The Revenant

(2015) EE.UU.
DIRECCIÓN Alejandro González Iñárritu
GUION Alejandro González Iñárritu y Mark L. Smith, basada en parte en la novela de Michael Punke
MÚSICA Alva Noto y Ryûichi Sakamoto
FOTOGRAFÍA Emmanuel Lubezki
REPARTO Leonardo DiCaprio, Tom Hardy, Domhnall Gleeson, Forrest Goodluck, Will Poulter

Vivir para vengarla

Ya es esperado en el panorama cinematográfico actual que Alejandro G. Iñárritu desafíe los estándares visuales e innove de algún modo narrativamente. Tras su triunfo el año pasado en los Premios de la Academia con la pretenciosa Birdman, uniendo esfuerzos de nuevo con el indiscutible “Chivo” Lubezki –su compatriota y uno de los directores de fotografía más talentosos en activo– y con un Leonardo DiCaprio en la madurez de su carrera, la expectativa por The Revenant (12 nominaciones al Oscar) llegó al tope.

THE REVENANT

Los hechos reales en que se basa –con una novela como vehículo intermedio– son material bastante jugoso. Se trata de la increíble historia de Hugh Glass, un trapero del siglo XIX que formaba parte de una expedición que recorría las montañas nevadas de Dakota del Sur. Tras ser atacado por un oso –una secuencia terriblemente realista dentro de la película–, Glass queda herido de gravedad y el jefe de la expedición solicita voluntarios para permanecer con él hasta su muerte para darle un entierro digno. Se ofrece John Fitzgerald, un hombre práctico y sin escrúpulos, quien termina siendo responsable de abandonar a Glass medio enterrado vivo y de paso asesinar a su hijo mestizo (personaje añadido a los hechos reales para acentuar el conflicto). Glass sobrevivió –renació– y gravemente herido consiguió recorrer en seis semanas los 320 kilómetros que lo separaban del campamento base. Y de su venganza.

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Es sabido que la filmación de la película fue muy sufrida, a la manera de la historia que cuenta. Iñárritu y Lubezki decidieron solamente utilizar luz natural, a la vez que sometieron a todo el equipo a largas esperas en un clima inhóspito, y a repetir las tomas una y otra vez con actores semidesnudos entre la nieve, por poner solo un ejemplo. El argumento que siempre esgrimieron es que todo ese sufrimiento valdría la pena, y ciertamente la película técnica y visualmente es fabulosa, pero no termina de estar a la altura de todo el revuelo y expectativa que generó.

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La historia real de Glass sin duda es admirable, pero el atractivo de un hombre sobreviviendo solo en medio de las inclemencias de la nieve tiene el arriesgado reto de conseguir una narración entretenida acerca de un hombre sobreviviendo solo en medio de las inclemencias de la nieve… Así, los casi 160 minutos de la película llegan a hacerse cansados, con muchos momentos al estilo del Náufrago (2000) de Robert Zemeckis. Quizá por lo mismo, y por ser fiel a su toque trascendente, Iñárritu subraya el conflicto interno de los personajes. El de Glass, que vive del recuerdo de su mujer nativa y de su hijo –y por tanto de vengarse del hombre que se lo quitó– y el de los personajes a su alrededor, con distintos cargos de conciencia según su responsabilidad al dejarlo por muerto. Estas pinceladas de Iñárritu, que se manifiestan en los recuerdos e imaginaciones de su protagonista (preciosa la escena en las ruinas de la iglesia), recuerdan un poco a El árbol de la vida de Terrence Malick; no por nada el responsable visual en esa película también era Lubezki. Con todo, el envoltorio narrativo no llega más allá de una clásica trama de venganza con su también clásica dosis de justicia poética en el desenlace.

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La interpretación de DiCaprio es efectiva, sin que represente a mi parecer el mejor trabajo del actor. No por falta de talento sino por la propia historia, que le ofrece un personaje parco de palabras –y con poca ocasión de pronunciarlas: la mayor parte de sus pocos diálogos son en lengua indígena– que más bien le exige gritar mucho, jadear otro tanto y arrastrarse también mucho. Sabemos que decidió experimentarlo todo –permanecer sin abrigo entre la nieve, comer un hígado crudo real, etc– pero al final lo que cuenta es lo que vemos en pantalla y nada más. Mayor relieve tiene Tom Hardy (punto de coincidencia con la otra gran nominada de este año) que hace un Fitzgerald parlanchín y desalmado, felizmente logrado a base de intensas miradas y un marcado acento.

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Total. Los preciosos amaneceres de Lubezki y las complejas secuencias de acción en toma continua, así como la música más bien minimalista, hacen de The Revenant una bella película que demuestra que Alejandro G. Iñárritu es capaz de muchas cosas siempre innovando. Pero sigo echando de menos una historia lo suficientemente poderosa, de esas que hacen que el gran público y los críticos se den la mano. Quizá sea mucho pedir, pero no dejo de desearlo para que un dúo tan talentoso y arriesgado tenga un merecido renacer.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Todos los datos de The Revenant

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