SPECTRE

(2015) EE.UU.
DIRECCIÓN Sam Mendes
GUIÓN John Logan, Neal Purvis, Robert Wade y Jezz Butterworth
MÚSICA Thomas Newman
FOTOGRAFÍA Hoyte Van Hoytema
REPARTO Daniel Craig, Christoph Waltz, Léa Seydoux, Naomie Harris, Ralph Fiennes, Ben Whishaw, Monica Bellucci

Bond para rato

La entrega número 24 de la saga más grande del cine se dice fácil. Y ciertamente tiene mérito que James Bond, el mítico agente 007 de las novelas de Ian Fleming, siga atrayendo a las masas al cine como lo hace. El éxito radica en una buena combinación de los mismos elementos de siempre –sobre todo el propio personaje: invulnerable, elegante, mujeriego, irónico y frío, tal como lo inmortalizó Sean Connery; así como la acción y los grandes villanos– y cierta dosis de innovación.

Lo que el director Sam Mendes (Belleza Americana, Camino a la perdición) ha aportado a la saga es un toque de mayor calidad cinematográfica –no estamos ante las típicas películas de acción ya, aunque sin salirse del género, por supuesto– así como cierta profundización en los personajes. La estupenda Skyfall (a la que esta nueva entrega no iguala) funcionaba muy bien en ese sentido, hablándonos del pasado de un James Bond huérfano y cuestionando su estilo de vida, así como el de toda su organización. Es algo atractivo en una época en que queremos que nuestros héroes sean más humanos, más cercanos, como el Batman de Christopher Nolan.

En esta misma línea intenta ir SPECTRE, al mismo tiempo que vuelve en su trama a la primeras películas de James Bond, pues de alguna manera le han ido dando un segundo repaso a las novelas desde Casino Royale (2006). El título alude a una organización secreta a la que pertenecen los villanos de las últimas misiones de 007, descubierta por Bond quien se enfrenta finalmente a su líder: Enrst Stavro Blofeld. Los fans recordarán que Blofeld es el villano por excelencia. El prototipo de hombre misterioso cuyo rostro siempre vemos entre sombras y que acaricia un peludo gato blanco, en realidad comenzó con el Blofeld de las novelas de James Bond y de ahí pasó al cine (quizá resulte más familiar su más celebre parodia: el Dr Evil de las películas de Austin Powers, físicamente bastante similar al Blofeld de Solo se vive dos veces).

De nuevo, tradición e innovación, pues el Blofeld de SPECTRE resulta estar ligado al pasado de James Bond –lo que da mayor dimensión al personaje– y el archivillano ahora se expresa con el modo sarcástico de Christoph Waltz, que le valiera ya dos Oscars por interpretar personajes similares para Tarantino en Inglorious Basterds y Django Unchained, aunque también tenga un gato blanco y una vestimenta similar. Con él comparten pantalla Daniel Craig –el Bond rubio y algo inexpresivo que con todo cada vez convence más– y la francesa Léa Seydoux, que es la principal chica Bond esta vez, lo que no quita que aparezcan la mexicana Stephanie Sigman (Miss Bala) y la veterana Monica Belluci también compartiendo pasiones con el agente. Con Craig repiten también los otros agentes: Moneypenny (Naomie Harris) y el joven y nerdy Q (Ben Whishaw), bajo el mando del nuevo M (Ralph Fiennes).

Para el público mexicano es esta una entrega de James Bond especial, pues el clásico arranque de acción de las películas del agente sucede esta vez en la Ciudad de México, que luce su centro histórico, en el que fue grabada. Es de agradecer que se muestre al mundo un México distinto a las típicas escenas de lugares de frontera en sepia que hemos visto en películas como Traffic (Steven Soderbergh, 2000) o en la recientemente estrenada Sicario (Denis Villeneuve, 2015). Además, se alude con gran acierto estético a la tradición del Día de Muertos, la cual tiene un gran potencial cinematográfico como ya atisbara Serguei Eisenstein cuando intentó rodar ¡Que viva México! en 1930.

La trama introduce también el conflicto de la organización de los protagonistas que es desmantelada por políticos de dudosas intenciones; un recurso atractivo para la mentalidad actual, en esta era de búsqueda de transparencia mezclada con sospechosismo, pero ya visto en la última Misión Imposible (Nación Secreta, 2015) y en la propia Skyfall. En fin, es el pretexto para introducir una pequeña crítica social a las guerras hechas con drones de un modo frío e impersonal, pues los agentes, a diferencia de las máquinas, no solo tienen “licencia para matar”, sino también “licencia para no matar”, para discernir, como dice M en la película.

