El milagro del Padre Stu

Encontrando el rumbo

Esta película cuenta la historia real de Stuart Long, un hombre apasionado que pasó del boxeo amateur a la actuación amateur para luego convertirse al catolicismo para poder salir con una chica católica y finalmente decidirse a ser sacerdote católico antes de padecer una grave enfermedad. Desde luego una vida interesante, pero llena de retos para ser llevada a la pantalla. Por un lado, por la cantidad de cosas que pasaron en la vida de este hombre, difíciles de condensar de un modo fluido en un largometraje de dos horas; por otro lado, la centralidad de un conflicto espiritual, siempre difícil de contar con imágenes; por no obviar que puede convertirse en una «película católica», que busque convencer de un mensaje más que contar una historia. Pero una serie de buenas decisiones la hace salir airosa de todos esos escollos.

La simpatía de Mark Whalberg se gana a la audiencia desde el inicio

La cinta es el primer largometraje de Rosalind Ross, quien lo escribe y lo dirige. Sin quitarle mérito, Ross es la actual pareja de Mel Gibson, quien también figura en la cinta y además de ser un gran actor (uno de los más grandes hace un par de décadas) se ha convertido en una de las figuras católicas más importantes de Hollywood (entre otras famas no positivas). Otra figura similar es Mark Wahlberg, un actor católico que no necesariamente se involucra en proyectos de esta temática, pero que en este caso se metió hasta las cejas: es también productor de la cinta, que terminó por solventar desde su bolsillo, y al protagonizarla es sin duda el principal gancho y, todo sea dicho, la principal virtud de la cinta. A pesar de esta clara intención positiva (y del pésimo título que se le puso en español), no es una película «católica» o moralizante, los personajes no son ejemplares, dicen malas palabras, hay mucho humor también con los asuntos religiosos y eso junto con la historia y la excelente selección de música country ayudan a hacerla una buena película y muy normal (amén de la sobreabundancia de planos cerrados de los personajes, una decisión de fotografía que llega a ser cansada).

El fracaso de la figura paterna del protagonista es uno de los temas centrales de la cinta

Mark Wahlberg demuestra el tremendo actor que es a varios registros en una película que gira en torno a él y se lo pone en bandeja, y que bien le valdría una nominación al Oscar si no fuera por la temática de esta película tan poco afín a los gustos de la Academia. Mel Gibson y Jacki Weaver también están a la altura de sus trayectorias como los padres de Stu, ateos, separados y extrañadísimos de la decisión de su hijo. La mexicana Teresa Ruiz aguanta el tipo en un reparto de esta altura que hasta incluye al ícono del cine Malcolm McDowell como el rector del seminario. En fin, un buen ejemplo de cómo se puede hacer cine que aborde estos temas sin ser mojigato, siendo entreteniendo y con personalidad, con la historia potente de un hombre que también encontró su rumbo con Dios sin perder su personalidad.

La película resalta la «buena taquilla» de un sacerdote sincero y simpático

(2022) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Rosalind Ross
FOTOGRAFÍA Jacques Jouffret
MÚSICA Dickon Hinchliffe
REPARTO Mark Wahlberg, Mel Gibson, Jacki Weaver, Teresa Ruiz, Malcolm McDowell

The Northman

Mito y violencia

Antes de Hamlet estuvo Amleth. La leyenda escandinava del joven príncipe que debe vengar a su padre el rey, asesinado por el tío que se queda con el reino y con la madre, en la cual se basó Shakespeare para su archiconocida obra. Es esta leyenda la que retoma este proyecto de Robert Eggers que mantiene la línea estética y de género de sus dos primeros largometrajes: La bruja y El faro. Cuenta la historia de Amleth quien de niño huye cuando su tío asesina a su padre y que, tras criarse con unos fieros guerreros, buscará volver para vengarse. De paso, abre una puerta a varias figuras importantes del cine escandinavo: el escritor islandés Sjón (Bailando en la oscuridad, Lamb) escribe el guion junto con Eggers, y protagonizan Alexander Skarsgård (también productor de la cinta y proveniente de la familia sueca de actores más conocida de Hollywood: su padre fue el villano en la reciente Dune, entre otros papeles, y su hermano es el payaso Pennywise de las nuevas It), el danés Claes Bang (The Square) y hasta la islandesa Björk, además de actores consentidos de Eggers como Anya Taylor-Joy y Willem Dafoe, a quienes se suman Nicole Kidman e Ethan Hawke. Nada menos.

