Cold War

(2018) Polonia
DIRECCIÓN Pawel Pawlikowski
GUION Pawel Pawlikowski y Janusz Glowacki
FOTOGRAFÍA Lukasz Zal
REPARTO Joanna Kulig, Tomasz Kot, Agata Kulesza, Borys Szyc, Cédric Kahn, Jeanne Balibar

Década de pasión

En la Polonia comunista de posguerra, un músico se enamora de una joven aldeana que conoce en el proyecto de grabar las tradiciones folklóricas polacas para conservar su identidad frente al dominio soviético. El contexto histórico que lleva a esta pareja a acoplarse, exiliarse, rendirse, odiarse, amarse y salvarse, desde París hasta los campos de concentración, es un poderoso telón de fondo para una historia pasional entre él, sereno y devoto, y ella, audaz y alocada, en su historia de amor en circunstancias difíciles a través de los años.

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Siguiendo la misma clave estética y de tono de su Ida (2013, Oscar a Mejor película extranjera), aunque con menos interés antropológico que esa historia de la novicia que descubre sus raíces judías antes de hacer sus votos, Pawel Pawlikowski dirige magistralmente esta historia de sentimientos arrolladores, en la que se intuye un toque muy personal: los protagonistas tienen el nombre de los padres del director, a quienes dedica el filme.

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Sus esmerados planos, también aquí en formato casi cuadrado y contrastado blanco y negro, son cada uno una obra de arte. La ambientación fría de la Polonia sometida y los ambientes bohemios europeos están plenamente conseguidos. La trama y la profesión de sus protagonistas son el pretexto para que la música tenga un papel central, tanto en piezas populares polacas como el jazz de la bohemia. Excelentes interpretaciones hacen una película redonda, si bien el ritmo poco convencional y el guion con saltos narrativos intencionales puede hacerla demasiado densa para algunos públicos.

Cafarnaúm

(2018) Líbano
DIRECCIÓN Nadine Labaki
GUION Nadine Labaki, Jihad Hojeily y Michelle Keserwany
FOTOGRAFÍA Christopher Aoun
MÚSICA Khaled Mouzanar
REPARTO Zain Al Rafeea, Yordanos Shiferaw, Boluwatife Treasure Bankole, Kawsar Al Haddad, Fadi Yousef, Alaa Chouchnieh, Nadine Labaki, Elias Khoury

Infancia en las periferias

Y tú, Cafarnaúm, ¿crees que serás levantada hasta el cielo?
¡Bajarás hasta lo más hondo del abismo! 
Mateo 11, 23

Esta bella y demoledora película libanesa tiene como premisa a un niño que demanda a sus padres por haberle dado la vida. A modo de flashbacks, conocemos la historia del protagonista Zain, quien a sus 12 años —según calculó el médico, pues no tiene acta de nacimiento ni documentación alguna— se encuentra en la cárcel por haber acuchillado a un hombre. La trama irá develando la corta pero dura vida de Zain, su relación con su hermana obligada a casarse a los 11 años, y su amistad con una inmigrante africana y su bebé, del que Zain termina haciéndose cargo.

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La directora Nadine Labaki parte de distintas experiencias reales de pobreza y miseria que recogió en los barrios pobres de Beirut, y eligió a actores no profesionales —personas que han vivido situaciones parecidas— a los que dirige con paciencia y una gran visión. Si bien el joven Zain Al Rafeea —un refugiado sirio que Labaki encontró en el casting— tiene un natural ante la cámara innegable, al dirigir niños el gran mérito es de la directora en este caso, pues todo el tiempo en pantalla es de este joven, muchas veces solo o con el bebé, del que se logran también reacciones impresionantes. La propia directora, también actriz, tiene un pequeño papel como la intrépida abogada de Zain.

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La película es bella estéticamente, su estructura episódica mantiene un buen ritmo y presenta un rico mosaico de situaciones y personajes en torno a Zain, como la inmigrante africana madre soltera, la niña siria que sueña con vivir en Suecia, el anciano que se viste de hombre cucaracha a la Spiderman para promocionar un parque de atracciones, o el traficante de personas que busca quedarse con el bebé. Especial peso tienen los padres de Zain, a ratos despreciables por su actitud y a ratos dignos de compasión: víctimas ellos también de la llamada cultura del descarte, tan presente hoy en Líbano como en el mundo entero.

