Mank

Reivindicar al guionista

En 1941, un jovencísimo Orson Welles sorprendió al mundo con su opera prima, Ciudadano Kane, hoy todavía considerada como una de las mejores películas en la Historia del cine —para algunos, la mejor. La película estaba basada de un modo muy evidente en la vida del magnate de los medios William Randolph Hearst, quien en su momento usó sus influencias para vetarla y evitar que fuera vista. La historia quizá menos conocida es la del guionista. Orson Welles —finalmente un outsider de Hollywood a quien el estudio RKO le confió esta película por sus méritos en el teatro y en la radio— produjo, dirigió y protagonizó Ciudadano Kane, y aunque tiene el crédito de co-escritor del guion (único Óscar que ganó la película y único Óscar que ganó el prolífico Welles, por cierto) este es en gran parte obra del olvidado guionista Herman Mankiewicz, «Mank», hombre del sistema y perteneciente al círculo cercano de Hearst. Esta estupenda película reivindica su figura y cuenta su historia.

Nada menos que David Fincher (Se7en, The Social Network, Gone Girl) dirige para Netflix esta película, escrita en los 90’s por su difunto padre, Jack Fincher (un editor de la revista Life cuyo único guion filmado es hoy este, lo cual parece que daría para otra película). El filme es en sí mismo un homenaje a esa era en Hollywood —filmada en blanco y negro, musicalizada solo con instrumentos de la época y los mismos estilos, y con las mismas técnicas del lenguaje cinematográfico que Welles usara magistralmente— aunque con un ritmo muy actual, lo que la hace fresca y entretenida. Eso sí, hay que conocer bien el contexto para disfrutarla e incluso entenderla, al menos haber visto Ciudadano Kane y estar familiarizado con el sistema de los estudios en Hollywood en la época y los nombres clave: Louis B. Mayer, David O. Selznick, etc. Se trata finalmente del cine dentro del cine y como tal resulta una clase maestra.

El camaleónico Gary Oldman es un perfecto Mank: divertido, culto, incorregible, bebedor, obstinado, idealista. No será rara su nominación al Óscar e incluso puede que lo gane en un año con pocas producciones como este. Es notable también la elección del resto del reparto. Amanda Seyfried como Marion Davies, la joven actriz pareja —y obsesión— de Hearst y amiga de Mank; el veterano Charles Dance como Hearst; Lilly Collins como la asistente de Mank, con una pequeña subtrama propia; entre otros muy bien elegidos para encarnar a las figuras de la época. Destaca la breve pero incisiva interpretación de Tom Burke como Orson Welles: unos zapatos difíciles de llenar, de lo que sale airoso. La narrativa paralela sigue a un Mank convaleciente con una pierna rota que escribe en su encierro su monumental obra maestra —del modo más romántico concebible, por cierto, algo bastante alejado del mundo colaborativo de la escritura de guion— mientras en distintos flashbacks nos muestra las aventuras de Mank en el Hollywood de la Gran Depresión y su relación con Hearst.

Desde luego el objetivo es reivindicar al guionista, por lo que la película es más bien poco objetiva, ensalzando la figura de un Mank genial e incomprendido desde la óptica actual (un epílogo engañoso dice prácticamente que no escribió nada más, lo que no es así: Mank colaboró en casi cien películas, en muchas tangencialmente como muchos empleados de los estudios en la época, y varias de ellas después de Ciudadano Kane). La película también es producto de su época —la nuestra— y no un mero relato histórico. Así, Mank es por supuesto demócrata y Hearst, Louis B. Mayer y los demás villanos son republicanos: el Hollywood de hoy atacando al Hollywood de ayer. Eso no quita que sea una película formidable, hecha con toda la mano, producto de un guion muy bien informado y que desde luego será un referente para conocer esa etapa de la Historia del cine.

FICHA TÉCNICA
(2020) EE.UU.
DIRECCIÓN David Fincher
GUION Jack Fincher
FOTOGRAFÍA Erik Messerschmidt
MÚSICA Trent Reznor y Atticus Ross
REPARTO Gary Oldman, Amanda Seyfried, Charles Dance, Lilly Collins, Arliss Howard, Tom Pelphrey, Tuppence Middleton, Jamie McShane, Sam Troughton, Joseph Cross, Monika Gossmann, Toby Leonard Moore, Tom Burke

Tenet

(2020) EE.UU.
DIRECCIÓN y GUION Christopher Nolan
FOTOGRAFÍA Hoyte Van Hoytema
MÚSICA Ludwig Göransson
REPARTO John David Washington, Robert Pattinson, Elizabeth Debicki, Kenneth Branagh, Aaron Taylor-Johnson, Himesh Patel, Dimple Kapadia, Clémence Poésy, Michael Caine

De reversa

«No intentes entenderlo, siéntelo». Eso le dicen al protagonista de Tenet, la última película de Christopher Nolan, y es el mejor consejo que se le puede dar también al público. Una narrativa intrincada y un universo con unas reglas muy complejas son ya marca de la casa, como hizo el director británico en Inception y en Interstellar. Lo interesante es que no es necesario entender para disfrutar esta película, es más, no está diseñada para ser entendida del todo (al menos no al primer visionado y sin material de apoyo) y eso es una característica arriesgada y contraintuitiva pero que a Nolan le ha funcionado.

