Roma

(2018) México
DIRECCIÓN, GUION Y FOTOGRAFÍA Alfonso Cuarón
REPARTO Yalitza Aparicio, Marina de Tavira, Fernando Grediaga, Jorge Antonio Guerrero, Nancy García, Verónica García, Diego Cortina Autrey, Marco Graf, Daniela Demesa, Carlos Peralta

Nostalgia en alta definición

Roma es la película más personal de Alfonso Cuarón. Por un lado, porque el mexicano se responsabilizó del guion, la dirección y la fotografía (por consejo de su director de fotografía Emmanuel Lubezki, quien tuvo que abandonar el proyecto por motivos familiares) de este su octavo largometraje, el tercero de ellos hecho en México. Además, está inspirado en su propia infancia —acontecida en la tradicional Colonia Roma, de la Ciudad de México— y tiene como protagonista a una joven indígena mixteca que trabaja para una familia mexicana acomodada: Cuarón dedica el filme a su nana Libo. Con un blanco y negro en alta definición y un diseño sonoro de avanzada tecnología (Dolby Atmos) aplicado a los sonidos cotidianos de la vida de la capital mexicana en 1970, Cuarón desde una óptica artística mezcla la nostalgia de una época con un dominio de la técnica que se vale de los últimos avances de la industria —no olvidemos que su cinta anterior es Gravedad, un prodigio técnico— logrando una película preciosa, cuidada hasta el detalle, y armada toda en función de una historia tan sencilla como poderosa. Basta ver el plano secuencia de los créditos iniciales para darse cuenta de esto.

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El conflicto en torno a la paternidad, una constante en los filmes de Cuarón, ya sea escritos por él o no —desde La princesita y Harry Potter y el prisionero de Azkaban hasta Y tu mamá también y Gravedad—, es también el eje en Roma. Tanto para Cleo (Yalitza Aparicio), la protagonista, como para la familia de la que es empleada: la Sra. Sofía (Marina de Tavira) y sus cuatro hijos. Cuarón es sutil en su narrativa, permitiendo que los hechos de la trama se vayan intuyendo más que revelándolos. No busca un reclamo social de la figura de la empleada doméstica, sino mostrar una realidad en la que dos mujeres salen adelante en un mundo de hombres irresponsables. «Estamos solas», le dice la Sra. Sofi a Cleo. Tremendas actuaciones de Marina de Tavira (Efectos secundarios, Ilusiones S.A.) y de Yalitza Aparicio, de origen mixteco y que no tenía experiencia en actuación, sino que fue casteada directamente por Cuarón y su equipo: si bien su interpretación es contenida, refleja muy bien la idiosincracia de su pueblo y su rol social. Y así consigue tocar el corazón del espectador.

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La ausencia de música extradiegética refuerza la experiencia directa con la trama sin sentimentalismos, que hacen que los hechos destaquen por sí mismos. Los detalles de ambientación están recreados con todo mimo. Desde las calles que recorren Cleo y su compañera Adela (Nancy García) en largos travellings, donde lucen los coches y la gente vestida de época o la propaganda del recientemente electo presidente Luis Echeverría, hasta los aspectos domésticos más mínimos, como un envoltorio de Pan Bimbo (como eran en 1970), el pitido del carro del vendedor de camotes, o los gritos del vendedor de miel.

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Pese a la ambigüedad que el título Roma puede presentar para algunos públicos (sobre todo no mexicanos) ciertamente la ciudad y esta colonia son protagonistas. Ver Roma es revivir el México reciente de las clases medias y medias altas. Cuarón comparte el México de su infancia, desde los rituales familiares como ver un programa cómico en la televisión todos juntos, la banda militar que recorre las calles del vecindario —preciosa escena cuando pasan junto a una devastada Marina de Tavira que despide a su esposo— o su cariño al cine de la época, de una enorme sala y lleno de vendedores a la salida (donde Cuarón no deja de hacer una referencia a Gravedad). Es el México real, que se alarma ante un sismo y que evoluciona socialmente —la recreación del «Halconazo», la matanza de estudiantes durante una marcha por el grupo paramilitar de «los halcones» el jueves de Corpus de 1971, es tan indirecta como cruda y bien integrada en la trama—; pero también el México del realismo mágico latinoamericano, donde se entrenan artes marciales en una basta llanura de Iztapalapa ante la presencia del mítico Profesor Zovek, o donde un incendio junto a una casa rural de abolengo en año nuevo se muestra como una experiencia onírica y fascinante.

