Coco

(2017) EE.UU.
DIRECCIÓN Lee Unkrich & Adrian Molina
GUION Adrian Molina, Matthew Aldrich, Lee Unkrich, Jason Katz
MÚSICA Michael Giacchino
REPARTO ORIGINAL  Anthony Gonzalez, Gael García Bernal, Benjamin Bratt, Alanna Ubach, Alfonso Arau, Sofía Espinosa, Jaime Camil

Pixar con mariachi

La sala se oscurece. El inconfundible intro con el castillo de Disney arranca con la tradicional tonada de When You Wish Upon a Startocada por un mariachi. Y a continuación, por supuesto, la lámpara saltarina, el logo de ellos, los genios: Pixar. Exactamente 22 años después de sorprender al mundo con Toy Story —no tanto por ser la primera película completamente animada en computadora, cosa que le valió un Oscar especial, sino por su guion que toca el corazón, eso que se volvió el sello de la casa— traen su película número 19. La prepararon durante 6 años y su estreno no puede ser más oportuno en la era Trump, pues es, como dicen ellos, un canto de amor a México. Y hasta el nombre es precioso. Se llama Coco.

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A cargo de Lee Unkrich (ganador del Oscar por Toy Story 3) y Adrian Molina, la historia de Coco se enmarca en la tradición mexicana del Día de muertos, pieza única del folklor mexicano que ha atraído al cine internacional ya desde el proyecto inconcluso del padre del cine ruso, Serguei Eisenstein, ¡Que viva México! en 1930 y hasta la última aventura de James Bond, Spectre. Consiste, como es sabido, en que la noche del 1 al 2 de noviembre se recuerda con fotos en altares a los seres queridos fallecidos, que esa noche «regresan» a visitarnos; en esta línea la película retoma el lugar común del contraste del mundo de los vivos con el animado mundo de los muertos, como sucedía en El cadáver de la novia de Tim Burton o en El libro de la vida de Jorge R. Gutiérrez, producida por Guillermo del Toro. Por cierto, esta última —también en torno al Día de muertos mexicano— fue estrenada mientras Coco estaba en preproducción, cosa que no es la primera vez que le pasa a Pixar, pues también fueron adelantados por la derecha cuando en 1998 DreamWorks estrenó Antz mientras ellos prepararaban Bichos que se estrenó ese mismo año.

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La trama de Coco sigue a la familia Rivera, humildes zapateros mexicanos que aborrecen la música desde que uno de sus antepasados, un músico famoso, abandonara a su mujer e hija por buscar la fama. Sin embargo, Miguel, el joven protagonista, que anhela ser un cantante como su ídolo Ernesto de la Cruz, termina transportándose accidentalmente al mundo de los muertos de donde intentará regresar para cumplir su sueño. No diré más para no arruinar nada, pero basta decir que el guion está bordado y es una clase maestra de storytelling, como suelen ser los de Pixar, con giros de trama y anagnórisis incluida. Las lágrimas finales, dicho sea de paso, están aseguradas.

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Dieron fruto los años de investigación sobre el terreno, pues el homenaje a México resulta completísimo: el aspecto estético de los muertos representados como calaveras mexicanas; la centralidad de la flor de cempasúchil, típica de la fiesta; el perro xoloitzcuintle mascota del protagonista; o la arriesgada pero aceptable inclusión de los alebrijes —coloridas artesanías típicas— como animales mitológicos en el mundo de los muertos. Y, por supuesto, la cultura mexicana: el pueblito es auténtico, tanto como la abuela que utiliza su chancla como arma, el papel picado, hasta la camiseta de la selección de futbol y una colección de celebridades mexicanas, de hecho nunca antes una película de Pixar incluyó tantas referencias a personajes reales: Ernesto de la Cruz es un intencionadísimo alter ego del gran Pedro Infante, y en el mundo de los muertos encontramos al luchador El Santo, a Cantinflas, al propio Pedro Infante y a Jorge Negrete y, especialmente remarcada, Frida Kahlo; incluso se percibe cierta influencia de la excelente biopic de la famosa pintora que dirigió Julie Taymor en el 2002: otro buen ejemplo de homenaje a México desde Hollywood.

