green Knight

Lo medieval posmoderno

La leyenda de Sir Gawain y el Caballero verde es una de las más populares del ciclo artúrico, inmortalizada en un célebre poema medieval inglés. Esta adaptación cinematográfica se antoja muy actual y muy sugerente, sobre todo por estar producida por el estudio A24 —responsable de las más exitosas películas recientes de estilo independiente, como Moonlight, The Lobster, Lady Bird, Hereditary, The Florida Project o Uncut Gems, entre otras— y por estar escrita y dirigida por David Lowery, conocido por películas tan originales como A Ghost Story, también de A24. El resultado es una película de gran riqueza visual y sí, muy original, aunque a ratos lenta y casi siempre críptica, que puede resultar fascinante en algunas cosas pero principalmente difícil de conectar para el gran público.

Gawain (Dev Patel) es sobrino del Rey Arturo (Sean Harris) y uno de los caballeros de la mesa redonda. Un día de Navidad, la celebración de los caballeros es interrumpida por la aparición de una figura sobrenatural, el Caballero Verde (Ralph Ineson) quien reta a los presentes a un juego: uno de ellos podrá enfrentarse con él, pero él cobrará el mismo golpe dentro de un año. El joven Gawain acepta el reto y el Caballero verde ofrece su cuello sin defenderse. Gawain lo decapita y el Caballero verde recoge su cabeza y se retira recordando la promesa del juego. Un año después, Gawain deberá marchar en busca del Caballero verde y enfrentar su destino.

El mayor acierto de esta película es el modo posmoderno en que retrata lo medieval, empezando por el hecho de que un caballero de la mesa redonda sea interpretado por un actor sí británico pero de rasgos indios (el cada vez más ascendente Dave Patel, que por cierto también recientemente dio un rostro más transnacional a otra figura emblemática literaria: el David Copperfield de Charles Dickens). La película es y se siente actual, experimentando con un exquisito diseño de producción y de vestuario de inspiración medieval. La fotografía de Andrew Droz Palermo, colaborador habitual de Lowery, aprovecha los amplios paisajes y las locaciones medievales de piedra y ventanas angostas. La música de Daniel Hart recupera coros y motivos medievales y es de lo mejor y más significativo de la película.

Por su simplicidad y su popularidad es una historia difícil de adaptar. Lowery apuesta por algunos simbolismos y episodios añadidos —aunque tomados del mismo universo narrativo, como el encuentro con Santa Winifred o la presencia del zorro— aunque esto mismo es lo que hace la película un poco tediosa y confusa. Igualmente resulta difícil empatizar con el protagonista, pues su motivación y contexto no son del todo claros. Más que a un género de aventuras o de fantasía, como la trama sugeriría, en su tono se acerca más a The Witch o a El faro (ambas también de A24) sin el elemento de terror. Vale la pena verla por la propuesta visual y sonora y, aunque hacia el final del segundo acto pasa por su momento más flojo, compensa con los últimos veinte minutos que son una clase maestra de narrativa audiovisual.

(2021) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION David Lowery
FOTOGRAFÍA Andrew Droz Palermo
MÚSICA Daniel Hart
REPARTO Dev Patel, Alicia Vikander, Joel Edgerton, Ralph Ineson, Sean Harris, Kate Dickie, Sarita Choudhury

Cruella

Origen de una genial sociópata

En su estrategia de volver a exprimir sus grandes clásicos animados, Disney pone ahora los ojos en una de las mejores villanas que ha aportado a la cultura popular: la excéntrica Cruella de Vil, esa mujer dispuesta a todo por lograr un hermoso abrigo de piel de dálmata, poseedora de una maldad proporcional a lo banal de su objetivo. En fin, como hicieran con Maléfica hace varios años, esta cinta sobre el origen del personaje la convierte en la protagonista e inventa un contexto que lleve al espectador a empatizar con ella y comprender su maldad.

Y para hacerlo, el estudio del ratón no escatimó recursos, formando un equipo de primera que nos recuerda que el cine es un arte colectivo. Al frente está el director Craig Gillespie, recientemente conocido por la excelente I, Tonya. En el departamento del guion, la combinación habla por sí sola: el guion es de la escritora de comedia Dana Fox y de Tony McNamara (nominado al Oscar por el guion de La favorita) sobre una historia de Aline Brosh McKenna (escritora de The Devil Wears Prada, situada en el mundo de la moda y con la que Cruella tiene muchas similitudes), Kelly Marcel (autora de Saving Mr Banks, otra de Disney para un público adulto nostálgico) y Steve Zissis (escritor de la serie Togetherness). Todo ello a partir de la novela original de Dodie Smith que inspiró todo y naturalmente la película animada de Disney de 1961 y el excelente live-action (antes de la obsesión de Disney con los live-actions) de 1996 con Glenn Close, quien por cierto es una de las productoras de esta cinta.