En fin, sin ser la mejor película del famoso agente –la acción no es lo suficientemente espectacular para una película de este género en nuestros días, y la trama se vuelve cansada en varios momentos– todo indica que todavía habrá James Bond para rato. El público parece estar dispuesto a seguir viendo las aventuras del agente y la máquina de dinero no se detendrá (también con la música: Writing’s On The Wall de Sam Smith no se llevará un Oscar como Adele, pero es bastante buena); esperemos que la de la calidad artística no se descuide demasiado.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Ilusiones S.A.

(2015) México
DIRECCIÓN Roberto Girault
GUION Roberto Girault, Olivia Núñez y Juan Ignacio Peña, basado en una obra de Alejandro Casona
MÚSICA Juan Manuel Langarica
FOTOGRAFÍA Serguei Saldívar Tanaka
REPARTO Jaime Camil, Adriana Louvier, Silvia Mariscal, Roberto D’Amico, José Carlos Ruiz, Marina de Tavira

Sueños para llevar

Es de agradecer que en los últimos años haya una mayor variedad en el cine mexicano de calidad. El llamado nuevo cine mexicano, de finales del siglo pasado y principios de este, puso en auge un tipo de películas que con un afán neorrealista fijaron un cine nacional muchas veces sórdido y casi siempre violento y explícito. Sin discutirles su calidad –de ahí salió nuestro icarezco Iñárritu, entre otros– eran pocos los cineastas que se atrevían a salir de ese modelo y los productores que los apoyaran. Hoy el panorama ha cambiado y ya podemos hablar de éxitos como la comedia Nosotros los Nobles (2013), el biopic tragicómico Cantinflas (2014) y la poderosamente enternecedora El estudiante (2009).

El director de esta última, Roberto Girault, estrena ahora Ilusiones S.A., de un género distinto tras el pequeño descalabro de crítica y taquilla de Ella y el candidato (2011). Esta vez estamos ante una adaptación bastante fiel de la obra de teatro Los árboles mueren de pie del dramaturgo español Alejandro Casona. La película recuerda a la mencionada Cantinflas, al ser una cinta mexicana de época situada en la década de 1940, que mezcla el humor con el drama. También recuerda a El estudiante por su tono positivo y esperanzador, ese que hizo que la ópera prima de Girault tuviera el curioso efecto de permanecer varias semanas en los cines a pesar de haberse estrenado con pocas copias: un fenómeno de la industria que solo ocurre con películas modestas pero buenas, que el público se recomienda en el boca-oreja.

El planteamiento de Casona engancha. Un grupo de individuos han consagrado su talento artístico a hacer felices a los demás, cumpliendo sueños y arrancando sonrisas por los medios más diversos (de ahí el título de la película, más comercial que el de la obra original). A ellos acude el Sr. Balboa, quien durante años escribió cartas falsas a su mujer fingiendo que eran de su nieto, para que ella no descubriera la vida de vicio que el muchacho llevaba desde que se fue de casa. Cuando el nieto anuncia su regreso, estos ilusionistas deberán encargarse de representar al nieto ficticio de las cartas y su joven esposa, para dar a la abuela la alegría del reencuentro. Una misión más para el talentoso director del equipo (Jaime Camil) a quien se unirá como su fingida esposa una joven aprendiz recién “rescatada” por los ilusionistas (Adriana Louvier), que quizá tenga más que enseñar sobre la felicidad al experimentado director.

La adaptación de la famosa obra de Casona es bastante buena, pues se plantea el argumento con agilidad y se añaden buenas dosis de humor. Resulta acertado situar la acción en Campeche, México, que con su centro colonial y su bella costa contribuye a la atmósfera de cuento que tiene la trama, de paso que el director aprovecha para mostrar esta bella ciudad como hiciera con Guanajuato en El estudiante. Esta versión da un poco más de peso al personaje de la chica co-protagonista y con ella al tema de la película, en torno a la verdad y el amor, cosa que creo que Casona aprobaría ampliamente. Quizá el desenlace era más contundente en la obra de teatro, sin que la película deje de serle fiel en esencia.

En fin, una película entretenida y agradable, de buena factura (de especial mención la fotografía y la música, que opta por remarcar la emoción en todo momento), donde el mayor pero es la actuación de Jaime Camil. Un arma de dos filos, pues el actor también es uno de los productores y quizá sea el principal gancho mediático para la distribución y taquilla de la película ante ciertos públicos. En todo caso, peccata minuta si tomamos en cuenta que la empatía de la historia va más con el personaje de Adriana Louvier, mientras que los “abuelos” Roberto D’Amico y Silvia Mariscal marcan el tono. Así, que nadie espere una película extraordinaria, pero sí pasar un rato muy agradable, especialmente para los que van al cine a cargarse de ilusión.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Inside Out

(2015) EE.UU.
DIRECCIÓN Pete Docter y Ronaldo del Carmen
GUION Pete Docter, Ronaldo del Carmen, Josh Cooley y Meg LeFauve
MÚSICA Michael Giacchino
REPARTO Amy Poehler, Phyllis Smith, Richard Kind, Bill Hader, Lewis Black, Mindy Kaling, Kaitlyn Dias, Diane Lane, Kyle MacLachlan

Catarsis de emociones

Está de sobra decir que las películas que periódicamente nos entrega la mancuerna Disney-Pixar (más por Pixar que por Disney, y eso es decir mucho) son una garantía. Por encima de una animación fabulosa ponen siempre la calidad de la historia, sabiendo que el guion es la clave de cualquier proyecto cinematográfico. Muchos dicen que algún día terminarán por decepcionarnos… Pues con Inside Out ese día aún no ha llegado.

El título resulta bastante explícito. En España traducido de modo literal (Del Revés) y en Hispanoamérica con un juego de palabras (Intensa Mente), hace referencia a conocer lo que hay en nuestro interior. Si es claro que el cine nos ayuda a conocernos, aquí se toma de modo literal planteando una historia donde los personajes son las emociones que gobiernan la mente de Riley, una niña de 11 años: Alegría, Tristeza, Ira, Miedo y Desagrado.

Qué duda cabe que una historia así es un riesgo. Preocuparía que no pase de una metáfora simpática para usar en clases de cómo funciona el comportamiento humano. El reto estaba en hacer con eso una historia memorable… y los chicos de Pixar son muy amigos de los retos. Así, de entrada plantean de un modo accesible las reglas del juego: cómo funciona la mente en este universo narrativo concreto, con «pensamientos centrales», «islas de personalidad», el «tren del pensamiento», «producción de sueños»… todo a partir de los recuerdos que se crean para luego solo conservarse los importantes y desecharse la gran mayoría; aunque evidentemente esto implica ya cierta complejidad: los niños menores de 8 años es difícil que se enteren, aunque se entretendrán igualmente.

A partir de ahí seguimos la doble trama de la vida de Riley -que se muda con sus padres de Minnesota a San Francisco- y lo que sucede en su cabeza que es otro viaje, el de Alegría y Tristeza por volver al Cuartel central de donde salieron por accidente con una serie de consecuencias fáciles de imaginar. El humor no falta -todos los que interpretan las voces de las emociones en la versión original son comediantes reconocidos en Estados Unidos- y alguna lágrima tampoco.

El éxito está en que, más allá del cliché, sí hay una explicación bastante satisfactoria de cómo funciona el comportamiento humano -descender a detalles antropológicos y psicológicos de qué tan precisa es, escapa al propósito de esta crítica- y pienso que esto, además de entretener, ayuda. Ayuda saber que una pasión nuestra puede mandar sobre las otras ante un estímulo concreto; o que según la personalidad de alguien es una la pasión dominante y no otra, sin que las demás dejen de intervenir. Ayuda saber que no hay pasiones malas, que a la tristeza -por ejemplo- no hay que aislarla e inhabilitarla para ser feliz, sino saber aprovecharla del modo adecuado. Ayuda ser consciente de que las crisis ayudan a madurar. Ayuda darse cuenta de que la familia es una de las bases de una existencia feliz, y que es una base que se puede venir abajo por nuestras acciones libres. Y si una película ayuda a vivir mejor, además de entretener mientras cuenta una historia (que es su razón de ser), realmente hay mucho que agradecer. Así que Pixar, una vez más, gracias.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Jurassic World

(2015) EE.UU.
DIRECCIÓN Colin Trevorrow
GUION Colin Trevorrow, Dereck Connolly, Rick Jaffa y Amanda Silver
MÚSICA Michael Giacchino
FOTOGRAFÍA John Schwartzman
REPARTO Chris Pratt, Bryce Dallas Howard, Vincent D’Onofrio, Irrfan Khan, BD Wong, Nick Robinson, Ty Simpkins, Omar Sy

Emocionante regreso

Cargando un poco las tintas –aunque no demasiado– podríamos decir que hace 22 años Steven Spielberg cambió el cine. Recordándonos por qué lo llaman la máquina de los sueños, consiguió que viéramos al hombre junto a los dinosaurios extintos hace 65 millones de años utilizando una tecnología en efectos especiales nunca antes vista y fijando en nuestras mentes una serie de escenas memorables dentro de una película llena de suspense y auténtico horror que se convirtió en un clásico. La avidez de los fans y las posibilidades de lucro trajeron una segunda y una tercera parte (solo la segunda dirigida por Spielberg) simplemente entretenidas, y ahora volvemos a la Isla Nublar con Jurassic World.

