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(2017) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Darren Aronosfky
FOTOGRAFÍA Matthew Libatique
REPARTO Jennifer Lawrence, Javier Bardem, Ed Harris, Michelle Pfeiffer, Domhnall Gleeson, Brian Gleeson, Kristen Wiig

Mater Dolorosa

Darren Aronosfky es un artista genial. Y, por lo mismo, para algunos incomprendido. Sus películas, audazmente perturbadoras, lo habían dejado claro hasta ahora. Pi, el orden del caos; Réquiem por un sueño; Cisne Negro… Con ¡Madre!, dicen algunos, se ha vuelto loco. Lo cierto es que ofrece una de las experiencias más impactantes y originales del cine en los últimos años. Tal cual. Un opresivo thriller que termina estallando en una poderosa metáfora que chorrea simbolismo por todas partes. Hay que verla, desde luego, pero sabiendo que uno va a una experiencia fuerte, muy fuerte, y que no gustará a todos los públicos. Es dura de digerir.

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Una pareja vive en una casa en el campo. Ella (Jennifer Lawrence), algo más joven que él, se dedica a cuidar de la casa mientras él (Javier Bardem), poeta, busca activar su proceso creativo. Pero una pareja (Ed Harris y Michelle Pfeiffer) irrumpe en su hogar creando una situación incómoda para la joven ama de casa, que se va intensificando y complicando a cada toma. Por cierto, quizá sea este reparto lo que lleve a la gente a ver esta película: no por nada estos cuatro suman dos Oscares y 11 nominaciones, y vaya que en ¡Madre! lo hacen valer. Cada uno encarna una marcada personalidad que se refleja en cada acción y cada mirada.

La focalización fija en ella (el personaje principal) acentuada por los planos —siempre subjetivos (lo que ella ve) o en primer plano de ella en abrumadores planos secuencia— remarca esta sensación de opresión y angustia, además de crear gran empatía con el personaje. El sonido también es fundamental. Sin música de ningún tipo, la recreación del ambiente en la casa y las sensaciones de la protagonista plasmadas en sonidos conforman la atmósfera.

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Los primeros dos actos bien podrían ser una obra de teatro minimalista, con una extrañísima trama digna de los mejores cuentos de Cortázar. Fácilmente entendemos la angustia del personaje, pues se ve invadido un espacio que a todos nos es familiar: el propio hogar, la intimidad misma. Una serie de acontecimientos que se muestran como inevitables —sobre todo por la personalidad de ella, poco conflictiva, y la de él, ingenuamente magnánimo— va in crescendo hasta lo que cualquiera juzgaría como inaceptable.

[A partir de aquí, spoilers. Recomendamos ver la película antes de leer esta segunda parte]

El tercer acto, sin romper la continuidad emocional y de la trama, se convierte en una vorágine desquiciada dando un salto de una trama que parecía realista a una metáfora manifiesta, que representa la historia del mal en la humanidad. Ella ha quedado embarazada, y cientos de seguidores de su marido —fascinados por el poema que finalmente ha compuesto— han invadido su hogar y quieren ver a su hijo recién nacido, al que llevan regalos. Ella lo protege, pero él, que sigue abogando por sus seguidores, consigue mostrárselo. La turba adora al niño y en su frenesí termina por matarlo y por alimentarse de él solemnemente ante el estupor y el furor de la madre a quien luego atacan también antes de que enloquezca y se encienda en llamas junto con la casa.

Imposible en este punto no ver el simbolismo religioso, muy en la línea de la última película de Aronofsky, Noé, y en este caso específicamente cristiano. Como en aquella película, su metáfora no es del todo ortodoxa, pero entiende muy bien el fondo del asunto —pienso que su representación del mal y del pecado, como en Noé, es acertadísima—. Y así, el poeta es una clara representación de Dios (el único personaje con mayúsculas en los créditos, Him; que termina diciendo “soy el que soy” y “mi labor es crear” y que, siempre clemente con la alocada turba, le dice a ella tras la muerte de su hijo: “ahora tenemos que perdonarlos”); la pareja intrusa son Adán y Eva, y sus hijos Caín y Abel, que como en la Biblia uno asesina al otro.

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Ahora bien, el simbolismo va más allá. Ella, la madre, más que la Virgen María si nos ciñéramos —o si Aronosfky lo hiciera— a la metáfora cristiana (aunque en escenas como en el nacimiento del hijo o en el dolor de la madre ante su muerte sí podría serlo) más bien sugiere ser la madre naturaleza, dañada por los hombres y al parecer vengativa con ellos, aunque se da especial relevancia al amor y al corazón en llamas de la madre que permite un nuevo comienzo. El final circular resulta también de lo más enigmático, planteando quizá que la creación de mundos es cíclica y que Dios siempre comienza de nuevo tras las tropelías de los hombres.

