The French Dispatch

Wes Anderson al cuadrado

El icónico director texano Wes Anderson entrega su largometraje número 10, que se vuelve inmediatamente un imprescindible de este director, aunque quizá no apelará al público menos familiarizado —o menos entusiasta— con su obra. El marco narrativo es periodístico: una publicación especial de un diario de Kansas —mezcla de The New Yorker y The Paris Review— establecida en una ciudad francesa imaginaria a mediados del siglo pasado. La trama sigue los textos, también ficticios, del último número de esta publicación: una descripción costumbrista de la propia ciudad sede, Ennui-sans-Blasé (literalmente «hastío y aburrimiento»), el repaso de la obra pictórica de un asesino convicto cuya musa es una de sus guardias, la cobertura de un movimiento estudiantil y su pareja protagonista, y el relato del secuestro del hijo del jefe de policía y la intervención de su talentoso cocinero.

Bill Murray, ¿quién si no?, es el editor del French Dispatch

Todos los elementos andersonianos están aquí y en su máximo esplendor. El elaboradísimo diseño de producción, la estética simétrica, marcados movimientos de cámara, juegos con la relación de aspecto, dioramas teatrales de los espacios, personajes cómicamente impasibles, niños formales como adultos y adultos inmaduros como niños. Hasta un segmento de animación, claro homenaje a Hergé, en el tercer acto siempre cargado de acción en las películas de este director. También hay innovación, pues el estilo tan colorido del cineasta esta vez se adentra en el blanco y negro —para todas las escenas que están mostrando los textos, es decir, la mayor parte de la película— y no solo no pierde su estilo, sino que lo remarca y lo hace especialmente bello. Otra estupenda innovación son los planos «congelados» sobre los que se hace un travelling mientras todos los personajes intentan estar inmóviles.

El arte y el amor dentro de las estructuras sociales establecidas es una de las inquietudes del director.

Si de algo peca esta exquisita película sería de un exceso. Puede decirse que es demasiado Wes Anderson. Si el director no fuera quien es y tan aclamado, no le habrían producido una película como ésta: episódica, carente de una trama fuerte y por tanto de cierta emotividad (lo cual hace que no sea de las mejores del director) y que es sobre todo una gran recreación estética, repleta de referencias cinematográficas (muchas del cine europeo, lo que quizá explique también los desnudos artísticos, los más extensos de las películas de este director hasta ahora) y sobrecargada de diálogo, de elementos en pantalla y hasta de estrellas de Hollywood: uno se despista y se pierde los casi cameos de actores de la talla de Christoph Waltz.

Jóvenes y viejos, el amor en tiempos revolucionarios.

A esto hay que decir que parte del disfrute de esta cinta son las actuaciones, tanto de los habituales del director —desde su «musa» Bill Murray y su amigo Owen Wilson hasta el rostro impávido de Frances McDormand o la voz de Anjelica Huston— como de rostros protagónicos con los que trabaja por primera vez: ¿qué mejor presidiario genial y loco que Benicio del Toro o qué mejor estudiante ingenuo que el omnipresente Timothée Chalamet? Véanse más nombres del elenco al final de este texto, pues casi de todos habría algo que decir. Un disfrute, en fin, en primer lugar para los entusiastas de este director —como el que esto escribe— y para todo el que quiera gozar el cine por el cine, con todos sus elementos. Si bien, no es de extrañar que cualquiera que se tope incautamente con esta película pueda cuestionarse, y se lo respetaremos, ¿qué tanto le ven a Wes Anderson?

La pantalla como espejo: así el público en el cine viendo esta maravilla.