Esta nueva entrega, a cargo de Colin Trevorrow (Safety Not Guaranteed), cumple bastante con la expectativas, cosa que no era fácil, siendo a la vez una película de acción y aventura muy de esta época (con Chris Pratt incluido). De entrada, lo que da muchísima satisfacción es ver el soñado parque temático de dinosaurios finalmente funcionando. En la primera película el desastre ocurría en una visita con “expertos” antes de la apertura del parque, y las dos siguientes situaban sus tramas en torno a los restos de ese parque. Pero ahora es una realidad: Jurassic World es una especie de Disneyland, completamente moderno y alucinante, con paseos entre dinosaurios en esferas giratorias, un monorriel que recorre la isla, el espectáculo acuático del Mesosaurio… dan ganas de que exista.

Una vez planteado esto, la estructura es igual que en la primera Jurassic Park: algo se sale de control y el sueño se convierte en pesadilla, amenazando a los expertos, a los dueños, y a los niños familiares de los dueños… En este caso, el problema es el Indomitus Rex: un nuevo dinosaurio alterado genéticamente para atraer a los usuarios del parque que ya no tienen suficiente con solo ver dinosaurios normales. El monstruo –que es inteligente– consigue escapar y queda suelto en una isla con 20,000 personas (y unos cuantos dinosaurios) atrapadas ahí. Entre ellos, los sobrinos adolescentes de la gerente principal, Claire (Bryce Dallas Howard); el experto en dinosaurios y entrenador de velocirraptores, Owen Grady (Chris Pratt); el excéntrico dueño del parque, Simon Masrani (Irrfan Khan) y un mercenario de la empresa InGen (Vincent D’Onofrio) que quiere usar a los dinosaurios como sustitutos de la tecnología militar. Nada mal.

Y no solo está presente la primera película en la estructura similar. Son muchos los homenajes de Jurassic World a Jurassic Park, por lo que los fans estarán más que contentos. De entrada está el Dr. Wu (BD Wong), el científico que hizo posible la clonación de dinosaurios, que es el único actor de Jurassic Park que figura en esta nueva película y con un poco más de importancia en la trama. Por supuesto, la visita al antiguo centro de visitantes, ahora derruido, y lo que en él se encuentra: los lentes de visión nocturna, los jeeps, el letrero “When Dinosaurs Ruled The Earth”… y tomas como las del jeep de touristas avanzando entre los gallimimus como hicieran en su día los niños y el Dr. Grant; los dos adolescentes gritando hacia arriba con las fauces del dinosaurio tras un cristal sobre ellos; la aparición del dilophosaurius en postura de ataque –muchas infancias fueron aterrorizadas por esa aparición en la primer película– y, claro, el papel protagónico de los velocirraptores y una aparición del ya mítico tiranosaurio de la que no diré más pero que hace a los fans levantarse y aplaudir.

El mensaje sobre la soberbia de la raza humana que recibe su merecido es el trasfondo de la saga y aquí está todavía más presente. Lo mismo los valores clásicos del cine familiar como el romance que crece en el peligro o la unión de la familia (la conversación de los hermanos sobre el posible divorcio de sus padres muestra muchos anhelos de nuestra preocupante sociedad actual). El entretenimiento, en fin, está garantizado y todo es exponencial, desde el número de muertos (que se contaban con una mano en Jurassic Park: ahora los pterodáctilos se dejan caer sobre una multitud aterrorizada de miles de personas en una secuencia que le robaría una sonrisa a Alfred Hitchcock) hasta el sofisticado nuevo dinosaurio genéticamente modificado. Y es que irónicamente se nos plantea cómo la gente ha perdido la capacidad de asombro y cada vez pide algo nuevo, tal como nosotros hacemos, pues entramos al cine no conformes con solo ver dinosaurios como hace 22 años.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Mad Max. Fury Road