Nuevamente la película gira en torno a la gran obsesión de Nolan: el tiempo. Desde Memento, la película contada en orden inverso que lo hiciera famoso, pasando por el transcurso de planos temporales en distinta velocidad en los niveles de sueño de Inception, o en los planetas en Interestelar, hasta una narrativa histórica con tres temporalidades como Dunkerque y en menor medida —pero también presente— en su trilogía sobre Batman (recuérdense las pruebas del Joker, por ejemplo, con cuentas regresivas para salvar a uno u otro personaje, o para que los tripulantes de un ferri hagan explotar a los del otro para salvar su vida, siempre a contrarreloj).

Esta vez de nuevo sugiere varios conceptos pseudocientíficos apantallantes para plantear la retrocausalidad, es decir, que una serie de objetos y personas pueden funcionar inversamente en el tiempo: van hacia atrás. Una vez establecido eso, que empiece la diversión. Y la trama que posibilita esta premisa es ambiciosa: el protagonista quiere evitar la Tercera Guerra Mundial que puede terminar con nuestro universo precisamente a través de la retrocausalidad. Es pues una trama al estilo Misión Imposible o 007, con todos sus elementos: el héroe invencible, el villano malísimo (ruso, por supuesto), la damisela en apuros, locaciones vistosas y mucha, mucha acción.

La película funciona, con un ritmo trepidante —siempre que uno se conforme con no entender del todo, y ahí está la trampa, pues Nolan siempre deja sus muchos agujeros de guion bien cubiertos con acción y emoción— y una trama que no te suelta. El reparto no logra personajes tan entrañables como los de otras cintas del director, pero funciona en su género: John David Washington es un correcto protagonista, por suerte ya algo alejado del prototipo James Bond/Ethan Hunt/Bourne/Jack Reacher (al menos por su color de piel) y Robert Pattinson es parte del alivio de tensión como el compañero fiel del héroe. El talentosísimo Kenneth Branagh logra un villano aceptable —algo que habíamos visto pocas veces en su rango actoral— y Elizabeth Debicki muestra un personaje con un arco de liberación interesante: gran rol para la elegante australiana de casi dos metros cuya carrera ha ido en ascenso desde que interpretara a Jordan Baker en El gran Gatsby. Y, por supuesto, sale por ahí Michael Caine diciendo algo (por si alguien no se enteraba de qué director era la película para entonces).

Mención aparte merece la música del sueco Göransson, que gran parte del tiempo parece estar invertida también y que funciona a la perfección. En fin, la tradicional revelación final de los guiones de Nolan no decepciona, y la historia ciertamente es redonda. No por nada el acertado título —Tenet— no solo significa «principio» sino que es un palíndromo, es decir, que se lee igual en orden normal y en orden inverso. Mucho se puede teorizar sobre la trama y todos los cabos que deja sueltos, cosa que muchos cinéfilos agradecen, y es asombroso que tanta complejidad sea compatible con una película disfrutable y entendible en sus líneas principales. Ese sigue siendo el toque de Christopher Nolan, ese amante del cine en sala grande que, por cierto, se rehusó a difundir su película por streaming y estrenó en plena pandemia, seguramente perdiendo mucho público pero manteniendo la experiencia cinematográfica intacta.

El juicio de los 7 de Chicago

(2020) EE.UU.
DIRECCIÓN y GUION Aaron Sorkin
FOTOGRAFÍA Phedon Papamichael
MÚSICA Daniel Pemberton
REPARTO Eddie Redmayne, Sacha Baron Cohen, Jeremy Strong, Alex Sharp, John Carroll Lynch, Yahya Abdul-Mateen II, Mark Rylance, Joseph Gordon-Levitt, Frank Langella, Noah Robbins, Danny Flaherty, Ben Shenkman, Alice Kremelberg, Michael Keaton

La libertad en el banquillo

Se dice que 1968 es el año que transformó al mundo (otro tanto se dirá después, sin duda, de este 2020). La civilización occidental vivió entonces una serie de revoluciones decisivas: la Primavera de Praga, el mayo francés, el movimiento estudiantil en México que culminó en la matanza de Tlatelolco. Estados Unidos tuvo también lo suyo con los hippies y su movimiento de protesta. Concretamente, ese verano multitudes se manifestaron en la ciudad de Chicago en contra de la guerra de Vietnam, con ocasión de la Convención Nacional del Partido Demócrata. Hubo enfrentamientos de civiles con la policía, detención de los líderes y un polémico juicio. Es este juicio el que Aaron Sorkin, uno de los guionistas más reconocidos hoy (The West Wing, A Few Good Men, The Social Network), decide llevar a la pantalla, sentándose esta vez también en la silla de director.