(2021) EE.UU.
DIRECCIÓN Wes Anderson
GUION Wes Anderson. Historia de Wes Anderson, Roman Coppola, Hugo Guiness y Jason Schwartzman
FOTOGRAFÍA Robert D. Yeoman
MÚSICA Alexandre Desplat
REPARTO Bill Murray, Owen Wilson, Benicio del Toro, Léa Seydoux, Adrien Brody, Tilda Swinton, Frances McDormand, Timothée Chalamet, Lyna Khoudri, Jeffrey Wright, Liev Schreiber, Mathieu Amalric, Steve Park, Willem Dafoe, Edward Norton, Saoirse Ronan, Elizabeth Moss, Jason Schwartzman, Lois Smith, Tony Revolori, Christoph Waltz, Anjelica Huston

Sin señas particulares

Desaparecidos

Esta ópera prima de la mexicana Fernanda Valadez fue la gran ganadora en los Premios Ariel, los Oscares mexicanos. Cuenta la historia, descarnadamente real aunque ficticia, de una madre que busca a su hijo adolescente desaparecido cuando se proponía cruzar la frontera ilegalmente hacia Estados Unidos. Como han hecho muchas mujeres en el México rural, la protagonista sale en busca de su hijo del modo que puede, recorriendo a pie carreteras y pueblos. Con un estilo realista y contemplativo, con tomas largas y bellos paisajes, la directora y sus colaboradoras —el crew es primordialmente femenino en sus puestos principales— cuentan esta historia de un modo contenido y evitando el melodrama, hasta el punto de que los personajes pueden parecer insensibles.

Una madre resignada en su emoción, pero esperanzada en su búsqueda.

Mercedes Hernández interpreta al personaje principal y la película se sostiene en ella, incluso manteniendo la cámara sobre su rostro cuando conversa con otros personajes y el sentido audiovisual pide un contraplano hasta hacerse incómodo. Pero no, la historia se fija en ella, en su frustración y su dolor, aunque contenidos y aplazados por la necesidad y la acción. Una película sosegada, a ratos hasta lenta, y sorprendentemente recatada, dentro del horror de lo que plantea, pues no muestra la violencia, ni falta que hace. Se apoya en su narrativa, en sus escenarios reales, en sus actores no profesionales —con excepción de los dos protagonistas— para contar algo en un estilo casi documental, aunque con un final narrativamente satisfactorio: vale la pena llegar a él. El Papa Francisco dijo alguna vez en una entrevista que «el diablo le tiene bronca a México» y al final esa es la tesis de esta película. El mal y el sinsentido a veces no tienen otra explicación.

Las metáforas llegan a donde la violencia no.

(2020) México
DIRECCIÓN Fernanda Valadez
GUION Fernanda Valadez y Astrid Rondero
FOTOGRAFÍA Claudia Becerril Bulos
MÚSICA Clarice Jensen
REPARTO Mercedes Hernández, David Illescas, Juan Jesús Varela, Ana Laura Rodríguez, Armando García, Laura Elena Ibarra

El último duelo

Posverdad medieval

Francia, finales del siglo XIV. La última vez que una disputa se resolvió mediante un duelo —de esos de caballeros con lanzas y armadura— fue entre Sir Jean de Carrouges y Jacques Le Gris, pues el primero acusaba al segundo de haber violado a su esposa, Lady Marguerite. Así de simple y así de fuerte. Semejante incidente fue además el final de una relación entre ambos caballeros, alguna vez amigos, que se fueron alejando por los asuntos propios del feudalismo de la época, en el que Le Gris era favorecido por el señor feudal Pierre d’Alençon en demérito de Carrouges. La película pivota en torno al juicio por la violación que desembocará en el duelo, y está dividida en tres partes que consisten —al estilo Rashomón de Kurosawa— en la versión de los hechos de cada uno de los personajes principales: Carrouges, Les Gris y la propia Lady Marguerite.

El duelo como tal abre y cierra la narración.

El ya octogenario Ridley Scott —que estrena dos películas este año— dirige con soltura esta historia de época y bastante violencia, como ha sabido hacer en parte de su cine (recuérdese Gladiador, Cruzada o Robin Hood). Lo hace a partir de un guion ideado por Matt Damon y Ben Affleck (productores, actores y guionistas de esta cinta, además de amigos) a partir de los hechos reales recogidos en la historiografía. Lo escribieron en conjunto con Nicole Holofcener, a quien invitaron para dar una perspectiva femenina a la historia. Y vaya que fue importante. Porque el cine siempre habla del presente, es decir, de la época en que la película es hecha, no la época que muestra. Y la visión de esta Edad Media es muy propia de nuestra época de feminismo y posverdad. El propio relato aclara que la verdad es la versión de Lady Marguerite, representada como una mujer inteligente, valiente y adelantada al resto de mujeres de su tiempo. Un tiempo mostrado como ignorante y oscuro, donde siempre es invierno, y lleno de personajes que citan a Dios para justificar las tonterías más irracionales. Un tiempo donde, a la vez, no hay una verdad que guíe a los poderosos, ni una moral: «la verdad no existe, le dice a Marguerite su suegra, solo el poder de los hombres, de los varones», una frase que resume el tema de la película.

Jodie Comer, estelar de la serie Killing Eve, llega a las grandes ligas de Hollywood.

Si bien es interesante la focalización múltiple desde cada uno de los tres personajes principales, este recurso queda flojo puesto que no se añaden elementos nuevos a la historia en cada «capítulo», al contrario, se vuelven un poco repetitivos y, para no alargar demasiado, se hace que los hechos sucedan con mucha velocidad al inicio de la película, cuando se quieren narrar los detalles de la relación entre los dos caballeros, sus desencuentros y reconciliaciones, lo que hace difícil de esclarecer la trama al inicio. Los personajes, en cambio, quedan muy bien delineados al ser abordados desde distintas perspectivas: el fiel y noble pero bruto Carrouges (Matt Damon), el encantador y astuto Le Gris (Adam Driver, genial como siempre), Lady Marguerite (Jodie Comer en el papel de su carrera hasta ahora) que es básicamente una mujer moderna de algún modo atrapada en la Edad Media, y el superficial y malvado Pierre d’Alençon (Ben Affleck rubio). Amén del chiste que es la interpretación del joven rey hecha por el joven Alex Lawther. Una cinta bien hecha, que reivindica hechos históricos con una mirada actual, aunque muy fuerte: la necesidad de que el espectador se identifique con la humillación y el dolor de la ultrajada protagonista quizá así lo pedía.

El diseño de producción recrea la época con todo lujo de detalle.

(2021) Reino Unido
DIRECCIÓN Ridley Scott
GUION Nicole Holofcener, Ben Affleck, Matt Damon
FOTOGRAFÍA Dariusz Wolski
MÚSICA Harry Gregson-Williams
REPARTO Matt Damon, Adam Driver, Jodie Comer, Ben Affleck, Harriet Walter, Alex Lawther, Marton Csokas

Last Night in Soho

Conexión nocturna

En sus últimas dos películas, el cineasta británico Edgar Wright ha marcado cierta distancia de su cine anterior —de humor slapstick heredado de Monty Python con buena dosis de violencia, pero de gran consistencia técnica en el guion y en el lenguaje cinematográfico— para hacer películas más atractivas para el gran público. Así lo hizo con la resultona Baby Driver y ahora con Last Night in Soho, un thriller con elementos terroríficos en el que Wright homenajea al Londres nocturno de los años sesenta. Cuenta la historia de Ellie (Thomasin McKenzie), quien se muda del campo a Londres para cumplir su sueño de estudiar diseño de moda. Al cambiarse de la odiosa residencia de estudiantes al barrio del Soho, célebre por sus noches de fiesta, empieza a conectar misteriosamente con la chica que ocupó su misma habitación en los años sesenta: Sandie (Anya Taylor-Joy), que aspiraba a ser cantante y que fue succionada por un mundo de abusos y explotación.

Dos jóvenes actrices en ascenso protagonizan la primera historia femenina de Edgar Wright.

La película se recrea en el ambiente nocturno londinense, tanto en la actualidad como en los años sesenta, con un excelente diseño de producción y la reconocida maestría de Wright en términos de edición, con sugerentes transiciones entre los planos y un manejo de cámara nada perezoso y lleno de trucos (la secuencia del baile en el Café de París, en la que Ellie y Sandie alternan siendo una misma persona, realizada con puros trucos de cámara, es genial). Para su noche en el Soho, el director eligió acertadamente al cinefotógrafo coreano Chung-hoon Chung, responsable nada menos que de la mítica Oldboy, a cuyas noches llenas de luces de león recuerda esta del Soho. El soundtrack es estupendo —otra marca de la casa Wright— y seguramente lleno de referencias para los conocedores de la escena musical londinense sesentera. Destaca el uso contrapuntístico de canciones más bien feel-good en momentos de tensión o de terror, lo que está muy bien logrado.

La paleta de colores juega con las luces nocturnas y neones del Soho londinense.

Otra incursión interesante de Wright en esta película es que explora por primera vez con una protagonista femenina. No es extraño que el guion, que suele escribir él solo, esta vez sea en coautoría con la guionista Krysty Wilson-Cairns (quien, por cierto, escribió con Sam Mendes la nada femenina 1917). La joven Thomasin McKenzie —que a sus veintiún años ya es conocida por su trabajo con Taika Waititi en Jojo Rabbit y con M. Night Shyamalan en Old— sostiene prácticamente la película, y lo hace francamente bien mezclando la inocencia con el deseo y el terror. La ascendente Anya Taylor-Joy, dueña de una mirada desconcertante que llamó la atención desde el inicio de su carrera en la perturbadora The Witch, es perfecta para el papel de Sandie, que lleva a la protagonista (y al espectador) de un giro de trama a otro. Varios actores referentes de la década de 1960 aparecen a modo de homenaje y para intervenir en la trama sesenta años después. La película incluso contiene un mensaje de denuncia, retratando un ambiente y una historia que lamentablemente sigue repitiéndose en la actualidad. Sin ser la mejor película del director, cumple con una historia original —con ciertos lugares comunes— y entretenida, una buena opción para quien quiera algo de suspenso y terror soft pero bien elaborado.

Terror light pero finalmente terror.

(2021) Reino Unido
DIRECCIÓN Edgar Wright
GUION Edgar Wright y Krysty Wilson-Cairns
FOTOGRAFÍA Chung-hoon Chung
MÚSICA Steven Price
REPARTO Thomasin McKenzie, Anya Taylor-Joy, Matt Smith, Michael Ajao, Terence Stamp, Diana Rigg, Rita Tushingham

Dune

En el principio (o el problema con Dune)

Todo el mundo sabe que Dune no es simplemente una película que acaba de estrenarse. Dune es la madre de todas las sagas de ciencia ficción. La primer novela fue publicada en 1965 y fue el precedente de muchas de las narraciones de ciencia ficción que hoy conocemos. Star Wars, por ejemplo, le debe mucho a las novelas de Dune, en las que sin duda se inspira. Dune también ha sido una quimera del cine, desde la mítica versión que nunca hizo Alejandro Jodorowsky, pero que dio alma a películas posteriores como Alien y sus secuelas, o la controvertida versión de David Lynch, aborrecida por muchos incluyendo a su propio director. Pretender hacer Dune se convirtió en aspirar a demasiado y ya pocos parecían dispuestos. Dune es también la gran ambición de Denis Villeneuve. El director quebequés leyó las novelas siendo niño y albergaba el sueño de algún día llevarla a la pantalla. Con Dune en mente realizó las naves de Arrival y las tormentas de arena de Blade Runner 2049. Entrenó dirigiendo dos grandes películas de ciencia ficción y hoy podemos ver el resultado de todo esto: Dune: Primera parte.

Por la historia y por la mercadotecnia, Timothée Chalamet era la opción clara para interpretar al héroe Paul Atreides.

Y sí, la película es sobrecogedora. Los planos son de gran fuerza y belleza, mezcla de la mejor tecnología y una visión artística particular. Las arenas del planeta Arrakis, la peculiar arquitectura minimalista de la ciudad arraquena, los enormes gusanos de arena de un tamaño más propio de un fenómeno natural que de un monstruo, la oscuridad en que se mueven los villanos en contraste con la luz cegadora del desierto. El diseño de sonido es igualmente formidable, recrea ambientes y máquinas, acompañado de la música de Hans Zimmer (otro fan de Dune desde siempre) llena de referencias étnicas como los adhans islámicos o el cantu a tenore de los pastores sardos. La mano de Villeneuve dirige con solemnidad, sus imágenes no son de acción trepidante gratuita, su tono es grave, majestuoso.

