Anomalisa

(2015) EE.UU.
DIRECCIÓN Charlie Kaufman, Duke Johnson
GUION Charlie Kaufman
FOTOGRAFÍA Joe Passarelli
MÚSICA Carter Burwell
REPARTO David Thewlis, Jennifer Jason Leigh, Tom Noonan

Muñecos con vacío existencial

El esperado regreso de Charlie Kaufman prometía mucho, más cuando se supo que el oscarizado escritor de Being John Malkovich, Adaptation y Eternal Sunshine of the Spotless Mind, volvía con una historia que también dirigiría –como la compleja y genial Synecdoche, New York– y que sería una película animada con técnica stop motion. Sin embargo, la historia del vacío emocional del conferencista y experto en servicio al cliente, Michael Stone (voz de David Thewlis), y cómo este vacío es llenado fugazmente por un encuentro anómalo con Lisa Hesselman (voz de Jennifer Jason Leigh) –de ahí el juego de palabras del título–deja bastante que desear.

ANOMALISA

Con todo, la animación está bastante lograda –hay mucho trabajo detrás de un largometraje en stop motion y la película la codirige Duke Johnson como experto en esa técnica de animación– e incluso fue reconocida con una nominación al Oscar como mejor película animada: más por la técnica que por la historia, seguramente. Desde luego el rostro del protagonista consigue transmitir expresiones y emociones auténticamente humanas. También es interesante la idea de que todos los personajes fuera de Michael y Lisa tengan el mismo rostro inexpresivo y la misma voz (de Tom Noonan), y eso magnifica el efecto de que él encuentra en ella a alguien especial, aunque también genera una sensación bizarra que distrae de la trama emocional cuando los que tienen esta voz son personajes femeninos o niños.

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Estamos aquí lejos de la complejidad habitual de Kaufman, y la historia se queda con tan poca trama que llega a aburrir bastante (se ha dicho que hubiera funcionado más como cortometraje). Si a esto se le suma la larga y torpe escena de sexo explícito (con muñecos animados, así es) que le valió ser clasificada como solo para adultos, se entiende la decepción de todo el conjunto. El propio Kaufman lo ha reconocido y él mismo echa de menos sus buenos tiempos. Desde luego ya ha demostrado que sabe hacer lo suyo y estaremos esperando a que la musa lo visite pero con más originales anomalías.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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This Must Be the Place

(2011) Italia, Francia, Irlanda
DIRECCIÓN Paolo Sorrentino
GUION Paolo Sorrentino y Umberto Contarello
FOTOGRAFÍA Luca Bigazzi
MÚSICA David Byrne, Will Oldham
REPARTO Sean Penn, Frances McDormand, Eve Hewson, Kerry Condon, David Byrne, Simon Delaney

Búsquedas

Se trata de la primera incursión en Hollywood del italiano Paolo Sorrentino, quien luego se haría un merecido lugar en el panorama del cine de autor contemporáneo con La gran belleza (2013), ganadora del Oscar a mejor película extranjera, y con Youth (2015). Por cierto, ambas películas manejan líneas temáticas similares a las de la que nos ocupa.

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Cheyenne (Sean Penn extraordinario como siempre) es un rockero retirado que vive tranquilamente en Dublin y que debe viajar a Estados Unidos por la reciente muerte de su padre, sobreviviente del holocausto judío, al que tendrá que vengar cuando se entera de que su verdugo de los tiempos de Auschwitz sigue suelto.

El mayor acierto de la película –aunque no el único, ni mucho menos– es el contraste establecido en las distintas situaciones por el personaje de Cheyenne, una especie de Ozzy Osbourne que en sus largos cincuentas sigue luciendo un look de estrella del heavy metal con ojos maquillados y todo. Con esas pintas, se dispone a rastrear a un anciano ex nazi a través de ambientes rurales de Estados Unidos, por lo que el contraste es total. Como le dice una anciana al abrir la puerta y ver a semejante personaje: “¿Has venido a matarme, querido?”.

