Uncut Gems

(2019) EE.UU.
DIRECCIÓN Josh & Benny Safdie
GUIÓN Ronald Bronstein y Josh & Benny Safdie
MÚSICA Daniel Lopatin
FOTOGRAFÍA Darius Khondji
REPARTO Adam Sandler, Julia Fox, Idina Menzel, LaKeith Stanfield, Eric Bogosian, Kevin Garnett, Judd Hirsch, Tilda Swinton

Ícaro de joyas

La avaricia es una de las pasiones que con más fuerza hemos visto arrastrar a los personajes en pantalla. Desde el clásico de cine mudo de Eric von Stroheim que llevaba precisamente ese nombre, Avaricia (1924), hasta esta película de los hermanos Safdie protagonizada por Adam Sandler que es como un golpe contundente. En Nueva York, un joyero judío consigue un valioso ópalo que pretende subastar a la vez que intenta resolver sus múltiples problemas personales y de negocios. A partir de esa premisa los acontecimientos se desencadenan teniendo al espectador al borde del asiento.

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Financiada por la productora indie A24, en su estilo es similar a la reciente Good Time (2017) de los mismos directores, pues explora personajes urbanos con vidas turbulentas. El eje de la película es la actuación de Adam Sandler, quien se sale de su línea cómica con una calidad de interpretación como no se la había visto desde Punch-Drunk Love (2002) para dar vida a un comerciante tan hábil como insaciable, problemático a niveles patológicos, infiel y acelerado. Un Ícaro imprudente que quiere volar cada vez más cerca del sol. La fotografía del veterano iraní Darius Khondji, estéticamente saturada, da un toque eléctrico al ambiente neoyorkino. Sin embargo, lo que la da a la película una personalidad única es la sugerente musicalización de Daniel Lopatin, músico experimental también conocido como Oneohtrix Point Never, que mezcla sintetizadores con voces casi tribales de un modo alucinante e inesperado.

UNCUT GEMS

La complicación de la trama y la imprudencia del protagonista provocan una ansiedad creciente en el espectador, que culmina en un final emblemático. Sin ser ejemplar ni mucho menos, desde luego da qué pensar sobre lo que puede ser el móvil de la acción de un ser humano, sobre todo cuando no hay en él reflexión alguna, como claramente es el caso. Los Safdie lo plasman con un estilo original y cautivador, permitiendo que Adam Sandler se luzca en un personaje caótico y trágico. Con las advertencias dichas, vale toda la pena.

 

Oscars 2020

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Otras nominaciones:

Los dos papas (Mejor guion original, Mejor actor, Mejor actor de reparto)
El faro (Mejor fotografía)
Ad Astra (Mejor mezcla de sonido)
Star Wars: El ascenso de Skywalker (Mejor música, Mejores efectos visuales, Mejor edición de sonido)
Toy Story 4 (Mejor película animada, Mejor canción)
El Rey León (Mejores efectos visuales)
Avengers: Endgame (Mejores efectos visuales)

 

Mujercitas

(2019) EE.UU.
DIRECCIÓN Greta Gerwig
GUIÓN Greta Gerwig basada en la novela de Louisa May Alcott
MÚSICA Alexandre Desplat
FOTOGRAFÍA Yorick Le Saux
REPARTO Saoirse Ronan, Emma Watson, Florence Pugh, Eliza Scanlen, Timothée Chalamet, Laura Dern, Meryl Streep, Chris Cooper, Tracy Letts, Bob Odenkirk

Mirada fresca a un clásico

La cuarta adaptación cinematográfica de la novela cúspide de Louisa May Alcott llega en un momento histórico interesantísimo. Efectivamente, en plena época del empoderamiento femenino podría ser dudosa la conveniencia de otra adaptación de Mujercitas que, además de su título poco empoderador, muestra a sus protagonistas femeninas en circunstancias de clara desventaja. Sin embargo, resulta determinante que esta versión venga de la mano de Greta Gerwig, quien fuera nominada al Oscar a Mejor directora por la primera película que dirigió en solitario, Lady Bird (mi crítica aquí), que tenía un tono autobiográfico del mismo modo que Mujercitas lo tenía de su autora Alcott.