Naturalmente esto es arte, y no se puede establecer una plantilla de equivalencias, pero los símbolos resultan más que sugerentes. En todo caso, la experiencia estética que ofrece Aronofsky termina siendo todo un planteamiento simbólico, con muchas aristas filosóficas y religiosas, en la línea de El árbol de la vida de Terrence Malick. Poesía cinematográfica en toda regla que, aunque no vaya a gustar a todos, vaya que se agradece, pues siempre el arte verdadero lleva a comprender un poco más el alma humana.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

It

(2017) EE.UU.
DIRECCIÓN Andy Muschietti
GUION Chase Palmer, Cary Fukunaga y Gary Dauberman, basada en la novela de Stephen King
FOTOGRAFÍA Chung-hoon Chung
MÚSICA Benjamin Wallfisch
REPARTO Bill Skarsgård, Jaeden Lieberher, Sophia Lillis, Finn Wolfhard, Jeremy Ray Taylor, Jack Dylan Grazer, Chosen Jacobs, Wyatt Oleff, Nicholas Hamilton

Eso vuelve

Veintisiete años después del famoso telefilme (dividido en dos partes) It, adaptación de la novela de Stephen King, que aterrorizó a los niños y cambió la imagen de los payasos para siempre, llega a las pantallas esta nueva versión que, homenajeando a la novela y a su antecesora, sabe aprovechar muy bien los recursos actuales para hacer una cinta de terror estupenda. Siendo esta solo la primera parte, se centra en los acontecimientos que los protagonistas viven siendo niños, mientras que la novela y la versión anterior presentan en paralelo el presente con los protagonistas adultos y su infancia en el pasado.

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En la línea de la exitosa serie Stranger Things —aunque el proyecto venía de más atrás— el éxito de It recae en los niños protagonistas y en la nostalgia de los ochentas (la historia se sitúa en 1988 y 1989), que mezcla los momentos agradables del verano en un típico suburbio estadounidense —el pueblo ficticio de Derry, en el estado de Maine— y de la amistad de estos preadolescentes, con la amenaza del mal que representa “Eso”: un ser que aparece cada veintisiete años para alimentarse del miedo de los niños, y que se encarna sobre todo en el terrorífico payaso Pennywise.

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Tras cambios en la dirección y en el reparto, finalmente el proyecto recayó en el director argentino Andy Muschietti, conocido del género de terror por su película Mamá (2013), producida por Guillermo del Toro quien quedara impactado al ver el cortometraje homónimo del argentino. Los niños actores cumplen de maravilla, quizá Finn Wolfhard el más reconocible pues protagoniza también Stranger Things, aunque con un personaje bastante distinto. Sin embargo, las palmas van para el joven sueco Bill Skarsgård (miembro de la familia de actores suecos más conocida en Hollywood) que a sus veintisiete años consigue aterrorizar con su versión propia del payaso Pennywise, reto nada fácil considerando el icono que del personaje hizo en su día el gran Tim Curry.

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La fotografía y la música, incluidas unas cuantas canciones muy acertadas para el tono de la historia, contribuyen a ese ambiente de verano ochentero, así como a las partes más oscuras y a los sustos, bastante más espeluznantes que los de la versión anterior, al menos mirados desde hoy. Y a su modo, It es también una metáfora del mal en la sociedad, y cómo este es vencido desde la inocencia y la amistad. En fin, la segunda parte ya está anunciada y esperamos que el regreso de Eso a la vida de los protagonistas veintisiete años después sea tanto o más lograda que este disfrutable remake.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Baby Driver

(2017) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Edgar Wright
FOTOGRAFÍA Bill Pope
MÚSICA Steven Price
REPARTO Ansel Elgort, Lily James, Kevin Spacey, Jamie Foxx, Jon Hamm, Eiza González, Jon Bernthal

Rockola motorizada

Desde el accidente en que perdió a sus padres, Baby (Ansel Elgort) necesita estar escuchando música para aplacar el zumbido en sus oídos, acompañando su vida de un continuo soundtrack que ajusta según su actividad y sus emociones. Habilísimo conductor a pesar de su juventud, Baby trabaja conduciendo el coche de huida en los atracos de un jefe del crimen (Kevin Spacey) desde que contrajo una deuda con él. Para huir de esa vida junto con su novia Debora (Lily James), tendrá que realizar un último trabajo con el impulsivo Bats (Jamie Foxx), y la implacable pareja de Buddy (Jon Hamm) y Darling (Eiza González).

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Conocido por sus alocadas comedias —para estómagos fuertes—, el inglés Edgar Wright ha sabido mezclar el humor absurdo (heredado de sus compatriotas de Monty Python) con un notable manejo de las técnicas cinematográficas, del ritmo y de la construcción del guion, no siempre valorados precisamente por el estilo socarrón de sus historias. Habiéndose ceñido hasta ahora al género de la comedia violenta con tintes de ciencia ficción, con Baby Driver amplía sus posibilidades y acompañado de un gran reparto entrega una oda al ritmo, a la música y al movimiento.