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Para el anecdotario de la historia de esta industria queda, en fin, el pulso entre la plataforma Netflix —productores de la cinta— y los defensores del modelo clásico del cine, como son los grandes festivales y los exhibidores tradicionales, quienes reclaman una exhibición de 90 días únicamente en las salas de cine para poder premiar la cinta o para acceder a proyectarla. La plataforma cuyo negocio es, en cambio, ofrecer el contenido online a sus suscriptores, está decidida a cambiar ese modelo y mientras siga financiando películas de este nivel —y todo indica que así será— tendrá mucha fuerza para lograrlo. Antes de su estreno masivo por NetflixRoma ya ha ganado el León de Oro en Venecia, ha sido anunciada como representante de México en los Premios Oscar para ser nominada a mejor película extranjera, y en los Premios Goya de la Academia de Cine española en la categoría de mejor película latinoamericana. Desde luego merece eso y más.

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(2018) EE.UU.
DIRECCIÓN Alfonso Ruizpalacios
GUION Manuel Alcalá y Alfonso Ruizpalacios
FOTOGRAFÍA Damián García
MÚSICA Tomás Barreiro
REPARTO Gael García Bernal, Leonardo Ortizgris, Alfredo Castro, Lisa Owen, Ilse Salas, Leticia Brédice, Simon Russell Beale

Robo existencial

1985 fue un año difícil para la Ciudad de México, marcado por un terrible terremoto que cobró miles de víctimas. En la Nochebuena de ese año, un par de estudiantes de veterinaria llevaron a cabo un acto tan formidable como enigmático: robaron cientos de antigüedades prehispánicas invaluables del emblemático Museo Nacional de Antropología. A partir de ese hecho real, Manuel Alcalá (productor y guionista) quiso llevar la historia a la gran pantalla, lo que logró finalmente de la mano de dos grandes del cine mexicano actual: el ascendente director Alfonso Ruizpalacios (cuya ópera prima, Güeros, fue la cinta mexicana más premiada en el 2014) y la estrella Gael García Bernal.

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Si bien la trama parecería sugerir un thriller o una película de aventura, Ruizpalacios —que al involucrarse al proyecto pidió intervenir desde el guion— la aborda desde la confusión existencial de un par de personajes que ante el vacío de sus vidas deciden hacer algo emocionante y fuera de lo común. En ese sentido —y aunque ésta es mucho más accesible y, en ese sentido, comercial que su primera película, filmada en blanco y negro con una relación de aspecto 4:3— está emparentada con Güeros, pues ambas muestran a jóvenes universitarios sin norte cuyas vidas se desenvuelven en la Ciudad de México en torno a un hecho de la historia reciente (en Güeros era la huelga de la UNAM) y que buscan un ancla en el pasado: una leyenda olvidada del rock mexicano en Güeros, y en Museo una vedette venida a menos y las propias piezas de la antigüedad mexicana que roban.

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Este enfoque más profundo y el estilo cinematográfico que le imprime Ruizpalacios, con una estructura narrativa no convencional, encuadres audaces y elementos brechtianos como los personajes detenidos posando como para ser fotografiados en el robo, o la pelea que tiene el personaje de Gael en el bar de Acapulco, la hacen una película mucho más ambiciosa que una mera recreación histórica o, peor, una película de ladrones astutos a la Ocean’s Eleven. A esa pretensión se suma la interesante propuesta musical del compositor Tomás Barreiro, con variaciones sinfónicas a partir de «La noche de los mayas» del maestro Silvestre Revueltas, que causa un interesante efecto barroco en una película urbana y moderna. La fotografía de Damián García aprovecha escenarios de la Ciudad de México como las míticas torres de Luis Barragán y Mathias Goeritz en Ciudad Satélite o el propio museo imponente.