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Jo March es la mayor de cuatro hermanas, que ha crecido luchando por su sueño de ser escritora y entre las tensiones de la época que demandan que forme una familia y las tensiones románticas con su vecino millonario Laurie. Cuando su padre marcha a la guerra, Jo intentará apoyar económicamente a su familia desde Nueva York. El guion, adaptado por la misma Gerwig —por la que está nominada al Oscar—, divide la historia en dos planos temporales, por lo que Jo empieza en Nueva York intentando publicar y vamos conociendo su vida anterior a modo de flashbacks entrelazados. La recreación de la época es brillante en su vestuario y el diseño de producción, con una dirección de fotografía que se inspira en la pintura victoriana y en la pintura de Sorolla —esas escenas de playa— y una musicalización ideal de la mano del infalible Alexandre Desplat.

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Si bien la trama sigue sobre todo a Jo, es una película coral que hace lucir los rasgos de cada una de sus protagonistas, con un reparto de primera. Saoirse Ronan —que a sus 25 años ha recibido por esta interpretación su cuarta nominación al Oscar, la anterior protagonizando Lady Bird— es una Jo tan apasionada como decidida y a ratos confundida. Emma Watson es Meg, la mayor, que defiende la validez de sus sueños, aunque estos sean más tradicionales, como formar una familia. Florence Pugh, excelente y también nominada, es la ambiciosa Amy, que funciona como rival de Jo sin dejar por eso de ser su hermana. Eliza Scanlen es la tímida Beth, talentosa en el piano y que une a las hermanas en torno a su inocencia. A las hermanas se añaden actrices de la talla de Meryl Streep, que interpreta a la tía solterona, y Laura Dern —que este año destacó también en Marriage Story, dirigida por Noah Baumbach, pareja de Gerwig— como la madre generosa y bondadosa que ha formado a las cuatro hermanas. La aportación masculina viene sobre todo por Timothée Chalamet, que clava al alocado y enamoradizo señorito Laurie.

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La versión de Gerwig es pues totalmente actual, y no por incorporar elementos anacrónicos —como hicieran Sofia Coppola en su María Antonieta (2006) o Yorgos Lanthimos en La favorita (2018)— sino por el modo honesto y sincero con que retrata a sus protagonistas femeninas, con una sensibilidad de nuestro tiempo que a la vez es del todo fiel al texto de Alcott, ella misma feminista y que supo hacer destacar a la mujer en su época por lo que es y no por intentar ser imitadora del varón.

Jojo Rabbit

(2019) EE.UU.
DIRECCIÓN Taika Waititi
GUIÓN Taika Waititi basado en la novela Caging Skies de Christine Leunens
MÚSICA Michael Giacchino
FOTOGRAFÍA Mihai Malaimare Jr.
REPARTO Roman Griffin Davis, Thomasin McKenzie, Scarlett Johansson, Taika Waititi, Sam Rockwell, Stephen Merchant, Rebel Wilson, Alfie Allen, Archie Yates

Los niños de la guerra

Son los últimos meses del Tercer Reich. Jojo es un niño de diez años, ingenuo y entusiasta, que pertenece a las Juventudes Hitlerianas. Su fanatismo es tal que tiene como amigo imaginario al mismísimo Führer. Desde que su padre se marchó al frente vive solo con su madre, y un día descubre que en su propia casa esconden a una niña judía. Esta excelente película, una sátira sobre la guerra, el adoctrinamiento de los totalitarismos y la inocencia de la infancia, funciona como una comedia disparatada sin que esto le estorbe —más bien al contrario— para ser crítica y muy emotiva.

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El proyecto es del director, productor, guionista y actor de comedia Taika Waititi. Su peculiar nombre revela su origen maori-neozelandés y además es de religión judía. Tras hacer varias películas en su país, entre ellas el desternillante falso documental What We Do In The Shadows y la divertida Hunt for the Wilderpeople (mi crítica aquí), triunfó en Hollywood dirigiendo Thor: Ragnarok, a la que le dio su original toque cómico. En esta película adapta libremente la novela Caging Skies —sobre un chico alemán que se enamora de una chica judía a quien esconde su familia, y a quien le miente sobre el desenlace de la guerra para no perderla— y la convierte en una comedia muy de su estilo, incluso reservándose el rol del Hitler imaginario para él mismo.