La violencia de la cinta es naturalista a pesar de estar en un contexto mítico

El conjunto es una cinta visualmente notable, a ratos predecible pero también bastante desconcertante en muchos puntos (basta conocer las otras cintas de Eggers para saber que eso es una constante suya). Esto último no es un demérito, sino que hace a la película original y no solo una versión de Hamlet o de El Rey León al estilo de la serie Vikingos. Por el contrario, muchas veces se siente como un estudio antropológico de esa era, a la cual se acerca con apertura y sin querer imponer cánones actuales, más bien nos presenta un mundo pagano pero de profundas creencias religiosas, donde se cree en rituales, espíritus, oráculos, brujos, brujas y demonios. Varias secuencias se detienen en estos aspectos, por otro lado muy bien documentados, que tampoco son del todo necesarios para la trama. La música y la fotografía son excelentes, aunque en servicio de esta visión ya mencionada, a caballo entre la investigación antropológica, la recreación mitológica (esa secuencia de la valquiria) y la abundante, cruda y desenfrenada violencia. Las referencias cinematográficas van desde la rusa Ven y mira hasta Conan y el cine de Lars Von Trier. Una experiencia cinematográfica interesante, mientras uno no espere una película convencional.

Es la tercera participación en cine de la cantante islandesa Björk a lo largo de 22 años

(2022) EE.UU.
DIRECCIÓN Robert Eggers
GUION Sjón & Robert Eggers
FOTOGRAFÍA Jarin Blaschke
MÚSICA Robin Carolan & Seb Gainsborough
REPARTO Alexander Skarsgård, Anya Taylor-Joy, Nicole Kidman, Ethan Hawke, Claes Bang, Willem Dafoe, Björk, Gustav Lindh

CODA

Auténtica inclusión

CODA son las siglas de «Child Of Deaf Adults», hijo o hija de adultos sordos, una categoría no obvia pero central para quien tiene el reto de ser una persona que puede escuchar pero que crece en un ambiente adaptado a personas sordas. Ruby (Emilia Jones) ha crecido en un ambiente así, al ser sordos sus padres y su hermano mayor. En el colegio se metían con ella de chica, pues no sabía modular su voz y «hablaba como los sordos». Con el tiempo se convirtió en intérprete entre su familia y el resto de la comunidad en el pequeño pueblo pesquero en que viven, un rol cada vez más imprescindible en su dinámica familiar y que impide que Ruby persiga su verdadero sueño que su familia jamás podrá apreciar: ser cantante. Y es que «coda» también significa «adición brillante al período final de una pieza de música».

La vida cotidiana con unos padres sordos, a los que hasta al médico hay que acompañar, refleja los retos de unos y otros

Estamos ante el remake de una película francesa que enmienda algunas críticas que recibió aquella respecto a la inclusión. Así, en esta versión la directora Sian Heder solo contrató a actores sordos para interpretar a los personajes sordos, lo cual además de haber sido un reto tiene un efecto que se siente auténtico y armónico. Al tratarse de una comedia con un mensaje positivo, los conflictos a partir de la discapacidad auditiva de varios de los personajes se tratan con franqueza y con bastante humor, a pesar de no reducir el drama que estos implican. Una película agradable y positiva pero no sobresaliente cuya nominación al Oscar a Mejor película solo se entiende al considerar los estándares que la Academia adoptó recientemente sobre dar peso a la inclusión de minorías en las películas que opten a esa categoría.

El público latino reconocerá al cómico mexicano Eugenio Derbez en un papel central que también rompe estereotipos

(2021) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Sian Heder
FOTOGRAFÍA Paula Huidobro
MÚSICA Marius De Vries
REPARTO Emilia Jones, Troy Kotsur, Marlee Matlin, Daniel Durant, Ferdia Walsh-Peelo, Eugenio Derbez

Drive My Car

Las heridas de la vida

Película japonesa que ha arrasado con todos los premios principales como película extranjera, además del premio de guion así como del jurado ecuménico en el Festival de Cannes. Nominada al Oscar a Mejor película además de a Mejor película extranjera, que es una moda que ha adquirido la Academia para elegir una favorita entre las películas extranjeras de antemano. En todo caso algo bien merecido, si bien se trata de una cinta minimalista, con poca acción y de un ritmo lento (los créditos iniciales aparecen nada menos que a los 40 minutos, dentro de las tres horas de duración) y muy contemplativo, en el que los procesos trágicos van por dentro y casi no afloran, algo muy en sintonía con la cultura japonesa.