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Gael García Bernal suele ser garantía al interpretar personajes que resultan carismáticos y oscuros a la vez, por lo que el papel protagónico le acomoda bastante, y consigue disimular que le sobran 20 años respecto a su personaje. Los secundarios están muy bien elegidos, sobre todo la familia del protagonista, a quienes llegamos a conocer bastante en torno a su cena navideña, lo que genera una bonita nostalgia del México de finales del siglo pasado con una dinámica familiar capitalina —o más bien sateluca. Y la sorpresa es la tierna actuación de Leonardo Ortizgris, más bien plano en Güeros, que aquí hace de inocente Sancho Panza, efectivo contrapeso del complejo protagonista. En fin, una interesante pieza —filmada en 35 mm y sin embargo producida por YouTube Originals— en el cada vez más variado horizonte del cine mexicano que, como sucediera cuando se robaron piezas invaluables del pasado de los mexicanos, seguramente fomentará la asistencia a un museo donde muchos buscan en sus orígenes su identidad.

Tiempo compartido

(2018) EE.UU.
DIRECCIÓN Sebastián Hofmann
GUION Julio Chavezmontes y Sebastián Hofmann
FOTOGRAFÍA Matias Penachino
MÚSICA Giorgio Giampà
REPARTO Luis Gerardo Méndez, Miguel Rodarte, Cassandra Ciangherotti, Montserrat Marañón, RJ Mitte, Andrés Almeida, Hugo Albores, Karina González, Juan Carlos Colombo

Hitchcock en Acapulco

Qué duda cabe que el cine mexicano está creciendo y bien. A la ya importante cantidad de películas producidas por año (y más importante aún: estrenadas) se ha ido sumando la audacia de productores y directores que buscan alejarse de un sobreentendido género —lo que muchos entienden por «cine mexicano»— en el que solo parecían caber sórdidas tramas neorrealistas o frívolas comedias sociales. Así, haciendo precisamente cine mexicano de género, surgen cosas como el sugerente thriller de Sebastián Hofmann y Julio Chavezmontes, Tiempo compartido, una película excelente que se sostiene por sí misma en la competencia global del cine (su premio a mejor guion en el Festival de Sundance así lo constata).

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Pedro (un Luis Gerardo Méndez con algunos destellos fuera de su interpretación habitual) se va de vacaciones con su esposa Eva (correcta Cassandra Ciangherotti) y su hijo. Pronto sus planes se ven frustrados cuando descubre que, por un error de la compañía hotelera, tiene que compartir su villa vacacional con una extraña familia —unos personajes que a ratos parecen sacados de un cuento de Cortázar y a ratos de una comedia de Ismael Rodríguez—. Eso solo será el inicio de una serie de infortunios sospechosos, que irán ligándose con Andrés (excelente Miguel Rodarte) y Gloria (Monserrat Marañón mostrando sus tablas de mucho teatro con una interpretación de primera), un matrimonio con un pasado doloroso y empleados del hotel recién adquirido por una cadena hotelera multinacional representada por un hábil directivo (la elección de casting de RJ Mitte —así es, Walter White, Jr. en Breaking Bad— para este papel es tan audaz como acertada).

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Con un gran manejo del suspense y las dosis justas de humor, la intriga avanza de modo atrapante y desconcertante a la vez. La música del italiano Giorgio Giampà, entre tropical y surrealista, a ratos casi divertida, logra esa sensación que Bernard Herrmann aportaba a las películas del maestro Hitchcock, de sentir la tensión cuando aún no ha sucedido nada. La fotografía de Matias Penachino aprovecha la excelente locación del emblemático Hotel Princess de Acapulco transformándolo en un auténtico lugar de pesadilla, con una paleta de colores bien manejada —¡flamingos!— y con tomas como conversaciones filmadas en el reflejo de la alberca o de la ventana, o aspectos de los coloridos vacacionistas, que recuerdan a lo mejor de Paolo Sorrentino.

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El tema, en fin, es un mensaje claro contra el capitalismo deshumanizante y ciertos aspectos negativos de la globalización que, por lo mismo, resulta universal y muy actual. Aunque se echa de menos un final más redondo, el desenlace no deja de funcionar a su manera. Una estupenda película —además de ser una producción mexicana— a la que esperemos que otras imiten en audacia, en calidad y en exploración de otros géneros. Desde luego, talento, hay.

Jurassic World: El reino caído

(2018) EE.UU.
DIRECCIÓN J.A. Bayona
GUION Dereck Connolly & Colin Trevorrow
FOTOGRAFÍA Oscar Faura
MÚSICA Michael Giacchino
REPARTO Chris Pratt, Bryce Dallas Howard, Rafe Spall, Daniella Pineda, Justice Smith, James Cromwell, Toby Jones, Geraldine Chaplin, Isabella Sermon, Jeff Goldblum

Salvar a los dinosaurios

En la acelerada evolución de los formatos audiovisuales y con la necesidad de mantener el negocio millonario del cine comercial, el sueño de todo estudio es poder establecer una saga. Una continuidad de películas que asegure una audiencia que espera ansiosa la siguiente entrega de su universo narrativo. Están por supuesto Star Wars y el universo Marvel; Harry Potter continuó su saga con Animales Fantásticos; y hacer tres películas de El Hobbit llevaba la intención de estirar la saga tolkeniana lo más posible. La que nos ocupa aquí sigue la estela de un hito del cine, Jurassic Park (Steven Spielberg, 1993), que completó una trilogía, posteriormente se retomó el concepto con Jurassic World y ahora pretende volverse saga con la continuación de esta.

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Han pasado cuatro años desde el desastre ocurrido en el parque de atracciones Jurassic World que dejó a los dinosaurios libres en la Isla Nublar, solo que ahora un volcán amenaza con hacer erupción y acabar con todas las prehistóricas criaturas. Claire Dearing (Bryce Dallas Howard), ex gerente del fallido parque convertida en activista pro-dinosaurios, busca salvar a estas especies, para lo que viaja a la isla junto a su ex-novio y entrenador de velocirraptores Owen Grady (el siempre divertido Chris Pratt) auspiciados por un sospechoso benefactor (Rafe Spall) que trabaja para el filántropo Benjamin Lockwood (James Cromwell), antiguo colega de John Hammond, el fundador original de Jurassic Park. ¿Qué podría salir mal?

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La dirección de la película fue confiada a J.A. Bayona, el más comercial y spielbergiano de los directores españoles —lo digo como elogio—, que tras el éxito de El orfanato (2007) saltó a Hollywood con la producción española de factura internacional Lo imposible (2012) y se consolidó con la fantasía de Un monstruo viene a verme (2016). Bayona y sus colaboradores habituales trasladan a trepidantes secuencias el guion de Dereck Connolly y Colin Trevorrow (autores de esta ampliación de la saga, incluso Trevorrow dirigió Jurassic World) que contiene los elementos comunes a este tipo de películas: el romance divertido de los héroes principales, un villano con intenciones ocultas, niños (en este caso es solo una), personajes secundarios como alivio cómico y una trama que gira en torno a los dinosaurios que escapan haciendo que todo se salga de control.

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Sin llegar al nivel de su inmediata predecesora, que supo jugar con la nostalgia de Jurassic Park y dio vida al ansiado proyecto de un parque de atracciones en funcionamiento, esta entrega es también hija de su tiempo, de ahí la importancia de los personajes femeninos centrales —además de la heroína que interpreta Bryce Dallas Howard luce la joven científica feminista Daniella Pineda (Zia Rodriguez) y la pequeña nieta de Lockwood (Isabella Sermon), clave en la trama— y sobre todo el enfoque animalista. Y es que los dinosaurios no son aquí terrorífica amenaza, sino las víctimas que los héroes quieren salvar; algo similar a lo que pasa en la reciente trilogía de El planeta de los simios —otra saga— sobre lo que escribí hace varios años. Es encomiable el esfuerzo por adaptar esta trama a los tiempos que corren, aunque no está claro que la audiencia esté preparada para encontrar adorable a un velocirraptor.