El guatemalteco Oscar Issac interpreta al Duque Leto, padre del héroe. Junto a él, Josh Brolin.

El problema con Dune es que quizá Dune ya es demasiado para poder simplemente hacer una película, como de hecho sucede. Dune bebe de las narraciones de las grandes civilizaciones y ha influido mucho a su vez, por lo que su historia nos suena archisabida: el imperio, los rebeldes, el elegido, el destino que llama desde los sueños, el héroe que define su camino. Y de hecho Villeneuve no hizo una película completa. El título dice «Primera parte» y todo está armado en función de la continuación. Incluso la promocionan así, hablando de lo maravillosa que será la segunda parte. Y eso no es bueno para una película, que debería sostenerse por sí misma. Es lo que algunos le han criticado a Marvel. Tanta amplitud también hace que el reparto multiestelar (nadie quiso quedarse fuera de Dune) termine reduciendo su intervención a unos pocos minutos cada uno, con la excepción de Timothée Chalamet, el escuálido galán del momento, que al protagonizar Dune refuerza su ya de por sí exitosa joven carrera. Querer condensar una novela tan amplia, que creó un universo propio, que además de su trama principal habla de política, religión y ecología, querer reflejar eso en cine queda insuficiente. El espectador se pierde o intuye que hay mucho más detrás de eso, y es que lo hay. ¿Divertirse en el cine?, ¿entretenerse? Sala equivocada (y por favor, esta sí véase en una sala de cine).

Zendaya, quien prácticamente no aparece en la película.

(2021) EE.UU.
DIRECCIÓN Denis Villeneuve
GUION Jon Spaihts, Denis Villeneuve y Eric Roth, basados en la novela de Frank Herbert
FOTOGRAFÍA Greig Fraser
MÚSICA Hans Zimmer
REPARTO Timothée Chalamet, Zendaya, Rebecca Ferguson, Oscar Isaac, Stellan Skarsgård, Jason Momoa, Dave Bautista, Javier Bardem, Josh Brolin, Sharon Duncan-Brewster, Charlotte Rampling

Annette

Sófocles rockero

La película que abrió este año el Festival de Cannes es una gran síntesis artística, producto de muchos talentos unidos y que sin ser una obra maestra es muy sugerente y tiene momentos de inmenso disfrute, especialmente para los amantes del género musical. Su origen es un proyecto del grupo Sparks, una banda más influyente de lo que es conocida, conformada por los excéntricos hermanos Mael, que por su estilo ha sido comparada con Queen. A la trama y canciones de Sparks se unió al frente del proyecto el audaz director francés Leos Carax, con lo que estamos ya en las ligas mayores en cuanto propuesta artística y visual. Protagonizan el polifacético Adam Driver en la cúspide de su carrera y Marion Cotillard que aunque tiene un papel mas bien pasivo cumple de sobra y refuerza el toque francés de una película que también tiene esa nacionalidad, aunque hablada en inglés y con productores de varios países.

Un par de estrellas del cine interpretando a otras dos estrellas del espectáculo.

Cuenta la historia de amor del irreverente comediante Henry McHenry (Adam Driver) y la diva de ópera Ann Defranoux (Marion Cotillard) que procrean a una hermosa bebé, Annette, representada por una marioneta. Sí. Y es que ya desde el arranque se establece el carácter posmoderno de esta obra, en el que en un gesto brechtiano los actores protagonistas, el grupo Sparks y el propio director se dirigen a nosotros como audiencia para hacernos conscientes de la ficción que vamos a presenciar. Todo esto, por cierto, en un plano secuencia y con una canción de ópera rock extraordinaria, la primera de varias. Compatible con esos elementos tan contemporáneos es la estructura de tragedia clásica griega que los creadores adoptan para contar esta historia: además de la obertura, está la presencia del coro como personaje que evalúa las acciones de los personajes, el aviso del oráculo —en este caso con un sueño con forma de rueda de prensa a la #MeToo— y, por supuesto, la tragedia de la trama. La fotografía de Caroline Champetier es bellísima, yendo de las luces eléctricas de la noche y de los escenarios, a la hermosa casa de la pareja o las olas en una tormenta intencionalmente teatral.

