Emilia Pérez

Papá por siempre

Empecemos por la trama. Manitas del Monte (sic) es un narcotraficante mexicano, líder de un poderoso cártel. A su mediana edad, casado y con dos hijos, decide llevar a cabo su gran deseo: ser mujer. Contrata a una abogada frustrada para que se encargue de todo: conseguirle las cirugías, fingir su muerte y reubicar a su familia. Esto es sólo la premisa. Cuatro años después, ahora convertido en Emilia Pérez, busca de nuevo a la abogada porque quiere volver a estar con sus hijos. Finge ser prima del difunto Manitas y rehace una vida con sus hijos y su esposa, quienes no lo reconocen. Conmovida por el drama de los desaparecidos por el narco en México, Emilia ahora lanza una fundación para apoyar esa causa. En el camino se enamora de una mujer que perdió a su esposo maltratador, con la que encuentra el amor. Sin embargo, los acontecimientos harán que Emilia pase de ser heroína a ser víctima, lo cual es todavía más «heroico». Por cierto, esto es un musical.

El audaz cineasta francés Jacques Audiard firma esta producción francesa ubicada en México, hablada y cantada en español, y con la desafiante premisa de un ex narco transexual. Hay que reconocer que es un planteamiento valiente y original, como son sus números musicales. Además, la protagonizan dos famosas actrices de Hollywood de ascendencia latina, Zoe Saldaña y Selena Gomez, y en el papel titular Karla Sofía Gascón, quien fuera el actor español José Carlos Gascón (inolvidable para el público mexicano por su papel de Peter Pintado en Nosotros los Nobles) y que ahora es una actriz transexual. Así, como concepto, el proyecto tiene todo lo que la cultura actual exige, y como tal está ya cosechando premios, imparable rumbo al Óscar.

Ahora bien, hay muchos problemas en ella. Uno de ellos es el idioma. Para los espectadores hispanohablantes, y mexicanos en concreto, salta inmediatamente lo extraño de las letras de las canciones (se intuye que escritas originalmente en francés) así como el acento de los personajes mexicanos interpretados por las angloparlantes Saldaña (neoyorkina de padres dominicanos) y Gomez (texana de abuelos mexicanos) y por Gascón (de España), que ninguna suena mexicana. En el estilo de musical recuerda positivamente a la reciente Annette aunque con interpretaciones menos entonadas y con canciones irrisorias como la que lleva por estribillo «vaginoplastia» repetido festivamente una y otra vez (aunque mi verso favorito sigue siendo: «yo y mis pompis mantecosas»).

En México la película ha sido duramente criticada —y de hecho Netflix, productora de la cinta, la estrenó primero en todo el mundo excepto en este país, quizá previendo el reclamo— por esta representación de México sin talento mexicano, pero sobre todo por la falta de tacto en el asunto de los desaparecidos por la violencia del narcotráfico. Efectivamente, en una época en que se han estrenado muchas películas duras y sinceras sobre los desaparecidos en México, esta cinta no sólo lo aborda superficialmente con un musical y desde fuera, sino que se atreve a mostrar como figura redentora a quien en realidad es uno de los principales responsables del problema. No soy experto, pero entiendo que la comunidad trans tampoco está muy contenta con la representación que hace esta historia.

Sus temas en este sentido son claros. Desde luego, la cuestión de género (changing the body changes society / changing society changes the soul / changing the soul changes society / changing society changes it all), así como la cuestión de la identidad (quién soy, no lo sé, soy lo que siento), ambas ligadas a un cambio «mágico» como es el concepto descaradamente ideologizado de que alguien por cambiar de sexo cambia de ser malo a ser bueno. En fin, ya ha quedado claro que esta historia y su interpretación se sienten bastante falsas, pero tomémosla en serio por un momento. Supongamos que un narcotraficante cambiara de identidad y escapara así de rendir cuentas por sus crímenes. ¿Eso es lo justo? Esta película plantea que es válido no asumir esa responsabilidad y que es heroico tomar la bandera del movimiento de búsqueda de desaparecidos. O pensemos en el personaje de la esposa de Manitas: su esposo finge su muerte y la abandona, para luego volver para estar con sus hijos pero sin decirle quién es, y posteriormente regañarla por su nueva vida amorosa, quitarle su dinero e intentar quitarle a sus hijos… Y este es el personaje ejemplar que la cinta idealiza. Ficción es ficción, sí, pero la buena ficción dice verdades, la mala ficción sabe a mentiras.

