Django Unchained

(2012) EE.UU.
DIRECCIÓN y GUION Quentin Tarantino
FOTOGRAFÍA Robert Richardson
REPARTO Jamie Foxx, Christoph Waltz, Leonardo DiCaprio, Samuel L. Jackson, Kerry Washington

Sigfrido negro y con mucho estilo

Un spaghetti-western de Quentin Tarantino sonaba como una idea más que atractiva (y prometida). El icónico director había tomado distintos elementos de este subgénero y, como dice él, ya era hora de que hiciera el suyo propio. Para ello toma prestado el título y el espíritu de un clásico del género (Django, Sergio Corbucci, 1966) con cameo del prota incluido, convirtiendo al protagonista en un esclavo negro liberado que busca venganza, en una revisión de la historia como la que hiciera con los nazis en Inglourious Basterds (2009).

Django (la “D” es silenciosa) es un esclavo en el Estados Unidos pre-guerra civil. Es liberado por un cazarrecompensas alemán con unas ideas sobre la esclavitud bastante novedosas para la época (el sorprendente Christoph Waltz una vez más con Tarantino) para que le ayude a identificar a un trío de prófugos. La buena mancuerna que hacen los llevará a aliarse en ese oficio mientras avanzan hacia el sur para liberar –como hiciera Sigfrido– a  la esposa de Django (Kerry Washington) del malvado esclavista Calvin Candie (Leonardo DiCaprio).

Tarantino ha marcado todo un estilo por muchas cosas, y todas ellas están presentes en Django Unchained: un estilo cool –a pesar de que la película sea de época–, un humor mordaz, arteros saltos en el tiempo, una banda sonora atrevida y alucinante (que incluye atractivos temas del spaghetti, como los de Luis Bacalov y Ennio Morricone, y un tarantiniano etcétera, como el mix de los ya fallecidos James Brown y el rapero 2Pac que musicaliza una secuencia antológica). Y, por supuesto, la particular violencia de Tarantino, que en este caso tiene mucho de dónde explotar: los abusos de la esclavitud, el oficio de cazarrecompensas y las “mandingo fights”, peleas a muerte entre esclavos para entretener a los blancos cual gallos de pelea.

Todo esto dicho, Tarantino no revoluciona el cine (como ya hizo con Pulp Fiction, todo sea dicho), ni siquiera alcanza la altura de anteriores trabajos (las nominaciones del Oscar a Mejor Película y Mejor Guion Original quizá son demasiado entusiastas). A Django Unchained le sobra casi una hora y tiene un desenlace bastante flojo. Jamie Foxx hace un Django bastante contenido y serio, más realista, pero realismo no es la palabra que define el cine de Tarantino; así, queda un poco gris y opacado por el resto, especialmente por Christoph Waltz para quien Tarantino ha escrito el papel del dicharachero Dr. King Shultz y sus monólogos son tan geniales como constantes. A DiCaprio le sienta muy bien el papel de cruel esclavista sin fisuras, tanto como a su brazo derecho, un odioso y divertido Samuel L. Jackson en la piel del esclavo a cargo de otros esclavos.

Por último, Tarantino clava su ensangrentado ojo en un tema tan terrible como fueron –son- los horrores de la esclavitud. Y ahí explota su habitual violencia irreal y exagerada. Solo que ahora sabemos que eso fue muy real, o peor. Entre la denuncia y la irreverencia, sí termina por quedarnos claro quién es nuestro héroe: ese que defiende el amor (pocos personajes en el cine de hoy tienen tan claro el concepto “matrimonio” como este Django de Tarantino) y, por supuesto, la libertad. Aunque para comprarla tenga que matar sangrientamente hasta al apuntador.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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