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A pesar del tema bélico, la película tiene una estética colorida y alegre a lo Wes Anderson que acompaña al tono cómico, con una cuidadosa recreación de trajes y el entorno de la época. Contribuye a la ambientación la música de Michael Giacchino (Up, Coco, Los Increíbles) a la que se suman canciones de la época y varios covers de hits del pop traducidos al alemán. Los personajes principales son interpretados por un reparto bien elegido que incluye a Sam Rockwell como un oficial nazi borrachín, Rebel Wilson como una nazi fanática de pocas luces, o a Stephen Merchant como un burócrata de la Gestapo. Sin embargo, quienes más destacan son el propio Waititi con su divertida ridiculización de Hitler, Scarlett Johansson (nominada al Oscar por este papel) como la auténtica heroína de la película, a la vez madre coraje y soñadora feliz; y el pequeño, talentoso y tierno Roman Griffin Davis, sobre quien pivota toda la película. Archie Yates, otro joven actor, interpreta al amigo gordito de Jojo en momentos muy divertidos y Thomasin McKenzie a la adolescente judía Elsa.

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Si bien abundan las películas en torno a la Alemania de la Segunda Guerra Mundial —esta que nos ocupa tiene incluso muchos elementos en común con el filme neorrealista de Rosellini Alemania año cero (1948)—, el acercamiento de Jojo Rabbit es original porque detrás de la risa viene la reflexión en torno a lo que nos separa y los prejuicios que podemos cargar en nuestra mente —”dibuja dónde viven los judíos”, le pide Jojo a Elsa. “Pero este es un dibujo de mi cabeza”, le reclama luego. “Ahí es donde vivimos”—. Y es que las víctimas más injustas de las guerras son los niños, así como son lo más vulnerables ante las ideologías en el poder. Una lección no solo para la época nazi sino también para nuestros días. Y esto queda aquí grabado con un cincel bastante certero: la risa.

Parásitos

(2019) Corea del Sur
DIRECCIÓN Bong Joon-Ho
GUIÓN Bong Joon-Ho & Jin Won Han
MÚSICA Jaeil Jung
FOTOGRAFÍA Kyung-pyo Hong
REPARTO Kang-ho Song, Jeong-eun Lee, Woo-sik Choi, So-dam Park, Yeo-jeong Jo, Sun-kyun Lee, Hye-jin Jang, Ji-so Jung, Myeong-hoon Park

Picaresca coreana

El cineasta coreano Bong Joon-Ho regresa a filmar en su país tras un par de filmes transnacionales: la fábula distópica Snowpiercer (2013) y Okja (2017), que fuera de las primeras superproducciones de Netflix (aquí mi crítica). Bong, también guionista, se abstiene esta vez de los elementos de ciencia ficción presentes en la mayoría de sus películas (no por eso menos sugerentes) para presentar una historia de relaciones humanas, con una trama sorpresiva que es a la vez una sátira mordaz. La premisa de Parásitos es la de una familia de pícaros que se va introduciendo en la vida de una familia rica. Pero que sucede en la segunda mitad de la película es tan oscuro como impredecible.

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Hay mucha calidad cinematográfica en esta tragicomedia difícil de clasificar. El equipo de diseño de producción construyó desde cero la magnífica casa en la que sucede la acción, que contrasta con el semisótano en que vive la familia protagonista. La edición relaciona momentos y personajes subrayando ideas y generando las emociones adecuadas, si bien la música es poco uniforme, contribuyendo a la sensación de que uno está viendo a ratos una comedia, a ratos una película de suspense —con homenajes a Hitchcock como las recurrentes escaleras— y a ratos una tragedia con una fuerte crítica social. El reparto es excelente y refleja de maravilla personajes complejos y divertidos.

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En esta época en que en varios países se han hecho visibles importantes reclamos sociales, y de donde han salido filmes reivindicativos al respecto —como Joker, sin ir más lejos— Parásitos presenta una realidad tan coreana como universal, en la que a los ricos les es fácil disponer de los pobres, y donde hay poca empatía y conciencia del otro. Si a esto se añade suficiente picardía para generar comedia, suficiente suspense por lo que está en juego y suficiente tragedia, el resultado es tan desconcertante como impactante y eficaz. Y es que los planes, como se dice en la película, siempre pueden salir mal, y de ahí nace toda historia que se precie.

 

1917

(2019) EE.UU.
DIRECCIÓN Sam Mendes
GUIÓN Sam Mendes & Krysty Wilson-Cairns
MÚSICA Thomas Newman
FOTOGRAFÍA Roger Deakins
REPARTO George MacKay, Dean-Charles Chapman, Colin Firth, Benedict Cumberbatch, Mark Strong, Richard Madden

Con la cámara en ristre

En la Primer Guerra Mundial, dos soldados británicos son enviados desde su trinchera a adentrarse en territorio enemigo para avisar a un destacamento de 1,600 hombres que se dirigen hacia una emboscada. A partir de esta sencilla premisa, el director británico Sam Mendes (American Beauty, Camino a la perdición, Skyfall, Spectre) y el experimentado director de fotografía Roger Deakins (ganador del Oscar en 2018 por Blade Runner 2049, después de haber sido nominado 13 veces) logran una proeza cinematográfica de gran dificultad y enorme resultado. Y es que esta historia que abarca muchos kilómetros, enfrentamientos, batallas terrestres, batallas aéreas, regimientos enteros, momentos de acción y momentos de drama… toda, está contado en dos planos secuencia. Dos. (Visualmente claro está, en producción serán unos cuantos más, pero aun así).

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Semejante hazaña obedece a una excelente dirección, de la mano de un manejo de cámara planeado al milímetro. Desde un género clásico como es el cine bélico, se reta al lenguaje cinematográfico, siguiendo a célebres precedentes como La soga (1948) del maestro Alfred Hitchcock, quien fue el primero en plantear una película en una sola toma, o Birdman (2014) de Alejandro G. Iñárritu, que también muestra toda la acción de su película (salvo la escena final) en una aparente sola toma, a pesar de que transcurren varios días en la historia. Aquí el reto es quizá mayor, pues si Hitchcock redujo todo a un apartamento, como si fuera una obra de teatro, e Iñárritu se limitaba a unos cuantos personajes en torno a un teatro de Broadway, 1917 sucede en las trincheras y en el campo de batalla, lo que consigue un resultado visual bastante imponente.

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Con todo, esta película no se queda en una anecdótica pirueta cinematográfica, sino que ciertamente funciona como historia y en su conjunto, con un gran manejo del suspense, a pesar de que el espectador tenga que prestar cierta “suspensión de la incredulidad” para que todo case (un pelotón de soldados aparece de pronto para interactuar con los protagonistas y para desaparecer casi igual de súbitamente, o las múltiples peripecias a que sobreviven). La música de Thomas Newman es fundamental para celebrar el tono épico de toda película bélica que se precie. Los personajes son emotivos y bien interpretados por los jóvenes George MacKay y Dean-Charles Chapman, con el refuerzo de apenas cameos de rostros más célebres como Benedict Cumberbatch y Colin Firth. En fin, una forma logradísima en función de un fondo que no por ser común es menos emocionante: un moderno Filípedes —el soldado griego que corrió de Maratón a Atenas para dar un mensaje— que nos lleva junto con la cámara de trinchera a trinchera en una carrera contra el tiempo.

El faro

(2019) EE.UU.
DIRECCIÓN Robert Eggers
GUIÓN Robert Eggers & Max Eggers
MÚSICA Mark Korven
FOTOGRAFÍA Jarin Blaschke
REPARTO Willem Dafoe, Robert Pattinson, Valeriia Karaman

Bella pesadilla

Principios del siglo XIX. Dos hombres encargados de operar un faro se quedan atrapados por una tormenta, teniéndose solo el uno al otro para sobrevivir al aislamiento y no enloquecer. Quien haya visto The Witch (2015), la ópera prima del director Robert Eggers, puede saber algo de qué esperar de este su nuevo largometraje. Sin embargo, más que una película de terror inquietante como aquella, esta es más bien un buen caso de “cine de arte”, lleno de deslumbres estéticos, metáforas visuales y referencias mitológicas. Una película que recuerda el estilo visual de Ingmar Bergman o los momentos pertubadores de El Resplandor (1980) de Kubrick.

