Judas y el mesías negro

Curando las culpas

El racismo sistémico es una mancha en el alma de los Estados Unidos. No lo digo yo, acaba de decirlo su presidente, Joe Biden, unas horas antes de que escriba esta crítica, con motivo de la condena del policía que asesinó a George Floyd desatando el movimiento #BlackLivesMatter el verano pasado. El cine estadounidense también ha intentado lavar esa culpa. Se ha notado especialmente en los últimos años con películas como 12 años de esclavitud, Selma, Talentos ocultos, El infiltrado del KKKlan o Get Out, entre otras muchas, por no hablar de clásicos como Matar un ruiseñor, Tomates Verdes Fritos o Mississippi en llamas. La que aborda esta crítica es una película de gran factura —nominada a 6 Oscares, incluyendo mejor película— en torno a una de las páginas más tristes de la lucha contra el racismo en ese país: el asesinato de Fred Hampton, líder del capítulo de Chicago del partido de los Black Panthers.

La muerte de Hampton por órdenes del FBI tiene un añadido al drama de tratarse de un líder antirracista: la traición de un infiltrado entre sus hombres. Como indica el acertado título de la película, es esta la historia en la que se enfoca, tomando el punto de vista del topo puesto por el FBI, William O’Neal. En estos dos excelentes personajes, con sendas actuaciones, se basa la película. Daniel Kaluuya (protagonista de Get Out, que le valiera su primera nominación al Óscar) se transforma externa e internamente y hace una actuación formidable como Fred Hampton, que a sus escasos 21 años era un idealista y un orador que encendía a las masas (la escena de la arenga después de que sale de la cárcel pone los pelos de punta). LaKeith Stanfield hace otro tanto como el traidor, mostrado como un hombre sin ideología que vive al momento y con la emoción a flor de piel, pero cuya conciencia va creciendo conforme avanza la trama. Formalmente la película cumple de sobra, con la fotografía del experimentado Sean Bobbitt y la música sugerente de Mark Isham y Craig Harris que a ratos experimentan con un jazz distorsionado, como introducen percusiones de guerra.

Naturalmente la película, a la que le importa más su mensaje que mayor verosimilitud, se divide en buenos y malos. Los primeros liderados por Hampton, idealista y poeta, marxista-leninista, que cita al Che Guevara e incita a la revolución: “mata a unos cuantos policías y tendrás algo de satisfacción, mata a unos policías más y tendrás más satisfacción, mátalos a todos y ten satisfacción total” (en español queda fatal, hay que oírselo a Hampton/Kaluuya), y dice proféticamente que “moriré por la gente… porque vivo por la gente”. Los malos son los hombres del FBI sin escrúpulos, liderados por el tenebroso J. Edgar Hoover (Michael Sheen con buenas prótesis de maquillaje) quien está convencido de estar en una “guerra que amenaza el estilo de vida americano”. En el gozne de ese planteamiento maniqueo está el ambiguo personaje de O’Neal, que ve por sí mismo hasta que los acontecimientos lo rebasan. La película, si bien es disfrutable para el público internacional, habla con especial fuerza a la sociedad estadounidense hoy que no parece estar ni cerca de purificar el racismo que siempre ha acompañado su historia.

EE.UU. (2021)
DIRECCIÓN Shaka King
GUION Shaka King, Will Gerson, Keith Lucas, Kenneth Lucas
FOTOGRAFÍA Sean Bobbitt
MÚSICA Mark Isham, Craig Harris
REPARTO Daniel Kaluuya, LaKeith Stanfield, Jesse Plemons, Dominique Fishback, Ashton Sanders, Algee Smith, Darrell Britt-Gibson, Dominique Thorne, Michael Sheen, Lil Rel Howery

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