La película, producida por Netflix, es excelente. Si bien se centra en el largo juicio, está llena de flashbacks para contar la historia a través de los testimonios de los personajes. Tiene un ritmo fabuloso —quizá su mayor virtud—, un desarrollo de la historia atrapante y diálogos precisos y logrados: Sorkin nuevamente da una cátedra de guion. En la línea de las tramas políticas del guionista, naturalmente espérese mucho nombre, mucho cargo federal y unos cuantos tecnicismos jurídicos, aunque todo muy llevadero. El otro gran atractivo es un reparto multiestelar en el que cada uno acierta con sus personajes arquetípicos y por tanto poco complejos, porque también hay que decirlo: ésta es una de buenos y malos.

Destacan Eddie Redmayne como el héroe Tom Hayden, líder de un partido estudiantil y el más sensato de los acusados, sin renunciar a sus ideales; Sacha Baron Cohen es el rebelde, Abbie Hoffman, el divertido y controvertido líder de los yippies, totalmente impresentable, tanto como su compañero inseparable Jerry Rubin (Jeremy Strong); John Carroll Lynch como el noble y pacifista padre de familia David Dellinger, objetor de conciencia con corbata y líder de un movimiento contra la guerra de Vietnam; y el líder de los Black Panters, Bobby Seale, interpretado por Yahya Abdul-Mateen II. Pero no solo hay estrellas en el banquillo de los acusados. Son también magistrales las interpretaciones del abogado defensor, firme creyente de los derechos e inocencia de los acusados (Mark Rylance); el fiscal contrario, joven prometedor y amante de las reglas pero con la conciencia encendida (Joseph Gordon-Levitt); el juez senil aferrado a su visión del mundo (Frank Langella) y hasta un casi cameo —por lo breve— de Michael Keaton como el anterior Procurador del Estado, un testigo clave. Este grupo suma al menos un Óscar, y se puede asegurar que el Mejor Actor de reparto del próximo año sale de este tribunal.

Algo se dijo ya de la visión un poco maniquea del enfoque de Sorkin (buenos y malos), que deja poco margen a la interpretación del espectador, cargando bastante las tintas no exentas de ideología. Los héroes, naturalmente, son los libertarios acusados y todos sus partidarios. Otro tanto habría que decir de la oportunidad de su estreno. En un 2020 con manifestaciones civiles contra la policía en Estados Unidos, una película sobre un juicio que va sobre manifestaciones civiles contra la policía pues viene como anillo al dedo. Súmese el asunto racial —el personaje del Black Panther Bobby Seale y cómo es ignorado y castigado por el juez— y tenemos una película tremendamente actual, aunque muestre acontecimientos de hace más de 50 años.

El diablo a todas horas

(2020) EE.UU.
DIRECCIÓN Antonio Campos
GUION Antonio Campos y Paulo Campos basada en la novela de Donald Ray Pollock
FOTOGRAFÍA Lol Crawley
MÚSICA Danny Bensi y Saunder Jurriaans
REPARTO Tom Holland, Eliza Scanlen, Robert Pattinson, Bill Skarsgård, Sebastian Stan, Jason Clarke, Riley Keough, Mia Wasikowska, Harry Melling, Haley Bennett, Donald Ray Pollock

Maldad sin matiz

El sur rural de West Virginia y Ohio, a mediados del siglo pasado. Una serie de personajes siniestros y circunstancias terribles rodean la infancia y juventud de Arvin (Tom Holland), quien intenta imponerse a la continua miseria que genera una comunidad protestante, hipócrita y llena de tragedias. Predicadores, veteranos de guerra traumados, policías corruptos y hasta morbosos asesinos en serie, todos desfilan en un elenco de episodios breves que no llegan a desarrollarse del todo.

