Aladdín

(2019) Estados Unidos
DIRECCIÓN Guy Ritchie
GUION John August y Guy Ritchie. Basado en la película escrita por Ron Clements, John Musker, Ted Elliot y Terry Rossio
FOTOGRAFÍA Alan Stewart
MÚSICA Alan Menken
REPARTO Will Smith, Mena Massoud, Naomi Scott, Marwan Kenzari, Navid Negahban, Nasim Pedrad

Ajuste de época

Dentro de la estrategia de Disney de hacer en live-action sus grandes éxitos animados, tras las más tempranas 101 Dálmatas y Alicia en el País de las Maravillas, hemos visto en los últimos años desfilar a Maléfica, Cenicienta, El libro de la selva, La Bella y la Bestia, Christopher Robin y Dumbo. Le llegó el turno a Aladdín y detrás vienen ya anunciadas El Rey León, La dama y el vagabundo, Mulán y La Sirenita. Amén de la crisis de contenidos originales que esto presenta, siempre es la oportunidad de revivir un clásico e incluso darle un giro original aprovechando la familiaridad y buena disposición de la audiencia. Desafortunadamente, es una oportunidad que con Aladdín se dejó pasar.

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El reto partía de que la cinta original es un clásico muy querido, con el estupendo aporte del finado Robin Williams como el Genio, que obligara a los animadores a hacer ajustes de todo tipo como chistes adelantados a la época en que sucede la narración o transformaciones del personaje imitando a Jack Nicholson, entre otras. Ciertamente esta versión debía tomar otro derrotero, pero su opción de seguir casi plano a plano la cinta original solo hizo evidentes sus carencias frente a ella. Lo que parecía una acertadísima decisión al elegir como director a Guy Ritchie, quien se pensó aportaría acción y un toque realista a la historia, más bien resultó en un pastiche raro de efectos especiales y una ciudad colorida que se ve tan falsa que parece intencional.

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Si bien la apuesta por que Will Smith interpretara al Genio sonaba bien también —es evidente que, como en la original, en este personaje pivotan las posibilidades de lucirse de la película, y Smith ha demostrado varias veces que es buen actor, cantante y comediante—, de nuevo se falla al darle poca chispa pues sus mejores escenas son cuando hace comedia de situación en su forma humana y no con la magia que le permitirían los efectos especiales y el hecho de que sea un Genio gamberro (un mundo de posibilidades que la cinta animada sí aprovechó de sobra). En cambio, los jóvenes Mena Massoud y Naomi Scott, que interpretan a Aladdín y Jazmín, son lo mejor del reparto, dando frescura a los personajes y provocando una empatía con su relación. El Jafar de Marwan Kenzari, joven, de voz aguda y poca presencia, está a años luz del villano al que diera voz Jonathan Freeman, y se antojaba como un papel más adecuado para un Ben Kingsley o incluso Irrfan Khan.

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En lo que sí se esmera esta nueva versión es en ajustarla a los tiempos actuales. Especialmente notorio es en la evolución y centralidad del personaje de la princesa Jazmín, quien no solo se niega a ser desposada con los príncipes que se presentan a su puerta, sino que en este caso quiere cambiar una tradición milenaria y ser ella misma el sultán de su pueblo. Para ello ha estudiado y se ha preparado —es una mujer intelectual, inconforme y valiente— y para demostrarlo se introdujo una canción nueva (Speechless) que es el Let it go de esta nueva Jazmín que va en la línea de la Elsa de Frozen y de Moana. La película podría llamarse Jazmín perfectamente. En fin, esta versión hace que quienes apreciamos la original corramos a verla de nuevo y quizá sea esa su mejor aportación.

John Wick 3: Parabellum

(2019) Estados Unidos
DIRECCIÓN Chad Stahelski
GUION
 Derek Kolstad, Shay Hatten, Chris Collins y Marc Abrams
FOTOGRAFÍA Dan Laustsen
MÚSICA Tyler Bates y Joel J. Richard
REPARTO Keanu Reeves, Halle Berry, Laurence Fishburne, Ian McShane, Mark Dacascos, Asia Kate Dillon, Lance Reddick, Anjelica Houston

Las reglas de la violencia

Si vis pacem, para bellum.
(Si quieres paz, prepara la guerra).