Son muchos los aciertos de esta película que la hacen original a pesar de las recreaciones previas del personaje. Uno de ellos es aprovechar los rasgos de la villana en ciernes para situar el universo narrativo en el mundo de la moda del Londres de la década de 1970. El diseño de vestuario de la experimentada Jenny Beavan (2 Oscares en esa categoría y otras 8 nominaciones) es una delicia en sí mismo y explota el que se trate de una película sobre moda en muchos sentidos. En esa línea, el soundtrack es también excelente, con canciones de Los Rolling Stones, Queen, The Clash, Joe Tex, David Bowie, Nina Simone, Nancy Sinatra y un largo etcétera.

De poco hubiera servido todo ese revestimiento si no fuera por la excelente interpretación de las dos Emmas protagónicas: Emma Stone, la estrella de este espectáculo que logra el salto mortal de hacer empática a la villana —y muy cool— y dar su propia versión del personaje más allá del icono animado que vive en nuestras mentes y de la célebre interpretación que hiciera también Glenn Close en su momento. Por su parte, Emma Thompson, interpreta a una finísima y muy mala villana capaz de opacar a la misma Cruella. Y es que Thompson es de esas actrices capaz de transformarse en cualquier cosa, además de estar dispuesta a hacerlo (un Olimpo de la actuación femenina donde habitan no muchas actrices: Meryl Streep, Julianne Moore, Tony Collete, la propia Glenn Close y poco más).

Está lejos de ser una película perfecta, los personajes secundarios resultan un tanto huecos (esa desilusión de Jasper, degradado de amigo a secuaz de la protagonista, mal resuelta y por otro lado innecesaria), el CGI es bastante lamentable y el final incluye un pequeño deus ex machina desalentador. Sin embargo, resulta una película bastante original y de mucha calidad dentro de esta época de poca creatividad en Disney. Las referencias a las películas anteriores, en ese sentido, son de lo mejor (¡no se pierdan la escena poscréditos!).

FICHA TÉCNICA
(2020) EE.UU.
DIRECCIÓN Craig Gillespie
GUION Dana Fox, Tony McNamara, Aline Brosh McKenna, Kelly Marcel, Steve Zissis basados en la novela de Dodie Smith
FOTOGRAFÍA Nicolas Karakatsanis
MÚSICA Nicholas Britell
REPARTO Emma Stone, Emma Thompson, Joel Fry, Paul Walter Hauser, Mark Strong, John McCrea, Kirby Howell-Baptiste

Promising Young Woman

Sin pelos en la lengua

Esta película es una bofetada. Y una muy buena. En clave de comedia negra, aborda el tema del abuso sexual a partir de la historia de una joven que se dedica a vengarse de los hombres frecuentando clubes nocturnos y fingiendo que está borracha para ser llevada por algún tipo con malas intenciones… y luego demostrar que está bastante lúcida. Con esa premisa se nos introduce a un gran personaje. Fuerte y atractiva, triste y sin rumbo, Cassie es la joven prometedora del título (lo de llamar esta película en Hispanoamérica Hermosa venganza es un triste despropósito, que tampoco extraña) cuya vida quedó truncada por el acontecimiento que la llevará a ser una interesante descendiente de la femme fatale cinematográfica.

Estamos ante la ópera prima de la también actriz británica Emerald Fennell, que conoce muy bien su oficio y escribe y dirige este filme que bebe estética y narrativamente de Tarantino o de Nicolas Winding Refn, aunque con mucha menos violencia explícita. Su denuncia llega alto y claro, a pesar de hacerse desde un género más bien ligero —o quizá precisamente por eso —, con una estética dulzona (desde los rosas eléctricos de los clubes nocturnos o de una farmacia, hasta los tonos pastel de la cafetería de revista o de la casa de los papás de la protagonista, todo es una delicia de diseño de producción y fotografía) y con un soundtrack alucinante en el que desfilan Britney Spears y Paris Hilton, Juice Newton o Charli XCX. Fennell demuestra ser una coleccionista de momentos geniales del cine y llena así de intertextos fílmicos su película, algunos tan memorables como las referencias al clásico La noche del cazador (1955), de la que aparecen un par de planos en una televisión, y sobre todo esa melodía en un momento clave.