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Pero sin duda la piedra de toque del sabor mexicano de la película es su música. Los directores apostaron a lo seguro con su compositor de cabecera, Michael Giacchino (Inside Out, Ratatouille, Up, Los increíbles) que supo adoptar los ritmos mexicanos y sones huastecos, logrando incluso piezas —recordemos que la trama gira en torno a la música— que parecen auténticas canciones mexicanas, e incluyó clásicos como La Llorona de la gran Chavela Vargas. Y el broche, en fin, que validó el elemento mexicano fue el reparto que da voz a cada personaje. Un cast completamente latino en la versión original, destacando Benjamin Bratt como el cantante Ernesto de la Cruz, del que varios repitieron para el doblaje latino/mexicano: un excelente Gael García Bernal —¡canta!—, Alfonso Arau o Sofía Espinosa, a los que se unieron en el doblaje varios artistas y celebridades mexicanas: Marco Antonio Solís, Angélica Vale, César Costa, Angélica María, Cecilia Suárez, Ana de la Reguera, Víctor Trujillo, Andrés Bustamante, Héctor Bonilla, la escritora Elena Poniatowska, la activista Ofelia Medina y hasta Xavier López «Chabelo». Como se ve, nadie quiso quedarse fuera de la fiesta.

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En pocas palabras, otra estupenda película de Disney y Pixar y un logrado homenaje que los mexicanos veremos con especial cariño. Y es que más allá de la animación y la trama elaborada, el mensaje es clarísimo: la prioridad de la familia por encima de las ambiciones individuales —como para quitarse el sabor agridulce de la galardonada La La Land. No por nada el nombre «Coco» es el de la tatarabuela del protagonista, Mamá Coco, cariñoso apelativo de las María del Socorro y uno de los primeros sonidos que el que escribe escuchó pues mi madre es, precisamente, Coco. No por nada dije que es un nombre precioso. Y digno de esta historia mexicana universal.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Blade Runner 2049

(2017) EE.UU.
DIRECCIÓN Denis Villeneuve
GUION Hampton Fancher & Michael Green
FOTOGRAFÍA Roger Deakins
MÚSICA Hans Zimmer & Benjamin Wallfisch
REPARTO Ryan Gosling, Harrison Ford, Robin Wright, Jared Leto, Ana de Armas, Sylvia Hoeks, Mackenzie Davis, Dave Bautista, Edward James Olmos

Alma de ciencia ficción

35 años se hizo esperar la secuela del clásico de ciencia ficción Blade Runner. Digno sucesor del veterano director Ridley Scott —quien funge ahora como productor ejecutivo— el quebequés Denis Villeneuve (Arrival, Sicario, Prisoners) trabaja con un guion del mismo guionista Hampton Fancher, supervisado por Scott, que sigue fielmente el espíritu de la primera película. Así volvemos a ese futuro oscuro de la novela de Philip K. Dick, donde los blade runners se encargan de «retirar» replicantes —máquinas de apariencia y personalidad humana— que se han rebelado contra su función buscando lo que los haría realmente humanos: la libertad.

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K (Ryan Gosling) es un replicante —no humano— encargado a su vez de eliminar a otros como él, lo que lo convierte en un blade runner. Y va tras la pista de un auténtico milagro: el hijo que naciera de otra replicante, fruto de una relación con Rick Deckard (Harrison Ford), de quien el final de la versión del director de la película de 1982 nos hizo dudar si es a su vez un replicante. Tenemos así una trama detectivesca, al igual que en la primera película, que vertebra la historia y plantea temas tan profundos como qué nos hace humanos, qué es el alma o la esperanza intrínseca de la natalidad, con todo y un efectivo plot twist a pesar de que el tercer acto caiga en ciertos lugares comunes.

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Si Blade Runner era oscura al suceder siempre de noche, su secuela —más alejada del género noir— más bien sucede en grises atardeceres y amaneceres. La lluvia, icónica de la primera película, está también por todas partes, y contrasta con el naranja desértico de la secuencia en un faraónico y abandonado Las Vegas. Si esta película no le da el Oscar a mejor fotografía a Roger Deakins —que solamente lleva 13 nominaciones en esa categoría— no sabemos ya qué lo hará.

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Mención aparte merece el estupendo diseño de producción, que logra un futuro decadente completamente verosímil, también muy en la línea de la primera película, desde los cuchitriles en que se mueve K hasta la refinada sede de los laboratorios donde Niander Wallace (escalofriante Jared Leto) crea sus replicantes rodeado de fina caoba y espejos de agua. La inolvidable música que Vangelis hiciera mítica hace 35 años fue repensada por Hans Zimmer y Benjamin Wallfisch después de que el sueco Jóhann Jóhannsson, habitual colaborador de Villeneuve, abandonara el proyecto; e impresiona lo bello que puede sonar un sintetizador, algo que quizá solo tenga cabida en una obra de ciencia ficción pura.