En el 2014 se estrenó una película sugerente: la protagonizaba un Keanu Reeves que, a pesar de tener entonces 50 años, mantenía esa mística que ha aportado al cine de acción desde Point Break y, por supuesto, la trilogía de Matrix. La dirigía Chad Stahelski, quien precisamente fue el doble de escenas peligrosas (en castellano no tenemos un equivalente satisfactorio para stuntman) de Reeves en Matrix, y que se ponía tras la cámara por primera vez después de una larga carrera como doble de acción. El resultado —la primera John Wick— fue una película con una violencia emocionante y presentada de un modo innovador, que junto con Mad Max: Fury Road dio un giro refrescante al cine de acción, a la par que hacía sonreír con su premisa voluntariamente ridícula: un sicario retirado que monta un órdago cuando su mascota es asesinada.

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La segunda entrega fue en la misma línea, abundando un poco más en el universo narrativo —quizá lo más interesante de la trilogía— que creó el guionista Derek Kolstad, con todo un submundo que rige el crimen y la violencia, bajo las órdenes de la High Table, con hoteles «sacralizados» donde está prohibido «hacer negocios» (matar a otro), personajes arquetípicos que juegan papeles clave en ese mundo (el recepcionista impasible, el rey de los pordioseros, etc) y reglas ineludibles como la del marcador que obliga con una promesa de sangre y otros elementos parecidos, que contienen una ingeniosa mezcla de lo religioso con lo burocrático. A partir del éxito se han empeñado en hacer una nueva saga: la cuarta parte ya está anunciada y quién sabe hasta dónde llegará.

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Quizá la más floja de las tres —con unas dosis de violencia que le valió la clasificación de solo para adultos—, esta tercera parte comienza en el momento exacto en que terminó la anterior, y es un sin parar de escenas de pelea con la excusa narrativa de que el personaje ha quedado «excomunicado»: las reglas no valen para él, hay una recompensa por matarlo y nadie puede ayudarlo. Al tratarse de John Wick, como se dice en la película, las posibilidades de que sobreviva son a partes iguales… Además del regusto violento para quienes disfrutan ese tipo de cine, su ingrediente clave es apelar a una serie de reglas —tan propias de los juegos de niños y que, por tanto, nos devuelven a la infancia de alguna manera— que tienen consecuencias, como se dice continuamente en la película, y por encima de las cuales no puede haber nadie. Una bonita simplificación que nos distrae de una realidad actual que ya nos gustaría que respetara las reglas.

Nosotros

(2019) Estados Unidos
DIRECCIÓN y GUION Jordan Peele
FOTOGRAFÍA Mike Gioulakis
MÚSICA Michael Abels
REPARTO Lupita Nyong’o, Winston Duke, Shahadi Wright Joseph, Evan Alex, Elisabeth Moss, Tim Heidecker

Atados

Voy a enviarles una calamidad de la que no podrán escapar.
Por más que griten pidiéndome auxilio, no los escucharé.
Yo, el Señor, lo afirmo.
Jeremías 11, 11

Tras pasar de ser un comediante inmortalizado en un meme al primer afroamericano ganador del Oscar a Mejor guion original (además de nominado a Mejor director y Mejor película) por su excelente ópera prima Get Out, Jordan Peele tenía encima los ojos del mundo en espera de un cine original. Ahora entrega un nuevo filme de suspenso-terror también escrito y dirigido por él, sobre una mujer afroamericana y su familia que son el centro de una persecución de doppelgängers: físicamente idénticos así como malvados y afásicos.

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A pesar del buen manejo del suspense y destacadas actuaciones —cada actor interpreta a su personaje y a su respectivo alter ego perverso— destacando la protagonista Lupita Nyong’o, así como una excelente e intrigante musicalización de Michael Abels, la original premisa se antoja demasiado simple para desarrollar todo un largometraje. Así, se enfanga un poco en el clímax con una dosis excesiva de información final que intenta explicar todo lo ocurrido, amén del efectivo plot twist final que resulta un cierre satisfactorio.

