Flash

Y su disfrash

Tras varios retrasos por la pandemia de covid y por los numerosos escándalos de su protagonista, el ahora no-binario Ezra Miller, se estrena esta intentona de DC Studios por acercarse al éxito de su competencia Marvel. La apuesta es el personaje de Barry Allen, que es también el superhéroe Flash, capaz de correr a gran velocidad hasta el punto de poder viajar en el tiempo —asunto clave en la trama de esta película—, y que es el personaje cómico dentro del grupo de la Liga de la Justicia: Superman, Batman, Wonder Woman y otros. Con ello, finalmente DC logra hacer una película menos oscura que sus últimos intentos, más entretenida y que, cómo no, explora los archisabidos multiversos tan de moda que ya hasta ganaron el Oscar a mejor película.

La primera película con el superhéroe de gran velocidad como protagonista no es la historia de su origen como superhéroe —menos mal— sino que lo aborda después de los hechos conocidos de las otras películas en que ha aparecido junto a Batman y Superman. En esta aventura, el divertido e inadaptado Barry Allen/Flash usa sus poderes para viajar al pasado para intentar salvar la vida de su madre y probar la inocencia de su padre, acusado de asesinarla. Por supuesto, todo sale mal, y termina en una línea temporal alterna donde debe aliarse con su insoportable yo más joven —lo que explota la vis cómica que hace divertida por fin una película de DC— y en la que sus amigos están un poco «cambiados»: no existe Superman sino Supergirl (Sasha Calle, que tendrá su película propia, por supuesto) y Batman no es su Batman (Ben Affleck) sino el primer Batman de la pantalla grande, interpretado por el ahora septuagenario Michael Keaton y que es un gran regalo a la nostalgia de quienes disfrutamos de aquellas películas de Tim Burton, con banda sonora incluida. Todos juntos deben enfrentar al malvado General Zod (Michael Shannon) que en esa realidad apenas invade la Tierra.

Así , la originalidad es casi nula —viaje en el tiempo, multiverso, y con ese pretexto narrativo recobrar otras versiones de los superhéroes como se hizo en Spiderman: No Way Home— y los efectos visuales son llamativamente malos para lo que estamos acostumbrados —la secuencia inicial del rescate de los bebés es una aberración cinematográfica, o un absurdo divertimento, depende el humor con que se vea—. Aunque tiene mérito que logre explicar visualmente el revoltijo de líneas de tiempo y universos paralelos en que se mete el personaje, por cierto con varios cameos que es mejor no arruinar a quien no la ha visto. La dirige el argentino Andy Muschetti quien dio el ancho con la nueva versión de las cintas de terror de It. Con todo, el conjunto es lo suficientemente entretenido y con un mensaje positivo de que madurar implica aceptar la realidad y no querer cambiarla a tu favor a toda costa.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Andy Muschetti
GUION Christina Hodson y Joby Harold
FOTOGRAFÍA Henry Braham
MÚSICA Benjamin Wallfisch
REPARTO Ezra Miller, Sasha Calle, Michael Keaton, Michael Shannon, Ben Affleck, Jeremy Irons, Kiersey Clemons, Ron Livingston, Maribel Verdú

Spider-Man: Across the Spider-Verse

Una oda visual

No hay que pasar demasiado deprisa delante de esta película que, si bien es la segunda parte de una trilogía y retoma a un superhéroe muy conocido danzando en el multiverso, por su técnica en realidad es una auténtica obra de arte y pienso que marcará un antes y un después en la animación cinematográfica. No por nada los involucrados (los tres directores y los tres guionistas) provienen de lo mejor del mundo de la animación actual, incluido Pixar. Y la trepidante historia de Miles Morales, el chico afroamericano de Brooklyn convertido en Spider-Man, junto con la de sus muchos equivalentes de otros universos, es el pretexto ideal para dar rienda suelta a un espectáculo visual frenético que es difícil procesar de un vistazo (epilépticos abstenerse, digo yo, y pienso que para públicos más afines a lo tradicional la película puede ser incluso desesperante).