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Pero lejos de ser una película de suspenso o terror resultona, se trata de una producción preciosista, elaborada con todo detalle. En blanco y negro, con una relación de aspecto casi cuadrado, busca acercarse visualmente a las fotografías de la época, y el resultado es fascinante a la vez que da un efecto opresivo. A ello se suma una música de suspense continuo, con la mezcla de audio que incluye las olas, el temporal, las gaviotas, la maquinaria del faro. Eggers aprovecha el contenido onírico y confuso del guion, reflejo de la ascendente locura de los personajes, para insertar imágenes bellas y desconcertantes, como las sirenas y otras alusiones a la mitología.

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Todo esto en pro de unas interpretaciones muy exigentes, que sacan adelante los protagonistas: un sorprendente Robert Pattinson y un Willem Dafoe excelente como de costumbre. Los marcados acentos dialectales que interpretan los actores, así como los diálogos que Eggers y su hermano y co-guionista Max elaboraron al detalle, con el inglés de la época y basándose en las bitácoras que estudió Herman Melville para escribir Moby Dick, dan un gran realismo. La relación empleado-jefe de los protagonistas, tortuosa y llena de picos (recuerda, por ejemplo, a la de los protagonistas de Whiplash [2014]) va evolucionando en medio de la progresiva locura, al más puro estilo de las narraciones de Edgar Allan Poe: no por casualidad uno de los primeros proyectos de los hermanos Eggers fue una adaptación en cortometraje del cuento “El corazón delator” de Poe, al que esta situación recuerda bastante. Desde luego no es una película mainstream ni para todo público, pero su audacia estética y narrativa es de agradecer en el panorama actual.

Star Wars: El Ascenso de Skywalker

(2019) EE.UU.
DIRECCIÓN J.J. Abrams
GUIÓN J.J. Abrams & Chris Terrio
MÚSICA John Williams
FOTOGRAFÍA Daniel Mindel
REPARTO Carrie Fisher, Mark Hamill, Adam Driver, Daisy Ridley, John Boyega, Oscar Isaac, Anthony Daniels, Naomi Ackie, Domhnall Gleeson, Richard E. Grant, Keri Russell, Lupita Nyong’o, Ian McDiarmid, Billy Dee Williams

Atar los cabos sueltos

Dicen que ahora sí es la última. Al menos en torno a los Skywalker y amigos. Más allá de las inevitables quejas de los fans duros, esta última trilogía con Lucasfilm ya en manos de Disney ha sido entretenida y bien hecha, poderosa a veces, pero no a la altura de la trilogía original. Y aunque se quiere parecer más a esas primeras tres películas, quizá tampoco alcance la emoción de las precuelas, en que vimos evolucionar a Anakin Skywalker en Darth Vader. En todo caso, este Episodio IX termina airosamente al cerrar el ciclo al parecer de modo definitivo. Veámoslo, con spoilers, naturalmente.

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La historia de la producción también ha tenido su complejidad, lo cual se refleja en la historia en pantalla. El Episodio VII estuvo a cargo de J.J. Abrams (mi reseña aquí), que básicamente reprodujo el inicio de la trilogía original, con los cánones clásicos de Star Wars: el viaje del héroe (heroína en este caso), el lado oscuro imperial con su villano enmascarado, el bien contra el mal, la Fuerza y la libertad. El Episodio VIII tuvo un giro interesante, al ser confiado a Rian Johnson (mi reseña acá), quien en parte desarticuló lo que Abrams había sembrado. Hizo pasar a Rey y Kylo de enemigos a controvertidos aliados, se cargó al villano Snoke y subrayó que Rey “no era nadie”, y por tanto la Fuerza puede vivir en cualquier pepenador. También presentó el esperadísimo regreso del héroe Luke Skywalker como un hombre frustrado y gruñón. Pues bien, Abrams regresa al mando y en un nuevo golpe de timón hace síntesis a partir de la antítesis de Johnson, a la vez que intenta reconectar con la trilogía original. El truco a la deus ex machina ha sido nada menos que el regreso del Emperador Palpatine. El mítico villano de risa maligna enfrenta a Rey y Kylo, revela que Snoke era solo un artificio suyo y descubrimos que Rey no es cualquiera. Es nada menos que la nieta de Palpatine, la única que puede vencerlo …o tomar su lugar al frente de los Sith.

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Así, nuevamente se destacan los valores de Star Wars de siempre (y del cristianismo de más siempre): el bien que puede superar al mal, la libertad por encima del destino, la fuerza de la familia y el valor de la amistad. Todo esto acompañado de las consabidas peripecias, peleas espaciales y de sables láser, criaturas extrañas (¡Babu Frik!) y reapariciones nostálgicas, pues además de la inclusión digital de la recientemente fallecida Carrie Fisher, vuelve Billy Dee Williams como Lando Calrisian. La garantía de la franquicia se cumple, lo que no es poco, incluida la música del maestro John Williams. El final, ciertamente emotivo, busca subrayar que está haciendo síntesis de toda la saga. Solo esperamos que ya de verdad se haya acabado, y que la tentación de hacer más dinero no vuelva a revivir a los Skywalker (por cierto, tramposo el título).

Historia de un matrimonio

(2019) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Noah Baumbach
FOTOGRAFÍA Robbie Ryan
MÚSICA Randy Newman
REPARTO Adam Driver, Scarlett Johansson, Laura Dern, Ray Liotta, Azhy Robertson, Alan Alda, Julie Hagerty, Merritt Wever, Wallace Shawn, Brooke Bloom

Un romance para nuestro tiempo

I’ll always be there,
As frightened as you,
To help us survive,
Being alive.
Being Alive (Company)

De la mano de Netflix (¡otra más!), Noah Baumbach, rostro neoyorkino del cine indie, entrega esta excelente película muy en su estilo tragicómico, y que nuevamente gira en torno a un divorcio. Es sabido que el tema ha marcado a este cineasta —tanto por sus padres como por su propia experiencia— y abordarlo ya le había brindado éxito con The Squid and the Whale (2005). En la estela de Kramer vs Kramer (1979) —referente clave del subgénero de películas sobre divorcio— la trama va mostrando las complicaciones de un matrimonio que pasa de tener algunas diferencias a pelear jurídicamente por unos bienes y, sobre todo, por la felicidad de un hijo pequeño.

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Lo original de Marriage Story, con ese título tan paradójico, es que nos cuenta una historia de amor precisamente a través de este proceso de divorcio. Los protagonistas realmente se aman y se cuidan el uno al otro, como se deja ver en mil detalles. Y si Baumbach es el artífice, la fuerza de la película viene en gran medida por las excelentes actuaciones de los protagonistas, Scarlett Johansson y Adam Driver. Ella interpreta a una actriz de televisión de Los Ángeles, desordenada y cariñosa, quien se muda a Nueva York para hacer teatro con él. Él es un director de teatro experimental, metódico, egocéntrico pero protector y apasionado. Nadie es bueno ni malo. Es una historia de dos. Y estos actores —además de protagonizar los blockbusters más comerciales del año, Avengers: Endgame y The Rise of Skywalker, respectivamente— dan aquí unas notas tan variadas como geniales. El director los lleva a eso, haciendo que sostengan la emoción en largos planos secuencia, o en encendidas escenas de diálogo, o incluso en números musicales: cada uno canta cerca del final una canción del musical Company de Stephen Sondheim, temáticamente vinculado al tratar sobre crisis de personajes treintañeros de clase media.

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La película refleja con comedia la frustración del absurdo al que se llega cuando el destino de una relación se pone en mano de abogados —atinadas actuaciones de Laura Dern, Ray Liotta y Alan Alda, respectivamente—, jueces y todo tipo de burócratas (la visitadora que llega a casa del protagonista es genial en ese sentido). Y, como bien sabe hacer el director, esa comedia lleva un regusto de tristeza. La música de Randy Newman acompaña de maravilla esa sensación compleja. Súmense secuencias geniales como la del arranque —que con cámara en mano y voz en off  de los protagonistas describe esta relación amorosa— y las acertadas metáforas visuales (como las que ilustran esta crítica) y tenemos una bella película que no deja de mostrarnos a dos personas que se quieren. Que se estén divorciando es, paradójicamente, la esencia del drama.

Los dos papas

(2019) EE.UU.
DIRECCIÓN Fernando Meirelles
GUION Anthony McCarten
FOTOGRAFÍA César Charlone
MÚSICA Bryce Dessner
REPARTO Anthony Hopkins, Jonathan Pryce, Juan Minujín, Luis Gnecco, Cristina Banegas, María Ucedo

En manos de hombres

El hecho insólito e histórico de que en la Iglesia católica haya renunciado un Papa, y haya visto por tanto la llegada de su sucesor, así como el que ambos sean tan distintos aparentemente, invitaba a hacer una buena película al respecto. Esta producción de Netflix hizo esa apuesta por todo lo alto, con un talento de primera fila tanto delante como detrás de la cámara. El resultado es atractivo. No es una película religiosa sino para el gran público, y aunque tampoco es ideológica, sí bastante simplista.

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La dirección se confió al brasileño Fernando Meirelles (célebre por la excelente Ciudad de Dios [2002]), quien le da sabor a la trama latinoamericana —la cinta en parte funciona como una biopic del Papa Francisco, a base de flashbacks— y le da dinamismo a las largas conversaciones entre los dos clérigos que conforman la historia principal. El guion es de Anthony McCarten, quien tiene buena mano para películas biográficas inspiradas en hechos reales (La teoría del todo, Darkest Hour, Bohemian Rapsody). Sin embargo, la calidad del filme proviene sobre todo de los dos histriones principales, con el reto añadido de interpretar a personajes reales, aún vivos y muy conocidos. Anthony Hopkins da a sus 81 años una interpretación en la que logra matices, y permite que se mire más allá de un rostro archiconocido como es el suyo. Jonathan Pryce, otro veterano e incluso más conocido en el ámbito teatral  —cuyo parecido con el Papa actual ha suscitado más de un meme—, brinda también una actuación estupenda, con el mérito añadido de hablar en italiano, latín y, por supuesto, español con el acento porteño del Papa Francisco.

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La trama abarca desde el cónclave en que se eligió a Benedicto XVI hasta el siguiente, en que fue elegido el Papa Francisco. Sobre todo gira en torno a una reunión ficticia entre Benedicto y el entonces Cardenal Bergoglio, quien en la película viaja a Roma para presentar su renuncia y sostiene varios encuentros con el Papa Benedicto que muestran la personalidad de uno y otro, y que los hace cambiar para bien. La imagen de los dos prelados en la película no responde a la realidad, sino a la concepción que de ellos han dado los medios de comunicación. Una simplificación fácil que contrapone conservadurismo versus progresismo, o fidelidad a una doctrina versus preocupación por la gente, atribuyendo de bulto una y otra concepción a cada uno de estos personajes. Bergoglio en su tiempo libre acude a bares populares a ver jugar a la selección argentina. Ratzinger/Benedicto XVI cena a solas, toca el piano o ve el programa televisivo austriaco Comisario Rex, donde un pastor alemán ayuda a resolver crímenes y atrapar a los malos.

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Si bien esta simplificación responde a necesidades dramáticas, así como a que los personajes protagonistas deben tener un arco de transformación —para lo que el sacramento de la Confesión es un recurso conveniente y bien presentado, por cierto— se recurre para ello, sin embargo, a hechos falsos. Bergoglio se acusa de haber colaborado con el régimen de Videla en Argentina, y Benedicto de no haber actuado con firmeza en los casos de abusos sexuales por parte de sacerdotes pederastas. Asuntos que pueden contribuir a cierta confusión en torno a las figuras de estos hombres, así como el que la película plantee que Bergoglio es partidario de una supuesta reforma de la Iglesia, o que Ratzinger estaba deseoso de ser Papa, entre otros.

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Se agradece, en todo caso, que no se presenta a la Iglesia como una institución meramente política llena de intereses privados, sino a dos hombres que buscan cumplir una misión sobrenatural con buena intención. Y se recalca que ambos lo ven así, como una cosa de Dios. En esta línea, hay asuntos bien logrados, como la metáfora visual del paisaje que presenta la vocación espiritual de Bergoglio, o la escena en que este descubre su vocación al confesarse en una iglesia de Buenos Aires. En ese sentido, el Papa actual es el verdadero protagonista de la cinta, y sale bastante mejor parado que Benedicto, a quien la trama le lleva a descubrir en Bergoglio un cambio que la iglesia necesita, a pesar —o más bien en contra— de su personal opinión. La realidad es más rica aunque menos dramática, pues si bien la Iglesia está en manos de hombres, no tiene una explicación exclusivamente humana.