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El melodrama se une al reclamo social que el filme busca, y no deja de ser interesado el fuerte mensaje contra la natalidad que inserta de un modo poco verosímil, en los labios de un niño al que la trama presenta como adulto, resentido y amargado, ya sin la espontaneidad natural de su edad, solicitando que se obligue a sus padres a no tener más hijos. Este mensaje se une a la indudable calidad cinematográfica de la película para otorgarle el Premio del jurado en el Festival de Cannes, y la nominación al Oscar a Mejor película de habla no inglesa. Cafarnaúm es el nombre de la ciudad adoptiva de Jesucristo en Galilea, misma que el Mesías maldijo por su falta de fe; de ahí que en árabe se use como sinónimo de caos o de infierno, y es esto lo que Nadine Labaki busca reflejar quizá con poca esperanza pero con toda piedad.

Green Book

(2018) Estados Unidos
DIRECCIÓN Peter Farrelly
GUION Nick Vallelonga, Brian Currie y Peter Farrelly
FOTOGRAFÍA Sean Porter
MÚSICA Kris Bowers
REPARTO Viggo Mortensen, Mahershala Ali, Linda Cardellini, Dimiter D. Marinov, Mike Hatton

Kilometraje de amistad

En la década de 1960, el músico culto afroamericano Don Shirley contrata a Tony «Lip» Vallelonga, un portero de club nocturno de ascendencia italiana, hábil y hablador, para que sea su chofer y guardaespaldas en una gira por los estados del sur profundo de los Estados Unidos valiéndose de la guía —el Green Book— que señala los lugares en que las personas de color pueden alojarse sin peligro en esos estados donde impera el racismo.

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La fórmula es sencilla y eficaz. Dos personajes muy distintos entre sí y en sí mismos paradójicos —en este caso un hombre blanco, inculto y de baja extracción, empleado por un hombre negro refinado y de gustos exquisitos— que se ven obligados a convivir (lo hemos visto desde en el Quijote hasta en Up, Men in Black, Due Date…) de donde surge una amistad mutuamente enriquecedora. Si es basada en una historia real y esta amistad desafía el racismo de mediados de siglo pasado en Estados Unidos, tanto mejor.

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Peter, uno de los conocidos hermanos Farrelly, responsables de comedias simples como Una pareja de idiotas y su secuela; Loco por Mary o Irene y yo y mi otro yo, se separa de su hermano y dirige esta road movie con un guion escrito por el hijo del propio Tony Vallelonga (no sin polémica con la familia de Don Shirley). La película es entretenida y bien hecha sin mayores audacias estéticas ni narrativas. Un film que da prioridad a su mensaje, sin caer en lo propagandístico, pero subrayando la hipocresía de una sociedad que puede aplaudir a un artista de color pero no le permite utilizar su baño.

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Lo más valioso sin duda son las interpretaciones de los dos protagonistas. Viggo Mortensen, con varios kilos encima, deja su habitual aire misterioso y soñador para encarnar a un italoamericano fanfarrón y divertido, que podría ser sacado de una película de Scorsese. Por su parte, Mahershala Ali consigue su segundo Oscar encarnando al Doctor Don Shirley, un músico de excelente formación y modales refinados que esconde un alma atormentada tras una fachada de superioridad. Todo suma a una combinación perfecta para ganar el Oscar a mejor película, lo cual por supuesto no quiere decir que lo sea.

El infiltrado del KKKlan

(2018) Estados Unidos
DIRECCIÓN Spike Lee
GUION Charlie Wachtel & David Rabinowitz y Kevin Willmott & Stan Lee basados en el libro de Ron Stallworth
FOTOGRAFÍA Chayse Irvin
MÚSICA Terence Blanchard
REPARTO John David Washington, Adam Driver, Laura Harrier, Ryan Eggold, Jasper Pääkkönen, Topher Grace

Poder blanco, poder negro

El mítico director afroamericano Spike Lee se basa en la historia real del policía afroamericano Ron Stallworth que en 1979 se infiltró en el Ku Klux Klan —fingiendo por teléfono, con el apoyo de su compañero blanco en los encuentros en persona— para hacer una crítica social fuerte del perenne racismo en Estados Unidos a través de una cinta que pretende ser comedia. Lee se mantiene fiel a sus temáticas como a su estilo, con una introducción irónica y un cierre con imágenes reales (incluidas declaraciones del Presidente Donald Trump) de violencia racista, combinados con la buena música R&B o su sello estético del plano de doble dolly —los personajes se distancian del fondo junto con la cámara—, entre otros.