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El papel de K fue escrito con Gosling en mente, y ciertamente resulta muy adecuado para él: un protagonista interesante, pues si en la primera película los replicantes suscitan cierta empatía —es ya mítica la línea final de Roy Batty (Rutger Hauer) sobre las lágrimas en la lluvia— en esta secuela son ya los protagonistas, y K, Pinocho posmoderno que desea ser un humano real, es tan serio como conmovedor. Menos convincente resulta Harrison Ford que, nostalgia aparte, podría estar interpretando igualmente a Han Solo o a Indiana Jones en versión enfadada. Los fans también estarán felices de ver de nuevo a Edward James Olmos, entre otras referencias, y los personajes femeninos están muy bien construidos con la interpretación de la cubana Ana de Armas o la mulier fortis que sabe encarnar Robin Wright.

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Valiosa secuela, oda a la ciencia ficción, cinematográficamente bella a todos los niveles, la película tiene mucha poesía visual, e incluso también verbal: auténtico poema es el código que comprueba el estado basal de K, incluido el sugerente intertexto de Pálido fuego de Vladimir Nabokov (libro de cabecera del personaje, según se nos muestra también):

A system of cells interlinked within
Cells interlinked within cells interlinked
Within one stem. And dreadfully distinct
Against the dark, a tall white fountain played.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Kingsman. El círculo dorado

(2017) EE.UU.
DIRECCIÓN Matthew Vaughn
GUION Jane Goldman y Matthew Vaughn, basado en el cómic de Mark Millar y Dave Gibbons
FOTOGRAFÍA George Richmond
MÚSICA Henry Jackman y Matthew Margeson
REPARTO Taron Egerton, Colin Firth, Julianne Moore, Pedro Pascal, Mark Strong, Jeff Bridges, Channing Tatum, Halle Berry, Elton John, Emily Watson

Los modales hacen al hombre

Secuela de la comedia de acción sobre espías británicos Kingsman. El servicio secreto (2014), homenaje a la saga de James Bond basada a su vez en un cómic inglés. De nuevo es Matthew Vaughn (Kick Ass, 2010) quien se pone tras la cámara para entregar, como hace cuatro años, grandes dosis de acción, risas de humor absurdo y, en definitiva, un rato agradable con un blockbuster bien hecho sin mayores pretensiones.

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En esta ocasión, la agencia británica Kingsman tendrá que unirse con su homóloga estadounidense Statesman, sátira a su vez de los personajes del western. Como en la primer película, gran parte del éxito radica en un reparto excepcional: al joven protagonista Taron Egerton (prácticamente desconocido cuando protagonizó la primera Kingsman) se unen de nuevo Colin Firth y Mark Strong, y se suman los americanos Jeff Bridges, Channing Tatum, Halle Berry y el chileno Pedro Pascal. Si Samuel L. Jackson fue un excelente villano en la primera entrega, interpretando al experto en telecomunicaciones que viste como adolescente y tenía aversión a la sangre (sin duda lo mejor de aquella película), esta vez la antagonista es Poppy: una adorable Julianne Moore, tan cursi como sanguinaria, poderosa narcotraficante que busca la legalización de las drogas para poder ser una empresaria reconocida. La lista se extiende hasta el más-que-cameo nada menos que del cantante Elton John —con patada voladora incluida— que confirma lo delirante de una cinta que apunta solo a divertir y a toda costa.

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No pasa, en fin, desapercibida la reflexión sobre la legalización de la droga y la actitud de las distintas capas de la sociedad ante este problema, así como la ridiculización del presidente de Estados Unidos, un hombre impulsivo que ve su oportunidad de «ganar la guerra contra las drogas» cuando Poppy envenena a todos sus consumidores: «si no hay drogadictos, no hay drogas», algo fácil de imaginar en los labios del actual mandatario estadounidense. Me quedo con la acción —especialmente la pelea final en plano secuencia, aunque no esté a la altura del de la primera película: la batalla dentro de la iglesia protestante— y con la emotiva escena del muy británico Mark Strong cantando la muy estadounidense West Virginia de John Denver en el clímax.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

 

A Ghost Story

(2017) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION David Lowery
FOTOGRAFÍA Andrew Droz Palermo
MÚSICA Daniel Hart
REPARTO Cassey Affleck, Rooney Mara, Will Oldham

Fantasma contemplativo

Una joven pareja. Él fallece en un accidente de coche. Su fantasma —literalmente una sábana blanca con dos agujeros como ojos— vuelve a su casa para estar con ella. Y el tiempo pasa. Siglos. Estamos ante una película sobre un fantasma, pero excepcional, pues su género no es el terror. Es una reflexión sosegada y filosófica sobre la muerte y el eterno retorno nietzschiano —la referencia es clara y se hace explícita mostrando un libro del filósofo— desde la perspectiva del muerto, apoyada en largos y bellos planos y la excelente música sinfónica de Daniel Hart, que dan al conjunto cierto sabor al mejor Malick.