La trama se retoma un año después de donde la dejó la primera entrega del Spider-Verse (que marcó la pauta de este estilo de animación y se llevó un Óscar por ello). Miles Morales debe seguir con su vida adolescente mientras combate el mal como Spider-Man. Lo mismo que Gwen Stacy, la Spider-Woman de su propia realidad, quien es reclutada para formar parte de la Spider-Society, conformada por los Spider-People de cada universo, liderados por el atormentado Mike O’Hara / Spider-Man 2099. El cariño que se tienen unirá de nuevo a Miles y Gwen, tanto como la amenaza de un nuevo villano con tintes existencialistas: La Mancha, cuyo rasgo distintivo es el no-ser (su cara es un agujero, cuando no un rostro sin rasgos) a pesar de su humor desenfadado, y que puede viajar entre dimensiones y amenazar así todo el multiverso.

Lo dicho, una trama que podría ser exasperante cuando no incomprensible, en este caso se aprovecha para explotar al máximo el ritmo y los valores visuales de la cinta. Cada universo —y su respectivo Spider-Man— tiene una técnica de animación distinta. Algunos son divertidísimos, como el Spider-Man de la India, y otros simplemente geniales como el personaje de Spider-Punk, animado incluso a una velocidad de cámara distinta, que armoniza su estilo estético rebelde con su personalidad también contradictoria aunque leal. Un Spider-Man de padre afroamericano y madre latina como es el protagonista es un excelente reclamo de diversidad y representación —hoy que mucho cine la hace más forzadamente— y que además tiene una familia unida y estable, algo excepcional en el mundo de los superhéroes. La narración, sin embargo, funciona porque en el fondo es muy clásica: el viaje del héroe, una y otra vez, donde el héroe aprende de sus fracasos y nunca pierde su noble corazón.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Joaquim Dos Santos, Kemp Powers, Justin K. Thompson
GUION Phil Lord, Christopher Miller, Dave Callaham
MÚSICA Daniel Pemberton
REPARTO (voces) Shameik Moore, Hailee Steinfeld, Oscar Isaac, Jason Schwartzman, Jake Johnson, Brian Tyree Henry, Luna Lauren Velez, Daniel Kaluuya, Issa Rae, J.K. Simmons

John Wick 4

La liturgia de la violencia

Regresa uno de los más recientes iconos culturales: John Wick, el sicario invencible, el Baba Yaga como se subtitula esta entrega —apodo tomado del folclor eslavo referido a una poderosa bruja—, el «esposo amoroso» como quiere que diga su epitafio, que solo quiere que lo dejen en paz y que decidió «matarlos a todos» cuando le quitaron el último recuerdo de su esposa: un cachorro. Ya di más contexto de esta saga en mi crítica de la entrega anterior, que recomiendo leer en este enlace. Si ahí resalté que el éxito y continuidad de este universo narrativo se basa en las reglas de la violencia que establece, aquí se da un paso más dando toda una liturgia a la violencia. Los personajes viven religiosamente su mundo violento de asesinatos, divididos en clanes o familias, regidos todos por una autoridad infalible, llenos de ritos y tradiciones que deben cumplirse.

De las (pocas) novedades en esta entrega son el joven villano, el Marqués de Gramond interpretado por el joven pero terrorífico Bill Skarsgård (interpretó a Pennywise, el payaso en las nuevas versiones de It, con eso se dice todo). Se trata de un hombre ambicioso y sin escrúpulos, designado por la autoridad para resolver ese «problema» que es John Wick y que siempre está a punto de romper las sagradas reglas. Por cierto que si todas sus escenas son conversaciones, éstas se sitúan en escenarios espectaculares (salas de banquetes, museos famosos, elegantes campos de equitación) que hablan del personaje indirectamente. Otros añadidos interesantes son los personajes del ciego, viejo amigo de Wick ahora obligado a perseguirlo (interpretado por la leyenda china de las artes marciales, Donnie Yen), y el anónimo cazador (Shamier Anderson) que también anda detrás de Wick acompañado por un fiero can. Repiten los clásicos de la saga (entre ellos el recién fallecido Lance Reddick) y por supuesto Keanu Reeves, cuya carrera fue relanzada por esta saga, y quien pronuncia menos de 400 palabras en toda la película (menos de los muertos que lleva en la saga).