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No evita caer en la exageración y en la caricatura, lo que termina por hacer a sus personajes falsos —con excepción de Adam Driver, que interpreta al compañero judío de Stallworth que se hace pasar por él frente a los racistas y que atraviesa por una interesante crisis de identidad al tener que defender a otro— y quita así el peso al propio mensaje antiracista. Los miembros del Ku Klux Klan se presentan como irrealmente malvados y estúpidos —su Gran Mago es interpretado por Topher Grace, más bien cómico como siempre— y la trama deviene en un tercer acto poco creíble y un deus ex machina poco convincente.maxresdefaultInteresante es que no muestre a los afroamericanos solamente como víctimas, sino también incapaces de entender a la otra parte, y que sean los héroes los que buscan el consenso y se apegan a las vías institucionales, tan valoradas en la sociedad estadounidense. Aunque se entiende la intención cómica, el efecto social que claramente pretende (de nuevo, véanse las imágenes reales del epílogo) queda lejos del de clásicos como Mississippi en llamas (1988) o Tomates verdes fritos (1991) —o del videoclip de This is America de Childish Gambino, sin ir más lejos—. Lo que era una historia meritoria se convierte en el retrato poco sutil de un grupo de policías muy poco profesionales. Sin en la vida real fueron héroes, desde luego la película, aunque entretenida, no les hace justicia.

La favorita

(2019) Irlanda, Reino Unido, Estados Unidos
DIRECCIÓN Yorgos Lanthimos
GUION Deborah Davis, Tony McNamara
FOTOGRAFÍA Robbie Ryan
REPARTO Olivia Colman, Rachel Weisz, Emma Stone, Nicholas Hoult, Joe Alwyn, Mark Gatiss

Tercia de damas

Filme de época del director griego Yorgos Lanthimos quien recrea en su peculiar estilo el triángulo de rivalidades que se dio en la corte inglesa entre Ana, la última reina de los Estuardo, y dos de las damas de su corte a principios del siglo XVIII. A pesar de su cuidada recreación visual de la época —dos de sus diez nominaciones al Oscar son diseño de producción y diseño de vestuario— y de tener bastante precisión histórica en cuanto a los hechos, el sello de la película es la dirección de Lanthimos, en su línea de humor negro, situaciones absurdas y personajes a ratos ridículos y a ratos tristes, muy tristes.

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En este sentido recuerda un poco a la Marie Antoinette (2006) de Sofia Coppola. No por nada las actrices dicen que las referencias que el director les dio fueron las screwball comedies con sus diálogos ágiles y situaciones divertidas y no los filmes típicamente cortesanos. Esta mezcla consciente de elementos da lugar a escenas deliciosas como la del excéntrico baile en la corte, o la carrera de patos en cámara lenta —otro rasgo estilístico de Lanthimos—, que resultan del todo modernas sin romper con la ambientación de época y la música clásica que compone la banda sonora.

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El esmero en lo visual —con una fotografía (también nominada al Oscar) que se vale únicamente de luz natural y velas a lo Barry Lyndon (Stanley Kubrick, 1975) y continuos ángulos contrapicados que lucen los bellos techos de palacio tanto como dan superioridad a los personajes— es su segunda carta fuerte, siendo la principal las estupendas interpretaciones de las tres protagonistas: Olivia Colman como una reina Ana caprichosa e infantil a la vez que llena de dolor; Rachel Weisz como Lady Sarah Malborough, la mujer de confianza de la reina que cuida de la soberana a la vez que le impone su voluntad; y Emma Stone como Abigail, una prima de Lady Sarah venida a menos quien utiliza sus encantos para ganarse el favor real. Sendas nominaciones al Oscar para las tres son suficientes para hacer que la película valga la pena y sobra decir que es un filme preponderantemente femenino.

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Lanthimos, que tras su etapa griega cruzó el charco con la excelente The Lobster (2015), se encumbra con esta cinta multipremiada que tiene su toque por todos lados. A pesar de sus buenas cualidades estéticas y de actuación, no deja de presentar una historia oscura de personajes sin escrúpulos y lascivos (su licencia poética incluye un triángulo lésbico entre las protagonistas). Aunque esta vez el guion no es suyo, comparte con el universo del director griego una visión miserable de la naturaleza humana, aunque las risas no falten.

