Noé

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Darren Aronofsky
GUION Darren Aronofsky, Ari Handel
MÚSICA Clint Mansell
FOTOGRAFÍA Matthew Libatique
REPARTO Russel Crowe, Jennifer Connelly, Anthony Hopkins, Emma Watson, Ray Winstone, Logan Lerman, Douglas Booth

El primer fin del mundo

Una buena recomendación siempre que se va a ver una película adaptada de un libro es olvidarse del libro y ver la película como una obra autónoma, distinta. Eso evita muchas decepciones. En el caso de Noé de Darren Aronofsky ni siquiera podemos hablar propiamente de una adaptación, pues el conocido relato bíblico de Noé, el arca y el diluvio, abarca muy pocas páginas del Génesis y aporta muy pocos datos. Sin embargo, la esencia de esa historia –el castigo divino a la persistente maldad humana– resulta tan universal (y tan visualmente atractivo) que hacía de esta película algo tan apetecible y de la mano de Aronofsky, en mi opinión, muy conseguido.

Por lo tanto no estamos ante una película religiosa. Es cierto que el Dios Creador es el motor de toda la historia, pero si cada película en que interviene Dios es “religiosa”, mal vamos. La película de Aronofsky busca decir más a través de ese mito. Porque, sí, el relato bíblico de Noé tiene mucho de mitológico: el carácter histórico de la Biblia no significa –especialmente en el Génesis– que aquello haya sucedido así “tal cual”; son relatos que, de la mano de otras tradiciones, vienen a decir verdades profundas de formas pedagógicas: en este caso el descontento de Dios ante el pecado humano, el consiguiente castigo y la alianza con el hombre justo.

Y así, la película Noé respeta bastante la tradición bíblica. Más de lo que parecería. Prácticamente todo está ahí: Noé, su esposa y tres hijos, Matusalén, el diluvio, el antagonista Tubal-Caín, forjador de herramientas de bronce y de hierro (Génesis, 4, 22), el episodio de la borrachera de Noé –y narrativamente bien justificado–, e incluso los “vigilantes”, esos gigantes de piedra que tanto desconciertan a los espectadores que esperan un relato históricamente fiable del diluvio. En aquellos días había gigantes en la tierra (Génesis, 6, 4), puntualiza la Biblia. Exégesis aparte, son modos acertados del guion de Aronofksky y Ari Handel de “ponerle patas” a esta historia: los extraños gigantes, además de estar mencionados de alguna forma en la fuente original y de ir de acuerdo con la narrativa bíblica judeo-cristiana (son ángeles, como se explica, seres no ajenos a esta tradición) son un modo eficaz de que en la historia Noé y los suyos puedan construir semejante arca sin más ayuda humana, o defenderse del resto de la humanidad atacante en el momento decisivo.

Algo parecido sucede con los personajes. Me explico. Un Noé plano, siempre bondadoso y de mentalidad preclara simplemente no funcionaría como protagonista en una historia contada en el siglo XXI. No resultaría verosímil. El Noé de Aronofsky –y aquí también tómese en cuenta la trayectoria del director– es en ocasiones oscuro, atormentado y en general poco comunicativo. Bien construido en su contexto: solitario descendiente de Seth, siempre perseguido y acechado por los descendientes de Caín. Tomándose alguna licencia creativa –como la problemática de las posible nueras y descendientes de Noé– la película es fiel a la esencia del personaje: él busca cumplir la Voluntad de Dios; aunque, humano al fin, llegue a ser muy negativa su percepción del hombre al experimentar la maldad humana. (Cosa tampoco desconcertante, de modo muy parecido han pensado otros hombres buenos cercanos a Dios como Michelangelo Buonarroti o Martín Lutero, por no ir más lejos).

Lo mismo explica la importancia que se da al personaje de la nuera de Noé, interpretada por Emma Watson. Esta historia contada en nuestro tiempo requería ese contraste de humanidad y dramatismo al personaje más bien oscuro de Noé, fiel a un Dios que se dispone nada menos que a destruir el mundo. Es ella quien dará cierta luz al protagonista, luz que también por otra vía viene del Creador.

Darren Aronosfky cuenta, pues, un relato mitológico y bíblico universal explotando la riqueza que tiene todo mito: el poder decirle algo de su mundo al espectador contemporáneo. Y su Noé es ciertamente actual: con su mensaje ecologista –un poco demasiado para mi gusto– y su crítica al hombre posesivo que busca poner su voluntad por encima de todo, así como la maldad de aquel capaz de matar a su hermano (la secuencia en que, con sombras, se narra el asesinato de Abel a manos de Caín, representado con distintos hombres de distintas épocas matándose entre sí es acertadísimo). Añádase a esto unos efectos fabulosos, secuencias épicas trepidantes y la música y demás talentos de los colaboradores habituales de Aronofsky y tenemos Noé, una película más verdadera que lo que muchos podrían esperar.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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