Judas y el mesías negro

Curando las culpas

El racismo sistémico es una mancha en el alma de los Estados Unidos. No lo digo yo, acaba de decirlo su presidente, Joe Biden, unas horas antes de que escriba esta crítica, con motivo de la condena del policía que asesinó a George Floyd desatando el movimiento #BlackLivesMatter el verano pasado. El cine estadounidense también ha intentado lavar esa culpa. Se ha notado especialmente en los últimos años con películas como 12 años de esclavitud, Selma, Talentos ocultos, El infiltrado del KKKlan o Get Out, entre otras muchas, por no hablar de clásicos como Matar un ruiseñor, Tomates Verdes Fritos o Mississippi en llamas. La que aborda esta crítica es una película de gran factura —nominada a 6 Oscares, incluyendo mejor película— en torno a una de las páginas más tristes de la lucha contra el racismo en ese país: el asesinato de Fred Hampton, líder del capítulo de Chicago del partido de los Black Panthers.

La muerte de Hampton por órdenes del FBI tiene un añadido al drama de tratarse de un líder antirracista: la traición de un infiltrado entre sus hombres. Como indica el acertado título de la película, es esta la historia en la que se enfoca, tomando el punto de vista del topo puesto por el FBI, William O’Neal. En estos dos excelentes personajes, con sendas actuaciones, se basa la película. Daniel Kaluuya (protagonista de Get Out, que le valiera su primera nominación al Óscar) se transforma externa e internamente y hace una actuación formidable como Fred Hampton, que a sus escasos 21 años era un idealista y un orador que encendía a las masas (la escena de la arenga después de que sale de la cárcel pone los pelos de punta). LaKeith Stanfield hace otro tanto como el traidor, mostrado como un hombre sin ideología que vive al momento y con la emoción a flor de piel, pero cuya conciencia va creciendo conforme avanza la trama. Formalmente la película cumple de sobra, con la fotografía del experimentado Sean Bobbitt y la música sugerente de Mark Isham y Craig Harris que a ratos experimentan con un jazz distorsionado, como introducen percusiones de guerra.

Naturalmente la película, a la que le importa más su mensaje que mayor verosimilitud, se divide en buenos y malos. Los primeros liderados por Hampton, idealista y poeta, marxista-leninista, que cita al Che Guevara e incita a la revolución: «mata a unos cuantos policías y tendrás algo de satisfacción, mata a unos policías más y tendrás más satisfacción, mátalos a todos y ten satisfacción total» (en español queda fatal, hay que oírselo a Hampton/Kaluuya), y dice proféticamente que «moriré por la gente… porque vivo por la gente». Los malos son los hombres del FBI sin escrúpulos, liderados por el tenebroso J. Edgar Hoover (Michael Sheen con buenas prótesis de maquillaje) quien está convencido de estar en una «guerra que amenaza el estilo de vida americano». En el gozne de ese planteamiento maniqueo está el ambiguo personaje de O’Neal, que ve por sí mismo hasta que los acontecimientos lo rebasan. La película, si bien es disfrutable para el público internacional, habla con especial fuerza a la sociedad estadounidense hoy que no parece estar ni cerca de purificar el racismo que siempre ha acompañado su historia.

EE.UU. (2021)
DIRECCIÓN Shaka King
GUION Shaka King, Will Gerson, Keith Lucas, Kenneth Lucas
FOTOGRAFÍA Sean Bobbitt
MÚSICA Mark Isham, Craig Harris
REPARTO Daniel Kaluuya, LaKeith Stanfield, Jesse Plemons, Dominique Fishback, Ashton Sanders, Algee Smith, Darrell Britt-Gibson, Dominique Thorne, Michael Sheen, Lil Rel Howery

Minari

El poder de la tierra

Película autobiográfica del director coreano —aunque criado en Estados Unidos— Lee Isaac Chung en la que explora la infancia de un niño cuya familia se muda a Arkansas para empezar una granja. Minari ha alcanzado un público más amplio que las anteriores películas de Chung, que sin embargo mantiene su estilo contemplativo y una narrativa delicada, compuesta de muchos detalles. Y no es de extrañar: Estados Unidos es en muchos sentidos un país de inmigrantes, y pocas son aún las películas memorables que retratan el sueño americano desde la perspectiva de inmigrantes asiáticos.

Al estilo de Alfonso Cuarón en Roma —aunque con resultados formalmente distintos—, el cineasta hizo un ejercicio de «investigación» en su propia memoria, a partir del cual surgió un guion compuesto de distintas viñetas que cuentan los retos de una familia tanto externos como internos ante determinadas decisiones y circunstancias. Quizá su mayor fuerza sea lo bien delineados de sus personajes, de una idiosincracia más bien recatada: el padre, estrictamente racional y que quiere sacar adelante una granja únicamente con sus propios medios (tremenda oportunidad para Steven Yeun, más conocido por sus roles cómicos en la pantalla chica, quien aquí cosechó una nominación al Oscar); y la madre (Yeri Han), la contraparte más sensata, que pone prioridad en la familia. La historia pivota en torno al niño protagonista, pero especial mérito tienen los personajes secundarios: la estupenda abuela atípica que se lleva la película (otra nominación, esta vez para una experimentada actriz del cine coreano, Yuh-Jung Youn), o el veterano de guerra de un cristianismo excéntrico pero devoto que interpreta Will Patton.

El resultado es un filme de una cadencia tranquila —acompañado por la música adecuada pero casi omnipresente de Emile Mosseri— que tiene una carga dramática que va en aumento. Sus temas son clásicos del cine norteamericano: la familia como eje, la vinculación a la tierra como lugar de arraigo y requisito de prosperidad, tanto como el rol social de la religión y de la comunidad. El título responde al nombre coreano de una planta peculiar que la abuela siembra junto al río que corre cerca de la casa: el minari se arraiga con facilidad y crece donde otras plantas no podrían, a pesar de las condiciones adversas.

EE.UU. (2020)
DIRECCIÓN y GUION Lee Isaac Chung
FOTOGRAFÍA Lachlan Milne
MÚSICA Emile Mosseri
REPARTO Steven Yeun, Yeri Han, Alan Kim, Noel Cho, Yuh-Jung Youn, Will Patton

Nomadland

El fin del sueño americano

El cine es arte y es también industria y es un medio de comunicación social. Hay películas que aceleran algunos cambios sociales, otras los predicen o toman el pulso de la sociedad en un momento específico. Pienso que Nomadland hace esto último. Estrenada en plena crisis por la pandemia, cuenta la historia de muchos norteamericanos reales que, jubilados con una mala pensión o sin ella, recorren el país pasando de un trabajo temporal a otro, sin una residencia fija, viviendo un estilo de vida que tiene mucho de precariedad y descarte pero también —dice esta película, que no es para nada una tragedia— de libertad.

La joven directora china de formación anglosajona Chloé Zhao escribe y dirige este su tercer largometraje, que tiene un estilo documental tanto en su estructura narrativa como en su modo de producción y en los personajes que sigue: a reserva de los dos principales, los demás no son actores sino los propios nómadas a quienes la periodista Jessica Bruder siguió y entrevistó para escribir el libro en el que se basa la película. Zhao mantiene el estilo visual y narrativo de sus películas anteriores, también situadas en la América rural, con grandes planos de exteriores y un aire contemplativo, que se complementa bien con la música de Ludovico Einaudi.

Frances McDormand, quien produce la película además de protagonizarla, es sin duda quien sostiene la trama, además de darle relevancia internacional al proyecto que ha cosechado una cantidad récord de premios en un año raro para el cine, y que compite por 6 premios Óscar, incluida mejor película. McDormand, una actriz de un talento innegable, consentida de los hermanos Coen, ha lucido tanto en comedias como en dramas, pero aquí se aleja de los papeles de mujer dura que la han hecho famosa para interpretar a Fern, una viuda que recorre las carreteras en su camioneta, que es también su casa, generando lazos con los distintos lugares donde se detiene y las personas con las que coincide, casi todos nómadas como ella.

Con una trama argumental casi inexistente, la fuerza de Nomadland radica en las personas reales de las que habla, y los temas que toca, que son centrales en el momento que estamos viviendo: el trabajo como parte de una vida digna, la relación con la naturaleza, la solidaridad, el desarraigo, el descarte de los adultos mayores o la precariedad de la libertad humana en un sistema capitalista diseñado para vivir endeudado. En su aproximación contemplativa a la existencia humana deja ver también un anhelo de trascendencia, planteado de modo más claro en las reflexiones de los personajes en torno a la muerte. Una película sin duda bella e importante, que en un año menos raro se hubiera limitado a los circuitos de cine independiente.

(2020) Estados Unidos
DIRECCIÓN Chloé Zhao
GUION Chloé Zhao basada en el libro de Jessica Bruder
FOTOGRAFÍA Joshua James Richards
MÚSICA Ludovico Einaudi
REPARTO Frances McDormand, David Strathairn, Bob Wells, Linda May, Swankie

El padre

Viaje a la senilidad

Lo que comienza como una historia humana empática se convierte en una experiencia inmersiva y finalmente devastadora en esta película sobre un anciano que va perdiendo sus facultades y la hija que intenta hacerse cargo de él. El dramaturgo francés Florian Zeller dirige en la pantalla esta adaptación de una exitosa obra suya que hace eco en una sociedad envejecida como es la de buena parte de Occidente y completa lo acertado de su planteamiento con un reparto de primera línea.

El titán que es Sir Anthony Hopkins no solo hace a sus 83 años una de las mejores actuaciones de su carrera, sino que también una muy valiente. Y es que si esta película debe ser especialmente dura de ver para alguien que empieza a envejecer —lo digo como una advertencia en toda regla— tanto más duro debe ser interpretarla. Y por si la asociación no fuera inmediata, se le pone al personaje la exacta misma fecha de nacimiento de Hopkins y se le llama Anthony (en la obra de teatro francesa no llevaba ese nombre). El protagonista se siente del todo real —quien ha tratado con ancianos lo sabrá bien— causando a veces enojo o frustración, pero también cariño y compasión ante quien de ser un adulto autosuficiente y enérgico se va volviendo dependiente y confundido delante de nuestros ojos.

La contraparte es la excelente Olivia Colman, que de la comedia británica ascendió a la primera línea del cine mundial con todo y Óscar por La favorita, e interpreta a la hija impotente pero cariñosa, y un puñado de actores secundarios bien elegidos. Si ciertamente el planteamiento es muy teatral —pocos personajes, una única locación y un tiempo condensado— el gran mérito de esta adaptación es no hacer teatro filmado, sino valerse de los recursos propios del cine para lograr una experiencia poderosa. Así, todo recae en la importancia del punto de vista, en este caso el del senil protagonista, que explica que todo suceda como sucede y da pie a una clase maestra de narrativa cinematográfica.

(2020) Francia-Reino Unido
DIRECCIÓN Florian Zeller
GUION Florian Zeller y Christopher Hampton
FOTOGRAFÍA Ben Smithard
MÚSICA Ludovico Einaudi
REPARTO Anthony Hopkins, Olivia Colman, Olivia Williams, Rufus Sewell, Mark Gatiss, Imogen Poots

Otra ronda

Beber para vivir

Cada cierto tiempo, el cine danés destaca y cruza fronteras con una película de primer nivel. Es conocido su peculiar aporte en 1995 al cine mundial desde el movimiento «Dogma 95» —que propugnaba un cine directo, sin efectos ni artificios— por parte del controversial Lars Von Trier y de un cineasta que ha sido más discreto pero bastante consistente: Thomas Vinterberg. Este director presenta ahora esta película difícil de clasificar, que le ha valido la nominación al Oscar a mejor película extranjera y a él como director —una sorpresa agradable— y que parte de una premisa estimulante: cuatro profesores de bachillerato que deciden comprobar una teoría de que se vive mejor con un cierto grado de alcohol en la sangre en horas laborales.

Ocho años después de la excelente La caza (mi crítica aquí), una tragedia sobre un profesor de preescolar falsamente acusado de abuso sexual de menores, Vinterberg se asocia de nuevo con Tobias Lindholm para escribir un guion que podría suceder en el mismo universo narrativo. El mismo protagonista (Mads Mikkelsen, sin duda el rostro más internacional del cine danés) es nuevamente un profesor pero ahora de jóvenes que están en su último año de bachillerato. Sin embargo, si aquélla era una tragedia en toda regla, Otra ronda —cuyo título original, Druk, es una palabra muy particular del danés para referirse a una buena borrachera— tiene mucho de comedia, pero también de un profundo vacío existencial.

Como el alcohol en la vida, hay risas, momentos de liberación —la escena final es de antología— pero también momentos patéticos, cosas vergonzosas y situaciones dolorosas de cara a la familia y al trabajo. No es una película sobre el alcohol, sino sobre la vida. La película está dedicada a Ida, la hija del director que colaboraba con él en el proyecto y que falleció a los 19 años en un accidente automovilístico cuando habían empezado la preproducción. Lo que podía haber terminado con el proyecto terminó por volverse su inspiración, y la película encuentra así un peculiar balance, sin juzgar a sus personajes pero sin defenderlos, sin satanizar el consumo de alcohol pero mostrando las distintas consecuencias. La juventud está especialmente presente, al ser los personajes profesores que tratan con jóvenes y lidian con este tema en sus vidas: el prólogo con escenas de jóvenes alcoholizados es bastante elocuente en ese sentido.

El equipo artístico que colabora con Vinterberg cumple de sobra. La actuación de Mikkelsen es fabulosa —consigue todo un arco de emociones en una sola escena en un restaurante— y nos lleva con el director en ese viaje contradictorio que es el de una vida vacía que busca sentido. Sus tres colegas aportan más a la comedia, aunque cada uno está muy adecuado, especialmente Thomas Bo Larsen quien también tenía un papel importante en La caza, así como la esposa del protagonista. Visualmente la película es sobria, en servicio de la historia, y se agradecen los elegantes intertítulos sobre negro para mostrar, por ejemplo, los mensajes del smartphone y no los ya muy vistos globitos insertados sobre la imagen. Por último, la selección musical es muy acertada, desde un melancólico piano de Schubert hasta la onda funk de The Meters al ritmo de la cual se emborrachan los personajes. La canción original «What A Life» del grupo danés Scarlet Pleasure —basta ver el trailer de la película— es, en mi opinión, un hit inmediato. No busquen, en fin, moralejas en esta pieza de cine del bueno, pero sí una mirada a la vida y sus contradicciones cuando no hay un asidero y este se busca, en este caso, en el beber.

(2020) Dinamarca
DIRECCIÓN Thomas Vinterberg
GUION Thomas Vinterberg y Tobias Lindholm
FOTOGRAFÍA Sturla Brandth Grøvlen
REPARTO Mads Mikkelsen, Thomas Bo Larsen, Magnus Millang, Lars Ranthe, Maria Bonnevie

Nuevo orden

Denuncia forzada

El cine del mexicano Michel Franco —consentido de los festivales— busca siempre provocar, por no decir perturbar. Esta vez lo hace desde una trama socio-política, a partir de la patente diferencia de clases sociales en México, aunque con elementos comunes a sus anteriores películas. En esta historia, la boda de una pareja de clase alta en la Ciudad de México es interrumpida por un grupo de «desfavorecidos» que irrumpen de una manera violenta e irracional. Franco idea una lucha de clases que se siente cercana por el contexto en que la sitúa, pero que se va alejando conforme avanza el metraje por la inverosimilitud de sus personajes que carecen de dimensiones y por sus giros de trama que, en su afán de ser lo más desoladores posible, se vuelven predecibles.

El arranque —tras una sugerente colección de planos descontextualizados, con los que se nos recuerda que estamos viendo «cine de arte»— es intrigante, planteando sutilmente la narrativa y anunciando el conflicto, con detalles como el de la pintura verde que utilizarán los agresores o la subtrama del antiguo trabajador de la familia rica cuya esposa necesita operarse de emergencia (un drama que la pandemia del covid, durante la que se estrenó la película, ha hecho más patente que nunca). Sin embargo, sin previo aviso se salta a la violencia desconcertante y se vuelve bastante irreal lo que podría haber sido una interesante ficción de denuncia social (como Parasite, con la que se la ha comparado injustamente). Una vez roto el «viejo orden», las reacciones de los personajes reflejan una visión del mundo en la que todos son miserables: los ricos, a quienes no les importan ni sus madres ni sus esposas con tal de salvar el pellejo, y los pobres, que son todos unos resentidos esperando el momento de vengarse sin ninguna humanidad. Solo unos pocos personajes se salvan de esta generalización —la joven novia y la dupla madre-hijo que trabajan en su casa— y con quienes, claro, la historia más va a ensañarse.

No se da continuidad a los elementos más interesantes —el levantamiento social, por ejemplo— y a pesar de ser una trama tan dura, con tal de evitar el melodrama a toda costa, los personajes apenas si reaccionan y la trama avanza como si lo que acaba de ocurrir hubiera sido de lo más normal. De modo que la historia se siente falsa, pues no se sostiene: ¿qué sigue después del caos? Y lo que sigue es, por cierto, una militarización, que es la otra gran crítica de la cinta. Si la clase alta es nefasta y la clase baja es detestable y ruin, el ejército es un nido de corrupción que aprovecha esta situación para sacar partido del modo más miserable. A todo esto, Franco toma el punto de vista de la familia rica agredida, buscando que sea ese su público y alterarlo, llenarlo de miedo. Lo que logra, en mi opinión, es acentuar más una diferencia de clases que ya es grave, mostrando a los desaventajados como unas bestias sedientas de sangre que están esperando una alteración para matar y robar. El pérfido desenlace —no podría ser de otra manera— termina mostrando que los más afectados en el viejo orden también son los afectados en este nuevo orden, y hasta más. Quizá solo en eso no se aleja tanto de la realidad.

(2020) México
DIRECCIÓN y GUION Michel Franco
FOTOGRAFÍA Yves Cape
REPARTO Naian González Norvind, Mónica del Carmen, Diego Boneta, Darío Yazbek, Fernando Cuautle, Patricia Bernal, Lisa Owen, Roberto Medina, Enrique Singer, Gustavo Sánchez Parra

Pieces of a Woman

Maternidades

Un matrimonio joven. Ella está en la última fase de su embarazo. Después, la tragedia. La trama de Pieces of a Woman trata sobre el después. Lo que sucede cuando se va algo importante pero los protagonistas permanecen y deben lidiar con eso (un poco como hiciera Historia de un matrimonio, aunque en un tono muy distinto y más riqueza en aquel caso). Con un título acertado, esta película empieza con una fuerza sorprendente, para ir perdiendo ritmo y hasta interés. Sin embargo, vale mucho la pena verla al menos por ese comienzo: la primera media hora de la película dedicada casi enteramente a un parto casero en un plano secuencia —una sola toma— de antología.

Se trata del salto a Hollywood (vía Netflix) de una pareja creativa húngara bastante conocida ya en ciertos círculos. El director Kornél Mundruczó y la guionista Kata Wéber, autores de la intrigante White God que ganara el premio Un Certain Regard de Cannes en 2014 con una fábula bizarra de una rebelión de perros (literalmente), curiosa película que nada tiene que ver con ésta. Si bien el guion llega a aflojar, como se ha dicho, sobresale la dirección de actores y la interpretación de estos, con especial mérito debido a los largos planos de los que el director es bastante adepto.

En ese sentido, el reparto es de lo mejor, con Vanessa Kirby al frente por fin en un papel protagónico (hay nominaciones en camino claramente) y el siempre energizante Shia LaBeouf. Los acompañan, entre otros, Ellen Burstyn que a sus casi 90 años entrega una actuación formidable como la madre controladora de la protagonista; Molly Parker, la moderna comadrona en desgracia que con solo el rostro y los gestos dice tantas cosas; y hasta Benny Safdie quien suele hacer un mejor trabajo detrás y no delante de la cámara como lo demostró dirigiendo con su hermano la reciente Uncut Gems.

Es, a mi ver, una historia de maternidades. La de la protagonista, en su dolor y como una madre auténtica de una criatura que nació y fue amada. Pero también la historia de su madre (cuánto sabemos de este personaje en esa tremenda conversación a gritos). Una película, como señala el título, primordialmente femenina, y quizá un poco injusta con el personaje de Shia LaBeouf, el varón que igualmente participó de la ilusión, de la tragedia, y a quien se da una salida poco honrosa. En fin, una mirada intimista a un conflicto tan humano y perenne como que todos venimos de él, el de la maternidad, en clave de tragedia y con mucho realismo, aunque con un final esperanzador.

FICHA TÉCNICA
(2020) EE.UU.
DIRECCIÓN Kornél Mundruczó
GUION Kata Wéber
FOTOGRAFÍA Benjamin Loeb
MÚSICA Howard Shore
REPARTO Vanessa Kirby, Shia LaBeouf, Ellen Burstyn, Molly Parker, Iliza Shlesinger, Sarah Snook, Benny Safdie

Sound of Metal

Oír no era escuchar

Una hermosa sorpresa. Eso es lo que uno se encuentra en esta película original de Amazon Prime, sobre un baterista de heavy metal que pierde el oído. De esa simple premisa se deduce lo trágico que es lo que sucede para el protagonista, un ex adicto cuya vida giraba en torno al dúo musical que formó con su novia, él en la batería y ella vocalista. Todo esto contado bellamente y aprovechando hábilmente los recursos audiovisuales: el espectador acompaña la experiencia del protagonista gracias al excelente diseño de sonido que en varias escenas —afortunadamente no siempre— permite experimentar el mundo auditivo deficiente del protagonista.

Tras haber dirigido un largometraje documental, el director Darius Marder se adentra en la ficción y escribe esta historia junto con su hermano Abraham (responsable también de la banda sonora) y Derek Cianfrance, su colaborador creativo que por su cuenta ha dirigido películas como Blue Valentine, The Place Beyond the Pines o The Light Between the Oceans. Marder dirige con mano firme esta historia tan retadora, tanto narrativa como emocionalmente, y sale adelante gracias al diseño de sonido ya mencionado pero especialmente por las fabulosas actuaciones, sobre todo del protagonista, el actor y también rapero británico-paquistaní Riz Ahmed, cuyos enormes ojos expresivos ya eran familiares por sus papeles secundarios en Nightcrawler, Rogue One, Venom o Jason Bourne. Desde luego se ha convertido en un fuerte contendiente a un Oscar por esta interpretación. Y algo similar puede decirse de Olivia Cooke, que interpreta a su codependiente y amorosa novia. Grandes actores y muy bien dirigidos.

Al contrario de lo que el título sugiere, esta no es una película sobre el ruido sino sobre el silencio. Lo que podría ser una historia de depresión y sufrimiento, o de las pasiones y frustraciones en torno a la música y la batería —una especie de Whiplash con un giro— sorprende al presentar una historia de transformación, una película sobre la serenidad y el sentido de la vida, sobre saber vivir con lo que viene y no con lo que uno pretende. Una experiencia contemplativa muy adecuada en estos tiempos ruidosos.

FICHA TÉCNICA
(2019) EE.UU.
DIRECCIÓN Darius Marder
GUION Darius Marder, Abraham Marder y Derek Cianfrance
FOTOGRAFÍA Daniël Bouquet
MÚSICA Nicolas Becker y Abraham Marder
REPARTO Riz Ahmed, Olivia Cooke, Paul Raci, Mathieu Amalric, Lauren Ridloff, Chelsea Lee

Soul

Una oda a la vida

Pixar lo hace de nuevo. A estas alturas, con 23 películas realizadas, queda claro que lo suyo no fue un golpe de suerte, ni siquiera una generación brillante de guionistas y animadores, sino una empresa creativa que ha encontrado la manera de hacer películas de gran calidad, tanto en su lograda animación como en sus conmovedores y excelentes guiones: una combinación ganadora que se hizo marca de la casa. Soul, capitaneada por Pete Docter (Monsters Inc., Up, Inside Out), se plantea el reto de hacer una historia universal a partir de un tema tan común como difícil de tratar, por no decir tabú: la muerte, lo que sucede después de ella, y la dimensión espiritual del ser humano. Nada menos.

Joe Garner es un jazzista frustrado que vive en Nueva York. Es profesor de música en la escuela local, pero su verdadero sueño es tocar en un conjunto de jazz profesional. Cuando su oportunidad finalmente se presenta… muere. El alma de Joe intentará volver a su cuerpo para cumplir su sueño, para lo que tendrá la ayuda de una divertida alma aún-no-nacida con la que vivirá muchas aventuras y aprenderá una lección de vida —nunca mejor dicho. La película va muy en la línea de la exitosa Inside Out, que explicaba el funcionamiento interior del ser humano, planteando esta vez el mundo de las almas, tanto antes como después de la vida terrenal, con sus propias reglas y explicaciones. Se libra con nota el salto mortal de creatividad que esto implica, incluida la apariencia de las almas o de las fuerzas cuánticas del universo a cargo del asunto (llámemosles «Jerry»), de paso sacándole una punta de humor cuando la cosa se pone demasiado compleja. Con un guiño a Platón, la película hábilmente no se moja en ningún aspecto religioso (más allá de un cameo de la Madre Teresa de Calcuta), aunque sí en cierto esoterismo, lo que resulta políticamente correcto.

No menos logrado es el mundo del personaje en la Tierra: Joe es el primer protagonista afroamericano de Pixar y él y su entorno comunitario en Nueva York son una gozada, aportación personal del co-guionista y co-director Kemp Powers, aderezado por el jazz de Jon Batiste y las voces de Jamie Foxx, Phylicia Rashad, Angela Basset, Questlove o Daveed Diggs. También es esencial en el reparto la siempre divertida Tina Fey, que da voz al alma «22», un personaje con historia propia sin el que esta película no sería. Menos importante aunque también genial es el personaje de Rachel House (esa musa del humor negro de Taika Waititi, quien lea entienda).

Sin ser una de las obras maestras de Pixar —en todos lados hay niveles, y Soul no será tan memorable como las Toy Story, Monsters Inc., Buscando a Nemo o Coco—, quizá le quite también importancia la decisión, por otro lado necesaria, de estrenarse directo en Disney+ y no en salas de cine. A pesar de su originalidad, es bastante predecible en su estructura general (el viaje del héroe, por supuesto). Además, es una película con mensaje, y quizá una de las de Pixar que lo dicen del modo más explícito. Eso sí, un mensaje absolutamente necesario —más en estos tiempos complejos— que reivindica la belleza de la vida ordinaria. Con frase prestada, podría sintetizarlo en esa maravillosa posibilidad, tantas veces inadvertida, de «hacer endecasílabos de la prosa de cada día«.

FICHA TÉCNICA
(2020) EE.UU.
DIRECCIÓN Pete Docter y Kemp Powers
GUION Pete Docter, Kemp Powers y Mike Jones
MÚSICA Trent Reznor, Atticus Ross y Jon Batiste
REPARTO (voces) Jamie Foxx, Tina Fey, Graham Norton, Rachel House, Alice Braga, Richard Ayoade, Phylicia Rashad, Angela Basset, Questlove, Donnell Rawlings, Daveed Diggs

Mank

Reivindicar al guionista

En 1941, un jovencísimo Orson Welles sorprendió al mundo con su opera prima, Ciudadano Kane, hoy todavía considerada como una de las mejores películas en la Historia del cine —para algunos, la mejor. La película estaba basada de un modo muy evidente en la vida del magnate de los medios William Randolph Hearst, quien en su momento usó sus influencias para vetarla y evitar que fuera vista. La historia quizá menos conocida es la del guionista. Orson Welles —finalmente un outsider de Hollywood a quien el estudio RKO le confió esta película por sus méritos en el teatro y en la radio— produjo, dirigió y protagonizó Ciudadano Kane, y aunque tiene el crédito de co-escritor del guion (único Óscar que ganó la película y único Óscar que ganó el prolífico Welles, por cierto) este es en gran parte obra del olvidado guionista Herman Mankiewicz, «Mank», hombre del sistema y perteneciente al círculo cercano de Hearst. Esta estupenda película reivindica su figura y cuenta su historia.

Nada menos que David Fincher (Se7en, The Social Network, Gone Girl) dirige para Netflix esta película, escrita en los 90’s por su difunto padre, Jack Fincher (un editor de la revista Life cuyo único guion filmado es hoy este, lo cual parece que daría para otra película). El filme es en sí mismo un homenaje a esa era en Hollywood —filmada en blanco y negro, musicalizada solo con instrumentos de la época y los mismos estilos, y con las mismas técnicas del lenguaje cinematográfico que Welles usara magistralmente— aunque con un ritmo muy actual, lo que la hace fresca y entretenida. Eso sí, hay que conocer bien el contexto para disfrutarla e incluso entenderla, al menos haber visto Ciudadano Kane y estar familiarizado con el sistema de los estudios en Hollywood en la época y los nombres clave: Louis B. Mayer, David O. Selznick, etc. Se trata finalmente del cine dentro del cine y como tal resulta una clase maestra.

El camaleónico Gary Oldman es un perfecto Mank: divertido, culto, incorregible, bebedor, obstinado, idealista. No será rara su nominación al Óscar e incluso puede que lo gane en un año con pocas producciones como este. Es notable también la elección del resto del reparto. Amanda Seyfried como Marion Davies, la joven actriz pareja —y obsesión— de Hearst y amiga de Mank; el veterano Charles Dance como Hearst; Lilly Collins como la asistente de Mank, con una pequeña subtrama propia; entre otros muy bien elegidos para encarnar a las figuras de la época. Destaca la breve pero incisiva interpretación de Tom Burke como Orson Welles: unos zapatos difíciles de llenar, de lo que sale airoso. La narrativa paralela sigue a un Mank convaleciente con una pierna rota que escribe en su encierro su monumental obra maestra —del modo más romántico concebible, por cierto, algo bastante alejado del mundo colaborativo de la escritura de guion— mientras en distintos flashbacks nos muestra las aventuras de Mank en el Hollywood de la Gran Depresión y su relación con Hearst.

Desde luego el objetivo es reivindicar al guionista, por lo que la película es más bien poco objetiva, ensalzando la figura de un Mank genial e incomprendido desde la óptica actual (un epílogo engañoso dice prácticamente que no escribió nada más, lo que no es así: Mank colaboró en casi cien películas, en muchas tangencialmente como muchos empleados de los estudios en la época, y varias de ellas después de Ciudadano Kane). La película también es producto de su época —la nuestra— y no un mero relato histórico. Así, Mank es por supuesto demócrata y Hearst, Louis B. Mayer y los demás villanos son republicanos: el Hollywood de hoy atacando al Hollywood de ayer. Eso no quita que sea una película formidable, hecha con toda la mano, producto de un guion muy bien informado y que desde luego será un referente para conocer esa etapa de la Historia del cine.

FICHA TÉCNICA
(2020) EE.UU.
DIRECCIÓN David Fincher
GUION Jack Fincher
FOTOGRAFÍA Erik Messerschmidt
MÚSICA Trent Reznor y Atticus Ross
REPARTO Gary Oldman, Amanda Seyfried, Charles Dance, Lilly Collins, Arliss Howard, Tom Pelphrey, Tuppence Middleton, Jamie McShane, Sam Troughton, Joseph Cross, Monika Gossmann, Toby Leonard Moore, Tom Burke