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El soundtrack, como es de suponerse, es excelente. Wright escribió, filmó y editó cada escena basándose en la canción correspondiente, y eso se nota. Eso sumado a la velocidad propia de la trama e intensificada por el estilo del director, hace de esta película una auténtica experiencia audiovisual, si bien el estilo del director sale de manifiesto sobre todo en el tercer acto, donde la violencia tarantiniana puede desconcertar a los espectadores no familiarizados con las otras películas del inglés.

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Aunque muy distinta, recuerda un poco —al menos por su título y la premisa de la trama— a la extraordinaria Drive, si bien menos oscura y más dinámica. Los actores no pueden lucirse mucho por el tipo de historia, aunque cada uno consigue el arquetipo que la historia requiere. En fin, una película que merece ser experimentada, pues sabe exprimir las posibilidades de la herramienta aunque no sea del gusto de todos.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Dunkerque

(2017) Reino Unido, EE.UU., Francia, Países Bajos
DIRECCIÓN Y GUION Christopher Nolan
FOTOGRAFÍA Hoyte Van Hoytema
MÚSICA Hans Zimmer
REPARTO Fionn Whitehead, Aneurin Barnard, Harry Styles, Mark Rylance, Cillian Murphy, Kenneth Branagh, Tom Hardy, Jack Lowden

Victoriosa retirada

La décima película de Christopher Nolan causó enorme expectación. El director inglés se ha especializado en generar grandes blockbusters sin renunciar a contenidos complejos, gustando a la crítica y al gran público por igual. Con Dunkerque, un poderoso relato sobre el rescate de las tropas inglesas acorraladas por los nazis en la playa de Dunkerque (Francia), da una auténtica cátedra de cinematografía.

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Menos ambiciosa en la trama que sus películas anteriores, la primera película basada en hechos reales del director se centra en tres relatos puntuales en torno a este evento militar, ubicados en tierra, mar y aire respectivamente: los jóvenes soldados que intentan huir de la costa; civiles patriotas que se disponen a cruzar el Canal de la Mancha para ayudar a traer soldados —como hicieron muchos ese día, que pasó a ser uno de los eventos patrióticos colectivos de la historia inglesa—; y un par de pilotos que intentarán proteger a las tropas desde el aire.

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Este tríptico tiene su peripecia narrativa, algo característico del sello de Nolan. En este caso juega con la temporalidad, pues los eventos de tierra tienen una duración de una semana, los del mar un día y los del aire una hora, aunque se intercalan en el relato indistintamente. La fuerza de Dunkerque radica en que, centrándose en quienes viven la guerra en primera línea —no hay aquí grandes discursos políticos, ni planeaciones militares como en otras películas bélicas históricas— hace uso de los elementos más propios del cine: excelente fotografía, edición y sonido (que vengan los premios), así como una atinada banda sonora de Hans Zimmer, todo en función de un solo elemento: suspense. Se transmite tensión al espectador en todo momento, y esto prácticamente sin ningún diálogo. Cine puro, como le gusta a Nolan, defensor casi romántico del celuloide que afirma que si algo no se ve en una sala de cine no puede considerarse tal.

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El reparto mezcla jóvenes actores desconocidos (Fionn Whitehead, Aneurin Barnard) con maestros ya consagrados (Kenneth Branagh, Mark Rylance) y habituales de Nolan (Cillian Murphy y Tom Hardy, por cierto con el rostro cubierto, como cuando interpretara a Bane). Incluso el cantante Harry Styles hace un debut cinematográfico bastante decente. Un reparto coral que sin embargo no renuncia a profundizar en los personajes, así como en la amistad surgida entre compañeros de desgracia, el comprensible trauma del soldado que huye y la misericordia de quienes lo acogen, o el sacrificio de quien pone antes la misión que la propia vida.

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En su patente universalidad, la película tiene un sabor local inglés que se agradece, con los acentos, los modales y las escenas entrañables de soldados y marinos civiles gritándose su lugar de procedencia entre lágrimas. Y es que en los tiempos que corren —independientemente de las críticas que ha recibido por imprecisiones históricas— rescatar momentos heroicos en los que el ciudadano de a pie se arriesga por salvar al compatriota es un mensaje importante que no se debe dejar pasar. Dunkerque no fue una victoria, sino una retirada necesaria en que una nación se arriesgo por salvar a sus hombres. No está claro que algo semejante pudiera repetirse en nuestro tiempo.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

 

Okja

(2017) EE.UU.
DIRECCIÓN Bong Joon Ho
GUION Bong Joon Ho y Jon Ronson
FOTOGRAFÍA Darius Khondji
MÚSICA Jaeil Jung
REPARTO Tilda Swinton, Paul Dano, Jake Gyllenhaal, Giancarlo Esposito, An Seo Hyun, Lily Collins, Steven Yeun, Devon Bostick, Daniel Henshall, Yoon Je Moon

Comida para llevar

Okja es un signo de los tiempos. Una película estadounidense-coreana, producida por Netflix para su plataforma (se estrenó mundialmente en miles de dispositivos: un hecho histórico), sin que esto le quite ser un producto cinematográfico de primera línea, como se ve por su director y reparto, o porque fuera proyectada en el último Festival de Cannes, donde concursó por la Palma de Oro. Su trama es también otro signo de los tiempos: la empresa Mirando ha desarrollado una nueva raza transgénica de “súper cerdos” y, para desviar la atención del público y hacer creer que son naturales, distribuyen 26 en distintas partes del mundo para ser criados por granjeros locales. En algún lugar de Asia se cría Okja, que crece a la par que la pequeña niña Mija, hasta que la empresa pretende separarlas para llevar a Okja a Nueva York, donde concursará para ser el mejor súper cerdo… y ser degustada por el mundo entero.

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Escrita y dirigida por el coreano Bong Joon Ho (Snowpiercer, 2013), la película es una auténtica sátira, en la que se critica todo: las empresas de alimentos, los mataderos de reses, los medios de comunicación, las técnicas de marketing… pero también el estilo de vida vegano extremo, la hipocresía de parte de la sociedad o la superficialidad de algunos movimientos ecológicos. Tiene algo de King Kong (Okja es un animal enorme, parecida a un hipopótamo con orejas y tamaño de elefante, arrebatada de «su» hábitat natural para ser exhibida en la gran ciudad) y algo de películas de denuncia, concretamente Fast Food Nation (Richard Linklater, 2006) por su crítica a una producción masiva y cruel de carne de res.

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Impresiona la calidad de los efectos, pues Okja —generada por computadora— interactúa con su entorno y con los personajes con toda verosimilitud. Su fuerte, sin embargo, radica en las excelentes actuaciones. La camaleónica Tilda Swinton (entusiasta de Bong Joon Ho: aparece también en Snowpiercer y es una de las productoras de esta Okja), interpreta a Lucy Mirando, la infantil CEO de la empresa, y a su pragmática gemela Nancy; Paul Dano, siempre genial, es el líder del Frente de Liberación Animal que pretende rescatar a Okja; Jake Gyllenhaal interpreta a Johnny Wilcox, un presentador de TV fracasado que es el animador del espectáculo: un personaje que resulta tan desagradable como talentoso es Gyllenhaal quien consigue transformarse en pantalla (y a quien la Academia le debe por lo menos otra nominación desde su protagónico en Nightcrawler). Y, por supuesto, la pequeña An Seo Hyun, quien lleva gran parte de la trama pues en paralelo a Okja vive paso a paso el viaje del héroe que asegura el éxito de una historia.

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Aunque con una trama un tanto convencional y predecible, la apuesta de Netflix resultó acertada y no será la última gran película que veremos producida por el gigante del streaming. La fábula elegida, sin embargo, es bastante pesimista, pues entre tantos humanos malvados que se nos presentan la única esperanza de bien termina siendo una tierna super pig que, paradójicamente, no existe realmente: Okja.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

 

Wonder Woman

(2017) EE.UU.
DIRECCIÓN Patty Jenkins
GUION Allan Heinberg, Zack Snyder, Jason Fuchs
FOTOGRAFÍA Matthew Jensen
MÚSICA Rupert Gregson-Williams
REPARTO Gal Gadot, Chris Pine, Connie Nielsen, Robin Wright, Danny Huston, Elena Anaya, David Thewlis, Ewen Bremner

Poder femenino

La auténtica batalla entre superhéroes se juega en la taquilla. Marvel y DC Comics se han declarado la guerra, que hasta ahora gana el primero. Al menos en números. La saga de los Avengers y derivados (Marvel), aunque en mi opinión menos cinematográficas que las de Superman y Batman (DC) —estas últimas tienen guiones más sólidos y son más memorables, aunque hay que reconocer que las primeras son de enorme disfrute para el gran público—, han tenido mejores ganancias en taquilla. Así, de cara a juntar a sus personajes en las próximas películas de la Liga de la Justicia, DC leyó los signos de los tiempos y jugó la carta de la Mujer Maravilla. Y todo indica que le pegó al gordo.

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Tras la sorpresiva aparición del personaje en Batman v Superman. Dawn of Justice, esta entrega se centra de lleno en el origen de Wonder Woman, la Mujer Maravilla, como superheroína. Como el marveliano Thor, se trata de un personaje mitológico que se inserta en el mundo de los humanos; concretamente, es Diana (Gal Gadot), princesa de las Amazonas, mujeres guerreras creadas por el dios Zeus para combatir a Ares, el dios de la guerra. A su isla, ubicada en otra dimensión, consigue llegar el piloto británico espía Steve Trevor (Chris Pine), quien ha descubierto las mortíferas armas químicas alemanas elaboradas por el General Ludendorff (Danny Huston) y la Dra. Maru (la española Elena Anaya) con las que no solo ganarán la guerra sino destruirán a buena parte de la humanidad. Diana decide dejar a su gente para unirse a Steve y vencer a Ares, responsable último de toda guerra entre humanos.

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Dos elementos importantes le dan particular fuerza y atractivo a esta película. Por un lado, esta mezcla de superhéroes con película bélica de época, que en su día le funcionó al Capitán América, cuya historia de origen se ubicó en la Segunda Guerra Mundial como esta Wonder Woman en la Primera, donde la heroína se mete literalmente en la trinchera y lucha hombro con hombro con los soldados aliados. El segundo es la carta a la que apostó DC con la superheroína más popular: el feminismo. Se trata de un enfoque feminista discutible —como el que impera nuestro tiempo, por otro lado—, pues no solo busca equiparar a la figura masculina (“Yo soy el hombre que puede vencerlo”, dice Diana) sino incluso eliminarla: la protagonista proviene de una civilización donde los hombres literalmente no existen, y ella misma no fue engendrada por varón alguno. En todo caso, la trama y el personaje funcionan resultando muy actuales, y la directora Patty Jenkins hace un trabajo correcto dentro de lo esperado en una película del género.

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A eso se suma el imán en pantalla que resulta la modelo y actriz israelí Gal Gadot, que confirma ser un excelente casting para interpretar al personaje, apoyada por un conjunto de actores secundarios bien elegidos, entre los que destacan nada menos que Connie Nielsen y Robin Wright (actualmente de moda por su personaje de Claire en la serie House of Cards) como las Amazonas principales. Todo confluye en una película muy entretenida y que nos deja con mejores esperanzas para lo que vendrá en el universo de DC Comics, que a diferencia del de Marvel apenas despega. Parece que esta batalla no ha hecho más que comenzar.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Logan

(2017) EE.UU.
DIRECCIÓN James Mangold
GUION James Mangold, Scott Frank y Michael Green
FOTOGRAFÍA John Mathieson
MÚSICA Marco Beltrami
REPARTO Hugh Jackman, Patrick Stewart, Dafne Keen, Boyd Holbrook, Stephen Merchant, Richard E. Grant

Salir en hombros

What have I become 
My sweetest friend 
Everyone I know goes away 
In the end

Hurt, Johnny Cash

El cine de superhéroes tiene para rato. Entre los distintos planes de Marvel y DC Comics respectivamente, que superan juntos la veintena de películas ya planeadas, no podemos más que esperar que no solo nos entreguen grandes efectos visuales. Por suerte, James Mangold y su magnífica Logan han decidido explorar una línea distinta. La última entrega del personaje de los X-Men —yo no diría que es parte de la saga propiamente— es oscura, fuerte (de las pocas películas de superhéroes clasificadas solo para adultos, únicamente con Deadpool), realista y, digámoslo, muy humana.

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Año 2029. Un Logan/Wolverine (Hugh Jackman) alcohólico, dañado —por dentro y por fuera— y desencantado de la vida trabaja como chofer de limosina en la frontera de Estados Unidos con México. Con sus ingresos compra medicinas para el mítico Profesor Charles Xavier (Patrick Stewart) que, ya nonagenario, vive escondido en un tanque de agua abandonado donde sufre convulsiones que, por sus poderes, resultan peligrosas en varios kilómetros a la redonda. Ellos y el albino Caliban (Stephen Merchant), que cuida al profesor en ausencia de Logan, son los únicos mutantes que quedan en un mundo poco amigable, hasta que una enfermera mexicana busca a Logan para que ayude a Laura (Dafne Keen), una niña misteriosa que tiene sus mismos poderes …e iguales garras. Y que es perseguida por un grupo paramilitar.

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James Mangold no viene del cine de superhéroes —aunque dirigió The Wolverine, la última película del personaje en solitario— y consigue imprimir este estilo distinto. Así, Logan tiene mucho de western (incluido homenaje a Shanela joya del género dirigida por George Stevens en 1953), ubicada en los grandes desiertos fronterizos. Es también una road-movie en toda regla, donde los personajes deben lidiar con el camino mientras se conocen y sortean los peligros rumbo a su destino (en este caso «Eden», donde Laura espera reunirse con otros jóvenes mutantes). La acción recuerda mucho a la estupenda Mad Max. Fury Road, con tomas más largas, violencia explícita y un protagonista con mucha mala leche que busca, casi sin saberlo, redención. De hecho no pueden ajustarle mejor las dos canciones de Johnny Cash vinculadas a la película (una en el trailer y otra en los créditos finales), tanto por su estilo y letra como el espíritu caído pero esperanzado del cantante, el «hombre de negro», un ferviente cristiano (no es casualidad que Mangold escribiera y dirigiera también la excelente biopic de Cash, Walk the Line (2005), protagonizada por Joaquin Phoenix; pero esa es otra historia).