El neoyorquino Antonio Campos adapta y dirige esta novela de Donald Ray Pollock (quien también funge como el narrador, y lo hace bastante bien) que es esencialmente maniquea. Los personajes son planos: los malos son siempre y en todo malos, y los buenos siempre y en todo buenos. Otra distinción es por la religión, omnipresente en la trama: todo el que cree en Dios es un malvado redomado, un estúpido sin remedio, o ambas. Un reparto de primer categoría termina desaprovechándose —con todo y sus logrados acentos sureños— ya sea porque, como Holland, no da notas distintas a su papel de chico bueno simpático (por más cara seria que pone), o por la poca profundidad de los personajes (el reverendo malvado que es Robert Pattinson, o el policía básico que es Sebastian Stan), o por el poco tiempo en pantalla (es el caso de Haley Bennet o Mia Wasikowska, cuyo nombre en el cartel es un puro truco de mercadotecnia, pues no llegan a los diez minutos en pantalla).

Aunque se buscan ciertos juegos del relato con el tiempo, la narrativa es tan poco sutil que termina por abusar de la figura del narrador, recurso fácil para que el espectador empatice con un protagonista reactivo y sin profundidad. En fin, se agradece que a pesar de la temática la película no sea tan explícita, pues realmente se nos ahorra mucho del morbo en el que al parecer la novela se recrea ampliamente. No puedo no compararla con una película de temática y ambientación similar, Tres anuncios en las afueras, que supo manejar también temas sórdidos pero con personajes interesantísimos y una trama nada predecible, lo que le daba un fondo que decía algo, siguiendo los pasos de la escritora Flannery O’Connor, quien vivió siempre en este ambiente sureño de posguerra en Estados Unidos y que lo retrato de modo grotesco, pero buscando siempre ese fondo real y humano que nos diga algo, y no solo lo sórdido por lo sórdido.

I’m Thinking of Ending Things

(2020) EE.UU.
DIRECCIÓN Charlie Kaufman
GUION Charlie Kaufman basado en la novela de Iain Reid
FOTOGRAFÍA Lukasz Zal
MÚSICA Jay Wadley
REPARTO Jessie Buckley, Jesse Plemons, Toni Collette, David Thewlis, Guy Boyd, Abby Quinn, Hadley Robinson, Gus Birney, Colby Minifie

Nieve con sabor original

Quien busque algo distinto en el cine, sabe que siempre puede encontrarlo en el trabajo de Charlie Kaufman. Sin duda genio —para muchos incomprendido— el guionista y director (en ese orden) estadounidense ha tenido más o menos éxito, pero nunca deja indiferente. Ya sea en colaboración con los directores Spike Jonze (Being John Malkovich, Adaptation.) o Michel Gondry (Eternal Sunshine of the Spotless Mind, por la que ganó el Óscar), o dirigiendo él, como hizo en la genial Synecdoche, New York y —tras varios años de desaparición y bloqueo creativo— en la muy flojita Anomalisa, una incursión en la animación que dejó mucho que desear. Ahora retoma fuelle y auspiciado por Netflix adapta una compleja novela reciente creando un película muy fuera de lo común.

Nieva. Una mujer viaja con su novio al campo para conocer a los padres de él. Sin embargo, no está muy segura del futuro de esa relación. «I’m thinking of ending things», repite su voz en off continuamente. «Pienso terminar con esto». Esa es la premisa y poco más hay que decir de la historia. Solo que todo se va a desenvolver del modo menos pensado, no porque haya un giro inesperado de trama, sino porque Kaufman rompe todas las convenciones del audiovisual: de raccord, de estructura dramática, de desarrollo de los personajes, de lógica narrativa (de lógica en general). Y eso es lo que hace que esta película sea una gran experiencia, pero sí hay que ir advertido de ver algo muy extraño. Por supuesto que tiene un sentido; quien conozca la novela lo sabrá, o quien sea perspicaz con las escenas paralelas de un viejo conserje de un colegio que se van insertando.

Lo mejor es que el filme de Kaufman no se queda en un experimento pretencioso y aburrido, sino que está lleno de tensión dramática (reforzada musicalmente), con imágenes de mucha belleza —la fotografía está a cargo del polaco Lukasz Zal, director de fotografía nada menos que de Ida y de Cold War, esas maravillas de Pawel Pawilokski por las que fue nominado al Óscar (seguramente le debemos a él la relación de aspecto 4:3 de esta película)—, pero también mucho humor así como un rico despliegue de intertextualidades: el musical Oklahoma; la película A Woman Under the Influence de Cassavetes, y también A Beautiful Mind; un crédito loco de Robert Zemeckis; los ensayos de David Foster Wallace y de Guy Debord; la poesía de William Wordsworth o un demoledor poema de Eva H.D., amiga de Kaufman. Por decir solo algunas.

Y quienes más sostienen este juego con Kaufman —este baile, podríamos decir, y no solo por los preciosos cinco minutos de ballet clásico que incluye— son desde luego los actores. Este es el despegue definitivo de Jessie Buckley, a quien habíamos visto en un papel secundario en la mini-serie Chernobyl de HBO, y quien lleva al espectador de la mano a este absurdo viaje. Jesse Plemons es ideal para interpretar a su novio, gris, irritante, aburrido y a la vez enigmático. Pero los que se llevan las palmas son dos grandes: Toni Collette y David Thewlis como los papás del novio. Dan risa y miedo a un mismo tiempo. En fin, sin ser una obra maestra se trata de una película audaz, interesante, cautivante aunque para gustos específicos. Y desde luego, en estos tiempos se agradece mucho la originalidad.

Mulán

(2020) EE.UU.
DIRECCIÓN Niki Caro
GUION Rick Jaffa, Amanda Silver, Elizabeth Martin, Lauren Hynek
FOTOGRAFÍA Mandy Walker
MÚSICA Harry Gregson-Williams
REPARTO Yifei Liu, Donnie Yen, Li Gong, Jet Li, Jason Scott Lee, Yoson An, Tzi Ma, Jun Yu, Chen Tang, Doua Moua, Jimmy Wong, Pei-Pei Cheng

Deshonrada tu vaca

Es increíble que teniendo toda la maquinaria del emporio Disney y un presupuesto de 200 millones de dólares uno pueda equivocarse tanto como el estudio de Mickey Mouse con su más reciente live action, Mulán. Puestos a filmar sus clásicos animados, Mulán tenía todas las cartas para ser una gran película: bélica, de época, dentro de una cultura milenaria exótica e interesante, una protagonista empática y un conflicto poderoso. Cuando se supo que esta versión sería sin canciones y sin personajes animados —el Mushu que, como el Burro de Shrek, interpretó Eddie Murphy en la versión original y Eugenio Derbez en la latina— pensé que sería una cinta un poco más adulta, precisamente aprovechando sus puntos fuertes. El resultado, para quien lo compare a la original animada, será decepcionante, y para quien quiera verla con ojos nuevos, simplemente incomprensible.

La Mulán de esta versión no tiene un dilema, nada le es difícil. Y es que tiene superpoderes (su chi, le llaman). Tampoco se niega a vivir un estilo de vida que le quieran imponer; no, para ella es lo mismo maquillarse para ir a ver a la Casamentera echándose una risas, o ponerse la armadura y romper una tradición milenaria jugándose la vida para ir a la guerra (de verdad juré que me había saltado una escena cuando Mulán toma esa decisión, porque nunca vemos que la tome, en fin). Y pues en adelante no tiene ya ningún problema, mas que evitar ducharse con sus compañeros, listo. De ahí el resto también es totalmente inverosímil, como que un puñado de aldeanos con un mes de entrenamiento venzan a una tropa élite de rouranos. Y al parecer la historia de una mujer que se infiltra en el ejército imperial de China y salve a toda la nación para al final ser reconocida no era lo suficientemente feminista. Los guionistas introducen entonces a una villana, también con superpoderes, que también busca ser reconocida.

La experimentada directora Niki Caro (Whale Rider, North Country) es puesta al frente de una superproducción que en su desesperado guiño al público asiático —y concretamente chino— está repleta de duelos y batallas físicamente imposibles, acompañados de movimientos de cámara espectaculares —de «espectáculo» no de que sean buenos—. Y ya en esas, la edición aprovecha a resolver problemillas de la trama. ¿Mulán tiene que recorrer cientos de metros para llegar al otro lado de un risco para provocar una avalancha antes de que maten a sus amigos? Fácil, un corte y ya está ahí. También puede perseguir a un halcón en vuelo saltando entre los tejados. Y así sucesivamente. Aunque se nota gran esmero en el diseño de producción, la colorida fotografía parece querer recordarnos que esta es una cinta de Disney hecha para toda la familia, más que pretender que estemos inmersos en la China imperial. Para completar el paquete de una narrativa mediocre, se añade la voz en off del padre de Mulán para que como narrador explique lo que necesitamos saber en determinados momentos de la película.

Los pobres actores no pueden hacer mucho, pues no tienen un proceso que contar. Apenas si el dilema del padre de Mulán (interpretado por el rostro familiar de Tzi Ma) tiene cierto sentido, al ser un padre orgulloso de dos hijas aunque no tenga un hijo varón que vaya a la guerra en su lugar. El posible romance de Mulán con un compañero soldado es nulo y el resto de sus «amigos» no llegan a ser tales. Las canciones de la cinta original resumían en secuencias de montaje procesos importantes como el entrenamiento de estos aldeanos, el ambiente masculino del ejército donde Mulán debe sobrevivir, o los propios dilemas de la protagonista, elementos que aquí simplemente son obviados. Que Jet Li sea el Emperador y sea en sí mismo un guerrero habilidoso que parece sacado de la película Kung-Fusión ya es de risa loca.

