Otra ronda

Beber para vivir

Cada cierto tiempo, el cine danés destaca y cruza fronteras con una película de primer nivel. Es conocido su peculiar aporte en 1995 al cine mundial desde el movimiento “Dogma 95” —que propugnaba un cine directo, sin efectos ni artificios— por parte del controversial Lars Von Trier y de un cineasta que ha sido más discreto pero bastante consistente: Thomas Vinterberg. Este director presenta ahora esta película difícil de clasificar, que le ha valido la nominación al Oscar a mejor película extranjera y a él como director —una sorpresa agradable— y que parte de una premisa estimulante: cuatro profesores de bachillerato que deciden comprobar una teoría de que se vive mejor con un cierto grado de alcohol en la sangre en horas laborales.

Ocho años después de la excelente La caza (mi crítica aquí), una tragedia sobre un profesor de preescolar falsamente acusado de abuso sexual de menores, Vinterberg se asocia de nuevo con Tobias Lindholm para escribir un guion que podría suceder en el mismo universo narrativo. El mismo protagonista (Mads Mikkelsen, sin duda el rostro más internacional del cine danés) es nuevamente un profesor pero ahora de jóvenes que están en su último año de bachillerato. Sin embargo, si aquélla era una tragedia en toda regla, Otra ronda —cuyo título original, Druk, es una palabra muy particular del danés para referirse a una buena borrachera— tiene mucho de comedia, pero también de un profundo vacío existencial.

Como el alcohol en la vida, hay risas, momentos de liberación —la escena final es de antología— pero también momentos patéticos, cosas vergonzosas y situaciones dolorosas de cara a la familia y al trabajo. No es una película sobre el alcohol, sino sobre la vida. La película está dedicada a Ida, la hija del director que colaboraba con él en el proyecto y que falleció a los 19 años en un accidente automovilístico cuando habían empezado la preproducción. Lo que podía haber terminado con el proyecto terminó por volverse su inspiración, y la película encuentra así un peculiar balance, sin juzgar a sus personajes pero sin defenderlos, sin satanizar el consumo de alcohol pero mostrando las distintas consecuencias. La juventud está especialmente presente, al ser los personajes profesores que tratan con jóvenes y lidian con este tema en sus vidas: el prólogo con escenas de jóvenes alcoholizados es bastante elocuente en ese sentido.

El equipo artístico que colabora con Vinterberg cumple de sobra. La actuación de Mikkelsen es fabulosa —consigue todo un arco de emociones en una sola escena en un restaurante— y nos lleva con el director en ese viaje contradictorio que es el de una vida vacía que busca sentido. Sus tres colegas aportan más a la comedia, aunque cada uno está muy adecuado, especialmente Thomas Bo Larsen quien también tenía un papel importante en La caza, así como la esposa del protagonista. Visualmente la película es sobria, en servicio de la historia, y se agradecen los elegantes intertítulos sobre negro para mostrar, por ejemplo, los mensajes del smartphone y no los ya muy vistos globitos insertados sobre la imagen. Por último, la selección musical es muy acertada, desde un melancólico piano de Schubert hasta la onda funk de The Meters al ritmo de la cual se emborrachan los personajes. La canción original “What A Life” del grupo danés Scarlet Pleasure —basta ver el trailer de la película— es, en mi opinión, un hit inmediato. No busquen, en fin, moralejas en esta pieza de cine del bueno, pero sí una mirada a la vida y sus contradicciones cuando no hay un asidero y este se busca, en este caso, en el beber.

(2020) Dinamarca
DIRECCIÓN Thomas Vinterberg
GUION Thomas Vinterberg y Tobias Lindholm
FOTOGRAFÍA Sturla Brandth Grøvlen
REPARTO Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Magnus Millang, Lars Ranthe, Maria Bonnevie

Nuevo orden

Denuncia forzada

El cine del mexicano Michel Franco —consentido de los festivales— busca siempre provocar, por no decir perturbar. Esta vez lo hace desde una trama socio-política, a partir de la patente diferencia de clases sociales en México, aunque con elementos comunes a sus anteriores películas. En esta historia, la boda de una pareja de clase alta en la Ciudad de México es interrumpida por un grupo de “desfavorecidos” que irrumpen de una manera violenta e irracional. Franco idea una lucha de clases que se siente cercana por el contexto en que la sitúa, pero que se va alejando conforme avanza el metraje por la inverosimilitud de sus personajes que carecen de dimensiones y por sus giros de trama que, en su afán de ser lo más desoladores posible, se vuelven predecibles.