(2024) Francia
DIRECCIÓN Jacques Audiard
GUION Jacques Audiard, Thomas Bidegain, Léa Mysius y Nicolas Livecchi a partir de la novela de Boris Razon
MÚSICA Y CANCIONES Camille y Clément Ducol
FOTOGRAFÍA Paul Guilhaume
REPARTO Zoe Saldaña, Karla Sofía Gascón, Selena Gomez, Adriana Paz, Edgar Ramírez, Mark Ivanir

Cónclave

Fantasía de intrigas vaticanas

El centro de la Iglesia católica, con sus tradiciones multiseculares, ritos en latín y ropajes llamativos y uniformes, es una fuente atractiva para las narrativas audiovisuales. Más aún si va con elementos intrigantes de búsquedas de poder, como suele mostrarse desde Hollywood en las últimas décadas. Lo hemos visto, con distintos grados de fantasía, desde El Padrino III hasta El Código da Vinci. Cosa distinta hizo el director brasileño Fernando Meirelles en Los dos Papas, donde si bien con cierta caricaturización de los rasgos de Benedicto XVI y Francisco —inevitable al resumir dos perfiles humanos en un par de horas de película— logró un retrato muy humano de las máximas autoridades de la Iglesia, sin ser una película confesional ni mucho menos, más bien lo contrario. Pero era honesta. Cónclave, en cambio, cae de lleno en la ficción fantasiosa llena de todos los tópicos que uno podría esperar de una trama de intrigas vaticanas.

A partir de la muerte del Papa con que inicia la película, toda ella gira en torno al Cónclave que elegirá al siguiente Sumo Pontífice. La trama aprovecha el conocido procedimiento de que todos los cardenales quedan aislados del exterior durante los días de la elección, para desarrollar los acontecimientos que suceden dentro, donde se van desvelando todo tipo de secretos. Los implicados, sobra decirlo, son todos ambiciosos y hacen facciones y apoyos como en cualquier elección política. Poco a poco van saliendo sus trapos sucios, desde el que tuvo un amorío en el pasado ya siendo sacerdote y dejó un hijo por ahí, hasta el que transfirió ingentes cantidades de dinero a otros cardenales para que votaran por él, que por supuesto aceptaron.

El único de los cardenales que parece verdaderamente humilde y sensato es el protagonista, el Cardenal Lawrence, decano de los cardenales y como tal responsable máximo del Cónclave. Es interpretado por Ralph Fiennes cuyo rango actoral es de lo poco a salvar de la película. Por supuesto, se asume que el sentido común del espectador está con el ala liberal de cardenales que buscan que la Iglesia tenga esa postura, y el villano entre ellos es un italiano conservador que busca regresar a la Iglesia “a una época anterior” y a quien se muestra además intolerante con el Islam gracias a un atentado mal sembrado en la trama y que busca dotar de algo de acción a una película que se va volviendo aburrida entre cuchicheos de pasillos de mármol.

Con el pretexto del Cónclave a puerta cerrada, la cámara opta por permanecer en el interior, sin aprovechar en lo más mínimo las vistas romanas, ni siquiera la Capilla Sixtina donde ocurre buena parte de la trama, pero que se muestra muy poco. De paso se ahorran a los extras que esperan la elección del nuevo Papa, de forma que todo se reduce a un puñado de cardenales peleando por el poder y a las sumisas monjas que los atienden, encabezadas por una desaprovechada Isabella Rosellini. Poco importa, pero tampoco se molestaron en representar adecuadamente los elementos católicos de una película donde todo gira en torno a eso, y así, por ejemplo, la “homilía” clave del protagonista no sucede en una Misa sino en una conferencia (sin altar) para la que todos, eso sí, se revisten como para celebrar Misa porque qué vistosas se ven las tomas con todos los cardenales revestidos, y cuánto juego dan los montajes en que les ponen los ropajes litúrgicos. Y cuando uno piensa que se ha cubierto la lista de todos los tópicos liberales que se le critican a la Iglesia, llega el final que no contaré pero que es verdaderamente de risa. Y ahora vengan las nominaciones para darle visibilidad a una película que aplaude la ficción de que la Iglesia católica sea todo lo que los no católicos quieren que sea.

(2024) EE.UU.
DIRECCIÓN Edward Berger
GUION Peter Straughan basado en el libro de Robert Harris
MÚSICA Volker Bertelmann
FOTOGRAFÍA Stéphane Fontaine
REPARTO Ralph Fiennes, Stanley Tucci, John Lithgow, Sergio Castellitto, Isabella Rosellini, Lucian Msamati, Jacek Koman, Carlos Diehz

Wicked

Yo tan verde y tú tan rosa

Uno de los universos ficticios más populares del siglo XX (y XXI) es el mundo de Oz. En 1900, el estadounidense L. Frank Baum publicó la novela El Mago de Oz y publicaría hasta 14 libros que suceden en ese mundo (y a su muerte se continuaron hasta ser 40 libros, hoy que tanto se busca potencial de franquicias en las películas). Sin embargo, la primera historia del Mago de Oz marcaría la historia del cine al adaptarse en 1939 en la película homónima, dirigida por Victor Fleming y que impactó a los espectadores al estrenar la tecnología de Technicolor cuando Dorothy llega de su tierra de Kansas (en blanco y negro) al colorido mundo de Oz. Judy Garland (Dorothy) cantando Somewhere Over the Rainbow es un hito del cine y la película colocó a sus personajes en el imaginario colectivo. Entre ellos a la Malvada Bruja del Oeste, a la que Dorothy vence y que fue interpretada por Margaret Hamilton. El personaje se volvió uno de los villanos clásicos de la cultura, caracterizada con piel verde, nariz aguileña, vestido negro y puntiagudo sombrero que volaba en una escoba. Es a partir de este personaje que Gregory McGuire escribe en 1995 la novela Wicked, que cuenta el origen y la versión de esta bruja, a quien llama Elphaba Thropp, adelantándose a las hoy frecuentes revisiones de las historias desde la perspectiva de los villanos (desde Maléfica hasta Joker). Adaptando esta novela surge en 2003 el exitoso musical Wicked, con música de Stephen Schwartz y libreto de Winnie Holzman, que aún sigue presentándose de forma ininterrumpida en Broadway. Y es este musical con miles de fans el que ahora se adapta en dos películas (ésta es sólo la primera). Vaya expectativas, ¿no?

La historia (y canciones) de Wicked realmente se centran en la amistad de juventud entre la verde y rechazada Elphaba (futura Malvada Bruja del Oeste) y la rubia y popular Galinda (futura Glinda, la Bruja Buena del Norte). Quien esto escribe lamentablemente no ha visto el musical en teatro, por lo que no puede compartir la emoción de quienes acudieron a ver la película como un modo de revivir esa experiencia. Y la película como tal deja bastante que desear. Cynthia Erivo y Ariana Grande —Elphaba y Galinda respectivamente— destacan más bien por su increíble talento como cantantes y es en lo que se lucen (incluso cantaron en vivo al filmar, lo que no luce por el manejo de las tomas en edición y los necesarios efectos digitales), si bien Grande tiene buena vis cómica y su carácter de icono pop seguro atrajo más fans al cine. La protagónica Elphaba, en cambio, no ofrece elementos de simpatía —más por el guion que por la interpretación de Erivo— salvo el hecho de ser víctima por haber nacido verde… y estar muy orgullosa de ello, lo que se entiende por corrección política pero dificulta provocar empatía (y tampoco explica el flechazo que provoca en el Príncipe Fiyero, el galán de la historia).

El guion también desaprovecha los potenciales conflictos de fondo (la perversa estrategia política del Mago de Oz, por ejemplo, que es todo un manual de comunicación política maquiavélica, o el papel de la magia en este mundo) y se queda con las pinceladas básicas para centrarse en lo que interesa: el espectáculo. En esta línea va la elección del director, Jon M. Chu (Crazy Rich Asians, In The Heights), experto en tomas espectaculares de muchos bailarines coreografiados. Los números musicales son ciertamente buenos, pero hasta ahí. Quizá a eso responde también la elección de un reparto de personas en sus treintas que interpretan a jóvenes universitarios (es en Shiz, la universidad de Oz, donde se conocen los personajes y transcurren los primeros dos actos, si bien es de las peores representaciones de una universidad que he visto). La fotografía de Alice Brooks acompaña al estilo teatral de Chu pero no evade el tono grisáceo del cine contemporáneo que tanto opaca los colores que hicieron famoso al mundo de Oz en la era del Technicolor. Pero bueno, hoy Hollywood le apuesta a productos conocidos y seguros como éste y los 527 millones de dólares que ya recaudó le dan la razón. El verde en la piel puede ser repelente, pero en los dólares no tanto.

(2024) EE.UU.
DIRECCIÓN Jon M. Chu
GUION Winnie Holzman y Dana Fox a partir del libreto de Winnie Holzman a partir de la novela de Gregory Maguire a partir de los personajes de L. Frank Baum
MÚSICA Stephen Schwartz y John Powell
FOTOGRAFÍA Alice Brooks
REPARTO Cynthia Erivo, Ariana Grande, Michelle Yeoh, Jeff Goldblum, Jonathan Bailey, Peter Dinklage, Marissa Bode, Bowen Yang, Bronwyn James

Gladiator II

Más fuerza y honor

Hace 24 años, en un momento particularmente bueno del cine, se estrenó Gladiador y pronto adquirió el estatus de clásico. Una historia de honor y venganza. Un personaje noble injustamente degradado que debe luchar por su vida. El destino de un imperio en juego, que ha caído en manos de alguien sediento de poder, y quienes conjuran para liberarlo. Grandes escenas de acción, desde batallas entre ejércitos hasta peleas cuerpo a cuerpo. Todo en el contexto de un mundo atractivo que es el Imperio Romano en su esplendor. Y me detengo en todas estas características porque son las mismas que tiene esta secuela que consigue trasladar esos mismos elementos a una nueva historia que permite la experiencia a las nuevas generaciones.