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No logra ser tan redonda como Get Out, y a pesar de la rica simbología como los atuendos rojos, la referencia al movimiento ochentero de Hands Across America o las tijeras con que atacan los sosias —alegoría de dos partes idénticas necesariamente unidas—, la pretendida metáfora de Nosotros es un poco forzada, en referencia a las diferencias sociales en Estados Unidos, donde unos gozan de muchos privilegios y otros viven a costa de ellos (de ahí que el título original Us pueda leerse también com US, es decir, United States, y que al ser cuestionados los dobles sobre quiénes son respondan: «we are Americans»). Un filme interesante en la línea de mezclar el suspense con cierta comedia en un fin de semana de un protagonista afroamericano, que busca así repetir la fórmula de Get Out sin alcanzarla del todo.

Avengers: Endgame

(2019) Estados Unidos
DIRECCIÓN Anthony Russo y Joe Russo
GUION Christopher Markus y Stephen McFeely
FOTOGRAFÍA Trent Opaloch
MÚSICA Alan Silvestri
REPARTO Josh Brolin, Robert Downey Jr., Chris Evans, Chris Hemsworth, Mark Ruffalo, Scarlett Johansson, Jeremy Renner, Paul Rudd, Brie Larson, Karen Gillan, Don Cheadle, Rene Russo, Tilda Swinton, Benedict Cumberbatch, Chris Pratt, Bradley Cooper, Vin Diesel, Zoe Saldana, Pom Klementieff, Dave Bautista, Tom Hiddleston, Tom Holland, Chadwick Boseman, Danai Gurira, Elizabeth Olsen, Sebastian Stan, Anthony Mackie, Jon Favreau

Punto y aparte

La esperadísima continuación de Avengers: Infinity War —que dejara a sus súperprotagonistas hundidos en el dolor de la pérdida de media humanidad tras un chasquido del villano Thanos— ha logrado no solo superar el récord de taquilla de primer fin de semana de su antecesora, superando los mil doscientos millones de dólares, sino lo que era más importante: cumplir con las expectativas de los innumerables espectadores, fans o no, que aguardaron un año para ver lo que parece ser un cierre de una narrativa que empezó hace once años con la primera película de Iron-Man.

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Ya se sabe que estas películas no pretenden una autonomía narrativa, sino que están vinculadas entre sí. Esta no es la excepción y hay que haber visto, naturalmente, Infinity War y poco se entenderá si no se conoce la historia general de sus protagonistas, que se ha vertido en 22 películas a lo largo de estos años. El filme logra emocionar por sus bien logradas dosis de acción, su tono épico, momentos puntuales de comedia (aunque menos que en Infinity War) y el desarrollo de cada uno de los personajes principales, así como la oportuna inclusión de los no tan principales.

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En ese sentido, el de Tony Stark/Iron-Man, auténtico protagonista de esta entrega, es un gran cierre; al Capitán América se le recupera con mucha fuerza (lo que no sucedía en Infinity War); Hawkeye reaparece con un conflicto interno demoledor (esa brutal secuencia de apertura) y Black Widow alcanza por primera vez una relevancia digna de un personaje fundador. Mucho menos afortunada es la presentación de Hulk, quien pierde su esencia de Dr. Jekyll/Mr. Hyde para brindar un personaje tan soso como funcional, y por supuesto de Thor, a quien Taika Waititi había recuperado en su divertida Thor: Ragnarok y que se robó el tercer acto de Infinity War y que aquí es convertido en un chiste que dura demasiado, con su barriga y su actitud derrotista, si bien es una evolución coherente del personaje y da pie a un encuentro madre-hijo que es de lo mejor de la película.

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La trama acude —como era de esperar— al viaje en el tiempo aunque esquivando el problema de las paradojas, y consta de un primer acto oscuro, más bien lento y algo desconcertante; un segundo acto entretenido que de paso revisita momentos clave de estas películas a modo de despedida; y un tercer acto épico y lleno de emoción. De esta forma, tiene un buen ritmo in crescendo que consigue su impactante final con todo y epílogo lacrimógeno. Naturalmente no es el punto final del llamado universo cinematográfico de Marvel, pero sí una justa despedida al puñado de personajes que empezaron con él: sus sucesores están ya lo suficientemente impulsados con la apuesta de que duren más que el gusto de la audiencia por el cine de superhéroes, lo que parece que aún será un rato más.

 

Cold War

(2018) Polonia
DIRECCIÓN Pawel Pawlikowski
GUION Pawel Pawlikowski y Janusz Glowacki
FOTOGRAFÍA Lukasz Zal
REPARTO Joanna Kulig, Tomasz Kot, Agata Kulesza, Borys Szyc, Cédric Kahn, Jeanne Balibar

Década de pasión

En la Polonia comunista de posguerra, un músico se enamora de una joven aldeana que conoce en el proyecto de grabar las tradiciones folklóricas polacas para conservar su identidad frente al dominio soviético. El contexto histórico que lleva a esta pareja a acoplarse, exiliarse, rendirse, odiarse, amarse y salvarse, desde París hasta los campos de concentración, es un poderoso telón de fondo para una historia pasional entre él, sereno y devoto, y ella, audaz y alocada, en su historia de amor en circunstancias difíciles a través de los años.

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Siguiendo la misma clave estética y de tono de su Ida (2013, Oscar a Mejor película extranjera), aunque con menos interés antropológico que esa historia de la novicia que descubre sus raíces judías antes de hacer sus votos, Pawel Pawlikowski dirige magistralmente esta historia de sentimientos arrolladores, en la que se intuye un toque muy personal: los protagonistas tienen el nombre de los padres del director, a quienes dedica el filme.

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Sus esmerados planos, también aquí en formato casi cuadrado y contrastado blanco y negro, son cada uno una obra de arte. La ambientación fría de la Polonia sometida y los ambientes bohemios europeos están plenamente conseguidos. La trama y la profesión de sus protagonistas son el pretexto para que la música tenga un papel central, tanto en piezas populares polacas como el jazz de la bohemia. Excelentes interpretaciones hacen una película redonda, si bien el ritmo poco convencional y el guion con saltos narrativos intencionales puede hacerla demasiado densa para algunos públicos.

Cafarnaúm

(2018) Líbano
DIRECCIÓN Nadine Labaki
GUION Nadine Labaki, Jihad Hojeily y Michelle Keserwany
FOTOGRAFÍA Christopher Aoun
MÚSICA Khaled Mouzanar
REPARTO Zain Al Rafeea, Yordanos Shiferaw, Boluwatife Treasure Bankole, Kawsar Al Haddad, Fadi Yousef, Alaa Chouchnieh, Nadine Labaki, Elias Khoury

Infancia en las periferias

Y tú, Cafarnaúm, ¿crees que serás levantada hasta el cielo?
¡Bajarás hasta lo más hondo del abismo! 
Mateo 11, 23

Esta bella y demoledora película libanesa tiene como premisa a un niño que demanda a sus padres por haberle dado la vida. A modo de flashbacks, conocemos la historia del protagonista Zain, quien a sus 12 años —según calculó el médico, pues no tiene acta de nacimiento ni documentación alguna— se encuentra en la cárcel por haber acuchillado a un hombre. La trama irá develando la corta pero dura vida de Zain, su relación con su hermana obligada a casarse a los 11 años, y su amistad con una inmigrante africana y su bebé, del que Zain termina haciéndose cargo.

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La directora Nadine Labaki parte de distintas experiencias reales de pobreza y miseria que recogió en los barrios pobres de Beirut, y eligió a actores no profesionales —personas que han vivido situaciones parecidas— a los que dirige con paciencia y una gran visión. Si bien el joven Zain Al Rafeea —un refugiado sirio que Labaki encontró en el casting— tiene un natural ante la cámara innegable, al dirigir niños el gran mérito es de la directora en este caso, pues todo el tiempo en pantalla es de este joven, muchas veces solo o con el bebé, del que se logran también reacciones impresionantes. La propia directora, también actriz, tiene un pequeño papel como la intrépida abogada de Zain.

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La película es bella estéticamente, su estructura episódica mantiene un buen ritmo y presenta un rico mosaico de situaciones y personajes en torno a Zain, como la inmigrante africana madre soltera, la niña siria que sueña con vivir en Suecia, el anciano que se viste de hombre cucaracha a la Spiderman para promocionar un parque de atracciones, o el traficante de personas que busca quedarse con el bebé. Especial peso tienen los padres de Zain, a ratos despreciables por su actitud y a ratos dignos de compasión: víctimas ellos también de la llamada cultura del descarte, tan presente hoy en Líbano como en el mundo entero.

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El melodrama se une al reclamo social que el filme busca, y no deja de ser interesado el fuerte mensaje contra la natalidad que inserta de un modo poco verosímil, en los labios de un niño al que la trama presenta como adulto, resentido y amargado, ya sin la espontaneidad natural de su edad, solicitando que se obligue a sus padres a no tener más hijos. Este mensaje se une a la indudable calidad cinematográfica de la película para otorgarle el Premio del jurado en el Festival de Cannes, y la nominación al Oscar a Mejor película de habla no inglesa. Cafarnaúm es el nombre de la ciudad adoptiva de Jesucristo en Galilea, misma que el Mesías maldijo por su falta de fe; de ahí que en árabe se use como sinónimo de caos o de infierno, y es esto lo que Nadine Labaki busca reflejar quizá con poca esperanza pero con toda piedad.

Green Book

(2018) Estados Unidos
DIRECCIÓN Peter Farrelly
GUION Nick Vallelonga, Brian Currie y Peter Farrelly
FOTOGRAFÍA Sean Porter
MÚSICA Kris Bowers
REPARTO Viggo Mortensen, Mahershala Ali, Linda Cardellini, Dimiter D. Marinov, Mike Hatton

Kilometraje de amistad

En la década de 1960, el músico culto afroamericano Don Shirley contrata a Tony «Lip» Vallelonga, un portero de club nocturno de ascendencia italiana, hábil y hablador, para que sea su chofer y guardaespaldas en una gira por los estados del sur profundo de los Estados Unidos valiéndose de la guía —el Green Book— que señala los lugares en que las personas de color pueden alojarse sin peligro en esos estados donde impera el racismo.

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La fórmula es sencilla y eficaz. Dos personajes muy distintos entre sí y en sí mismos paradójicos —en este caso un hombre blanco, inculto y de baja extracción, empleado por un hombre negro refinado y de gustos exquisitos— que se ven obligados a convivir (lo hemos visto desde en el Quijote hasta en Up, Men in Black, Due Date…) de donde surge una amistad mutuamente enriquecedora. Si es basada en una historia real y esta amistad desafía el racismo de mediados de siglo pasado en Estados Unidos, tanto mejor.

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Peter, uno de los conocidos hermanos Farrelly, responsables de comedias simples como Una pareja de idiotas y su secuela; Loco por Mary o Irene y yo y mi otro yo, se separa de su hermano y dirige esta road movie con un guion escrito por el hijo del propio Tony Vallelonga (no sin polémica con la familia de Don Shirley). La película es entretenida y bien hecha sin mayores audacias estéticas ni narrativas. Un film que da prioridad a su mensaje, sin caer en lo propagandístico, pero subrayando la hipocresía de una sociedad que puede aplaudir a un artista de color pero no le permite utilizar su baño.

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Lo más valioso sin duda son las interpretaciones de los dos protagonistas. Viggo Mortensen, con varios kilos encima, deja su habitual aire misterioso y soñador para encarnar a un italoamericano fanfarrón y divertido, que podría ser sacado de una película de Scorsese. Por su parte, Mahershala Ali consigue su segundo Oscar encarnando al Doctor Don Shirley, un músico de excelente formación y modales refinados que esconde un alma atormentada tras una fachada de superioridad. Todo suma a una combinación perfecta para ganar el Oscar a mejor película, lo cual por supuesto no quiere decir que lo sea.

El infiltrado del KKKlan

(2018) Estados Unidos
DIRECCIÓN Spike Lee
GUION Charlie Wachtel & David Rabinowitz y Kevin Willmott & Stan Lee basados en el libro de Ron Stallworth
FOTOGRAFÍA Chayse Irvin
MÚSICA Terence Blanchard
REPARTO John David Washington, Adam Driver, Laura Harrier, Ryan Eggold, Jasper Pääkkönen, Topher Grace

Poder blanco, poder negro

El mítico director afroamericano Spike Lee se basa en la historia real del policía afroamericano Ron Stallworth que en 1979 se infiltró en el Ku Klux Klan —fingiendo por teléfono, con el apoyo de su compañero blanco en los encuentros en persona— para hacer una crítica social fuerte del perenne racismo en Estados Unidos a través de una cinta que pretende ser comedia. Lee se mantiene fiel a sus temáticas como a su estilo, con una introducción irónica y un cierre con imágenes reales (incluidas declaraciones del Presidente Donald Trump) de violencia racista, combinados con la buena música R&B o su sello estético del plano de doble dolly —los personajes se distancian del fondo junto con la cámara—, entre otros.

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No evita caer en la exageración y en la caricatura, lo que termina por hacer a sus personajes falsos —con excepción de Adam Driver, que interpreta al compañero judío de Stallworth que se hace pasar por él frente a los racistas y que atraviesa por una interesante crisis de identidad al tener que defender a otro— y quita así el peso al propio mensaje antiracista. Los miembros del Ku Klux Klan se presentan como irrealmente malvados y estúpidos —su Gran Mago es interpretado por Topher Grace, más bien cómico como siempre— y la trama deviene en un tercer acto poco creíble y un deus ex machina poco convincente.maxresdefaultInteresante es que no muestre a los afroamericanos solamente como víctimas, sino también incapaces de entender a la otra parte, y que sean los héroes los que buscan el consenso y se apegan a las vías institucionales, tan valoradas en la sociedad estadounidense. Aunque se entiende la intención cómica, el efecto social que claramente pretende (de nuevo, véanse las imágenes reales del epílogo) queda lejos del de clásicos como Mississippi en llamas (1988) o Tomates verdes fritos (1991) —o del videoclip de This is America de Childish Gambino, sin ir más lejos—. Lo que era una historia meritoria se convierte en el retrato poco sutil de un grupo de policías muy poco profesionales. Sin en la vida real fueron héroes, desde luego la película, aunque entretenida, no les hace justicia.

La favorita

(2019) Irlanda, Reino Unido, Estados Unidos
DIRECCIÓN Yorgos Lanthimos
GUION Deborah Davis, Tony McNamara
FOTOGRAFÍA Robbie Ryan
REPARTO Olivia Colman, Rachel Weisz, Emma Stone, Nicholas Hoult, Joe Alwyn, Mark Gatiss

Tercia de damas

Filme de época del director griego Yorgos Lanthimos quien recrea en su peculiar estilo el triángulo de rivalidades que se dio en la corte inglesa entre Ana, la última reina de los Estuardo, y dos de las damas de su corte a principios del siglo XVIII. A pesar de su cuidada recreación visual de la época —dos de sus diez nominaciones al Oscar son diseño de producción y diseño de vestuario— y de tener bastante precisión histórica en cuanto a los hechos, el sello de la película es la dirección de Lanthimos, en su línea de humor negro, situaciones absurdas y personajes a ratos ridículos y a ratos tristes, muy tristes.

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En este sentido recuerda un poco a la Marie Antoinette (2006) de Sofia Coppola. No por nada las actrices dicen que las referencias que el director les dio fueron las screwball comedies con sus diálogos ágiles y situaciones divertidas y no los filmes típicamente cortesanos. Esta mezcla consciente de elementos da lugar a escenas deliciosas como la del excéntrico baile en la corte, o la carrera de patos en cámara lenta —otro rasgo estilístico de Lanthimos—, que resultan del todo modernas sin romper con la ambientación de época y la música clásica que compone la banda sonora.

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El esmero en lo visual —con una fotografía (también nominada al Oscar) que se vale únicamente de luz natural y velas a lo Barry Lyndon (Stanley Kubrick, 1975) y continuos ángulos contrapicados que lucen los bellos techos de palacio tanto como dan superioridad a los personajes— es su segunda carta fuerte, siendo la principal las estupendas interpretaciones de las tres protagonistas: Olivia Colman como una reina Ana caprichosa e infantil a la vez que llena de dolor; Rachel Weisz como Lady Sarah Malborough, la mujer de confianza de la reina que cuida de la soberana a la vez que le impone su voluntad; y Emma Stone como Abigail, una prima de Lady Sarah venida a menos quien utiliza sus encantos para ganarse el favor real. Sendas nominaciones al Oscar para las tres son suficientes para hacer que la película valga la pena y sobra decir que es un filme preponderantemente femenino.

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Lanthimos, que tras su etapa griega cruzó el charco con la excelente The Lobster (2015), se encumbra con esta cinta multipremiada que tiene su toque por todos lados. A pesar de sus buenas cualidades estéticas y de actuación, no deja de presentar una historia oscura de personajes sin escrúpulos y lascivos (su licencia poética incluye un triángulo lésbico entre las protagonistas). Aunque esta vez el guion no es suyo, comparte con el universo del director griego una visión miserable de la naturaleza humana, aunque las risas no falten.

Glass

(2019) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION M. Night Shyamalan
FOTOGRAFÍA Mike Gioulakis
MÚSICA West Dylan Thordson
REPARTO Bruce Willis, Samuel L. Jackson, James McAvoy, Sarah Paulson, Anya Taylor-Joy, Spencer Treat Clark

Cerrar el círculo

[Esto será un poco largo. Si solo te interesa la crítica de Glass (tercera parte de una trilogía) sin considerar las dos películas anteriores y la carrera de su director, puedes saltar al párrafo 5, es decir, después de la primera imagen]

En el año 2000 vi El protegido (Unbreakable) en el cine. Era la siguiente película de M. Night Shyamalan, un joven director americano de ascendencia india que había sorprendido al mundo un año antes con El sexto sentido. La crítica lo comparó con Hitchcock y se decía que sería el nuevo Spielberg. Sin tener la fuerza de su cinta anterior —una genialidad que, ahora lo sabemos, el director no conseguirá alcanzar— en todo caso El protegido me pareció fascinante desde la primera escena. Dosificando el suspense, con logrados planos, escenas poderosas (varias quedaron grabadas a fuego en mi mente adolescente) y una sorpresa final en la trama, Shyamalan planteaba la existencia real de las personas que los cómics mostraban poéticamente como superhéroes, todo a través del conflicto de dos hombres (Bruce Willis y Samuel L. Jackson) que buscaban el sentido de sus vidas de dolor y vacío. Una película sólida y lograda.

El tiempo pasó, los superhéroes en el cine seguirían un camino muy distinto. En el 2002, Sony estrenó la primera Spiderman (la de Tobey Maguire, hoy la de los memes) que marcaría un estilo de blockbuster de superhéroes muy distinto a los oscuros Batmans de Tim Burton y a los ya lejanos Supermans con Christopher Reeve, que era de lo poco en que las viñetas habían saltado a la pantalla grande. Llegarían las hoy ya decenas de películas de Marvel y unas cuantas de DC.

Shyamalan siguió también su propio camino, uno a todas luces descendente incluso para los entusiastas que esperábamos cada una de sus películas con la ilusión de que volviera a sorprendernos. Con Señales (2002) nos confundió con una pretendida conexión mística de extraterrestres. La aldea/El bosque (2004) prometió llevarnos de nuevo al terror para arrojarnos en lo que resultaba ser un experimento político anticapitalista. En La joven del agua (2006) se empeñó en mostrarnos una versión de los cuentos infantiles que contaba a su hija mientras exprimía las gotas de su modo de hacer suspense. El incidente (2008) ya rayó en el absurdo, donde la trama consistía en huir del aire para no suicidarse (como en Bird Box, exacto, pero sin monstruo, o sea peor). Después, por algún motivo, hizo una adaptación fílmica de una serie animada pseudo-japonesa y una película en la que Will Smith y su hijo volvían a la Tierra un milenio después de que la humanidad la abandonara: por respeto a lo que un día fue Shyamalan, no vi ninguna de las dos. Me acabo de enterar de que en 2015 hizo una película donde unos niños temían a sus abuelos que se volvían locos de noche. Bien por él.

Un buen día del 2016 se estrenó Múltiple (Split), bien referenciada por una sorprendente actuación de James McAvoy interpretando a un asesino serial con veintitantas personalidades. Sorpresa: era la nueva película de Shyamalan. Sin ser nada del otro mundo, ciertamente el modo en que McAvoy pasaba de ser un niño de 9 años a una elegante señora a un hooligan entusiasta… todo en una toma, era asombroso. Y de pronto sucedió. En la escena final apareció David Dunn (el personaje de Bruce Willis en El protegido) viendo en las noticias el caso de este asesino. Y terminó la película. Conté todo lo anterior para intentar contextualizar lo que esa aparición ahí, en esa película y en ese punto de la carrera de Shyamalan, significaba. Al poco tiempo se anunció Glass, en la que el director uniría la historia de El protegido con la de Múltiple. Incluso dijo que la idea era incluir al personaje de McAvoy en El protegido desde un inicio. No sé si creerle. En todo caso, la esperanza renació.

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Vayamos pues a esta película. Valga aclarar que es la parte final de una trilogía y que quien no haya visto El protegido (Unbreakable) y Múltiple (Split) se perderá bastante y disfrutará muy poco. Lo mismo quien espere ver una película de superhéroes a la Marvel. Volvemos con David Dunn (Bruce Willis), quien durante años ha continuado con un perfil bajo usando su fuerza y resistencia sobrehumanas para combatir maleantes. Lo cubre y apoya su hijo (Spencer Treat Clark), con quien tiene una empresa de artículos de seguridad. Su objetivo es encontrar a un asesino de muchachas jóvenes, nada menos que el protagonista de Múltiple, Kevin Crumb (James McAvoy). Cuando se enfrentan, la policía los atrapa a ambos y los interna en un centro psiquiátrico de alta seguridad donde lleva años recluido el genio criminal Elijah Price, apodado Mr Glass (Samuel L. Jackson). Ahí, una psicóloga (Sarah Paulson) intentará convencerlos de que sus «poderes» son solo un delirio de grandeza del que deben curarse, con el apoyo respectivamente del hijo de David, la madre de Elijah (Charlayne Woodard) y Casey (Anya Taylor-Joy), la víctima de Kevin que logró ver su lado humano.

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Si bien la idea de unir estas dos tramas era sumamente atractiva, el desafío era pegar dos materiales bastante distintos. El protegido es una película pausada, sobre el vacío interior de un hombre con un drama familiar que se encuentra con un personaje enfermo, un experto en cómics con una vida dolorosa, que se obsesiona con él. Múltiple, por su parte, es un thriller con bastante ritmo, suspense continuo y toques de terror y de acción. Al unirlos, Shyamalan pierde la magia de sus primeros personajes al arrojarles mucha luz (literalmente) y da una trama insuficiente a su Kevin/La bestia/La horda al enfrentarlo al siempre impávido David Dunn, ya anciano, y hacerlo cómplice de un Mr Glass anestesiado.

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El conflicto limitado a las paredes del hospital sabe a poco, y la teoría de si realmente son extraordinarios o todo es psicológico carece de interés. La comparsa de los personajes secundarios, así como el injustificado entendimiento entre ellos solo busca rellenar una trama que nunca arranca realmente. Todo aquello termina cuando prometía apenas empezar y se nos ofrece una vuelta de tuerca final (qué sorpresa) bastante forzada. En fin, la actuación de James McAvoy nuevamente es sorprendente; a Samuel L. Jackson no se le permite lucirse en absoluto (y pensar que esto se llama Glass, quién sabe por qué) y Willis se limita a ser el tipo duro y silencioso que Shyamalan le pide que sea, pero esta vez sin una buena historia y un ritmo que claramente demandaba otra cosa. En una época de exceso de cine de superhéroes, se antojaba una reflexión sobre lo que eso dice de nosotros como seres narrativos (y hay mucho que decir), pero Shyamalan —el hombre con la maldición de haber hecho su mejor película al inicio de su carrera— no parecer ser quien la brinde.

(P.D. El tradicional cameo de Shyamalan aquí roza lo ridículo, con un guiño a El protegido que queda como cuando un profesor dice un chiste del que solo se ríe él.)

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