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Bien interesante estéticamente es el planteamiento de esta película independiente escrita y dirigida por David Lowery. Con experiencia sobre todo como editor, Lowery —que ha visto mucho cine y conoce lo suyo—  dirigió también Ain’t Them Bodies Saints (2013) con la misma pareja protagonista que aquí, y recientemente las adaptaciones de Disney a acción real de Pete’s Dragon (2016) y Peter Pan, de próxima aparición. Con una premisa que podría haber derivado en el suspenso o terror, y un personaje cuya apariencia sugiere más bien la comedia, el ritmo de la edición y la luminosa fotografía —con una atrevida relación de aspecto de 1.33:1 que da la sensación de estar viendo un filtro en Instagram— nos sintonizan con la emoción correcta para leer esta película, parecido a lo que logró Spike Jonze en Her (2013). Lo mismo la canción I Get Overwhelmed de Dark Rooms, central en la trama: el asunto es establecer un tono, y lo logra muy bien.

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Y muy a tono la interpretación del recientemente oscarizado Cassey Affleck —aunque esté la mayor parte de la película debajo de la sábana— y de Rooney Mara. Silencios. Miradas. Tiempo. Comerse una tarta entera en una toma. Casi no tenemos diálogos, a excepción del monólogo central del personaje de Will Oldham, donde radica la explicación filosófica de la trama y del tema. En fin, cine de nicho sin duda —en México no llegó a estrenarse—, cine independiente al que afortunadamente es fácil acceder (en iTunes, en este caso, por ejemplo).

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

 

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(2017) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Darren Aronosfky
FOTOGRAFÍA Matthew Libatique
REPARTO Jennifer Lawrence, Javier Bardem, Ed Harris, Michelle Pfeiffer, Domhnall Gleeson, Brian Gleeson, Kristen Wiig

Mater Dolorosa

Darren Aronosfky es un artista genial. Y, por lo mismo, para algunos incomprendido. Sus películas, audazmente perturbadoras, lo habían dejado claro hasta ahora. Pi, el orden del caos; Réquiem por un sueño; Cisne Negro… Con ¡Madre!, dicen algunos, se ha vuelto loco. Lo cierto es que ofrece una de las experiencias más impactantes y originales del cine en los últimos años. Tal cual. Un opresivo thriller que termina estallando en una poderosa metáfora que chorrea simbolismo por todas partes. Hay que verla, desde luego, pero sabiendo que uno va a una experiencia fuerte, muy fuerte, y que no gustará a todos los públicos. Es dura de digerir.

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Una pareja vive en una casa en el campo. Ella (Jennifer Lawrence), algo más joven que él, se dedica a cuidar de la casa mientras él (Javier Bardem), poeta, busca activar su proceso creativo. Pero una pareja (Ed Harris y Michelle Pfeiffer) irrumpe en su hogar creando una situación incómoda para la joven ama de casa, que se va intensificando y complicando a cada toma. Por cierto, quizá sea este reparto lo que lleve a la gente a ver esta película: no por nada estos cuatro suman dos Oscares y 11 nominaciones, y vaya que en ¡Madre! lo hacen valer. Cada uno encarna una marcada personalidad que se refleja en cada acción y cada mirada.

La focalización fija en ella (el personaje principal) acentuada por los planos —siempre subjetivos (lo que ella ve) o en primer plano de ella en abrumadores planos secuencia— remarca esta sensación de opresión y angustia, además de crear gran empatía con el personaje. El sonido también es fundamental. Sin música de ningún tipo, la recreación del ambiente en la casa y las sensaciones de la protagonista plasmadas en sonidos conforman la atmósfera.

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Los primeros dos actos bien podrían ser una obra de teatro minimalista, con una extrañísima trama digna de los mejores cuentos de Cortázar. Fácilmente entendemos la angustia del personaje, pues se ve invadido un espacio que a todos nos es familiar: el propio hogar, la intimidad misma. Una serie de acontecimientos que se muestran como inevitables —sobre todo por la personalidad de ella, poco conflictiva, y la de él, ingenuamente magnánimo— va in crescendo hasta lo que cualquiera juzgaría como inaceptable.