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Clara despedida de una era de este personaje, la película carga mucha nostalgia, acentuada por las múltiples referencias a su propio universo narrativo, lo cual la hace un interesante metarrelato. Así, Logan encuentra que Laura es una ávida lectora de los cómics de X-Men; utiliza para esconderse el nombre de «James Howlett» (su nombre de nacimiento en los cómics); y un ojo avizor detectará la katana del samurái de The Wolverine en el tanque donde viven. Más entrañable resulta la referencia a la primera película —por la que el mundo conoció a un australiano llamado Hugh Jackman interpretando a Logan/Wolverine— cuando Charles Xavier le dice a Logan que lo esperan en la Estatua de la Libertad. «Eso fue hace mucho tiempo», contesta Logan (en realidad Laura esperaba en el motel «Liberty», decorado con la estatua). Y, sobre todo, la preciosa cena familiar que los personajes comparten inesperadamente con una familia típica americana, y donde se ponen a recordar esa escuela especial que el profesor dirigía… Y nos damos cuenta que estos personajes son ya cultura colectiva, son nuestros amigos secretos que, como nosotros, buscan su propia redención.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

La chica desconocida

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Jean-Pierre y Luc Dardenne
FOTOGRAFÍA Alain Marcoen
REPARTO Adèle Haenel, Jérémie Renier, Christelle Cornil, Olivier Gourmet, Fabrizio Rongione, Louka Minnella, Nadège Ouedraogo

El timbre de la conciencia

No muchos espectadores del gran público conocen el cine de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne. Quizá porque entre la hegemonía de Hollywood es difícil que luzcan un puñado de historias que ocurren todas en un pequeño poblado de Bélgica y habladas en francés. Sin embargo, estos cineastas son de los pocos que han ganado dos veces la Palma de Oro en el Festival de Cannes (solo ocho cineastas lucen semejante logro, en los casi 80 años del Festival), y su cine ha avanzado con paso firme de la mano de un estilo realista y conflictos morales bien delineados.

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En su última película, La chica desconocida, la protagonista es la joven médico Jenny Davin (Adèle Haenel), quien una noche escucha el timbre de su consultorio y decide no abrir por no estar ya en horario laboral. Al día siguiente es encontrada muerta una chica afroamericana: la que había tocado su puerta. Conflictuada por no haber ayudado, Jenny empieza una investigación para conocer la identidad de esta joven inmigrante que incomodará a todos los implicados en esa pequeña localidad.

Al conflicto moral en torno a un personaje generoso, sello de las películas de los Dardenne, esta vez se añade el suspense de la investigación de la protagonista y los potenciales peligros en que la pone, dando un toque de thriller al drama habitual de estos cineastas. Fieles a su estilo, las tomas son con cámara en mano y sin score musical, lo que acentúa la sensación de realidad, así como el que la forma no se detenga a dar explicaciones ni a acentuar las emociones. Todo simplemente fluye y, como siempre con los Dardenne, funciona.

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Como otras protagonistas —siempre mujeres— de los Dardenne, Jenny Davi es una mujer más bien inexpresiva, de carácter serio y pocas palabras. Eso hace más interesante el desarrollo, pues son sus acciones las que la van dando a conocer y no su personalidad, lo que es siempre una excelente decisión a nivel dramático. De paso nos muestra el día a día de una profesional de la Medicina desde el punto de vista social y moral, al estilo de la famosa novela La ciudadela de A.J. Cronin.

En una sociedad occidental marcada por la competitividad y lo que el Papa Francisco ha llamado la «cultura del descarte», donde cada uno ve solo por sus propios intereses y los pobres y los inmigrantes son ignorados cuando no utilizados, esta película —como todas las de los Dardenne—  es un reconfortante rayo de esperanza, quizá también porque no se ampara nunca en motivos religiosos, sino en que los seres humanos debemos ver unos por otros pues, como deja clara la película, no solamente es la mejor opción, sino que es realmente la única.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Moonlight

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Barry Jenkins
GUION Barry Jenkins y Tarell Alvin McCraney
FOTOGRAFÍA James Laxton
MÚSICA Nicholas Britell
REPARTO Mahershala Ali, Naomie Harris, Janelle Monáe, Alex R. Hibbert, Ashton Sanders, Trevante Rhodes, André Holland

Elegía azul

¿Y aquellas alas de mariposa azul de qué nos sirven?,
preguntarán los que nacieron sin alas.
¿De qué nos sirve eso que flota en el vago azul de los sueños?
Del prólogo de Azul de Rubén Darío