El arranque —tras una sugerente colección de planos descontextualizados, con los que se nos recuerda que estamos viendo “cine de arte”— es intrigante, planteando sutilmente la narrativa y anunciando el conflicto, con detalles como el de la pintura verde que utilizarán los agresores o la subtrama del antiguo trabajador de la familia rica cuya esposa necesita operarse de emergencia (un drama que la pandemia del covid, durante la que se estrenó la película, ha hecho más patente que nunca). Sin embargo, sin previo aviso se salta a la violencia desconcertante y se vuelve bastante irreal lo que podría haber sido una interesante ficción de denuncia social (como Parasite, con la que se la ha comparado injustamente). Una vez roto el “viejo orden”, las reacciones de los personajes reflejan una visión del mundo en la que todos son miserables: los ricos, a quienes no les importan ni sus madres ni sus esposas con tal de salvar el pellejo, y los pobres, que son todos unos resentidos esperando el momento de vengarse sin ninguna humanidad. Solo unos pocos personajes se salvan de esta generalización —la joven novia y la dupla madre-hijo que trabajan en su casa— y con quienes, claro, la historia más va a ensañarse.

No se da continuidad a los elementos más interesantes —el levantamiento social, por ejemplo— y a pesar de ser una trama tan dura, con tal de evitar el melodrama a toda costa, los personajes apenas si reaccionan y la trama avanza como si lo que acaba de ocurrir hubiera sido de lo más normal. De modo que la historia se siente falsa, pues no se sostiene: ¿qué sigue después del caos? Y lo que sigue es, por cierto, una militarización, que es la otra gran crítica de la cinta. Si la clase alta es nefasta y la clase baja es detestable y ruin, el ejército es un nido de corrupción que aprovecha esta situación para sacar partido del modo más miserable. A todo esto, Franco toma el punto de vista de la familia rica agredida, buscando que sea ese su público y alterarlo, llenarlo de miedo. Lo que logra, en mi opinión, es acentuar más una diferencia de clases que ya es grave, mostrando a los desaventajados como unas bestias sedientas de sangre que están esperando una alteración para matar y robar. El pérfido desenlace —no podría ser de otra manera— termina mostrando que los más afectados en el viejo orden también son los afectados en este nuevo orden, y hasta más. Quizá solo en eso no se aleja tanto de la realidad.

(2020) México
DIRECCIÓN y GUION Michel Franco
FOTOGRAFÍA Yves Cape
REPARTO Naian González Norvind, Mónica del Carmen, Diego Boneta, Darío Yazbek, Fernando Cuautle, Patricia Bernal, Lisa Owen, Roberto Medina, Enrique Singer, Gustavo Sánchez Parra

Pieces of a Woman

Maternidades

Un matrimonio joven. Ella está en la última fase de su embarazo. Después, la tragedia. La trama de Pieces of a Woman trata sobre el después. Lo que sucede cuando se va algo importante pero los protagonistas permanecen y deben lidiar con eso (un poco como hiciera Historia de un matrimonio, aunque en un tono muy distinto y más riqueza en aquel caso). Con un título acertado, esta película empieza con una fuerza sorprendente, para ir perdiendo ritmo y hasta interés. Sin embargo, vale mucho la pena verla al menos por ese comienzo: la primera media hora de la película dedicada casi enteramente a un parto casero en un plano secuencia —una sola toma— de antología.

Se trata del salto a Hollywood (vía Netflix) de una pareja creativa húngara bastante conocida ya en ciertos círculos. El director Kornél Mundruczó y la guionista Kata Wéber, autores de la intrigante White God que ganara el premio Un Certain Regard de Cannes en 2014 con una fábula bizarra de una rebelión de perros (literalmente), curiosa película que nada tiene que ver con ésta. Si bien el guion llega a aflojar, como se ha dicho, sobresale la dirección de actores y la interpretación de estos, con especial mérito debido a los largos planos de los que el director es bastante adepto.

En ese sentido, el reparto es de lo mejor, con Vanessa Kirby al frente por fin en un papel protagónico (hay nominaciones en camino claramente) y el siempre energizante Shia LaBeouf. Los acompañan, entre otros, Ellen Burstyn que a sus casi 90 años entrega una actuación formidable como la madre controladora de la protagonista; Molly Parker, la moderna comadrona en desgracia que con solo el rostro y los gestos dice tantas cosas; y hasta Benny Safdie quien suele hacer un mejor trabajo detrás y no delante de la cámara como lo demostró dirigiendo con su hermano la reciente Uncut Gems.