En nuestras sociedades individualistas a veces la única conexión posible surge de la necesidad del trayecto

El protagonista, Yûsuke Kafuku, es un talentoso director teatral que perdió a su esposa tras descubrir un terrible secreto. Kakufu es contratado para montar una obra de teatro en otra ciudad, pero su proceso creativo y ritual de repasar sus líneas en los largos trayectos en automóvil se ve alterado cuando los productores lo obligan a tener un chofer: una joven discreta que carga también con sus propias heridas.

La película se toma su tiempo para mojar lentamente, como la humedad

La cinta es una bella armonización de intertextos, por un lado el relato corto del eterno-casi-Premio-Nobel japonés Haruki Murakami, de donde procede el título y la trama pero que la cinta amplía por mucho. Por otro, la mítica obra teatral de Antón Chéjov, Tío Vanya, que es la pieza que los personajes están montando y que se recomienda conocer para entender la película a fondo. Dentro de la historia, el personaje de Kakufu invita a sus actores a fundirse con el texto lentamente, como él mismo hace, a pesar del dolor que eso le implica, y como de algún modo el director Ryûsuke Hamaguchi pretende que hagamos también nosotros como espectadores, hasta alcanzar la deseada catarsis de sanación junto a sus personajes. La espera vale la pena.

El teatro en el cine: la cinta apela al público culto a través de un protagonista culto también

(2021) Japón
DIRECCIÓN Ryûsuke Hamaguchi
GUION Ryûsuke Hamaguchi y Takamasa Oe a partir del relato corto de Haruki Murakami
FOTOGRAFÍA Hidetoshi Shinomiya
MÚSICA Eiko Ishibashi
REPARTO Hidetoshi Nishijima, Tôko Miura, Toshiaki Inomata, Reika Kirishima, Park Yu-rim, Jin Dae-yeon

Belfast

El prisma de la infancia

No es ningún secreto que cuando Kenneth Branagh vio Roma de Alfonso Cuarón quiso hacer algo semejante. Una película que fuera en cierto modo autobiográfica, partiendo de sus recuerdos de infancia. Branagh es un actor bien conocido (muchos lo ubicarán por ser el rostro del vanidoso Gilderoy Lockhart en la segunda película de Harry Potter, o más recientemente el del detective Hercule Poirot) y un director prolífico: desde sus múltiples adaptaciones cinematográficas de Shakespeare (con quien está obsesionado) hasta películas de Disney como La Cenicienta, de Marvel como la primera Thor, o las recientes adaptaciones de novelas de Agatha Christie, Asesinato en el Oriente Express y Muerte en el Nilo, entre otras. Branagh pasó los primeros 9 años de su vida en su natal Belfast, de donde salió con su familia a causa del conflicto violento entre protestantes y católicos que peleaban por la independencia de Irlanda del Norte respecto del Reino Unido, un conflicto muy fecundo cinematográficamente.

El joven protagonista y su temprano amor por el cine

Como en toda película, aquí es decisivo el punto de vista. Branagh no centra su filme en el complejo problema político-social, ni toma una visión ajena como la de la protagonista de Roma. Belfast está contada desde los ojos de la infancia. Ahí resulta crucial la interpretación del pequeño Jude Hill, de 11 años, a quien sigue la película y que muestra muy bien las ilusiones, dudas y miedos de un niño de su edad. Los demás personajes son naturalmente mostrados con cierta admiración y nostalgia: la madre fuerte sufriente (Caitriona Balfe), el padre valeroso y de convicciones firmes (Jamie Dornan), la abuela sabia y dulce (Judi Dench) y el abuelo socarrón pero profundo (Ciarán Hinds). En ese sentido es cercana a Minari, nominada el año anterior.

Unos padres jóvenes y enamorados

La cinta es en blanco y negro, lo cual le da una estética particular y refuerza la intención nostálgica. Momentos específicos de color hacen resaltar aspectos como la impresión del niño protagonista frente al cine, aunque su inclusión en el arranque con tomas de la Belfast actual le dan un aire de anuncio de agencia de viajes. Las múltiples canciones del también norirlandés Van Morrison subrayan el patriotismo que transpira toda la cinta, y dan un toque alegre y ligero a los acontecimientos que suceden en un entorno tan conflictivo. En fin, el conjunto es una película bella y con valores familiares, mirada desde unos ojos infantiles que aún no han sido manchados.

