Los dos papas

(2019) EE.UU.
DIRECCIÓN Fernando Meirelles
GUION Anthony McCarten
FOTOGRAFÍA César Charlone
MÚSICA Bryce Dessner
REPARTO Anthony Hopkins, Jonathan Pryce, Juan Minujín, Luis Gnecco, Cristina Banegas, María Ucedo

En manos de hombres

El hecho insólito e histórico de que en la Iglesia católica haya renunciado un Papa, y haya visto por tanto la llegada de su sucesor, así como el que ambos sean tan distintos aparentemente, invitaba a hacer una buena película al respecto. Esta producción de Netflix hizo esa apuesta por todo lo alto, con un talento de primera fila tanto delante como detrás de la cámara. El resultado es atractivo. No es una película religiosa sino para el gran público, y aunque tampoco es ideológica, sí bastante simplista.

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La dirección se confió al brasileño Fernando Meirelles (célebre por la excelente Ciudad de Dios [2002]), quien le da sabor a la trama latinoamericana —la cinta en parte funciona como una biopic del Papa Francisco, a base de flashbacks— y le da dinamismo a las largas conversaciones entre los dos clérigos que conforman la historia principal. El guion es de Anthony McCarten, quien tiene buena mano para películas biográficas inspiradas en hechos reales (La teoría del todo, Darkest Hour, Bohemian Rapsody). Sin embargo, la calidad del filme proviene sobre todo de los dos histriones principales, con el reto añadido de interpretar a personajes reales, aún vivos y muy conocidos. Anthony Hopkins da a sus 81 años una interpretación en la que logra matices, y permite que se mire más allá de un rostro archiconocido como es el suyo. Jonathan Pryce, otro veterano e incluso más conocido en el ámbito teatral  —cuyo parecido con el Papa actual ha suscitado más de un meme—, brinda también una actuación estupenda, con el mérito añadido de hablar en italiano, latín y, por supuesto, español con el acento porteño del Papa Francisco.

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La trama abarca desde el cónclave en que se eligió a Benedicto XVI hasta el siguiente, en que fue elegido el Papa Francisco. Sobre todo gira en torno a una reunión ficticia entre Benedicto y el entonces Cardenal Bergoglio, quien en la película viaja a Roma para presentar su renuncia y sostiene varios encuentros con el Papa Benedicto que muestran la personalidad de uno y otro, y que los hace cambiar para bien. La imagen de los dos prelados en la película no responde a la realidad, sino a la concepción que de ellos han dado los medios de comunicación. Una simplificación fácil que contrapone conservadurismo versus progresismo, o fidelidad a una doctrina versus preocupación por la gente, atribuyendo de bulto una y otra concepción a cada uno de estos personajes. Bergoglio en su tiempo libre acude a bares populares a ver jugar a la selección argentina. Ratzinger/Benedicto XVI cena a solas, toca el piano o ve el programa televisivo austriaco Comisario Rex, donde un pastor alemán ayuda a resolver crímenes y atrapar a los malos.

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Si bien esta simplificación responde a necesidades dramáticas, así como a que los personajes protagonistas deben tener un arco de transformación —para lo que el sacramento de la Confesión es un recurso conveniente y bien presentado, por cierto— se recurre para ello, sin embargo, a hechos falsos. Bergoglio se acusa de haber colaborado con el régimen de Videla en Argentina, y Benedicto de no haber actuado con firmeza en los casos de abusos sexuales por parte de sacerdotes pederastas. Asuntos que pueden contribuir a cierta confusión en torno a las figuras de estos hombres, así como el que la película plantee que Bergoglio es partidario de una supuesta reforma de la Iglesia, o que Ratzinger estaba deseoso de ser Papa, entre otros.

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Se agradece, en todo caso, que no se presenta a la Iglesia como una institución meramente política llena de intereses privados, sino a dos hombres que buscan cumplir una misión sobrenatural con buena intención. Y se recalca que ambos lo ven así, como una cosa de Dios. En esta línea, hay asuntos bien logrados, como la metáfora visual del paisaje que presenta la vocación espiritual de Bergoglio, o la escena en que este descubre su vocación al confesarse en una iglesia de Buenos Aires. En ese sentido, el Papa actual es el verdadero protagonista de la cinta, y sale bastante mejor parado que Benedicto, a quien la trama le lleva a descubrir en Bergoglio un cambio que la iglesia necesita, a pesar —o más bien en contra— de su personal opinión. La realidad es más rica aunque menos dramática, pues si bien la Iglesia está en manos de hombres, no tiene una explicación exclusivamente humana.

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