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(2018) EE.UU.
DIRECCIÓN y GUION Brad Bird
MÚSICA Michael Giacchino
REPARTO (voces en inglés) Craig T. Nelson, Holly Hunter, Samuel L. Jackson, Bob Odenkirk, Catherine Keener, Sarah Vowell, Huck Milner, Brad Bird

Súper familia

Catorce años después del clásico de Disney-Pixar que nos presentó a esta fabulosa familia de superhéroes, su secuela retoma la acción en el mismo momento en que aquélla terminó, con los protagonistas enfrentando a un nuevo villano. La prohibición legal de los superhéroes aún vigente los fuerza a seguir inactivos, hasta que son contactados por dos hermanos millonarios interesados en recuperar el prestigio de los superhéroes. Esta vez será Helen/Elastigirl quien deba dar el primer paso en su nueva misión, por lo que Bob/Mr. Increíble tendrá que quedarse en casa a cuidar a los niños…

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La vigésima película de Pixar no solo cumple con el alto estándar de calidad del guion y de factura de animación a los que el estudio nos tiene acostumbrados, sino que en muchos aspectos los supera, al entregar una historia más compleja y profunda, sí de animación para toda la familia pero no «infantil» ni mucho menos. Nuevamente es Brad Bird quien escribe y dirige, que además de la primera Los Increíbles, escribió y dirigió Ratatouille también para Pixar, antes la espléndida El Gigante de Hierro, y películas no animadas como Tomorrowland o Misión Imposible: Protocolo Fantasma (esta última solo la dirigió).

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Se notan los años invertidos en un guion excelente que aprovecha a estos personajes entrañables que reflejan los roles de la familia clásica: Bob, el padre protector (su superpoder es la fuerza); Helen, la madre flexible (su superpoder es la elasticidad); Violet, la adolescente insegura (puede hacerse invisible y crear campos defensores); Dash, el niño inquieto (supervelocidad) y Jack Jack que como todo bebé está lleno de posibilidades (la trivia de IMDb le atribuye hasta 17 poderes distintos). La historia luce con una estupenda animación y un diseño retro que hace homenaje al género de aventuras de los 60’s —época en que se transcurre la trama—, con cameo de Jonny Quest incluido.

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Amén de las excelentes secuencias de acción y del humor —la desternillante escena en el restaurante donde trabaja el crush de Violet, o el combate del bebé Jack Jack contra un mapache son ejemplos geniales— que hacen de esta una película muy entretenida y de mucho disfrute, la trama plantea algunos temas de plena actualidad como la justicia o injusticia de las leyes; la importancia de la opinión pública y la percepción social; la dependencia actual de las pantallas (el villano Screenslaver, literalmente «pantalla-esclavizador», es para reflexionar) o el papel de la mujer en la familia en una sociedad cada vez más volcada al feminismo: Elastigirl se luce tanto en su trepidante persecución como en su defensa de la importancia de ser ama de casa. Si algo se le puede reprochar es que sigue la misma estructura narrativa que su primera parte, con un giro de la trama final también muy similar y, por tanto, previsible. En todo caso, es una estupenda película y divertidísima, que de paso contiene un mensaje familiar en absoluto forzado sino muy orgánico.

Isla de perros

(2018) EE.UU.
DIRECCIÓN Wes Anderson
GUION Wes Anderson, Roman Coppola, Jason Schwartzman y Kunichi Nomura
FOTOGRAFÍA Tristan Oliver
MÚSICA Alexandre Desplat
REPARTO (voces) Bryan Cranston, Edward Norton, Bill Murray, Jeff Goldblum, Bob Balaban, Liev Schreiber, Scarlett Johansson, Frances McDormand, F. Murray Abraham, Greta Gerwig, Tilda Swinton, Harvey Keitel, Koyu Rankin

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El inconfundible estilo del cineasta texano Wes Anderson permite la interesante dicotomía de que realice películas de acción real así como animaciones en stop motion con una misma línea visual y estética. Son bien conocidos sus planos simétricos, tomas cerrados en ángulo cenital, largos travellings y una rica paleta de colores en lo estético, así como su humor irónico en las aventuras de sus excéntricos personajes. Isla de perros es su segunda incursión en esta técnica de animación después de la fabulosa Fantastic Mr. Fox a la que, digámoslo ya, no alcanza su más reciente película.

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El futuro. Ante la sospechosa proliferación de la gripe canina, el alcalde de la ciudad japonesa de Megasaki decide expulsar a todos los perros a una isla-basurero. El joven Atari logra llegar a la isla en busca de su mascota, aventura a la que se unirán cinco simpáticos canes, mientras que en Megasaki comienza la resistencia… Wes Anderson incide en una cultura ajena desde su mirada muy occidental como había hecho con la India en The Darjeeling Limited y la Centroeuropa de entreguerras en The Grand Budapest Hotel. (Esperemos no tarde en descubrir el colorido México, pues podría salir algo interesante).