La trama y el título apuntan a la centralidad de la protagonista, quien lleva la película sobre sus hombros. Si bien Carey Mulligan podría antojarse unos años mayor para el personaje —algún crítico señaló que hubiera sido más adecuada alguien como Margot Robbie, que además es una de las productoras—, la ternura que caracteriza a esta actriz británica en filmes como Drive o El gran Gatsby es el contrapunto ideal para verla encarnar este personaje tan complejo. A ratos es divertida, encantadora, pero también digna de terror o de compasión: “la que enreda a los hombres” significa en griego Cassandra, el nombre de la protagonista, como se lee en un excelente análisis que recomiendo leer. Y así, de un modo efervescente para los sentidos, se nos arroja una película moral, sobre lo injusto de una sociedad eminentemente machista, pero también sobre el papel de la sexualidad en las relaciones y en la vida tanto privada como social; sobre quién es culpable de la normalización de terribles comportamientos y las muchas consecuencias que puede haber. Que tras un “vivieron felices para siempre” la comedia se convierta en tragedia es algo que esta temática demandaba, si bien la película no pierde su tono y se despide con la frente muy en alto. Qué necesaria parece.

EE.UU. (2020)
DIRECCIÓN Y GUION Emerald Fennell
FOTOGRAFÍA Benjamin Kracun
MÚSICA Anthony Willis
REPARTO Carey Mulligan, Bo Burnham, Alison Brie, Clancy Brown, Jennifer Coolidge, Laverne Cox, Chris Lowell, Max Greenfield, Alfred Molina

Judas y el mesías negro

Curando las culpas

El racismo sistémico es una mancha en el alma de los Estados Unidos. No lo digo yo, acaba de decirlo su presidente, Joe Biden, unas horas antes de que escriba esta crítica, con motivo de la condena del policía que asesinó a George Floyd desatando el movimiento #BlackLivesMatter el verano pasado. El cine estadounidense también ha intentado lavar esa culpa. Se ha notado especialmente en los últimos años con películas como 12 años de esclavitud, Selma, Talentos ocultos, El infiltrado del KKKlan o Get Out, entre otras muchas, por no hablar de clásicos como Matar un ruiseñor, Tomates Verdes Fritos o Mississippi en llamas. La que aborda esta crítica es una película de gran factura —nominada a 6 Oscares, incluyendo mejor película— en torno a una de las páginas más tristes de la lucha contra el racismo en ese país: el asesinato de Fred Hampton, líder del capítulo de Chicago del partido de los Black Panthers.

La muerte de Hampton por órdenes del FBI tiene un añadido al drama de tratarse de un líder antirracista: la traición de un infiltrado entre sus hombres. Como indica el acertado título de la película, es esta la historia en la que se enfoca, tomando el punto de vista del topo puesto por el FBI, William O’Neal. En estos dos excelentes personajes, con sendas actuaciones, se basa la película. Daniel Kaluuya (protagonista de Get Out, que le valiera su primera nominación al Óscar) se transforma externa e internamente y hace una actuación formidable como Fred Hampton, que a sus escasos 21 años era un idealista y un orador que encendía a las masas (la escena de la arenga después de que sale de la cárcel pone los pelos de punta). LaKeith Stanfield hace otro tanto como el traidor, mostrado como un hombre sin ideología que vive al momento y con la emoción a flor de piel, pero cuya conciencia va creciendo conforme avanza la trama. Formalmente la película cumple de sobra, con la fotografía del experimentado Sean Bobbitt y la música sugerente de Mark Isham y Craig Harris que a ratos experimentan con un jazz distorsionado, como introducen percusiones de guerra.