Abuelos nominados: la octava nominación al Oscar de Judi Dench (87 años) y la primera de Ciarán Hinds (69 años)

(2021) Reino Unido
DIRECCIÓN Y GUION Kenneth Branagh
FOTOGRAFÍA Haris Zambarloukos
REPARTO Jude Hill, Caitriona Balfe, Jamie Dornan, Judi Dench, Ciarán Hinds, Lewis McAskie

Licorice Pizza

Cosas de juventud

Este es el noveno largometraje —como las sinfonías— de Paul Thomas Anderson. PTA es uno de los cineastas vivos más importantes: sus 11 nominaciones al Oscar lo respaldan, si bien no está claro que algún día le den uno, por no ser un hombre que siga la agenda social del momento (a la que juega la Academia) sino nada más —y nada menos— que un hombre de Cine. Sí, en este caso con mayúscula. Sus películas, filmadas siempre en celuloide, tienen ese aire clásico de cuando el «Nuevo Hollywood» era nuevo, con directores como Francis Ford Coppola o Martin Scorsese. Sus guiones, siempre de su autoría, no siguen la estructura narrativa clásica, ni falta que les hace. PTA se recrea en detalles, en momentos sublimes, en personajes únicos.

Este director tiene la capacidad de convertir a personas reales en personajes cinematográficos

Licorice Pizza es la obra más personal del director. Como Alfonso Cuarón en Roma, Tarantino en Once Upon a Time… in Hollywood o este año Kenneth Branagh en Belfast, PTA toma como referencia su memoria y juventud y nos lleva de viaje al Valle de San Fernando, en California, en el verano de 1973, donde transcurrió su adolescencia. Y nos cuenta la historia de cómo un adolescente se enamora de una chica mayor que él, en una trama episódica, sin especiales transformaciones ni especiales conclusiones. También es personal por la implicación suya y del equipo: PTA dirige, escribe y hace la dirección de fotografía (compartiendo el crédito con su ayudante Michael Bauman). Los protagonistas son dos debutantes que el propio director convenció para actuar: Cooper Hoffman es el hijo del difunto Philip Seymour Hoffman, tremendo actor y amigo personal de PTA; y Alana Haim es la hija de una familia amiga del director desde su infancia (la madre fue su profesora) a quien ha dirigido en algunos videos musicales de su banda, y por cierto actúa toda la familia representándose a ellos mismos en pantalla.

La película resuma cariño hacia el californiano valle de San Fernando, donde fue filmada y donde transcurre la acción

Las referencias cinematográficas son constantes y abundantes. En primer lugar dentro de la propia historia: Sean Penn interpreta a Jack Holden, referencia al actor William Holden que efectivamente en esos años vivía de su fama y haciendo desplantes temerarios como el de su episodio en la película; Bradley Cooper es Jon Peters, productor y novio entonces de Barbra Streisand, que parece que tampoco era tan distinto al estrambótico retrato que de él se hace en una de las mejores secuencias del filme. Son algunas de las muchas figuras reales que salen en la película, como el político Joel Wachs interpretado por el cineasta Ben Safdie. Las referencias también son en el estilo y la trama, desde a American Graffiti (ópera prima de George Lucas que se estrenó justo en el verano de 1973 y que es homenajeada hasta en el formato de los créditos iniciales) hasta Taxi Driver, cuando la protagonista trabaja en una campaña política y es aparentemente acosada por un hombre misterioso. Las referencias son también externas y para conocedores de la escena angelina: uno pestañea y se pierde un cameo de John C. Reilly disfrazado de Frankenstein, o del papá de Leonardo DiCaprio, George DiCaprio, vendiendo camas de agua.

La interpretación demencial de Bradley Cooper es de lo más divertido de la cinta

«Licorice pizza», literalmente «pizza de regaliz», es como la gente joven llamaban a los discos de vinilo en esa época, por su forma y textura. Es un título que hace referencia a una época y a una generación. Pudo haberse llamado «Soggy Bottom» (el nombre de la empresa de camas de agua del protagonista, que incluso fue uno de los títulos de trabajo de la producción) o «Pinball Palace», otro de sus emprendimientos hacia el final de la cinta. El traslado a esa época de los primeros 1970’s se vuelve definitivo con el excelente soundtrack, que incluye a Nina Simone, The Doors, Paul McCartney o David Bowie, entre otros, completado convenientemente por la música original de Jonny Greenwood, el miembro de Radiohead que ha hecho la música de la mayoría de cintas de PTA y este año también la de El poder del perro, que le valió su segunda nominación al Oscar. En fin, una cinta que confirma una máxima del séptimo arte: que cuando algo personal —incluso muy personal— está bien hecho por un artista se convierte en algo universal, que mucha gente puede apreciar y disfrutar. Finalmente todos hemos sido jóvenes.