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Es clave el reparto de voces, conformado por los habituales colaboradores de Wes Anderson, a los que se unen algunas estrellas como Bryan Cranston como Chief, el perro protagónico, un callejero rebelde; o Greta Gerwig como la estudiante de intercambio Tracy Walker, parte activa de la resistencia y enamorada de Atari. El grupo canino interpretado por Edward Norton, Bill Murray, Jeff Goldblum y Bob Balaban es de lo más divertido, así como las intervenciones puntuales de Scarlett Johansson, Tilda Swinton, Harvey Keitel… todos perros. Por cierto, muy acertada la mezcla lingüística, que mantiene los diálogos japoneses —con sus necesarias traducciones dentro de la historia— mientras los perros hablan en inglés sin entenderse con los humanos. El guion contiene los elementos constantes de Anderson, también guionista de sus películas, como el amor adolescente, la rebelión contra la autoridad, o la inmadurez de los adultos frente a la sabiduría intuitiva de los niños (a los que se suman, en esta ocasión, los perros).

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En este su noveno largometraje, Wes Anderson no decepciona, pero tampoco se supera y no estamos ante una de sus mejores. Por varios motivos. Dentro de su cuidadísima estética visual, hay algunos momentos de saturación, cuando letras en inglés y kanjis en japonés se unen a los ya cargados planos haciendo que uno no sepa a dónde mirar. Como a veces le sucede, el ritmo afloja un poco a la mitad de la historia y la música de Alexandre Desplat, siendo genial, se vuelve algo repetitiva. El tercer acto no es tan intenso como los de otras tramas suyas y eso también se resiente.

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Con todo, hay momentos y elementos estupendos —la secuencia con la canción I Won’t Hurt You; el arco del personaje de Chief; los gatitos que acompañan siempre a los villanos; la asistente Yoko-Ono a quien da voz la misma Yoko Ono; y las múltiples referencias cinematográficas (el apellido del alcalde Kobayashi saca una sonrisa a quienes hemos visto y re-visto The Usual Suspects) especialmente al cineasta japonés Akira Kurosawa— y el resultado global es bastante bueno, destacando la elaborada producción que una animación con esta técnica exige. Finalmente, quizá no sea tan memorable puesto que el tema de la película —la opresión de quienes odian a los perros— no es actual sino todo lo contrario, pues vivimos en la época en la que más preocupación ha habido por los animales, y por estos animales, al menos en Occidente (el título original Isle of Dogsque se pronuncia igual que I love dogs, no es inocente).

 

Avengers: Infinity War

(2018) EE.UU.
DIRECCIÓN Anthony Russo y Joe Russo
GUION Christopher Markus y Stephen McFeely
FOTOGRAFÍA Trent Opaloch
MÚSICA Alan Silvestri
REPARTO Josh Brolin, Robert Downey Jr., Chris Evans, Chris Hemsworth, Mark Ruffalo, Scarlett Johansson, Don Cheadle, Benedict Cumberbatch, Chris Pratt, Bradley Cooper, Vin Diesel, Zoe Saldana, Pom Klementieff, Dave Bautista, Tom Hiddleston, Tom Holland, Chadwick Boseman, Danai Gurira, Karen Gillan, Paul Bettany, Elizabeth Olsen, Sebastian Stan, Anthony Mackie, Peter Dinklage, Benicio del Toro

En busca del balance

Lo dicen los números. A pesar de la enorme variedad de películas que se hacen hoy en todo el mundo —nunca antes había habido tanto cine y, me atrevo a decirlo, tan bueno— esta década pasará a la historia del séptimo arte como la del cine de superhéroes. Heredero del cómic y sustituto pop de la mitología, este es sin duda el género cinematográfico que más gente está llevando a las salas y, por lo mismo, al que más se le invierte.  En esa tesitura aparece «el evento cinematográfico de la década»: cumpliendo 10 años —en 2008 se estrenó la primera Iron Man reviviendo la carrera de un rehabilitado Robert Downey Jr.— y con 18 películas de sus superhéroes encima, Marvel Studios —que en el ínterin fue comprada por Disney— junta a (casi) todos esos superhéroes en la primera parte de lo que pretende ser el final de un ciclo. El nombre, aunque tomado de un cómic, no puede ser más ambicioso: Avengers: Infinity War. Nada menos.

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El riesgo de incluir en una sola película a casi veinte personajes importantes —la mayoría tienen sus propias películas, incluso trilogías completas— era grande. Así, la apuesta de Marvel Studios fue asumir que el público ya conoce a estos personajes y sus backstories. Ciertamente no es una película que se sostenga narrativamente por sí misma. Y así está pensada: estamos ante un caso más —cada vez más frecuentes— de películas que, celosas de las narrativas amplias de las series, son un trozo de historia como dije en su momento, como la trilogía de El Hobbit o los finales de sagas como Harry Potter Los juegos del hambre, que constan de dos partes. De esta forma, sin perderse en recapitulaciones, consigue tocar adecuadamente los conflictos de cada uno de estos personajes: Tony Stark queriendo sentar cabeza, un Capitán América rebelde, un Bruce Banner sin Hulk, Wanda y Vision enamorados, un Groot adolescente, un Quill/Star Lord dolido, un Thor frustrado, un Loki leal…

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Así pues, esta entrega cumple y mucho, pues es sobre todo sumamente entretenida. Excelentes secuencias de acción. Guiños a los fans. Humor por todas partes, incluso con riesgo de exagerar. Sin embargo, el verdadero mérito de esta película es que, a pesar de lo cómica y entretenida que es, ha apostado por la tragedia. Y no solo por su trágico final (del que muchas razones, internas y externas a la trama, invitan a pensar que no es definitivo, por cierto). Los guionistas se centraron no en la historia de Tony Stark, ni del Capitán América, ni de Hulk, ni de Thor… el personaje central es el villano, Thanos. Este ser morado y colosal no es el típico megalómano ambicioso. Thanos ama. Thanos llora. Es un malo que se antoja shakesperiano, convencido de que su cruzada es buena: eliminar a la mitad de la población del universo para tener los recursos mejor repartidos; para encontrar el balance. Busca recolectar las seis gemas del infinito y con su poder hacer esta criba con un chasquido, al azar y sin dolor. En sus palabras: «lo llamo misericordia». Brutal. Un argumento contra la sobrepoblación que está hoy en los labios de muchos. Y no precisamente de los que consideramos villanos.

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Disney/Marvel no ha hecho más que empezar. Tiene aún varias historias de superhéroes en la chistera. El dinero se sigue moviendo y la gente va en tropel a los cines (Infinity War es la película más cara jamás hecha y es ya la película más taquillera de la historia en su primer fin de semana). Muchos amantes del buen cine pueden indignarse de que sea algo insulso, entretenimiento fácil, una red de películas que dependen unas de otras donde se espera la escena post-créditos que anunciará la siguiente aventura. Grandes actores siguen rindiéndose ante el dinero y a ser inmortalizados en una figura de acción. Por suerte, hoy hay suficiente oferta para todos los públicos, y el cine de superhéroes tiene mucho y parece insaciable. Esperemos que gente como los hermanos Russo (los directores) y buenos guionistas sigan ahí para asegurarse de que sepa bien.

 

 

Un lugar en silencio

(2018) EE.UU.
DIRECCIÓN John Krasinski
GUION Bryan Woods, Scott Beck y John Krasinski
FOTOGRAFÍA Charlotte Bruus Christensen
MÚSICA Marco Beltrami
REPARTO John Krasinski, Emily Blunt, Millicent Simmonds, Noah Jupe

Tensión sin ruido

Hacer una buena película a partir de una premisa insulsa no debe ser sencillo. Y, ciertamente, la premisa de la invasión de unas criaturas feroces —y ciegas— que destruyen a cualquier otro ser vivo en cuanto lo escuchan no parecería sostenerse con facilidad. Sin embargo, Un lugar en silencio (título original A Quiet Place; el título ibérico Un lugar tranquilo arruina la referencia al silencio… y de tranquilo no tiene nada) consigue exprimir esa tensión al máximo centrándose en una familia que ha conseguido sobrevivir a base de no hacer, literalmente, ningún ruido. Hasta ahora. image3-1520777936La película, protagonizada y bien dirigida por John Krasinski (mejor conocido por su personaje de Jim en la serie cómica The Office: ya se ve que a los cómicos les está funcionando pasarse al suspense; a Jordan Peele ya le valió un Oscar a mejor guion por Get Out) juega muy bien con la ausencia de diálogos de los personajes —salvo los breves mensajes en señas— y consigue crear una tensión que mantiene al espectador al borde del asiento: aunque es una película más bien breve, no hay un momento de respiro. image4-0Con un gancho inicial de manual, se limita durante el resto de la trama al juego de no hacer ruido, manteniéndolo en los límites narrativos donde semejante planteamiento puede sostenerse. Su estética de un mundo distópico gris y desolado, junto con el énfasis en el mensaje familiar —da gusto ver una familia feliz y unida en el cine, la esposa en la cinta es la actriz Emily Blunt, esposa de Krasinski en la vida real— recuerdan la ignorada The Road, mientras que la figura del padre protector y la ambientación remiten más bien a Señales de M. Night Shyamalan. Una eficaz película de suspense que de paso rompe una lanza en pro de la unidad familiar y la apertura a la vida aún en circunstancias complicadas.

Ready Player One

(2018) EE.UU.
DIRECCIÓN Steven Spielberg
GUION Zak Penn y Ernest Cline, basado en la novela de Ernest Cline
FOTOGRAFÍA Janusz Kaminski
MÚSICA Alan Silvestri
REPARTO Tye Sheridan, Olivia Cooke, Ben Mendelsohn, Mark Rylance, Simon Pegg

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Spielberg es Spielberg. Uno de los artífices del cine como hoy lo conocemos, que ha forjado el cine de aventuras (desde la saga de Indiana Jones hasta la adaptación digital de su querido Tin Tin), ensanchado la ciencia ficción (como olvidar a E.T. o sus Encuentros cercanos del tercer tipo), pero también explorado el drama histórico (con La lista de Schindler, Lincoln o la reciente The Post) o aportado a la técnica introduciendo por primera vez imágenes por computadora en Jurassic Park, entre otras muchas cosas. A sus 72 años —se dice fácil— este veterano muestra una vez más una de sus grandes virtudes: su apertura ante lo nuevo. Entrega así una versión del clásico viaje del héroe inserto esta vez en el universo de los videojuegos (es la adaptación de la popular novela homónima), en una película que tiene tres cuartas partes de animación digital.

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En un futuro distópico (2040’s), la humanidad se abstrae de su dura realidad pasando gran parte de su tiempo inmersa en el «Oasis»: un gran videojuego de realidad virtual creado por el recientemente fallecido James Halliday (Mark Rylance, el más reciente predilecto de Spielberg, interpreta a este Steve Jobs de los videojuegos). La muerte del creador desveló un concurso con distintas pruebas dentro del videojuego, cuyo premio será el control del Oasis. El héroe es Wade (Tye Sheridan), un joven huérfano que vive con su tía en las periferias de una gran ciudad, y que se aliará con otros jóvenes como él para obtener el premio antes que la macroempresa liderada por el ambicioso Sorrento (Ben Mendelsohn), gane el juego y, con él, el control de su querido Oasis.

READY PLAYER ONE - Dreamer Trailer (screen grab) CR: Warner Bros. Pictures

La trama va en la línea de varias películas de Spielberg, donde la camaradería de los niños se enfrenta a los malvados adultos, como hemos visto en E.T. o Los Goonies; modelo atractivo que se ha perpetuado en historias como Súper 8 de J.J. Abrams o la serie Stranger Things de los Hermanos Duffer. Aquí se suma el componente geek de los videojuegos pues Ready Player One, como la novela, está llena de referencias a ese universo y a la cultura pop en general. Por cierto, es novedad de la película el homenaje que se hace a El resplandor de Kubrick, un excelente guiño de Spielberg a uno de sus directores más admirados. Como era de esperar, visualmente es impresionante, aunque quizá llegue en momentos al empalago digital. Más allá de la trama de aventuras y el consabido viaje del héroe, asoma solo un poco la crítica a una sociedad que cada vez renuncia más a resolver sus muchos problemas optando por aislarse en mundos de ficción. Todo indica que para allá vamos.