Glass

(2019) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION M. Night Shyamalan
FOTOGRAFÍA Mike Gioulakis
MÚSICA West Dylan Thordson
REPARTO Bruce Willis, Samuel L. Jackson, James McAvoy, Sarah Paulson, Anya Taylor-Joy, Spencer Treat Clark

Cerrar el círculo

[Esto será un poco largo. Si solo te interesa la crítica de Glass (tercera parte de una trilogía) sin considerar las dos películas anteriores y la carrera de su director, puedes saltar al párrafo 5, es decir, después de la primera imagen]

En el año 2000 vi El protegido (Unbreakable) en el cine. Era la siguiente película de M. Night Shyamalan, un joven director americano de ascendencia india que había sorprendido al mundo un año antes con El sexto sentido. La crítica lo comparó con Hitchcock y se decía que sería el nuevo Spielberg. Sin tener la fuerza de su cinta anterior —una genialidad que, ahora lo sabemos, el director no conseguirá alcanzar— en todo caso El protegido me pareció fascinante desde la primera escena. Dosificando el suspense, con logrados planos, escenas poderosas (varias quedaron grabadas a fuego en mi mente adolescente) y una sorpresa final en la trama, Shyamalan planteaba la existencia real de las personas que los cómics mostraban poéticamente como superhéroes, todo a través del conflicto de dos hombres (Bruce Willis y Samuel L. Jackson) que buscaban el sentido de sus vidas de dolor y vacío. Una película sólida y lograda.

El tiempo pasó, los superhéroes en el cine seguirían un camino muy distinto. En el 2002, Sony estrenó la primera Spiderman (la de Tobey Maguire, hoy la de los memes) que marcaría un estilo de blockbuster de superhéroes muy distinto a los oscuros Batmans de Tim Burton y a los ya lejanos Supermans con Christopher Reeve, que era de lo poco en que las viñetas habían saltado a la pantalla grande. Llegarían las hoy ya decenas de películas de Marvel y unas cuantas de DC.

Shyamalan siguió también su propio camino, uno a todas luces descendente incluso para los entusiastas que esperábamos cada una de sus películas con la ilusión de que volviera a sorprendernos. Con Señales (2002) nos confundió con una pretendida conexión mística de extraterrestres. La aldea/El bosque (2004) prometió llevarnos de nuevo al terror para arrojarnos en lo que resultaba ser un experimento político anticapitalista. En La joven del agua (2006) se empeñó en mostrarnos una versión de los cuentos infantiles que contaba a su hija mientras exprimía las gotas de su modo de hacer suspense. El incidente (2008) ya rayó en el absurdo, donde la trama consistía en huir del aire para no suicidarse (como en Bird Box, exacto, pero sin monstruo, o sea peor). Después, por algún motivo, hizo una adaptación fílmica de una serie animada pseudo-japonesa y una película en la que Will Smith y su hijo volvían a la Tierra un milenio después de que la humanidad la abandonara: por respeto a lo que un día fue Shyamalan, no vi ninguna de las dos. Me acabo de enterar de que en 2015 hizo una película donde unos niños temían a sus abuelos que se volvían locos de noche. Bien por él.

Un buen día del 2016 se estrenó Múltiple (Split), bien referenciada por una sorprendente actuación de James McAvoy interpretando a un asesino serial con veintitantas personalidades. Sorpresa: era la nueva película de Shyamalan. Sin ser nada del otro mundo, ciertamente el modo en que McAvoy pasaba de ser un niño de 9 años a una elegante señora a un hooligan entusiasta… todo en una toma, era asombroso. Y de pronto sucedió. En la escena final apareció David Dunn (el personaje de Bruce Willis en El protegido) viendo en las noticias el caso de este asesino. Y terminó la película. Conté todo lo anterior para intentar contextualizar lo que esa aparición ahí, en esa película y en ese punto de la carrera de Shyamalan, significaba. Al poco tiempo se anunció Glass, en la que el director uniría la historia de El protegido con la de Múltiple. Incluso dijo que la idea era incluir al personaje de McAvoy en El protegido desde un inicio. No sé si creerle. En todo caso, la esperanza renació.

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Vayamos pues a esta película. Valga aclarar que es la parte final de una trilogía y que quien no haya visto El protegido (Unbreakable) y Múltiple (Split) se perderá bastante y disfrutará muy poco. Lo mismo quien espere ver una película de superhéroes a la Marvel. Volvemos con David Dunn (Bruce Willis), quien durante años ha continuado con un perfil bajo usando su fuerza y resistencia sobrehumanas para combatir maleantes. Lo cubre y apoya su hijo (Spencer Treat Clark), con quien tiene una empresa de artículos de seguridad. Su objetivo es encontrar a un asesino de muchachas jóvenes, nada menos que el protagonista de Múltiple, Kevin Crumb (James McAvoy). Cuando se enfrentan, la policía los atrapa a ambos y los interna en un centro psiquiátrico de alta seguridad donde lleva años recluido el genio criminal Elijah Price, apodado Mr Glass (Samuel L. Jackson). Ahí, una psicóloga (Sarah Paulson) intentará convencerlos de que sus «poderes» son solo un delirio de grandeza del que deben curarse, con el apoyo respectivamente del hijo de David, la madre de Elijah (Charlayne Woodard) y Casey (Anya Taylor-Joy), la víctima de Kevin que logró ver su lado humano.