Con las actuaciones de varios adolescentes, la película es una oda a la juventud

(2021) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Paul Thomas Anderson
FOTOGRAFÍA Paul Thomas Anderson y Michael Bauman
MÚSICA Jonny Greenwood
REPARTO Cooper Hoffman, Alana Haim, Sean Penn, Bradley Cooper, Ben Safdie, Skyler Gisondo, Mary Elizabeth Ellis, John Michael Higgins, Harriet Hansom Harris, Christine Ebersole, Tom Waits, Nate Mann, Joseph Cross

West Side Story

El clásico vuelve a bailar

Qué arriesgado es hacer un remake de un clásico, y más queriendo mantener todos sus elementos principales —en este caso, la música inmortal de uno de los mejores musicales jamás hechos— e incluso haciendo referencia explícita a la película original. Ahora, si eres Steven Spielberg la cosa cambia bastante. El icónico director es un auténtico fan de West Side Story desde su niñez, y acariciaba el sueño de alguna vez hacer él esa película. Finalmente lo hizo y el resultado es sorprendente, pues no es una actualización de la película original 60 años después, sino que la hizo con todo amor a ese clásico y con los medios disponibles hoy, logrando algo que, por polémico que sea decirlo, en conjunto es mejor que la película original.

Técnicamente impecable, como comprueban sus nominaciones a Mejor fotografía, diseño de producción y vestuario

Es sabido que la historia parte de Romeo y Julieta de Shakespeare: el amor súbito entre dos adolescentes pertenecientes a dos bandos enemistados, familias rivales en la obra isabelina, y en el musical grupos sociales opuestos en el Nueva York de los años 50. Tony es uno de los fundadores de una banda de chicos caucásicos, los Jets, que reformado tras salir de la cárcel busca llevar una vida tranquila y ser alguien de bien, aunque su amigo Riff lo sigue llamando a tomar su lugar al frente de los Jets. María es la hermana de Bernardo, el líder de los Sharks, que representan a la comunidad puertorriqueña y enemigos a muerte de los Jets. El amor repentino entre Tony y María, que se conocen en un baile, dispara la tragedia.

Hay gran química entre los protagonistas, a pesar de la no ideal marcada diferencia de estatura

A los elementos originales del musical, la música de Leonard Bernstein y las letras de Stephen Sondheim, Spielberg aplica su talento y experiencia y la de su equipo habitual de colaboradores. Tony Kushner adaptó la historia a un guion más ágil y fresco. Janusz Kaminski desde la cinematografía emula el look de la cinta original, a la vez que se permite algunos virtuosismos con la cámara, más notables en las escenas de baile o de pelea. Spielberg le pidió al director de orquesta Gustavo Dudamel que hiciera lo propio frente a la Filarmónica de Nueva York y luego con la Filarmónica de Los Ángeles. El reparto lo conforman principalmente profesionales de Broadway, con excepción de los protagónicos en los que brillan Ansel Elgort (Baby Driver) y la revelación de Rachel Zegler como María en su primera película a partir de un casting de 30 mil chicas. Aunque se llevan la película las dos Anitas: Rita Moreno, quien interpretó a Anita (mejor amiga de María y novia de Bernardo) en 1961 y aquí hace de Valentina, un personaje que era varón (Doc) en aquella versión y Fray Lorenzo en la obra de Shakespeare, y que constituye el homenaje a la película original; y la talentosa afro-latina Ariana DeBose, a quien le preocupaba que su piel fuera demasiado oscura para el papel, y que hoy está nominada al Oscar a Mejor actriz de reparto por su espléndida interpretación.

Una de las más marcadas —y más acertadas— diferencias con el original fue trasladar el número «America» de la azotea a las calles

De paso esta versión ajusta algunas deudas sociales que la versión clásica había dejado: mientras muchos de los personajes latinos no eran tales, incluso varios de ellos siendo maquillados para verse morenos, Spielberg quiso solamente incluir actores latinos en esos papeles. Se incluyen breves diálogos en español, que a propósito no van subtitulados en inglés, con afán de hacer una película bicultural. Por otro lado, aquí sí cantan los protagonistas, mientras en aquella versión eran sustituidos con otras voces. Incluso se adapta el personaje de Anybodys, originalmente una chica que quería ser parte de los Jets y aquí un personaje transgénero interpretado por el actor no binario Iris Menas. En fin, a pesar de su lamentable fracaso en taquilla que no alcanzó ni el gasto de presupuesto (le afectó una mezcla entre el aumento de casos de covid por la variante ómicron en su estreno, y el ser seguida por Spiderman: No Way Home el siguiente fin de semana), es una película excelente dentro de su género (musical clásico) y que se sostiene en un tema tan poderoso como el enamoramiento con el telón de fondo de la enemistad social y el racismo que, tristemente, sigue siendo hoy tan actual como en 1961 o incluso más, incluso más.

Rita Moreno (Anita en el original, Valentina en este) tuvo gran parte en el proyecto, también como productora

(2021) EE.UU.
DIRECCIÓN Steven Spielberg
GUION Tony Kushner basado en la obra teatral de Arthur Laurents
FOTOGRAFÍA Janusz Kaminski
MÚSICA Leonard Bernstein
REPARTO Ansel Elgort, Rachel Zegler, Ariana DeBose, David Alvarez, Mike Faist, Rita Moreno, Corey Stoll, Brian D’Arcy James, Josh Andrés Rivera, Iris Menas

The Batman

El héroe posmoderno

Vivimos de los mitos, esas historias que podemos ver una y otra vez, la lucha eterna entre la luz y la oscuridad, el bien y el mal. Entre los superhéroes —nuestra mitología actual—, el hombre murciélago sigue siendo el más sugerente, quizá porque no es un superhombre con poderes especiales sino solo un hombre con pericia (y dinero), que se enfrenta a los crímenes de su ciudad. Por eso aceptamos ver su historia de nuevo, aunque la calidad de las películas anteriores establezca un estándar muy alto. La versión del director Matt Reeves (Cloverfield, Dawn of the Planet of the Apes) consigue ser original a la vez que icónica y —se dice fácil— no decepciona, sino todo lo contrario.

Batman con un aire más orgánico y algo retro. El superhéroe que evoluciona con su público

Esta versión de Batman es más oscura, se aleja del omnipresente cine de superhéroes situándose más cerca del film noir y el thriller psicológico. Busca un tono más realista, cercano al de las cintas del superhéroe dirigidas por Christopher Nolan, aunque más pesimista, más oscuro. A este estilo contribuye la fotografía de Greig Fraser, donde resalta el color rojo en la oscuridad, y la banda sonora que se permite combinar desde canciones de Nirvana hasta usar el Ave Maria de Schubert como leitmotiv, sin dejar de hacer referencia a los temas de las anteriores versiones de Batman desde esta música original de Michael Giacchino.

Al quitarse la máscara Bruce Wayne revela la pintura en sus ojos: un detalle estético y psicológico

Robert Pattinson —quien desde hace unos años ya no tiene que demostrarle a nadie que es más que un rostro bonito de Twilight— encarna a un Bruce Wayne/Batman más joven pero también más humano, más frágil y más atormentado que sus predecesores. Es, sobre todo, un detective, que debe valerse de su inteligencia para vencer al Acertijo (Paul Dano), un villano que podría ser el asesino de Se7en o de la saga Saw (está inspirado en el asesino del Zodiaco), más cercano al Joker demente de The Dark Knight (2008) y afortunadamente muy lejano del estrambótico Acertijo que interpretó Jim Carrey en Batman Forever (1995). El resto del reparto también es de primer nivel, desde el siempre excelente Jeffrey Wright como el primer Comisionado Gordon afroamericano, hasta un irreconocible Colin Farrell que con mucho maquillaje encima encarna a un Pingüino gángster.

Esta versión del Pingüino está inspirado en el Fred Corleone de El Padrino

En momentos la cinta se enreda en demasiadas explicaciones sostenidas solo por diálogos, lo que contribuye a que sus tres horas de duración puedan sentirse excesivas. También por algunos momentos que parecen conclusivos, pero aún no son el final. Por otro lado, hay secuencias de acción o tensión espectaculares, que cumplen del todo para satisfacer al público. El conjunto es una película tan entretenida como con voz propia, con secuela garantizada y que demuestra que los temas que plantea son los de siempre pero más actuales que nunca: la violencia, la corrupción y la necesidad de justicia que todos anhelamos y esperamos que llegue aunque sea envuelta en la noche.