En el extraño stand-up del protagonista abunda el color verde con el que se asocia al personaje.

Ciertamente da la sensación de que algunas cosas sobran: al menos unos 30 minutos de su excesivo metraje que con afán de incluir las canciones no hace avanzar la trama y, siendo éstas muy buenas, terminan sintiéndose demasiadas. Lo mismo va por un par de escenas sexuales explícitas. Otro de sus puntos débiles es el poco balance entre los protagonistas, por el poco desarrollo del personaje de ella. El Henry McHenry de Driver es el verdadero protagonista y el actor —hijo de un ministro baptista sureño y una nativa americana que elige muy bien sus proyectos y a quien ya habíamos oído cantar en Historia de un matrimonio— hace un trabajo espectacular mostrando a un personaje que va directo al abismo. Hay momentos sublimes, como el desquiciado acto «cómico» de McHenry, apodado «el simio de Dios», o el monólogo en plano secuencia circular de Simon Helberg —el tercer actor que interviene en la trama— mientras dirige una orquesta. El final justifica parte del surrealismo con una metáfora que resulta muy adecuada. Vale la pena verla con ojo atento, también para detectar los divertidos cameos de los hermanos Mael y hasta uno de la cantautora mexicana Natalia Lafourcade. Un buen ejemplo de lo que el cine puede sintetizar del teatro y la música en un arte propio, visualmente poderoso.

La extrañeza de que Annette sea una marioneta tiene un sentido metafórico dentro del surrealismo.

(2021) EE.UU., Francia
DIRECCIÓN Leos Carax
GUION Historia original de Ron Mael y Russell Mael
FOTOGRAFÍA Caroline Champetier
MÚSICA SPARKS (Ron Mael y Russell Mael)
REPARTO Adam Driver, Marion Cotillard, Simon Helberg, Devyn McDowell

Old

Pesadilla temporal

M. Night Shyamalan, el cineasta maldito, decepciona de nuevo. Fiel a sus temas, presenta a un grupo de personajes en una situación paranormal, en este caso una playa en donde el tiempo transcurre mucho más rápido haciendo que los personajes crezcan y envejezcan muchos años en pocas horas. Una parábola que podría haber salido de la mente de un Cortázar o de un Bioy Casares —en realidad es una adaptación de la novela gráfica Sandcastle— pero que en cine resulta problemática de contar. El reparto está compuesto por los rostros conocidos del mexicano Gael García Bernal, la luxemburguesa Vicky Krieps (El hilo invisible), el inglés Rufus Sewell (Corazón de caballero, El padre), la neozelandesa Thomasin McKenzie (Jojo Rabbit), el estadounidense Alex Wolff (Hereditary) y la australiana Eliza Scanlen (Mujercitas).

El director, hijo de inmigrantes indios en Estados Unidos, quiso contar con un reparto internacional que con sus distintos acentos representen personajes universales.

Como en Diez negritos de Agatha Christie, los personajes se van reduciendo, y la cuenta regresiva, que es tan propicia para el suspense, aquí es más evidente que nunca. También hay un cierto sabor a la icónica serie Lost, al suceder en una isla en la que sucede algo misterioso a un grupo de personajes. La playa de la que no se puede escapar podría recordar a El ángel exterminador de Buñuel, pero lo que en aquella era surrealismo aquí quiere ser ciencia ficción y se estrella. Por supuesto que la trama requiere la consabida suspensión de la incredulidad, pero incluso así es difícil de sostenerse siguiendo las reglas del propio relato (todos envejecen y sufren distintos procesos de paso del tiempo… excepto que no les crece el pelo, por decir uno). Estéticamente también deja que desear, y en momentos parece uno estar viendo una serie televisiva de las de antes, además de algunos detalles que obligan a quitar la vista de la pantalla por lo desagradables. El casting (para los personajes que empiezan la trama siendo niños) y el maquillaje (para los que la empiezan siendo adultos y envejecen) están bastante bien y el final, con todo, es medianamente satisfactorio. Shyamalan cumple con su sello de dar un final que explica la historia y tiene siempre un giro. La película también permite una reflexión sobre el paso del tiempo y la fugacidad de la vida, aunque la propia cinta no lo plantea como tal. En fin, una película que pasa como una ola más en la playa del tiempo, sin apenas dejar huella.

Shyamalan interpretando a uno de los personajes secundarios, otro de sus sellos.

(2021) EE.UU.
DIRECCIÓN M. Night Shyamalan
GUION M. Night Shyamalan basado en la novela gráfica de Pierre-Oscar Lévy y Frederik Peeters
FOTOGRAFÍA Mike Gioulakis
MÚSICA Trevor Gureckis
REPARTO Gael García Bernal, Vicky Krieps, Rufus Sewell, Thomasin McKenzie, Alex Wolff, Eliza Scanlen, Abbey Lee, Ken Leung, Nikki Amuka-Bird, Aaron Pierre, Emun Elliot, Embeth Davidtz, Kathleen Chalfant, Gustaf Hammarsten, Francesca Eastwood, Kailen Jude

The Green Knight

Lo medieval posmoderno

La leyenda de Sir Gawain y el Caballero verde es una de las más populares del ciclo artúrico, inmortalizada en un célebre poema medieval inglés. Esta adaptación cinematográfica se antoja muy actual y muy sugerente, sobre todo por estar producida por el estudio A24 —responsable de las más exitosas películas recientes de estilo independiente, como Moonlight, The Lobster, Lady Bird, Hereditary, The Florida Project o Uncut Gems, entre otras— y por estar escrita y dirigida por David Lowery, conocido por películas tan originales como A Ghost Story, también de A24. El resultado es una película de gran riqueza visual y sí, muy original, aunque a ratos lenta y casi siempre críptica, que puede resultar fascinante en algunas cosas pero principalmente difícil de conectar para el gran público.

Gawain (Dev Patel) es sobrino del Rey Arturo (Sean Harris) y uno de los caballeros de la mesa redonda. Un día de Navidad, la celebración de los caballeros es interrumpida por la aparición de una figura sobrenatural, el Caballero Verde (Ralph Ineson) quien reta a los presentes a un juego: uno de ellos podrá enfrentarse con él, pero él cobrará el mismo golpe dentro de un año. El joven Gawain acepta el reto y el Caballero verde ofrece su cuello sin defenderse. Gawain lo decapita y el Caballero verde recoge su cabeza y se retira recordando la promesa del juego. Un año después, Gawain deberá marchar en busca del Caballero verde y enfrentar su destino.

El mayor acierto de esta película es el modo posmoderno en que retrata lo medieval, empezando por el hecho de que un caballero de la mesa redonda sea interpretado por un actor sí británico pero de rasgos indios (el cada vez más ascendente Dave Patel, que por cierto también recientemente dio un rostro más transnacional a otra figura emblemática literaria: el David Copperfield de Charles Dickens). La película es y se siente actual, experimentando con un exquisito diseño de producción y de vestuario de inspiración medieval. La fotografía de Andrew Droz Palermo, colaborador habitual de Lowery, aprovecha los amplios paisajes y las locaciones medievales de piedra y ventanas angostas. La música de Daniel Hart recupera coros y motivos medievales y es de lo mejor y más significativo de la película.

Por su simplicidad y su popularidad es una historia difícil de adaptar. Lowery apuesta por algunos simbolismos y episodios añadidos —aunque tomados del mismo universo narrativo, como el encuentro con Santa Winifred o la presencia del zorro— aunque esto mismo es lo que hace la película un poco tediosa y confusa. Igualmente resulta difícil empatizar con el protagonista, pues su motivación y contexto no son del todo claros. Más que a un género de aventuras o de fantasía, como la trama sugeriría, en su tono se acerca más a The Witch o a El faro (ambas también de A24) sin el elemento de terror. Vale la pena verla por la propuesta visual y sonora y, aunque hacia el final del segundo acto pasa por su momento más flojo, compensa con los últimos veinte minutos que son una clase maestra de narrativa audiovisual.

(2021) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION David Lowery
FOTOGRAFÍA Andrew Droz Palermo
MÚSICA Daniel Hart
REPARTO Dev Patel, Alicia Vikander, Joel Edgerton, Ralph Ineson, Sean Harris, Kate Dickie, Sarita Choudhury

Cruella

Origen de una genial sociópata

En su estrategia de volver a exprimir sus grandes clásicos animados, Disney pone ahora los ojos en una de las mejores villanas que ha aportado a la cultura popular: la excéntrica Cruella de Vil, esa mujer dispuesta a todo por lograr un hermoso abrigo de piel de dálmata, poseedora de una maldad proporcional a lo banal de su objetivo. En fin, como hicieran con Maléfica hace varios años, esta cinta sobre el origen del personaje la convierte en la protagonista e inventa un contexto que lleve al espectador a empatizar con ella y comprender su maldad.

Y para hacerlo, el estudio del ratón no escatimó recursos, formando un equipo de primera que nos recuerda que el cine es un arte colectivo. Al frente está el director Craig Gillespie, recientemente conocido por la excelente I, Tonya. En el departamento del guion, la combinación habla por sí sola: el guion es de la escritora de comedia Dana Fox y de Tony McNamara (nominado al Oscar por el guion de La favorita) sobre una historia de Aline Brosh McKenna (escritora de The Devil Wears Prada, situada en el mundo de la moda y con la que Cruella tiene muchas similitudes), Kelly Marcel (autora de Saving Mr Banks, otra de Disney para un público adulto nostálgico) y Steve Zissis (escritor de la serie Togetherness). Todo ello a partir de la novela original de Dodie Smith que inspiró todo y naturalmente la película animada de Disney de 1961 y el excelente live-action (antes de la obsesión de Disney con los live-actions) de 1996 con Glenn Close, quien por cierto es una de las productoras de esta cinta.

Son muchos los aciertos de esta película que la hacen original a pesar de las recreaciones previas del personaje. Uno de ellos es aprovechar los rasgos de la villana en ciernes para situar el universo narrativo en el mundo de la moda del Londres de la década de 1970. El diseño de vestuario de la experimentada Jenny Beavan (2 Oscares en esa categoría y otras 8 nominaciones) es una delicia en sí mismo y explota el que se trate de una película sobre moda en muchos sentidos. En esa línea, el soundtrack es también excelente, con canciones de Los Rolling Stones, Queen, The Clash, Joe Tex, David Bowie, Nina Simone, Nancy Sinatra y un largo etcétera.

De poco hubiera servido todo ese revestimiento si no fuera por la excelente interpretación de las dos Emmas protagónicas: Emma Stone, la estrella de este espectáculo que logra el salto mortal de hacer empática a la villana —y muy cool— y dar su propia versión del personaje más allá del icono animado que vive en nuestras mentes y de la célebre interpretación que hiciera también Glenn Close en su momento. Por su parte, Emma Thompson, interpreta a una finísima y muy mala villana capaz de opacar a la misma Cruella. Y es que Thompson es de esas actrices capaz de transformarse en cualquier cosa, además de estar dispuesta a hacerlo (un Olimpo de la actuación femenina donde habitan no muchas actrices: Meryl Streep, Julianne Moore, Tony Collete, la propia Glenn Close y poco más).

Está lejos de ser una película perfecta, los personajes secundarios resultan un tanto huecos (esa desilusión de Jasper, degradado de amigo a secuaz de la protagonista, mal resuelta y por otro lado innecesaria), el CGI es bastante lamentable y el final incluye un pequeño deus ex machina desalentador. Sin embargo, resulta una película bastante original y de mucha calidad dentro de esta época de poca creatividad en Disney. Las referencias a las películas anteriores, en ese sentido, son de lo mejor (¡no se pierdan la escena poscréditos!).

FICHA TÉCNICA
(2020) EE.UU.
DIRECCIÓN Craig Gillespie
GUION Dana Fox, Tony McNamara, Aline Brosh McKenna, Kelly Marcel, Steve Zissis basados en la novela de Dodie Smith
FOTOGRAFÍA Nicolas Karakatsanis
MÚSICA Nicholas Britell
REPARTO Emma Stone, Emma Thompson, Joel Fry, Paul Walter Hauser, Mark Strong, John McCrea, Kirby Howell-Baptiste