En fin, esta cuarta entrega cumple con lo que han prometido sus antecesoras. Mucho ritmo, mucha violencia y mucha catarsis, siempre que uno entienda el pacto de lectura de que esta violencia no debe ser tomada en serio: es un chiste que resulta mucho más irónico por toda la pompa y circunstancia que tiene alrededor. También cumple cinematográficamente, con secuencias increíbles como una pelea campal en la rotonda del Arco del triunfo parisino (sin detener el frenético tráfico, por supuesto), o un fabuloso largo plano secuencia cenital que busca emular la estética de los videojuegos. Y la saga dará para rato pues ya se anunció Ballerina, spin-off protagonizado por Ana de Armas, y la precuela The Continental sobre cómo el personaje de Winston construyó el hotel que es uno de los ejes de la trama. Mucha violencia, sí, pero me parece que lo suficientemente irreal como para que sea un divertimento y no un recordatorio de la mucha violencia que nos rodea.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Chad Stahelski
GUION Shay Hatten y Michael Finch basados en personajes de Derek Kolstad
FOTOGRAFÍA Dan Laustsen
MÚSICA Tyler Bates y Joel J. Richard
REPARTO Keanu Reeves, Laurence Fishburne, Ian McShane, Bill Skarsgård, Donnie Yen, Shamier Anderson, Clancy Brown, Hiroyuki Sanada, Rina Sawayama, Scott Adkins, Natalia Tena, Lance Reddick

¡Que viva México!

Ni para reír llorando

Es ya una especie de tradición en la sociedad mexicana que cada sexenio el cineasta Luis Estrada estrene una película de sátira política, sin pelos en la lengua y con una aguda crítica social y al gobierno en turno, con bastante sentido del humor respecto a la situación actual mexicana. Si la genial La ley de Herodes (1999) hizo época con su retrato del poder en todos los niveles bajo el México priísta; la más floja Un mundo maravilloso(2006) criticó las falsas esperanzas de cambio del primer gobierno del PAN; tuvo más alcance El infierno(2010) que muestra cómo permeó la violencia del narcotráfico en la sociedad mexicana; y La dictadura perfecta (2014) retrató la dependencia del gobierno de las narrativas de los medios de comunicación. Pero ¡Que viva México! no es mordaz, ni original, y cuando rebasa las tres horas ya ni siquiera divertida.

Pancho Reyes (Alfonso Herrera) es un ingeniero y padre de familia que busca tener una vida acomodada en la Ciudad de México, lejos de su origen de pobreza en el mísero pueblo de La Prosperidad donde dejó a su familia a la que no ha visto en más de 20 años. Cuando fallece su abuelo y deja como condición la presencia de Pancho, su nieto favorito, para la lectura del testamento, Pancho viaja con su familia al pueblo, a ese otro México, donde le espera el encuentro con su padre Rosendo (Damián Alcázar) y su conflictiva familia de pobres y buenos para nada. La trama avanza entre lugares comunes, slapstick comedy, humor escatológico, las omnipresentes groserías que pierden fuerza a cada repetición, alguna escena sexual explícita sin repercusión en la trama y redundantes repeticiones de chistes y del propio argumento. 

Estrada puebla a su mundo de personajes arquetípicos sin profundidad y los hermanos del protagonista responden a distintos estereotipos mexicanos caricaturizados: el ignorante de pueblo, el mariachi, el narcotraficante, el homosexual, la rezadora, etc. A la Eddie Murphy en El profesor chifladoDamián AlcázarJoaquín Cosío —los dos actores icónicos de este director— interpretan a varios personajes cada uno. Con clara referencia a Los tres huastecos de Ismael Rodríguez —donde Pedro Infante interpretaba a tres hermanos en lo que era una proeza técnica allá en 1948— Damián Alcázar encarna a tres hermanos: el pobre pero optimista papá del protagonista, el político corrupto y el sacerdote del pueblo. Junto con otras referencias a la época del cine de oro mexicano —e incluso otras más sofisticadas como a Paris, Texas (Wim Wenders, 1984)— la propuesta visual no va más allá de la comedia fácil sustentada en el diálogo, amén de algunas referencias divertidas como los incontables nietos de don Rosendo corriendo y pululando en todo momento.

La producción tuvo sus propias aventuras, como el deslinde del director con Netflix un día antes del estreno planeado para el noviembre pasado. También, como en todas sus películas, Estrada dice ser muy crítico con el gobierno en turno, pero lo cierto es que a pesar de que la cinta incluye imágenes reales del presidente López Obrador —lo que en sus otras películas no hacía, manteniendo cierto aire de metáfora— más que criticarlo parece darle la razón en su narrativa política: México es un país donde la pobreza y la desigualdad imperan y que pide a toda costa ser rescatado. Hay referencias a los políticos de siempre, que solo han cambiado de partido como si cambiaran de chaqueta según los tiempos cambian. Y se señalan características sociales mexicanas, sobre todo la desigualdad y la polarización en la que los pobres ven con envidia y sumisión al que prosperó por sus méritos, creyéndolo además inmensamente rico. Como siempre en el cine de Luis Estrada, hay una visión profundamente negativa de la naturaleza humana y en específico de los mexicanos que, nos dice, son todos avariciosos y ladinos. Si sus comedias negras nunca tienen un final feliz, aquí ese final llega además muy tarde. Al menos en sus anteriores películas la crítica era divertida.

(2023) México
DIRECCIÓN Luis Estrada
GUION Luis Estrada y Jaime Sampietro
FOTOGRAFÍA Alberto Anaya Adalid
MÚSICA Nacho Mastretta
REPARTO Damián Alcázar, Alfonso Herrera, Joaquín Cosío, Ana de la Reguera, Ana Martín, Angelina Peláez, Sonia Couoh, Luis Fernando Peña, Álex Perea, Mayra Hermosillo, Vico Escorcia, Salvador Sánchez, José Sefami

Tàr

Oscuro adagio

La directora de orquesta Lydia Tàr (Cate Blanchett) está en la cima de su carrera. Dirige la prestigiosa Filarmónica de Berlín, ha ganado todos los premios relevantes en su campo, viaja por el mundo dictando conferencias y dando clases magistrales. Orgullosa maestro, como la llaman con admiración, y activa feminista, es lesbiana y vive con su pareja estable —que es también el primer violín de su orquesta— en un fabuloso apartamento moderno en Berlín, con su hija adoptiva, la pequeña Petra. Tàr presenta ahora su autobiografía, Tàr on Tàr, y se dispone a grabar en vivo su opus magna. Sin embargo, la fatalidad empieza a anunciarse sutilmente para poco a poco ir cayendo sobre la protagonista no sin culpa de ella. 

Tras varios años sin estrenar una película, Todd Field (In the Bedroom, Little Children) escribió este drama durante el confinamiento del Covid-19 armado todo en torno a un personaje principal escrito especialmente para Cate Blanchett. Efectivamente, la actriz australiana no solo es el mayor atractivo para ver la película sino que se luce en un papel de una antiheroína ambiciosa, exitosa y sin escrúpulos, si bien deja ver también su debilidad. La película sin ella simplemente no sería. Complementa el proyecto de Field otra mujer, la compositora islandesa Hildur Guðnadóttir, también mencionada en la trama y quien compuso la banda sonora original, toda ella presentada en composiciones musicales dentro de la historia y disponible en un album conceptual que simula una sesión de trabajo de una orquesta.

La vida de la ficticia Lydia Tàr se siente ferozmente actual. Situada en la época postpandemia, al vaivén de la cancelación en las redes sociales y las denuncias a lo #MeToo. Contada con lujo de detalles, la película nos va metiendo en la vida de la protagonista: su ritmo de trabajo, su entorno estéticamente cuidado (el diseño de producción hará la delicia de arquitectos y decoradores de interiores), su pasión artística y el mundo de la élite musical. Pero también su arrogancia, su peligrosa seguridad, sus maldades pasadas y presentes, para ella justificadas por su prestigio y su estatus. Poco a poco se anuncia la oscuridad, con pequeños detalles propios del cine de terror: un metrónomo que suena de noche y nadie activó, unos gritos anónimos pidiendo ayuda en el bosque, un enorme perro negro, o la desgracia en forma de una vecina con retraso mental cuidando a su madre enferma en estado deplorable.

Con dos horas y media de duración, la película se toma su tiempo sin llegar a ser aburrida. Más bien el tercer acto tiene varios saltos que se antojan apresurados tras el relato minucioso del que veníamos (anunciado ya desde los largos créditos iniciales en los que figura todo el equipo de producción). Las escenas finales pueden desconcertar un poco, pues parecen pertenecer a otra historia, si bien subrayan muy bien lo que quiere hacer esta trama con el destino de una protagonista así, que pensaba que lo tenía todo.

(2022) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Todd Field
FOTOGRAFÍA Florian Hoffmeister
MÚSICA Hildur Guðnadóttir
REPARTO Cate Blanchett, Noémie Merlant, Nina Hoss, Sophie Kauer, Mark Strong

The Whale

Ser salvado

Charlie (Brendan Fraser) es un hombre que padece obesidad mórbida. Con poca movilidad, desde su pequeño apartamento enseña escritura a sus alumnos universitarios en línea y sin encender su cámara. Poco a poco, mientras se niega a recibir tratamiento médico y sigue comiendo compulsivamente, se va conociendo su doloroso pasado y las pocas personas que intervienen en su vida: su amiga enfermera Liz (Hong Chau), un joven misionero que llega a tocar a su puerta (Ty Simpkins) y la hija adolescente a la que dejó de ver hace años y con quien busca reconectar (Sadie Sink).

El siempre sugerente director Darren Aronofsky dirige esta película, sencilla pero emocionalmente poderosa. Escrita por el dramaturgo Samuel D. Hunter a partir de su propia obra de teatro, mantiene formalmente algunas características teatrales: un solo espacio, pocos personajes. Todo sucede en cinco días. Estéticamente esta primera cinta digital de Aronofsky, con la dirección de fotografía de su habitual colaborador Matthew Libatique, apuesta por una paleta de colores bastante uniforme, de grises y azules, y una relación de aspecto casi cuadrada. La música de Rob Simonsen busca los tonos emocionales y épicos a los que el título hace referencia, con la explícita mención en la película a la novela Moby Dick y la obvia metáfora entre ese animal grande y triste y el protagonista de la historia.

Desde luego, una cinta de estas características se sostiene en gran parte en las interpretaciones. Y lo más sonado ha sido la actuación de Brendan Fraser, quien en su momento estuvo en la cumbre de Hollywood como galán divertido (a muchos nos marcó La Momia como de lo mejor del cine de aventuras) pero que desapareció de los reflectores en los últimos años debido a una fuerte depresión. Su historia personal sumada a esta interpretación, lejos de todo atractivo físico y con un traje de látex, con momentos de dolor y de autodestrucción, le han valido ya muchos premios y huele a Oscar seguro. Y el resto del reparto está ciertamente a la altura.

Es muy llamativo el interés de Aronofsky, quien se dice ateo, con los temas religiosos. Es algo central en La fuente de la vida, desde luego en su particular visión de Noé, y en la desconcertante e incomprendida mother!. En The Whale, el tema central es la salvación. Se repite continuamente y de muchas maneras: Charlie necesita ser salvado. El joven misionero quiere hacerlo desde su fe, la enfermera desde su ayuda y amistad, y él quiere encontrarlo en su hija, en la que está dispuesto a ver la bondad y la trascendencia de su vida incluso contra toda evidencia. En este sentido, es una película optimista.

(2022) EE.UU.
DIRECCIÓN Darren Aronofsky
GUION Samuel D. Hunter
FOTOGRAFÍA Matthew Libatique
MÚSICA Rob Simonsen
REPARTO Brendan Fraser, Hong Chau, Sadie Sink, Ty Simpkins, Samantha Morton

The Banshees of Inisherin

El final de una amistad

Sencilla y brutal, la última película de Martin McDonagh cuenta la historia de dos amigos en un pequeñísimo pueblo costero irlandés a inicios del siglo XX. Un buen día uno de ellos decide que ya no quiere ser amigo del otro, sin motivo aparente. Con esta premisa tan sencilla, casi tonta, McDonagh monta un interesante retrato de personalidades humanas, de nuestra sociabilidad, y de lo que es importante en la vida.

Tras escribir y dirigir la excelente Tres anuncios en las afueras —una obra de mucho más envergadura y más ambiciosa que ésta que nos ocupa—, el cineasta inglés vuelve a dirigir a Colin Farrell, esta vez de nuevo junto a Brendan Gleeson, dos estrellas irlandesas que protagonizaron la ópera prima del director, En Brujas. Si bien vuelve con estos actores, el ambiente de su historia es más parecido al de su última película: pueblo chico, infierno grande. Eso sí, esta vez privilegiando los preciosos paisajes de la fría costa irlandesa.

Una película así, casi intimista, recae casi enteramente en las interpretaciones. Y no fallan: Colin Farrell demuestra tener un registro amplísimo —y más tomando en cuenta su reciente actuación como villano del último Batman— esta vez interpretando a un personaje simple, casi bobo, un necio de buen corazón, como un niño. Brendan Gleeson es la contraparte, su antes amigo, artista, un hombre tan sereno como bruto. Destacan también Kerry Condon como la sensata hermana del protagonista y el ascendente Barry Keoghan como el tonto del pueblo (más tonto que el protagonista, y hay que empeñarse).

A partir de una premisa casi absurda, la película va pintando a sus personajes sin prisas, y con esa mezcla tragicómica de humor y violencia, sello de las películas de este director, va soltando preguntas no menores. ¿Es más valioso hacer algo grande para la humanidad o pasar el tiempo con quienes queremos? ¿En qué consiste la amistad realmente, ese tipo de amor que los grandes filósofos y literatos han elogiado? No por nada, Aristóteles dijo que la amistad es «lo más necesario para la vida» y que «sin amigos nadie querría vivir».

(2022) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Martin McDonagh
FOTOGRAFÍA Ben Davies
MÚSICA Carter Burwell
REPARTO Colin Farrell, Brendan Gleeson, Kerry Condon, Barry Keoghan, Pat Shortt, Sheila Flitton, Gary Lydon

Ruido de fondo

Cunde el pánico

Adaptación de la novela estadounidense White Noise de Don DeLillo, publicada en 1985 como una crítica a la sociedad posmoderna. Cuenta la historia de una familia de los suburbios que se enfrenta a un desastre tóxico con tintes apocalípticos en medio de sus propios conflictos. La trama parece mandada a hacer para el guionista y director Noah Baumbach, cuyo cine ha girado en torno a relaciones familiares en la América contemporánea tratadas de modo tragicómico: The Squid and the Whale, While We’re Young, The Meyerowitz Stories y con gran éxito hace un par de años, Historia de un matrimonio. Rasgos que también comparten, de alguna manera, sus guiones que ha dirigido Wes Anderson: Fantastic Mr Fox o The Life Aquatic. Netflix vuelve a darle el voto de confianza y así escribe y dirige esta cinta.

Si bien el que esto escribe es un gran entusiasta del cine de Baumbach así como de las interpretaciones de Adam Driver, protagonista de esta cinta, hay que advertir que no estamos ante una película de género convencional. Ceñida a la popular novela que adapta, no es del todo comedia, ni del todo drama, ni del todo thriller, ni del todo cine de desastres naturales. Aunque tiene elementos de todos esos géneros. Con un primer acto sugerente, un segundo acto desconcertante y un tercer acto que raya en lo deleznable, más que una historia redonda con un viaje emocional, es un collage estético y temático, con momentos muy bien logrados, pero que en conjunto deja un poco que desear.

La interpretación de Adam Driver, panzón y padre inseguro, es una auténtica gozada (y valga aquí romper una lanza a favor de uno de los mejores actores de nuestra época, con un registro impresionante que lo habilita para todos los géneros, tanto como infravalorado, al menos por los Oscars). Su esposa en la cinta es Greta Gerwig, esposa en la vida real del director Noah Baumbach y talentosa cineasta a su vez, famosa por sus recientes Lady Bird, Mujercitas y próximamente Barbie. Los niños también están excelentes, y como en el cine de Wes Anderson, son maduros mientras que los adultos se comportan como niños. Los personajes secundarios, aunque solo tengan una o dos escenas, son geniales. La factura estética, ochentera y colorida, es una delicia, y la música del veterano Danny Elfman cumple de maravilla.

Como la novela original, se trata de una sátira que critica el consumismo autodestructivo del ser humano (no por nada el imperdible baile de los créditos finales es en el supermercado), así como lo absurdo que puede llegar a ser el mundo académico (el protagonista es un experto en «Hitler Studies», aunque todos ignoran que no sabe una palabra de alemán), asuntos que de los ochentas para acá no han hecho más que volverse más actuales. Sin embargo, su tema principal es el miedo a la muerte, y esto hace que la película pueda ser traída a una discusión mucho más profunda. El alarmismo de los personajes ante el desastre tóxico no puede no recordarnos la reciente pandemia, al verlos con sus cubrebocas, sus falsos síntomas, sus teorías de la conspiración. Incluso unas monjas sin fe recuerdan la importancia de que alguien mantenga la fe en este mundo para que siga en pie. Podría tener hasta un mensaje en pro de la unión familiar, si bien los hijos son de los distintos matrimonios que los protagonistas han tenido en el pasado. En fin, una cinta para disfrutarse y luego analizarse con calma, si bien el primer visionado se pueda sentir un poco desacompasado.

(2022) EE.UU.
DIRECCIÓN Noah Baumbach
GUION Noah Baumbach basado en el libro de Don DeLillo
FOTOGRAFÍA Lol Crawley
MÚSICA Danny Elfman
REPARTO Adam Driver, Greta Gerwig, Don Cheadle, Raffey Cassidy, Sam Nivola, May Nivola, Lars Eidinger

Triangle of Sadness

En la superficie

Un viaje en un yate de lujo. Una pareja de modelos influencers, Carl y Yaya, viajan con oligarcas rusos, fabricantes de armas ingleses o solitarios millonarios de las grandes tecnológicas. Eso sí, todos muy amables, incluido el capitán borrachín y de ideas marxistas (estupendo Woody Harrelson). Por supuesto, la tripulación está a su entera disposición, pues así funciona el mundo: con dinero de por medio. Hasta que una tormenta y un ataque pirata vienen a poner su mundo de cabeza.

El cineasta sueco Ruben Östlund escribe y dirige esta película, con la que gana su segunda Palma de Oro en Cannes (la primera vez fue por The Square en 2017). Su primera cinta hablada en inglés es una comedia negra y bastante ácida. Una parábola sobre la riqueza y el orden social, sobre la superficialidad, sobre quién manda en el mundo y por qué. Tiene momentos tanto divertidos como desagradables: no se recomienda para quien no tenga un estómago fuerte. El título, más ligado al tema de fondo que a la trama de la película, hace referencia al espacio entre las cejas y es en sí un poema bastante adecuado. Sin Filtro, la titularon los franceses, y también dice mucho.

Östlund da un salto internacional, con un reparto también internacional, como sus personajes. La producción es de Suecia, pero incluye a Woody Harrelson como estrella invitada en un reparto de Rusia, Filipinas, Inglaterra, Dinamarca, etc. La película gira en torno a los jóvenes y bellos protagonistas, Harris Dickinson (quien se preparó a fondo para el viaje emocional de su personaje) y la sudafricana Charlbi Dean que murió al poco tiempo del estreno de la cinta con solo 32 años: triste anécdota que corona una comedia muy oscura pero que contiene una crítica muy acertada al mundo actual.

(2022) Suecia
DIRECCIÓN Y GUION Ruben Östlund
FOTOGRAFÍA Fredrik Wenzel
REPARTO Harris Dickinson, Charlbi Dean, Dolly de Leon, Woody Harrelson, Vicki Berlin, Zlatko Buric, Henrik Dorsin