(2015) EE.UU., Australia
DIRECCIÓN George Miller
GUION George Miller, Nick Lathouris y Brendan McCarthy
MÚSICA Junkie XL
FOTOGRAFÍA John Seale
REPARTO Tom Hardy, Charlize Theron, Nicholas Hoult, Hugh Keays-Byrne, Rosie Huntington-Whiteley, Zöe Kravitz, Riley Keough, Abbey Lee, Courtney Eaton, Richard Carter

Morder el polvo

Hay directores que han marcado tendencias y fundado géneros (o subgéneros) en la historia del cine. El australiano George Miller, con su trilogía de Mad Max de principios de los años 80, es uno de ellos. La primera (1979), serie B cutre con un Mel Gibson entonces desconocido (y con cara de niño) y con unos personajes que hablan con un acentazo australiano, se convirtió en una película de culto por presentar un mundo postapocalíptico no demasiado lejano («a few years from now») lleno de personajes desquiciados vestidos como punketos y un héroe capaz de vencerlos cuya felicidad es destrozada en pocas horas. Las secuencias de persecuciones a toda velocidad y las explosiones -todas hechas con efectos mecánicos y quizá por eso más cercanas- hicieron un filme plástico que fue un referente para muchas películas que vendrían después.

Tras una segunda parte (The Road Warrior, 1981) con un poco más de presupuesto en la que el personaje ya es un lobo solitario, y una lamentable tercera entrega (Beyond Thunderdome, 1985) que pecó de demasiado ochentera -con Tina Turner con mohawk y todo-, Miller lo dejó estar. Fue feliz y grabó películas como Babe el puerquito valiente (1995) y otras. Pero el camino siempre llama a los aventureros, y con sus 70 años encima decidió salir de nuevo de la mano de su ahora más atormentado Max Rockatansky.

Con todo, Mad Max. Fury Road no es propiamente una secuela, mucho menos un remake. A Miller le gusta hablar de una «revisita» al mismo universo. Además del título, tiene en común con la trilogía original estar situada en un universo postapocalíptico en el que el hombre se devora a sí mismo (por cierto, un universo cada vez más extremo en cada película, cosa que nunca se menciona explícitamente pero es patente) y, por supuesto, el personaje protagonista que es el mismo Mad Max y no lo es. Sí lo es porque, antes de cualquier imagen, los créditos anuncian a «Tom Hardy como Max Rockatansky», así con apellido y todo. Y no lo es no solo porque ya no es Mel Gibson (claro) sino porque su pasado es distinto, aunque igualmente atormentado. En la primera película de la saga fuimos testigos de cómo (spoiler en 3… 2… 1…) la esposa embarazada de Max es asesinada por Toecutter y su banda. Aquí el recuerdo que atormenta a Max es el de su hija (?) pequeña que le reclama algo. Lo interesante de los Max Rockatansky de Miller es que pueden ser el mismo o no, en realidad no importa, no estamos ante un personaje concreto sino más bien ante un arquetipo. El de un hombre atormentado, lobo solitario, que solo ve por sí mismo como los vaqueros del western (género clásico al que más se aproxima esta saga), pero cuya bondad está muy dentro y termina por vencer ante los problemas ajenos: el de Papagallo y su comunidad en Road Warrior, los niños perdidos en Thunderdome y ahora Furiosa y las esposas de Immortan Joe. Pero la trama de Fury Road amerita otro párrafo.

Aridísimo desierto. Un resto de la humanidad sobrevive en «La Ciudadela» bajo el gobierno inmisericorde de Immortan Joe (un ser deforme, siempre cubierto por un bozal con amarillentos colmillos animales que solo deja ver unos ojos locos y extrañamente familiares… y es que el actor es Hugh Keays-Byrne, nada menos que Toecutter en la primerísima Mad Max). El tirano controla a las masas administrando dos recursos: el agua -que deja caer en cascadas ante las sucias multitudes que se agolpan portando todo tipo de recipientes, en una visión que se antoja espantosamente profética- y la «leche materna», literalmente extraída de rollizas mujeres. Recursos que intercambia con otras dos comunidades administradas por sendos tiranos: la Granja de Balas y la Ciudad de Gasolina. Este agresivo equilibrio se rompe cuando la guerrera predilecta de Immortan Joe, Imperator (así, en latín masculino) Furiosa, huye con el tesoro del déspota: sus cinco bellas esposas.