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A la vez, el personaje principal, como artista que es, tiene una visión única del mundo –un rasgo muy propio de los protagonistas de Sorrentino– y una actitud extrañamente pasiva ante las distintas peripecias de la trama. Tomado por loco por la mayoría, Cheyenne irradia no obstante cierta sabiduría quijotesca ante el que está dispuesto a verla, como el personaje de Rachel (Kerry Condon), quien incluso se enamora de él, y su hijo (la escena en que Cheyenne y el pequeño cantan juntos no tiene desperdicio). Por cierto, encomiable la relación amorosa con la esposa bombero, otro personaje contrastante: Frances McDormand en un papel muy macdormiano que Wes Anderson envidiaría.

Otro elemento protagonista es sin duda la música, que corre a cargo de David Byrne, vocalista de los Talking Heads, quien también se interpreta a sí mismo en la película como amigo de Cheyenne. Sus canciones establecen el tono de esta atípica road movie, y la homónima “This Must Be The Place” luce en un plano secuencia que es uno de los muy logrados del cinefotógrafo de cabecera de Torrentino, Luca Bigazzi.

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Con todo, hay que advertir que no es esta una película de ritmo convencional. Sorrentino no sigue la estructura clásica del guion –por lo que a veces puede generar la sensación de que es demasiado lenta o “no pasa nada”– ni se centra en la trama detectivesca de la búsqueda del ex nazi, como otros directores hubieran hecho. A Sorrentino le interesa el viaje interior de su protagonista, quien en plena madurez se encuentra, sin embargo, carente de algo, como Jep Gambardella (Toni Servillo) en La gran belleza o Fred Ballinger (Michael Caine) en Youth. Si uno está dispuesto a renunciar a esa ansia por los giros de trama, encontrará en esta película un lugar más que especial.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Mommy

(2014) Canadá
DIRECCIÓN Y GUION Xavier Dolan
FOTOGRAFÍA André Turpin
MÚSICA Noia
REPARTO Anne Dorval, Antoine Olivier Pilon, Suzanne Clément, Patrick Huard

Enfant terrible

El quebequés Xavier Dolan es un cineasta interesantísimo por muchas razones. Quizá la más llamativa es que a sus 27 años ha dirigido (y escrito) ya siete largometrajes; o que es también actor, editor y diseñador de vestuario de sus películas; factores que han llevado a varios a compararlo nada menos que con Orson Welles. Ahora, si bien sus películas tienen una gran fuerza visual, hasta Mommy (2014) se había centrado en tramas más bien sórdidas, con personajes homosexuales en relaciones tortuosas; historias en parte autobiográficas, que limitaban hasta cierto punto su alcance a un público mayor.

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En Mommy, sin embargo, añade a su lograda estética visual y sonora una gran intuición antropológica con valores universales. Die (Anne Dorval) es una viuda juvenil y algo alocada, que cría sola a su hijo Steve (Antoine Olivier Pilon), un adolescente bastante conflictivo y violento (la película empieza cuando lo echan de una correccional por incendiarla). Por encima de sus muchos problemas está el amor entre ellos, lo que conforma una peculiar familia a la que se suma Kyla (Suzanne Clément), una vecina que hará amistad con ellos. La peculiar cotidianidad de estos tres conforma la trama de la película, llena de momentos intensos y choques tan violentos como las personalidades de estos personajes.

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La técnica de Dolan esta vez experimenta arriesgadamente al grabar la mayor parte de la película en un formato 1×1 (literalmente un cuadrado, algo a lo que no estamos acostumbrados en absoluto en cine), que es su modo de presentar la opresión de sus personajes por los problemas que afrontan, y que resalta la experiencia estética de liberación cuando pasa al widescreen ocasionalmente. Aporta mucho igualmente el bien elegido soundtrack, con canciones de artistas como Celine Dion, Dido, Counting Crows, Simple Plan o Lana del Rey, entre otros. Mommy es un buen ejemplo de cómo la totalidad de elementos en el cine puede decir mucho del ser humano, y más cuando toca valores tan fuertes como el amor de una madre.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Youth

(2015) Italia, Francia, Suiza, Reino Unido
DIRECCIÓN Paolo Sorrentino
GUION Paolo Sorrentino
FOTOGRAFÍA Luca Bigazzi
MÚSICA David Lang
REPARTO Michael Caine, Harvey Keitel, Rachel Weisz, Paul Dano, Jane Fonda

Arte total

Aquellos primeros teóricos del cine que lo definieron como «arte de las artes» o «arte total», por su capacidad para asumir a las otras artes y aunarlas en una sola y poderosa experiencia, probablemente estarían encantados de ver Youth (2015), la última película de Paolo Sorrentino. Se trata de su segundo largometraje en lengua inglesa y parecido en tema y forma a su película anterior, La Grande Bellezza (2013), que ganara el Oscar a mejor película extranjera poniendo al italiano en la mira de este globalizado cine actual donde mexicanos, griegos o italianos hacen las obras rompedoras del cine de Hollywood.

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Arte total, pues, y es que uno de los principales temas de la película es precisamente el arte. Qué mejor modo de abordarlo que a través de dos amigos entrañables, ambos prestigiosos artistas, viviendo sus últimos años de vida: Fred Ballinger (Michael Caine), compositor y director de orquesta ya retirado, y Mick Boyle (Harvey Keitel), director y guionista de cine que trabaja en una película que será «su testamento». El paisaje visual es un precioso hotel de lujo en los alpes suizos donde los protagonistas conviven con la hija del primero (Rachel Weisz, que a su talento y atractivo ha añadido este año un gran acierto al elegir sus proyectos) y con otros personajes, desde una estrella de cine que pretende huir de la frivolidad (Paul Dano) hasta Miss Universo (Madalina Ghenea) o Diego Armando Maradona (Roly Serrano), inconfundible aunque nunca sea mencionado por su nombre.

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A la celebración de la música y del cine a través de las tramas de los protagonistas, se suma el de otras «artes» quizá menos prestigiosas: el alpinismo, que hace «ver el mundo de un modo más hermoso desde acá arriba», y hasta los masajes, con una bella apología del sentido del tacto, el menos desarrollado artísticamente. Sorrentino quiere, pues, nuevamente explotar la (gran) belleza por todas las vías posibles: desde los serenos paisajes alpinos hasta el desnudo femenino (una escena extrapolada al usarse como promocional de la película); desde el ritmo y armonía que puede lograrse con una envoltura de papel celofán o con los mugidos y cencerros de las vacas (preciosa escena) hasta un concierto de la soprano Sumi Jo y la violinista Viktoria Mullova con la orquesta de la BBC y el coro de la radio de Berlín. Aquí hay que mencionar que la película fue nominada a un Oscar por la mejor canción, una pieza compuesta (en la historia) por el protagonista, que apenas se asoma durante toda la película y explota con gran emoción en el desenlace.

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A partir de ahí, Sorrentino (que escribe y dirige) trata otros muchos temas interesantísimos, varios en torno al tiempo: la edad, presente en el título y en las reflexiones que estos septuagenarios se hacen en contraste con los jóvenes (y niños) presentes en el hotel; la memoria, y con ella el drama de olvidar y de ser olvidado; la paternidad; el deseo como motor de vida; la libertad (y el libertinaje disfrazado de la primera, como en el hijo de Boyle que se divorcia de la hija de Ballinger dejándola por la estrella pop Paloma Faith… que sí existe y se interpreta a sí misma en la película, por cierto) y, siempre, el arte. Porque estos personajes entienden mucho de arte… y solo de arte, como confiesa Ballinger al reconocerse como un mal padre, o Boyle cuando declara que «las emociones son todo lo que tenemos». Sin embargo, Sorrentino se reserva una última vuelta de tuerca para que, con la justicia poética, triunfe lo único que es más bueno, más verdadero y más bello que el arte mismo: el amor.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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The Lobster

(2015) Reino Unido, Grecia, Francia, Irlanda, Holanda
DIRECCIÓN Yorgos Lanthimos
GUION Yorgos Lanthimos y Efthymis Filippou
FOTOGRAFÍA Thimios Bakatakis
REPARTO Colin Farrell, Rachel Weisz, Léa Seydoux, John C. Reilly, Ben Whishaw, Ariane Labed, Olivia Colman

Bizarra fábula amorosa

El cine del griego Yorgos Lanthimos es único en su originalidad: extravagante, irónico, metafórico al plantear críticas sociales a través de situaciones casi ridículas, y de ordinario bastante perturbador. Con The Lobster, de paso que disminuye el grado de depravación de anteriores obras, sale del panorama estrictamente griego, pues es su primer película hablada en inglés y con un reparto internacional de primera línea. Lo interesante del extraño planteamiento unido a una lograda fotografía y dirección de arte, una banda sonora excelentemente escogida —en su mayoría piezas de música clásica— y el estilo experimental de Lanthimos la convierten, a mi gusto, en una de las mejores películas del año.

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En un futuro no lejano, está prohibido no tener pareja. Quien esté soltero (o viudo), ingresa a un hotel en el que si no encuentra con quién casarse en 45 días es convertido en un animal. Los rebeldes «solitarios», que se rehusan a tener pareja, viven en una acompañada soltería en medio del bosque y con sus propias reglas: no enamorarse. Y los huéspedes del hotel salen periódicamente de cacería al bosque para cazar solitarios y ganar así más días para encontrar cónyuge antes de ser convertido en bestia. Nuestro protagonista intentará encontrar el verdadero amor antes de ser convertido en el animal de su preferencia, a saber: una langosta.

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Como digo, es el estilo de Lanthimos lo que hace peculiar esta distopía que sonaría a Los juegos del hambre, pues todo lo viste con una seriedad que paradójicamente hace que no nos tomemos en serio el absurdo. Recuerda a Her (2013) de Spike Jonze, por ser un futuro que no parece muy lejano y por la actitud distraída y tristona del desamorado protagonista: Colin Farrell en un papel alejado de los que lo han hecho popular. Como en La montaña mágica de Thomas Mann, en el hotel se crea una curiosa comunidad, educada y llena de reglamentos y costumbres en medio de su drama (con tumbonas al sol incluidas); tiene algo de El resplandor (1980) de Stanley Kubrick, por el estilo del hotel y los momentos bizarros sin explicación y, por último, hace pensar también en el teatro épico de Bertolt Brecht, pues coincide con el Verfremdungseffekt («efecto de distanciamiento») de este al hacer que los actores no manifiesten los sentimientos que tienen sus personajes sino que adopten la actitud contraria, impidiendo la empatía y generando la extraña sensación que dificulta «meterse» emocionalmente en la historia.

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Premio del jurado en Cannes y, curiosamente, ganadora del Queer Prize —el premio «gay» del mismo festival— bajo el argumento de que es «una alegoría que se burla de las absurdas reglas sociales y regulaciones alrededor de las relaciones de pareja». En el fondo, no es más —ni menos— que una radical fábula sobre el amor y cómo la sociedad tantas veces condiciona los sentimientos y pretende regular hasta la intimidad y la vida familiar de las personas. Cualquier parecido con la realidad, es mera coincidencia.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Capitán América: Civil War

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Anthony Russo & Joe Russo
GUION Christopher Markus & Stephen McFeely
MÚSICA Henry Jackman
FOTOGRAFÍA Trent Opaloch
REPARTO Chris Evans, Robert Downey Jr., Scarlett Johansson, Sebastian Stan, Anthony Mackie, Don Cheadle, Jeremy Renner, Chadwick Boseman, Paul Rudd, Paul Bettany, Elizabeth Olsen, Tom Holland

Cine a pedazos

¿Quién se acuerda de todos los “daños colaterales” que los Avengers causaron en sus pasadas misiones? Destrucción de ciudades, muchos civiles inocentes (es lógico pensarlo) muertos… eso es lo que, en la trama, ocasiona que la ONU y el Gobierno de EE.UU. quieran controlar a los superhéroes, registrarlos, generando opiniones divididas entre los propios Avengers que se dividen en dos bandos, liderados por el Capitán América e Iron Man, respectivamente. Cuando el “soldado del invierno” (Bucky Barnes, amigo del Capitán América que fuese convertido por los soviéticos en una máquina de matar) reaparece, las opiniones divididas se vuelven una auténtica guerra civil entre los Avengers, que de paso incorporan a otros superhéroes a sus filas, elevando la acción y la emoción a grados cada vez más altos.

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La auténtica invasión de los superhéroes en el cine está ya más que consolidada y promete ir para largo, pues independientemente de que la crítica las favorezca o no, la taquilla les sigue respondiendo, y los productores han detectado la fórmula que hace andar esta enorme máquina de hacer dinero. Dos grandes compañías —enteramente ligadas al mundo del cómic del que proceden— compiten en este terreno, con sus respectivos universos narrativos: DC Comics/Warner Bros. (Superman, Batman, Wonder Woman, Aquaman, Suicide Squad…) y Marvel/Disney (The Avengers: Capitán América, Iron Man, Thor, Spiderman, Ant-Man…, Guardianes de la Galaxia y los X-Men, aunque estos últimos los distribuye Fox y no Disney).

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En este género cinematográfico, con reglas propias, se inserta esta esperadísima Capitán América: Civil War (sí, el título está mitad en español y mitad en inglés, ese es su nombre comercial). Un género donde, sobra decirlo, abundan los efectos especiales y largas secuencias de batallas casi imposibles físicamente, y donde la narrativa tiene reglas propias. Esto porque, por un lado, lo que impera es la historia del cómic en el que se basa cada filme, por encima de lo establecido en otras películas (de ahí que, por ejemplo, aquí tengamos un Peter Parker/Spiderman mucho más joven —por no hablar de su Tía May—; aunque hay que decir que el universo cinematográfico de los Avengers está mejor armado que el de, por ejemplo, Batman o los propios X-Men, que resucitaron al Prof. X sin dar explicaciones, simplemente basándose en los cómics).

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Los fans del género no quedarán decepcionados, y la inclusión del adolescente Spiderman (Tom Holland), del meditabundo T’Challa/Black Panther (Chadwick Boseman) o del divertidísimo Scott Lang/Ant-Man (Paul Rudd) —quien protagonizó a mi gusto la mejor cinta de Marvel junto con Guardianes de la Galaxia, porque son divertidas y distintas— son bastante acertadas. Por lo demás, no encontraremos una aportación mayor que la de una cinta más del género, que inicia in media res y termina dejando todos los cabos sueltos, con toda la intención de que esto solo sea un capítulo más dentro de la experiencia narrativa cada vez más amplia que pretenden ampliar, mostrándonos pedazos, trozos de tramas varias que buscan llenar todo un universo narrativo hasta donde se deje. Mientras sigan ganando dinero, qué duda cabe que lo seguirán haciendo y por el momento sus fans parecen satisfechos.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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¡Ave, César!

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Ethan Coen & Joel Coen
GUION Joel Coen & Ethan Coen
MÚSICA Carter Burwell
FOTOGRAFÍA Roger Deakins
REPARTO Josh Brolin, George Clooney, Scarlett Johansson, Alden Ehrenreich, Channing Tatum, Tilda Swinton, Ralph Fiennes, Jonah Hill, Frances McDormand, Alison Pill, Christopher Lambert, Wayne Knight

Un homenaje

Lo último de los hermanos Coen es una entretenida comedia negra, muy al estilo de su Burn After Reading, y que en este caso resulta todo un homenaje a la época dorada del cine de los grandes estudios en el Hollywood de los 1950’s, a través de una de las profesiones más peculiares de entonces: el fixer, un apagafuegos que como hombre de confianza del estudio tenía que resolver los muchos problemas que surgían en torno a las producciones y a las caprichosas estrellas de cine.

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En la trama, “¡Ave, César!” es el nombre de la última producción de la Capitol Pictures, y se trata de un péplum religioso al más puro estilo Ben-Hur, protagonizado por Baird Whitlock (George Clooney). Cuando Whitlock es secuestrado por un grupo de guionistas comunistas, pasa a ser un pendiente más en la lista de nuestro protagonista, Eddie Mannix (Josh Brolin), quien intenta ser un buen hombre de familia a la vez que lidia con embarazos no deseados de actrices caprichosas (Scarlett Johansson), directores de culto (Ralph Fiennes) en conflicto con actores de western (Alden Ehrenreich), periodistas intrigantes (Tilda Swinton) y un largo etcétera que permite incluir hasta una divertidísima escena musical al más puro estilo Cantando bajo la lluvia interpretada y bailada por Channing Tatum.

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De paso es toda una clase de cómo funcionaba la industria cinematográfica entonces. Todos los talentos —actores, directores, etc— eran empleados del estudio, que decidía no solo en qué películas intervendrían, sino cuál sería su imagen pública, con quién saldrían o se casarían. Y por lo mismo era responsable de todos ellos como una gran y extraña familia… salvo de los extras: no por nada son de los primeros que sospechan cuando su estrella es secuestrada.

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Aparece también la referencia a lo poco que se valoraba a los guionistas, y se representa a los comunistas de Hollywood que serían luego perseguidos por el macartismo; y todo en la narrativa ágil de los Cohen, que se dan el lujo de desarrollar a su personaje principal, su vida familiar, posibles ofertas de trabajo y hasta su catolicismo. Este, por cierto, está muy presente en la película: las constantes confesiones del protagonista, la imagen de apertura es un crucifijo en contrapicado y la trama de “¡Ave, César!” (la película dentro de la película) es sobre la conversión de un tribuno romano de la época de Jesús de Nazareth. Por cierto, es brillante la escena en que Mannix se sienta con los representantes de los principales credos de Estados Unidos (católicos, protestantes, judíos y ortodoxos) para que la película no resulte ofensiva para nadie. Hollywood ha cambiado mucho. Supongo.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Desierto

(2015) México
DIRECCIÓN Jonás Cuarón
GUION Jonás Cuarón y Mateo García
MÚSICA Woodkid
FOTOGRAFÍA Damián García
REPARTO Gael García Bernal, Jeffrey Dean Morgan, Alondra Hidalgo

Cacería humana

La ópera prima de Jonás Cuarón —si no contamos su película hecha a base de fotos y diálogos, Año uña (2007)—, hijo de Alfonso Cuarón y coguionista de Gravity, resulta una interesante sorpresa. Eso superada la tentación de pensar que esta película ha tenido cierta difusión y ha sido protagonizada por Gael García Bernal solamente porque Jonás es hijo de Alfonso Cuarón (uno de los ya influyentísimos three amigos de Hollywood, junto con Alejandro G. Iñárritu y Del Guillermo Del Toro; y que es productor de esta película junto con su hermano el también cineasta Carlos Cuarón), cosa que ciertamente le ayuda pero no debe demeritarle.

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Y es que Desierto tiene ciertas similitudes con la maravillosa Gravity, lo que solo puede hablar bien de ella. En primer lugar, la simplicidad —que no simpleza— de su argumento. Un grupo de inmigrantes ilegales mexicanos se disponen a cruzar la frontera atravesando el desierto, hasta que se ven obstaculizados por un gringo caza inmigrantes. Pocos personajes, un entorno en sí mismo amenazador (en Gravity el espacio, aquí el desierto) y, con todo, cierta exploración del alma humana, puntual pero certera. Pues aunque la trama sea simple no deja de ser aterradora y socialmente impactante: un ser humano deliberadamente cazando a otros. Todavía más impactante al saber que esos terribles actos se dan realmente en la frontera, y un testimonio muy elocuente en esta disparatada época de Donald Trumps.

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La premisa es bien tomada por Cuarón que la explota no como una película de denuncia, sino como un experimento lleno de ritmo, que como Gravity es casi una película de terror, que deja al espectador en una tensión máxima y al borde del asiento durante toda la película. Ayuda que el héroe —con todas las letras— sea interpretado por Gael García Bernal, que si no cumple del todo con el perfil del inmigrante mexicano promedio (ni por su físico ni por su modo de hablar), rápidamente se gana el favor del público con su interpretación de un personaje hábil y generoso a la vez. Quedemos, pues, pendientes de Jonás Cuarón que va demostrando de sobra que lo suyo no lo roba, lo hereda.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Brooklyn

(2015) Irlanda, Reino Unido
DIRECCIÓN John Crowley
GUION Nick Hornby, basado en la novela de Colm Tóibín
MÚSICA Michael Brook
FOTOGRAFÍA Yves Bélanguer
REPARTO Saoirse Ronan, Emory Cohen, Domhnall Gleeson, Jim Broadbent, Julie Walters

Tener un hogar

Unir la emoción del trabajo, del esfuerzo, de la aventura
y del camino hacia lo nuevo con el gozo y el descanso;
ser libres y estar seguros; arriesgar y ganar;
aventurarse y estar en casa -tener un hogar-:
aquel que sea capaz de realizar esa síntesis,
se puede decir que, en verdad, vive.

Rafael Alvira, Filosofía de la vida cotidiana

En el panorama actual de tantas películas pretenciosas -aunque no por eso malas- en las que si la experiencia visual no te tiene al borde del asiento parece no ser lo suficientemente buena, es una muy agradable experiencia la que otorga Brooklyn, una película emotiva y sutil, tan clásica como que aborda la persecución del sueño americano por parte de una joven irlandesa en los años cincuenta del siglo pasado.

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El tema de la película es la homesickness: nostalgia, añoranza del hogar, que no tiene una traducción en una palabra al castellano (en inglés es una sickness, una enfermedad que, como dicen en la película, «crees que te matará pero luego se pasa a alguien más y desaparece»); ese sentimiento tan humano que incluso el lenguaje lo quiere cercano:  decimos ‘extrañar’ en Hispanoamérica, mientras que en España resulta más adecuado hablar de ‘tener morriña’, por no mencionar el ‘saudade’ portugués… Todo el que haya salido solo de su país, desde una estancia académica hasta un cambio de rumbo vital definitivo, se sentirá identificado y profundamente conmovido con la historia de Eilis.

La producción es irlandesa-inglesa (europea, por tanto, lo suficientemente distanciada de Hollywood sin dejar de ser accesible) y la correcta dirección de John Crowley toma como materia prima una adaptación de una novela reciente del irlandés Colm Tóibín, hecha por Nick Hornby (quien escribiera el guion de An Education,  así como la novela About a Boy, en la que se inspiró la maravillosa película homónima del 2002) que dio lugar a un guion nominado al Oscar. Aunque quien lleva el peso es la fabulosa Saoirse Ronan, que con Brooklyn cosechó su segunda nominación al Premio de la Academia. Realmente da vida a una Eilis apocada al principio y siempre coherente, que encuentra el amor en el hijo de italianos Tony: un Emory Cohen con el que tiene una química capaz de atraparnos a pesar de que la trama no tenga demasiadas peripecias.

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En fin, sin ser una película extraordinaria (en el sentido de «fuera de lo ordinario», todo lo contrario), Brooklyn provoca la lagrimita y deja con corazón cálido una historia inspirada en la de tantos inmigrantes. Ojalá nos haga comprender solo un poco más la de tantas personas desplazadas de su hogar no el siglo pasado sino hoy mismo que, quizá con mucho más drama, también viajan con la esperanza de encontrar un hogar.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Todos los datos de Brooklyn