Blanca Nieves

Duelo femenino (y por qué no merece tanto odio)

El icónico primer largometraje (1937) de Walt Disney fue adaptado a una película live-action, generando una oleada de críticas negativas, más por asuntos externos a la película en sí, pero también por lo poco conseguida que supuestamente está. Y bueno, partiendo de lo innecesarias que son estas adaptaciones de Disney —que sin embargo son negocio— no lo tenían nada fácil. Por un lado, la princesa protagonista Blanca Nieves es en la cinta original un personaje femenino con poca agencia propia, damisela en apuros, envidiada por su belleza, que es resucitada por un beso de amor de un príncipe al que había visto una vez en su vida. De nuevo, puestos a actualizar esta historia, había que hacer varios ajustes. Y vaya que se hicieron.

En esta versión, escrita por Erin Cressida Wilson (La chica del tren) y dirigida por Marc Webb (500 días con ella y la segunda trilogía de Spiderman), Blancanieves (Rachel Zegler) es una princesa valiente, con personalidad propia, formada por sus padres para servir a su reino con generosidad, antes de la muerte de su madre y la aparición de su madrastra y posterior Reina malvada (Gal Gadot). Por otro lado, no hay príncipe, pero sí un interés amoroso en la figura de un ladrón pícaro pero noble (Andrew Burnap), un Robin Hood que roba en nombre del aclamado rey desaparecido, y que tiene con Blanca Nieves una relación que pasa del rechazo al enamoramiento.

Han sido polémicos también los famosos siete enanitos, primero por desaparecer del título, pero sobre todo por ser generados por computadora, con afán de ser más parecidos a los de la versión animada. Sin embargo, la cinta deja claro que no son humanos con enanismo, sino criaturas mágicas del bosque con más de 200 años de edad. De hecho se hace hincapié en esto al incluir personas con enanismo entre los otros personajes. Suma a eso que quien hace la voz de uno de ellos, Grumpy (Gruñón), sea un actor con enanismo, Martin Klebba. Pero ciertamente al lado de los humanos estos personajes tienen un aire un poco extraño. Eso sí, el arco de personaje de Dopey (en español Tontín) está muy conseguido y el adorable personaje roba buena parte de la película.

Sin duda alguna, lo mejor de esta versión son las canciones. Y no es de extrañar, pues son obra de Benj Pasek y Justin Paul, autores de las canciones de La La Land, El Gran Showman y el musical Dear Evan Hansen; y se incluyen también algunas de las canciones más emblemáticas de la cinta original, entre ellos el famoso «Heigh-Ho» de los enanos, que aquí es toda una secuencia de acción. En ese sentido musical es acertado el casting —por otro lado muy criticado— de Rachel Zegler (West Side Story) que canta maravillosamente, aunque su tez morena por su ascendencia colombiana no coincida con la «Blanca Nieves» del cuento (el guion explica con astucia que fue llamada así por nacer en una noche nevada). No puede decirse lo mismo de la voz de canto de Gal Gadot (por si acaso, Wonder Woman), y en general su interpretación deja que desear, aunque su belleza la hace una Reina malvada en principio adecuada.

El siempre insatisfecho público suele criticar estas cintas que se rehacen en live-action tanto si se parecen demasiado al original, es decir un calco (como El Rey León), como si buscan cambiar, como ésta. Lo cierto es que siguen siendo un gran negocio para Disney, con menos riesgo que apostar por algo original. Y si bien esta Blanca Nieves no es excepcional —no podía serlo, y hay algo extraño en su diseño del mundo donde ocurre que hace que se sienta falso—, tampoco es la pésima película que sus bochornosas calificaciones en las páginas y aplicaciones de referencia harían pensar (actualmente 1.9 sobre 10 tanto en IMDB, como en Letterboxd). Más bien terminó por ser víctima de la confrontación de los perfiles públicos de las dos actrices protagonistas, con imprudentes declaraciones que llegaron hasta a enfrentar sus posturas sobre el conflicto en Gaza. ¿Pero qué acaso esta historia no se trata en el fondo de dos mujeres enfrentadas?

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Marc Webb
GUION Erin Cressida Wilson
MÚSICA Jeff Morrow CANCIONES Benj Pasek & Justin Paul
FOTOGRAFÍA Mandy Walker
REPARTO Rachel Zegler, Gal Gadot, Andrew Burnap, Andrew Barth Feldman, Jeremy Swift, Tituss Burgess, Martin Klebba, Jason Kravits, George Salazar, Andy Grotelueschen, Ansu Kabia

El esquema fenicio

Wes Anderson entre finanzas y teología

Zsa-Zsa Korda (Benicio del Toro) es un poderoso magnate centroeuropeo, odiado por todos los países libres por su éxito moralmente desaprensivo en los negocios, que tras sobrevivir a su enésimo intento de asesinato —acompañado de una experiencia mística— decide dos cosas. Llevar a cabo una importante obra de infraestructura que será su legado en el país de Fenicia. Y hacerlo con la anuencia y acompañamiento de su única hija mujer, Liesl (Mia Threapleton, hija de la actriz Kate Winslet), quien tras años alejada de su padre se dispone a tomar el hábito como monja. Y como puede saberse desde la imagen inicial, estamos ante la película 12 de Wes Anderson.

El director texano nunca hace una mala película, pero a veces deja qué desear. En sus primeras cintas transmitía verdades como puños a través de su estética artificial y de personajes de lo más raros, pero con gran fuerza emocional. Últimamente se ha vuelto rebuscado en sus estructuras narrativas —piénsese en los episodios de revista de los que constó The French Dispatch o el complicado juego intrateatral de Asteroid City— y en sus tramas, como en este caso. Situada a mediados del siglo XX como sus últimas dos películas, ésta podría contar la historia de reencuentro entre padre e hija; o la conversión de un hombre sin escrúpulos, un Ciudadano Kane que es llamado por Dios al final de sus días. Y aunque sí lo hace, cuenta también y sobre todo el complicado «esquema fenicio» con el que el protagonista pretende cubrir financieramente su proyecto industrial, donde se describen porcentajes (incluso en pantalla) y se hacen negociaciones con distintos personajes que van desde un dúo de empresarios basquetbolistas —Tom Hanks y Bryan Cranston en papeles marginales que sólo harían para Wes Anderson—, un francés con un club nocturno marroquí (Mathieu Amalric), un capitán de barco y jefe sindicalista (Jeffrey Wright), la prima del protagonista que administra una especie de kibutz en el desierto (Scarlett Johansson) y finalmente su hermano, némesis y villano, el tío Nubar (Benedict Cumberbatch).

Afortunadamente, quienes más aparecen en pantalla son el trío protagonista: la joven Liesl, con su cofia, velo y hábito de monja que rodean su rostro (maquillado eso sí) casi siempre inexpresivo, en la línea de las serias jóvenes bellas del cine de Wes Anderson, como Gwyneth Paltrow en The Royal Tenenbaums o Kara Hayward en Moonrise Kindgom. Su enamorado será el muy peculiar Bjorn (divertidísimo Michael Cera), un tutor noruego experto en insectos que termina enredado en el esquema fenicio con padre e hija. Y por supuesto el protagonista Zsa-Zsa, otro arquetipo del cine de Anderson, el padre de familia que ha fracasado como tal, el hombre maduro respetado en su medio pero odiado al interior de su casa, como Royal Tenenbaum o Steve Zissou, quien sostiene realmente la película y es interpretado soberbiamente por Benicio del Toro.

A la banda sonora de Alexandre Desplat, colaborador habitual del director, se suman varias piezas de Stravinsky que logran la atmósfera adecuada de la película, si bien no hay momentos tan logrados emocionalmente. El habitual director de fotografía Robert Yeoman esta vez es sustituido por el no menos experimentado Bruno Delbonnel, lo cual tampoco hace especial diferencia cuando el estilo de la imagen del director es tan marcado y colorido. Sin embargo, como hizo en sus últimas dos películas, aquí también incluye escenas en blanco y negro. A saber, las de las visiones celestiales del protagonista, que evocan el cine de Dreyer, y en las que personajes con los rostros de Willem Dafoe o de Bill Murray —que por supuesto interpreta a Dios— van a juzgar la vida del personaje.

Es en este sentido, entre otros, que figura y mucho el catolicismo en la película. Y, en efecto, Wes Anderson es católico, aunque claramente usa este elemento como algo ornamental e incluso cómico, sin llegar a ser irrespetuoso. Sin embargo, Liesl sí se muestra convencida de entrar al convento, y si acepta colaborar en el negocio de su padre es «para hacer el bien a muchos». La redención moral del protagonista va unida también a una conversión religiosa, a la par que se nos van mostrando sus interacciones con el más allá, en las que es encontrado en falta. Aunque quizá al final podría decir como Zaqueo en Lucas 19:18, «la mitad de mis bienes daré a los pobres, y si en algo he defraudado a alguien, se lo restituiré cuadruplicado».

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Wes Anderson
GUION Wes Anderson & Roman Coppola
MÚSICA Alexandre Desplat
FOTOGRAFÍA Bruno Delbonnel
REPARTO Benicio del Toro, Mia Threapleton, Michael Cera, Benedict Cumberbatch, Steve Park, Tom Hanks, Bryan Cranston, Scarlett Johansson, Jeffrey Wright, Rupert Friend, Bill Murray, F. Murray Abraham, Willem Dafoe, Charlotte Gainsbourg, Riz Ahmed, Mathieu Amalric, Richard Ayoade, Hope Davis

Misión Imposible: Sentencia Final

Una última vez

Quizá sea esta la saga de acción más exitosa de la historia, desde luego lo es del siglo XXI hasta ahora. Porque si bien se podría argumentar que las películas del agente 007 son más importantes y casi un género en sí mismas, las de Misión: Imposible tienen además un único protagonista cuya cara y arriesgadas piruetas se han vuelto sinónimo de la serie: Tom Cruise. Y así, con casi 30 años entre la primera película y ésta, parece que llegamos al final de las aventuras del agente Ethan Hunt, que por otro lado han evolucionado en su estilo cinematográfico, más allá de las claves de la historia tomadas de la serie televisiva original: un equipo de élite, dispuestos a operar sin reconocimiento de su gobierno, que tienen una misión «si deciden aceptarla» y, por supuesto, la icónica melodía de la banda sonora.