La historia en tres capítulos de Chiron (Alex R. Hibbert/Ashton Sanders/Trevante Rhodes), un muchacho afroamericano que crece conflictuado por la falta de cariño —su única familia es su madre soltera y drogadicta (excelente Naomie Harris)— y por su propia timidez unida a una latente inclinación homosexual, es bellamente retratada por el director Barry Jenkins. Ya el título (que incluso traducido suena a poesía por la aliteración: luz de luna) nos plantea una película lírica aunque no por eso menos fuerte. Su trama fragmentada y el crecimiento en edad del personaje recuerdan a Boyhood, de Richard Linklater, aunque en un ambiente bastante más agresivo socialmente.

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El planteamiento en el arranque promete mucho, pues incluso antes que al protagonista nos presenta a Juan (Mahersala Ali), un narcotraficante duro pero de buen corazón, que pronto se ve atrapado en un conflicto de conciencia: intentar ayudar al conflicto familiar del niño, a la vez propiciado por él pues la madre soltera de Chiron es cliente suya. Sin duda el mejor personaje, y muy bien interpretado: el Oscar de mejor actor de reparto a Ali es una de las tres estatuillas de la película. La pena es que Juan desaparece de la trama antes de que puedas decir spoiler, y las dos siguientes partes de la trama no consiguen tener el nivel de conflicto de la primera.

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Estéticamente está muy lograda. El manejo de cámara es excelente, con varios planos secuencia, y la fotografía consigue mezclar los soleados blancos de Miami con la luz eléctrica y los bellos colores azul y rosa neón que llenan la noche de esa sensación de trágica poesía. Otro acierto es la preciosa música de orquesta de Nicholas Britell, que acompaña las etapas de la vida del protagonista, junto con algunos fragmentos de canciones muy bien elegidos, incluyendo a intérpretes afroamericanos como Barbara Lewis o Boris Gardiner, hasta Mozart y el guapango mexicano Cucurrucucú Paloma interpretado por Caetano Veloso.

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Volviendo a la trama, quizá no termine de enganchar conforme avanza porque en Chiron tenemos un protagonista pasivo, cuyos sueños y objetivos no tenemos claros, lo cual siempre es un riesgo en cualquier guion, por no decir un error. De hecho, los pocos momentos en que es activo —su venganza contra el bully, por ejemplo— son los más logrados. En fin, queda siempre abierto el debate en torno a si esta película es una defensa de las minorías (tanto de afroamericanos como de homosexuales) y si es esto lo que la llevó a ganar el Oscar a mejor película. Solo diré que es una película muy bella y poderosa —aun con todo lo ya dicho— y que no es tendenciosa. Las discretas alusiones a la inclinación sexual del personaje están bien encuadradas dentro del sufrimiento que hay en su vida, y si se abstiene de reivindicar ideologías, más bien nos da elementos para comprender sin juzgar, algo tan necesario en nuestro agitado mundo.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Silence

(2016) EE.UU.
DIRECCIÓN Martin Scorsese
GUION Jay Cocks y Martin Scorsese basados en el libro de Shūsaku Endō
FOTOGRAFÍA Rodrigo Prieto
MÚSICA Kathryn Kluge, Kim Allen Kluge
REPARTO Andrew Garfield, Liam Neeson, Adam Driver, Yōsuke Kubozuka, Tadanobu Asano, Issei Ogata, Ciarán Hinds

La fe histórica y la apostasía ficticia

Por eso me complazco en las debilidades,
en insultos, en privaciones, en persecuciones
y en angustias por amor a Cristo,
porque cuando soy débil, entonces soy fuerte.
2 Corintios 12:10

Hay que acercarse con mucho respeto a esta película. De entrada, porque es un proyecto personal —una obsesión casi— de uno de los directores de cine vivos más importantes, Martin Scorsese (el neoyorquino viene intentando desde 1990 hacer la versión cinematográfica de la novela homónima de 1966 de Shūsaku Endō). Después, porque entra en un terreno delicadísimo: el alma, la conciencia de los hombres, terreno al que hay que entrar descalzo porque es sagrado, como alguna vez se ha dicho.

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Tras un rápido crecimiento del cristianismo durante 50 años desde la llegada de San Francisco Xavier en 1549 a esas tierras —autores hablan de que llegó a haber hasta 700 misioneros y 70,000 bautizados—, en 1597 esa religión es prohibida por las autoridades y sistemáticamente eliminada, con numerosos mártires y la institucionalización de prácticas anticristianas como la obligación de pisar imágenes de Cristo, de la Virgen María y de otros santos, para probar que no se era cristiano, tal como se muestra en la película.

Para 1652 ya no quedaba rastro de cristianos a los ojos de las autoridades. Pues bien, la trama de Silence —que no es histórica, aunque su contexto sí lo es— se sitúa en 1670, cuando no quedaban ya misioneros ni cristianos públicos, lo que no había detenido la persecución. La historia se centra en el joven sacerdote jesuita portugués Sebastião Rodrigues (Andrew Garfield) que con su compañero Francisco Garupe (Adam Driver) se dispone a entrar a ese peligroso Japón para averiguar el paradero de su maestro, el Padre Cristóvão Ferreira (Liam Neeson), de quien han llegado rumores que dicen que apostató —abjuró de la fe católica— y vive casado con una japonesa. Los protagonistas eventualmente son descubiertos y arrestados, y las torturas físicas y psicológicas a las que son sometidos —ellos, pero sobre todo los inocentes fieles japoneses a los que atienden— crean el dilema de la película, en torno a la validez en todos sentidos de apostatar o no.

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Es conocido que Scorsese proviene de una familia católica, y estos temas le interesan profundamente, como ya demostró en la controvertida La última tentación de Cristo, que en 1988 causó escándalo pues situaba estos cuestionamientos de fe en la propia figura de Jesucristo, planteando el dilema de un modo genuino y artísticamente respetable, pero con el consiguiente y entendible disgusto de muchos creyentes. En Silence —ya lejos de lo eventualmente blasfemo— se nos plantea hasta qué punto es válido ceder ante el sufrimiento ajeno del inocente, e incluso si no tiene más mérito moral el renunciar a la palma gloriosa del martirio y arriesgarse a perder la propia salvación por el otro (semejante a lo que planteara Borges en su cuento «Tres versiones de Judas»).

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Como espectador católico, el desarrollo no me convence del todo. Se trata la fe como un elemento bastante superficial, una especie de convicción ideológica a secas. No se toma en cuenta la consciente debilidad del cristiano que no se apoya en sus propias fuerzas —»es el mejor de nosotros» dicen unos escépticos Rodrigues y Garupe, ante el rumor para ellos inconcebible de la apostasía de su maestro— sino en Dios precisamente. Rodrigues se compadece, sí, de la gente, pero reza poco y enseguida busca sacrificar aquello más importante para él —a lo que consagró su vida, se supone, por lo que viajó a un país donde la fe es perseguida, en primer lugar— ante el sufrimiento. Y que se justifica precisamente por ser sufrimiento ajeno. La fe de Rodrigues parece más bien sentimental al principio —»Cristo me fascina«, nos dice— y luego bastante «adaptable» ante los riesgos y amenazas; más que ante un sacerdote, parece como si estuviéramos ante un voluntario de una ONG con nobles sentimientos. Más auténtico resulta Kichijiro, quien peca y siempre vuelve arrepentido, mejor reflejo de lo que podemos ser los católicos que el misionero bondadoso que es Rodrigues.

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La película, en fin, plantea la visión social de la religión de nuestro tiempo en la situación de un misionero jesuita del siglo XVII. Está muy presente el relativismo y —qué dura esa conversación con su antiguo maestro Ferreira— un injusto complejo de superioridad eurocéntrico que argumenta que los japoneses no son capaces de asimilar el cristianismo y nunca lo han sido. En definitiva, el argumento muy actual de que la religión es mejor como algo privado, que no genere problemas a los demás, sobre todo a los débiles que serán pobres víctimas de una ideología extranjera impuesta que los lleva a morir. (Lo contrario, por cierto, de la excelente Hacksaw Ridge, la otra tremenda actuación de Andrew Garfield este año).

Y, de nuevo, los cuestionamientos de Scorsese me parecen genuinos. No pretende hacer una «película católica» ni mucho menos, y aunque opinable todo es verosímil (excepto la trampa narrativa de hacer oír la voz de Cristo en la conciencia de Rodrigues, pues el proverbial silencio divino del título se rompe en favor de una postura doctrinal determinada y, desde el punto de vista católico, incorrecta). Lo que sí pretende —y logra— es hacer una película enteramente espiritual, hasta el punto de que me pregunte si es de interés a alguien ajeno a la fe, aunque quizá haya que decir que no hay nadie ajeno a esto. Y muy bella. No por nada estuvo nominada la fotografía del mexicano Rodrigo Prieto, y le quedaron a deber bastantes nominaciones más. Es de celebrar, en todo caso, la osadía de estrenar un proyecto así de arriesgado en su planteamiento.

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La visión estrictamente humana de esta ficción con un final poco esperanzador colectivamente —aunque subjetivamente satisfactorio, quien lea entienda— no recoge enteramente la realidad, pues cuando Japón empezó a abrirse al mundo doscientos años después, en marzo de 1865, los misioneros fueron abordados por los kirishitan ocultos,  campesinos y pescadores que mantuvieron la fe de generación en generación. Cosa que no tiene explicación humana. Por supuesto que no.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor