Logan

(2017) EE.UU.
DIRECCIÓN James Mangold
GUION James Mangold, Scott Frank y Michael Green
FOTOGRAFÍA John Mathieson
MÚSICA Marco Beltrami
REPARTO Hugh Jackman, Patrick Stewart, Dafne Keen, Boyd Holbrook, Stephen Merchant, Richard E. Grant

Salir en hombros

What have I become 
My sweetest friend 
Everyone I know goes away 
In the end

Hurt, Johnny Cash

El cine de superhéroes tiene para rato. Entre los distintos planes de Marvel y DC Comics respectivamente, que superan juntos la veintena de películas ya planeadas, no podemos más que esperar que no solo nos entreguen grandes efectos visuales. Por suerte, James Mangold y su magnífica Logan han decidido explorar una línea distinta. La última entrega del personaje de los X-Men —yo no diría que es parte de la saga propiamente— es oscura, fuerte (de las pocas películas de superhéroes clasificadas solo para adultos, únicamente con Deadpool), realista y, digámoslo, muy humana.

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Año 2029. Un Logan/Wolverine (Hugh Jackman) alcohólico, dañado —por dentro y por fuera— y desencantado de la vida trabaja como chofer de limosina en la frontera de Estados Unidos con México. Con sus ingresos compra medicinas para el mítico Profesor Charles Xavier (Patrick Stewart) que, ya nonagenario, vive escondido en un tanque de agua abandonado donde sufre convulsiones que, por sus poderes, resultan peligrosas en varios kilómetros a la redonda. Ellos y el albino Caliban (Stephen Merchant), que cuida al profesor en ausencia de Logan, son los únicos mutantes que quedan en un mundo poco amigable, hasta que una enfermera mexicana busca a Logan para que ayude a Laura (Dafne Keen), una niña misteriosa que tiene sus mismos poderes …e iguales garras. Y que es perseguida por un grupo paramilitar.

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James Mangold no viene del cine de superhéroes —aunque dirigió The Wolverine, la última película del personaje en solitario— y consigue imprimir este estilo distinto. Así, Logan tiene mucho de western (incluido homenaje a Shanela joya del género dirigida por George Stevens en 1953), ubicada en los grandes desiertos fronterizos. Es también una road-movie en toda regla, donde los personajes deben lidiar con el camino mientras se conocen y sortean los peligros rumbo a su destino (en este caso «Eden», donde Laura espera reunirse con otros jóvenes mutantes). La acción recuerda mucho a la estupenda Mad Max. Fury Road, con tomas más largas, violencia explícita y un protagonista con mucha mala leche que busca, casi sin saberlo, redención. De hecho no pueden ajustarle mejor las dos canciones de Johnny Cash vinculadas a la película (una en el trailer y otra en los créditos finales), tanto por su estilo y letra como el espíritu caído pero esperanzado del cantante, el «hombre de negro», un ferviente cristiano (no es casualidad que Mangold escribiera y dirigiera también la excelente biopic de Cash, Walk the Line (2005), protagonizada por Joaquin Phoenix; pero esa es otra historia).

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Clara despedida de una era de este personaje, la película carga mucha nostalgia, acentuada por las múltiples referencias a su propio universo narrativo, lo cual la hace un interesante metarrelato. Así, Logan encuentra que Laura es una ávida lectora de los cómics de X-Men; utiliza para esconderse el nombre de «James Howlett» (su nombre de nacimiento en los cómics); y un ojo avizor detectará la katana del samurái de The Wolverine en el tanque donde viven. Más entrañable resulta la referencia a la primera película —por la que el mundo conoció a un australiano llamado Hugh Jackman interpretando a Logan/Wolverine— cuando Charles Xavier le dice a Logan que lo esperan en la Estatua de la Libertad. «Eso fue hace mucho tiempo», contesta Logan (en realidad Laura esperaba en el motel «Liberty», decorado con la estatua). Y, sobre todo, la preciosa cena familiar que los personajes comparten inesperadamente con una familia típica americana, y donde se ponen a recordar esa escuela especial que el profesor dirigía… Y nos damos cuenta que estos personajes son ya cultura colectiva, son nuestros amigos secretos que, como nosotros, buscan su propia redención.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

