Los asesinos de la luna

¿Cuánta tierra necesita un hombre?

En la década de 1920, tras el hallazgo de petróleo en tierras pertenecientes a indios nativos americanos en el condado de Osage (Oklahoma), varios de ellos empezaron a morir en circunstancias sospechosas. La investigación fue una de las primeras encomendadas al entonces naciente Buró de Investigación Federal, el hoy mítico FBI. La última película de Martin Scorsese —para algunos el cineasta vivo más importante— cuenta esa historia desde la perspectiva de Ernest Burkhart (Leonardo DiCaprio), un ignorante pobretón que llega buscando un futuro en esas tierras al rancho de su tío William Hale (Robert DeNiro), y que terminará casándose con Mollie Kyle (Lily Gladstone), una rica heredera de la tribu de Osage. Pronto la ambición de los blancos se irá expandiendo insaciable hasta llegar a los asesinatos.

Como no podía ser menos, Scorsese hace una entrega de Cine con mayúscula. En tres horas y media de duración crea un universo inmersivo de personajes y situaciones que se desarrollan con un ritmo narrativo atrapante. La película tiene una gran carga social, como se ve en la primera parte cuando americanos rubios piden ayuda económica a los indígenas que visten elegantes sus prendas típicas y viajan en autos lujosos, lo que para países americanos parece el mundo al revés. La fotografía del mexicano Rodrigo Prieto —colaborador de Scorsese en sus últimos proyectos— captura este mundo especial con autenticidad. Excelente elección para la banda sonora fue la del recién fallecido Robbie Robertson, guitarrista y compositor de The Band, que da un toque roquero a la historia, mezclándolo con los tambores tribales de los nativos americanos.

En esta película, el director neoyorquino de origen católico e italiano junta finalmente a sus dos actores fetiche: Robert De Niro, con quien saltaron al estrellato mutuo con Taxi Driver y con quien filma su décima película, y Leonardo DiCaprio, con quien filma la sexta. DiCaprio brinda una interpretación magistral, pues convence en el papel arquetípico de protagonista scorsesiano: bruto, inmoral, ignorante y colérico, pero de buen corazón. El papel de De Niro es más equilibrado por la naturaleza manipuladora de su personaje. Por su parte, Lily Gladstone, actriz nativa americana experimentada pero hasta ahora no tan conocida, salta a la fama con esta película, donde a su buena actuación se sumarán los criterios de inclusión de la Academia para garantizarle al menos la nominación al Oscar. Los secundarios cumplen a la perfección, como Jesse Plemons —quien debe tener un agente estupendo, pues solo aparece en proyectos excelentes como éste—y Brendan Fraser (recién ganador del Oscar por The Whale) aunque algo sobreactuado como el abogado de los asesinos.

El mundo moral de Scorsese tiene la particularidad de deslizarse gradualmente hasta lo más oscuro, sin sorprender al espectador con efectistas giros de trama, sino poco a poco. La violencia, que no disimula, explota de improviso, pero como si siempre hubiera estado ahí. Sus personajes principales son cínicos y mezquinos, y sus protagonistas en esta película no son la excepción, aunque no es de sus películas más violentas y eso se agradece. La ambición y la violencia contrastan con la ingenuidad de los nativos de quienes se aprovechan los blancos, y en medio de esa situación el romance entre Ernest y Mollie, que parece ser auténtico, aunque a merced de la ambición de unos y otros. El epílogo de dramatización radiofónica —con cameo de Marty Scorsese incluido— es una delicia y es una prueba más de que la creatividad del director octogenario está más viva que nunca.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Martin Scorsese
GUION Eric Roth y Martin Scorsese basados en el libro de David Grann
FOTOGRAFÍA Rodrigo Prieto
MÚSICA Robbie Robertson
REPARTO Leonardo DiCaprio, Robert De Niro, Lily Gladstone, Jesse Plemons, Cara Jade Myers, John Lithgow, Brendan Fraser

Radical

El heroísmo de la educación

Valiosa película mexicana basada en la historia real del profesor Sergio Juárez que en 2011 decidió cambiar sus métodos de enseñanza para motivar a sus alumnos de la secundaria pública José Urbina López, rodeada de miseria, narcotráfico, inseguridad y desesperanza en la fronteriza Matamoros (Tamaulipas, México). El método del profesor Juárez, que motivó a los alumnos a buscar la información por su cuenta y por amor al saber, lejos de la enseñanza burocrática que sólo los preparaba para los exámenes oficiales, terminó por descubrir a una alumna genio, Paloma Noyola, que destacó ese año con el examen más alto de todo México.

Esta historia real se presta de maravilla para la fórmula del subgénero de «profesor entregado y rebelde al sistema que termina por sacar lo mejor de sus alumnos». Funciona así en Freedom Writers (de 2007, donde la profesora era Hillary Swank) y en Coach Carter (de 2005, con Samuel L. Jackson), pero sobre todo en El club de los poetas muertos (de 1989, con Robin Williams) de la que esta película toma muchas referencias, su estructura y es casi un calco. Sin embargo, la «tropicalización» de la historia es más que adecuada, pues el conflicto de la amenaza violencia del narcotráfico le da mucha fuerza y triste actualidad, y el entorno brinda unas locaciones fabulosas como la enorme playa gris —color acentuado en toda la película con lo que acertadamente se alejan de la estética de las películas mexicanas comerciales— o las montañas de basura entre las que viven los personajes.

