De hombres y de dioses

(2010) Francia
DIRECCIÓN Y GUION Xavier Beauvois
FOTOGRAFÍA Caroline Champetier
REPARTO Lambert Wilson, Michael Lonsdale, Olivier Rabourdin, Phlippe Laudenbach, Jacques Herlin

Un canto gregoriano a la libertad

El 21 de mayo de 1996, siete monjes franceses fueron asesinados en Argelia a manos de un grupo de terroristas fundamentalistas islámicos. Esta es la impactante historia real de la que parte Xavier Beauvois para escribir y dirigir De hombres y de dioses, una sobria, profunda y bella película. La contraposición ya nos viene en el título: hombres monjes católicos unos, yihadistas musulmanes otros y sus modos de actuar de acuerdo a sus dioses. Pero nada de falsos ecumenismos: Beauvois va a dejar muy claro que estos modos de vivir la religión no son lo mismo, ni mucho menos. Y lo hace de la mejor manera que el cine puede hacerlo: mostrando la vida misma.

Es así como nos unimos a la vida diaria de la comunidad del Monasterio del Atlas. Y vivimos la vida contemplativa de los monjes a través de un cine muy contemplativo. Al más puro estilo de El gran silencio ese documental sobre la vida de unos monjes cartujos, vemos a los monjes trabajar, estudiar y rezar, en silencio o con cantos gregorianos. El ritmo es dulcemente lento, y las tomas atractivamente largas. Sin música salvo los cantos de los propios monjes y sin efectismos sentimentales. Al parecer no pasa nada, pero mientras nos serenamos y nos mezclamos en la apacible y devota vida de los monjes, sabemos por qué estamos ahí, el peligro acecha y con él el dilema eje de la película: ¿deben irse los monjes ante la amenaza terrorista?

El filme de Beauvois es muy valiente. Pero avanza con la seguridad de quien dice la verdad. Nos presenta a unos monjes muy humanos. Con sus dudas, sus flaquezas, su pasado. Pero, por lo mismo, su conducta resulta más atractiva. Estos hombres normales que han dedicado su vida a una noble causa tanto si se ve con ojos de fe como de mera filantropía tienen el valor de decidir morir, o más bien, de seguir viviendo. “No me asustan los terroristas ni el ejército”, dice el Hermano Luc, interpretado por el veterano actor francés Michael Lonsdale, “tampoco me asusta la muerte, soy un hombre libre”. Y es esa libertad quizá la bandera más grande del filme, una libertad que pocos esperarían encontrar en unos religiosos de vida contemplativa, pero ahí está, resplandeciendo con la fuerza de la vida real.

La evidente crítica al terrorismo se da por supuesta, mostrando de paso la realidad de quien realmente sufre las consecuencias, que es la misma gente del pueblo, musulmanes también, por cierto. Ellos no ven a los monjes como enemigos, al contrario, con una bella imagen les dicen que “los pájaros somos nosotros, y ustedes la rama. Si se van ya no sabremos dónde posarnos”. Así, la vida sigue. La amenaza está ahí y el conflicto late mientras seguimos la vida de los monjes. No hay casi un tiro o una gota de sangre, pero sabemos que su vida está en juego. Nos lo insinúan algunas escenas que, en su simplicidad, golpean con una fuerza increíble, como la oposición que los monjes hacen a un helicóptero con sus cantos desde la capilla del monasterio, o la poderosísima escena de la cena la última cena en toda regla en que los monjes, sin decir una palabra, beben vino mientras escuchan el tema de El lago de los cisnes de Tchaikovsky y les vemos, uno por uno, en un primer plano que lo dice todo de sus vidas plenas y su valiente normalidad.

Hablar de religión para el gran público es siempre espinoso, también en el cine, pero Beauvois se muestra natural. Los monjes no son estereotipos de creyentes cerrados y arrogantes. Al contrario, son pintados con un espíritu auténticamente cristiano: rezan por todos, ayudan a todos, sin distinción de raza o religión. Les vemos celebrando la circuncisión de un niño del pueblo y estudiando el Corán. Y en su conversación con un cabecilla terrorista, el abad Christian interpretado por la otra estrella de la película, Lambert Wilson logra encontrar puntos en común entre cristianos y musulmanes. La carta que escribe antes de morir de la que ni una coma es desperdiciable es un bellísimo resumen de todo esto, porque estos monjes no ven un mundo de hombres y de dioses, sino de hermanos que deberían convivir bajo la mirada amorosa del Creador.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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