[A partir de aquí, spoilers. Recomendamos ver la película antes de leer esta segunda parte]

El tercer acto, sin romper la continuidad emocional y de la trama, se convierte en una vorágine desquiciada dando un salto de una trama que parecía realista a una metáfora manifiesta, que representa la historia del mal en la humanidad. Ella ha quedado embarazada, y cientos de seguidores de su marido —fascinados por el poema que finalmente ha compuesto— han invadido su hogar y quieren ver a su hijo recién nacido, al que llevan regalos. Ella lo protege, pero él, que sigue abogando por sus seguidores, consigue mostrárselo. La turba adora al niño y en su frenesí termina por matarlo y por alimentarse de él solemnemente ante el estupor y el furor de la madre a quien luego atacan también antes de que enloquezca y se encienda en llamas junto con la casa.

Imposible en este punto no ver el simbolismo religioso, muy en la línea de la última película de Aronofsky, Noé, y en este caso específicamente cristiano. Como en aquella película, su metáfora no es del todo ortodoxa, pero entiende muy bien el fondo del asunto —pienso que su representación del mal y del pecado, como en Noé, es acertadísima—. Y así, el poeta es una clara representación de Dios (el único personaje con mayúsculas en los créditos, Him; que termina diciendo “soy el que soy” y “mi labor es crear” y que, siempre clemente con la alocada turba, le dice a ella tras la muerte de su hijo: “ahora tenemos que perdonarlos”); la pareja intrusa son Adán y Eva, y sus hijos Caín y Abel, que como en la Biblia uno asesina al otro.

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Ahora bien, el simbolismo va más allá. Ella, la madre, más que la Virgen María si nos ciñéramos —o si Aronosfky lo hiciera— a la metáfora cristiana (aunque en escenas como en el nacimiento del hijo o en el dolor de la madre ante su muerte sí podría serlo) más bien sugiere ser la madre naturaleza, dañada por los hombres y al parecer vengativa con ellos, aunque se da especial relevancia al amor y al corazón en llamas de la madre que permite un nuevo comienzo. El final circular resulta también de lo más enigmático, planteando quizá que la creación de mundos es cíclica y que Dios siempre comienza de nuevo tras las tropelías de los hombres.

Naturalmente esto es arte, y no se puede establecer una plantilla de equivalencias, pero los símbolos resultan más que sugerentes. En todo caso, la experiencia estética que ofrece Aronofsky termina siendo todo un planteamiento simbólico, con muchas aristas filosóficas y religiosas, en la línea de El árbol de la vida de Terrence Malick. Poesía cinematográfica en toda regla que, aunque no vaya a gustar a todos, vaya que se agradece, pues siempre el arte verdadero lleva a comprender un poco más el alma humana.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

It

(2017) EE.UU.
DIRECCIÓN Andy Muschietti
GUION Chase Palmer, Cary Fukunaga y Gary Dauberman, basada en la novela de Stephen King
FOTOGRAFÍA Chung-hoon Chung
MÚSICA Benjamin Wallfisch
REPARTO Bill Skarsgård, Jaeden Lieberher, Sophia Lillis, Finn Wolfhard, Jeremy Ray Taylor, Jack Dylan Grazer, Chosen Jacobs, Wyatt Oleff, Nicholas Hamilton

Eso vuelve

Veintisiete años después del famoso telefilme (dividido en dos partes) It, adaptación de la novela de Stephen King, que aterrorizó a los niños y cambió la imagen de los payasos para siempre, llega a las pantallas esta nueva versión que, homenajeando a la novela y a su antecesora, sabe aprovechar muy bien los recursos actuales para hacer una cinta de terror estupenda. Siendo esta solo la primera parte, se centra en los acontecimientos que los protagonistas viven siendo niños, mientras que la novela y la versión anterior presentan en paralelo el presente con los protagonistas adultos y su infancia en el pasado.

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En la línea de la exitosa serie Stranger Things —aunque el proyecto venía de más atrás— el éxito de It recae en los niños protagonistas y en la nostalgia de los ochentas (la historia se sitúa en 1988 y 1989), que mezcla los momentos agradables del verano en un típico suburbio estadounidense —el pueblo ficticio de Derry, en el estado de Maine— y de la amistad de estos preadolescentes, con la amenaza del mal que representa “Eso”: un ser que aparece cada veintisiete años para alimentarse del miedo de los niños, y que se encarna sobre todo en el terrorífico payaso Pennywise.

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Tras cambios en la dirección y en el reparto, finalmente el proyecto recayó en el director argentino Andy Muschietti, conocido del género de terror por su película Mamá (2013), producida por Guillermo del Toro quien quedara impactado al ver el cortometraje homónimo del argentino. Los niños actores cumplen de maravilla, quizá Finn Wolfhard el más reconocible pues protagoniza también Stranger Things, aunque con un personaje bastante distinto. Sin embargo, las palmas van para el joven sueco Bill Skarsgård (miembro de la familia de actores suecos más conocida en Hollywood) que a sus veintisiete años consigue aterrorizar con su versión propia del payaso Pennywise, reto nada fácil considerando el icono que del personaje hizo en su día el gran Tim Curry.

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La fotografía y la música, incluidas unas cuantas canciones muy acertadas para el tono de la historia, contribuyen a ese ambiente de verano ochentero, así como a las partes más oscuras y a los sustos, bastante más espeluznantes que los de la versión anterior, al menos mirados desde hoy. Y a su modo, It es también una metáfora del mal en la sociedad, y cómo este es vencido desde la inocencia y la amistad. En fin, la segunda parte ya está anunciada y esperamos que el regreso de Eso a la vida de los protagonistas veintisiete años después sea tanto o más lograda que este disfrutable remake.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Baby Driver

(2017) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Edgar Wright
FOTOGRAFÍA Bill Pope
MÚSICA Steven Price
REPARTO Ansel Elgort, Lily James, Kevin Spacey, Jamie Foxx, Jon Hamm, Eiza González, Jon Bernthal

Rockola motorizada

Desde el accidente en que perdió a sus padres, Baby (Ansel Elgort) necesita estar escuchando música para aplacar el zumbido en sus oídos, acompañando su vida de un continuo soundtrack que ajusta según su actividad y sus emociones. Habilísimo conductor a pesar de su juventud, Baby trabaja conduciendo el coche de huida en los atracos de un jefe del crimen (Kevin Spacey) desde que contrajo una deuda con él. Para huir de esa vida junto con su novia Debora (Lily James), tendrá que realizar un último trabajo con el impulsivo Bats (Jamie Foxx), y la implacable pareja de Buddy (Jon Hamm) y Darling (Eiza González).

Ansel Elgort

Conocido por sus alocadas comedias —para estómagos fuertes—, el inglés Edgar Wright ha sabido mezclar el humor absurdo (heredado de sus compatriotas de Monty Python) con un notable manejo de las técnicas cinematográficas, del ritmo y de la construcción del guion, no siempre valorados precisamente por el estilo socarrón de sus historias. Habiéndose ceñido hasta ahora al género de la comedia violenta con tintes de ciencia ficción, con Baby Driver amplía sus posibilidades y acompañado de un gran reparto entrega una oda al ritmo, a la música y al movimiento.

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El soundtrack, como es de suponerse, es excelente. Wright escribió, filmó y editó cada escena basándose en la canción correspondiente, y eso se nota. Eso sumado a la velocidad propia de la trama e intensificada por el estilo del director, hace de esta película una auténtica experiencia audiovisual, si bien el estilo del director sale de manifiesto sobre todo en el tercer acto, donde la violencia tarantiniana puede desconcertar a los espectadores no familiarizados con las otras películas del inglés.

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Aunque muy distinta, recuerda un poco —al menos por su título y la premisa de la trama— a la extraordinaria Drive, si bien menos oscura y más dinámica. Los actores no pueden lucirse mucho por el tipo de historia, aunque cada uno consigue el arquetipo que la historia requiere. En fin, una película que merece ser experimentada, pues sabe exprimir las posibilidades de la herramienta aunque no sea del gusto de todos.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Dunkerque

(2017) Reino Unido, EE.UU., Francia, Países Bajos
DIRECCIÓN Y GUION Christopher Nolan
FOTOGRAFÍA Hoyte Van Hoytema
MÚSICA Hans Zimmer
REPARTO Fionn Whitehead, Aneurin Barnard, Harry Styles, Mark Rylance, Cillian Murphy, Kenneth Branagh, Tom Hardy, Jack Lowden

Victoriosa retirada

La décima película de Christopher Nolan causó enorme expectación. El director inglés se ha especializado en generar grandes blockbusters sin renunciar a contenidos complejos, gustando a la crítica y al gran público por igual. Con Dunkerque, un poderoso relato sobre el rescate de las tropas inglesas acorraladas por los nazis en la playa de Dunkerque (Francia), da una auténtica cátedra de cinematografía.

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Menos ambiciosa en la trama que sus películas anteriores, la primera película basada en hechos reales del director se centra en tres relatos puntuales en torno a este evento militar, ubicados en tierra, mar y aire respectivamente: los jóvenes soldados que intentan huir de la costa; civiles patriotas que se disponen a cruzar el Canal de la Mancha para ayudar a traer soldados —como hicieron muchos ese día, que pasó a ser uno de los eventos patrióticos colectivos de la historia inglesa—; y un par de pilotos que intentarán proteger a las tropas desde el aire.

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Este tríptico tiene su peripecia narrativa, algo característico del sello de Nolan. En este caso juega con la temporalidad, pues los eventos de tierra tienen una duración de una semana, los del mar un día y los del aire una hora, aunque se intercalan en el relato indistintamente. La fuerza de Dunkerque radica en que, centrándose en quienes viven la guerra en primera línea —no hay aquí grandes discursos políticos, ni planeaciones militares como en otras películas bélicas históricas— hace uso de los elementos más propios del cine: excelente fotografía, edición y sonido (que vengan los premios), así como una atinada banda sonora de Hans Zimmer, todo en función de un solo elemento: suspense. Se transmite tensión al espectador en todo momento, y esto prácticamente sin ningún diálogo. Cine puro, como le gusta a Nolan, defensor casi romántico del celuloide que afirma que si algo no se ve en una sala de cine no puede considerarse tal.

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El reparto mezcla jóvenes actores desconocidos (Fionn Whitehead, Aneurin Barnard) con maestros ya consagrados (Kenneth Branagh, Mark Rylance) y habituales de Nolan (Cillian Murphy y Tom Hardy, por cierto con el rostro cubierto, como cuando interpretara a Bane). Incluso el cantante Harry Styles hace un debut cinematográfico bastante decente. Un reparto coral que sin embargo no renuncia a profundizar en los personajes, así como en la amistad surgida entre compañeros de desgracia, el comprensible trauma del soldado que huye y la misericordia de quienes lo acogen, o el sacrificio de quien pone antes la misión que la propia vida.

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En su patente universalidad, la película tiene un sabor local inglés que se agradece, con los acentos, los modales y las escenas entrañables de soldados y marinos civiles gritándose su lugar de procedencia entre lágrimas. Y es que en los tiempos que corren —independientemente de las críticas que ha recibido por imprecisiones históricas— rescatar momentos heroicos en los que el ciudadano de a pie se arriesga por salvar al compatriota es un mensaje importante que no se debe dejar pasar. Dunkerque no fue una victoria, sino una retirada necesaria en que una nación se arriesgo por salvar a sus hombres. No está claro que algo semejante pudiera repetirse en nuestro tiempo.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

 

Okja

(2017) EE.UU.
DIRECCIÓN Bong Joon Ho
GUION Bong Joon Ho y Jon Ronson
FOTOGRAFÍA Darius Khondji
MÚSICA Jaeil Jung
REPARTO Tilda Swinton, Paul Dano, Jake Gyllenhaal, Giancarlo Esposito, An Seo Hyun, Lily Collins, Steven Yeun, Devon Bostick, Daniel Henshall, Yoon Je Moon

Comida para llevar

Okja es un signo de los tiempos. Una película estadounidense-coreana, producida por Netflix para su plataforma (se estrenó mundialmente en miles de dispositivos: un hecho histórico), sin que esto le quite ser un producto cinematográfico de primera línea, como se ve por su director y reparto, o porque fuera proyectada en el último Festival de Cannes, donde concursó por la Palma de Oro. Su trama es también otro signo de los tiempos: la empresa Mirando ha desarrollado una nueva raza transgénica de “súper cerdos” y, para desviar la atención del público y hacer creer que son naturales, distribuyen 26 en distintas partes del mundo para ser criados por granjeros locales. En algún lugar de Asia se cría Okja, que crece a la par que la pequeña niña Mija, hasta que la empresa pretende separarlas para llevar a Okja a Nueva York, donde concursará para ser el mejor súper cerdo… y ser degustada por el mundo entero.

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Escrita y dirigida por el coreano Bong Joon Ho (Snowpiercer, 2013), la película es una auténtica sátira, en la que se critica todo: las empresas de alimentos, los mataderos de reses, los medios de comunicación, las técnicas de marketing… pero también el estilo de vida vegano extremo, la hipocresía de parte de la sociedad o la superficialidad de algunos movimientos ecológicos. Tiene algo de King Kong (Okja es un animal enorme, parecida a un hipopótamo con orejas y tamaño de elefante, arrebatada de «su» hábitat natural para ser exhibida en la gran ciudad) y algo de películas de denuncia, concretamente Fast Food Nation (Richard Linklater, 2006) por su crítica a una producción masiva y cruel de carne de res.

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Impresiona la calidad de los efectos, pues Okja —generada por computadora— interactúa con su entorno y con los personajes con toda verosimilitud. Su fuerte, sin embargo, radica en las excelentes actuaciones. La camaleónica Tilda Swinton (entusiasta de Bong Joon Ho: aparece también en Snowpiercer y es una de las productoras de esta Okja), interpreta a Lucy Mirando, la infantil CEO de la empresa, y a su pragmática gemela Nancy; Paul Dano, siempre genial, es el líder del Frente de Liberación Animal que pretende rescatar a Okja; Jake Gyllenhaal interpreta a Johnny Wilcox, un presentador de TV fracasado que es el animador del espectáculo: un personaje que resulta tan desagradable como talentoso es Gyllenhaal quien consigue transformarse en pantalla (y a quien la Academia le debe por lo menos otra nominación desde su protagónico en Nightcrawler). Y, por supuesto, la pequeña An Seo Hyun, quien lleva gran parte de la trama pues en paralelo a Okja vive paso a paso el viaje del héroe que asegura el éxito de una historia.

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Aunque con una trama un tanto convencional y predecible, la apuesta de Netflix resultó acertada y no será la última gran película que veremos producida por el gigante del streaming. La fábula elegida, sin embargo, es bastante pesimista, pues entre tantos humanos malvados que se nos presentan la única esperanza de bien termina siendo una tierna super pig que, paradójicamente, no existe realmente: Okja.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

 

Wonder Woman

(2017) EE.UU.
DIRECCIÓN Patty Jenkins
GUION Allan Heinberg, Zack Snyder, Jason Fuchs
FOTOGRAFÍA Matthew Jensen
MÚSICA Rupert Gregson-Williams
REPARTO Gal Gadot, Chris Pine, Connie Nielsen, Robin Wright, Danny Huston, Elena Anaya, David Thewlis, Ewen Bremner

Poder femenino

La auténtica batalla entre superhéroes se juega en la taquilla. Marvel y DC Comics se han declarado la guerra, que hasta ahora gana el primero. Al menos en números. La saga de los Avengers y derivados (Marvel), aunque en mi opinión menos cinematográficas que las de Superman y Batman (DC) —estas últimas tienen guiones más sólidos y son más memorables, aunque hay que reconocer que las primeras son de enorme disfrute para el gran público—, han tenido mejores ganancias en taquilla. Así, de cara a juntar a sus personajes en las próximas películas de la Liga de la Justicia, DC leyó los signos de los tiempos y jugó la carta de la Mujer Maravilla. Y todo indica que le pegó al gordo.

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Tras la sorpresiva aparición del personaje en Batman v Superman. Dawn of Justice, esta entrega se centra de lleno en el origen de Wonder Woman, la Mujer Maravilla, como superheroína. Como el marveliano Thor, se trata de un personaje mitológico que se inserta en el mundo de los humanos; concretamente, es Diana (Gal Gadot), princesa de las Amazonas, mujeres guerreras creadas por el dios Zeus para combatir a Ares, el dios de la guerra. A su isla, ubicada en otra dimensión, consigue llegar el piloto británico espía Steve Trevor (Chris Pine), quien ha descubierto las mortíferas armas químicas alemanas elaboradas por el General Ludendorff (Danny Huston) y la Dra. Maru (la española Elena Anaya) con las que no solo ganarán la guerra sino destruirán a buena parte de la humanidad. Diana decide dejar a su gente para unirse a Steve y vencer a Ares, responsable último de toda guerra entre humanos.

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Dos elementos importantes le dan particular fuerza y atractivo a esta película. Por un lado, esta mezcla de superhéroes con película bélica de época, que en su día le funcionó al Capitán América, cuya historia de origen se ubicó en la Segunda Guerra Mundial como esta Wonder Woman en la Primera, donde la heroína se mete literalmente en la trinchera y lucha hombro con hombro con los soldados aliados. El segundo es la carta a la que apostó DC con la superheroína más popular: el feminismo. Se trata de un enfoque feminista discutible —como el que impera nuestro tiempo, por otro lado—, pues no solo busca equiparar a la figura masculina (“Yo soy el hombre que puede vencerlo”, dice Diana) sino incluso eliminarla: la protagonista proviene de una civilización donde los hombres literalmente no existen, y ella misma no fue engendrada por varón alguno. En todo caso, la trama y el personaje funcionan resultando muy actuales, y la directora Patty Jenkins hace un trabajo correcto dentro de lo esperado en una película del género.

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A eso se suma el imán en pantalla que resulta la modelo y actriz israelí Gal Gadot, que confirma ser un excelente casting para interpretar al personaje, apoyada por un conjunto de actores secundarios bien elegidos, entre los que destacan nada menos que Connie Nielsen y Robin Wright (actualmente de moda por su personaje de Claire en la serie House of Cards) como las Amazonas principales. Todo confluye en una película muy entretenida y que nos deja con mejores esperanzas para lo que vendrá en el universo de DC Comics, que a diferencia del de Marvel apenas despega. Parece que esta batalla no ha hecho más que comenzar.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor