Vidas pasadas

El sueño milenial

La protagonista de esta historia nació en Corea del Sur y emigró a Estados Unidos siendo niña, junto con su familia, siguiendo el sueño americano (o la versión de este después del 11-S y con ciertos recursos). En Corea dejó a un amigo de la infancia, su amor platónico adolescente. Pasan unos 12 años y se encuentran por internet (la nostalgia del viejo Facebook y del Skype, antes de la era del Zoom) mientras ambos están en la universidad, imposibilitados a viajar para convivir de nuevo. Pasan otros tantos años y finalmente él viaja a Nueva York, donde ella ya hizo su vida y está casada…

Esto que podría ser una entrega de las películas de Before Sunrise de Richard Linklater, es la ópera prima de Celine Song, dramaturga que incursiona en el cine con una película de claros tintes autobiográficos, auspiciada por la productora A24, símbolo ya de calidad en el cine independiente. Se trata de una trama sencilla sin grandes giros, sostenida en los tres personajes principales. La protagonista Greta Lee interpreta un rol que le permite dar un paso gigante en su carrera, hasta ahora más vinculada a roles secundarios de comedia en la pantalla chica, y que le ha valido ya varios premios y nominaciones. Teo Yoo, también coreano (y que aparece en la cinta coreana estelar del año, Decision to Leave, un título que podría compartir con esta historia) es su excelente contraparte, el amigo de infancia que se convirtió en un ingeniero adulto. Finalmente John Magaro, con un rostro quizá más familiar al público occidental, es el esposo americano de ella: llamado a ser villano en este triángulo amoroso, como él reconoce, pero que afortunadamente no llega a tal sino que se evita el cliché y he ahí el principal atractivo de esta película.

Delicada y sutil en su modo de plantearlo, desde luego bella en su conematografía, la película muestra el modo de concebir las relaciones hoy entre los ya-no-tan-jóvenes que puede compartir el público snob, occidental —neoyorquino como el de la película— tan cercano a los premios y a la alta crítica fílmica, donde ha gustado mucho esta película. El sueño milenial, como en la celebrada película danesa La peor persona del mundo. Manda lo profesional por encima de un proyecto de familia. Como en La La Land, el final feliz ya no es el de la pareja aparentemente destinada a estar junta, sino el de las decisiones más individualistas, lo que tiene un sabor más real. Eso sí, quizá demasiado idealizado por películas celebradas (si bien merecidamente) como ésta. Menos mal que no es la realidad de la mayoría, aunque sí de muchos de los que hacen el cine hoy.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Celine Song
FOTOGRAFÍA Shabier Kirchner
MÚSICA Christopher Bear & Daniel Rossen
REPARTO Greta Lee, Teo Yoo, John Magaro,

Los que se quedan (The Holdovers)

De amicitia

Navidad de 1970. En el exclusivo internado para varones Barton, en Nueva Inglaterra, cada año un profesor es designado para quedarse a cuidar durante las vacaciones navideñas a los estudiantes que se quedan —holdovers, de ahí el título— y este año le ha tocado a Paul Hunham (Paul Giamatti), un amargado profesor de antigüedad clásica odiado por alumnos y colegas por igual. Con él compartirá la Navidad un alumno rebelde con una situación familiar complicada, Angus Tully (Dominic Sessa) y la cocinera afroamericana que recién perdió a su hijo prometedor en Vietnam, Mary Lamb (Da’Vine Joy Randolph).

Desde luego, a esta película le ayuda ir bajo el nombre del director Alexander Payne (Entre copas, Los descendientes, Nebraska) que se ha ganado el privilegio de hacer cine independiente ya siempre premiado. En este caso, trabaja a partir de un guion de David Hemingson quien, con experiencia en televisión (guion y producción) se estrena con un largometraje. Payne quería que fuera una película de 1970 no sólo por la historia sino que se sintiera hecha en esa época, como se nota en los créditos iniciales, los efectos de celuloide (paradójicamente añadidos digitalmente) y hasta el tráiler, por lo que la nostalgia es una de sus cartas fuertes, incluida una acertada selección musical.

La película se la lleva el excelente actor que es Paul Giamatti. Conocido por su gran talento y no por su físico de protagonista de cine estándar, este hombre bajito, calvo y regordete es un excelente actor de comedia y de dramas vitalistas como éste. Aquí se refuerzan sus no atractivos añadiéndole un ojo vago y la constante referencia de que huele mal. Lejos del profesor inspirador a la Robin Williams, su personaje es de un maestro apasionado pero duro y exigente a grados exagerados cuya permanencia vitalicia en el campus parece esconder algo. A él se une el joven debutante Dominic Sessa, que sin experiencia previa convence como el otro protagonista de esta cinta de dos. Da’Vine Joy Randolph añade el toque de diversidad a un guion que sin su personaje hubiera sido demasiado masculino y demasiado blanco para los tiempos que corren. Sin durar mucho (apenas pasa las dos horas), exige paciencia, pues lo mejor viene al final en el tercer acto. Sorprende positivamente no sólo que casi no haya referencias sexuales, sino que el centro de la trama sea una creciente amistad entre dos varones de distinta edad que se muestra desinteresada en todos los sentidos. Una película sencilla, como ya se ven poco, pero que empieza a cosechar su éxito gracias a apelar a la nostalgia y a mostrar, con buenas actuaciones, una historia donde personas rotas aprenden a apoyarse entre sí.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Alexander Payne
GUION David Hemingson
FOTOGRAFÍA Eigil Bryld
MÚSICA Mark Orton
REPARTO Paul Giamatti, Dominic Sessa, Da’Vine Joy Randolph, Carrie Preston, Naheem Garcia, Brady Hepner, Andrew Garman, Stephen Thorne

Napoleón

Despacio que llevo prisa

La vida de Napoleón, el hombre más decisivo de la historia europea del siglo XIX, un genio militar, emperador y conquistador, de entrada es muy atractiva para ser llevada a la gran pantalla. Así lo demostró la obra maestra de Abel Gance en 1927, un prodigio del cine mudo que se proyectaba a tres pantallas para envolver al público en las impresionantes batallas campales. No por nada fue también uno de los grandes proyectos de otro genio del cine, Stanley Kubrick, quien no pudo llevarlo a cabo. Y fue precisamente el esquema de ese proyecto de Kubrick el que Ridley Scott retoma para esta versión de la vida de Napoleón. ¿Y quién mejor que el director de Gladiator (2000) dirigiendo a Joaquin Phoenix, uno de los mejores actores de su generación, para hacer una gran película sobre Napoleón? Esa fue la expectativa, la cual lamentablemente no se cumple en una película sí vistosa pero que deja mucho que desear.

Parte del problema es el propio material de partida, la rica vida de Napoleón. Las biopics tienen ese riesgo, de tener que abarcar una vida en menos de tres horas —está prometido el corte del director, de unas 4 horas, en Apple + próximamente— y hacerlo con una estructura narrativa coherente y atractiva. Había mucho que contar y el guion de David Scarpa no pudo más que dar saltos en el tiempo —es fácil perderse si uno no tiene frescas sus clases de historia— y optó por tomar como hilo conductor la historia de amor entre Napoleón y Josefina. 

Complicado fue el reto también para Joaquin Phoenix, quien finalmente con un Óscar bajo el brazo por su actuación en Joker parecería estar en el mejor momento de su carrera. Pues bien, su interpretación del ambicioso personaje, con afán de parecer cercana, termina por mostrarlo torpe, inútil, impotente, patético. Uno llega a preguntarse cómo alguien así podría haber logrado todo lo que Napoleón hizo. Y otro tanto le sucede a Vanessa Kirby, que interpreta a una Josefina tan poco leal a Napoleón que es imposible sentir empatía por ella y por los dos como pareja.

A partir de ahí todo lo demás es inconexo y deslavazado. La edición no ayuda y hay poca consistencia en todo. Algunos lugares se señalan con rótulos, otros no (este espectador se enteró de que la esperada famosa batalla en Waterloo era tal una vez que ya había terminado). Algunos personajes también tienen rótulo, otros no (hay que ir adivinando). La música a ratos son canciones populares francesas, que no ayudan al tono épico que parecía buscar la película, a ratos es una banda sonora orquestal y luego parece hasta volverse rock ochentero. Incluso la fotografía parece ser de películas distintas, con unos ocres acentuadísimos (por ejemplo, en las escenas en Egipto) que invitan a revisar la corrección de color.

Más allá de la paradoja de ser un inglés que cuenta la historia del militar cuyo mayor enemigo fue Gran Bretaña, no cabe duda de que Ridley Scott es un director que pasará a la historia del cine por películas como Blade RunnerAlien o la propia Gladiator. A sus 87 años, sacó dos películas el año pasado (The Last Duel y House of Gucci) y filmó y editó esta Napoléon a toda velocidad. ¿Tuvo eso su precio? Por supuesto. La película puede ser entretenida y las batallas son espectaculares, eso sí, pero el conjunto queda a deber. Los franceses se indignaron con esta película y con razón.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Ridley Scott
GUION David Scarpa
FOTOGRAFÍA Dariusz Wolski
MÚSICA Martin Phipps
REPARTO Joaquin Phoenix, Vanessa Kirby, Rupert Everett, Tahar Rahim, Edouard Philipponnat, Paul Rhys, Mark Bonnar

Los asesinos de la luna

¿Cuánta tierra necesita un hombre?

En la década de 1920, tras el hallazgo de petróleo en tierras pertenecientes a indios nativos americanos en el condado de Osage (Oklahoma), varios de ellos empezaron a morir en circunstancias sospechosas. La investigación fue una de las primeras encomendadas al entonces naciente Buró de Investigación Federal, el hoy mítico FBI. La última película de Martin Scorsese —para algunos el cineasta vivo más importante— cuenta esa historia desde la perspectiva de Ernest Burkhart (Leonardo DiCaprio), un ignorante pobretón que llega buscando un futuro en esas tierras al rancho de su tío William Hale (Robert DeNiro), y que terminará casándose con Mollie Kyle (Lily Gladstone), una rica heredera de la tribu de Osage. Pronto la ambición de los blancos se irá expandiendo insaciable hasta llegar a los asesinatos.

Como no podía ser menos, Scorsese hace una entrega de Cine con mayúscula. En tres horas y media de duración crea un universo inmersivo de personajes y situaciones que se desarrollan con un ritmo narrativo atrapante. La película tiene una gran carga social, como se ve en la primera parte cuando americanos rubios piden ayuda económica a los indígenas que visten elegantes sus prendas típicas y viajan en autos lujosos, lo que para países americanos parece el mundo al revés. La fotografía del mexicano Rodrigo Prieto —colaborador de Scorsese en sus últimos proyectos— captura este mundo especial con autenticidad. Excelente elección para la banda sonora fue la del recién fallecido Robbie Robertson, guitarrista y compositor de The Band, que da un toque roquero a la historia, mezclándolo con los tambores tribales de los nativos americanos.

En esta película, el director neoyorquino de origen católico e italiano junta finalmente a sus dos actores fetiche: Robert De Niro, con quien saltaron al estrellato mutuo con Taxi Driver y con quien filma su décima película, y Leonardo DiCaprio, con quien filma la sexta. DiCaprio brinda una interpretación magistral, pues convence en el papel arquetípico de protagonista scorsesiano: bruto, inmoral, ignorante y colérico, pero de buen corazón. El papel de De Niro es más equilibrado por la naturaleza manipuladora de su personaje. Por su parte, Lily Gladstone, actriz nativa americana experimentada pero hasta ahora no tan conocida, salta a la fama con esta película, donde a su buena actuación se sumarán los criterios de inclusión de la Academia para garantizarle al menos la nominación al Oscar. Los secundarios cumplen a la perfección, como Jesse Plemons —quien debe tener un agente estupendo, pues solo aparece en proyectos excelentes como éste—y Brendan Fraser (recién ganador del Oscar por The Whale) aunque algo sobreactuado como el abogado de los asesinos.

El mundo moral de Scorsese tiene la particularidad de deslizarse gradualmente hasta lo más oscuro, sin sorprender al espectador con efectistas giros de trama, sino poco a poco. La violencia, que no disimula, explota de improviso, pero como si siempre hubiera estado ahí. Sus personajes principales son cínicos y mezquinos, y sus protagonistas en esta película no son la excepción, aunque no es de sus películas más violentas y eso se agradece. La ambición y la violencia contrastan con la ingenuidad de los nativos de quienes se aprovechan los blancos, y en medio de esa situación el romance entre Ernest y Mollie, que parece ser auténtico, aunque a merced de la ambición de unos y otros. El epílogo de dramatización radiofónica —con cameo de Marty Scorsese incluido— es una delicia y es una prueba más de que la creatividad del director octogenario está más viva que nunca.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Martin Scorsese
GUION Eric Roth y Martin Scorsese basados en el libro de David Grann
FOTOGRAFÍA Rodrigo Prieto
MÚSICA Robbie Robertson
REPARTO Leonardo DiCaprio, Robert De Niro, Lily Gladstone, Jesse Plemons, Cara Jade Myers, John Lithgow, Brendan Fraser

Radical

El heroísmo de la educación

Valiosa película mexicana basada en la historia real del profesor Sergio Juárez que en 2011 decidió cambiar sus métodos de enseñanza para motivar a sus alumnos de la secundaria pública José Urbina López, rodeada de miseria, narcotráfico, inseguridad y desesperanza en la fronteriza Matamoros (Tamaulipas, México). El método del profesor Juárez, que motivó a los alumnos a buscar la información por su cuenta y por amor al saber, lejos de la enseñanza burocrática que sólo los preparaba para los exámenes oficiales, terminó por descubrir a una alumna genio, Paloma Noyola, que destacó ese año con el examen más alto de todo México.

Esta historia real se presta de maravilla para la fórmula del subgénero de «profesor entregado y rebelde al sistema que termina por sacar lo mejor de sus alumnos». Funciona así en Freedom Writers (de 2007, donde la profesora era Hillary Swank) y en Coach Carter (de 2005, con Samuel L. Jackson), pero sobre todo en El club de los poetas muertos (de 1989, con Robin Williams) de la que esta película toma muchas referencias, su estructura y es casi un calco. Sin embargo, la «tropicalización» de la historia es más que adecuada, pues el conflicto de la amenaza violencia del narcotráfico le da mucha fuerza y triste actualidad, y el entorno brinda unas locaciones fabulosas como la enorme playa gris —color acentuado en toda la película con lo que acertadamente se alejan de la estética de las películas mexicanas comerciales— o las montañas de basura entre las que viven los personajes.

El proyecto es ideal para Eugenio Derbez, quien lo produce y lo protagoniza, pues el personaje le permite un amplio rango desde su habitual comedia hasta momentos de gran drama (igual que fue para Robin Williams la película mencionada), otra cosa es que lo logre. Sin embargo, es buen paso en su carrera de actor «serio» tras haber aparecido en la ganadora del Oscar CODA también en un papel cómico-dramático. Las actuaciones más poderosas son, sin embargo, las de los niños, que encarnan los conflictos más fuertes de la película. Reflejan, de paso, muchas de las realidades que truncan los estudios de los niños mexicanos: la pobreza, el narco, las necesidades del núcleo familiar. Incluso la cinta se atreve a exponer conflictos difíciles como el aborto o la corrupción. Sin ser uniforme en su calidad —se hace un poco larga y tiene momentos bastante flojos— el conjunto es el de una agradable sorpresa que tiene potencial para ser una película de referencia en el pujante cine mexicano.

(2023) México
DIRECCIÓN Christopher Zalla
GUION Christopher Zalla basado en un artículo de Joshua Davis
FOTOGRAFÍA Mateo Londono
MÚSICA Pascual Reyes y Juan Pablo Villa
REPARTO Eugenio Derbez, Daniel Haddad, Gilberto Barraza, Jennifer Trejo, Danilo Guardiola, Mia Fernanda Solis, Enoc Leaño

Sound of Freedom

Con los niños no

Timothy Ballard era un agente estadounidense del Departamento de Seguridad Nacional que se dedicaba a combatir la pornografía infantil. Frustrado por solo arrestar a quienes producen y comparten ese material sin poder salvar a los niños abusados, decide empezar a rescatar a las víctimas, lo que implicaba actuar fuera de Estados Unidos, concretamente en Latinoamérica. Hoy Ballard es un activista de referencia contra el tráfico sexual de personas y esta película cuenta su historia. Para ello, el guion se centra en el rescate por parte de Ballard de dos hermanos hondureños (niño y niña) secuestrados por las redes de trata de personas, con un formato de thriller de búsqueda-y-rescate lleno de emoción y acción que funciona en muchos niveles.

La película es dirigida por el mexicano Alejandro Monteverde (Bella, Little Boy) y la protagoniza Jim Caviezel (La Pasión de Cristo) en el papel de Tim Ballard. La factura es de una producción de Hollywood de primer nivel. El reparto está completado por un par de veteranos secundarios de la ficción norteamericana, Bill Camp y Kurt Fuller, así como de rostros familiares del cine latinoamericano: Javier Godino (El secreto de sus ojos), Gustavo Sánchez Parra (Amores perros) o Gerardo Taracena (Apocalypto) y hasta una desaprovechada Mira Sorvino que interpreta a la esposa de Ballard (una subtrama poco desarrollada). La película acierta al ser muy cuidadosa y no muestra ninguna escena explícita a pesar del terrible tema que trata. Al contrario, en momentos puede pasarse de simplista al mostrar a los niños rescatados casi sin afectaciones psicológicas. Ciertamente cae en el cliché del héroe rubio americano rescatando niños inocentes de los malvados latinoamericanos sucios, si bien esos son los hechos reales de los que parte, además de que también hay personajes estadounidenses en el «bando» de los malos, y policías y agentes latinos buenos que colaboran con el protagonista.

La película es muy clara en su intención de llevar un mensaje que condene la trata de niños y lo hace como funciona el cine: a través de los sentimientos que busca despertar en el espectador. Lo que encuentro llamativo es que una película de rescate, con una trama atrapante y un conflicto que se esperaría poco polémico (es difícil no estar en contra), haya causado cierto revuelo por asociarse al conservadurismo, a la derecha radical o a un proselitismo cristiano. Quizá es porque sea producida por Eduardo Verástegui, actor y activista mexicano de profundas convicciones católicas (quien se reserva a sí mismo en la película un papel secundario que no aporta mucho narrativamente), o porque otro de los productores es Mel Gibson, o por ser distribuida por Angel Studios (productora de la fabulosa serie The Chosen sobre los apóstoles de Jesús) y protagonizada por Jim Caviezel, quien quedó fuertemente asociado tras interpretar a Jesucristo en la película de La Pasión, lo que le ha cerrado no pocas puertas en Hollywood, todo sea dicho. Y pues sí, menos mal que cristianos convencidos quieran dejar claro este mensaje.

Y aunque Tim Ballard es mormón en la vida real, la película no tiene —acertadamente, pienso— ningún contenido religioso, más allá de un par de frases del personaje. Que arme cierto revuelo social quizá tenga la triste explicación de la mucha gente poderosa mezclada en este negocio (basta ver el caso de Jeffrey Epstein y la gente cercana a él) así como lo que la propia película denuncia de que Estados Unidos es el principal consumidor de este «mercado», que sin embargo se nutre de países del «tercer mundo». Que esta película contribuya a hablar de un tema ciertamente escabroso pero del que poco se habla por lo incómodo que es, resulta algo muy positivo. Que además lo haga bien —como demuestran hasta ahora sus 183 millones de dólares recaudados frente a su presupuesto de 14 millones y medio, lo que la convierte en una de las películas independientes más exitosas de la historia— da especial gusto. Ojalá colabore a poner al menos ese límite en esta sociedad hipersexualizada: con los niños no.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Alejandro Monteverde
GUION Alejandro Monteverde y Rod Barr
FOTOGRAFÍA Gorka Gómez Andreu
MÚSICA Javier Navarrete
REPARTO Jim Caviezel, Bill Camp, Mira Sorvino, Javier Godino, Gustavo Sánchez Parra, Gerardo Taracena, José Zúñiga, Kurt Fuller, Eduardo Verástegui, Yessica Borroto, Manny Pérez, Cristal Aparicio, Lucas Ávila

Oppenheimer

El castigo de Prometeo

El parteaguas del siglo XX fue la invención de la bomba atómica, que puso término a la Segunda Guerra Mundial pero dio inicio a la Guerra fría, determinando hasta hoy el poder geopolítico. Se le conoce como el «padre de la bomba atómica» al científico estadounidense J. Robert Oppenheimer, un auténtico genio, pasional y de fuertes ideas políticas, así como una mente privilegiada que se codeaba con Einstein y cuya reputación cayó en desgracia en los años 50 por rencores políticos. Su interesante vida, tan ligada a los avatares del siglo pasado, es ahora llevada a la pantalla por el cineasta Christopher Nolan en una película narrativa ambiciosa y técnicamente prodigiosa que marcará época.

A partir de la biografía de Oppenheimer American Prometheus, ganadora del Premio Pulitzer, Nolan escribe un guion tan interesante como denso. Fiel a su estilo de juegos narrativos, marca desde el inicio un montaje paralelo (en color y blanco-y-negro respectivamente, como hiciera en Memento) que más que una cronología doble señala dos puntos de vista (el de Oppenheimer —incluso escrito en el guion en primera persona— y el del político y ex presidente de la Comisión de Energía Atómica de los Estados Unidos, Lewis Strauss, figura clave en la vida del científico después de la bomba) que se titulan significativamente «Fisión» y «Fusión». Finalmente es una biopic, y aunque bien contada, Nolan no quiso o no supo acotar la cantidad de personajes aludidos, por lo que exige al espectador buena atención y buena memoria.

Es meritorio que una película de esta temática, que transcurre en su mayor parte en oficinas de gobierno, aulas universitarias y laboratorios, y que está sostenida sobre todo por los diálogos (por cierto, muy buenos) sea técnicamente relevante. Pero lo es y mucho. Tanto así que ha sido el principal atractivo de la película. Nolan —un radical del celuloide que se niega a filmar en digital y que duda en llamar «cine» a lo que no se proyecte en una sala, hasta el punto de estrenar Tenet en salas y no en streaming en plena pandemia— filmó esta película en celuloide y con cámaras IMAX. Se precia de no haber recurrido a imágenes digitales (CGI) por lo que, para filmar la explosión de Trinity (la bomba atómica de prueba que estallaron en el desierto de Nuevo México), generó una bomba real (aunque no atómica como llegó a especularse ingenuamente). El sonido hace otro tanto, y Nolan asocia los estallidos y vibraciones no sólo a la bomba sino a las trepidaciones internas de su protagonista. La poderosa música del oscarizado sueco Ludwig Göransson —a quien Nolan acudió para Tenet y Oppenheimer puesto que Hans Zimmer está embarcado en las películas de Dune— completa el efecto.

El reparto está lleno de estrellas, algunos de ellos con apariciones muy breves pero significativas. Si bien Cillian Murphy es uno de los actores recurrentes de Nolan, su cima es esta interpretación de Oppenheimer que bien valdría un Oscar, aunque el personaje está dentro del espectro del tipo de personajes que Murphy ha interpretado. Más notoria es la transformación de Robert Downey Jr. en el político Lewis Strauss. El colérico General Groves que interpreta Matt Damon ofrece contrapeso al flemático Oppenheimer. Por la trama es un reparto principalmente masculino, con las excepciones de Florence Pugh y Emily Blunt que interpretan a las dos sucesivas esposas del protagonista. Esta última va tomando fuerza en la película hasta convertirse en uno de sus puntos más fuertes.

Eso sí, ni esperar algo de humor, ni momentos de acción como Nolan ha sabido hacer en otras de sus películas, puesto que aquí la trama no los incluye. Lo que sí incluyó ahora y que no había antes en su cine son escenas sexuales, hasta el punto de que el personaje de Florence Pugh tiene más tiempo desnuda que vestida en pantalla. Aunque consigue una sorpresa en la trama hacia el final, quizá Nolan se apegó demasiado al libro, con un guion poco reposado en tiempo —la biografía llegó a sus manos apenas en el rodaje de Tenet— y se enreda demasiado en las intrigas políticas de sus personajes, cuando bastaba el gran drama de su protagonista: ser el inventor de un prodigio científico que se convierte en un instrumento de muerte. En ese sentido, los remordimientos del protagonista presentados en espeluznantes metáforas cinematográficas son de lo más potente. Una historia real en cuyas consecuencias aún vivimos, pero de profunda raíz, hasta el punto de ser comparable al mito: fue Prometeo quien llevó el fuego a los hombres, dándoles también con ello el poder de destruirse.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Christopher Nolan
GUION Christopher Nolan basado en el libro de Kai Bird y Martin Sherwin
FOTOGRAFÍA Hoyte Van Hoytema
MÚSICA Ludwig Göransson
REPARTO Cillian Murphy, Robert Downey Jr., Emily Blunt, Matt Damon, Florence Pugh, Josh Hartnett, Kenneth Branagh, Jason Clarke, Alden Ehrenreich, Tom Conti, Benny Safdie, David Krumholtz, Cassey Affleck, Rami Malek, Alex Wolff, Gary Oldman

Barbie

Manifiesto rosa

En 1994, Disney pidió a Mattel incluir a la icónica muñeca Barbie (inventada en 1959) en su próxima película Toy Story. La empresa se negó argumentando que su estrella no participaría en un dudoso proyecto de animación experimental. Naturalmente, después del éxito de la película se arrepintieron, y Barbie fue incluida en Toy Story 2, seguida por su novio Ken en Toy Story 3. Ahora es la propia empresa Mattel la que financia una película sobre su muñeca, en live action y dirigida por Greta Gerwig, una de las directoras indie más exitosas en los últimos años por Lady Bird y la nueva versión de Mujercitas. Así, claramente no se venía una película infantil, pero tampoco podía ser una crítica ácida de lo que esta muñeca ha representado porque, después de todo, son sus fabricantes quienes la financian. El resultado, sin llegar a ser una obra maestra de la postmodernidad como algunos esperaban, es narrativamente inteligente, algo propagandístico, pero sobre todo divertido.

En Barbieland, las Barbies viven felices y «realizadas»: ellas gobiernan, son las figuras de referencia y son perfectamente felices sin los Ken, los hombres, todos superficiales y dependientes emocionalmente de ellas. Hay Barbies de todos los aspectos y colores de piel, y desempeñan distintas funciones: presidente, médicos, escritoras, periodistas, etc. Viven convencidas de que el mundo real funciona así igualmente, gracias al buen influjo que ellas han tenido como las muñecas de referencia en él. Cuando la Barbie protagonista empieza a tener una crisis existencial, deberá viajar al mundo real donde descubrirá que las cosas no son precisamente como en Barbieland.

Gerwig escribió el guion junto con su esposo Noah Baumbach (alguna vez co-guionista de Wes Anderson y a su vez guionista y director de joyas como Historia de un matrimonio o Ruido de fondo). Claramente es una película donde el mensaje va por delante, y eso siempre es riesgoso. Y el mensaje no es otro que el del empoderamiento femenino, entendido en clave contemporánea, con una clara guerra entre los sexos. En su tono recuerda a Promising Young Woman de Emmerald Fennell —quien por cierto sale también en Barbie, como Midge, la muñeca embarazada descontinuada, ojo a ese dato— en cuanto que es una comedia oscura, que desde un personaje femenino busca una reivindicación contra los hombres. Su trama, en cambio, la emparenta más con The Lego Movie, por aquello del juguete que llega al mundo real —algo bien resuelto en la película, medio explicado y medio obviado por el tono satírico que maneja— y por su tipo de humor, con Will Ferrell incluido. Sin embargo, mientras aquella película triunfaba al dar prioridad a los problemas del mundo real y no al de los juguetes, en Barbie se apuesta por la protagonista (que finalmente es una muñeca, no lo olvidemos) y no por el personaje de la madre que interpreta America Ferrera, a pesar de que el guion le da un discurso muy elocuente sobre el papel de la mujer en nuestra sociedad.

Una vez entendido su juego, la película se disfruta pues es una genialidad estética —la fotografía del mexicano Rodrigo Prieto y el diseño de producción de Sarah Greenwood, seguramente oscarizado, y sus respectivos equipos han marcado una tendencia que el marketing de la película aprovechó de un modo que será la envidia de la industria cinematográfica por años—, con música energizante y pegajosa, y momentos divertidos. El mensaje, en cambio, es poco sutil aunque no por eso menos cierto, con críticas acertadas en cuanto a las relaciones entre hombre y mujer y la estructura del «patriarcado».

Menos logrado es el arco de la propia Barbie —incierta de lo que está llamada a ser, pues finalmente es la «Barbie estereotípica»— y así curiosamente termina teniendo mayor dimensión Ken, confundido entre su potencial recién descubierto y su necesidad de identidad propia, además de que el guion le entrega el tercer acto en bandeja, con batallas campales y números musicales incluidos. Por cierto, que se da por sentado, pero la pareja de Margot Robbie y Ryan Gosling están «que ni mandados a hacer» para interpretar a estos muñecos, construidos desde los arquetipos de belleza en Occidente por lo que, gracias a la película de Barbie, siguen ahí.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Greta Gerwig
GUION Greta Gerwig & Noah Baumbach
FOTOGRAFÍA Rodrigo Prieto
MÚSICA Mark Ronson y Andrew Wyatt
REPARTO Margot Robbie, Ryan Gosling, America Ferrera, Kate McKinnon, Issa Rae, Alexandra Shipp, Emma Mackey, Hari Nef, Emmerald Fennell, Sharon Rooney, Simu Liu, Michael Cera, Will Ferrell

Misión: Imposible – Sentencia Mortal Parte 1

Contra la inteligencia artificial

La séptima película de la franquicia de Misión: Imposible es hasta ahora la más cara —sufrió las dificultades de la pandemia en su filmación— y la más larga, siendo además apenas la primera parte del gran final que, en teoría, dará fin a la franquicia y al personaje de Ethan Hunt, quizá el más conocido del ya sexagenario Tom Cruise. La película es una montaña rusa de adrenalina y esta vez el villano a vencer es, por supuesto, la inteligencia artificial que amenaza con dominar el mundo.

Así, la película busca ser muy actual presentando a este enemigo omnipresente, que con algoritmos puede predecir el futuro y que determinará “lo que es verdad y lo que es mentira, lo que es bueno y lo que es malo”. El guion astutamente hace concreta una amenaza tan inasible a través de una misteriosa llave que puede destruir o dominar a esa “entidad” —un clásico macguffin, que por algún motivo tiene la forma de un crucifijo: uno de varios elementos icónicos cristianos que tiene la película, por cierto— y a través de los maleantes de carne y hueso que trabajan para la entidad. Y vaya que eligió bien, pues esos maleantes son Gabriel (Esai Morales), responsable de la muerte de uno de los amores de Hunt en su oscuro pasado, y Paris (Pom Klementieff), habilidosa y un poco loca, dispuesta a destruir las calles de Roma con un coche-tanque.

Co-escribe y dirige Christopher McQuarrie, el legendario guionista oscarizado por The Usual Suspects (1995) y con quien el productor y protagonista Tom Cruise se entiende muy bien: McQuarrie ha co-escrito y dirigido las últimas tres entregas de la franquicia y está apuntado para la siguiente y última. Su sentido del ritmo y de la acción mantiene al espectador al borde del asiento, sin descuidar el toque de amor y de romance, a la James Bond, esta vez con el personaje interpretado por Hayley Atwell (la Peggy Carter del MCU), una ladrona a la que la trama termina poniendo del lado de Hunt y su equipo. Repiten también los otros personajes femeninos de las últimas películas, Ilsa (Rebecca Ferguson) y la “Viuda Blanca” (Vanessa Kirby), así como los incansables colegas de Hunt, el divertido y nervioso Benji (Simon Pegg) y el sabio y tranquilo Luther (Ving Rhames): el único que, junto con Tom Cruise, ha estado en todas las entregas de Misión: Imposible.

Con cierto sabor de cierre, la película está llena de referencias a la primera entrega, la del lejano 1996 (aunque Tom Cruise siga viéndose casi igual). Así, nuevamente hacerse pasar por otro con sofisticadas máscaras vuelve a ser un truco central en la trama, y reaparece el personaje de Kittridge (Henry Czerny), entre otras muchas referencias. Siendo solo una primera parte, la cinta tardar en empezar (el inicio es flojo, con los títulos de crédito entrando hasta casi transcurrida media hora) y se toma su tiempo, aunque no aburre en ningún momento. Entre las muchas secuencias de acción, famosamente grabadas por el propio Cruise, no podía faltar una proeza disparatada, en este caso saltar con una motocicleta por un precipicio. En general, toda la secuencia del tren en el tercer acto es de lo mejor que se ha visto en el cine de acción últimamente. Llena de clichés, pero usándolos conscientemente, Tom Cruise y su equipo cumplieron su misión —y una de las misiones fundamentales del cine— una vez más: entretener y emocionar a una audiencia.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Christopher McQuarrie
GUION Christopher McQuarrie y Erik Jendresen
FOTOGRAFÍA Fraser Taggart
MÚSICA Lorne Balfe
REPARTO Tom Cruise, Hayley Atwell, Esai Morales, Henry Czerny, Rebecca Ferguson, Vanessa Kirby, Pom Klementieff, Ving Rhames, Simon Pegg, Shea Whigham, Greg Tarzan Davis, Cary Elwes

Asteroid City

El alien Wes

Como todos los directores consagrados, Wes Anderson tiene el riesgo de volverse autorreferencial y perder calidad en sus películas por tener absoluta libertad creativa y dinero ilimitado en un arte que necesariamente es colectivo, como le sucede a algunos directores a ese nivel. En parte le sucedió a Iñárritu con Bardo o a Luis Estrada con ¡Que viva México!, aunque otros como Scorsese o Tarantino aún no caen en esa trampa. En este caso, el genial cineasta texano ya mostraba mayor compromiso con su estilo que con el gran público en The French Dispatch —cosa que a los que somos fervientes suyos no nos importa, todo sea dicho— y sigue un poco esa línea con su reciente Asteroid City, la que podemos definir como una obra menor en su cinematografía, que pasó por Cannes sin pena ni gloria, aunque tiene la peculiaridad de ser la incursión del director en la ciencia ficción… a su manera.

1955. Asteorid City es un pueblo (ficticio como siempre) perdido en medio del desierto estadounidense que debe su nombre al asteroide que se estrelló ahí hace miles de años, y que aún conservan. En él se da lugar una convención de jóvenes genios que presentarán sus inventos espaciales para ganar una beca. Todos llegan acompañados por sus desdichados padres, entre ellos el recién enviudado fotógrafo de guerra Augie Steenbeck (Jason Schwartzman) y la estrella de cine Midge Campbell (Scarlett Johansson). Jóvenes y adultos deben superar sus propios traumas a la vez que se enfrentan a la evidencia de vida inteligente en otros planetas.

Quien esté familiarizado con las otras 10 películas previas del director habrá sonreído al leer esa sinopsis, pues ciertamente están todos los elementos del cineasta texano (que escribe y dirige, como siempre, con sus colaboradores habituales). Elementos como los niños maduros y los adultos desastrosos y rotos por dentro (aunque pasados los años Jason Schwartzman ya no interpreta al adolescente, como hizo en Rushmore, segundo largometraje de Anderson, sino aquí al adulto frustrado). Y, por supuesto, el reparto de estrellas, muchos de los habituales (con la llamativa ausencia de Bill Murray, que por covid no pudo participar y tomó su lugar un desaprovechado Steve Carell) y las inclusiones esta vez de Scarlett Johansson, Tom Hanks, Margot Robbie y Bryan Cranston, entre otros.

El marco narrativo riza el rizo pues, si en El Gran Hotel Budapest había un juego de narradores o en La Crónica Francesa una serie de artículos periodísticos, aquí la trama principal es a la vez una supuesta obra de teatro de la que se nos cuentan los pormenores de su producción. Aunque interesante, ese mecanismo será donde pierda a gran parte de su público, con largas escenas en blanco y negro llenas de diálogo que no son fáciles de seguir y donde otros personajes se unen a los mismos que vemos a color «dentro» de la obra de teatro. Eso y que el tercer acto, tan explosivo en la mayoría de películas del director, aquí queda un poco a deber.

Por supuesto, su fuerte principal es la esmerada estética de la película, con el lujo de ser todavía más artificial y teatral al tratarse de una obra de teatro, como se aclara desde el inicio. El naranja del desierto y el cielo azul marcan la pauta de una preciosa paleta de colores pasteles muy luminosa, a pesar de contar las historias trágicas de los adultos protagonistas, mostradas con una impasible ironía en el estilo del director. La variación en la relación de aspecto (si la pantalla es más rectangular o más cuadrada) aquí ya es del todo arbitraria, sólo buscando una composición de la imagen perfecta, cosa que logra casi siempre. La excelente selección musical, otra marca de la casa, sumada a la banda sonora del infalible Alexandre Desplat completan una obra bonita pero que no está a la altura de las mejores del director.

El otro riesgo que tiene Wes Anderson es el que le ocurrió un poco a Tim Burton, quien en su momento fue considerado uno de los grandes directores (a él le ofrecieron Jurassic Park antes que a Spielberg) pero que se ha convertido en una especie de diseñador de producción asociado a una marca. Es decir, que su estilo sea muy claro y muy marcado pero que sus historias vayan perdiendo fuerza. Algo de eso se intuye en esta undécima película del director y, aunque seguiremos incondicionales a él, de verdad esperemos que no le suceda.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Wes Anderson
GUION Wes Anderson y Roman Coppola
FOTOGRAFÍA Robert D. Yeoman
MÚSICA Alexandre Desplat
REPARTO Jason Schwartzman, Scarlett Johansson, Tom Hanks, Adrien Brody, Tilda Swinton, Jeffrey Wright, Liev Schreiber, Steve Park, Willem Dafoe, Edward Norton, Hope Davis, Tony Revolori, Bryan Cranston, Rupert Friend, Maya Hawke, Steve Carell, Matt Dillon, Hong Chau, Jake Ryan, Grace Edwards, Aristou Meehan, Margot Robbie, Jeff Goldblum