En la primera película (1996) predominó el estilo del director Brian de Palma, con sus planos poco convencionales en una trama de traición que ocurre en una oscura Praga. La segunda entrega (2000) vino cargada de acción a cargo del cineasta chino John Woo. La tercera (2006), dirigida por J.J. Abrams, incrementa la acción pero también las consecuencias personales para el personaje principal. Brad Bird dirigió la cuarta entrega (2011) con todos los elementos, más acción y viajes por el mundo, y una carga cómica expandiendo el personaje de Benji interpretado por el comediante Simon Pegg. Ahora bien, las últimas cuatro entregas, incluida esta última, han sido dirigidas por Christopher McQuarrie, con quien Tom Cruise se entiende bien, y que ha conseguido dominar lo que busca el género de estas películas: mucho entretenimiento sano, con una trama mínimamente plausible, contenido inofensivo para un público amplio, y ser vehículo de lucimiento de Tom Cruise.

Esta entrega es continuación directa de la trama de la película anterior (que de hecho se anunció como su Parte 1). La humanidad está amenazada por la Entidad, una inteligencia artificial que ha ido tomando el control de los distintos armamentos nucleares de las potencias mundiales con el objetivo de destruir a la raza humana. Sólo pueden detenerla, por supuesto, Ethan Hunt y su equipo, al margen del tenso cuarto de guerra en el que la Presidente de los Estados Unidos (Angela Bassett) protagoniza fuertes dilemas morales. Por cierto que la naturaleza de un enemigo como la inteligencia artificial da pie a algunas reflexiones filosóficas y referencias casi teológicas que la cinta no evade, además de recordar la importancia del sacrificio por el bien común, «por aquellos que no conocemos». Por supuesto, no faltan las escenas de peligro extremo —filmadas por el propio Cruise como es sabido—, en este caso a muchos metros bajo el agua en un submarino y a muchos metros sobre la tierra en un aeroplano, demostrando que está en plena forma, hasta el punto de que algunas de estas escenas las hace en calzoncillos.

Con sabor de cierre, se retoma el legado de las anteriores siete películas de la saga, tanto con un montaje inicial como con personajes y elementos de la trama hábilmente recuperados, incluido el agente William Donloe (Rolf Saxon), aquel célebremente burlado en la escena más icónica de la primera Misión: Imposible, y que aquí tiene un papel hasta relevante. Se suman los personajes conocidos como el ya entrañable Luther (Ving Rhames) o el simpático Benji (Simon Pegg) y unos papeles breves de actores de moda en la pantalla chica como Hannah Waddingham (Ted Lasso) o Tramell Tillman (Severance). En fin, aplauso de pie para Tom Cruise, la estrella de cine por antonomasia, que se ha empeñado en mantener el cine en pantalla grande (incluso en IMAX, como se filmó esta cinta) brindando un espectáculo en toda regla.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Christopher McQuarrie
GUION Erik Jendresen & Christopher McQuarrie basados en la serie de TV de Bruce Geller
MÚSICA Max Aruj & Alfie Godfrey
FOTOGRAFÍA Fraser Taggart
REPARTO Tom Cruise, Hayley Atwell, Esai Morales, Henry Czerny, Pom Klementieff, Ving Rhames, Simon Pegg, Shea Whigham, Greg Tarzan Davis, Angela Bassett, Nick Offerman, Rolf Saxon, Lucy Tulugarjuk, Hannah Waddingham, Tramell Tillman

Mickey 17

Desechable

El director coreano Bong Joon Ho —coronado por Hollywood en 2020 al hacer historia cuando su Parásitos fue la primer película en lengua no inglesa en ganar el Óscar a Mejor película— vuelve con una cinta más en la línea de sus anteriores trabajos: una sátira ubicada en un universo de ciencia ficción, con claras críticas al capitalismo y buenas dosis de acción. A quien no lo conociera de antes podría sorprenderle la presencia de criaturas espeluznantes y al mismo tiempo tiernas, efectos visuales de gran escala, o personajes caricaturizados hasta decir basta. Pero si bien Bong Joon Ho logró tamizar su estilo lo suficiente en la tragedia realista que le valió el Óscar, uno siempre vuelve a donde fue feliz, y claramente el coreano lo es en las farsas de ciencia ficción como ésta.

En un futuro distópico —como el de Wall-E, Children of Men, Interstellar y tantas otras—, el planeta está en ruinas y una expedición ha abandonado la Tierra esperando encontrar un porvenir mejor en otro planeta, dirigidos por el político fracasado y oportunista Kenneth Marshall (Mark Ruffalo) y su esposa (Toni Collette). Entre la tripulación, en lo más bajo de la pirámide social, está Mickey Barnes (Robert Pattinson), quien huyendo de unos violentos gángsters a quienes debe dinero, se apuntó para ser «expendable«: un ser humano dispuesto a morir y a volver a ser «impreso» las veces necesarias. Así hasta llegar al ejemplar 17, nuestro Mickey protagonista.

Una vez aceptadas las reglas de la trama, la película de Bong Joon Ho es divertida, reflexiva e incluso conmovedora. Como un nuevo Chaplin en un nuevo Tiempos modernos —aquella crítica magistral al capitalismo desde la comedia tierna—, el personaje en el que Pattinson se transforma es ingenuo, bondadoso, tonto, hasta desesperante, pero noble. Con claras referencias a Trump en el personaje de Mark Ruffalo, quien hasta imita su forma de hablar, la película se cuida de no caer en lo demasiado específico para mantenerse más universal, aunque sin perder su tono de farsa. Sin ser perfecta, varias veces cae en lo vulgar y le sobran minutos al final, pero es lo suficientemente entretenida así como importante en su mensaje: cada persona es valiosa por sí misma.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Bong Joon Ho
GUION Bong Joon Ho basado en la novela de Edward Ashton
MÚSICA Jung Jae-il
FOTOGRAFÍA Darius Khondji
REPARTO Robert Pattinson, Steven Yeun, Mark Ruffalo, Toni Collette, Naomi Ackie, Anamaria Vartolomei

Anora

Cenicienta ocasional

Ani (diminutivo de Anora) es una joven prostituta que trabaja en un club nocturno en Nueva York. Un día, tiene como cliente a Vanya, un jovencito ruso (más bien un niño, en todo menos en la edad legal de sus 21 años) que se va prendando de ella de encuentro en encuentro, hasta el punto de pedirle casarse con ella en Las Vegas. El problema es que Vanya es hijo de un poderoso oligarca ruso que, al enterarse de la ocurrencia de su hijo, decide enviar a sus hombres a arreglar el entuerto.

La última película de Sean Baker, carismático cineasta indie neoyorkino, volcado en mostrar de forma positiva a quienes viven en los márgenes de la sociedad estadounidense, no es su mejor obra ni de lejos. Esa sería The Florida Project (2017), que muestra de forma entrañable las aventuras de una niña pequeña «criada» por su madre en un motel californiano. Antes había hecho Tangerine (2015), sobre una prostituta en busca de un proxeneta, y después hizo Red Rocket (2021) sobre un actor porno que regresa a su ciudad natal.

Esta vez, con Anora, parte de una premisa bastante simple (la de la mujer nocturna cuya vida puede cambiar completamente en un momento, una Cenicienta de oficio más audaz digamos) y que, aunque con algunos momentos bien logrados y otros divertidos, no termina de despegar. Tras un primer acto endulzado por el «enamoramiento» de Ani y Vanya (sólo los vemos tener sexo y bromear, eso sí con mucha química), el segundo acto se desborda en el conflicto con los rusos opacando el conflicto principal (el de la protagonista). Divertido un rato, se vuelve repetitivo con todos los gritos de Anora y los tontos personajes rusos de caricatura (salvo el que es más comprensivo, un respiro en esta historia). El tercer acto es predecible y tampoco termina de decir algo claro.

Si bien Ani (no le gusta Anora) es la protagonista, tampoco sabemos nada de ella: ni de su contexto, ni de su historia, ni de por qué hace lo que hace. El director dice querer dignificar a las trabajadoras sexuales, pero no hay ni un ápice de denuncia de lo que puede ser una vida dura. En ese sentido, sólo el último plano de la película se siente real. Y es tremendamente triste. (Y por qué esta película ganó 5 Oscars —Mejor película (!), Mejor actriz, Mejor director, Mejor guion y Mejor edición— es algo que para mí no tiene explicación, al menos no una explicación cinematográfica).

(2024) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Sean Baker
MÚSICA Joseph Capalbo
FOTOGRAFÍA Drew Daniels
REPARTO Mikey Madison, Mark Eydelshteyn, Yura Borisov, Karren Karagulian, Vache Tovmasyan, Darya Ekamasova

Aún estoy aquí

No olvidar

Río de Janeiro, Brasil, 1970. Dictadura militar. La familia Paiva vive tranquilamente en una casa muy cerca de la playa. El cariñoso padre de familia es Rubens Paiva, ingeniero y ex diputado, aunque esto la película lo dirá después. Cinco hijos, entre adolescentes y niños, corretean entre la playa, la casa y las calles de Río: cuatro chicas y un chico, la más grande en edad de ir a la universidad, la más pequeña mudando dientes. Pero el verdadero y discreto sostén de este hogar —como suele suceder— es la madre, Eunice. Alegre. Dedicada. Serena. Valiente. Un roble. Lo que demuestra cuando, un mal día, su marido es arrestado por el régimen.

Mi primera impresión al saber de la existencia de esta película —hoy nominada a 3 Oscares: Mejor película, Mejor película extranjera y Mejor actriz— fue pensar en la preciosa película Central do Brasil de 1998, por lo que ofrecía de una historia poderosa y cercana, y por el rostro de la que parecía la misma actriz. Tras descartar la asociación por mi limitado conocimiento del cine brasileiro, luego resultó no estar tan lejos, no porque la actriz no hubiera cambiado en casi 30 años, sino porque se trata de su hija. Y porque la película, por supuesto, es del director Walter Salles quien ahora regresa tras 16 años sin haber estrenado un largometraje de ficción.

Esta película parte de las memorias del hijo de los Paiva, y recorre su historia familiar, centrada en el personaje de su madre, Eunice, y su experiencia en torno y a partir del arresto de su esposo y el suyo propio. Más allá de la evidente reivindicación política de la trama, el guion y la dirección insertan al espectador en la dinámica de esta familia, hasta al punto de llegar a conocerlos a cada uno, de sentirse parte, en las buenas y en las malas. Las actuaciones son esenciales en ese sentido, destacando por supuesto el protagónico de Fernanda Torres, imponente en pantalla, una mulier fortis que atraviesa todas las emociones frente a la cámara. El cameo de su madre al final es un bello homenaje a estas dos brasileñas nominadas al Oscar.

(2024) Brasil
DIRECCIÓN Walter Salles
GUION Murilo Hauser y Heitor Lorega a partir del libro de Marcelo Rubens Paiva
MÚSICA Warren Ellis
FOTOGRAFÍA Adrian Teijido
REPARTO Fernanda Torres, Selton Mello, Valentina Herszage, Luiza Kosovski, Barbara Luz, Guilherme Silveira, Cora Mora, Fernanda Montenegro

Emilia Pérez

Papá por siempre

Empecemos por la trama. Manitas del Monte (sic) es un narcotraficante mexicano, líder de un poderoso cártel. A su mediana edad, casado y con dos hijos, decide llevar a cabo su gran deseo: ser mujer. Contrata a una abogada frustrada para que se encargue de todo: conseguirle las cirugías, fingir su muerte y reubicar a su familia. Esto es sólo la premisa. Cuatro años después, ahora convertido en Emilia Pérez, busca de nuevo a la abogada porque quiere volver a estar con sus hijos. Finge ser prima del difunto Manitas y rehace una vida con sus hijos y su esposa, quienes no lo reconocen. Conmovida por el drama de los desaparecidos por el narco en México, Emilia ahora lanza una fundación para apoyar esa causa. En el camino se enamora de una mujer que perdió a su esposo maltratador, con la que encuentra el amor. Sin embargo, los acontecimientos harán que Emilia pase de ser heroína a ser víctima, lo cual es todavía más «heroico». Por cierto, esto es un musical.

El audaz cineasta francés Jacques Audiard firma esta producción francesa ubicada en México, hablada y cantada en español, y con la desafiante premisa de un ex narco transexual. Hay que reconocer que es un planteamiento valiente y original, como son sus números musicales. Además, la protagonizan dos famosas actrices de Hollywood de ascendencia latina, Zoe Saldaña y Selena Gomez, y en el papel titular Karla Sofía Gascón, quien fuera el actor español José Carlos Gascón (inolvidable para el público mexicano por su papel de Peter Pintado en Nosotros los Nobles) y que ahora es una actriz transexual. Así, como concepto, el proyecto tiene todo lo que la cultura actual exige, y como tal está ya cosechando premios, imparable rumbo al Óscar.

Ahora bien, hay muchos problemas en ella. Uno de ellos es el idioma. Para los espectadores hispanohablantes, y mexicanos en concreto, salta inmediatamente lo extraño de las letras de las canciones (se intuye que escritas originalmente en francés) así como el acento de los personajes mexicanos interpretados por las angloparlantes Saldaña (neoyorkina de padres dominicanos) y Gomez (texana de abuelos mexicanos) y por Gascón (de España), que ninguna suena mexicana. En el estilo de musical recuerda positivamente a la reciente Annette aunque con interpretaciones menos entonadas y con canciones irrisorias como la que lleva por estribillo «vaginoplastia» repetido festivamente una y otra vez (aunque mi verso favorito sigue siendo: «yo y mis pompis mantecosas»).

En México la película ha sido duramente criticada —y de hecho Netflix, productora de la cinta, la estrenó primero en todo el mundo excepto en este país, quizá previendo el reclamo— por esta representación de México sin talento mexicano, pero sobre todo por la falta de tacto en el asunto de los desaparecidos por la violencia del narcotráfico. Efectivamente, en una época en que se han estrenado muchas películas duras y sinceras sobre los desaparecidos en México, esta cinta no sólo lo aborda superficialmente con un musical y desde fuera, sino que se atreve a mostrar como figura redentora a quien en realidad es uno de los principales responsables del problema. No soy experto, pero entiendo que la comunidad trans tampoco está muy contenta con la representación que hace esta historia.

Sus temas en este sentido son claros. Desde luego, la cuestión de género (changing the body changes society / changing society changes the soul / changing the soul changes society / changing society changes it all), así como la cuestión de la identidad (quién soy, no lo sé, soy lo que siento), ambas ligadas a un cambio «mágico» como es el concepto descaradamente ideologizado de que alguien por cambiar de sexo cambia de ser malo a ser bueno. En fin, ya ha quedado claro que esta historia y su interpretación se sienten bastante falsas, pero tomémosla en serio por un momento. Supongamos que un narcotraficante cambiara de identidad y escapara así de rendir cuentas por sus crímenes. ¿Eso es lo justo? Esta película plantea que es válido no asumir esa responsabilidad y que es heroico tomar la bandera del movimiento de búsqueda de desaparecidos. O pensemos en el personaje de la esposa de Manitas: su esposo finge su muerte y la abandona, para luego volver para estar con sus hijos pero sin decirle quién es, y posteriormente regañarla por su nueva vida amorosa, quitarle su dinero e intentar quitarle a sus hijos… Y este es el personaje ejemplar que la cinta idealiza. Ficción es ficción, sí, pero la buena ficción dice verdades, la mala ficción sabe a mentiras.

(2024) Francia
DIRECCIÓN Jacques Audiard
GUION Jacques Audiard, Thomas Bidegain, Léa Mysius y Nicolas Livecchi a partir de la novela de Boris Razon
MÚSICA Y CANCIONES Camille y Clément Ducol
FOTOGRAFÍA Paul Guilhaume
REPARTO Zoe Saldaña, Karla Sofía Gascón, Selena Gomez, Adriana Paz, Edgar Ramírez, Mark Ivanir

Cónclave

Fantasía de intrigas vaticanas

El centro de la Iglesia católica, con sus tradiciones multiseculares, ritos en latín y ropajes llamativos y uniformes, es una fuente atractiva para las narrativas audiovisuales. Más aún si va con elementos intrigantes de búsquedas de poder, como suele mostrarse desde Hollywood en las últimas décadas. Lo hemos visto, con distintos grados de fantasía, desde El Padrino III hasta El Código da Vinci. Cosa distinta hizo el director brasileño Fernando Meirelles en Los dos Papas, donde si bien con cierta caricaturización de los rasgos de Benedicto XVI y Francisco —inevitable al resumir dos perfiles humanos en un par de horas de película— logró un retrato muy humano de las máximas autoridades de la Iglesia, sin ser una película confesional ni mucho menos, más bien lo contrario. Pero era honesta. Cónclave, en cambio, cae de lleno en la ficción fantasiosa llena de todos los tópicos que uno podría esperar de una trama de intrigas vaticanas.

A partir de la muerte del Papa con que inicia la película, toda ella gira en torno al Cónclave que elegirá al siguiente Sumo Pontífice. La trama aprovecha el conocido procedimiento de que todos los cardenales quedan aislados del exterior durante los días de la elección, para desarrollar los acontecimientos que suceden dentro, donde se van desvelando todo tipo de secretos. Los implicados, sobra decirlo, son todos ambiciosos y hacen facciones y apoyos como en cualquier elección política. Poco a poco van saliendo sus trapos sucios, desde el que tuvo un amorío en el pasado ya siendo sacerdote y dejó un hijo por ahí, hasta el que transfirió ingentes cantidades de dinero a otros cardenales para que votaran por él, que por supuesto aceptaron.

El único de los cardenales que parece verdaderamente humilde y sensato es el protagonista, el Cardenal Lawrence, decano de los cardenales y como tal responsable máximo del Cónclave. Es interpretado por Ralph Fiennes cuyo rango actoral es de lo poco a salvar de la película. Por supuesto, se asume que el sentido común del espectador está con el ala liberal de cardenales que buscan que la Iglesia tenga esa postura, y el villano entre ellos es un italiano conservador que busca regresar a la Iglesia “a una época anterior” y a quien se muestra además intolerante con el Islam gracias a un atentado mal sembrado en la trama y que busca dotar de algo de acción a una película que se va volviendo aburrida entre cuchicheos de pasillos de mármol.

Con el pretexto del Cónclave a puerta cerrada, la cámara opta por permanecer en el interior, sin aprovechar en lo más mínimo las vistas romanas, ni siquiera la Capilla Sixtina donde ocurre buena parte de la trama, pero que se muestra muy poco. De paso se ahorran a los extras que esperan la elección del nuevo Papa, de forma que todo se reduce a un puñado de cardenales peleando por el poder y a las sumisas monjas que los atienden, encabezadas por una desaprovechada Isabella Rosellini. Poco importa, pero tampoco se molestaron en representar adecuadamente los elementos católicos de una película donde todo gira en torno a eso, y así, por ejemplo, la “homilía” clave del protagonista no sucede en una Misa sino en una conferencia (sin altar) para la que todos, eso sí, se revisten como para celebrar Misa porque qué vistosas se ven las tomas con todos los cardenales revestidos, y cuánto juego dan los montajes en que les ponen los ropajes litúrgicos. Y cuando uno piensa que se ha cubierto la lista de todos los tópicos liberales que se le critican a la Iglesia, llega el final que no contaré pero que es verdaderamente de risa. Y ahora vengan las nominaciones para darle visibilidad a una película que aplaude la ficción de que la Iglesia católica sea todo lo que los no católicos quieren que sea.

(2024) EE.UU.
DIRECCIÓN Edward Berger
GUION Peter Straughan basado en el libro de Robert Harris
MÚSICA Volker Bertelmann
FOTOGRAFÍA Stéphane Fontaine
REPARTO Ralph Fiennes, Stanley Tucci, John Lithgow, Sergio Castellitto, Isabella Rosellini, Lucian Msamati, Jacek Koman, Carlos Diehz

Wicked

Yo tan verde y tú tan rosa

Uno de los universos ficticios más populares del siglo XX (y XXI) es el mundo de Oz. En 1900, el estadounidense L. Frank Baum publicó la novela El Mago de Oz y publicaría hasta 14 libros que suceden en ese mundo (y a su muerte se continuaron hasta ser 40 libros, hoy que tanto se busca potencial de franquicias en las películas). Sin embargo, la primera historia del Mago de Oz marcaría la historia del cine al adaptarse en 1939 en la película homónima, dirigida por Victor Fleming y que impactó a los espectadores al estrenar la tecnología de Technicolor cuando Dorothy llega de su tierra de Kansas (en blanco y negro) al colorido mundo de Oz. Judy Garland (Dorothy) cantando Somewhere Over the Rainbow es un hito del cine y la película colocó a sus personajes en el imaginario colectivo. Entre ellos a la Malvada Bruja del Oeste, a la que Dorothy vence y que fue interpretada por Margaret Hamilton. El personaje se volvió uno de los villanos clásicos de la cultura, caracterizada con piel verde, nariz aguileña, vestido negro y puntiagudo sombrero que volaba en una escoba. Es a partir de este personaje que Gregory McGuire escribe en 1995 la novela Wicked, que cuenta el origen y la versión de esta bruja, a quien llama Elphaba Thropp, adelantándose a las hoy frecuentes revisiones de las historias desde la perspectiva de los villanos (desde Maléfica hasta Joker). Adaptando esta novela surge en 2003 el exitoso musical Wicked, con música de Stephen Schwartz y libreto de Winnie Holzman, que aún sigue presentándose de forma ininterrumpida en Broadway. Y es este musical con miles de fans el que ahora se adapta en dos películas (ésta es sólo la primera). Vaya expectativas, ¿no?

La historia (y canciones) de Wicked realmente se centran en la amistad de juventud entre la verde y rechazada Elphaba (futura Malvada Bruja del Oeste) y la rubia y popular Galinda (futura Glinda, la Bruja Buena del Norte). Quien esto escribe lamentablemente no ha visto el musical en teatro, por lo que no puede compartir la emoción de quienes acudieron a ver la película como un modo de revivir esa experiencia. Y la película como tal deja bastante que desear. Cynthia Erivo y Ariana Grande —Elphaba y Galinda respectivamente— destacan más bien por su increíble talento como cantantes y es en lo que se lucen (incluso cantaron en vivo al filmar, lo que no luce por el manejo de las tomas en edición y los necesarios efectos digitales), si bien Grande tiene buena vis cómica y su carácter de icono pop seguro atrajo más fans al cine. La protagónica Elphaba, en cambio, no ofrece elementos de simpatía —más por el guion que por la interpretación de Erivo— salvo el hecho de ser víctima por haber nacido verde… y estar muy orgullosa de ello, lo que se entiende por corrección política pero dificulta provocar empatía (y tampoco explica el flechazo que provoca en el Príncipe Fiyero, el galán de la historia).

El guion también desaprovecha los potenciales conflictos de fondo (la perversa estrategia política del Mago de Oz, por ejemplo, que es todo un manual de comunicación política maquiavélica, o el papel de la magia en este mundo) y se queda con las pinceladas básicas para centrarse en lo que interesa: el espectáculo. En esta línea va la elección del director, Jon M. Chu (Crazy Rich Asians, In The Heights), experto en tomas espectaculares de muchos bailarines coreografiados. Los números musicales son ciertamente buenos, pero hasta ahí. Quizá a eso responde también la elección de un reparto de personas en sus treintas que interpretan a jóvenes universitarios (es en Shiz, la universidad de Oz, donde se conocen los personajes y transcurren los primeros dos actos, si bien es de las peores representaciones de una universidad que he visto). La fotografía de Alice Brooks acompaña al estilo teatral de Chu pero no evade el tono grisáceo del cine contemporáneo que tanto opaca los colores que hicieron famoso al mundo de Oz en la era del Technicolor. Pero bueno, hoy Hollywood le apuesta a productos conocidos y seguros como éste y los 527 millones de dólares que ya recaudó le dan la razón. El verde en la piel puede ser repelente, pero en los dólares no tanto.

(2024) EE.UU.
DIRECCIÓN Jon M. Chu
GUION Winnie Holzman y Dana Fox a partir del libreto de Winnie Holzman a partir de la novela de Gregory Maguire a partir de los personajes de L. Frank Baum
MÚSICA Stephen Schwartz y John Powell
FOTOGRAFÍA Alice Brooks
REPARTO Cynthia Erivo, Ariana Grande, Michelle Yeoh, Jeff Goldblum, Jonathan Bailey, Peter Dinklage, Marissa Bode, Bowen Yang, Bronwyn James

Gladiator II

Más fuerza y honor

Hace 24 años, en un momento particularmente bueno del cine, se estrenó Gladiador y pronto adquirió el estatus de clásico. Una historia de honor y venganza. Un personaje noble injustamente degradado que debe luchar por su vida. El destino de un imperio en juego, que ha caído en manos de alguien sediento de poder, y quienes conjuran para liberarlo. Grandes escenas de acción, desde batallas entre ejércitos hasta peleas cuerpo a cuerpo. Todo en el contexto de un mundo atractivo que es el Imperio Romano en su esplendor. Y me detengo en todas estas características porque son las mismas que tiene esta secuela que consigue trasladar esos mismos elementos a una nueva historia que permite la experiencia a las nuevas generaciones.

Los mismos 24 años han pasado en la trama. Gobiernan Roma los jóvenes emperadores gemelos Geta y Caracalla, tan insensatos como ebrios de poder. El imperio se extiende gracias a las habilidades del noble General Acacius (Pedro Pascal), ahora esposo de Lucila (Connie Nielsen), la hija de Marco Aurelio a quien conocemos de la primera película. El protagonista, Hanno (Paul Mescal), es esclavizado por los romanos y convertido en gladiador bajo el control de Macrinus (Denzel Washington). En Roma se reencuentra con su pasado y descubre su destino.

El ya octogenario Ridley Scott sigue dirigiendo películas a un ritmo envidiable. En los últimos años ha estrenado El último duelo, House of Gucci, Napoleón, ahora Gladiador II y tiene al menos otros 5 proyectos en marcha. Eso podría poner en riesgo la calidad de sus películas, y más en algo tan esperado como la secuela de Gladiador (y tan complicado por la muerte del protagonista en la primera película). Sin embargo, cumple de sobra, e incluso aumenta la dosis en lo espectacular de las escenas de acción: los gladiadores luchan esta vez contra animales, incluido un rinoceronte y tiburones en una recreación de las célebres naumaquias en el Coliseo inundado para la ocasión.

Otra concesión al gran público, para el que va destinada esta película, es la aparición de un reparto de estrellas. Paul Mescal (lanzado a la fama por la cinta intimista e independiente Aftersun) es el protagonista, en un papel que demanda carácter, un contenido carisma, emotividad y una tremenda preparación física. Pedro Pascal, también en la cima de su carrera, es la otra figura de acción, heroico antagonista. En el lado de los villanos está un excelente Denzel Washington, como no podía ser menos, y las jóvenes estrellas de la pantalla chica Joseph Quinn (Stranger Things) y Fred Hechinger (The White Lotus) como los emperadores. Y vuelven aquellos personajes de la primera parte que quedaron vivos. Una digna secuela, que ya es mucho decir, que pone de relieve valores que parecen cada vez más diluidos con la sociedad líquida, como son la lealtad, el sacrificio, la preocupación por el buen gobierno, el honor y la gloria más allá de esta vida.

(2024) EE.UU.
DIRECCIÓN Ridley Scott
GUION David Scarpa con historia de David Scarpa y Peter Craig basados en personajes de David Franzoni
MÚSICA Harry Gregson-Williams
FOTOGRAFÍA John Mathieson
REPARTO Paul Mescal, Pedro Pascal, Denzel Washington, Connie Nielsen, Joseph Quinn, Fred Hechinger, Yuval Gonen, Tim McInnerny, Alexander Karim