Es, a mi ver, una historia de maternidades. La de la protagonista, en su dolor y como una madre auténtica de una criatura que nació y fue amada. Pero también la historia de su madre (cuánto sabemos de este personaje en esa tremenda conversación a gritos). Una película, como señala el título, primordialmente femenina, y quizá un poco injusta con el personaje de Shia LaBeouf, el varón que igualmente participó de la ilusión, de la tragedia, y a quien se da una salida poco honrosa. En fin, una mirada intimista a un conflicto tan humano y perenne como que todos venimos de él, el de la maternidad, en clave de tragedia y con mucho realismo, aunque con un final esperanzador.

FICHA TÉCNICA
(2020) EE.UU.
DIRECCIÓN Kornél Mundruczó
GUION Kata Wéber
FOTOGRAFÍA Benjamin Loeb
MÚSICA Howard Shore
REPARTO Vanessa Kirby, Shia LaBeouf, Ellen Burstyn, Molly Parker, Iliza Shlesinger, Sarah Snook, Benny Safdie

Sound of Metal

Oír no era escuchar

Una hermosa sorpresa. Eso es lo que uno se encuentra en esta película original de Amazon Prime, sobre un baterista de heavy metal que pierde el oído. De esa simple premisa se deduce lo trágico que es lo que sucede para el protagonista, un ex adicto cuya vida giraba en torno al dúo musical que formó con su novia, él en la batería y ella vocalista. Todo esto contado bellamente y aprovechando hábilmente los recursos audiovisuales: el espectador acompaña la experiencia del protagonista gracias al excelente diseño de sonido que en varias escenas —afortunadamente no siempre— permite experimentar el mundo auditivo deficiente del protagonista.

Tras haber dirigido un largometraje documental, el director Darius Marder se adentra en la ficción y escribe esta historia junto con su hermano Abraham (responsable también de la banda sonora) y Derek Cianfrance, su colaborador creativo que por su cuenta ha dirigido películas como Blue Valentine, The Place Beyond the Pines o The Light Between the Oceans. Marder dirige con mano firme esta historia tan retadora, tanto narrativa como emocionalmente, y sale adelante gracias al diseño de sonido ya mencionado pero especialmente por las fabulosas actuaciones, sobre todo del protagonista, el actor y también rapero británico-paquistaní Riz Ahmed, cuyos enormes ojos expresivos ya eran familiares por sus papeles secundarios en Nightcrawler, Rogue One, Venom o Jason Bourne. Desde luego se ha convertido en un fuerte contendiente a un Oscar por esta interpretación. Y algo similar puede decirse de Olivia Cooke, que interpreta a su codependiente y amorosa novia. Grandes actores y muy bien dirigidos.

Al contrario de lo que el título sugiere, esta no es una película sobre el ruido sino sobre el silencio. Lo que podría ser una historia de depresión y sufrimiento, o de las pasiones y frustraciones en torno a la música y la batería —una especie de Whiplash con un giro— sorprende al presentar una historia de transformación, una película sobre la serenidad y el sentido de la vida, sobre saber vivir con lo que viene y no con lo que uno pretende. Una experiencia contemplativa muy adecuada en estos tiempos ruidosos.

FICHA TÉCNICA
(2019) EE.UU.
DIRECCIÓN Darius Marder
GUION Darius Marder, Abraham Marder y Derek Cianfrance
FOTOGRAFÍA Daniël Bouquet
MÚSICA Nicolas Becker y Abraham Marder
REPARTO Riz Ahmed, Olivia Cooke, Paul Raci, Mathieu Amalric, Lauren Ridloff, Chelsea Lee

Soul

Una oda a la vida

Pixar lo hace de nuevo. A estas alturas, con 23 películas realizadas, queda claro que lo suyo no fue un golpe de suerte, ni siquiera una generación brillante de guionistas y animadores, sino una empresa creativa que ha encontrado la manera de hacer películas de gran calidad, tanto en su lograda animación como en sus conmovedores y excelentes guiones: una combinación ganadora que se hizo marca de la casa. Soul, capitaneada por Pete Docter (Monsters Inc., Up, Inside Out), se plantea el reto de hacer una historia universal a partir de un tema tan común como difícil de tratar, por no decir tabú: la muerte, lo que sucede después de ella, y la dimensión espiritual del ser humano. Nada menos.