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Si bien la idea de unir estas dos tramas era sumamente atractiva, el desafío era pegar dos materiales bastante distintos. El protegido es una película pausada, sobre el vacío interior de un hombre con un drama familiar que se encuentra con un personaje enfermo, un experto en cómics con una vida dolorosa, que se obsesiona con él. Múltiple, por su parte, es un thriller con bastante ritmo, suspense continuo y toques de terror y de acción. Al unirlos, Shyamalan pierde la magia de sus primeros personajes al arrojarles mucha luz (literalmente) y da una trama insuficiente a su Kevin/La bestia/La horda al enfrentarlo al siempre impávido David Dunn, ya anciano, y hacerlo cómplice de un Mr Glass anestesiado.

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El conflicto limitado a las paredes del hospital sabe a poco, y la teoría de si realmente son extraordinarios o todo es psicológico carece de interés. La comparsa de los personajes secundarios, así como el injustificado entendimiento entre ellos solo busca rellenar una trama que nunca arranca realmente. Todo aquello termina cuando prometía apenas empezar y se nos ofrece una vuelta de tuerca final (qué sorpresa) bastante forzada. En fin, la actuación de James McAvoy nuevamente es sorprendente; a Samuel L. Jackson no se le permite lucirse en absoluto (y pensar que esto se llama Glass, quién sabe por qué) y Willis se limita a ser el tipo duro y silencioso que Shyamalan le pide que sea, pero esta vez sin una buena historia y un ritmo que claramente demandaba otra cosa. En una época de exceso de cine de superhéroes, se antojaba una reflexión sobre lo que eso dice de nosotros como seres narrativos (y hay mucho que decir), pero Shyamalan —el hombre con la maldición de haber hecho su mejor película al inicio de su carrera— no parecer ser quien la brinde.

(P.D. El tradicional cameo de Shyamalan aquí roza lo ridículo, con un guiño a El protegido que queda como cuando un profesor dice un chiste del que solo se ríe él.)

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Roma

(2018) México
DIRECCIÓN, GUION Y FOTOGRAFÍA Alfonso Cuarón
REPARTO Yalitza Aparicio, Marina de Tavira, Fernando Grediaga, Jorge Antonio Guerrero, Nancy García, Verónica García, Diego Cortina Autrey, Marco Graf, Daniela Demesa, Carlos Peralta

Nostalgia en alta definición

Roma es la película más personal de Alfonso Cuarón. Por un lado, porque el mexicano se responsabilizó del guion, la dirección y la fotografía (por consejo de su director de fotografía Emmanuel Lubezki, quien tuvo que abandonar el proyecto por motivos familiares) de este su octavo largometraje, el tercero de ellos hecho en México. Además, está inspirado en su propia infancia —acontecida en la tradicional Colonia Roma, de la Ciudad de México— y tiene como protagonista a una joven indígena mixteca que trabaja para una familia mexicana acomodada: Cuarón dedica el filme a su nana Libo. Con un blanco y negro en alta definición y un diseño sonoro de avanzada tecnología (Dolby Atmos) aplicado a los sonidos cotidianos de la vida de la capital mexicana en 1970, Cuarón desde una óptica artística mezcla la nostalgia de una época con un dominio de la técnica que se vale de los últimos avances de la industria —no olvidemos que su cinta anterior es Gravedad, un prodigio técnico— logrando una película preciosa, cuidada hasta el detalle, y armada toda en función de una historia tan sencilla como poderosa. Basta ver el plano secuencia de los créditos iniciales para darse cuenta de esto.

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El conflicto en torno a la paternidad, una constante en los filmes de Cuarón, ya sea escritos por él o no —desde La princesita y Harry Potter y el prisionero de Azkaban hasta Y tu mamá también y Gravedad—, es también el eje en Roma. Tanto para Cleo (Yalitza Aparicio), la protagonista, como para la familia de la que es empleada: la Sra. Sofía (Marina de Tavira) y sus cuatro hijos. Cuarón es sutil en su narrativa, permitiendo que los hechos de la trama se vayan intuyendo más que revelándolos. No busca un reclamo social de la figura de la empleada doméstica, sino mostrar una realidad en la que dos mujeres salen adelante en un mundo de hombres irresponsables. «Estamos solas», le dice la Sra. Sofi a Cleo. Tremendas actuaciones de Marina de Tavira (Efectos secundarios, Ilusiones S.A.) y de Yalitza Aparicio, de origen mixteco y que no tenía experiencia en actuación, sino que fue casteada directamente por Cuarón y su equipo: si bien su interpretación es contenida, refleja muy bien la idiosincracia de su pueblo y su rol social. Y así consigue tocar el corazón del espectador.

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La ausencia de música extradiegética refuerza la experiencia directa con la trama sin sentimentalismos, que hacen que los hechos destaquen por sí mismos. Los detalles de ambientación están recreados con todo mimo. Desde las calles que recorren Cleo y su compañera Adela (Nancy García) en largos travellings, donde lucen los coches y la gente vestida de época o la propaganda del recientemente electo presidente Luis Echeverría, hasta los aspectos domésticos más mínimos, como un envoltorio de Pan Bimbo (como eran en 1970), el pitido del carro del vendedor de camotes, o los gritos del vendedor de miel.

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Pese a la ambigüedad que el título Roma puede presentar para algunos públicos (sobre todo no mexicanos) ciertamente la ciudad y esta colonia son protagonistas. Ver Roma es revivir el México reciente de las clases medias y medias altas. Cuarón comparte el México de su infancia, desde los rituales familiares como ver un programa cómico en la televisión todos juntos, la banda militar que recorre las calles del vecindario —preciosa escena cuando pasan junto a una devastada Marina de Tavira que despide a su esposo— o su cariño al cine de la época, de una enorme sala y lleno de vendedores a la salida (donde Cuarón no deja de hacer una referencia a Gravedad). Es el México real, que se alarma ante un sismo y que evoluciona socialmente —la recreación del «Halconazo», la matanza de estudiantes durante una marcha por el grupo paramilitar de «los halcones» el jueves de Corpus de 1971, es tan indirecta como cruda y bien integrada en la trama—; pero también el México del realismo mágico latinoamericano, donde se entrenan artes marciales en una basta llanura de Iztapalapa ante la presencia del mítico Profesor Zovek, o donde un incendio junto a una casa rural de abolengo en año nuevo se muestra como una experiencia onírica y fascinante.

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Para el anecdotario de la historia de esta industria queda, en fin, el pulso entre la plataforma Netflix —productores de la cinta— y los defensores del modelo clásico del cine, como son los grandes festivales y los exhibidores tradicionales, quienes reclaman una exhibición de 90 días únicamente en las salas de cine para poder premiar la cinta o para acceder a proyectarla. La plataforma cuyo negocio es, en cambio, ofrecer el contenido online a sus suscriptores, está decidida a cambiar ese modelo y mientras siga financiando películas de este nivel —y todo indica que así será— tendrá mucha fuerza para lograrlo. Antes de su estreno masivo por NetflixRoma ya ha ganado el León de Oro en Venecia, ha sido anunciada como representante de México en los Premios Oscar para ser nominada a mejor película extranjera, y en los Premios Goya de la Academia de Cine española en la categoría de mejor película latinoamericana. Desde luego merece eso y más.

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(2018) EE.UU.
DIRECCIÓN Alfonso Ruizpalacios
GUION Manuel Alcalá y Alfonso Ruizpalacios
FOTOGRAFÍA Damián García
MÚSICA Tomás Barreiro
REPARTO Gael García Bernal, Leonardo Ortizgris, Alfredo Castro, Lisa Owen, Ilse Salas, Leticia Brédice, Simon Russell Beale

Robo existencial

1985 fue un año difícil para la Ciudad de México, marcado por un terrible terremoto que cobró miles de víctimas. En la Nochebuena de ese año, un par de estudiantes de veterinaria llevaron a cabo un acto tan formidable como enigmático: robaron cientos de antigüedades prehispánicas invaluables del emblemático Museo Nacional de Antropología. A partir de ese hecho real, Manuel Alcalá (productor y guionista) quiso llevar la historia a la gran pantalla, lo que logró finalmente de la mano de dos grandes del cine mexicano actual: el ascendente director Alfonso Ruizpalacios (cuya ópera prima, Güeros, fue la cinta mexicana más premiada en el 2014) y la estrella Gael García Bernal.

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Si bien la trama parecería sugerir un thriller o una película de aventura, Ruizpalacios —que al involucrarse al proyecto pidió intervenir desde el guion— la aborda desde la confusión existencial de un par de personajes que ante el vacío de sus vidas deciden hacer algo emocionante y fuera de lo común. En ese sentido —y aunque ésta es mucho más accesible y, en ese sentido, comercial que su primera película, filmada en blanco y negro con una relación de aspecto 4:3— está emparentada con Güeros, pues ambas muestran a jóvenes universitarios sin norte cuyas vidas se desenvuelven en la Ciudad de México en torno a un hecho de la historia reciente (en Güeros era la huelga de la UNAM) y que buscan un ancla en el pasado: una leyenda olvidada del rock mexicano en Güeros, y en Museo una vedette venida a menos y las propias piezas de la antigüedad mexicana que roban.

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Este enfoque más profundo y el estilo cinematográfico que le imprime Ruizpalacios, con una estructura narrativa no convencional, encuadres audaces y elementos brechtianos como los personajes detenidos posando como para ser fotografiados en el robo, o la pelea que tiene el personaje de Gael en el bar de Acapulco, la hacen una película mucho más ambiciosa que una mera recreación histórica o, peor, una película de ladrones astutos a la Ocean’s Eleven. A esa pretensión se suma la interesante propuesta musical del compositor Tomás Barreiro, con variaciones sinfónicas a partir de «La noche de los mayas» del maestro Silvestre Revueltas, que causa un interesante efecto barroco en una película urbana y moderna. La fotografía de Damián García aprovecha escenarios de la Ciudad de México como las míticas torres de Luis Barragán y Mathias Goeritz en Ciudad Satélite o el propio museo imponente.

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Gael García Bernal suele ser garantía al interpretar personajes que resultan carismáticos y oscuros a la vez, por lo que el papel protagónico le acomoda bastante, y consigue disimular que le sobran 20 años respecto a su personaje. Los secundarios están muy bien elegidos, sobre todo la familia del protagonista, a quienes llegamos a conocer bastante en torno a su cena navideña, lo que genera una bonita nostalgia del México de finales del siglo pasado con una dinámica familiar capitalina —o más bien sateluca. Y la sorpresa es la tierna actuación de Leonardo Ortizgris, más bien plano en Güeros, que aquí hace de inocente Sancho Panza, efectivo contrapeso del complejo protagonista. En fin, una interesante pieza —filmada en 35 mm y sin embargo producida por YouTube Originals— en el cada vez más variado horizonte del cine mexicano que, como sucediera cuando se robaron piezas invaluables del pasado de los mexicanos, seguramente fomentará la asistencia a un museo donde muchos buscan en sus orígenes su identidad.

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(2018) EE.UU.
DIRECCIÓN Sebastián Hofmann
GUION Julio Chavezmontes y Sebastián Hofmann
FOTOGRAFÍA Matias Penachino
MÚSICA Giorgio Giampà
REPARTO Luis Gerardo Méndez, Miguel Rodarte, Cassandra Ciangherotti, Montserrat Marañón, RJ Mitte, Andrés Almeida, Hugo Albores, Karina González, Juan Carlos Colombo

Hitchcock en Acapulco

Qué duda cabe que el cine mexicano está creciendo y bien. A la ya importante cantidad de películas producidas por año (y más importante aún: estrenadas) se ha ido sumando la audacia de productores y directores que buscan alejarse de un sobreentendido género —lo que muchos entienden por «cine mexicano»— en el que solo parecían caber sórdidas tramas neorrealistas o frívolas comedias sociales. Así, haciendo precisamente cine mexicano de género, surgen cosas como el sugerente thriller de Sebastián Hofmann y Julio Chavezmontes, Tiempo compartido, una película excelente que se sostiene por sí misma en la competencia global del cine (su premio a mejor guion en el Festival de Sundance así lo constata).

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Pedro (un Luis Gerardo Méndez con algunos destellos fuera de su interpretación habitual) se va de vacaciones con su esposa Eva (correcta Cassandra Ciangherotti) y su hijo. Pronto sus planes se ven frustrados cuando descubre que, por un error de la compañía hotelera, tiene que compartir su villa vacacional con una extraña familia —unos personajes que a ratos parecen sacados de un cuento de Cortázar y a ratos de una comedia de Ismael Rodríguez—. Eso solo será el inicio de una serie de infortunios sospechosos, que irán ligándose con Andrés (excelente Miguel Rodarte) y Gloria (Monserrat Marañón mostrando sus tablas de mucho teatro con una interpretación de primera), un matrimonio con un pasado doloroso y empleados del hotel recién adquirido por una cadena hotelera multinacional representada por un hábil directivo (la elección de casting de RJ Mitte —así es, Walter White, Jr. en Breaking Bad— para este papel es tan audaz como acertada).

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Con un gran manejo del suspense y las dosis justas de humor, la intriga avanza de modo atrapante y desconcertante a la vez. La música del italiano Giorgio Giampà, entre tropical y surrealista, a ratos casi divertida, logra esa sensación que Bernard Herrmann aportaba a las películas del maestro Hitchcock, de sentir la tensión cuando aún no ha sucedido nada. La fotografía de Matias Penachino aprovecha la excelente locación del emblemático Hotel Princess de Acapulco transformándolo en un auténtico lugar de pesadilla, con una paleta de colores bien manejada —¡flamingos!— y con tomas como conversaciones filmadas en el reflejo de la alberca o de la ventana, o aspectos de los coloridos vacacionistas, que recuerdan a lo mejor de Paolo Sorrentino.

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El tema, en fin, es un mensaje claro contra el capitalismo deshumanizante y ciertos aspectos negativos de la globalización que, por lo mismo, resulta universal y muy actual. Aunque se echa de menos un final más redondo, el desenlace no deja de funcionar a su manera. Una estupenda película —además de ser una producción mexicana— a la que esperemos que otras imiten en audacia, en calidad y en exploración de otros géneros. Desde luego, talento, hay.

Jurassic World: El reino caído

(2018) EE.UU.
DIRECCIÓN J.A. Bayona
GUION Dereck Connolly & Colin Trevorrow
FOTOGRAFÍA Oscar Faura
MÚSICA Michael Giacchino
REPARTO Chris Pratt, Bryce Dallas Howard, Rafe Spall, Daniella Pineda, Justice Smith, James Cromwell, Toby Jones, Geraldine Chaplin, Isabella Sermon, Jeff Goldblum

Salvar a los dinosaurios

En la acelerada evolución de los formatos audiovisuales y con la necesidad de mantener el negocio millonario del cine comercial, el sueño de todo estudio es poder establecer una saga. Una continuidad de películas que asegure una audiencia que espera ansiosa la siguiente entrega de su universo narrativo. Están por supuesto Star Wars y el universo Marvel; Harry Potter continuó su saga con Animales Fantásticos; y hacer tres películas de El Hobbit llevaba la intención de estirar la saga tolkeniana lo más posible. La que nos ocupa aquí sigue la estela de un hito del cine, Jurassic Park (Steven Spielberg, 1993), que completó una trilogía, posteriormente se retomó el concepto con Jurassic World y ahora pretende volverse saga con la continuación de esta.

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Han pasado cuatro años desde el desastre ocurrido en el parque de atracciones Jurassic World que dejó a los dinosaurios libres en la Isla Nublar, solo que ahora un volcán amenaza con hacer erupción y acabar con todas las prehistóricas criaturas. Claire Dearing (Bryce Dallas Howard), ex gerente del fallido parque convertida en activista pro-dinosaurios, busca salvar a estas especies, para lo que viaja a la isla junto a su ex-novio y entrenador de velocirraptores Owen Grady (el siempre divertido Chris Pratt) auspiciados por un sospechoso benefactor (Rafe Spall) que trabaja para el filántropo Benjamin Lockwood (James Cromwell), antiguo colega de John Hammond, el fundador original de Jurassic Park. ¿Qué podría salir mal?

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La dirección de la película fue confiada a J.A. Bayona, el más comercial y spielbergiano de los directores españoles —lo digo como elogio—, que tras el éxito de El orfanato (2007) saltó a Hollywood con la producción española de factura internacional Lo imposible (2012) y se consolidó con la fantasía de Un monstruo viene a verme (2016). Bayona y sus colaboradores habituales trasladan a trepidantes secuencias el guion de Dereck Connolly y Colin Trevorrow (autores de esta ampliación de la saga, incluso Trevorrow dirigió Jurassic World) que contiene los elementos comunes a este tipo de películas: el romance divertido de los héroes principales, un villano con intenciones ocultas, niños (en este caso es solo una), personajes secundarios como alivio cómico y una trama que gira en torno a los dinosaurios que escapan haciendo que todo se salga de control.

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Sin llegar al nivel de su inmediata predecesora, que supo jugar con la nostalgia de Jurassic Park y dio vida al ansiado proyecto de un parque de atracciones en funcionamiento, esta entrega es también hija de su tiempo, de ahí la importancia de los personajes femeninos centrales —además de la heroína que interpreta Bryce Dallas Howard luce la joven científica feminista Daniella Pineda (Zia Rodriguez) y la pequeña nieta de Lockwood (Isabella Sermon), clave en la trama— y sobre todo el enfoque animalista. Y es que los dinosaurios no son aquí terrorífica amenaza, sino las víctimas que los héroes quieren salvar; algo similar a lo que pasa en la reciente trilogía de El planeta de los simios —otra saga— sobre lo que escribí hace varios años. Es encomiable el esfuerzo por adaptar esta trama a los tiempos que corren, aunque no está claro que la audiencia esté preparada para encontrar adorable a un velocirraptor.