La chica desconocida

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Jean-Pierre y Luc Dardenne
FOTOGRAFÍA Alain Marcoen
REPARTO Adèle Haenel, Jérémie Renier, Christelle Cornil, Olivier Gourmet, Fabrizio Rongione, Louka Minnella, Nadège Ouedraogo

El timbre de la conciencia

No muchos espectadores del gran público conocen el cine de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne. Quizá porque entre la hegemonía de Hollywood es difícil que luzcan un puñado de historias que ocurren todas en un pequeño poblado de Bélgica y habladas en francés. Sin embargo, estos cineastas son de los pocos que han ganado dos veces la Palma de Oro en el Festival de Cannes (solo ocho cineastas lucen semejante logro, en los casi 80 años del Festival), y su cine ha avanzado con paso firme de la mano de un estilo realista y conflictos morales bien delineados.

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En su última película, La chica desconocida, la protagonista es la joven médico Jenny Davin (Adèle Haenel), quien una noche escucha el timbre de su consultorio y decide no abrir por no estar ya en horario laboral. Al día siguiente es encontrada muerta una chica afroamericana: la que había tocado su puerta. Conflictuada por no haber ayudado, Jenny empieza una investigación para conocer la identidad de esta joven inmigrante que incomodará a todos los implicados en esa pequeña localidad.

Al conflicto moral en torno a un personaje generoso, sello de las películas de los Dardenne, esta vez se añade el suspense de la investigación de la protagonista y los potenciales peligros en que la pone, dando un toque de thriller al drama habitual de estos cineastas. Fieles a su estilo, las tomas son con cámara en mano y sin score musical, lo que acentúa la sensación de realidad, así como el que la forma no se detenga a dar explicaciones ni a acentuar las emociones. Todo simplemente fluye y, como siempre con los Dardenne, funciona.

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Como otras protagonistas —siempre mujeres— de los Dardenne, Jenny Davi es una mujer más bien inexpresiva, de carácter serio y pocas palabras. Eso hace más interesante el desarrollo, pues son sus acciones las que la van dando a conocer y no su personalidad, lo que es siempre una excelente decisión a nivel dramático. De paso nos muestra el día a día de una profesional de la Medicina desde el punto de vista social y moral, al estilo de la famosa novela La ciudadela de A.J. Cronin.

En una sociedad occidental marcada por la competitividad y lo que el Papa Francisco ha llamado la «cultura del descarte», donde cada uno ve solo por sus propios intereses y los pobres y los inmigrantes son ignorados cuando no utilizados, esta película —como todas las de los Dardenne—  es un reconfortante rayo de esperanza, quizá también porque no se ampara nunca en motivos religiosos, sino en que los seres humanos debemos ver unos por otros pues, como deja clara la película, no solamente es la mejor opción, sino que es realmente la única.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Moonlight

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Barry Jenkins
GUION Barry Jenkins y Tarell Alvin McCraney
FOTOGRAFÍA James Laxton
MÚSICA Nicholas Britell
REPARTO Mahershala Ali, Naomie Harris, Janelle Monáe, Alex R. Hibbert, Ashton Sanders, Trevante Rhodes, André Holland

Elegía azul

¿Y aquellas alas de mariposa azul de qué nos sirven?,
preguntarán los que nacieron sin alas.
¿De qué nos sirve eso que flota en el vago azul de los sueños?
Del prólogo de Azul de Rubén Darío

La historia en tres capítulos de Chiron (Alex R. Hibbert/Ashton Sanders/Trevante Rhodes), un muchacho afroamericano que crece conflictuado por la falta de cariño —su única familia es su madre soltera y drogadicta (excelente Naomie Harris)— y por su propia timidez unida a una latente inclinación homosexual, es bellamente retratada por el director Barry Jenkins. Ya el título (que incluso traducido suena a poesía por la aliteración: luz de luna) nos plantea una película lírica aunque no por eso menos fuerte. Su trama fragmentada y el crecimiento en edad del personaje recuerdan a Boyhood, de Richard Linklater, aunque en un ambiente bastante más agresivo socialmente.

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El planteamiento en el arranque promete mucho, pues incluso antes que al protagonista nos presenta a Juan (Mahersala Ali), un narcotraficante duro pero de buen corazón, que pronto se ve atrapado en un conflicto de conciencia: intentar ayudar al conflicto familiar del niño, a la vez propiciado por él pues la madre soltera de Chiron es cliente suya. Sin duda el mejor personaje, y muy bien interpretado: el Oscar de mejor actor de reparto a Ali es una de las tres estatuillas de la película. La pena es que Juan desaparece de la trama antes de que puedas decir spoiler, y las dos siguientes partes de la trama no consiguen tener el nivel de conflicto de la primera.

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Estéticamente está muy lograda. El manejo de cámara es excelente, con varios planos secuencia, y la fotografía consigue mezclar los soleados blancos de Miami con la luz eléctrica y los bellos colores azul y rosa neón que llenan la noche de esa sensación de trágica poesía. Otro acierto es la preciosa música de orquesta de Nicholas Britell, que acompaña las etapas de la vida del protagonista, junto con algunos fragmentos de canciones muy bien elegidos, incluyendo a intérpretes afroamericanos como Barbara Lewis o Boris Gardiner, hasta Mozart y el guapango mexicano Cucurrucucú Paloma interpretado por Caetano Veloso.

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Volviendo a la trama, quizá no termine de enganchar conforme avanza porque en Chiron tenemos un protagonista pasivo, cuyos sueños y objetivos no tenemos claros, lo cual siempre es un riesgo en cualquier guion, por no decir un error. De hecho, los pocos momentos en que es activo —su venganza contra el bully, por ejemplo— son los más logrados. En fin, queda siempre abierto el debate en torno a si esta película es una defensa de las minorías (tanto de afroamericanos como de homosexuales) y si es esto lo que la llevó a ganar el Oscar a mejor película. Solo diré que es una película muy bella y poderosa —aun con todo lo ya dicho— y que no es tendenciosa. Las discretas alusiones a la inclinación sexual del personaje están bien encuadradas dentro del sufrimiento que hay en su vida, y si se abstiene de reivindicar ideologías, más bien nos da elementos para comprender sin juzgar, algo tan necesario en nuestro agitado mundo.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Silence

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Martin Scorsese
GUION Jay Cocks y Martin Scorsese basados en el libro de Shūsaku Endō
FOTOGRAFÍA Rodrigo Prieto
MÚSICA Kathryn Kluge, Kim Allen Kluge
REPARTO Andrew Garfield, Liam Neeson, Adam Driver, Yōsuke Kubozuka, Tadanobu Asano, Issei Ogata, Ciarán Hinds

La fe histórica y la apostasía ficticia

Por eso me complazco en las debilidades,
en insultos, en privaciones, en persecuciones
y en angustias por amor a Cristo,
porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.
2 Corintios 12:10

Hay que acercarse con mucho respeto a esta película. De entrada, porque es un proyecto personal —una obsesión casi— de uno de los directores de cine vivos más importantes, Martin Scorsese (el neoyorquino viene intentando desde 1990 hacer la versión cinematográfica de la novela homónima de 1966 de Shūsaku Endō). Después, porque entra en un terreno delicadísimo: el alma, la conciencia de los hombres, terreno al que hay que entrar descalzo porque es sagrado, como alguna vez se ha dicho.

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Tras un rápido crecimiento del cristianismo durante 50 años desde la llegada de San Francisco Xavier en 1549 a esas tierras —autores hablan de que llegó a haber hasta 700 misioneros y 70,000 bautizados—, en 1597 esa religión es prohibida por las autoridades y sistemáticamente eliminada, con numerosos mártires y la institucionalización de prácticas anticristianas como la obligación de pisar imágenes de Cristo, de la Virgen María y de otros santos, para probar que no se era cristiano, tal como se muestra en la película.

Para 1652 ya no quedaba rastro de cristianos a los ojos de las autoridades. Pues bien, la trama de Silence —que no es histórica, aunque su contexto sí lo es— se sitúa en 1670, cuando no quedaban ya misioneros ni cristianos públicos, lo que no había detenido la persecución. La historia se centra en el joven sacerdote jesuita portugués Sebastião Rodrigues (Andrew Garfield) que con su compañero Francisco Garupe (Adam Driver) se dispone a entrar a ese peligroso Japón para averiguar el paradero de su maestro, el Padre Cristóvão Ferreira (Liam Neeson), de quien han llegado rumores que dicen que apostató —abjuró de la fe católica— y vive casado con una japonesa. Los protagonistas eventualmente son descubiertos y arrestados, y las torturas físicas y psicológicas a las que son sometidos —ellos, pero sobre todo los inocentes fieles japoneses a los que atienden— crean el dilema de la película, en torno a la validez en todos sentidos de apostatar o no.

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Es conocido que Scorsese proviene de una familia católica, y estos temas le interesan profundamente, como ya demostró en la controvertida La última tentación de Cristo, que en 1988 causó escándalo pues situaba estos cuestionamientos de fe en la propia figura de Jesucristo, planteando el dilema de un modo genuino y artísticamente respetable, pero con el consiguiente y entendible disgusto de muchos creyentes. En Silence —ya lejos de lo eventualmente blasfemo— se nos plantea hasta qué punto es válido ceder ante el sufrimiento ajeno del inocente, e incluso si no tiene más mérito moral el renunciar a la palma gloriosa del martirio y arriesgarse a perder la propia salvación por el otro (semejante a lo que planteara Borges en su cuento «Tres versiones de Judas»).

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Como espectador católico, el desarrollo no me convence del todo. Se trata la fe como un elemento bastante superficial, una especie de convicción ideológica a secas. No se toma en cuenta la consciente debilidad del cristiano que no se apoya en sus propias fuerzas —»es el mejor de nosotros» dicen unos escépticos Rodrigues y Garupe, ante el rumor para ellos inconcebible de la apostasía de su maestro— sino en Dios precisamente. Rodrigues se compadece, sí, de la gente, pero reza poco y enseguida busca sacrificar aquello más importante para él —a lo que consagró su vida, se supone, por lo que viajó a un país donde la fe es perseguida, en primer lugar— ante el sufrimiento. Y que se justifica precisamente por ser sufrimiento ajeno. La fe de Rodrigues parece más bien sentimental al principio —»Cristo me fascina«, nos dice— y luego bastante «adaptable» ante los riesgos y amenazas; más que ante un sacerdote, parece como si estuviéramos ante un voluntario de una ONG con nobles sentimientos. Más auténtico resulta Kichijiro, quien peca y siempre vuelve arrepentido, mejor reflejo de lo que podemos ser los católicos que el misionero bondadoso que es Rodrigues.

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La película, en fin, plantea la visión social de la religión de nuestro tiempo en la situación de un misionero jesuita del siglo XVII. Está muy presente el relativismo y —qué dura esa conversación con su antiguo maestro Ferreira— un injusto complejo de superioridad eurocéntrico que argumenta que los japoneses no son capaces de asimilar el cristianismo y nunca lo han sido. En definitiva, el argumento muy actual de que la religión es mejor como algo privado, que no genere problemas a los demás, sobre todo a los débiles que serán pobres víctimas de una ideología extranjera impuesta que los lleva a morir. (Lo contrario, por cierto, de la excelente Hacksaw Ridge, la otra tremenda actuación de Andrew Garfield este año).

Y, de nuevo, los cuestionamientos de Scorsese me parecen genuinos. No pretende hacer una «película católica» ni mucho menos, y aunque opinable todo es verosímil (excepto la trampa narrativa de hacer oír la voz de Cristo en la conciencia de Rodrigues, pues el proverbial silencio divino del título se rompe en favor de una postura doctrinal determinada y, desde el punto de vista católico, incorrecta). Lo que sí pretende —y logra— es hacer una película enteramente espiritual, hasta el punto de que me pregunte si es de interés a alguien ajeno a la fe, aunque quizá haya que decir que no hay nadie ajeno a esto. Y muy bella. No por nada estuvo nominada la fotografía del mexicano Rodrigo Prieto, y le quedaron a deber bastantes nominaciones más. Es de celebrar, en todo caso, la osadía de estrenar un proyecto así de arriesgado en su planteamiento.

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La visión estrictamente humana de esta ficción con un final poco esperanzador colectivamente —aunque subjetivamente satisfactorio, quien lea entienda— no recoge enteramente la realidad, pues cuando Japón empezó a abrirse al mundo doscientos años después, en marzo de 1865, los misioneros fueron abordados por los kirishitan ocultos,  campesinos y pescadores que mantuvieron la fe de generación en generación. Cosa que no tiene explicación humana. Por supuesto que no.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Hell or High Water

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN David Mackenzie
GUION Taylor Sheridan
FOTOGRAFÍA Giles Nuttgens
MÚSICA Nick Cave, Warren Ellis
REPARTO Chris Pine, Jeff Bridges, Ben Foster, Gil Birmingham

Pase lo que pase

En el oeste de Texas, antiguo territorio comanche, un padre de familia divorciado y su hermano ex convicto comienzan a asaltar bancos para pagar la abusiva hipoteca del rancho familiar al propio banco, lo que desata una persecución a cargo del veterano sheriff del lugar quien ha detectado el patrón que siguen los aficionados asaltantes.

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Segundo guion —siendo el primero nada menos que Sicario (Denis Villeneuve, 2015)— del actor convertido en guionista Taylor Sheridan, originalmente se titulaba Comanchería (como se llamó en España); Enemigo de todos (traducción literal de «comanche») en Hispanoamérica. La frase come hell or high water se traduce como ‘pase lo que pase’, reflejo de la decisión de Toby Howard (Chris Pine) y su loco hermano Tanner (Ben Foster) en hacer justicia por su propia mano, una especie de Robin Hoods de sí mismos.

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Sin embargo, la piedra angular de este western del siglo XXI es Jeff Bridges y su personaje del Texas ranger Marcus Hamilton, tan cínico y políticamente incorrecto como profesional y noble. No por nada es suya una de las 4 nominaciones al Oscar de la película. Las ricas relaciones entre los personajes —los hermanos tan distintos pero que se apoyan pase lo que pase, o el pretendidamente racista Hamilton con su compañero de origen comanche— junto con varias secuencias de acción emocionantes, canciones country y una crítica social de fondo completan una francamente buena película. Al parecer en Texas todos siguen usando botas y sombrero, y no por nada el western ha sido el género cinematográfico estadounidense por excelencia.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Arrival

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Denis Villeneuve
GUION Eric Heisserer, basado en el cuento de Ted Chiang
FOTOGRAFÍA Bradford Young
MÚSICA Jóhann Jóhannsson
REPARTO Amy Adams, Jeremy Renner, Forest Whitaker, Michael Stuhlbarg

La comunicación salvará al mundo

La última película del quebequés Denis Villeneuve (Prisoners, Enemy, Sicario), nominada a 8 Oscares (incluyendo mejor película, mejor director y mejor guion adaptado), es una fábula de ciencia ficción, más bien sobria, sobre la importancia de la comunicación. Basada en un cuento de Ted Chiang, cuenta cómo cuando misteriosas naves alienígenas aparecen en distintos puntos de la Tierra, la lingüista Louise Banks (Amy Adams) es convocada como intérprete entre los humanos y los extraterrestres.

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Sin seguir el cliché del enfrentamiento hombre-versus-alien, el correcto relato de Villeneuve —un director del que cada vez oiremos más— va más bien en la línea de películas que han sabido relacionar el conflicto externo del relato de ciencia ficción con el conflicto interno y familiar de sus protagonistas, como hemos visto en Interestelar (Nolan, 2014), Gravedad (Cuarón, 2013) o Señales (Shyamalan, 2002). Se entiende que el siguiente proyecto del director sea Blade Runner 2049, la esperadísima secuela de esa obra maestra de la ciencia ficción más filosófica.

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Las nominaciones técnicas (fotografía, edición, mezcla de sonido, edición de sonido y diseño de producción) hablan de la calidad cinematográfica. Los planos, diferidos en tiempo, de la vida ordinaria de la protagonista y su familia recuerdan los de Lubezki en El árbol de la vida de Terrence Malick, y es interesante la construcción estética de los extraterrestres y sus naves, siempre un reto ante un público que ya los ha visto en todo tipo de versiones. Esta vez sin nominación, la música minimalista del islandés Jóhann Jóhannsson, completa el empaque perfecto.

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Con un giro de trama que da para los más ricos análisis narrativos, el fuerte de la película es el guion —y eso es mucho decir en una película tan lograda en lo técnico— que en su simplicidad consiste en una parábola sobre la comunicación y la incomunicación. Y no suena descabellado que sea la comunicación la que salve este mundo, o la incomunicación la que corra el riesgo de perderlo. Una tesis válida para cualquier momento de la historia, pero que precisamente hoy parece necesario gritarla a los cuatro vientos.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Manchester by the Sea

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION  Kenneth Lonergan
FOTOGRAFÍA Jody Lee Lipes
MÚSICA Lesley Barber
REPARTO Casey Affleck, Michelle Williams, Lucas Hedges, Kyle Chandler, Matthew Broderick

Familia es familia

El cine de Kenneth Lonergan, que no es abundante pero significativo, tiene la bella característica de ser cotidiano y profundo a la vez. El también dramaturgo neoyorquino ha escrito para Hollywood desde Analyze This (1999) y Las aventuras de Rocky y Bullwinkle (2000) hasta Gangs of New York (2002), pero es en las películas que también dirige donde demuestra su talento y su tono personal. En su estilo y las historias que aborda quizá recuerda un poco a lo mejor de Richard Linklater. Ya estuvo nominado al Oscar como guionista por Puedes contar conmigo (2001), una historia de drama y humor que, como la que nos ocupa esta vez, se soporta en las relaciones familiares.

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Manchester-by-the-Sea es un pueblo costero ubicado en el condado de Essex en el estado de Massachusetts, al que Lee Chandler (Casey Affleck) regresa tras la muerte de su hermano, por lo que debe hacerse cargo de su sobrino adolescente, Patrick (Lucas Hedges). Poco más quiero decir de la trama, salvo señalar que sí hay una y no estamos ante un simple pasar de los días como en Boyhood (2014) del citado Linklater. Y es que parte del mérito de Lonergan aquí son los saltos temporales no avisados, que nos van desvelando el doloroso pasado de los personajes, a la vez que vamos entendiendo más las situaciones con las que lidian. Eso, unido a la mezcla de tragedia y humor, ninguno en demasía sino «como en la vida misma» (las comillas importan mucho, pues semejante naturalidad no se improvisa, todo lo contrario), llena de pequeños detalles como no recordar dónde se aparcó el coche en medio de una discusión, una estúpida nevera que no cierra, o la camilla de ambulancia que se atasca creando un anticlímax pero que lo hace todo más real.

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Una película así de cercana y a la vez tan melodramática, requiere de esforzadas interpretaciones para ser lograda. Y en efecto, lo logra la contenida actuación de Casey Affleck, con un personaje difícil por lo taciturno y frío que es; el joven Lucas Hedges (recordarán al malvado pelirrojo de la moto atacado por los protagonistas de Moonrise Kingdom) nos da a un adolescente que controla la situación hasta que se rompe en el momento preciso; Michelle Williams, que con menos de cinco escenas alcanza una merecida nominación al Oscar, y hasta el detalle del nefasto personaje de Matthew Broderick, por cierto, amigo de Lonergan y un habitual en sus películas.

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Todo lo opinables que se quieran, sus 6 nominaciones al Oscar (mejor película, director, guion original, actor principal Affleck, actor de reparto Hedges y actriz de reparto Williams) la ponen en la mira, y el resultado no defrauda si uno se sitúa ante una película serena —yo no diría lenta—, triste en ocasiones pero que también arranca sonrisas. Como la vida, nos recuerda que en los momentos verdaderamente importantes, a quien realmente tendremos para velar para nosotros será a nuestra familia, el único lugar donde se nos quiere por lo que somos. Y vaya que los seres humanos necesitamos ser queridos y queridos así.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

La La Land

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Damien Chazelle
FOTOGRAFÍA Linus Sandgren
MÚSICA Justin Hurwitz
REPARTO Ryan Gosling, Emma Stone, Rosemarie DeWitt, J.K. Simmons, John Legend

Va por los que sueñan

Here’s to the ones who dream. Así dice la canción que Emma Stone canta en uno de los momentos más bellos de La La Land, el exquisito musical chapado a la antigua por Damien Chazelle, un director joven que sorprendió a la audiencia hace un par de años con Whiplash, que ganara tres Oscars habiendo sido nominada también a mejor película. Esta vez, en su línea de presentar una historia donde la música es central —Chazelle, alguna vez aspirante a baterista profesional, es un entusiasta del jazz— nos cuenta la historia de la actriz Mia (Emma Stone) y el pianista Sebastian (Ryan Gosling) que se enamoran en Los Angeles a finales de los noventas.

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Chazelle, también guionista de la película, hace homenaje a los musicales clásicos, y se inspira muy concretamente en Los Paraguas de Cherburgo, de Jacques Demy, ganadora de la Palma de Oro de Cannes en 1964, que se caracteriza por ser enteramente cantado en todos sus diálogos. Aunque los no tan fanáticos del género no deben asustarse: La La Land tiene las canciones justas —incluso pocas para un musical— pero excelentes, pues generan grandes emociones en la audiencia: hay que resistir para no ponerse a aplaudir de pie. El homenaje a la cinta francesa está en el modo de estructurar la narración en torno a las estaciones del año, así como en algunas melodías y arreglos musicales, la viveza de la paleta de colores y —lo siento— el final. Un final agridulce que, como en Whiplash, demuestra que Chazelle es un maestro de la faena tan complicada que es cerrar bien una historia y en el momento preciso.

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Si bien Ryan Gosling y Emma Stone no son grandes cantantes —y menos él, todo sea dicho, aunque tiene el mérito de tocar el piano— la química que hay entre ellos, como ya habíamos comprobado en Crazy, Stupid, Love, llena la película y se equipara a la de las grandes parejas del cine clásico de Hollywood como Cary Grant y Grace Kelly o Humphrey Bogart e Ingrid Bergman. No les falta el humor, con puntadas muy bien elegidas, que contribuyen a hacer la historia aun más disfrutable. Y, desde luego, bailan y muy bien. El resto del reparto es enteramente de segunda fila, aunque son conocidos los rostros de J.K. Simmons (ganó el Oscar con Whiplash, y aquí tiene un papel muy en su estilo) y del cantante John Legend que interpreta a un alter ego suyo, colaborador musical de Sebastian.

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Visualmente es también fenomenal: frecuentemente tenemos los cuatro colores primarios en cuadro, y la fotografía de Linus Sandgren hace lucir por igual una noche estrellada, un atardecer en el mar o una colorida fiesta en la piscina. El ritmo, tan clave en una película llena de jazz, está muy logrado (repite el editor Tom Cross, que se llevó uno de los tres Oscars de Whiplash). Tiene varios planos secuencia bastante conseguidos —los de los números musicales, sin ir más lejos, incluyendo el que abre la cinta con jóvenes habitantes de Los Angeles cantando sobre sus coches en pleno atasco, sueño irrealizado de muchos que vivimos en megaurbes— aunque igualmente nos coloca una discusión de los protagonistas en respectivos primeros planos que meten de lleno en la situación.

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Aunque con cierta ingenuidad y simplificación —propia del género musical— la película es bastante realista mostrando la complejidad de las relaciones amorosas cuando las trayectorias profesionales están de por medio, y resalta el valor de saber sacrificar lo propio por amor al otro con una sonrisa. Resulta, en fin, un gran homenaje a la comunidad artística de Los Angeles, que como Mia y Sebastian tienen que luchar desde abajo, malviviendo como camareros, yendo de audición en audición y de frustración en frustración, persiguiendo sus sueños de fama. Toda una ciudad donde los sueños se unen y se fabrican, y vaya que se los agradecemos: Here’s to the ones who dream, foolish as they may seem; here’s to the hearts that ache, here’s to the mess we make.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Hasta el último hombre

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Mel Gibson
GUION Robert Schenkkan y Andrew Knight
FOTOGRAFÍA Simon Duggan
MÚSICA Rupert Gregson-Williams
REPARTO Andrew Garfield, Vince Vaughn, Hugo Weaving, Sam Worthington, Rachel Griffiths

No matarás

El regreso de Mel Gibson tras la cámara después de diez años no podía ser indiferente. Actor estrella de Hollywood, demostró tener oficio dirigiendo Braveheart en 1995 —lo que le mereciera un Oscar como director, además de mejor película—; conmovió y sacudió con La Pasión de Cristo (2004), a la par de ganarse varias enemistades en la industria que no lo han desetiquetado de antisemita; y presentó un relato crudo y naturalista con Apocalypto (2006). Fiel a sus temas y a su estilo, y recuperando el favor del público con un tema bélico-patriótico, nos trae ahora Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge): la historia real de Desmond Doss, el primer soldado objetor de conciencia que recibió la Medalla de Honor por su participación en la batalla del risco Hacksaw de Okinawa en la Segunda Guerra Mundial… sin haber tocado un arma.

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Incapaz de quedarse de brazos cruzados mientras sus compañeros iban a la guerra, y amparado por la Constitución para poder alistarse como médico y no tener que disparar por coherencia con su fe cristiana adventista, Doss es ridiculizado, humillado, presionado y hasta juzgado por no ceder. Pero es su heroísmo el que terminará por imponerse. Para hacer querido a un personaje con valores tan poco contemporáneos, resulta clave la interpretación de Andrew Garfield, que recrea a un joven valiente pero humilde —no se cree mejor que sus compañeros—, algo ingenuo pero firme, ejemplo plástico de cómo un hombre de fe no pretende restar sino siempre sumar, siempre ayudar.

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Precisamente, el gran mérito de Gibson y los guionistas es hacer asequible al gran público una historia en la que unos valores tan radicales —absurdos para muchos personajes de la película, tan absurdos como ir “a la guerra sin fusil”— son mostrados en lo que tienen de positivo. Y es que la empatía con este joven soldado es total. Sus creencias como cristiano de la Iglesia Adventista del Séptimo Día no son mostradas como una fe arbitraria y absurda y mucho menos impuesta, sino algo coherente con lo que ha vivido desde su infancia —esa escena con su hermano de niños o la relación con su padre alcohólico— y con lo que él es: “No sabría vivir conmigo mismo si no fuera fiel a mis creencias”. Y su valor y carisma demostrarán que su fe no solo no es un estorbo en el campo de batalla, sino que se convierte en el motor de su heroísmo —Desmond Doss, a la voz de “por favor, Dios, ayúdame a salvar uno más”, salvó 75 vidas cuando el resto de la tropa se había ya retirado— y una esperanza para los demás: “Ellos no creen en lo mismo que tú, pero creen mucho en cómo tu crees”.

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A este modo tan acertado de plantear el conflicto, contribuye una realización excelente, con escenas bélicas de la calidad de Rescatando al Soldado Ryan, sin escatimar la violencia gráfica que Mel Gibson siempre ha presentado. Así, hoy que es tan frecuente pretender que la religión se limite al ámbito de lo privado, resulta muy valiente esta apología de la fe como algo valioso tanto para el hombre creyente como para los demás, creyentes o no. Y resulta, como fue la figura del propio Doss, atractiva en sus modos sin quitarle una palabra a su mensaje.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Hunt for the Wilderpeople

(2016) Nueva Zelanda
DIRECCIÓN Taika Waititi
GUION Taika Waititi basado en la novela de Barry Crump
FOTOGRAFÍA Lachlan Milne
MÚSICA Lucasz Pawel Buda, Samuel Scott, Conrad Wedde
REPARTO Sam Neill, Julian Dennison, Rima Te Wiata, Rachel House, Rhys Darby

Asilvestrados

Ricky Baker es un niño regordete y problemático que es adoptado por la maternal Bella, casada con Hector quien es más bien arisco y gruñón. Cuando Bella muere repentinamente al inicio del filme, Ricky escapa de la cabaña que habitaban en pleno bosque neozelandés. Hector lo sigue —muy contra su propia gana, pero intentando evitar que un rebelde tan poco capacitado muera en medio del bosque— lo que propicia una auténtica cacería humana nacional en pos de este par tan peculiar.

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Esta comedia genial, con el sello del māori neozelandés Taika Waititi, tiene algo de Up, algo de Moonrise Kingdom y algo de Swiss Army Man —aunque esta última es posterior— sin dejar de ser muy original en todo momento. El estilo de Waititi —a caballo entre Wes Anderson y Jason Reitman, por situarlo un poco— está en sus originales personajes, las situaciones absurdas, cierta estética kitsch y guiones muy bien armados en fondo y forma, como ha demostrado en Eagle vs Shark (2007), Boy (2010) y el desternillante falso documental What We Do In The Shadows (2014), sobre la vida de tres vampiros roomates en Nueva Zelanda. Por cierto, su siguiente película es Thor: Ragnarok, lo próximo de Marvel, lo cual se antoja bastante interesante. Waititi es también el guionista, y suele actuar en sus películas, aunque aquí solo hace el pequeño personaje de un pastor protestante estrafalario y algo irreverente.

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En fin, la película tiene mucha calidad, y sabe aprovechar los hermosos paisajes de Nueva Zelanda con increíbles tomas aéreas. La banda sonora, con canciones indie y alternativas, también es fundamental en el estilo de la película. Destaca la actuación fresca del joven Julian Dennison y la aparición quizá sorpresiva de Sam Neill, pues quien no le haya seguido la pista se encontrará con que el Dr. Alan Grant de Jurassic Park ya tiene unas cuantas canas. En fin, una cinta que se agradece por auténtica y por divertida, que pasó algo inadvertida para el mercado hispanoamericano, por lo que quizá sea un fresco descubrimiento.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor