La habitación

(2015) EE.UU.
DIRECCIÓN Lenny Abrahamson
GUION Emma Donoghue, basada en su novela
MÚSICA Stephen Rennicks
FOTOGRAFÍA Danny Cohen
REPARTO Brie Larson, Jacob Tremblay, Joan Allen, William H. Macy, Sean Bridgers, Tom McCamus

Psicología de un secuestro

Excelente película sobre una joven secuestrada por varios años que, durante su cautiverio, da a luz a su hijo (y del secuestrador) al que cría protegiéndolo de ese entorno tan adverso. La historia arranca cuando el pequeño Jack cumple 5 años. Todo el mundo que conoce es esa habitación y su única relación ha sido con su madre (quien lo obliga a esconderse cuando «El viejo Nick» -el secuestrador- viene de «visita»). Ante la posibilidad de valerse de su hijo para el escape de ambos, ella tiene que revelarle que existe todo un mundo por descubrir.

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Varios elementos hacen que la ya de por sí atractiva historia de La habitación resulte en una película excepcional. El primero es el guion escrito por la misma autora de la novela en que se basa, Emma Donoghue. Hábilmente, no se centra en la trama del secuestro y el escape -aunque la tensión y  el drama de semejante situación están presentes- sino en el proceso psicológico de un niño en pleno desarrollo (aún es «plástico», moldeable, como se dice en la película) que se ve sometido a asumir que su realidad no es la que pensaba y que el verdadero mundo está fuera. Ahí lo acertado es la focalización, pues se nos cuenta todo desde la perspectiva del niño. Su voz en off nos hace conscientes de su concepción del mundo y cómo esta va cambiando… Con riesgo de alargarme, no quiero dejar de poner un botón (diálogo) de muestra. Oímos la voz de Jack:

I’ve been in the world 37 hours. I’ve seen pancakes, and a stairs, and birds, and windows, and hundreds of cars. And clouds, and police, and doctors, and grandma and grandpa. (…) The world’s like all TV planets on at the same time, so I don’t know which way to look and listen. There’s doors and… more doors. And behind all the doors, there’s another inside, and another outside. And things happen, happen, HAPPENING. It never stops. Plus, the world’s always changing brightness, and hotness. (…) When I was small, I only knew small things. But now I’m five, I know EVERYTHING!

El reto de contar esta historia no hubiera sido posible sin grandes actuaciones. Lo es la de Brie Larson, cuya carrera nunca le había presentado una oportunidad como ésta, de la que sale airosa y con (al menos) una nominación al Oscar. Consigue transmitir todo lo que implica ver la propia vida cortada y luego recuperada a través de la misión de salvar otra vida (la de su hijo). Pero quien sin duda se lleva la película es el pequeño Jacob Tremblay, con una actuación espectacular, mérito compartido con el director Lenny Abrahamson (también nominado), pues si dirigir niños es complicado, conseguir que Jacob transmita todo lo que hace en pantalla es un auténtico arte.

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El planteamiento me recordó dos películas: la poco lograda Espacio interior (México, 2013), centrada también en la perspectiva subjetiva de un secuestro y su escape, y la aclamadísima La vida es bella (Italia, 1997), por aquello de disfrazar una realidad terrible para proteger a tu hijo. Quien no busque una trama de secuestro llena de altibajos sino una auténtica historia de vida, disfrutará enormemente esta inteligente película, que con una buena dosis de esperanza da una visión amplia y profunda de lo que implica uno de las actos humanos más heroicos: salvar una vida.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Spotlight

(2015) EE.UU.
DIRECCIÓN Tom McCarthy
GUION Tom McCarthy y Josh Singer
MÚSICA Howard Shore
FOTOGRAFÍA Masanobu Takayanagi
REPARTO Mark Ruffalo, Michael Keaton, Rachel McAdams, Liev Schreiber, John Slattery, Brian d’Arcy James, Stanley Tucci

La verdad os hará libres

En el año 2001, el grupo de investigación “Spotlight” del periódico Boston Globe sacó a la luz pública una serie de abusos sexuales por parte de varios sacerdotes católicos de la diócesis de Boston, con el agravante de que los responsables dentro de la Iglesia en esa ciudad conocían esos hechos y no los habían hecho públicos ni llevado ante la autoridad civil. Son los hechos reales que recrea Tom McCarthy (ese actor que saltó al otro lado de la cámara para ofrecer historias tan humanas como The Visitor, Win Win o Up) en una película medida, puntual, atrapante y poderosa.

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Co-escrita por Josh Singer (The West Wing, The Fifth Estate), Spotlight es un thriller periodístico, ensamblado a base de diálogos, escenas de escritorio y papeles. Acertadamente focalizado en los cuatro periodistas de Spotlight, deja los tremendos hechos en la frialdad del dato y la declaración. El tono que marca la dirección de McCarthy, ayudado de la música del experimentado Howard Shore, es tan contenido como eficaz, parecido a lo que vimos en Foxcatcher el año pasado. Algo hecho posible gracias al gran elenco de la película: Mark Ruffalo, Michael Keaton, Rachel McAdams, Liev Schreiber, Stanley Tucci… quienes encarnan a una serie de personajes complejos que nos adentran en temas tan importantes como el derecho a la información, o más específicos –pero igualmente interesantes– como la jerarquía periodística o la competencia entre los medios de comunicación, de paso rompiendo una lanza a favor del periodismo de investigación, tan minusvalorado en la época actual del ciberperiodismo. Pero claramente no es ese el tema más importante de la película.

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Por el argumento que aborda –abusos sexuales a niños por parte de sacerdotes católicos– podría pensarse que estamos ante una película ideológica, que busca atacar concretamente a la Iglesia católica. No me lo parece. Desde luego no la defiende, pero pienso que se limita a recordar esos hechos reales y cómo fueron apareciendo a los ojos de unos periodistas, de una ciudad y del mundo. Más allá de algunas tomas simbólicas –por ejemplo, la iglesia frente al parque con juegos para niños, señalada explícitamente por uno de los personajes–, que hacen hincapié en el peso moral y político de la Iglesia católica en Boston en esos años, la película no se recrea morbosamente ni con saña en lo que denuncia.

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No puede pedírsele a esta película una visión más enriquecida del terrible problema que retrata. Hacerlo implicaría señalar que el abuso sexual a menores es un problema de toda la sociedad –donde más se da numéricamente es en las escuelas y en las propias familias, lo que no quita que en la Iglesia resulte especialmente grave y escandaloso– o que son acciones de unos pocos dentro de una institución que ha hecho y sigue haciendo tanto bien, tanto espiritual como material, en todo el mundo; cosas que la película, evidentemente, no presenta. Ciertamente, en ese sentido se da una visión bastante reducida de la Iglesia, e incluso se sugiere que estas conductas pueden ser un “fenómeno psiquiátrico” derivado del celibato sacerdotal (aunque quien lo sugiera sea un personaje ex sacerdote, al que solo oímos por teléfono, y del que uno de los periodistas cuestiona si es digno de tanta credibilidad como le da otro de ellos). Los protagonistas tampoco son presentados como héroes, aunque hayan emprendido semejante misión –“no vamos tras un sacerdote, vamos tras el sistema”, dice el editor jefe–; y se duelen al reconocer que en su día tuvieron indicios de los hechos y no los siguieron. Al final, simplemente tenemos el comportamiento valiente de aquellos que buscan la verdad. Y los buenos nunca deben temerle a la verdad, ni dentro ni fuera de la Iglesia.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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The Martian

(2015) EE.UU.
DIRECCIÓN Riddley Scott
GUION Drew Goddard basado en la novela de Andy Weir
MÚSICA Harry Gregson-Williams
FOTOGRAFÍA Dariusz Wolski
REPARTO Matt Damon, Jessica Chastain, Jeff Daniels, Chiwetel Ejiofor, Kristen Wiig, Sean Bean, Michael Peña, Kate Mara

I will survive

Dicen que en gustos se rompen géneros. La historia espacial de un Matt Damon astronauta que se queda en un planeta extraño y debe ser rescatado por un equipo que incluye a Jessica Chastain, puede resultar muy distinta según el género cinematográfico desde el que se haga. De un enfoque poético-científico-filosófico puede salir, por ejemplo, Interstellar, mientras que desde un enfoque social-comunicacional-simpático puede salir la agradable The Martian.

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Un equipo espacial abandona a uno de sus miembros –creyéndolo muerto– en medio de una tormenta en Marte. El sobreviviente consigue hacer contacto con la Tierra y el rescatarlo se vuelve un asunto político y de interés humano a nivel mundial. Mientras tanto, el astronauta debe enfrentarse a sobrevivir los años que tomará la misión de rescate, haciendo uso de su entrenamiento y de su buen humor. Y hablo del género que adopta porque podríamos estar ante una frustrante tragedia –el protagonista solo se viene abajo una vez, lo que resulta al menos poco verosímil– y, sin embargo, estamos ante una historia vitalista y bastante entretenida.

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La compleja trama –se trata de un auténtico reparto coral, que desde la NASA, California, China y la propia nave del equipo que huyó de Marte, gira en torno al protagonista abandonado en el planeta rojo– funciona ágilmente de la mano del guionista Drew Goddard (creador de la estupenda Daredevil de Netflix) y, cómo no, del curtidísimo Riddley Scott. El Globo de Oro a la mejor comedia y siete nominaciones al Oscar ratifican la calidad de una ficción espacial que también es toda una lección magistral de compañerismo, lealtad, manejo de personas, crisis de comunicación, dirección de instituciones, psicología y hasta física y bioquímica.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Puente de espías

(2015) EE.UU.
DIRECCIÓN Steven Spielberg
GUION Matt Charman, Joel Coen, Ethan Coen
MÚSICA Thomas Newman
FOTOGRAFÍA Janusz Kaminski
REPARTO Tom Hanks, Mark Rylance, Alan Alda, Amy Ryan, Austin Stowell,

Un padre de familia en la Guerra Fría

No hay quien discuta la calidad de los filmes históricos de Steven Spielberg. Desde La lista de Schindler o Rescatando al Soldado Ryan hasta Munich o Lincoln más recientemente, su experimentada factura no decepciona. En Puente de espías (con guion de los hermanos Coen) se sitúa en la Guerra Fría para contar la historia de James B. Donovan (Tom Hanks), un prestigioso y noble abogado, padre de familia, al que se le encomienda defender en juicio a un espía ruso -con toda la polémica que eso implica- pues la Constitución de los Estados Unidos confiere el derecho a una defensa a cualquier persona juzgada. Cuando los rusos capturan a su vez a un piloto norteamericano, el abogado se verá siendo puente en uno de los conflictos más delicados de la historia reciente.

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La trama gira en torno a los valores universales por encima de los intereses políticos, una fórmula clásica que Spielberg sabe manejar de sobra, y que el mejor modo de que funcione es con el rostro de su viejo amigo Tom Hanks por delante. A eso se añaden detalles originales, principalmente el curioso personaje del espía ruso Rudolf Abel (Mark Rylance, que alcanzó la nominación al Oscar), bien conseguido por estar lejos del cliché: es extremadamente apacible, con dotes artísticas y a su vez un hombre de familia.

Dicho todo esto, es una película más bien lenta, que no termina de aportar nada a la fórmula del “buen ciudadano americano” que defiende los valores estadounidenses contra los propios políticos y al que hemos visto en pantalla una y otra vez desde el Mr. Smith de Frank Capra a finales de la década de 1930. Tampoco es novedosa en su versión histórica de la Guerra Fría. Una película de mucha calidad cinematográfica, pero que quizá no sería relevante en absoluto si no llevara los nombres de Spielberg y Hanks.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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The Revenant

(2015) EE.UU.
DIRECCIÓN Alejandro González Iñárritu
GUION Alejandro González Iñárritu y Mark L. Smith, basada en parte en la novela de Michael Punke
MÚSICA Alva Noto y Ryûichi Sakamoto
FOTOGRAFÍA Emmanuel Lubezki
REPARTO Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Domhnall Gleeson, Forrest Goodluck, Will Poulter

Vivir para vengarla

Ya es esperado en el panorama cinematográfico actual que Alejandro G. Iñárritu desafíe los estándares visuales e innove de algún modo narrativamente. Tras su triunfo el año pasado en los Premios de la Academia con la pretenciosa Birdman, uniendo esfuerzos de nuevo con el indiscutible “Chivo” Lubezki –su compatriota y uno de los directores de fotografía más talentosos en activo– y con un Leonardo DiCaprio en la madurez de su carrera, la expectativa por The Revenant (12 nominaciones al Oscar) llegó al tope.

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Los hechos reales en que se basa –con una novela como vehículo intermedio– son material bastante jugoso. Se trata de la increíble historia de Hugh Glass, un trapero del siglo XIX que formaba parte de una expedición que recorría las montañas nevadas de Dakota del Sur. Tras ser atacado por un oso –una secuencia terriblemente realista dentro de la película–, Glass queda herido de gravedad y el jefe de la expedición solicita voluntarios para permanecer con él hasta su muerte para darle un entierro digno. Se ofrece John Fitzgerald, un hombre práctico y sin escrúpulos, quien termina siendo responsable de abandonar a Glass medio enterrado vivo y de paso asesinar a su hijo mestizo (personaje añadido a los hechos reales para acentuar el conflicto). Glass sobrevivió –renació– y gravemente herido consiguió recorrer en seis semanas los 320 kilómetros que lo separaban del campamento base. Y de su venganza.

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Es sabido que la filmación de la película fue muy sufrida, a la manera de la historia que cuenta. Iñárritu y Lubezki decidieron solamente utilizar luz natural, a la vez que sometieron a todo el equipo a largas esperas en un clima inhóspito, y a repetir las tomas una y otra vez con actores semidesnudos entre la nieve, por poner solo un ejemplo. El argumento que siempre esgrimieron es que todo ese sufrimiento valdría la pena, y ciertamente la película técnica y visualmente es fabulosa, pero no termina de estar a la altura de todo el revuelo y expectativa que generó.

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La historia real de Glass sin duda es admirable, pero el atractivo de un hombre sobreviviendo solo en medio de las inclemencias de la nieve tiene el arriesgado reto de conseguir una narración entretenida acerca de un hombre sobreviviendo solo en medio de las inclemencias de la nieve… Así, los casi 160 minutos de la película llegan a hacerse cansados, con muchos momentos al estilo del Náufrago (2000) de Robert Zemeckis. Quizá por lo mismo, y por ser fiel a su toque trascendente, Iñárritu subraya el conflicto interno de los personajes. El de Glass, que vive del recuerdo de su mujer nativa y de su hijo –y por tanto de vengarse del hombre que se lo quitó– y el de los personajes a su alrededor, con distintos cargos de conciencia según su responsabilidad al dejarlo por muerto. Estas pinceladas de Iñárritu, que se manifiestan en los recuerdos e imaginaciones de su protagonista (preciosa la escena en las ruinas de la iglesia), recuerdan un poco a El árbol de la vida de Terrence Malick; no por nada el responsable visual en esa película también era Lubezki. Con todo, el envoltorio narrativo no llega más allá de una clásica trama de venganza con su también clásica dosis de justicia poética en el desenlace.

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La interpretación de DiCaprio es efectiva, sin que represente a mi parecer el mejor trabajo del actor. No por falta de talento sino por la propia historia, que le ofrece un personaje parco de palabras –y con poca ocasión de pronunciarlas: la mayor parte de sus pocos diálogos son en lengua indígena– que más bien le exige gritar mucho, jadear otro tanto y arrastrarse también mucho. Sabemos que decidió experimentarlo todo –permanecer sin abrigo entre la nieve, comer un hígado crudo real, etc– pero al final lo que cuenta es lo que vemos en pantalla y nada más. Mayor relieve tiene Tom Hardy (punto de coincidencia con la otra gran nominada de este año) que hace un Fitzgerald parlanchín y desalmado, felizmente logrado a base de intensas miradas y un marcado acento.

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Total. Los preciosos amaneceres de Lubezki y las complejas secuencias de acción en toma continua, así como la música más bien minimalista, hacen de The Revenant una bella película que demuestra que Alejandro G. Iñárritu es capaz de muchas cosas siempre innovando. Pero sigo echando de menos una historia lo suficientemente poderosa, de esas que hacen que el gran público y los críticos se den la mano. Quizá sea mucho pedir, pero no dejo de desearlo para que un dúo tan talentoso y arriesgado tenga un merecido renacer.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Star Wars: El despertar de la Fuerza

(2015) EE.UU.
DIRECCIÓN J.J. Abrams
GUIÓN J.J. Abrams, Lawrence Kasdan y Michael Arndt
MÚSICA John Williams
FOTOGRAFÍA Daniel Mindel
REPARTO Harrison Ford, Mark Hamill, Carrie Fisher, Adam Driver, Daisy Ridley, John Boyega, Oscar Isaac, Lupita Nyong’o

30 años después (o gracias, J.J. Abrams)

En 1949, el antropólogo Joseph Campbell (1904-1987) publicaba un libro que sería decisivo para la cultura occidental. Se titula The Hero with a Thousand Faces y en él Campbell hace una comparación de los grandes mitos, las principales religiones y las narraciones más emblemáticas de civilizaciones muy distintas entre sí, encontrando los elementos que tienen en común. Dicho sin mucha precisión, dio con aquellas claves que toda historia requiere para que las personas conecten con ella. Años después, un joven cineasta llamado George Lucas leyó la obra de Campbell y diseñó una historia en un universo creado por él —hace mucho tiempo, en una galaxia muy lejana— que seguía fielmente el modelo de Campbell, también conocido como “el viaje del héroe”. Incluso llevó al antropólogo a su rancho a una proyección de la película, que el viejo profesor aprobó con agrado. Se llamaba Star Wars. Episode IV: A New Hope, y dio origen a una de las sagas que más han influido en la cultura popular en la historia del cine.

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Completados seis episodios en dos épocas distintas, George Lucas decidió dejarlo por la paz. Pero su universo narrativo —y con él sus pingües beneficios económicos— continuaba lleno de posibilidades. Es por eso que Disney adquirió los derechos y encomendó la continuación de la saga a un joven director que tenía cartas suficientes para aceptar el reto: J.J. Abrams (Lost, Super 8, Misión Imposible III, Star Trek). La presión era mucha, tanta como el número de fans —y no tan fans— dispuestos a juzgar si estaría al nivel de esta saga; un juicio del que el mismo Lucas no salió muy bien parado en la opinión de muchos con la segunda trilogía, los episodios I, II y III. Por suerte, Abrams y la gente de Disney, profesionales del cine donde los haya, no olvidaron que el guion es lo primero, la clave del éxito de cualquier película. Y así, Abrams se sentó a trabajar la historia con Lawrence Kasdan, conocedor del universo de Lucas (colaboró en el guion de los episodios V y VI) y —atención— con Michael Arndt: un talentoso guionista que saltó a la fama cuando ganó el Oscar por el guion de Little Miss Sunshine, salido entero de sus manos, y que después fue llamado a colaborar en películas como Toy Story 3 y Hunger Games: Catching Fire. El resultado, digámoslo ya, no solo alcanzó las expectativas. Es fabuloso.

[A partir de aquí, spoilers…]

Volvemos, pues, al universo de Star Wars y de qué manera. Han pasado 30 años —los mismos que han pasado fuera del relato— y las cosas han cambiado un poco. La Fuerza es un mito para muchos. Frustrado por la rebelión de su principal discípulo al intentar entrenar una nueva generación de jedis, Luke Skywalker ha desaparecido. Lo buscan buenos y malos por igual: su hermana Leia y sus amigos, por un lado; y por otro el Lado Oscuro, que esta vez ha tomado la forma de la Primera Orden, un núcleo de poder que de las cenizas del Imperio ha ido ganando fuerza —lucen las filas de stormtroopers alineados cual soldados nazis— y que como único obstáculo temen al desaparecido Skywalker.

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Hábilmente, toda la trama gira en torno de la búsqueda de Luke y, por tanto, de un mapa que revela su localización —un macguffin nada desdeñable— confiado, cómo no, a un simpático droide que se comunica con sonidos: BB-8, quizá el mejor personaje de la película, digno sustituto de R2-D2. En pos del mapa encontramos nuevos personajes y viejos conocidos. Los primeros, claros protagonistas de esta nueva saga —y a quienes se aplica nuevamente la estructura de “el viaje del héroe”—, son Ray (Daisy Rydley), una habilísima chatarrera de un sistema periférico en la que la Fuerza resulta excepcionalmente fuerte; y FN-2187 (John Boyega), rebautizado Finn, nada menos que un stormtrooper con una objeción de conciencia que lo lleva a pasarse al otro bando. Aunque con menos protagonismo, también se introduce a Poe Dameron (Oscar Isaacs), el mejor piloto de la Resistencia, la guerrilla fiel a la República que lucha contra el creciente ascenso de la Primera Orden. (Fuera de la historia, pero no hay que dejar de mencionarlo, se trata de una mujer, un afroamericano y un latino: un mensaje que, aunque venga de una galaxia muy lejana, por fortuna es muy claro).

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Ahora bien, al hablar de Star Wars siempre hay que partir de que estamos ante una historia de familia. De hecho, ahí radica gran parte de su éxito, pues toca fibras potentes y comunes a toda la raza humana. Lo ha sido desde el principio (pensemos en Luke, su padre “perdido” y después revelado, su hermana Leia, etc). Y el Episodio VII entra de lleno: Kylo Ren (Adam Driver), la joven promesa del Lado Oscuro, con todo y máscara negra y voz artificial al más puro estilo Darth Vader, al que idolatra, es nada menos que Ben Solo, el hijo de Han Solo y Leia, ese joven padawan que se rebeló ante el entrenamiento de Luke tentado por el Lado Oscuro como hiciera su abuelo Anakin en su día.

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Y es una historia de familia tanto como es una historia de libertad. La libertad que ha definido en los distintos miembros de la familia Skywalker el ser una gran arma para el bien o para el mal, un binomio muy explícito en la película, y en la que se debaten sus personajes —sobre todo Ben Solo/Kylo Ren— como se debatiera Anakin en los episodios II y III, o el propio Luke cuando es tentado en una de las anagnórisis más celebres de la historia del cine: cuando Darth Vader se revela como su padre (join me and together we will rule the galaxy!). Un dilema que en el clímax de esta nueva entrega toma proporciones de tragedia griega. O superiores incluso, pues Ben Solo mata a su padre como Edipo Rey (dolorosísimo spoiler), pero a diferencia de éste no lo hace llevado por el destino sino por su propia libertad.

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La envoltura de todo esto es muy buena. Hasta el punto de que no importa que sea básicamente otra vez el Episodio IV (un droide con un mensaje muy importante para la Resistencia termina en un planeta fronterizo donde lo encontrará un personaje de baja extracción pero destinado a grandes cosas que, ayudado por otros, se convertirá en pieza clave para dar un golpe decisivo al Lado Oscuro al destruir una terrible y poderosa arma que destruye planetas, para terminar con una victoria pírrica, pues el Lado Oscuro queda herido pero no destruido y en el camino se perdió al mentor: aquella vez, Obi Wan, esta vez, Han Solo). Tanto la historia como la estética es más cercana a la primera trilogía, cosa que se agradece, y por supuesto que emociona escuchar de nuevo los acordes de John Williams —quien añade también nuevas melodías— o volver a ver en pantalla al Halcón Milenario, a Han Solo y la ahora Generala Leia Organa, a Chewbaca, C-3PO, R2-D2 y a Luke Skywalker. Incluso Yoda tiene una especie de “sustituto” en el personaje de Maz Kanata (Lupita Nyong’o).

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Con todo, se le pueden criticar algunas pinceladas. Principalmente la evolución poco sutil de los personajes en la trama: el dilema de Kylo Ren, aunque efectivo, es muy de libro; tanto como el súbito cambio del stormtrooper Finn apenas comenzar la película o el repentino dominio de la Fuerza que adquiere Ray, hasta el punto de vencer a Kylo Ren quien supuestamente ha entrenado durante años (al propio Luke le costó meses de entrenamiento con Yoda en el sistema Dagobah, y el propio maestro le aclaró que aún no estaba listo). Chirría también un poco el nuevo maestro oscuro, el Supremo Líder Snoke (Andy Serkis), de quien aún no tenemos datos pero cuesta pensar cómo se explicará su origen sin que resulte forzado (y el que se parezca tanto al Voldemort de Harry Potter no ayuda).

En fin, no falta el humor y en buenas dosis, el toque perfecto para una película que es entretenimiento puro y del bueno, pues toca las teclas de muchas emociones y vuelve a confirmar que los grandes temas y las estructuras narrativas que los siglos han confirmado siguen igual de estables. El mérito está en haberlo detectado, construyendo en torno a eso un guion tan ágil como profundo. Desde luego que la Fuerza ha despertado y nos quedamos con ganas de más. Estoy seguro de que George Lucas desde su rancho y Joseph Campbell desde un poco más lejos, pueden decir con millones de fans y no tan fans: “gracias, J.J. Abrams”.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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SPECTRE

(2015) EE.UU.
DIRECCIÓN Sam Mendes
GUIÓN John Logan, Neal Purvis, Robert Wade y Jezz Butterworth
MÚSICA Thomas Newman
FOTOGRAFÍA Hoyte Van Hoytema
REPARTO Daniel Craig, Christoph Waltz, Léa Seydoux, Naomie Harris, Ralph Fiennes, Ben Whishaw, Monica Bellucci

Bond para rato

La entrega número 24 de la saga más grande del cine se dice fácil. Y ciertamente tiene mérito que James Bond, el mítico agente 007 de las novelas de Ian Fleming, siga atrayendo a las masas al cine como lo hace. El éxito radica en una buena combinación de los mismos elementos de siempre –sobre todo el propio personaje: invulnerable, elegante, mujeriego, irónico y frío, tal como lo inmortalizó Sean Connery; así como la acción y los grandes villanos– y cierta dosis de innovación.

Lo que el director Sam Mendes (Belleza Americana, Camino a la perdición) ha aportado a la saga es un toque de mayor calidad cinematográfica –no estamos ante las típicas películas de acción ya, aunque sin salirse del género, por supuesto– así como cierta profundización en los personajes. La estupenda Skyfall (a la que esta nueva entrega no iguala) funcionaba muy bien en ese sentido, hablándonos del pasado de un James Bond huérfano y cuestionando su estilo de vida, así como el de toda su organización. Es algo atractivo en una época en que queremos que nuestros héroes sean más humanos, más cercanos, como el Batman de Christopher Nolan.

En esta misma línea intenta ir SPECTRE, al mismo tiempo que vuelve en su trama a la primeras películas de James Bond, pues de alguna manera le han ido dando un segundo repaso a las novelas desde Casino Royale (2006). El título alude a una organización secreta a la que pertenecen los villanos de las últimas misiones de 007, descubierta por Bond quien se enfrenta finalmente a su líder: Enrst Stavro Blofeld. Los fans recordarán que Blofeld es el villano por excelencia. El prototipo de hombre misterioso cuyo rostro siempre vemos entre sombras y que acaricia un peludo gato blanco, en realidad comenzó con el Blofeld de las novelas de James Bond y de ahí pasó al cine (quizá resulte más familiar su más celebre parodia: el Dr Evil de las películas de Austin Powers, físicamente bastante similar al Blofeld de Solo se vive dos veces).

De nuevo, tradición e innovación, pues el Blofeld de SPECTRE resulta estar ligado al pasado de James Bond –lo que da mayor dimensión al personaje– y el archivillano ahora se expresa con el modo sarcástico de Christoph Waltz, que le valiera ya dos Oscars por interpretar personajes similares para Tarantino en Inglorious Basterds y Django Unchained, aunque también tenga un gato blanco y una vestimenta similar. Con él comparten pantalla Daniel Craig –el Bond rubio y algo inexpresivo que con todo cada vez convence más– y la francesa Léa Seydoux, que es la principal chica Bond esta vez, lo que no quita que aparezcan la mexicana Stephanie Sigman (Miss Bala) y la veterana Monica Belluci también compartiendo pasiones con el agente. Con Craig repiten también los otros agentes: Moneypenny (Naomie Harris) y el joven y nerdy Q (Ben Whishaw), bajo el mando del nuevo M (Ralph Fiennes).

Para el público mexicano es esta una entrega de James Bond especial, pues el clásico arranque de acción de las películas del agente sucede esta vez en la Ciudad de México, que luce su centro histórico, en el que fue grabada. Es de agradecer que se muestre al mundo un México distinto a las típicas escenas de lugares de frontera en sepia que hemos visto en películas como Traffic (Steven Soderbergh, 2000) o en la recientemente estrenada Sicario (Denis Villeneuve, 2015). Además, se alude con gran acierto estético a la tradición del Día de Muertos, la cual tiene un gran potencial cinematográfico como ya atisbara Serguei Eisenstein cuando intentó rodar ¡Que viva México! en 1930.

La trama introduce también el conflicto de la organización de los protagonistas que es desmantelada por políticos de dudosas intenciones; un recurso atractivo para la mentalidad actual, en esta era de búsqueda de transparencia mezclada con sospechosismo, pero ya visto en la última Misión Imposible (Nación Secreta, 2015) y en la propia Skyfall. En fin, es el pretexto para introducir una pequeña crítica social a las guerras hechas con drones de un modo frío e impersonal, pues los agentes, a diferencia de las máquinas, no solo tienen “licencia para matar”, sino también “licencia para no matar”, para discernir, como dice M en la película.

En fin, sin ser la mejor película del famoso agente –la acción no es lo suficientemente espectacular para una película de este género en nuestros días, y la trama se vuelve cansada en varios momentos– todo indica que todavía habrá James Bond para rato. El público parece estar dispuesto a seguir viendo las aventuras del agente y la máquina de dinero no se detendrá (también con la música: Writing’s On The Wall de Sam Smith no se llevará un Oscar como Adele, pero es bastante buena); esperemos que la de la calidad artística no se descuide demasiado.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Todos los datos de SPECTRE

Ilusiones S.A.

(2015) México
DIRECCIÓN Roberto Girault
GUION Roberto Girault, Olivia Núñez y Juan Ignacio Peña, basado en una obra de Alejandro Casona
MÚSICA Juan Manuel Langarica
FOTOGRAFÍA Serguei Saldívar Tanaka
REPARTO Jaime Camil, Adriana Louvier, Silvia Mariscal, Roberto D’Amico, José Carlos Ruiz, Marina de Tavira

Sueños para llevar

Es de agradecer que en los últimos años haya una mayor variedad en el cine mexicano de calidad. El llamado nuevo cine mexicano, de finales del siglo pasado y principios de este, puso en auge un tipo de películas que con un afán neorrealista fijaron un cine nacional muchas veces sórdido y casi siempre violento y explícito. Sin discutirles su calidad –de ahí salió nuestro icarezco Iñárritu, entre otros– eran pocos los cineastas que se atrevían a salir de ese modelo y los productores que los apoyaran. Hoy el panorama ha cambiado y ya podemos hablar de éxitos como la comedia Nosotros los Nobles (2013), el biopic tragicómico Cantinflas (2014) y la poderosamente enternecedora El estudiante (2009).

El director de esta última, Roberto Girault, estrena ahora Ilusiones S.A., de un género distinto tras el pequeño descalabro de crítica y taquilla de Ella y el candidato (2011). Esta vez estamos ante una adaptación bastante fiel de la obra de teatro Los árboles mueren de pie del dramaturgo español Alejandro Casona. La película recuerda a la mencionada Cantinflas, al ser una cinta mexicana de época situada en la década de 1940, que mezcla el humor con el drama. También recuerda a El estudiante por su tono positivo y esperanzador, ese que hizo que la ópera prima de Girault tuviera el curioso efecto de permanecer varias semanas en los cines a pesar de haberse estrenado con pocas copias: un fenómeno de la industria que solo ocurre con películas modestas pero buenas, que el público se recomienda en el boca-oreja.

El planteamiento de Casona engancha. Un grupo de individuos han consagrado su talento artístico a hacer felices a los demás, cumpliendo sueños y arrancando sonrisas por los medios más diversos (de ahí el título de la película, más comercial que el de la obra original). A ellos acude el Sr. Balboa, quien durante años escribió cartas falsas a su mujer fingiendo que eran de su nieto, para que ella no descubriera la vida de vicio que el muchacho llevaba desde que se fue de casa. Cuando el nieto anuncia su regreso, estos ilusionistas deberán encargarse de representar al nieto ficticio de las cartas y su joven esposa, para dar a la abuela la alegría del reencuentro. Una misión más para el talentoso director del equipo (Jaime Camil) a quien se unirá como su fingida esposa una joven aprendiz recién “rescatada” por los ilusionistas (Adriana Louvier), que quizá tenga más que enseñar sobre la felicidad al experimentado director.

La adaptación de la famosa obra de Casona es bastante buena, pues se plantea el argumento con agilidad y se añaden buenas dosis de humor. Resulta acertado situar la acción en Campeche, México, que con su centro colonial y su bella costa contribuye a la atmósfera de cuento que tiene la trama, de paso que el director aprovecha para mostrar esta bella ciudad como hiciera con Guanajuato en El estudiante. Esta versión da un poco más de peso al personaje de la chica co-protagonista y con ella al tema de la película, en torno a la verdad y el amor, cosa que creo que Casona aprobaría ampliamente. Quizá el desenlace era más contundente en la obra de teatro, sin que la película deje de serle fiel en esencia.

En fin, una película entretenida y agradable, de buena factura (de especial mención la fotografía y la música, que opta por remarcar la emoción en todo momento), donde el mayor pero es la actuación de Jaime Camil. Un arma de dos filos, pues el actor también es uno de los productores y quizá sea el principal gancho mediático para la distribución y taquilla de la película ante ciertos públicos. En todo caso, peccata minuta si tomamos en cuenta que la empatía de la historia va más con el personaje de Adriana Louvier, mientras que los “abuelos” Roberto D’Amico y Silvia Mariscal marcan el tono. Así, que nadie espere una película extraordinaria, pero sí pasar un rato muy agradable, especialmente para los que van al cine a cargarse de ilusión.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Inside Out

(2015) EE.UU.
DIRECCIÓN Pete Docter y Ronaldo del Carmen
GUION Pete Docter, Ronaldo del Carmen, Josh Cooley y Meg LeFauve
MÚSICA Michael Giacchino
REPARTO Amy Poehler, Phyllis Smith, Richard Kind, Bill Hader, Lewis Black, Mindy Kaling, Kaitlyn Dias, Diane Lane, Kyle MacLachlan

Catarsis de emociones

Está de sobra decir que las películas que periódicamente nos entrega la mancuerna Disney-Pixar (más por Pixar que por Disney, y eso es decir mucho) son una garantía. Por encima de una animación fabulosa ponen siempre la calidad de la historia, sabiendo que el guion es la clave de cualquier proyecto cinematográfico. Muchos dicen que algún día terminarán por decepcionarnos… Pues con Inside Out ese día aún no ha llegado.

El título resulta bastante explícito. En España traducido de modo literal (Del Revés) y en Hispanoamérica con un juego de palabras (Intensa Mente), hace referencia a conocer lo que hay en nuestro interior. Si es claro que el cine nos ayuda a conocernos, aquí se toma de modo literal planteando una historia donde los personajes son las emociones que gobiernan la mente de Riley, una niña de 11 años: Alegría, Tristeza, Ira, Miedo y Desagrado.

Qué duda cabe que una historia así es un riesgo. Preocuparía que no pase de una metáfora simpática para usar en clases de cómo funciona el comportamiento humano. El reto estaba en hacer con eso una historia memorable… y los chicos de Pixar son muy amigos de los retos. Así, de entrada plantean de un modo accesible las reglas del juego: cómo funciona la mente en este universo narrativo concreto, con «pensamientos centrales», «islas de personalidad», el «tren del pensamiento», «producción de sueños»… todo a partir de los recuerdos que se crean para luego solo conservarse los importantes y desecharse la gran mayoría; aunque evidentemente esto implica ya cierta complejidad: los niños menores de 8 años es difícil que se enteren, aunque se entretendrán igualmente.

A partir de ahí seguimos la doble trama de la vida de Riley -que se muda con sus padres de Minnesota a San Francisco- y lo que sucede en su cabeza que es otro viaje, el de Alegría y Tristeza por volver al Cuartel central de donde salieron por accidente con una serie de consecuencias fáciles de imaginar. El humor no falta -todos los que interpretan las voces de las emociones en la versión original son comediantes reconocidos en Estados Unidos- y alguna lágrima tampoco.

El éxito está en que, más allá del cliché, sí hay una explicación bastante satisfactoria de cómo funciona el comportamiento humano -descender a detalles antropológicos y psicológicos de qué tan precisa es, escapa al propósito de esta crítica- y pienso que esto, además de entretener, ayuda. Ayuda saber que una pasión nuestra puede mandar sobre las otras ante un estímulo concreto; o que según la personalidad de alguien es una la pasión dominante y no otra, sin que las demás dejen de intervenir. Ayuda saber que no hay pasiones malas, que a la tristeza -por ejemplo- no hay que aislarla e inhabilitarla para ser feliz, sino saber aprovecharla del modo adecuado. Ayuda ser consciente de que las crisis ayudan a madurar. Ayuda darse cuenta de que la familia es una de las bases de una existencia feliz, y que es una base que se puede venir abajo por nuestras acciones libres. Y si una película ayuda a vivir mejor, además de entretener mientras cuenta una historia (que es su razón de ser), realmente hay mucho que agradecer. Así que Pixar, una vez más, gracias.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Jurassic World

(2015) EE.UU.
DIRECCIÓN Colin Trevorrow
GUION Colin Trevorrow, Dereck Connolly, Rick Jaffa y Amanda Silver
MÚSICA Michael Giacchino
FOTOGRAFÍA John Schwartzman
REPARTO Chris Pratt, Bryce Dallas Howard, Vincent D’Onofrio, Irrfan Khan, BD Wong, Nick Robinson, Ty Simpkins, Omar Sy

Emocionante regreso

Cargando un poco las tintas –aunque no demasiado– podríamos decir que hace 22 años Steven Spielberg cambió el cine. Recordándonos por qué lo llaman la máquina de los sueños, consiguió que viéramos al hombre junto a los dinosaurios extintos hace 65 millones de años utilizando una tecnología en efectos especiales nunca antes vista y fijando en nuestras mentes una serie de escenas memorables dentro de una película llena de suspense y auténtico horror que se convirtió en un clásico. La avidez de los fans y las posibilidades de lucro trajeron una segunda y una tercera parte (solo la segunda dirigida por Spielberg) simplemente entretenidas, y ahora volvemos a la Isla Nublar con Jurassic World.

Esta nueva entrega, a cargo de Colin Trevorrow (Safety Not Guaranteed), cumple bastante con la expectativas, cosa que no era fácil, siendo a la vez una película de acción y aventura muy de esta época (con Chris Pratt incluido). De entrada, lo que da muchísima satisfacción es ver el soñado parque temático de dinosaurios finalmente funcionando. En la primera película el desastre ocurría en una visita con “expertos” antes de la apertura del parque, y las dos siguientes situaban sus tramas en torno a los restos de ese parque. Pero ahora es una realidad: Jurassic World es una especie de Disneyland, completamente moderno y alucinante, con paseos entre dinosaurios en esferas giratorias, un monorriel que recorre la isla, el espectáculo acuático del Mesosaurio… dan ganas de que exista.

Una vez planteado esto, la estructura es igual que en la primera Jurassic Park: algo se sale de control y el sueño se convierte en pesadilla, amenazando a los expertos, a los dueños, y a los niños familiares de los dueños… En este caso, el problema es el Indomitus Rex: un nuevo dinosaurio alterado genéticamente para atraer a los usuarios del parque que ya no tienen suficiente con solo ver dinosaurios normales. El monstruo –que es inteligente– consigue escapar y queda suelto en una isla con 20,000 personas (y unos cuantos dinosaurios) atrapadas ahí. Entre ellos, los sobrinos adolescentes de la gerente principal, Claire (Bryce Dallas Howard); el experto en dinosaurios y entrenador de velocirraptores, Owen Grady (Chris Pratt); el excéntrico dueño del parque, Simon Masrani (Irrfan Khan) y un mercenario de la empresa InGen (Vincent D’Onofrio) que quiere usar a los dinosaurios como sustitutos de la tecnología militar. Nada mal.

Y no solo está presente la primera película en la estructura similar. Son muchos los homenajes de Jurassic World a Jurassic Park, por lo que los fans estarán más que contentos. De entrada está el Dr. Wu (BD Wong), el científico que hizo posible la clonación de dinosaurios, que es el único actor de Jurassic Park que figura en esta nueva película y con un poco más de importancia en la trama. Por supuesto, la visita al antiguo centro de visitantes, ahora derruido, y lo que en él se encuentra: los lentes de visión nocturna, los jeeps, el letrero “When Dinosaurs Ruled The Earth”… y tomas como las del jeep de touristas avanzando entre los gallimimus como hicieran en su día los niños y el Dr. Grant; los dos adolescentes gritando hacia arriba con las fauces del dinosaurio tras un cristal sobre ellos; la aparición del dilophosaurius en postura de ataque –muchas infancias fueron aterrorizadas por esa aparición en la primer película– y, claro, el papel protagónico de los velocirraptores y una aparición del ya mítico tiranosaurio de la que no diré más pero que hace a los fans levantarse y aplaudir.

El mensaje sobre la soberbia de la raza humana que recibe su merecido es el trasfondo de la saga y aquí está todavía más presente. Lo mismo los valores clásicos del cine familiar como el romance que crece en el peligro o la unión de la familia (la conversación de los hermanos sobre el posible divorcio de sus padres muestra muchos anhelos de nuestra preocupante sociedad actual). El entretenimiento, en fin, está garantizado y todo es exponencial, desde el número de muertos (que se contaban con una mano en Jurassic Park: ahora los pterodáctilos se dejan caer sobre una multitud aterrorizada de miles de personas en una secuencia que le robaría una sonrisa a Alfred Hitchcock) hasta el sofisticado nuevo dinosaurio genéticamente modificado. Y es que irónicamente se nos plantea cómo la gente ha perdido la capacidad de asombro y cada vez pide algo nuevo, tal como nosotros hacemos, pues entramos al cine no conformes con solo ver dinosaurios como hace 22 años.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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