The Imitation Game

(2014) EE.UU.

DIRECCIÓN Morten Tyldum
GUION Graham Moore basado en el libro de Andrew Hodges
MÚSICA Alexandre Desplat
FOTOGRAFÍA Óscar Faura
REPARTO Benedict Cumberbatch, Keira Knightley, Matthew Goode, Rory Kinnear, Charles Dance

Un héroe muy actual

Cuando se conoce la vida de Alan Turing, resulta llamativo que hasta ahora no se haya hecho una película basada en su biografía. Genio matemático de extraña personalidad, es considerado el padre de la computación –¡nada menos!– y precursor de la inteligencia artificial; durante la Segunda Guerra Mundial consiguió descifrar el “Código Enigma”, que los nazis utilizaban en sus comunicaciones: una contribución decisiva para la victoria de los aliados. Más tarde sería condenado penalmente por su homosexualidad y sometido a una castración química. Dos años después, se suicidó. En diciembre de 2013 la Reina Isabel II lo exoneró póstumamente de los cargos en su contra.

La película de Morten Tyldum tiene pues un excelente caldo de cultivo, especialmente para los gustos de la Academia (8 nominaciones a los Oscars). Y, con todo, no carga las tintas: Alan Turing se nos presenta como una persona peculiar, de trato difícil y poca empatía humana, pero sobresaliente por la genialidad de su mente. A eso contribuye la interpretación de Benedict Cumberbatch, que no se caracteriza por la “normalidad” de sus interpretaciones, con su voz sobrehumana y su mirada que se antoja casi alienígena. Su Turing es extraño, sin embargo, al parecer, Turing era realmente extraño.

La parte emocional, por tanto, corre más a cargo del personaje de Joan Clarke (Keira Knightley, acreedora a una nominación no muy merecida), colaboradora y amiga de Turing: una mujer luchadora e independiente que destaca también por su intelecto y hace de traductora emocional del matemático. La faceta afectiva de la homosexualidad de Turing se enfoca más en los flashbacks de sus años de escuela, donde se presenta como una amistad profunda más que una relación sensual o pasional.

El tipo de película no nos es ajeno: un biopic del siglo XX ubicado en ambientes universitarios, similar a Una mente brillante o su actual rival La teoría del todo. En ese sentido el noruego Tyldum cumple correctamente en la dirección, con talentosos colaboradores como el imprescindible compositor Alexandre Desplat, entre otros. El guion, adaptación de un libro, acierta al contar en paralelo la hazaña de Turing descifrando el Código Enigma, la relación con su amigo en sus años escolares y la investigación que lo procesará por el delito de “perversión”, confluyendo las tres líneas en un mismo clímax.

The Imitation Game defiende, pues, valores muy en boga (los derechos de los homosexuales y el feminismo, de entrada) y lo hace desde una historia real, relevante y poco contada hasta ahora, que además es de época y se permite tensión, drama e incluso humor. En ese sentido da en el blanco, y no puede ocultar que sigue la receta para gustarle a la Academia. Está por ver si lo logrará del todo.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Foxcatcher

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Bennett Miller
GUION E. Max Frye y Dan Futterman
MÚSICA Rob Simonsen
FOTOGRAFÍA Greig Fraser
REPARTO Steve Carell, Channing Tatum, Mark Ruffalo, Sienna Miller, Vanessa Redgrave

Historia de una obsesión

Un caso real: 1988. El atleta Mark Schultz, campeón de lucha grecorromana que ha vivido siempre al amparo –y a la sombra– de su hermano luchador Dave, es convocado por el excéntrico multimillonario John du Pont para representar a Estados Unidos en las Olimpiadas con su equipo “Foxcatcher”. La relación entre los tres, dominada por el poder político y monetario de Du Pont y su personalidad obsesiva y acomplejada, se convierte en una auténtica bomba de tiempo.

El estar basada en una trágica historia real –John du Pont murió en prisión en 2010 condenado por homicidio– le da a Foxcatcher suficiente interés, el cual fue aprovechado por la diestra dirección de Bennett Miller (mejor director en Cannes por esta película y nominado al Oscar) que, como hiciera en Capote y en Moneyball, entrega una película sobria a la par que muy intensa.

Y en esa contenida línea –subrayada por la música de Rob Simonsen– van las actuaciones de Channing Tatum (Mark Schultz), Mark Ruffalo (Dave Schultz) y Steve Carell (John du Pont); los dos últimos, nominados al Oscar. Especial aclamación ha tenido la interpretación de Carell, a quien estábamos acostumbrados a ver en comedias de las más físicas (Virgen a los 40; Anchorman; SuperAgente 86; Crazy, Stupid, Love o la serie The Office), aunque también hubiera mostrado una faceta más dramática en ocasiones (Dan in Real Life; Little Miss Sunshine). Aquí su John du Pont es enigmático y deleznable, lastimoso y cruel, inadaptado y abusivo. Súmese el maquillaje para asemejarlo al personaje real y tenemos un papel más que convincente.

Una historia psicológica, pues, y en mucho representativa de la sociedad norteamericana. Sutil y contenida, como suelen ser las tragedias de la vida real, funciona como una olla exprés que burbujea y va chillando en un tenso crescendo. Opta por decir muy poco para conseguir decir mucho, y todos sus elementos aportan a tan bello reto. En fin, no con mucha frecuencia encontramos películas que, sin traicionar la verdad, nos enfrentan a los misterios del alma humana. Y cuando las encontramos, conseguimos vernos a nosotros mismos.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Big Hero 6

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Don Hall y Chris Williams
GUION Jordan Roberts, Daniel Gerson, Robert L. Baird, Paul Briggs y Joe Mateo basados en los personajes de Duncan Rouleau y Steven T. Seagle
MÚSICA Henry Jackman

Más es menos

Basada en los comics de Marvel, Big Hero 6 se sitúa en la original ciudad de San Fransokyo -interesante híbrido que resume las dos tradiciones que confluyen en esta película- y narra las aventuras de un joven prodigio, Hiro Hamada, que aprende a utilizar su ingenio tecnológico con la ayuda de su hermano mayor Tadashi para realizar un proyecto de microrobots que lo hará ganarse la admiración de muchos. De la historia poco más será revelado.

Quizás a muchos les resulte predecible y simple, pero como se dice, ya todas las historias han sido contadas, lo importante es cómo se cuente… y el encanto que tengan los personajes. En este sentido, Big Hero 6 definitivamente sobrepasa cualquier expectativa, pues cada uno de estos personajes se vuelven entrañables. Si alguno chirría es el villano, que no termina de ser del todo creíble: no es el malo-malísimo que estamos acostumbrados a ver,  y sus motivaciones no están bien construidas. Y definitivamente la gran sorpresa es el personaje de Baymax; quién iba a decir que un personaje «sin gracia» (un robot inchable con voz mecánica y expresión mínima, que en su tamaño y bondad sabe a homenaje del vecino Totoro de Miyazaki) podía convertirse en algo más. Y es justamente ahí donde está la clave de la película: no se debe tener un poder extraordinario para ser un superhéroe, se debe tener ganas de hacer algo y con eso ya se tiene casi la batalla ganada (ahora bien, si eres un genio como estos personajes, mucho mejor).

Tal como ya nos tiene acostumbrados Disney, la carga dramática de este filme es pesada, Hiro no ha tenido una vida sencilla, y debe luchar con pérdidas terribles. Parece mucha coincidencia que los personajes de estas películas animadas sean huérfanos. Podemos poner como ejemplo reciente a Elsa y Anna de Frozen, o remontarnos a los clásicos como El Rey León; quizás sea simplemente porque momentos así en la vida son los que hacen cambiar y hacen que los personajes tengan que tomar el control y verdaderamente vencer al enemigo. Sea por los motivos que fuesen, es raro ver en este tipo de películas una familia completa.

En fin, si una película tiene la firma Disney se da por sentado que la animación va a ser excelente, y cumplirá completamente las expectativas. No solo sorprende a los niños sino al público en general. Es como si se hubiese sumado la experiencia de Pixar y Marvel y este es el resultado. Este film se suma al listado de películas de animación que hace que cada vez se le de más importancia a este género (infantil ya solo en su origen), y que “sorpresas” como Toy Story 3 -nominada a mejor película del año en los Oscars del 2011- se sientan como lo correcto.

Juan Manuel Meneses

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El Gran Hotel Budapest

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Wes Anderson
GUION Wes Anderson y Hugo Guinness
MÚSICA Alexandre Desplat
FOTOGRAFÍA Robert D. Yeoman
REPARTO Ralph Fiennes, Edward Norton, Adrien Brody, Willem Dafoe, Jeff Goldblum, Bill Murray, Harvey Keitel, Owen Wilson, Jason Schwartzman, Tilda Swinton, Léa Seydoux, Tony Revolori, Saoirse Ronan

Aventura en Centroeuropa

El octavo largometraje de Wes Anderson –para algunos un director sobrevalorado, para otros un auténtico genio del cine, pero desde luego un esmeradísimo artista con todas las letras– es igual y distinto a sus otros trabajos. Igual por el inconfundible estilo de este director icónico del indie-pop, y distinto porque es su primer filme de época, situado en la Centroeuropa de entreguerras e inspirado –como dicen los créditos– en las obras de Stefan Zweig.

Un escritor (Jude Law) conoce en el Gran Hotel Budapest la historia de Mr. Moustafa (F. Murray Abraham), conocido como Zero (Tony Revolori) cuando era botones del hotel en su época de esplendor bajo las órdenes del peculiarísimo concierge –la palabra traducida “conserje” queda muy por debajo del oficio de este hombre, auténtico anfitrión de los ilustres huéspedes del Budapest–, Monsieur Gustave (Ralph Fiennes). La extraña pero sincera afición de M. Gustave por sus ancianas clientes desencadenará una serie de peripecias cuando una de ellas es encontrada muerta heredando así una valiosa pintura al concierge. La habitual paleta andersoniana de personajes se verá mezclada en la persecución de M. Gustave y su devoto aprendiz, Zero.

Una trama ascendente llena de vericuetos, muchos personajes excéntricos y unas locaciones muy peculiares, tan históricas como extravagantes (el diseño de producción, una de sus 9 nominaciones, es un Oscar obligado) permiten a Wes Anderson lucirse en esta comedia de aventuras. Como ya es costumbre, acompaña al director un amplio reparto de estrellas –algunos con papeles muy pequeños– que ponen cara a sus extraños personajes: Ralph Fiennes, Edward Norton, Adrien Brody, Willem Dafoe, Jeff Goldblum, Bill Murray, Harvey Keitel, Owen Wilson, Jason Schwartzman, Tilda Swinton, Léa Seydoux… y las caras frescas de Tony Revolori y Saoirse Ronan.

Como toda la filmografía del director texano, cada plano es una obra de arte –en el peculiar estilo del director– con una estudiada composición de los encuadres, los juegos de colores y los movimientos teatrales de la cámara (con la osadía de filmar casi todo en una relación de aspecto 4:3 en los tiempos que corren). Añádase la música original de Alexandre Desplat –quién si no– y tenemos El Gran Hotel Budapest.

Sin ser lo mejor de Wes Anderson, el cuidado del detalle y la experiencia acumulada del director ya se van notando en pantalla y quizá sea esta la nada desdeñable excusa para forrarlo de Óscares, los cuales sin duda merece por su trayectoria, no tanto por esta aventura concreta. Aunque lo divertida y bien hecha no se lo quita nadie.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Del mismo autor: «El inconfundible estilo de Wes Anderson»
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American Sniper (El francotirador)

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Clint Eastwood
GUION Jason Hall, basado en el libro de Chris Kyle, Scott McEwen y James Defelice
FOTOGRAFÍA Tom Stern
REPARTO Bradley Cooper, Sienna Miller, Kyle Garner, Keir O’Donnell

Soldado muy americano

Conocemos esta historia. Dentro del género del cine bélico, y el particular subgénero “guerra de Irak”, son ya algunas cintas las que exploran la tensión y la adrenalina de un campo de batalla lleno de civiles sospechosos entre viviendas laberínticas, en contraste con la tranquilidad del suburbio americano donde un soldado se ve afectado por sus traumas de guerra. La más celebre hasta ahora había sido The Hurt Locker, que también cautivó a la academia. Y esta vez es el veteranísimo Clint Eastwood quien la lleva a la pantalla.

American Sniper está basada en la autobiografía de Chris Kyle, quien se convirtió en una leyenda entre las tropas americanas en Irak por su habilidad como francotirador, con 160 blancos confirmados –enemigos abatidos– y más de 200 probables. El título en inglés es relevante, pues en la película pesa el que sea americano –estadounidense, más propiamente– tanto o más como que sea un francotirador infalible.

El proyecto es de Eastwood junto con Bradley Cooper, que intervino como uno de los productores y protagoniza la cinta (lo cual le ha valido una nominación al Oscar, entre las 6 que tiene el filme, incluyendo “Mejor película”). Un papel muy distinto de los habituales personajes simpáticos que ha encarnado Cooper, y no solo por haber tenido que inflar sus músculos: Chris Kyle es un hombre parco de palabras y simple de mente, que tiene muy claro que su fin en la vida es servir al “mejor país del mundo” y proteger –o vengar– a sus compañeros de los “salvajes”. American –ya digo- Sniper.

Claramente el sesgo está muy marcado desde una perspectiva en la que todos los iraquíes son malvados casi hasta el absurdo –niños de siete años que ante el cadáver de un ser querido reaccionan tomando el arma que portaba para continuar su misión– por lo que está justificado eliminarlos, pero hay tensión y escándalo cuando Kyle casi agrede a un perro en su patio trasero como una reacción a sus traumas de guerra. En fin, con Eastwood tras la cámara no puede dudarse de una realización técnicamente perfecta –tiene también nominaciones a edición, mezcla de sonido y edición de sonido–, y sabe lucirse en las tensas escenas de guerra. Un claro producto para disfrute de la Academia, aunque el poco matiz del planteamiento termina por afectar a la visión del conjunto.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Boyhood

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Richard Linklater
GUION Richard Linklater
FOTOGRAFÍA Lee Daniel, Shane F. Kelly
REPARTO Ellar Coltrane, Ethan Hawke, Patricia Arquette, Lorelei Linklater

Una vida en el tiempo

La principal característica de Boyhood, película de Richard Linklater –uno de los íconos del cine independiente americano– es que se rodó a lo largo de doce años. Un rasgo de producción muy poco práctico pero muy efectivo, pues el objetivo es contar la historia de un protagonista que pasa de ser niño a joven adulto frente a nuestros ojos. El efecto de ver a los mismos personajes encarnados por los mismos actores conforme va pasando el tiempo logra un efecto muy especial y cercano, como cuando se ve un viejo video casero de la propia familia.

Y es que Linklater ha sido siempre muy respetuoso con el tiempo: su famosa trilogía –Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013)– está espaciada con diez años entre película y película, mismos que también transcurren en la vida de sus personajes que se reencuentran diez y veinte años después. En esa trilogía, la trama de cada una de las películas es el encuentro entre dos personas y su relación a lo largo de unas pocas horas; un fragmento de su vida cotidiana en la que –como en Boyhood– “no pasa nada”. Nada y mucho, como sucede en la vida.