Y es que Mad Max. Fury Road, con ese título, con ese director y con ese personaje principal, si algo es, es patentemente feminista. Furiosa (excelente Charlize Theron) es el motor de la trama en su huida llena de audacia y esperanza. Y las esposas de Immortan Joe son igualmente valientes, cada una con una personalidad distinta y rica. Lo mismo puede decirse de las ancianas (vuvalini) que intervienen en la trama más adelante. A todas ellas se unen nuestro solitario Max -dispuesto a ayudar aunque ajeno a su destino, como sucediera en Road Warrior– y Nux (Nicholas Hoult sin un pelo y cubierto de cal), uno de los muchos siervos de Immortan Joe primero a su servicio y luego «despertado» por las circunstancias.

Dos son, pues, las grandes virtudes de la última película de George Miller. De una parte, nos entrega -¡por fin!- una película de acción distinta, no llena de efectos y brevísimos planos sino con un ritmo igualmente trepidante -toda la película es, literalmente, una persecución- pero hecho de acción real (tan real como que está grabada casi sin efectos digitales, más que las hoy inevitables correcciones de color que, por cierto, contribuyen a la exagerada pero bella fotografía), que no baja el pistón un segundo, junto con la banda sonora de Junkie XL que puede mezclar la percusión desenfrenada y los sintetizadores con el «Dies Irae» del Réquiem de Verdi mientras vemos a un guitarrista en escena atado a una máquina móvil hecha de altavoces presente en toda la película. Para una película así, hay que decirlo, resulta ideal Tom Hardy (Bane en The Dark Knight Rises, por si acaso), con una interpretación muy física en la que se limita a gruñir y a decir alguna frase, pero que conecta muy bien con el tono de lo que hace Miller.

La segunda es lograr con una película así de intensa -para muchos casi desagradable- decirnos mucho de la humanidad. De tantos mandatarios que si no son Immortan Joe es porque no han podido. De una civilización a veces bien maquillada pero con un alma que no está muy lejos de parecerse a ese desierto árido. Pero una civilización en la que, también, unos pocos -o no tan pocos- se mueven buscando una esperanza. «¿Qué buscas?», pregunta Max a Furiosa en uno de sus escasos diálogos. «Redención», contesta, y con ella toda la humanidad buscando un poco de misericordia entre todo el polvo que, como los personajes universales de Miller, hemos levantado en el camino.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Todos los datos de Mad Max. Fury Road

Little Boy

(2015) EE.UU.
DIRECCIÓN Alejandro Monteverde
GUION Alejandro Monteverde y Pepe Portillo
MÚSICA Stephan Altman y Mark Foster
FOTOGRAFÍA Andrew Cadelago
REPARTO Jakob Salvati, Emily Watson, Tom Wilkinson, Ben Chaplin, David Henrie, Michael Rapaport, Kevin James, Cary-Hiroyuki Tagawa, Eduardo Verástegui

Lo más grande

Un pequeño niño de un pueblo de Estados Unidos ve con dolor que su padre se marche a pelear la Segunda Guerra Mundial, y decide emplear todos los recursos en su mano –y especialmente su fe– para terminar con la guerra y traerlo de regreso. Esa es la premisa del segundo largometraje de Alejandro Monteverde –socio creativo de Eduardo Verástegui en Metanoia Films– y el resultado no puede ser más conmovedor y poderoso.

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En su anterior proyecto (Bella, 2008), Monteverde y Verástegui dejaron clara la línea que definiría sus proyectos. Ambos católicos, de nacionalidad mexicana y establecidos en Estados Unidos, buscan hacer un cine que aporte algo valioso, sin descuidar una historia poderosa y una producción atractiva. Con Bella –un drama de redención con historias entrecruzadas en torno a un embarazo no deseado– la clave estuvo en su historia simple pero profunda (grabada con cámara al hombro a toda velocidad por Nueva York) que les alcanzó el Premio del Jurado en el Festival de Toronto.

Ahora han conseguido sacar adelante Little Boy, una película con mucho más valor de producción –no deja de ser una película de época y su diseño artístico, por mencionar algo, está basado en las icónicas pinturas de Norman Rockwell, con algún homenaje explícito– y con elementos temáticos que la hacen atractiva: la crítica al racismo (cicatriz siempre abierta de la identidad estadounidense, en este caso contra un ciudadano japonés tras Pearl Harbor), muchos toques de humor y un poco de fantasía muy bien manejada, siempre a través de los ojos de un niño.

Dicho todo esto, hay que decir que todos los esfuerzos de Monteverde y su equipo de producción hubieran sido infructuosos sin la actuación del pequeño Jakob Salvati en el rol protagónico. Por encima de los numerosos famosos que accedieron a viajar a Rosarito, Baja California (México) para filmar la película convencidos por el guion de Monteverde y Pepe Portillo (desde Tom Wilkinson hasta Emily Watson, desde Kevin James hasta David Henrie y Cary-Hiroyuki Tagawa), destaca este talentoso niño que sostiene todo el filme con su infantil inocencia.