A mí el «live action» de El Rey León me pareció innecesario, y el de Aladdín no me gustó, aunque le reconozco algunos méritos histriónicos. Este simplemente me parece incomprensible. Así. Quizá unos productores enfrascados en hacer una superproducción, en mostrar escenas de batallas acrobáticas y dando por supuesto una historia que por sí sola debería funcionar. Pero eso es imposible si no la estás contando. Una vez más queda claro que la historia es lo más importante y si ignoras eso, por más dinero que pongas, la gente lo va a notar. Ya lo notó. Triste por Disney. Deshonor.

Una vida oculta

(2019) EE.UU., Alemania
DIRECCIÓN Y GUION Terrence Malick
MÚSICA James Newton Howard
FOTOGRAFÍA Jörg Widmer
REPARTO August Diehl, Valerie Pachner, Maria Simon, Karin Neuhäuser, Tobias Moretti, Karl Marvocics, Bruno Ganz

Contemplación de la conciencia

«El creciente bien del mundo depende en parte de actos no históricos; que a ti y a mí las cosas no nos vayan tan mal como podrían haber ido,
se debe en parte al número de los que vivieron fielmente una vida oculta,
y descansan en tumbas no visitadas».

Middlemarch, George Eliot

Durante el Tercer Reich, en Austria las masas se unían en tropel al frenesí del triunfo ario del Führer. Algunos por mera conveniencia o por no ir a contracorriente. La mayoría, siguiendo al fervor popular. En este ambiente, Franz Jägerstätter, un campesino de una pequeña aldea montañesa, decide que va contra su conciencia jurar lealtad a Hitler, como se pedía a todo hombre llamado a filas. Apoyado por su esposa, mantuvo su decisión ante toda adversidad: desde las burlas y roces con los vecinos, hasta el rechazo social, la cárcel y la muerte. Jägerstätter fue beatificado en 2007. Esta imponente película cuenta su historia.

No estamos ante una biopic cualquiera. El cine de Terrence Malick es exigente. Cierto misterio rodea a la figura de este cineasta que no concede entrevistas y del que se sabe poco. De formación católica (padre libanés y madre irlandesa) estudió Filosofía en Harvard y Oxford, donde incoó una tesis sobre Heidegger. Sus películas son de una gran belleza y profundidad, rayando en el misticismo, lo que no lo hace atractivo a todos los públicos. Como en El árbol de la vida, a la cual recuerda mucho ésta su décima película, se centra en contar el conflicto interno más que los eventos externos, aunque aquí estos son históricos e importantes y quedan más que claros.

La película abre con un intertexto fílmico: algunas escenas de El triunfo de la voluntad, la famosa película de la cineasta Leni Riefenstahl, que exalta la figura de Hitler en un evento multitudinario. Un recuerdo de cómo el cine más excelso puede servir a la peor de las causas y que nops sitúa en el ambiente de la época. Aunque Malick musicaliza esos extractos nada menos que con parte del Israel en Egipto de Handel, concretamente con el coro «Y creyeron en el Señor». Así lo dice todo desde antes de que veamos incluso un plano hecho por él. Y con mucha calma nos va involucrando en la vida ordinaria del matrimonio feliz de Franz y Fani. Ambos protagonistas —y después ambos mártires, si bien ella no fue asesinada. Una vida oculta en contacto con Dios y la naturaleza que pronto se ve invadida por las circunstancias políticas, contadas casi indirectamente, pero que ponen al protagonista ante un conflicto tan íntimo como infranqueable. En ese aspecto, la trama sitúa a esta película junto con otras grandes historias de dramas de conciencia, especialmente el clásico Un hombre para la eternidad, sobre Tomás Moro, o más recientemente Hasta el último hombre, sobre el soldado estadounidense que salvó varias vidas aunque por motivos religiosos se negó a tocar un arma en la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, Malick no parece querer contar una serie de peripecias históricas, sino el drama interior de la conciencia de su protagonista. Y lo hace casi sin palabras —con la notable excepción de las cartas originales entre Franz y Fani, por las que se sabe esta historia—, sino de un modo puramente audiovisual. La fotografía de Jörg Widmer sigue muy de cerca (casi diría que imita) el estilo del mexicano Emmanuel Lubezki en El árbol de la vida, donde Widmer fue su ayudante y que se volvió icónico con sus tomas en gran angular, frecuentes contrapicados y movimientos de cámara ágiles siguiendo a los personajes. La música original de James Newton Howard es bellísima y convive de maravilla con las piezas de Bach, Handel, Górecki o Arvo Pärt que invitan directamente a arrodillarse. Las interpretaciones de August Diehl y Valerie Pachner son sobrecogedoras. Dan rostro a esta historia de amor real, pues eso es lo que es. Ambos de origen germano, hablan en el inglés del guion de Malick, que a su vez mantiene el idioma alemán sin subtitular (ni falta que le hace) en los gritos amenazantes de sus enemigos.

Estamos, en fin, ante una equilibrada obra de Malick, que sintetiza mucho de su trabajo anterior e interior (estuvo editándola durante tres años). Requiere verse con calma y tranquilidad de espíritu, como toda obra de arte valiosa, que no es de fácil consumo. Pero quien se adentre en este viaje audiovisual por la conciencia de un hombre real y de la mano de un guía como Terrence Malick tiene la garantía de vivir una experiencia arrebatadora.

Ya no estoy aquí

(2019) México
DIRECCIÓN Y GUION Fernando Frías de la Parra
FOTOGRAFÍA Damián García
REPARTO Juan Daniel García Treviño, Angelina Chen, Adriana Arbelaes, Leo Zapata, Coral Puente, Jonathan Espinoza, Yesica Silva

El cholo y otros extremos

«A todos, en algún momento, se nos ha revelado nuestra existencia como algo particular, intransferible y precioso. Casi siempre esta revelación se sitúa en la adolescencia. El descubrimiento de nosotros mismos se manifiesta como un sabernos solos; entre el mundo y nosotros se abre una impalpable, transparente muralla: la de nuestra conciencia.» Con estas palabras inicia Octavio Paz El laberinto de la soledad, y podrían ser el resumen de la excelente Ya no estoy aquí de Fernando Frías de la Parra, estrenada en Netflix, que cuenta la historia de un joven mexicano en busca de su supervivencia y su identidad.

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Paz escribía esas palabras para hablar de los «pachucos», esa población de origen mexicano en Estados Unidos que se distinguía por su modo de vestir estrafalario y su vida en torno a un estilo musical determinado, como cristalizó Luis Valdez en el musical y después película Zoot Suit (1981). Y prácticamente todo lo que podía decirse de los pachucos el siglo pasado puede decirse hoy de los cholos, que están en el centro de la trama de esta película. Concretamente, la subcultura conocida como Kolombia, compuesta por jóvenes de las zonas marginadas de Monterrey que escuchan variaciones de cumbias colombianas y se dividen en pandillas.

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El protagonista de Ya no estoy aquí es Ulises, el líder de la pandilla de los «terkos». Toda su apariencia es un grito que busca una identidad que afirmar. La película se divide en dos líneas temporales. Por un lado, el presente de Ulises como inmigrante en Estados Unidos y sus esfuerzos por sobrevivir sin conocer siquiera el idioma, donde encuentra ayuda de personajes como la adolescente de ascendencia china Lin, o la prostituta colombiana Gladys. Igual de interesante es su pasado meses atrás en Monterrey, donde la película muestra la particularidad de la subcultura Kolombia: sus bailes, sus indumentarias, su peculiar modo de hablar que es casi un dialecto y que hará que muchos hispanohablantes tengan que ver esta película con subtítulos.

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Frías firma así su segundo largometraje de ficción, con la valiosa colaboración del director de fotografía Damián García (Desierto, Güeros). Sin tener una trama atrapante —también por no seguir una estructura narrativa convencional, ni falta que le hace—  y con una temática muy conocida, como la maduración del adolescente o el drama de la inmigración ilegal, su fuerza está en sumergir al espectador en el peculiar mundo de una rica subcultura que está al margen tanto de la sociedad mexicana (el último estereotipo de Monterrey que uno pensaría es el de unos cholos de peinado estilizado bailando cumbias rebajadas) como de la estadounidense. Y, sobre todo, en la fascinación que causa un personaje, un adolescente introvertido y arisco —excelente descubrimiento del joven Juan Daniel García Treviño, quien nunca había actuado— que en medio de una situación vital difícil está, como todo joven, en una búsqueda de su identidad.

Onward

(2020) EE.UU.
DIRECCIÓN Dan Scanlon
GUIÓN Dan Scanlon, Keith Bunin, Jason Headley
MÚSICA Jeff Danna, Mychael Danna
FOTOGRAFÍA Sharon Calahan, Adam Habib
REPARTO (voces) Tom Holland, Chris Pratt, Julia Louis-Dreyfus, Octavia Spencer, Mel Rodriguez

Recuperar la magia

Pixar, el estudio que apadrinado por Disney revolucionó la animación teniendo siempre como prioridad la calidad de sus historias, entrega su película número 22 y no baja el nivel. Si bien Onward no trascenderá como una de sus mejores (no está al nivel de las Toy Story, Buscando a Nemo, Monsters Inc., Los Increíbles, Up o Inside Out), nuevamente presenta una historia original, emotiva y redonda, acompañada por una animación impecable (que se dice fácil).

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Ian y Barley (voces de Tom Holland y Chris Pratt) son dos hermanos elfos que perdieron a su padre en la niñez. Barley, el mayor, es un geek de la magia y el mundo antiguo que ha sido desplazado por la tecnología. Ian, en plena adolescencia, solo quiere encontrar su lugar en el mundo y parecerse a su padre, al que no conoció. En su cumpleaños, su madre le entrega un regalo de su padre: un báculo mágico que puede traer al padre a la vida durante un día. El hechizo se complica y los hermanos tendrán que realizar una búsqueda épica para completarlo antes de que se les acabe el tiempo.

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La trama transcurre en un universo cuya ambientación es de lo más interesante. Una sociedad de criaturas mágicas donde precisamente se ha perdido la magia, y viven en un mundo parecido al nuestro, con un toque retro. Elfos, dragones, unicornios, hadas y trolls circulan por free-ways en sus coches, usan teléfonos móviles y escuchan viejos casettes. La película aprovecha para el humor y la creatividad este rico universo, además de atreverse con recursos arriesgados, como la parte inferior del cuerpo del padre que es un personaje más y consigue transmitir emociones siendo solo eso, un par de piernas.

ONWARD

Uno de los éxitos de Pixar es ir formando en la cantera a sus propios escritores y directores, para ir permitiendo el relevo generacional. Dan Scanlon (Monsters University) enfila así su segundo largometraje con el estudio, entregando una historia con un sabor muy personal, a pesar de estar situada en un mundo tan fantasioso. Y es que la fórmula nuevamente funciona al apostar por el guion en primer lugar. Onward es una historia de crecimiento y de familia, que esta vez se enfoca en una relación que no es de las más socorridas en el cine: la relación de hermanos. A ello se suma la crítica a una sociedad que perdió una visión más trascendente (la magia en este caso) simplemente por dejar de acudir a ella. Una apuesta con un final de acción y lagrimita incluida que confirma que Pixar es todo un caso de éxito al consolidar el talento de unos pocos en una filosofía y una empresa creativa que parece seguirá dando mucho de sí.

Uncut Gems

(2019) EE.UU.
DIRECCIÓN Josh & Benny Safdie
GUIÓN Ronald Bronstein y Josh & Benny Safdie
MÚSICA Daniel Lopatin
FOTOGRAFÍA Darius Khondji
REPARTO Adam Sandler, Julia Fox, Idina Menzel, LaKeith Stanfield, Eric Bogosian, Kevin Garnett, Judd Hirsch, Tilda Swinton

Ícaro de joyas

La avaricia es una de las pasiones que con más fuerza hemos visto arrastrar a los personajes en pantalla. Desde el clásico de cine mudo de Eric von Stroheim que llevaba precisamente ese nombre, Avaricia (1924), hasta esta película de los hermanos Safdie protagonizada por Adam Sandler que es como un golpe contundente. En Nueva York, un joyero judío consigue un valioso ópalo que pretende subastar a la vez que intenta resolver sus múltiples problemas personales y de negocios. A partir de esa premisa los acontecimientos se desencadenan teniendo al espectador al borde del asiento.

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Financiada por la productora indie A24, en su estilo es similar a la reciente Good Time (2017) de los mismos directores, pues explora personajes urbanos con vidas turbulentas. El eje de la película es la actuación de Adam Sandler, quien se sale de su línea cómica con una calidad de interpretación como no se la había visto desde Punch-Drunk Love (2002) para dar vida a un comerciante tan hábil como insaciable, problemático a niveles patológicos, infiel y acelerado. Un Ícaro imprudente que quiere volar cada vez más cerca del sol. La fotografía del veterano iraní Darius Khondji, estéticamente saturada, da un toque eléctrico al ambiente neoyorkino. Sin embargo, lo que la da a la película una personalidad única es la sugerente musicalización de Daniel Lopatin, músico experimental también conocido como Oneohtrix Point Never, que mezcla sintetizadores con voces casi tribales de un modo alucinante e inesperado.

UNCUT GEMS

La complicación de la trama y la imprudencia del protagonista provocan una ansiedad creciente en el espectador, que culmina en un final emblemático. Sin ser ejemplar ni mucho menos, desde luego da qué pensar sobre lo que puede ser el móvil de la acción de un ser humano, sobre todo cuando no hay en él reflexión alguna, como claramente es el caso. Los Safdie lo plasman con un estilo original y cautivador, permitiendo que Adam Sandler se luzca en un personaje caótico y trágico. Con las advertencias dichas, vale toda la pena.