Zoë Kravitz, amiga de Pattinson de hace tiempo, interpreta a Gatúbela con gran química entre sus personajes

(2022) EE.UU.
DIRECCIÓN Matt Reeves
GUION Matt Reeves y Peter Craig
FOTOGRAFÍA Greig Fraser
MÚSICA Michael Giacchino
REPARTO Robert Pattinson, Zoë Kravitz, Paul Dano, Colin Farrell, Jeffrey Wright, Andy Serkis, John Turturro, Peter Sarsgaard

El callejón de las almas perdidas

Monstruos humanos

Unos años después de la era de la Gran depresión en Estados Unidos y unos antes de la Segunda Guerra Mundial, el joven Stanton Carlisle (Bradley Cooper) se une a un circo ambulante, en el que pronto aprende los trucos para engañar al público con supuestos poderes mentales. En el circo se enamora de su colega, la bondadosa Molly (Rooney Mara) y deciden marcharse juntos y montar un número de mentalismo en los elegantes salones de la sociedad norteamericana. Cuando Stanton conoce a la ambiciosa psicoanalista Lilith Ritter (Cate Blanchett) su alcance y su ambición empiezan a crecer y a acercarlo cada vez más al abismo.

Bradley Cooper, también productor de la cinta, acogió con entusiasmo esta interpretación

La última película de Guillermo del Toro es adaptación de una novela que a su vez había sido llevada al cine en 1947. Son conocidos los temas y géneros predilectos del cineasta mexicano, si bien en esta cinta no se adentra en el mundo de la fantasía sino que se mantiene de este lado de la realidad para criticar a los charlatanes y supuestos espiritistas —con los que lidió personalmente cuando lo contactaron para «ayudar» a localizar a su padre cuando éste fue secuestrado en México en 1998. Sin embargo, las huellas de su cine están ahí: una cinta de época y un acercamiento a un mundo mágico —en este caso, el oscuro mundo de los circos ambulantes, que se parecían más a esto que a la versión ingenua y edulcorada de The Greatest Showman— pero que pronto se torna en un retrato violento y pesimista de la naturaleza humana, de la que Del Toro tiene una visión sumamente oscura, si bien siempre rescata a un personaje en quien encarna el bien (Molly en este caso).

Pocos repartos pueden darse el lujo de que sus personajes secundarios sean interpretados por Toni Collette o Willem Dafoe

El talento del director mexicano, junto con los colaboradores que atrae su renombre, logran una cinta con manufactura de primera calidad (merecidas nominaciones de la Academia a Mejor fotografía, Diseño de producción y Vestuario, que no terminan de explicar que se le haya nominado a Mejor película igualmente). Lo mismo puede decirse de los actores, destacando Bradley Cooper a cuyo personaje se sigue toda la cinta y que sale airoso al encarnar a un protagonista despreciable, y a Cate Blanchett que se adapta al registro de su personaje y de la época hasta el punto de que uno cree estar viendo a una femme fatale de las que inauguraron ese arquetipo.

La australiana Cate Blanchett demuestra una vez más por qué es una de las mejores actrices de su generación

Sin ser tan explícita como otras de sus películas y pasándose de metraje (le sobra media hora), la cinta es entretenida. Un director que dice ser amoral plantea una película muy moral que refleja hasta dónde pueden llevar los caminos fatídicos de la ambición y recuerda que «ningún hombre puede escapar de Dios». La historia refleja cómo una sociedad sin religión termina buscando respuestas en lo más absurdo y para liberarse de sus culpas caen en manos de embusteros. El final es de antología: sorprendente pero inevitable, como deben de ser.

(2021) EE.UU.
DIRECCIÓN Guillermo del Toro
GUION Guillermo del Toro y Kim Morgan basados en la novela de William Lindsay Gresham
FOTOGRAFÍA Dan Laustsen
MÚSICA Nathan Johnson
REPARTO Bradley Cooper, Cate Blanchett, Rooney Mara, Toni Collette, David Strathairn, Willem Dafoe, Ron Perlman, Richard Jenkins, Mary Steenburgen