Así, pasando de la anécdota luminosa al sentimiento desgarrador –que roza un poco sospechosamente en la manipulación emocional, todo sea dicho– se consigue transmitir la historia positiva de un niño cuya fe mueve montañas, en una película que no impone (el japonés agnóstico y el sacerdote sensato son mejores amigos) sino que inspira, contando de un modo nuevo aquello tan viejo de que “el grano de mostaza cuando se siembra en la tierra, es la semilla más pequeña que hay, pero una vez sembrada sube hasta convertirse en la más grande”.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Cenicienta

(2015) EE.UU.
DIRECCIÓN Kenneth Branagh
GUION Chris Weitz
MÚSICA Patrick Doyle
FOTOGRAFÍA Haris Zambarloukos
REPARTO Lily James, Cate Blanchett, Richard Madden, Helena Bonham Carter

Creer en la magia

La Cenicienta es una prueba de que una buena historia (esas son las que son verdaderas) puede ser contada ilimitadas veces sin jamás perder su frescura: al final del día todos quieren encontrar a su princesa y ser considerado príncipe por ella. Y viceversa. La reciente adaptación de Chritz Weitz y que dirige Kenneth Branagh está pensada para un público actual, sin perder lo clásico de la versión más famosa versión animada; esto es lo que la convierte en un film para todas las edades. Con todo, muchos esperábamos que siguiera la línea de Frozen, y rompiera un poco con la tradicional figura de la princesa Disney.
La puesta en escena resulta casi perfecta, pocas veces se puede disfrutar de tal detalle en los colores, parecen tan real, e incluso da la impresión de que el famoso vestido azul de la noche del baile tuviera luz propia. Además de todos los vestidos que usa la malvada madrastra, interpretada de forma magistral por Cate Blanchett. En estos detalles es donde se encuentra parte de la magia de esta película: realmente todo es espectacular, y claramente donde mejor se aprecia este esplendor es en la escena del baile, pero es un punto que está presente a lo largo de todo el film.
Sorprendentemente, los actores hacen unas grandes interpretaciones. La sorpresa no es porque se trate de un elenco sin talento, realmente todo lo contrario. Sino que sí existía cierta reticencia en ver a Richard Madden -más conocido por su papel de Robb Stark en Game of Thrones- interpretar al príncipe azul, o a la misma Lily James (Cenicienta) en un papel mucho más bondadoso y tierno que el que tiene en Downton Abbey. Pero ninguno decepciona.
Hay una frase que se repite a lo largo de la película, resulta ser el motor y quizá resulta un tanto cansina. Quizá se pretendía que el público menor se la aprenda… De cualquier modo, no se ha perdido la magia de este clásico cuento, y resulta un buen consejo para la juventud actual: siempre hay que tener coraje, valor, y ser bondadoso.
Juan Manuel Meneses

La teoría del todo

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN James Marsh
GUION Anthony McCarten basado en el libro de Jane Hawking
MÚSICA Jòhann Jòhannson
FOTOGRAFÍA Benoît Delhomme
REPARTO Eddie Redmayne, Felicity Jones, Charlie Cox, Emily Watson, Maxine Peake

La ciencia y el amor

Stephen Hawking es uno de los científicos divulgativos más populares de nuestro tiempo, tanto por sus propuestas sugerentes –como se ve, por ejemplo, en el título de su bestseller (Una breve historia del tiempo), realmente aspira a una teoría del todo– como por su público ateísmo y su tenaz lucha contra la enfermedad motoneuronal crónica que padece, que lo ha ido paralizando hasta el punto de tener que comunicarse a través de un aparato generador de voz.

Qué duda cabe que estamos ante una historia de superación, digna de llevarse a la gran pantalla, con todo el reto que siempre supone un biopic basado en la vida de alguien todavía vivo. Lo cierto es que el propio Stephen Hawking se mostró satisfecho con la película, y por lo mismo autorizó que se utilizara su voz computarizada (que está patentada y tiene derechos de autor). La historia se centra tanto en el científico como en su primera esposa, Jane, en cuyas memorias está basado el guion. En efecto, la historia de superación tiene tanto mérito del implicado como de la mujer que lo sacó adelante –conociendo su enfermedad desde antes de casarse– con puro amor y sacrificio, cosa que la película refleja bastante bien.

Dirigida por James Marsh –director célebre por documentales, como Man on Wire (2008) por el que ganó el Oscar–, la película tiene una factura impecable, en la que destacan la fotografía y la música; un conjunto que recuerda a la oscarizada A Beautiful Mind (2001), otro biopic contemporáneo centrado en la relación de amor y fidelidad de un prestigioso científico enfermo y su esposa. Sin embargo, su mayor fuerte son las actuaciones, pues Eddie Redmayne (Les Miserables, Mi semana con Marylin) hace un trabajo asombroso al reflejar el avance de la parálisis de Hawking y sus sentimientos –un merecido Oscar que probablemente no le sea negado–, y la también nominada y hasta ahora poco conocida Felicity Jones hace otro tanto como la abnegada esposa del científico.

Quizá el mayor peligro de una película de estas características es el encumbrar al personaje como si no tuviera defecto alguno. No es el caso: sin quitar el mérito a Hawking, son patentes sus defectos de carácter; aunque, todo sea dicho, quizá gran parte de la sociedad actual no los vea como tales. Se aborda también su ateísmo, en contraste con la firme fe de su esposa (cristiana evangélica), que nunca pierde la esperanza de que su marido sea convierta. Y es el personaje de ella el que termina por resultar más atractivo. Como dice el acertado promocional de la película: “La mente de él cambio nuestro mundo, el amor de ella cambió el de él”.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Todos los datos de La teoría del todo

Whiplash

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Damien Chazelle
GUION Damien Chazelle
MÚSICA Justin Hurwitz
FOTOGRAFÍA Sharone Meir
REPARTO Miles Teller, J.K. Simmons, Paul Reiser, Melissa Benoist, Nate Lang, Chris Mulkey

El mejor baterista

Una de las sorpresas cinematográficas del año ha sido Whiplash, del joven director Damien Chazelle –el guion también es suyo– quien en su día estudiara para ser baterista de jazz. La historia se basa, en parte, en su experiencia; hace un año hizo el cortometraje Whiplash, que ahora adapta a un excelente largometraje.

Andrew Neyman (Milles Teller) es un joven estudiante de batería en el prestigioso conservatorio Shaffer de Nueva York. Ahí empieza a ser dirigido por Terence Fletcher (J.K. Simmons), un maestro exigente más allá del sentido común a quien no le importa llegar a la violencia y la crueldad con tal de sacar lo mejor de sus músicos. La obsesión de ambos –Neyman realmente quiere ser el mejor baterista de jazz del mundo– irá creciendo en una intensa espiral.

Siendo una historia más bien simple, distintos elementos hacen que el resultado sea atrapante. En primer lugar, las actuaciones de los protagonistas: el joven Miles Teller (que sí toca la batería; no al grado al que se nos presenta en la historia, pero es él quien toca) y un agresivísimo J.K. Simmons (por esta interpretación ganador del Globo de Oro y ahora nominado al Oscar). Aunque hay que decir –y es un asunto que viene planteado desde el guion y la dirección– que ambas interpretaciones resultan excesivas. Me explico: un grito o un episodio de llanto, puntuales, resultan poderosos; cuando toda la película son gritos y emociones hiperbólicas, pierden su intensidad (y quizá por eso Chazelle no alcanzó la nominación de dirección). Muy distintas, por ejemplo, y más efectivas son las actitudes contenidas de Foxcatcher, otra historia de obsesión discípulo-maestro.

Lo cierto es que todo eso queda envuelto y superado por las dos grandes virtudes de Whiplash: la excelente banda sonora (toda la película es una celebración del virtuosismo del jazz en su nivel más alto), y una edición tan hábil que sabe hacerse patente cuando es necesario, jugando con los fabulosos ritmos del jazz, y casi invisible cuando tiene que serlo, hasta el punto de hacernos creer que Miles Teller puede tocar un increíble solo de batería (que vemos en continuidad de cinco minutos en pantalla cuando en realidad tardó dos días en rodarse).

Y una última lanza a favor de esta historia, pues en los tiempos que corren –en los que gran parte de la sociedad occidental se ve imbuida por el conformismo, el mínimo esfuerzo y la cultura del confort (especialmente la gente joven)– nos presentan a dos personajes que –defectos aparte, que los tienen y patentes– están dispuestos, uno a sacrificar todo por alcanzar un ideal bien alto, y el otro a exigir sin piedad alguna para encontrar a alguien realmente extraordinario. Como dice este insólito maestro, no hay dos palabras que hagan más daño que “buen trabajo”.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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