El proyecto es ideal para Eugenio Derbez, quien lo produce y lo protagoniza, pues el personaje le permite un amplio rango desde su habitual comedia hasta momentos de gran drama (igual que fue para Robin Williams la película mencionada), otra cosa es que lo logre. Sin embargo, es buen paso en su carrera de actor «serio» tras haber aparecido en la ganadora del Oscar CODA también en un papel cómico-dramático. Las actuaciones más poderosas son, sin embargo, las de los niños, que encarnan los conflictos más fuertes de la película. Reflejan, de paso, muchas de las realidades que truncan los estudios de los niños mexicanos: la pobreza, el narco, las necesidades del núcleo familiar. Incluso la cinta se atreve a exponer conflictos difíciles como el aborto o la corrupción. Sin ser uniforme en su calidad —se hace un poco larga y tiene momentos bastante flojos— el conjunto es el de una agradable sorpresa que tiene potencial para ser una película de referencia en el pujante cine mexicano.

(2023) México
DIRECCIÓN Christopher Zalla
GUION Christopher Zalla basado en un artículo de Joshua Davis
FOTOGRAFÍA Mateo Londono
MÚSICA Pascual Reyes y Juan Pablo Villa
REPARTO Eugenio Derbez, Daniel Haddad, Gilberto Barraza, Jennifer Trejo, Danilo Guardiola, Mia Fernanda Solis, Enoc Leaño

Sound of Freedom

Con los niños no

Timothy Ballard era un agente estadounidense del Departamento de Seguridad Nacional que se dedicaba a combatir la pornografía infantil. Frustrado por solo arrestar a quienes producen y comparten ese material sin poder salvar a los niños abusados, decide empezar a rescatar a las víctimas, lo que implicaba actuar fuera de Estados Unidos, concretamente en Latinoamérica. Hoy Ballard es un activista de referencia contra el tráfico sexual de personas y esta película cuenta su historia. Para ello, el guion se centra en el rescate por parte de Ballard de dos hermanos hondureños (niño y niña) secuestrados por las redes de trata de personas, con un formato de thriller de búsqueda-y-rescate lleno de emoción y acción que funciona en muchos niveles.

La película es dirigida por el mexicano Alejandro Monteverde (Bella, Little Boy) y la protagoniza Jim Caviezel (La Pasión de Cristo) en el papel de Tim Ballard. La factura es de una producción de Hollywood de primer nivel. El reparto está completado por un par de veteranos secundarios de la ficción norteamericana, Bill Camp y Kurt Fuller, así como de rostros familiares del cine latinoamericano: Javier Godino (El secreto de sus ojos), Gustavo Sánchez Parra (Amores perros) o Gerardo Taracena (Apocalypto) y hasta una desaprovechada Mira Sorvino que interpreta a la esposa de Ballard (una subtrama poco desarrollada). La película acierta al ser muy cuidadosa y no muestra ninguna escena explícita a pesar del terrible tema que trata. Al contrario, en momentos puede pasarse de simplista al mostrar a los niños rescatados casi sin afectaciones psicológicas. Ciertamente cae en el cliché del héroe rubio americano rescatando niños inocentes de los malvados latinoamericanos sucios, si bien esos son los hechos reales de los que parte, además de que también hay personajes estadounidenses en el «bando» de los malos, y policías y agentes latinos buenos que colaboran con el protagonista.

La película es muy clara en su intención de llevar un mensaje que condene la trata de niños y lo hace como funciona el cine: a través de los sentimientos que busca despertar en el espectador. Lo que encuentro llamativo es que una película de rescate, con una trama atrapante y un conflicto que se esperaría poco polémico (es difícil no estar en contra), haya causado cierto revuelo por asociarse al conservadurismo, a la derecha radical o a un proselitismo cristiano. Quizá es porque sea producida por Eduardo Verástegui, actor y activista mexicano de profundas convicciones católicas (quien se reserva a sí mismo en la película un papel secundario que no aporta mucho narrativamente), o porque otro de los productores es Mel Gibson, o por ser distribuida por Angel Studios (productora de la fabulosa serie The Chosen sobre los apóstoles de Jesús) y protagonizada por Jim Caviezel, quien quedó fuertemente asociado tras interpretar a Jesucristo en la película de La Pasión, lo que le ha cerrado no pocas puertas en Hollywood, todo sea dicho. Y pues sí, menos mal que cristianos convencidos quieran dejar claro este mensaje.

Y aunque Tim Ballard es mormón en la vida real, la película no tiene —acertadamente, pienso— ningún contenido religioso, más allá de un par de frases del personaje. Que arme cierto revuelo social quizá tenga la triste explicación de la mucha gente poderosa mezclada en este negocio (basta ver el caso de Jeffrey Epstein y la gente cercana a él) así como lo que la propia película denuncia de que Estados Unidos es el principal consumidor de este «mercado», que sin embargo se nutre de países del «tercer mundo». Que esta película contribuya a hablar de un tema ciertamente escabroso pero del que poco se habla por lo incómodo que es, resulta algo muy positivo. Que además lo haga bien —como demuestran hasta ahora sus 183 millones de dólares recaudados frente a su presupuesto de 14 millones y medio, lo que la convierte en una de las películas independientes más exitosas de la historia— da especial gusto. Ojalá colabore a poner al menos ese límite en esta sociedad hipersexualizada: con los niños no.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Alejandro Monteverde
GUION Alejandro Monteverde y Rod Barr
FOTOGRAFÍA Gorka Gómez Andreu
MÚSICA Javier Navarrete
REPARTO Jim Caviezel, Bill Camp, Mira Sorvino, Javier Godino, Gustavo Sánchez Parra, Gerardo Taracena, José Zúñiga, Kurt Fuller, Eduardo Verástegui, Yessica Borroto, Manny Pérez, Cristal Aparicio, Lucas Ávila

Oppenheimer

El castigo de Prometeo

El parteaguas del siglo XX fue la invención de la bomba atómica, que puso término a la Segunda Guerra Mundial pero dio inicio a la Guerra fría, determinando hasta hoy el poder geopolítico. Se le conoce como el «padre de la bomba atómica» al científico estadounidense J. Robert Oppenheimer, un auténtico genio, pasional y de fuertes ideas políticas, así como una mente privilegiada que se codeaba con Einstein y cuya reputación cayó en desgracia en los años 50 por rencores políticos. Su interesante vida, tan ligada a los avatares del siglo pasado, es ahora llevada a la pantalla por el cineasta Christopher Nolan en una película narrativa ambiciosa y técnicamente prodigiosa que marcará época.

A partir de la biografía de Oppenheimer American Prometheus, ganadora del Premio Pulitzer, Nolan escribe un guion tan interesante como denso. Fiel a su estilo de juegos narrativos, marca desde el inicio un montaje paralelo (en color y blanco-y-negro respectivamente, como hiciera en Memento) que más que una cronología doble señala dos puntos de vista (el de Oppenheimer —incluso escrito en el guion en primera persona— y el del político y ex presidente de la Comisión de Energía Atómica de los Estados Unidos, Lewis Strauss, figura clave en la vida del científico después de la bomba) que se titulan significativamente «Fisión» y «Fusión». Finalmente es una biopic, y aunque bien contada, Nolan no quiso o no supo acotar la cantidad de personajes aludidos, por lo que exige al espectador buena atención y buena memoria.

Es meritorio que una película de esta temática, que transcurre en su mayor parte en oficinas de gobierno, aulas universitarias y laboratorios, y que está sostenida sobre todo por los diálogos (por cierto, muy buenos) sea técnicamente relevante. Pero lo es y mucho. Tanto así que ha sido el principal atractivo de la película. Nolan —un radical del celuloide que se niega a filmar en digital y que duda en llamar «cine» a lo que no se proyecte en una sala, hasta el punto de estrenar Tenet en salas y no en streaming en plena pandemia— filmó esta película en celuloide y con cámaras IMAX. Se precia de no haber recurrido a imágenes digitales (CGI) por lo que, para filmar la explosión de Trinity (la bomba atómica de prueba que estallaron en el desierto de Nuevo México), generó una bomba real (aunque no atómica como llegó a especularse ingenuamente). El sonido hace otro tanto, y Nolan asocia los estallidos y vibraciones no sólo a la bomba sino a las trepidaciones internas de su protagonista. La poderosa música del oscarizado sueco Ludwig Göransson —a quien Nolan acudió para Tenet y Oppenheimer puesto que Hans Zimmer está embarcado en las películas de Dune— completa el efecto.

El reparto está lleno de estrellas, algunos de ellos con apariciones muy breves pero significativas. Si bien Cillian Murphy es uno de los actores recurrentes de Nolan, su cima es esta interpretación de Oppenheimer que bien valdría un Oscar, aunque el personaje está dentro del espectro del tipo de personajes que Murphy ha interpretado. Más notoria es la transformación de Robert Downey Jr. en el político Lewis Strauss. El colérico General Groves que interpreta Matt Damon ofrece contrapeso al flemático Oppenheimer. Por la trama es un reparto principalmente masculino, con las excepciones de Florence Pugh y Emily Blunt que interpretan a las dos sucesivas esposas del protagonista. Esta última va tomando fuerza en la película hasta convertirse en uno de sus puntos más fuertes.

Eso sí, ni esperar algo de humor, ni momentos de acción como Nolan ha sabido hacer en otras de sus películas, puesto que aquí la trama no los incluye. Lo que sí incluyó ahora y que no había antes en su cine son escenas sexuales, hasta el punto de que el personaje de Florence Pugh tiene más tiempo desnuda que vestida en pantalla. Aunque consigue una sorpresa en la trama hacia el final, quizá Nolan se apegó demasiado al libro, con un guion poco reposado en tiempo —la biografía llegó a sus manos apenas en el rodaje de Tenet— y se enreda demasiado en las intrigas políticas de sus personajes, cuando bastaba el gran drama de su protagonista: ser el inventor de un prodigio científico que se convierte en un instrumento de muerte. En ese sentido, los remordimientos del protagonista presentados en espeluznantes metáforas cinematográficas son de lo más potente. Una historia real en cuyas consecuencias aún vivimos, pero de profunda raíz, hasta el punto de ser comparable al mito: fue Prometeo quien llevó el fuego a los hombres, dándoles también con ello el poder de destruirse.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Christopher Nolan
GUION Christopher Nolan basado en el libro de Kai Bird y Martin Sherwin
FOTOGRAFÍA Hoyte Van Hoytema
MÚSICA Ludwig Göransson
REPARTO Cillian Murphy, Robert Downey Jr., Emily Blunt, Matt Damon, Florence Pugh, Josh Hartnett, Kenneth Branagh, Jason Clarke, Alden Ehrenreich, Tom Conti, Benny Safdie, David Krumholtz, Cassey Affleck, Rami Malek, Alex Wolff, Gary Oldman

Barbie

Manifiesto rosa

En 1994, Disney pidió a Mattel incluir a la icónica muñeca Barbie (inventada en 1959) en su próxima película Toy Story. La empresa se negó argumentando que su estrella no participaría en un dudoso proyecto de animación experimental. Naturalmente, después del éxito de la película se arrepintieron, y Barbie fue incluida en Toy Story 2, seguida por su novio Ken en Toy Story 3. Ahora es la propia empresa Mattel la que financia una película sobre su muñeca, en live action y dirigida por Greta Gerwig, una de las directoras indie más exitosas en los últimos años por Lady Bird y la nueva versión de Mujercitas. Así, claramente no se venía una película infantil, pero tampoco podía ser una crítica ácida de lo que esta muñeca ha representado porque, después de todo, son sus fabricantes quienes la financian. El resultado, sin llegar a ser una obra maestra de la postmodernidad como algunos esperaban, es narrativamente inteligente, algo propagandístico, pero sobre todo divertido.

En Barbieland, las Barbies viven felices y «realizadas»: ellas gobiernan, son las figuras de referencia y son perfectamente felices sin los Ken, los hombres, todos superficiales y dependientes emocionalmente de ellas. Hay Barbies de todos los aspectos y colores de piel, y desempeñan distintas funciones: presidente, médicos, escritoras, periodistas, etc. Viven convencidas de que el mundo real funciona así igualmente, gracias al buen influjo que ellas han tenido como las muñecas de referencia en él. Cuando la Barbie protagonista empieza a tener una crisis existencial, deberá viajar al mundo real donde descubrirá que las cosas no son precisamente como en Barbieland.

Gerwig escribió el guion junto con su esposo Noah Baumbach (alguna vez co-guionista de Wes Anderson y a su vez guionista y director de joyas como Historia de un matrimonio o Ruido de fondo). Claramente es una película donde el mensaje va por delante, y eso siempre es riesgoso. Y el mensaje no es otro que el del empoderamiento femenino, entendido en clave contemporánea, con una clara guerra entre los sexos. En su tono recuerda a Promising Young Woman de Emmerald Fennell —quien por cierto sale también en Barbie, como Midge, la muñeca embarazada descontinuada, ojo a ese dato— en cuanto que es una comedia oscura, que desde un personaje femenino busca una reivindicación contra los hombres. Su trama, en cambio, la emparenta más con The Lego Movie, por aquello del juguete que llega al mundo real —algo bien resuelto en la película, medio explicado y medio obviado por el tono satírico que maneja— y por su tipo de humor, con Will Ferrell incluido. Sin embargo, mientras aquella película triunfaba al dar prioridad a los problemas del mundo real y no al de los juguetes, en Barbie se apuesta por la protagonista (que finalmente es una muñeca, no lo olvidemos) y no por el personaje de la madre que interpreta America Ferrera, a pesar de que el guion le da un discurso muy elocuente sobre el papel de la mujer en nuestra sociedad.

Una vez entendido su juego, la película se disfruta pues es una genialidad estética —la fotografía del mexicano Rodrigo Prieto y el diseño de producción de Sarah Greenwood, seguramente oscarizado, y sus respectivos equipos han marcado una tendencia que el marketing de la película aprovechó de un modo que será la envidia de la industria cinematográfica por años—, con música energizante y pegajosa, y momentos divertidos. El mensaje, en cambio, es poco sutil aunque no por eso menos cierto, con críticas acertadas en cuanto a las relaciones entre hombre y mujer y la estructura del «patriarcado».

Menos logrado es el arco de la propia Barbie —incierta de lo que está llamada a ser, pues finalmente es la «Barbie estereotípica»— y así curiosamente termina teniendo mayor dimensión Ken, confundido entre su potencial recién descubierto y su necesidad de identidad propia, además de que el guion le entrega el tercer acto en bandeja, con batallas campales y números musicales incluidos. Por cierto, que se da por sentado, pero la pareja de Margot Robbie y Ryan Gosling están «que ni mandados a hacer» para interpretar a estos muñecos, construidos desde los arquetipos de belleza en Occidente por lo que, gracias a la película de Barbie, siguen ahí.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Greta Gerwig
GUION Greta Gerwig & Noah Baumbach
FOTOGRAFÍA Rodrigo Prieto
MÚSICA Mark Ronson y Andrew Wyatt
REPARTO Margot Robbie, Ryan Gosling, America Ferrera, Kate McKinnon, Issa Rae, Alexandra Shipp, Emma Mackey, Hari Nef, Emmerald Fennell, Sharon Rooney, Simu Liu, Michael Cera, Will Ferrell

Misión: Imposible – Sentencia Mortal Parte 1

Contra la inteligencia artificial

La séptima película de la franquicia de Misión: Imposible es hasta ahora la más cara —sufrió las dificultades de la pandemia en su filmación— y la más larga, siendo además apenas la primera parte del gran final que, en teoría, dará fin a la franquicia y al personaje de Ethan Hunt, quizá el más conocido del ya sexagenario Tom Cruise. La película es una montaña rusa de adrenalina y esta vez el villano a vencer es, por supuesto, la inteligencia artificial que amenaza con dominar el mundo.

Así, la película busca ser muy actual presentando a este enemigo omnipresente, que con algoritmos puede predecir el futuro y que determinará “lo que es verdad y lo que es mentira, lo que es bueno y lo que es malo”. El guion astutamente hace concreta una amenaza tan inasible a través de una misteriosa llave que puede destruir o dominar a esa “entidad” —un clásico macguffin, que por algún motivo tiene la forma de un crucifijo: uno de varios elementos icónicos cristianos que tiene la película, por cierto— y a través de los maleantes de carne y hueso que trabajan para la entidad. Y vaya que eligió bien, pues esos maleantes son Gabriel (Esai Morales), responsable de la muerte de uno de los amores de Hunt en su oscuro pasado, y Paris (Pom Klementieff), habilidosa y un poco loca, dispuesta a destruir las calles de Roma con un coche-tanque.

Co-escribe y dirige Christopher McQuarrie, el legendario guionista oscarizado por The Usual Suspects (1995) y con quien el productor y protagonista Tom Cruise se entiende muy bien: McQuarrie ha co-escrito y dirigido las últimas tres entregas de la franquicia y está apuntado para la siguiente y última. Su sentido del ritmo y de la acción mantiene al espectador al borde del asiento, sin descuidar el toque de amor y de romance, a la James Bond, esta vez con el personaje interpretado por Hayley Atwell (la Peggy Carter del MCU), una ladrona a la que la trama termina poniendo del lado de Hunt y su equipo. Repiten también los otros personajes femeninos de las últimas películas, Ilsa (Rebecca Ferguson) y la “Viuda Blanca” (Vanessa Kirby), así como los incansables colegas de Hunt, el divertido y nervioso Benji (Simon Pegg) y el sabio y tranquilo Luther (Ving Rhames): el único que, junto con Tom Cruise, ha estado en todas las entregas de Misión: Imposible.

Con cierto sabor de cierre, la película está llena de referencias a la primera entrega, la del lejano 1996 (aunque Tom Cruise siga viéndose casi igual). Así, nuevamente hacerse pasar por otro con sofisticadas máscaras vuelve a ser un truco central en la trama, y reaparece el personaje de Kittridge (Henry Czerny), entre otras muchas referencias. Siendo solo una primera parte, la cinta tardar en empezar (el inicio es flojo, con los títulos de crédito entrando hasta casi transcurrida media hora) y se toma su tiempo, aunque no aburre en ningún momento. Entre las muchas secuencias de acción, famosamente grabadas por el propio Cruise, no podía faltar una proeza disparatada, en este caso saltar con una motocicleta por un precipicio. En general, toda la secuencia del tren en el tercer acto es de lo mejor que se ha visto en el cine de acción últimamente. Llena de clichés, pero usándolos conscientemente, Tom Cruise y su equipo cumplieron su misión —y una de las misiones fundamentales del cine— una vez más: entretener y emocionar a una audiencia.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Christopher McQuarrie
GUION Christopher McQuarrie y Erik Jendresen
FOTOGRAFÍA Fraser Taggart
MÚSICA Lorne Balfe
REPARTO Tom Cruise, Hayley Atwell, Esai Morales, Henry Czerny, Rebecca Ferguson, Vanessa Kirby, Pom Klementieff, Ving Rhames, Simon Pegg, Shea Whigham, Greg Tarzan Davis, Cary Elwes

Asteroid City

El alien Wes

Como todos los directores consagrados, Wes Anderson tiene el riesgo de volverse autorreferencial y perder calidad en sus películas por tener absoluta libertad creativa y dinero ilimitado en un arte que necesariamente es colectivo, como le sucede a algunos directores a ese nivel. En parte le sucedió a Iñárritu con Bardo o a Luis Estrada con ¡Que viva México!, aunque otros como Scorsese o Tarantino aún no caen en esa trampa. En este caso, el genial cineasta texano ya mostraba mayor compromiso con su estilo que con el gran público en The French Dispatch —cosa que a los que somos fervientes suyos no nos importa, todo sea dicho— y sigue un poco esa línea con su reciente Asteroid City, la que podemos definir como una obra menor en su cinematografía, que pasó por Cannes sin pena ni gloria, aunque tiene la peculiaridad de ser la incursión del director en la ciencia ficción… a su manera.

1955. Asteorid City es un pueblo (ficticio como siempre) perdido en medio del desierto estadounidense que debe su nombre al asteroide que se estrelló ahí hace miles de años, y que aún conservan. En él se da lugar una convención de jóvenes genios que presentarán sus inventos espaciales para ganar una beca. Todos llegan acompañados por sus desdichados padres, entre ellos el recién enviudado fotógrafo de guerra Augie Steenbeck (Jason Schwartzman) y la estrella de cine Midge Campbell (Scarlett Johansson). Jóvenes y adultos deben superar sus propios traumas a la vez que se enfrentan a la evidencia de vida inteligente en otros planetas.

Quien esté familiarizado con las otras 10 películas previas del director habrá sonreído al leer esa sinopsis, pues ciertamente están todos los elementos del cineasta texano (que escribe y dirige, como siempre, con sus colaboradores habituales). Elementos como los niños maduros y los adultos desastrosos y rotos por dentro (aunque pasados los años Jason Schwartzman ya no interpreta al adolescente, como hizo en Rushmore, segundo largometraje de Anderson, sino aquí al adulto frustrado). Y, por supuesto, el reparto de estrellas, muchos de los habituales (con la llamativa ausencia de Bill Murray, que por covid no pudo participar y tomó su lugar un desaprovechado Steve Carell) y las inclusiones esta vez de Scarlett Johansson, Tom Hanks, Margot Robbie y Bryan Cranston, entre otros.

El marco narrativo riza el rizo pues, si en El Gran Hotel Budapest había un juego de narradores o en La Crónica Francesa una serie de artículos periodísticos, aquí la trama principal es a la vez una supuesta obra de teatro de la que se nos cuentan los pormenores de su producción. Aunque interesante, ese mecanismo será donde pierda a gran parte de su público, con largas escenas en blanco y negro llenas de diálogo que no son fáciles de seguir y donde otros personajes se unen a los mismos que vemos a color «dentro» de la obra de teatro. Eso y que el tercer acto, tan explosivo en la mayoría de películas del director, aquí queda un poco a deber.

Por supuesto, su fuerte principal es la esmerada estética de la película, con el lujo de ser todavía más artificial y teatral al tratarse de una obra de teatro, como se aclara desde el inicio. El naranja del desierto y el cielo azul marcan la pauta de una preciosa paleta de colores pasteles muy luminosa, a pesar de contar las historias trágicas de los adultos protagonistas, mostradas con una impasible ironía en el estilo del director. La variación en la relación de aspecto (si la pantalla es más rectangular o más cuadrada) aquí ya es del todo arbitraria, sólo buscando una composición de la imagen perfecta, cosa que logra casi siempre. La excelente selección musical, otra marca de la casa, sumada a la banda sonora del infalible Alexandre Desplat completan una obra bonita pero que no está a la altura de las mejores del director.

El otro riesgo que tiene Wes Anderson es el que le ocurrió un poco a Tim Burton, quien en su momento fue considerado uno de los grandes directores (a él le ofrecieron Jurassic Park antes que a Spielberg) pero que se ha convertido en una especie de diseñador de producción asociado a una marca. Es decir, que su estilo sea muy claro y muy marcado pero que sus historias vayan perdiendo fuerza. Algo de eso se intuye en esta undécima película del director y, aunque seguiremos incondicionales a él, de verdad esperemos que no le suceda.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Wes Anderson
GUION Wes Anderson y Roman Coppola
FOTOGRAFÍA Robert D. Yeoman
MÚSICA Alexandre Desplat
REPARTO Jason Schwartzman, Scarlett Johansson, Tom Hanks, Adrien Brody, Tilda Swinton, Jeffrey Wright, Liev Schreiber, Steve Park, Willem Dafoe, Edward Norton, Hope Davis, Tony Revolori, Bryan Cranston, Rupert Friend, Maya Hawke, Steve Carell, Matt Dillon, Hong Chau, Jake Ryan, Grace Edwards, Aristou Meehan, Margot Robbie, Jeff Goldblum

Flash

Y su disfrash

Tras varios retrasos por la pandemia de covid y por los numerosos escándalos de su protagonista, el ahora no-binario Ezra Miller, se estrena esta intentona de DC Studios por acercarse al éxito de su competencia Marvel. La apuesta es el personaje de Barry Allen, que es también el superhéroe Flash, capaz de correr a gran velocidad hasta el punto de poder viajar en el tiempo —asunto clave en la trama de esta película—, y que es el personaje cómico dentro del grupo de la Liga de la Justicia: Superman, Batman, Wonder Woman y otros. Con ello, finalmente DC logra hacer una película menos oscura que sus últimos intentos, más entretenida y que, cómo no, explora los archisabidos multiversos tan de moda que ya hasta ganaron el Oscar a mejor película.

La primera película con el superhéroe de gran velocidad como protagonista no es la historia de su origen como superhéroe —menos mal— sino que lo aborda después de los hechos conocidos de las otras películas en que ha aparecido junto a Batman y Superman. En esta aventura, el divertido e inadaptado Barry Allen/Flash usa sus poderes para viajar al pasado para intentar salvar la vida de su madre y probar la inocencia de su padre, acusado de asesinarla. Por supuesto, todo sale mal, y termina en una línea temporal alterna donde debe aliarse con su insoportable yo más joven —lo que explota la vis cómica que hace divertida por fin una película de DC— y en la que sus amigos están un poco «cambiados»: no existe Superman sino Supergirl (Sasha Calle, que tendrá su película propia, por supuesto) y Batman no es su Batman (Ben Affleck) sino el primer Batman de la pantalla grande, interpretado por el ahora septuagenario Michael Keaton y que es un gran regalo a la nostalgia de quienes disfrutamos de aquellas películas de Tim Burton, con banda sonora incluida. Todos juntos deben enfrentar al malvado General Zod (Michael Shannon) que en esa realidad apenas invade la Tierra.

Así , la originalidad es casi nula —viaje en el tiempo, multiverso, y con ese pretexto narrativo recobrar otras versiones de los superhéroes como se hizo en Spiderman: No Way Home— y los efectos visuales son llamativamente malos para lo que estamos acostumbrados —la secuencia inicial del rescate de los bebés es una aberración cinematográfica, o un absurdo divertimento, depende el humor con que se vea—. Aunque tiene mérito que logre explicar visualmente el revoltijo de líneas de tiempo y universos paralelos en que se mete el personaje, por cierto con varios cameos que es mejor no arruinar a quien no la ha visto. La dirige el argentino Andy Muschetti quien dio el ancho con la nueva versión de las cintas de terror de It. Con todo, el conjunto es lo suficientemente entretenido y con un mensaje positivo de que madurar implica aceptar la realidad y no querer cambiarla a tu favor a toda costa.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Andy Muschetti
GUION Christina Hodson y Joby Harold
FOTOGRAFÍA Henry Braham
MÚSICA Benjamin Wallfisch
REPARTO Ezra Miller, Sasha Calle, Michael Keaton, Michael Shannon, Ben Affleck, Jeremy Irons, Kiersey Clemons, Ron Livingston, Maribel Verdú

Spider-Man: Across the Spider-Verse

Una oda visual

No hay que pasar demasiado deprisa delante de esta película que, si bien es la segunda parte de una trilogía y retoma a un superhéroe muy conocido danzando en el multiverso, por su técnica en realidad es una auténtica obra de arte y pienso que marcará un antes y un después en la animación cinematográfica. No por nada los involucrados (los tres directores y los tres guionistas) provienen de lo mejor del mundo de la animación actual, incluido Pixar. Y la trepidante historia de Miles Morales, el chico afroamericano de Brooklyn convertido en Spider-Man, junto con la de sus muchos equivalentes de otros universos, es el pretexto ideal para dar rienda suelta a un espectáculo visual frenético que es difícil procesar de un vistazo (epilépticos abstenerse, digo yo, y pienso que para públicos más afines a lo tradicional la película puede ser incluso desesperante).

La trama se retoma un año después de donde la dejó la primera entrega del Spider-Verse (que marcó la pauta de este estilo de animación y se llevó un Óscar por ello). Miles Morales debe seguir con su vida adolescente mientras combate el mal como Spider-Man. Lo mismo que Gwen Stacy, la Spider-Woman de su propia realidad, quien es reclutada para formar parte de la Spider-Society, conformada por los Spider-People de cada universo, liderados por el atormentado Mike O’Hara / Spider-Man 2099. El cariño que se tienen unirá de nuevo a Miles y Gwen, tanto como la amenaza de un nuevo villano con tintes existencialistas: La Mancha, cuyo rasgo distintivo es el no-ser (su cara es un agujero, cuando no un rostro sin rasgos) a pesar de su humor desenfadado, y que puede viajar entre dimensiones y amenazar así todo el multiverso.

Lo dicho, una trama que podría ser exasperante cuando no incomprensible, en este caso se aprovecha para explotar al máximo el ritmo y los valores visuales de la cinta. Cada universo —y su respectivo Spider-Man— tiene una técnica de animación distinta. Algunos son divertidísimos, como el Spider-Man de la India, y otros simplemente geniales como el personaje de Spider-Punk, animado incluso a una velocidad de cámara distinta, que armoniza su estilo estético rebelde con su personalidad también contradictoria aunque leal. Un Spider-Man de padre afroamericano y madre latina como es el protagonista es un excelente reclamo de diversidad y representación —hoy que mucho cine la hace más forzadamente— y que además tiene una familia unida y estable, algo excepcional en el mundo de los superhéroes. La narración, sin embargo, funciona porque en el fondo es muy clásica: el viaje del héroe, una y otra vez, donde el héroe aprende de sus fracasos y nunca pierde su noble corazón.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Joaquim Dos Santos, Kemp Powers, Justin K. Thompson
GUION Phil Lord, Christopher Miller, Dave Callaham
MÚSICA Daniel Pemberton
REPARTO (voces) Shameik Moore, Hailee Steinfeld, Oscar Isaac, Jason Schwartzman, Jake Johnson, Brian Tyree Henry, Luna Lauren Velez, Daniel Kaluuya, Issa Rae, J.K. Simmons

Guardianes de la Galaxia 3

Fin de la trilogía del equipo cósmico de inadaptados

Después de varios escándalos para permitir que James Gunn dirija la película desde 2017, «Guardianes de la Galaxia 3» es el esperado cierre de la exitosa trilogía de Marvel, envuelta por acción y ciencia ficción para continuar las emocionantes aventuras de Star-Lord y su equipo intergaláctico. Con un elenco carismático y un enfoque único, los personajes se enfrentan a desafíos personales y se ven envueltos en situaciones cósmicas, mientras que su lealtad y valentía son puestas a prueba.

Con ciertas licencias y libertades creativas, la dirección de James Gunn es excepcional, con su estilo visual distintivo, logrando transportar al espectador a mundos extraterrestres asombrosos y creando secuencias de acción que después de 32 películas de Marvel es difícil de hacer memorables (como la que se presenta en un pasillo de nave espacial). El diseño de producción para recrear planetas y personajes intergalácticos usando colores vibrantes y la atención al detalle en los efectos visuales contribuyen a una experiencia visual cautivadora.

El elenco de «Guardianes de la Galaxia 3» brilla una vez más en sus respectivos roles. Chris Pratt como Star-Lord muestra un carisma innegable y un manejo magistral de la comedia y la emoción. Además, Zoe Saldana, Dave Bautista, Bradley Cooper y Vin Diesel aportan profundidad y humanidad a sus personajes, generando un vínculo emocional con el público, sobre todo en algunas secuencias (flashback, revelaciones o explosiones catárticas) donde se abren y muestran profundidad.

La trama ofrece un equilibrio entre momentos de acción trepidante y exploraciones emocionales más profundas, entre la acción vertiginosa y los momentos de humor característicos de la franquicia. A través de diálogos ingeniosos y situaciones sorprendentes, mantiene al espectador comprometido y satisface las expectativas de los fanáticos, aunque por momentos la trama puede sentirse predecible y carente de sorpresas.

La película aborda temas de amistad, redención y el poder del trabajo en equipo. Con la evolución de los personajes, explora la importancia de superar el pasado y encontrar la redención personal. Oscilando entre las risas y las lágrimas, con un equilibrio de secuencias de eventos desafortunados y milagros que salvan el día, nos encontramos con un malvado bastante interesante que nos lleva a dudar sobre el papel que juega la explotación, la búsqueda de la mejora, la evolución y la «perfección», que en ocasiones conduce a ciertos abusos (animales, niños, comunidades completas) más por una insatisfacción con la realidad que por alcanzar un potencial bienestar.

La selección del soundtrack, elemento icónico de la trilogía vuelve a funcionar por su capacidad para involucrar canciones con los eventos en pantalla. La música no sólo acompaña al fondo por momentos, más bien se convierte en un recurso más para hacer la película interesante para todos, desde el inicio nostálgico con «Creep» (acústico) hasta grandes canciones como «No Sleep till Brooklyn» y «Dog Days Are Over».

Con la conformación de un equipo de inadaptados tratando de conectar con los demás, hay mensajes sobre la familia que nosotros elegimos y el valor de proteger aquello que amamos. Las ideas se transmiten elocuentemente, sin caer en moralismos o pontificar. La familia como lugar en donde nos podemos dar a los demás es un punto común a lo largo de la historia y se maneja con delicadeza y claridad.

Los recuerdos de un personaje evidencian los abusos y desgracias a las que se ha visto enfrentado durante varios años. Después de haber sembrado un sujeto deleznable y absurdamente violento durante varias películas, consigue plantearnos cómo conocer el pasado de alguien nos permite comprender mejor su manera de responder, su actuar, el sentir respecto a ciertas circunstancias. La comprensión habilita el cariño hasta por un mapache modificado con ganas de destruir todo a su camino para tratar de olvidar el dolor que habita en su interior.

La superación del pasado (no solo el recuerdo permanente o el olvido) abre la puerta al futuro, progreso que es imposible hasta que uno entiende, perdona y toma fuerza de los momentos que más han marcado nuestra vida. Si cada uno no se acepta como un racoon (mapache) con sus errores, aciertos, talentos y tragedias a lo largo de su aventura, es imposible impactar personalmente al mundo y los demás con plenitud. Gran escena de reconocimiento y reflexión para todos: “Ya estarás acá, pero todavía no. Tienes una misión por cumplir.”

A través de la apertura a la misión personal (“vocación”) que se va descubriendo en la dolorosa pero transformadora historia de Rocket, la búsqueda de sentido y encontrarlo en la trascendencia se proyecta como lo más importante de la vida. Al final de la película, dedican bastante tiempo para materializarlo en distintas formas de dedicarse al servicio de otros, quitándonos del centro individualista de nuestra existencia.

La película evidencia la crisis que atraviesa la compañía, porque Marvel demuestra que es capaz de hacer películas entrañables, que disfrute su audiencia y que permita encariñarse más con sus personajes favoritos, pero tendrá que dar pasos hacia atrás y aceptar que algunos de sus presupuestos narrativos y de producción simplemente no están funcionando. El cambio tendrá que darse pronto antes de empezar a agonizar.

En general, «Guardianes de la Galaxia 3» cumple con las expectativas al ofrecer una aventura cósmica emocionante con personajes entrañables y una dirección visualmente impresionante. Aunque tiene algunos puntos predecibles, los momentos de diversión y los temas subyacentes la convierten en una película recomendada para los seguidores de la franquicia y los amantes del cine de superhéroes. Interesa el futuro de la dirección hábil de James Gunn, que ha tomado las riendas del reboot del universo de DC Comics. ¡Larga vida al nuevo capitán Rocket Racoon!

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN James Gunn
GUION James Gunn
FOTOGRAFÍA Henry Braham
MÚSICA John Murphy
REPARTO Chris Pratt, Zoe Saldaña, Dave Bautista, Karen Gillan, Pom Klementieff, Vin Diesel, Bradley Cooper, Sean Gunn, Chukwudi Iwuji, Will Poulter