Siempre desde la perspectiva de Mason –el niño que crece–, el guion (también de Linklater) muestra distintas situaciones que reflejan la frágil condición humana. Experiencias, enamoramientos, peleas, juegos, conversaciones… todo siempre alrededor del entorno familiar de Mason, que a pesar de estar roto desde el principio, de algún modo persevera como eje de su vida (como le sucede a casi cualquier persona, por cierto).

Destaca el mérito de los actores, no solo por su compromiso con el proyecto sino por su implicación actoral en esa cotidianidad: los padres de Mason, interpretados por Ethan Hawke (habitual de Linklater) y Patricia Arquette, ambos nominados al Oscar; y pienso que aún más Ellar Coltrane, a quien vemos crecer en pantalla y sostener la fuerte personalidad de un Mason más bien serio, y su hermana en pantalla Lorelei Linklater (hija del director, claro).

Así, el tema de Boyhood es tan amplio como la vida misma, pero bien puede tomarse como una reflexión sobre el paso del tiempo (se hace especial hincapié en detalles culturales de las épocas que vamos recorriendo para reconocerlas; por cierto, impagable la conversación entre Mason y su padre –tan inocente como que se rodó hace varios años– burlándose de una posible secuela de Star Wars). Un Bildungsroman cinematográfico y postmoderno, como fuera Los 400 golpes de Truffaut, que difícilmente se hace ajeno con las excelentes canciones de su banda sonora y esos personajes a los que acompañamos casi tres horas y doce años.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Fury

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN David Ayer
GUION David Ayer
MÚSICA Steven Price
FOTOGRAFÍA Roman Vasyanov
REPARTO Brad Pitt, Shia LaBeouf, Logan Lerman, Michael Peña, Jon Bernthal, Jason Isaacs

Compañeros de tanque

Son ya unas cuantas generaciones en occidente que no han vivido una guerra en primera persona, pero el cine sigue haciéndola presente continuamente. Y no hay duda de que la guerra más recreada en pantalla es la Segunda Guerra Mundial, de la que todos hemos “vivido” una parte, principalmente de la mano de Steven Spielberg y Tom Hanks (desde Salvando al Soldado Ryan hasta la miniserie de HBO Band of Brothers).

Es por eso que resulta todo un reto querer contar algo distinto a partir de ahí, pues ya hemos visto todo: el desembarco en Normandía, la caída de Berlín, el bombardeo de Pearl Harbor, la guerra en el Pacífico y las islas japonesas, múltiples campos de concentración y todo tipo de penalidades de los judíos europeos. Sin embargo, con una mirada actual, David Ayer (guionista y director, con cintas más bien de violencia urbana en su haber y, por cierto, ahora elegido para llevar a la pantalla a los villanos del cómic del “Escuadrón Suicida”) asume el reto partiendo de la idea de que la guerra saca lo peor y lo mejor del ser humano.

Don “Wardaddy” Collier (Brad Pitt) está al frente de lo que queda de un comando estadounidense que recorre los campos de una Alemania derrotada pero no dispuesta a rendirse. Lo hacen a bordo de un tanque en cuyo cañón pintaron con letras blancas la palabra “FURY” (título original –y más adecuado– de la película). Al desencantado grupo de soldados –el fervoroso protestante Boyd “Bible” Swan (Shia LaBeouf), el mexicano Trini “Gordo” García (Michael Peña) y el violento Grady “Coon-Ass” Travis (Jon Bernthal)–, que acaban de perder a un compañero, se une el joven e inexperto Norman Ellison (Logan Lerman), a través de cuyos jóvenes ojos vemos los horrores de la guerra.

Sin salirse de la época en que la historia transcurre, Ayer consigue hacerla actual con elementos sonoros como la música y algunos efectos, y visuales como los cortes de pelo de los protagonistas (militares, pero que usaría cualquier futbolista hoy en la Champions League) o los disparos de los tanques con rayos de colores (al parecer históricamente atinados, pues se ayudaban con seguidores de colores para precisar la puntería, pero hasta ahora no vistos en la pantalla), lo que le da un toque no solo postmoderno sino casi futurista.

Y los temas, como en toda película buena –esta lo es–, son universales: la pérdida de la inocencia, la autoridad interior de la conciencia, y el liderazgo: el personaje de Brad Pitt resulta un cúmulo de virtudes de todo buen líder, sin caer en un moralismo ñoño. Menos frecuente en el cine bélico y muy presente aquí es la visión cristiana, justificada con el personaje de “Bible” y del mismo “Wardaddy”, hombres que dicen vivir no por suerte, sino por la gracia de Dios. Y parecen actuar en consecuencia. No estamos, pues, ante más de lo mismo, sino ante un viaje en territorio conocido (esta guerra, las guerras, la guerra), pero que se adentra en otro que nunca terminamos de conocer por más que lo recorramos: el alma humana.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Peter Jackson
GUION Fran Walsh, Philippa Boyens, Guillermo del Toro y Peter Jackson basados en la novela de J.R.R. Tolkien
MÚSICA Howard Shore
FOTOGRAFÍA Andrew Lesnie
REPARTO Ian McKellen, Martin Freeman, Richard Armitage, Orlando Bloom, Evangeline Lilly, Luke Evans, Lee Pace

El fin, por fin

La esperada tercera entrega de El hobbit llegó finalmente a las pantallas, cerrando el ciclo de Peter Jackson y sus adaptaciones del mundo de Tolkien. Lo digo con cierto cansancio, pues aunque soy de los que disfruté enormemente la trilogía de El Señor de los Anillos, en la que reconozco una gran maestría cinematográfica a muchos niveles (como producción es quizá el evento cinematográfico de mayor envergadura en la historia), pienso que esta última trilogía ha sido menos acertada.

El propio Peter Jackson se había negado a asumir el proyecto (después de haber dedicado años de su vida al mundo de Tolkien, no lo culpo por querer cambiar de aires) y aunque finalmente aceptó, el hecho tan criticado de querer hacer tres películas de un solo libro (y uno más bien sencillo), que a nadie se ocultó que era por una razón principalmente monetaria, hizo que el proyecto resultara en ciertos aspectos flojo.

Una vez derrotado el dragón Smaug –aceleradísimo arranque–, enanos, hombres y elfos se disponen a hacerse con la codiciada montaña (unos por derecho, otros por necesidad), al tiempo que los orcos se disponen a acabar con todos ellos. Los golpes, como se ve, están asegurados. Continúa también el triángulo amoroso entre Legolas, la elfo Tauriel y el enano Kili (se le puede reconocer entre los enanos porque es el único al que no se añadió una nariz enorme con el maquillaje), para tener suficiente material entre pelea y pelea en las dos horas de película.

Y así, El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos, siendo una entretenida película de aventuras, no deja de sentirse como “más de lo mismo”: travellings aéreos de un grupo de caminantes en las montañas con música épica, largas batallas contra orcos y trolls cada vez más retadores en las que el elfo Legolas desafía la gravedad, místicos elfos y poderosos magos enfrentando misteriosos poderes y un pequeño protagonista –lleno de cada vez más hollín y tierra conforme avanza su aventura– con muchas dosis de coraje y algo de buen humor.

Los temas de fondo, quizá lo más valioso de la obra de Tolkien, siguen siendo los mismos que los de la trilogía anterior: la batalla entre el bien y el mal, que empieza dentro de nosotros mismos –¡oh, Thorin!–; el valor de la amistad, la valentía, el compañerismo; la codicia de los débiles y la generosidad de los fuertes… En esta trilogía de El hobbit se intenta meter más ese elemento infantil y de pura aventura que el libro de Tolkien originalmente tiene (a diferencia de El señor de los anillos, más serio y con una historia mucho más trascendental, por decirlo así); y en un afán de conectar con la otra trilogía, vemos intervenciones del mal y el bien a gran escala (en los personajes de Elrond, Galadriel, Saruman, Sauron, etc.).

Termina, pues, el ciclo Tolkien-Jackson (con un simpático cameo de este último y su esposa y co-guionista Fran Walsh: a ver si lo detectan) con el que se redefinió el cine fantástico de aventuras y produjo un modelo que terminó en no dar para más. Si el objetivo es llenar salas, se puede seguir apostando a los superhéroes, que son muchos y parecen no cansar. Todavía.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Exodus: Dioses y Reyes

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Ridley Scott
GUION Steven Zaillian, Jeffrey Caine, Bill Collage, Adam Cooper
MÚSICA Alberto Iglesias
FOTOGRAFÍA Dariusz Wolski
REPARTO Christian Bale, Joel Edgerton, Ben Kingsley, John Turturro, Aaron Paul, Sigourney Weaver, María Valverde

Vuelve Moisés

La conocida historia bíblica de la liberación y salida de Egipto del pueblo hebreo es una trama épica que ha sido llevada al cine en muchas ocasiones. Las más destacadas han sido la versión muda de Cecil B. DeMille (1923), el famoso remake del mismo DeMille: Los diez mandamientos (1956), con Charlton Heston en el papel de Moisés, y la fabulosa versión de DreamWorks, El príncipe de Egipto (1998), que a pesar de ser musical y de dibujos animados, consigue transmitir todo el drama del relato bíblico, al que sigue bastante fielmente, por cierto.

Esta vez es Ridley Scott (Gladiator, Cruzada/El reino de los cielos, Robin Hood) quien asume el reto, y aunque presenta una gran parafernalia visual propia de los elementos de la historia original –el esplendor del antiguo Egipto, las diez plagas, las aguas del Mar Rojo abriéndose– no consigue aportar mucho más a la narración ya conocida. Y lo que decide aportar resulta arriesgado y no siempre acertado, como el hecho de presentar a Dios como un niño que habla con Moisés: un recurso fácil a nivel narrativo pero muy poco consecuente con el Dios omnipotente y terrible dispuesto a azotar a los egipcios para liberar a su pueblo.

Quizá los rasgos más característicos de esta versión del Éxodo están en el protagonista. Como hiciera Darren Aronofsky con su Noé, los guionistas adaptan el personaje de Moisés a la mentalidad del siglo XXI, con dudas y cierta rebeldía. Sin embargo, en vez de seguir la línea de la Biblia, que presenta a Moisés con poca confianza en sí mismo y a través del cual Dios actúa, Exodus lo muestra como líder y héroe político-militar, en la línea de Maximus en Gladiator, lo que lo lleva a organizar una guerra de guerrillas contra el faraón, alejándose así cada vez más del relato original. Y si bien Christian Bale es uno de los héroes favoritos en pantalla últimamente, el papel de Moisés –fundamentalmente un hombre de Dios y una de las figuras más importantes de la cultura judeo-cristiana y, por tanto, de la civilización occidental– le queda bastante grande.

El gran reparto que lo acompaña aporta prácticamente su nombre al reparto, sin mayor mérito: Ben Kingsley, Sigourney Weaver, Aaron Paul… Joel Edgerton, quien fuera un villano bastante conseguido en Gatsby, tampoco llena los zapatos del faraón Ramsés, de quien sabemos poco pero no deja de ser un hombre que imponiendo su voluntad mantuvo un pulso nada menos que con el mismo Dios.

Por lo demás, con algún detalle interesante como la referencia política al actual estado de Israel (cuando se plantean cómo reaccionarán quienes ya ocupan la “tierra prometida” a la que los israelitas pretenden llegar), la película de Scott no pasa de ser correcta en su género épico –con todo y la banda sonora del español Alberto Iglesias, casi predecible para esta película– aunque quizá la corrección sea poco para lo mucho que un cineasta puede aportar hoy en día.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Alejandro González Iñárritu
GUION Alejandro González Iñárritu, Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris, Armando Bo
MÚSICA Antonio Sánchez
FOTOGRAFÍA Emmanuel Lubezki
REPARTO Michael Keaton, Edward Norton, Emma Stone, Naomi Watts, Zack Galifianakis, Andrea Riseborough, Amy Ryan

Gajes del oficio

Que un director de culto –en este caso el mexicano Alejandro González Iñárritu– quiera explorar nuevos territorios –en este caso apartarse del drama de ciertas historias sórdidas y hacer una “comedia negra”– resulta una premisa muy prometedora. Si a él se une un reparto de estrellas la promesa es aún mayor. Y las grandes promesas no siempre son fáciles de cumplir.

Riggan Thompson (Michael Keaton) es un actor de Hollywood célebre por haber interpretado hace décadas al superhéroe Birdman… y ya. En su afán de ser tomado en cuenta por el público nuevamente (este es el tema de la película) y demostrar sus dotes actorales, se dispone a estrenar en Broadway una obra de teatro “seria”: su propia adaptación del cuento de Raymond Carver, “De qué hablamos cuando hablamos del amor”. Como en Ratatouille, solo queda esperar el duro veredicto final de un prestigioso y malvado crítico, en esta ocasión en su versión femenina.

El talento de Iñárritu visto en sus películas anteriores (de Amores perros a Biutiful) es tan indiscutible que se puede dar el lujo de hacer experimentos como este y retarse a sí mismo. Así, aunque entre sus virtudes no pueda presumir la de la ignorancia (inesperada virtud de algunos, como dice el inteligente subtítulo de la película), asume el reto gallardamente. Y es que, para empezar, Birdman –exceptuando los últimos minutos– sucede en un solo plano. Aunque se haya ayudado de lo digital para lograrlo, y se entienda que existen elipsis entre un momento y otro, nada quita que sí haya tenido que elaborar como unos 8 planos-secuencia, bellamente coreografiados y bien actuados en su complejidad. Aquí el mérito de Iñárritu es felizmente compartido con el de su paisano Emmanuel Lubezki, el director de fotografía que se llevara este año el Oscar por Gravity del también mexicano Alfonso Cuarón.

La puesta en escena es, pues, un reto logrado y es quizá el mayor atractivo de Birdman, en la que seguimos a los actores al ritmo de unos redobles de batería que constituyen como un 90% de toda la banda sonora. Y que lo mejor de una película sea la puesta en escena no es bueno. Supuestamente estamos ante una película “filosófica”, como sugiere el propio Birdman (la personificación del ego de Riggan en su emblemático personaje, quien lo tienta al más puro estilo tibi dabo) y ahí están esos detalles que nos ilustran el pensamiento del protagonista: la cita inicial de Raymond Carver, para quien la felicidad era ser valorado en este mundo; la afirmación de la ex esposa de Riggan, que le reclama que confunde el amor con la admiración; o el letrero en el camerino del protagonista: “Una cosa es una cosa, no lo que se dice de esa cosa”. Si tan solo le hiciera caso…

Y así –queriendo ser comedia pero sin hacer reír, y con un final cuando menos tramposo–, Birdman resulta una película formalmente muy bien conseguida, con el reto actoral que implican las tomas continuas (en el que brillan especialmente Keaton, el fabuloso Edward Norton y los ojos de Emma Stone) que se queda sin mucho que decir más que el reclamo al duro mundo de la farándula, tan traicionero si se vive en él sin ningún otro asidero más que la fama.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Todos los datos de Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)