Los mismos 24 años han pasado en la trama. Gobiernan Roma los jóvenes emperadores gemelos Geta y Caracalla, tan insensatos como ebrios de poder. El imperio se extiende gracias a las habilidades del noble General Acacius (Pedro Pascal), ahora esposo de Lucila (Connie Nielsen), la hija de Marco Aurelio a quien conocemos de la primera película. El protagonista, Hanno (Paul Mescal), es esclavizado por los romanos y convertido en gladiador bajo el control de Macrinus (Denzel Washington). En Roma se reencuentra con su pasado y descubre su destino.

El ya octogenario Ridley Scott sigue dirigiendo películas a un ritmo envidiable. En los últimos años ha estrenado El último duelo, House of Gucci, Napoleón, ahora Gladiador II y tiene al menos otros 5 proyectos en marcha. Eso podría poner en riesgo la calidad de sus películas, y más en algo tan esperado como la secuela de Gladiador (y tan complicado por la muerte del protagonista en la primera película). Sin embargo, cumple de sobra, e incluso aumenta la dosis en lo espectacular de las escenas de acción: los gladiadores luchan esta vez contra animales, incluido un rinoceronte y tiburones en una recreación de las célebres naumaquias en el Coliseo inundado para la ocasión.

Otra concesión al gran público, para el que va destinada esta película, es la aparición de un reparto de estrellas. Paul Mescal (lanzado a la fama por la cinta intimista e independiente Aftersun) es el protagonista, en un papel que demanda carácter, un contenido carisma, emotividad y una tremenda preparación física. Pedro Pascal, también en la cima de su carrera, es la otra figura de acción, heroico antagonista. En el lado de los villanos está un excelente Denzel Washington, como no podía ser menos, y las jóvenes estrellas de la pantalla chica Joseph Quinn (Stranger Things) y Fred Hechinger (The White Lotus) como los emperadores. Y vuelven aquellos personajes de la primera parte que quedaron vivos. Una digna secuela, que ya es mucho decir, que pone de relieve valores que parecen cada vez más diluidos con la sociedad líquida, como son la lealtad, el sacrificio, la preocupación por el buen gobierno, el honor y la gloria más allá de esta vida.

(2024) EE.UU.
DIRECCIÓN Ridley Scott
GUION David Scarpa con historia de David Scarpa y Peter Craig basados en personajes de David Franzoni
MÚSICA Harry Gregson-Williams
FOTOGRAFÍA John Mathieson
REPARTO Paul Mescal, Pedro Pascal, Denzel Washington, Connie Nielsen, Joseph Quinn, Fred Hechinger, Yuval Gonen, Tim McInnerny, Alexander Karim

Megalopolis

La utopía del creador

Dice Guillermo del Toro que el estado natural de una película es que no se haga. Lo sabe bien Francis Ford Coppola, director indudablemente consagrado (responsable de hitos del cine como la trilogía de El Padrino o Apocalypse Now) y patriarca de un clan hollywoodense de talentosos cineastas, pero también con una carrera irregular (muchas de sus películas las ha hecho para pagar otras que sí le interesaban). Desde la década de 1980 ha intentado hacer este passion project suyo, que por diversos motivos lleva años hundido en lo que los productores llaman «infierno del desarrollo«. Finalmente, Coppola juntó todo el presupuesto de su bolsillo e hizo esta película, de la que aún no he hablado pero es importante este contexto para saber por qué llegó esto a la pantalla grande y por qué vale la pena hablar de ello.

Megalopolis es una historia de ciencia ficción que ocurre en una gran urbe en decadencia, mezcla de la actual Nueva York y de la capital del Imperio Romano. Se llama New Rome. La tecnología es de hoy pero con combates de gladiadores y carreras de caballos y, sobre todo, conspiraciones políticas con poderosas familias involucradas. El protagonista es César Catilina (Adam Driver), un visionario arquitecto, millonario miembro de una de las principales familias, que pretende salvar la ciudad construyendo una urbe utópica: Megalópolis. Su rival político es el pragmático y corrupto alcalde Francis Cicero (Giancarlo Esposito). Catilina, trágicamente viudo, se enamora de la hija de Cicero, Julia (Nathalie Emmanuel), ante los celos de su amante Wow Platinum (Aubrey Plaza) y las envidias de sus otros rivales, como su desenfrenado primo Clodio Pulcher (Shia LaBeouf).

Los nombres de los protagonistas hacen referencia a la histórica rivalidad entre los políticos romanos Cicerón y Catilina —incluso el alcalde pronuncia parte de una de las célebres Catilinarias de Cicerón en la película— pero basándose poco en los hechos históricos. Fuera de todo lo interesante que eso puede sonar, y de los talentos involucrados (empezando por Coppola y parte de su parentela), la película no consigue atraer ni levantar. Los personajes atrapan poco, empezando por el soñador protagonista, cuya motivación es tan poco personal como construir una ciudad para el bien común. Todo en general resulta poco interesante. Y el final que pedía tragedia es convenientemente positivo. Por no hablar de lo técnico, con efectos especiales pobres (el equipo encargado de eso renunció a media producción por desavenencias con el director) e incluso errores de montaje y de continuidad. Suena al director empeñado en hacer las cosas a su manera, lo que no es recomendable en un arte colectivo como es el cine.

Viéndola en conjunto, la película es como una metáfora del propio Coppola al final de su vida (tiene 85 años): un artista que tiene una visión de algo que él considera maravilloso, pero que la sociedad parece ya no entender y no compartir. Incluso hay experimentos curiosos como la división de la pantalla en tres (referencia a la pantalla envolvente que hizo Abel Gance con su Napoléon en 1927) o interacciones con la película desde fuera de la pantalla en ciertas funciones. En fin, la película ha sido un tremendo fracaso en taquilla. Coppola puede hacer lo que quiera con su dinero. Lo que no está claro es que la gente vaya a verlo. Pero bueno, al menos la hizo. Suponemos que eso será una gran satisfacción.

(2024) EE.UU.
DIRECCIÓN y GUION Francis Ford Coppola
MÚSICA Osvaldo Golijov
FOTOGRAFÍA Mihai Malaimare Jr.
REPARTO Adam Driver, Giancarlo Esposito, Nathalie Emmanuel, Aubrey Plaza, Shia LaBeouf, Jon Voight, Laurence Fishburne, Talia Shire, Jason Schwartzman,

Joker: Folie à Deux

Triste locura (o la segunda parte del Quijote)

Los mitos son narraciones universales que resuenan en toda civilización. Los cómics han sabido retomar esos relatos siempre válidos materializándolos en superhéroes y supervillanos arquetípicos. Y el cine ha hecho lo propio a partir de ahí. Hace cinco años, con su Joker, Todd Phillips decidió interpretar a su manera el mito del Joker —el villano psicópata de la sonrisa infernal, el paradójico payaso malvado, pero también el loco incomprendido, el desecho de la sociedad que se revuelve contra ella— haciendo no una película de superhéroes (un género ya muy delimitado) sino una película scorsesiana sobre una persona alienada de la sociedad con fuertes problemas mentales. Gustó. Ahora la pirueta se complica —incluso volviéndose un musical, lo que tiene sentido como explicaré— pero en su esencia es la misma: estar loco no es divertido, estar loco no debería de ser inspirador ni liberador. Estar loco es triste, para el payaso y para la sociedad que lo rodea (ese testimonio en el juicio del colega del protagonista con enanismo).

En inmediata continuidad con la primera parte —brillantemente resumida con el audaz arranque de la película: un corto animado a la Looney Tunes que explica la película anterior y prefigura el tema de ésta— seguimos el encarcelamiento de Arthur Fleck, alias Joker, y su juicio mediático por los asesinatos cometidos. En el complejo de manicomio-prisión (Arkham Asylum) conoce a Lee Quinzel, con quien surgirá un encendido enamoramiento que potencia su personaje de Joker y la hace a ella Harley Quinn, la conocida contraparte femenina del villano del cómic, encarnado el folie à deux, la «locura de dos» de la que habla el título citando un padecimiento psiquiátrico real. Phillips de nuevo no opta por el género de superhéroes/villanos, y esta vez salta al musical. Como en Bailando en la oscuridad (Lars Von Trier, 2000), los números musicales son la forma en que el desdichado protagonista elude la realidad. Y un musical clásico, pues reinterpreta temas de las películas clásicas del Rat Pack del siglo pasado con intertextos explícitos de The Band Wagon (Vincent Minelli, 1955) que brinda el leitmotiv temático de esta cinta: That’s entertainment!

En efecto, el papel de los medios de comunicación es una de las principales críticas de la película. Cómo distorsionan la percepción de este personaje por parte de la sociedad. Cómo hacen célebre la locura de un hombre que lo que necesita es ayuda y cariño. «No les importa mientras haya un bufón, y el Joker soy yo» canta el protagonista citando un musical de 1964. Joaquin Phoenix y Lady Gaga cantan a lo largo de la película y además lo hacen como sus personajes: reflejando el patetismo y los estados de ánimo de cada momento. Por lo demás, la continuidad con la primera parte también es visual —la brillantemente fría fotografía, contrastando el verdor de la triste realidad con la colorida evasión en forma de set de televisión— y auditiva, pues las canciones de jazz de los musicales engarzan con la ominosa banda sonora de Hildur Guðnadóttir.

Ciertamente al que esto escribe le gustan los musicales e iba un poco prevenido de a qué me exponía. Y entiendo que esta película pueda desconcertar. Como en la segunda parte del Quijote, la locura del protagonista ha sido elogiada por la sociedad (tanto dentro de la ficción como en la realidad) y el autor decide poner orden. Como en la segunda parte del Quijote, se habla de la primera en ésta (la primera película existe dentro del universo narrativo de la segunda: Arthur Fleck no la ha visto pero le dicen que fue un éxito, como a Sancho y Quijote los reconocen sus contemporáneos en la ficción como los protagonistas del libro) y así el personaje se ha convertido en metatextual. Como en la segunda parte del Quijote, el personaje es infeliz por su locura, por más que los demás lo animen a encarnar ese personaje que se ha vuelto célebre. Y bueno, Cervantes decidió que sólo él pondría el punto final a su loco, por lo que lo curó de su locura y se encargó de que muriera.

(2024) EE.UU.
DIRECCIÓN Todd Phillips
GUION Scott Silver y Todd Phillips
MÚSICA Hildur Guðnadóttir
FOTOGRAFÍA Lawrence Sher
REPARTO Joaquin Phoenix, Lady Gaga, Brendan Gleeson, Catherine Keener, Harry Lawtey, Leigh Gill

La sustancia

Espejito espejito

Wikipedia define el body horror (o en español horror corporal) como un «subgénero del cine de terror que muestra intencionalmente alteraciones grotescas o psicológicamente perturbadoras del cuerpo humano». Esto ya debe de poner en guardia al espectador con esta película, que pertenece enteramente a este subgénero que si bien tiene algunos clásicos de culto como La cosa (John Carpenter, 1982), La mosca (David Cronenberg, 1986) o incluso Alien (Ridley Scott, 1979), en general se compone de películas que sólo se verían en cines turbios a la medianoche y que no son del agrado del público digamos normal, oiga. Sin embargo, esta película busca decir algo más, y parece que lo logra como constatan su nominación a la Palma de Oro en el Festival de Cannes y su premio al Mejor guion en ese mismo festival. Eso y las actuaciones de Demi Moore y Margaret Qualley —estrellas paradigma de belleza de sus respectivas generaciones— han atraído las miradas hacia esta body horror, y la mirada es justamente uno de los temas que aborda. Pero vayamos por partes.

Elisabeth Sparkle (Demi Moore) es una celebridad de la televisión y del fitness que ha llegado a una edad madura, por lo que los ejecutivos de la cadena —caricatura esperpéntica del patriarcado— han decidido retirarla en busca de una sustituta más joven. Hundida por los naturales cambios en su cuerpo y por no tener ningún otro asidero humano, Elisabeth recibe de un extraño un misterioso USB con una más misteriosa invitación a probar «La sustancia» que le permitirá experimentar su desdoblamiento en una alter ego joven y bella. Así nace de su cuerpo —me ahorro los detalles— Sue (Margaret Qualley) quien pronto toma el relevo en el show televisivo gracias a su belleza corporal. Las claras reglas de La sustancia estipulan que cada versión de Elisabeth/Sue debe de vivir siete días y luego alterarse con la otra, reglas que de romperse traerían sus consecuencias, como pronto sucede y de modo ascendente.

Con toda la advertencia de imágenes gráfica que se quiera —desde la desnudez de Moore y Qualley hasta propiamente el body horror al que evoluciona— acentuadas por los constantes planos detalle y los específicamente bien logrados efectos sonoros, que se mezclan con la electrónica banda sonora del DJ Raffertie. Sin embargo, en la historia late la estructura de mito griego en forma de la búsqueda de la eterna juventud y del desdoblamiento de la protagonista —su secreto, don y maldición al mismo tiempo— que la hacen una narración universal, un moderno El retrato de Dorian Gray. Unido a esto va una feroz crítica a los medios y a una mirada (masculina, personificada en el ejecutivo de televisión interpretado por Dennis Quaid y todos los demás varones que trabajan ahí) que cosifica el cuerpo femenino volviéndolo desechable cuando pierde juventud. También plantea lo difícil de la propia aceptación en una sociedad erotizada y superficial. Todo eso es redondo antes de la «horrorosa» última media hora de película en la que varios desenlaces conclusivos se suceden uno detrás de otro, a cada cual más exasperante, más inverosímil y más sangriento y desagradable. Usted verá (o no).

(2024) Reino Unido
DIRECCIÓN Y GUION Coralie Fargeat
FOTOGRAFÍA Benjamin Kracun
MÚSICA Raffertie
REPARTO Demi Moore, Margaret Qualley, Dennis Quaid

Trap

Shyamalan y yo

Pido perdón por ponerme personal, pero siempre que sale una película de M. Night Shyamalan no puedo evitar aludir a mi propio seguimiento de sus películas. Hace no mucho me hicieron pensar sobre el origen de mi gusto por el cine, y terminé concluyendo que se debe a todas esas películas excelentes y originales, pero también exitosas, que salieron a finales del siglo pasado e inicios de este: Memento, Gladiator, Amores perros, Bailando en la oscuridad… Por supuesto, El sexto sentido, la estupenda ópera prima de Shyamalan, está entre ellas. Ya he contado a detalle en un texto anterior el lamentable descenso de la carrera del cineasta, quien sin embargo es capaz de seguir haciendo películas (no es poco: las paga él) y se distribuyen gracias a su nombre aún reconocido. Una y otra vez vuelvo a ir al cine con la esperanza de verlo resurgir, y una y otra vez sólo encuentro sus ya conocidos trucos. De quien se dijo que podría ser un nuevo Hitchcock, esta vez al menos consigue sí mantener el suspense. Más o menos.

Cooper, el protagonista, es un padre ejemplar que lleva a su hija adolescente al concierto de la estrella pop femenina de moda. Sin embargo, ese concierto es una trampa para atrapar a un peligroso asesino en serie que, como nos cuenta el trailer —por lo que no es un spoiler sino la premisa de la historia—, es el propio Cooper. La trama gira en torno a esa trampa y si el astuto asesino/amoroso padre logrará escapar de ella, mientras juega de modo interesante con nuestra empatía: ¿queremos que se salga con la suya el protagonista, con quien la película nos encariñó desde el inicio, también por su rol de buen papá?, ¿o queremos que lo atrapen y le den su merecido como al asesino serial que es? También es un buen experimento de guion de hasta dónde se pueden forzar las coincidencias a favor del protagonista, que va saliéndose con la suya de modos cada vez más inverosímiles.

Por lo demás, las constantes de Shyamalan están ahí: el «sorprendente» giro de trama final y el cameo del director, que en este caso se extiende también a su hija a quien le da el papel nada menos que de la estrella pop «Lady Raven», el mejor regalo que un padre cineasta puede hacerle a su hija aspirante a cantante (con su música original y todo). Como ya se sabía por su película El protegido, lo de los estadios como lugares para atrapar a los malos le gusta al director. El papel protagónico acompaña un cierto regreso de Josh Hartnett unido a su aparición en Oppenheimer, pero Hartnett —quien desde Pearl Harbor al lado de Ben Affleck prometía para ser uno de los rostros importantes de Hollywood para esta generación y no lo fue— deja pasar esta oportunidad de encarnar a un psicópata como sí hiciera James McAvoy en Split, también de Shyamalan (aunque el guion poco verosímil no se lo puso fácil, todo sea dicho). Conclusión: si financias tus propias películas, puedes hacer lo que quieras (hasta darle un iPhone a tu personaje asesino psicópata, cuando es sabido que la marca no permite que sea representada usada por villanos).

(2024) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION M. Night Shyamalan
MÚSICA Herdís Stefánsdóttir
FOTOGRAFÍA Sayombhu Mukdeeprom
REPARTO Josh Hartnett, Ariel Donoghue, Saleka Night Shyamalan, Alison Pill, Hayley Mills

Kinds of Kindness

Fuera caretas

Some of them want to use you
Some of them want to get used by you
Some of them want to abuse you

Some of them want to be abused
Sweet dreams are made of this

Who am I to disagree?

Qué duda cabe de que el cineasta Yorgos Lanthimos ha sabido jugar sus cartas. Con algo de ayuda de la suerte —y ahora de su musa Emma Stone— se ha colado en el Olimpo del cine, y no está dispuesto a negar que viene con ideas muy raras y perturbadoras. Al mostrarlas de forma atractiva quizá hasta nos convenza de que es normal. Su primer cine, el que todavía hizo en griego, dejó claras sus constantes, tanto estéticas como temáticas, que desde luego no son del agrado del gran público. Su salto a Hollywood con La langosta fue delicioso, pero siempre excéntrico. La favorita le dio 10 nominaciones al Óscar y empezó su colaboración con Emma Stone, mostrando con su particular estilo la relación de la histórica reina Ana Estuardo con sus cortesanas. Pobres Criaturas (11 nominaciones) implicó un derroche visual, si bien su trama ideologizada tiene menos fuerza, y confirmó su alianza con Stone quien se mostró (literalmente) dispuesta a todo en las películas del director griego, y además por ello le dieron un Óscar. Menos ambiciosa, Kinds of Kindness (el título correctamente traducido «Tipos de gentileza» pierde el juego de palabras) muestra lo que el director ha hecho desde su cine más temprano: mostrar de un modo absurdo, oscuramente divertido y bastante pervertido lo terrible que puede llegar a ser la naturaleza humana.

La película es un tríptico, lo que se llama un filme de antología. Tres historias separadas, cuyas tramas no están conectadas, aunque su temática sí. En las tres, diferentes personajes son interpretados por los mismos actores. Las actuaciones, hay que decirlo, son de lo mejor del filme de Lanthimos, y no era para menos: Emma Stone, Jesse Plemons, Willem Dafoe, Margaret Qualley y Hong Chau. La primera parte sucede en un ambiente de lujo y refinación, en la que varios personajes se dedican a complacer los deseos de un hombre poderoso, sin importar lo ridículos o inmorales que estos deseos puedan ser. Hasta que un día uno de ellos simplemente se siente incapaz de obedecer a lo que implica matar a otro hombre. En la segunda parte, un joven oficial de policía se reúne con su esposa cuando ella es rescatada de una isla desierta, pero el extraño comportamiento de la mujer lo hará sospechar de su verdadera identidad, por lo que decidirá ponerle pruebas que exceden lo razonable. La última parte presenta a dos miembros de una secta que recorren carreteras buscando a la elegida que les anunció una profecía. Un curioso personaje secundario, conocido sólo por sus siglas, R.M.F., aparece en las tres tramas y permite poner juguetones títulos a cada capítulo.

Con tramas (medianamente) interesantes —abundan comentarios de espectadores que no soportaron las casi tres horas de metraje—, una estética sugerente y colorida que aprovecha la arquitectura norteamericana, numerosos simbolismos, metáforas visuales, música inquietante (aunque el compositor Jerskin Fendrix no alcanza la originalidad de lo que hizo en Pobres criaturas) y uno que otro baile absurdo, Lanthimos prueba una vez más su valía como director, si bien en una película que no tendrá tanto alcance, ni en taquilla, ni en crítica, ni en premios. La temática común va sobre la dependencia, y cómo puede llevar a lo impensable. Curiosamente, dentro del panorama inexplicablemente perturbador de sus personajes (también sexualmente) la moral se asoma siempre: el hombre que no está dispuesto a matar; o la mujer que añora a su familia y no a la secta a la que se unió. Pero Lanthimos —o digamos, la película— la machaca. Siempre vuelve a lo oscuro, aunque no prescinda del humor. Y eso puede estar muy bien narrativamente, pero simplemente no termina de ser real. Por más que este cineasta y sus películas lo hagan muy habitual: «algunos quieren abusar de ti, otros quieren ser abusados, así son los sueños, ¿quién soy yo para oponerme?»

(2024) EE.UU.
DIRECCIÓN Yorgos Lanthimos
GUION Yorgos Lanthimos y Efthimis Filippou
MÚSICA Jerskin Fendrix
FOTOGRAFÍA Robbie Ryan
REPARTO Emma Stone, Jesse Plemons, Willem Dafoe, Margaret Qualley, Hong Chau, Joe Alwyn, Mamoudou Athie, Hunter Schafer, Yorgos Stefanakos

Inside Out 2

Entendernos

Secuela de la película de Pixar que de modo inteligente y entrañable mostró a las emociones de una niña como personajes, esta entrega es una digna sucesora aportando lo que era esperable: la descripción del siguiente paso de madurez de esa niña. Así, con la entrada de Riley a la pubertad, sus emociones básicas (Alegría, Tristeza, Ira, Miedo y Desagrado) ven la llegada de nuevas emociones. Con una narración similar, la aventura es de nuevo muy entretenida y muy útil para entendernos a nosotros mismos, un gran favor para la salud mental. La genialidad de la primera parte no podía más que repetirse, pero justamente esta segunda funciona como un díptico que la complementa bien.

Destaca, pues, la investigación detrás de este guion (solamente repite como escritora Meg LeFauve, pues el co-guionista y director de la primera parte, Pete Docter, esta vez es sólo productor ejecutivo) que acierta de lleno (no soy experto) con la forma de mostrar cómo funcionan algunos procesos emocionales. No por nada, las nuevas emociones son «cognitivas«, es decir, que a diferencia de las emociones básicas con las que reaccionamos al mundo sensible, éstas implican un conocimiento del mundo y de uno mismo: la Ansiedad que quiere prever el futuro y lograr nuestras metas, por lo que toma un lugar protagónico; la Envidia (qué chiquita es aquí, ya crecerá) que nos hace evaluar a otros y a nosotros respecto a ellos; la Vergüenza que es consciente de cómo nos perciben los demás; y la francesa Ennui (Aburrimiento sería la traducción) que hace una valoración existencial de lo concreto, reaccionando con apatía y desinterés.

Pero no se piense que la película es un aburrido pero didáctico tratado de psicología. Es una aventura divertida, llena de peripecias para los personajes, tanto dentro como fuera de la mente de Riley (quien se va a un campamento de hockey). Con todo tipo de referencias cómicas alude a emociones reprimidas, tormentas de ideas, flujos de conciencia, ataques de ansiedad, el uso del sarcasmo y demás asociaciones inteligentes. Por supuesto, hay un mensaje, y éste es bastante positivo y útil. Los personajes, nuevos y viejos, son divertidos y muestran la creatividad que implica representar el mundo interior en personajes de animación. Espérense a que Riley le llegue Enamoramiento, Libido, Depresión, Estrés…

(2024) EE.UU.
DIRECCIÓN Kelsey Mann
GUION Meg LeFauve, Dave Holstein y Kelsey Mann
MÚSICA Andrea Datzman
REPARTO Amy Poehler, Maya Hawke, Kensington Tallman, Phyllis Smith, Tony Hale, Lewis Black, Liza Lapira, Ayo Edebiri, Adèle Exarchopoulos, Lilimar, Diane Lane, Kyle MacLachlan