Naturalmente la película, a la que le importa más su mensaje que mayor verosimilitud, se divide en buenos y malos. Los primeros liderados por Hampton, idealista y poeta, marxista-leninista, que cita al Che Guevara e incita a la revolución: “mata a unos cuantos policías y tendrás algo de satisfacción, mata a unos policías más y tendrás más satisfacción, mátalos a todos y ten satisfacción total” (en español queda fatal, hay que oírselo a Hampton/Kaluuya), y dice proféticamente que “moriré por la gente… porque vivo por la gente”. Los malos son los hombres del FBI sin escrúpulos, liderados por el tenebroso J. Edgar Hoover (Michael Sheen con buenas prótesis de maquillaje) quien está convencido de estar en una “guerra que amenaza el estilo de vida americano”. En el gozne de ese planteamiento maniqueo está el ambiguo personaje de O’Neal, que ve por sí mismo hasta que los acontecimientos lo rebasan. La película, si bien es disfrutable para el público internacional, habla con especial fuerza a la sociedad estadounidense hoy que no parece estar ni cerca de purificar el racismo que siempre ha acompañado su historia.

EE.UU. (2021)
DIRECCIÓN Shaka King
GUION Shaka King, Will Gerson, Keith Lucas, Kenneth Lucas
FOTOGRAFÍA Sean Bobbitt
MÚSICA Mark Isham, Craig Harris
REPARTO Daniel Kaluuya, LaKeith Stanfield, Jesse Plemons, Dominique Fishback, Ashton Sanders, Algee Smith, Darrell Britt-Gibson, Dominique Thorne, Michael Sheen, Lil Rel Howery

Minari

El poder de la tierra

Película autobiográfica del director coreano —aunque criado en Estados Unidos— Lee Isaac Chung en la que explora la infancia de un niño cuya familia se muda a Arkansas para empezar una granja. Minari ha alcanzado un público más amplio que las anteriores películas de Chung, que sin embargo mantiene su estilo contemplativo y una narrativa delicada, compuesta de muchos detalles. Y no es de extrañar: Estados Unidos es en muchos sentidos un país de inmigrantes, y pocas son aún las películas memorables que retratan el sueño americano desde la perspectiva de inmigrantes asiáticos.

Al estilo de Alfonso Cuarón en Roma —aunque con resultados formalmente distintos—, el cineasta hizo un ejercicio de “investigación” en su propia memoria, a partir del cual surgió un guion compuesto de distintas viñetas que cuentan los retos de una familia tanto externos como internos ante determinadas decisiones y circunstancias. Quizá su mayor fuerza sea lo bien delineados de sus personajes, de una idiosincracia más bien recatada: el padre, estrictamente racional y que quiere sacar adelante una granja únicamente con sus propios medios (tremenda oportunidad para Steven Yeun, más conocido por sus roles cómicos en la pantalla chica, quien aquí cosechó una nominación al Oscar); y la madre (Yeri Han), la contraparte más sensata, que pone prioridad en la familia. La historia pivota en torno al niño protagonista, pero especial mérito tienen los personajes secundarios: la estupenda abuela atípica que se lleva la película (otra nominación, esta vez para una experimentada actriz del cine coreano, Yuh-Jung Youn), o el veterano de guerra de un cristianismo excéntrico pero devoto que interpreta Will Patton.

El resultado es un filme de una cadencia tranquila —acompañado por la música adecuada pero casi omnipresente de Emile Mosseri— que tiene una carga dramática que va en aumento. Sus temas son clásicos del cine norteamericano: la familia como eje, la vinculación a la tierra como lugar de arraigo y requisito de prosperidad, tanto como el rol social de la religión y de la comunidad. El título responde al nombre coreano de una planta peculiar que la abuela siembra junto al río que corre cerca de la casa: el minari se arraiga con facilidad y crece donde otras plantas no podrían, a pesar de las condiciones adversas.

EE.UU. (2020)
DIRECCIÓN y GUION Lee Isaac Chung
FOTOGRAFÍA Lachlan Milne
MÚSICA Emile Mosseri
REPARTO Steven Yeun, Yeri Han, Alan Kim, Noel Cho, Yuh-Jung Youn, Will Patton

Nomadland

El fin del sueño americano

El cine es arte y es también industria y es un medio de comunicación social. Hay películas que aceleran algunos cambios sociales, otras los predicen o toman el pulso de la sociedad en un momento específico. Pienso que Nomadland hace esto último. Estrenada en plena crisis por la pandemia, cuenta la historia de muchos norteamericanos reales que, jubilados con una mala pensión o sin ella, recorren el país pasando de un trabajo temporal a otro, sin una residencia fija, viviendo un estilo de vida que tiene mucho de precariedad y descarte pero también —dice esta película, que no es para nada una tragedia— de libertad.

La joven directora china de formación anglosajona Chloé Zhao escribe y dirige este su tercer largometraje, que tiene un estilo documental tanto en su estructura narrativa como en su modo de producción y en los personajes que sigue: a reserva de los dos principales, los demás no son actores sino los propios nómadas a quienes la periodista Jessica Bruder siguió y entrevistó para escribir el libro en el que se basa la película. Zhao mantiene el estilo visual y narrativo de sus películas anteriores, también situadas en la América rural, con grandes planos de exteriores y un aire contemplativo, que se complementa bien con la música de Ludovico Einaudi.

Frances McDormand, quien produce la película además de protagonizarla, es sin duda quien sostiene la trama, además de darle relevancia internacional al proyecto que ha cosechado una cantidad récord de premios en un año raro para el cine, y que compite por 6 premios Óscar, incluida mejor película. McDormand, una actriz de un talento innegable, consentida de los hermanos Coen, ha lucido tanto en comedias como en dramas, pero aquí se aleja de los papeles de mujer dura que la han hecho famosa para interpretar a Fern, una viuda que recorre las carreteras en su camioneta, que es también su casa, generando lazos con los distintos lugares donde se detiene y las personas con las que coincide, casi todos nómadas como ella.

Con una trama argumental casi inexistente, la fuerza de Nomadland radica en las personas reales de las que habla, y los temas que toca, que son centrales en el momento que estamos viviendo: el trabajo como parte de una vida digna, la relación con la naturaleza, la solidaridad, el desarraigo, el descarte de los adultos mayores o la precariedad de la libertad humana en un sistema capitalista diseñado para vivir endeudado. En su aproximación contemplativa a la existencia humana deja ver también un anhelo de trascendencia, planteado de modo más claro en las reflexiones de los personajes en torno a la muerte. Una película sin duda bella e importante, que en un año menos raro se hubiera limitado a los circuitos de cine independiente.

(2020) Estados Unidos
DIRECCIÓN Chloé Zhao
GUION Chloé Zhao basada en el libro de Jessica Bruder
FOTOGRAFÍA Joshua James Richards
MÚSICA Ludovico Einaudi
REPARTO Frances McDormand, David Strathairn, Bob Wells, Linda May, Swankie

El padre

Viaje a la senilidad

Lo que comienza como una historia humana empática se convierte en una experiencia inmersiva y finalmente devastadora en esta película sobre un anciano que va perdiendo sus facultades y la hija que intenta hacerse cargo de él. El dramaturgo francés Florian Zeller dirige en la pantalla esta adaptación de una exitosa obra suya que hace eco en una sociedad envejecida como es la de buena parte de Occidente y completa lo acertado de su planteamiento con un reparto de primera línea.

El titán que es Sir Anthony Hopkins no solo hace a sus 83 años una de las mejores actuaciones de su carrera, sino que también una muy valiente. Y es que si esta película debe ser especialmente dura de ver para alguien que empieza a envejecer —lo digo como una advertencia en toda regla— tanto más duro debe ser interpretarla. Y por si la asociación no fuera inmediata, se le pone al personaje la exacta misma fecha de nacimiento de Hopkins y se le llama Anthony (en la obra de teatro francesa no llevaba ese nombre). El protagonista se siente del todo real —quien ha tratado con ancianos lo sabrá bien— causando a veces enojo o frustración, pero también cariño y compasión ante quien de ser un adulto autosuficiente y enérgico se va volviendo dependiente y confundido delante de nuestros ojos.

La contraparte es la excelente Olivia Colman, que de la comedia británica ascendió a la primera línea del cine mundial con todo y Óscar por La favorita, e interpreta a la hija impotente pero cariñosa, y un puñado de actores secundarios bien elegidos. Si ciertamente el planteamiento es muy teatral —pocos personajes, una única locación y un tiempo condensado— el gran mérito de esta adaptación es no hacer teatro filmado, sino valerse de los recursos propios del cine para lograr una experiencia poderosa. Así, todo recae en la importancia del punto de vista, en este caso el del senil protagonista, que explica que todo suceda como sucede y da pie a una clase maestra de narrativa cinematográfica.

(2020) Francia-Reino Unido
DIRECCIÓN Florian Zeller
GUION Florian Zeller y Christopher Hampton
FOTOGRAFÍA Ben Smithard
MÚSICA Ludovico Einaudi
REPARTO Anthony Hopkins, Olivia Colman, Olivia Williams, Rufus Sewell, Mark Gatiss, Imogen Poots