Joe Garner es un jazzista frustrado que vive en Nueva York. Es profesor de música en la escuela local, pero su verdadero sueño es tocar en un conjunto de jazz profesional. Cuando su oportunidad finalmente se presenta… muere. El alma de Joe intentará volver a su cuerpo para cumplir su sueño, para lo que tendrá la ayuda de una divertida alma aún-no-nacida con la que vivirá muchas aventuras y aprenderá una lección de vida —nunca mejor dicho. La película va muy en la línea de la exitosa Inside Out, que explicaba el funcionamiento interior del ser humano, planteando esta vez el mundo de las almas, tanto antes como después de la vida terrenal, con sus propias reglas y explicaciones. Se libra con nota el salto mortal de creatividad que esto implica, incluida la apariencia de las almas o de las fuerzas cuánticas del universo a cargo del asunto (llámemosles “Jerry”), de paso sacándole una punta de humor cuando la cosa se pone demasiado compleja. Con un guiño a Platón, la película hábilmente no se moja en ningún aspecto religioso (más allá de un cameo de la Madre Teresa de Calcuta), aunque sí en cierto esoterismo, lo que resulta políticamente correcto.

No menos logrado es el mundo del personaje en la Tierra: Joe es el primer protagonista afroamericano de Pixar y él y su entorno comunitario en Nueva York son una gozada, aportación personal del co-guionista y co-director Kemp Powers, aderezado por el jazz de Jon Batiste y las voces de Jamie Foxx, Phylicia Rashad, Angela Basset, Questlove o Daveed Diggs. También es esencial en el reparto la siempre divertida Tina Fey, que da voz al alma “22”, un personaje con historia propia sin el que esta película no sería. Menos importante aunque también genial es el personaje de Rachel House (esa musa del humor negro de Taika Waititi, quien lea entienda).

Sin ser una de las obras maestras de Pixar —en todos lados hay niveles, y Soul no será tan memorable como las Toy Story, Monsters Inc., Buscando a Nemo o Coco—, quizá le quite también importancia la decisión, por otro lado necesaria, de estrenarse directo en Disney+ y no en salas de cine. A pesar de su originalidad, es bastante predecible en su estructura general (el viaje del héroe, por supuesto). Además, es una película con mensaje, y quizá una de las de Pixar que lo dicen del modo más explícito. Eso sí, un mensaje absolutamente necesario —más en estos tiempos complejos— que reivindica la belleza de la vida ordinaria. Con frase prestada, podría sintetizarlo en esa maravillosa posibilidad, tantas veces inadvertida, de “hacer endecasílabos de la prosa de cada día“.

FICHA TÉCNICA
(2020) EE.UU.
DIRECCIÓN Pete Docter y Kemp Powers
GUION Pete Docter, Kemp Powers y Mike Jones
MÚSICA Trent Reznor, Atticus Ross y Jon Batiste
REPARTO (voces) Jamie Foxx, Tina Fey, Graham Norton, Rachel House, Alice Braga, Richard Ayoade, Phylicia Rashad, Angela Basset, Questlove, Donnell Rawlings, Daveed Diggs

Mank

Reivindicar al guionista

En 1941, un jovencísimo Orson Welles sorprendió al mundo con su opera prima, Ciudadano Kane, hoy todavía considerada como una de las mejores películas en la Historia del cine —para algunos, la mejor. La película estaba basada de un modo muy evidente en la vida del magnate de los medios William Randolph Hearst, quien en su momento usó sus influencias para vetarla y evitar que fuera vista. La historia quizá menos conocida es la del guionista. Orson Welles —finalmente un outsider de Hollywood a quien el estudio RKO le confió esta película por sus méritos en el teatro y en la radio— produjo, dirigió y protagonizó Ciudadano Kane, y aunque tiene el crédito de co-escritor del guion (único Óscar que ganó la película y único Óscar que ganó el prolífico Welles, por cierto) este es en gran parte obra del olvidado guionista Herman Mankiewicz, “Mank”, hombre del sistema y perteneciente al círculo cercano de Hearst. Esta estupenda película reivindica su figura y cuenta su historia.

Nada menos que David Fincher (Se7en, The Social Network, Gone Girl) dirige para Netflix esta película, escrita en los 90’s por su difunto padre, Jack Fincher (un editor de la revista Life cuyo único guion filmado es hoy este, lo cual parece que daría para otra película). El filme es en sí mismo un homenaje a esa era en Hollywood —filmada en blanco y negro, musicalizada solo con instrumentos de la época y los mismos estilos, y con las mismas técnicas del lenguaje cinematográfico que Welles usara magistralmente— aunque con un ritmo muy actual, lo que la hace fresca y entretenida. Eso sí, hay que conocer bien el contexto para disfrutarla e incluso entenderla, al menos haber visto Ciudadano Kane y estar familiarizado con el sistema de los estudios en Hollywood en la época y los nombres clave: Louis B. Mayer, David O. Selznick, etc. Se trata finalmente del cine dentro del cine y como tal resulta una clase maestra.

El camaleónico Gary Oldman es un perfecto Mank: divertido, culto, incorregible, bebedor, obstinado, idealista. No será rara su nominación al Óscar e incluso puede que lo gane en un año con pocas producciones como este. Es notable también la elección del resto del reparto. Amanda Seyfried como Marion Davies, la joven actriz pareja —y obsesión— de Hearst y amiga de Mank; el veterano Charles Dance como Hearst; Lilly Collins como la asistente de Mank, con una pequeña subtrama propia; entre otros muy bien elegidos para encarnar a las figuras de la época. Destaca la breve pero incisiva interpretación de Tom Burke como Orson Welles: unos zapatos difíciles de llenar, de lo que sale airoso. La narrativa paralela sigue a un Mank convaleciente con una pierna rota que escribe en su encierro su monumental obra maestra —del modo más romántico concebible, por cierto, algo bastante alejado del mundo colaborativo de la escritura de guion— mientras en distintos flashbacks nos muestra las aventuras de Mank en el Hollywood de la Gran Depresión y su relación con Hearst.

Desde luego el objetivo es reivindicar al guionista, por lo que la película es más bien poco objetiva, ensalzando la figura de un Mank genial e incomprendido desde la óptica actual (un epílogo engañoso dice prácticamente que no escribió nada más, lo que no es así: Mank colaboró en casi cien películas, en muchas tangencialmente como muchos empleados de los estudios en la época, y varias de ellas después de Ciudadano Kane). La película también es producto de su época —la nuestra— y no un mero relato histórico. Así, Mank es por supuesto demócrata y Hearst, Louis B. Mayer y los demás villanos son republicanos: el Hollywood de hoy atacando al Hollywood de ayer. Eso no quita que sea una película formidable, hecha con toda la mano, producto de un guion muy bien informado y que desde luego será un referente para conocer esa etapa de la Historia del cine.

FICHA TÉCNICA
(2020) EE.UU.
DIRECCIÓN David Fincher
GUION Jack Fincher
FOTOGRAFÍA Erik Messerschmidt
MÚSICA Trent Reznor y Atticus Ross
REPARTO Gary Oldman, Amanda Seyfried, Charles Dance, Lilly Collins, Arliss Howard, Tom Pelphrey, Tuppence Middleton, Jamie McShane, Sam Troughton, Joseph Cross, Monika Gossmann, Toby Leonard Moore, Tom Burke

Tenet

(2020) EE.UU.
DIRECCIÓN y GUION Christopher Nolan
FOTOGRAFÍA Hoyte Van Hoytema
MÚSICA Ludwig Göransson
REPARTO John David Washington, Robert Pattinson, Elizabeth Debicki, Kenneth Branagh, Aaron Taylor-Johnson, Himesh Patel, Dimple Kapadia, Clémence Poésy, Michael Caine

De reversa

“No intentes entenderlo, siéntelo”. Eso le dicen al protagonista de Tenet, la última película de Christopher Nolan, y es el mejor consejo que se le puede dar también al público. Una narrativa intrincada y un universo con unas reglas muy complejas son ya marca de la casa, como hizo el director británico en Inception y en Interstellar. Lo interesante es que no es necesario entender para disfrutar esta película, es más, no está diseñada para ser entendida del todo (al menos no al primer visionado y sin material de apoyo) y eso es una característica arriesgada y contraintuitiva pero que a Nolan le ha funcionado.

Nuevamente la película gira en torno a la gran obsesión de Nolan: el tiempo. Desde Memento, la película contada en orden inverso que lo hiciera famoso, pasando por el transcurso de planos temporales en distinta velocidad en los niveles de sueño de Inception, o en los planetas en Interestelar, hasta una narrativa histórica con tres temporalidades como Dunkerque y en menor medida —pero también presente— en su trilogía sobre Batman (recuérdense las pruebas del Joker, por ejemplo, con cuentas regresivas para salvar a uno u otro personaje, o para que los tripulantes de un ferri hagan explotar a los del otro para salvar su vida, siempre a contrarreloj).

Esta vez de nuevo sugiere varios conceptos pseudocientíficos apantallantes para plantear la retrocausalidad, es decir, que una serie de objetos y personas pueden funcionar inversamente en el tiempo: van hacia atrás. Una vez establecido eso, que empiece la diversión. Y la trama que posibilita esta premisa es ambiciosa: el protagonista quiere evitar la Tercera Guerra Mundial que puede terminar con nuestro universo precisamente a través de la retrocausalidad. Es pues una trama al estilo Misión Imposible o 007, con todos sus elementos: el héroe invencible, el villano malísimo (ruso, por supuesto), la damisela en apuros, locaciones vistosas y mucha, mucha acción.

La película funciona, con un ritmo trepidante —siempre que uno se conforme con no entender del todo, y ahí está la trampa, pues Nolan siempre deja sus muchos agujeros de guion bien cubiertos con acción y emoción— y una trama que no te suelta. El reparto no logra personajes tan entrañables como los de otras cintas del director, pero funciona en su género: John David Washington es un correcto protagonista, por suerte ya algo alejado del prototipo James Bond/Ethan Hunt/Bourne/Jack Reacher (al menos por su color de piel) y Robert Pattinson es parte del alivio de tensión como el compañero fiel del héroe. El talentosísimo Kenneth Branagh logra un villano aceptable —algo que habíamos visto pocas veces en su rango actoral— y Elizabeth Debicki muestra un personaje con un arco de liberación interesante: gran rol para la elegante australiana de casi dos metros cuya carrera ha ido en ascenso desde que interpretara a Jordan Baker en El gran Gatsby. Y, por supuesto, sale por ahí Michael Caine diciendo algo (por si alguien no se enteraba de qué director era la película para entonces).

Mención aparte merece la música del sueco Göransson, que gran parte del tiempo parece estar invertida también y que funciona a la perfección. En fin, la tradicional revelación final de los guiones de Nolan no decepciona, y la historia ciertamente es redonda. No por nada el acertado título —Tenet— no solo significa “principio” sino que es un palíndromo, es decir, que se lee igual en orden normal y en orden inverso. Mucho se puede teorizar sobre la trama y todos los cabos que deja sueltos, cosa que muchos cinéfilos agradecen, y es asombroso que tanta complejidad sea compatible con una película disfrutable y entendible en sus líneas principales. Ese sigue siendo el toque de Christopher Nolan, ese amante del cine en sala grande que, por cierto, se rehusó a difundir su película por streaming y estrenó en plena pandemia, seguramente perdiendo mucho público pero manteniendo la experiencia cinematográfica intacta.

El juicio de los 7 de Chicago

(2020) EE.UU.
DIRECCIÓN y GUION Aaron Sorkin
FOTOGRAFÍA Phedon Papamichael
MÚSICA Daniel Pemberton
REPARTO Eddie Redmayne, Sacha Baron Cohen, Jeremy Strong, Alex Sharp, John Carroll Lynch, Yahya Abdul-Mateen II, Mark Rylance, Joseph Gordon-Levitt, Frank Langella, Noah Robbins, Danny Flaherty, Ben Shenkman, Alice Kremelberg, Michael Keaton

La libertad en el banquillo

Se dice que 1968 es el año que transformó al mundo (otro tanto se dirá después, sin duda, de este 2020). La civilización occidental vivió entonces una serie de revoluciones decisivas: la Primavera de Praga, el mayo francés, el movimiento estudiantil en México que culminó en la matanza de Tlatelolco. Estados Unidos tuvo también lo suyo con los hippies y su movimiento de protesta. Concretamente, ese verano multitudes se manifestaron en la ciudad de Chicago en contra de la guerra de Vietnam, con ocasión de la Convención Nacional del Partido Demócrata. Hubo enfrentamientos de civiles con la policía, detención de los líderes y un polémico juicio. Es este juicio el que Aaron Sorkin, uno de los guionistas más reconocidos hoy (The West Wing, A Few Good Men, The Social Network), decide llevar a la pantalla, sentándose esta vez también en la silla de director.

La película, producida por Netflix, es excelente. Si bien se centra en el largo juicio, está llena de flashbacks para contar la historia a través de los testimonios de los personajes. Tiene un ritmo fabuloso —quizá su mayor virtud—, un desarrollo de la historia atrapante y diálogos precisos y logrados: Sorkin nuevamente da una cátedra de guion. En la línea de las tramas políticas del guionista, naturalmente espérese mucho nombre, mucho cargo federal y unos cuantos tecnicismos jurídicos, aunque todo muy llevadero. El otro gran atractivo es un reparto multiestelar en el que cada uno acierta con sus personajes arquetípicos y por tanto poco complejos, porque también hay que decirlo: ésta es una de buenos y malos.

Destacan Eddie Redmayne como el héroe Tom Hayden, líder de un partido estudiantil y el más sensato de los acusados, sin renunciar a sus ideales; Sacha Baron Cohen es el rebelde, Abbie Hoffman, el divertido y controvertido líder de los yippies, totalmente impresentable, tanto como su compañero inseparable Jerry Rubin (Jeremy Strong); John Carroll Lynch como el noble y pacifista padre de familia David Dellinger, objetor de conciencia con corbata y líder de un movimiento contra la guerra de Vietnam; y el líder de los Black Panters, Bobby Seale, interpretado por Yahya Abdul-Mateen II. Pero no solo hay estrellas en el banquillo de los acusados. Son también magistrales las interpretaciones del abogado defensor, firme creyente de los derechos e inocencia de los acusados (Mark Rylance); el fiscal contrario, joven prometedor y amante de las reglas pero con la conciencia encendida (Joseph Gordon-Levitt); el juez senil aferrado a su visión del mundo (Frank Langella) y hasta un casi cameo —por lo breve— de Michael Keaton como el anterior Procurador del Estado, un testigo clave. Este grupo suma al menos un Óscar, y se puede asegurar que el Mejor Actor de reparto del próximo año sale de este tribunal.

Algo se dijo ya de la visión un poco maniquea del enfoque de Sorkin (buenos y malos), que deja poco margen a la interpretación del espectador, cargando bastante las tintas no exentas de ideología. Los héroes, naturalmente, son los libertarios acusados y todos sus partidarios. Otro tanto habría que decir de la oportunidad de su estreno. En un 2020 con manifestaciones civiles contra la policía en Estados Unidos, una película sobre un juicio que va sobre manifestaciones civiles contra la policía pues viene como anillo al dedo. Súmese el asunto racial —el personaje del Black Panther Bobby Seale y cómo es ignorado y castigado por el juez— y tenemos una película tremendamente actual, aunque muestre acontecimientos de hace más de 50 años.

El diablo a todas horas

(2020) EE.UU.
DIRECCIÓN Antonio Campos
GUION Antonio Campos y Paulo Campos basada en la novela de Donald Ray Pollock
FOTOGRAFÍA Lol Crawley
MÚSICA Danny Bensi y Saunder Jurriaans
REPARTO Tom Holland, Eliza Scanlen, Robert Pattinson, Bill Skarsgård, Sebastian Stan, Jason Clarke, Riley Keough, Mia Wasikowska, Harry Melling, Haley Bennett, Donald Ray Pollock

Maldad sin matiz

El sur rural de West Virginia y Ohio, a mediados del siglo pasado. Una serie de personajes siniestros y circunstancias terribles rodean la infancia y juventud de Arvin (Tom Holland), quien intenta imponerse a la continua miseria que genera una comunidad protestante, hipócrita y llena de tragedias. Predicadores, veteranos de guerra traumados, policías corruptos y hasta morbosos asesinos en serie, todos desfilan en un elenco de episodios breves que no llegan a desarrollarse del todo.

El neoyorquino Antonio Campos adapta y dirige esta novela de Donald Ray Pollock (quien también funge como el narrador, y lo hace bastante bien) que es esencialmente maniquea. Los personajes son planos: los malos son siempre y en todo malos, y los buenos siempre y en todo buenos. Otra distinción es por la religión, omnipresente en la trama: todo el que cree en Dios es un malvado redomado, un estúpido sin remedio, o ambas. Un reparto de primer categoría termina desaprovechándose —con todo y sus logrados acentos sureños— ya sea porque, como Holland, no da notas distintas a su papel de chico bueno simpático (por más cara seria que pone), o por la poca profundidad de los personajes (el reverendo malvado que es Robert Pattinson, o el policía básico que es Sebastian Stan), o por el poco tiempo en pantalla (es el caso de Haley Bennet o Mia Wasikowska, cuyo nombre en el cartel es un puro truco de mercadotecnia, pues no llegan a los diez minutos en pantalla).

Aunque se buscan ciertos juegos del relato con el tiempo, la narrativa es tan poco sutil que termina por abusar de la figura del narrador, recurso fácil para que el espectador empatice con un protagonista reactivo y sin profundidad. En fin, se agradece que a pesar de la temática la película no sea tan explícita, pues realmente se nos ahorra mucho del morbo en el que al parecer la novela se recrea ampliamente. No puedo no compararla con una película de temática y ambientación similar, Tres anuncios en las afueras, que supo manejar también temas sórdidos pero con personajes interesantísimos y una trama nada predecible, lo que le daba un fondo que decía algo, siguiendo los pasos de la escritora Flannery O’Connor, quien vivió siempre en este ambiente sureño de posguerra en Estados Unidos y que lo retrato de modo grotesco, pero buscando siempre ese fondo real y humano que nos diga algo, y no solo lo sórdido por lo sórdido.

I’m Thinking of Ending Things

(2020) EE.UU.
DIRECCIÓN Charlie Kaufman
GUION Charlie Kaufman basado en la novela de Iain Reid
FOTOGRAFÍA Lukasz Zal
MÚSICA Jay Wadley
REPARTO Jessie Buckley, Jesse Plemons, Toni Collette, David Thewlis, Guy Boyd, Abby Quinn, Hadley Robinson, Gus Birney, Colby Minifie

Nieve con sabor original

Quien busque algo distinto en el cine, sabe que siempre puede encontrarlo en el trabajo de Charlie Kaufman. Sin duda genio —para muchos incomprendido— el guionista y director (en ese orden) estadounidense ha tenido más o menos éxito, pero nunca deja indiferente. Ya sea en colaboración con los directores Spike Jonze (Being John Malkovich, Adaptation.) o Michel Gondry (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, por la que ganó el Óscar), o dirigiendo él, como hizo en la genial Synecdoche, New York y —tras varios años de desaparición y bloqueo creativo— en la muy flojita Anomalisa, una incursión en la animación que dejó mucho que desear. Ahora retoma fuelle y auspiciado por Netflix adapta una compleja novela reciente creando un película muy fuera de lo común.

Nieva. Una mujer viaja con su novio al campo para conocer a los padres de él. Sin embargo, no está muy segura del futuro de esa relación. “I’m thinking of ending things”, repite su voz en off continuamente. “Pienso terminar con esto”. Esa es la premisa y poco más hay que decir de la historia. Solo que todo se va a desenvolver del modo menos pensado, no porque haya un giro inesperado de trama, sino porque Kaufman rompe todas las convenciones del audiovisual: de raccord, de estructura dramática, de desarrollo de los personajes, de lógica narrativa (de lógica en general). Y eso es lo que hace que esta película sea una gran experiencia, pero sí hay que ir advertido de ver algo muy extraño. Por supuesto que tiene un sentido; quien conozca la novela lo sabrá, o quien sea perspicaz con las escenas paralelas de un viejo conserje de un colegio que se van insertando.

Lo mejor es que el filme de Kaufman no se queda en un experimento pretencioso y aburrido, sino que está lleno de tensión dramática (reforzada musicalmente), con imágenes de mucha belleza —la fotografía está a cargo del polaco Lukasz Zal, director de fotografía nada menos que de Ida y de Cold War, esas maravillas de Pawel Pawilokski por las que fue nominado al Óscar (seguramente le debemos a él la relación de aspecto 4:3 de esta película)—, pero también mucho humor así como un rico despliegue de intertextualidades: el musical Oklahoma; la película A Woman Under the Influence de Cassavetes, y también A Beautiful Mind; un crédito loco de Robert Zemeckis; los ensayos de David Foster Wallace y de Guy Debord; la poesía de William Wordsworth o un demoledor poema de Eva H.D., amiga de Kaufman. Por decir solo algunas.

Y quienes más sostienen este juego con Kaufman —este baile, podríamos decir, y no solo por los preciosos cinco minutos de ballet clásico que incluye— son desde luego los actores. Este es el despegue definitivo de Jessie Buckley, a quien habíamos visto en un papel secundario en la mini-serie Chernobyl de HBO, y quien lleva al espectador de la mano a este absurdo viaje. Jesse Plemons es ideal para interpretar a su novio, gris, irritante, aburrido y a la vez enigmático. Pero los que se llevan las palmas son dos grandes: Toni Collette y David Thewlis como los papás del novio. Dan risa y miedo a un mismo tiempo. En fin, sin ser una obra maestra se trata de una película audaz, interesante, cautivante aunque para gustos específicos. Y desde luego, en estos tiempos se agradece mucho la originalidad.