Burn After Reading

(2008) EE.UU.
DIRECCIÓN Ethan Coen, Joel Coen
GUIÓN Ethan Coen, Joel Coen
MÚSICA Carter Burwell
FOTOGRAFÍA Emmanuel Lubezki
REPARTO John Malkovich, George Clooney, Brad Pitt, Tilda Swinton, Frances McDormand, Richard Jenkins

De espías y a lo loco

Osborne Cox (John Malkovich) es un colérico agente de la CIA al que acaban de despedir. Su mujer (agresiva Tilda Swinton con acento británico) le pone el cuerno con un mujeriego agente del tesoro (George Clooney cómicamente desequilibrado) quien también se acuesta con Linda (acertada Frances McDormand), una empleada de un gimnasio obsesionada con hacerse unas cuantas cirugías estéticas, las que intentará pagar chantajeando a Cox en complicidad con su compañero del gimnasio, el ingenuo Chad (divertidísimo Brad Pitt), gracias a unos archivos -sin importancia, por cierto- que llegaron a su poder.

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Los hermanos Coen se tomaron la libertad de hacer esta obra menor con su conocido toque de humor negro después del éxito de No es país para viejos. La parodia al thriller de espías es clara, subrayada por la intensa música de tensión y emoción de Carter Burwell (compositor de cabecera de los Coen) que pretende hacer que situaciones en torno a un mcguffin intencionalmente insignificante -las memorias de Cox- parezcan de vida o muerte. (Aunque un par de personajes sí que se la juegan).

La correcta fotografía del mexicano Emmanuel Lubezki y, sobre todo, las desternillantes actuaciones de las estrellas que se unieron a este divertimento de los Coen, hacen que sea una película entretenida y muy divertida. Eso sí, que nadie espere nada más porque todo lo que pasa aquí -como sucede con las mémoires del personaje de Malkovich- a nadie le importa.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Little Miss Sunshine

(2006) EE.UU.
DIRECCIÓN Jonathan Dayton, Valerie Faris
GUION Michael Arndt
MÚSICA Mychael Danna, DeVotchKa
FOTOGRAFÍA Tim Suhrstedt
REPARTO Greg Kinnear, Toni Collete, Steve Carell, Paul Dano, Alan Arkin, Abigail Breslin

Perdedores

El cine -como buen medio de ficción- tiene muchas cualidades. Entre ellas la de mostrarnos lo que reconocemos como la vida misma, pero con la suficiente peculiaridad para que veamos ahí una historia excepcional, que no deja de ser muy cercana. Mucho de esto pasa en Little Miss Sunshine, una película indie, comedia vitalista con forma de road-movie que, gracias a un estupendo guion -merecidamente oscarizado- de Michael Arndt y a un reparto atinadísimo, logra divertir y tocar al espectador.

Los magníficos primeros veinte minutos -profundos y melancólicos, donde nos cuesta identificar que estamos ante una comedia, y así es perfecto- nos presentan a los Hoover, una familia muy particular: Richard (Greg Kinnear), el cabeza de familia, autor de una teoría de liderazgo y autoayuda en la que cree firmemente y que aspira a publicar sin mucho éxito; Sheryl (Toni Collette), la madre con sentido común y un toque liberal que intenta poner orden; el abuelo (Alan Arkin), un anciano pervertido expulsado del asilo por esnifar heroína; el tío Frank (Steve Carell), homosexual convaleciente de su intento de suicidio; Dwayne (Paul Dano), adolescente frustrado que decidió no hablar hasta que consiga su sueño de ser piloto y, finalmente, Olive (Abigail Breslin), una encantadora niña -un poco gordita- que confía en ganar el concurso de belleza infantil de Little Miss Sunshine, para lo que tiene que viajar más de mil kilómetros hasta California, cómo no, acompañada por toda su bizarra familia.

Por si no fuera suficiente, el viaje lo realizan en una combi VW color amarillo chillón, destartalada y con el clutch roto. Un fabuloso símbolo de esa familia disfuncional pero con cierto encanto que necesita literalmente que todos la empujen para poder arrancar. Y así, Little Miss Sunshine se revela como una película que muestra sin empachos importantes valores. Sí, a pesar de la poca ejemplaridad de la vida de sus miembros, esta familia es eso, familia, y aprenderá a defender esa peculiaridad suya así como la importancia de estar unidos, como se refleja en el algo exagerado pero muy emotivo desenlace en el concurso de belleza infantil.

La dirección casi debutante del matrimonio Jonathan Dayton y Valerie Faris es correcta. Hace lo que tiene que hacer, que es no llamar la atención y conectarnos a la historia y a los personajes. Si ya se ha dicho que los actores son de lo mejor -con un Oscar para Alan Arkin, que me gusta ver como un reconocimiento al conjunto-, aún hay que subrayar lo acertado de la interpretación de la pequeña Abigail: con su sonrisa tierna, sus grandes ojos y sus lágrimas en el momento justo, realmente lleva la película y es la esperanza de esa familia y de su historia. También la música a cargo de Mychael Danna y el grupo DeVotchKa -que incluso versiona el popular son mexicano «La Llorona»- resulta ideal.

«Hay dos clases de personas en el mundo», dice Richard en el primer diálogo de la película, «ganadores y perdedores». Está claro en qué lado están los personajes de Little Miss Sunshine. Lo maravilloso es comprender que su viaje no es para dejar de ser «perdedores», sobre todo cuando chocan con ese mundo de ganadores, representado por el repelente universo del concurso de belleza. No. Difícilmente podemos ver que algo haya mejorado en sus vidas al final de la historia. Pero algo ocurrió en medio. Lo que muy postmodernamente nos dice esta película es que está bien ser quien uno es cuando se tiene una familia que, como a veces se ha definido, es el lugar donde se nos quiere por lo que somos.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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De hombres y de dioses

(2010) Francia
DIRECCIÓN Y GUION Xavier Beauvois
FOTOGRAFÍA Caroline Champetier
REPARTO Lambert Wilson, Michael Lonsdale, Olivier Rabourdin, Phlippe Laudenbach, Jacques Herlin

Un canto gregoriano a la libertad

El 21 de mayo de 1996, siete monjes franceses fueron asesinados en Argelia a manos de un grupo de terroristas fundamentalistas islámicos. Esta es la impactante historia real de la que parte Xavier Beauvois para escribir y dirigir De hombres y de dioses, una sobria, profunda y bella película. La contraposición ya nos viene en el título: hombres monjes católicos unos, yihadistas musulmanes otros y sus modos de actuar de acuerdo a sus dioses. Pero nada de falsos ecumenismos: Beauvois va a dejar muy claro que estos modos de vivir la religión no son lo mismo, ni mucho menos. Y lo hace de la mejor manera que el cine puede hacerlo: mostrando la vida misma.

Es así como nos unimos a la vida diaria de la comunidad del Monasterio del Atlas. Y vivimos la vida contemplativa de los monjes a través de un cine muy contemplativo. Al más puro estilo de El gran silencio ese documental sobre la vida de unos monjes cartujos, vemos a los monjes trabajar, estudiar y rezar, en silencio o con cantos gregorianos. El ritmo es dulcemente lento, y las tomas atractivamente largas. Sin música salvo los cantos de los propios monjes y sin efectismos sentimentales. Al parecer no pasa nada, pero mientras nos serenamos y nos mezclamos en la apacible y devota vida de los monjes, sabemos por qué estamos ahí, el peligro acecha y con él el dilema eje de la película: ¿deben irse los monjes ante la amenaza terrorista?

El filme de Beauvois es muy valiente. Pero avanza con la seguridad de quien dice la verdad. Nos presenta a unos monjes muy humanos. Con sus dudas, sus flaquezas, su pasado. Pero, por lo mismo, su conducta resulta más atractiva. Estos hombres normales que han dedicado su vida a una noble causa tanto si se ve con ojos de fe como de mera filantropía tienen el valor de decidir morir, o más bien, de seguir viviendo. “No me asustan los terroristas ni el ejército», dice el Hermano Luc, interpretado por el veterano actor francés Michael Lonsdale, «tampoco me asusta la muerte, soy un hombre libre”. Y es esa libertad quizá la bandera más grande del filme, una libertad que pocos esperarían encontrar en unos religiosos de vida contemplativa, pero ahí está, resplandeciendo con la fuerza de la vida real.

La evidente crítica al terrorismo se da por supuesta, mostrando de paso la realidad de quien realmente sufre las consecuencias, que es la misma gente del pueblo, musulmanes también, por cierto. Ellos no ven a los monjes como enemigos, al contrario, con una bella imagen les dicen que “los pájaros somos nosotros, y ustedes la rama. Si se van ya no sabremos dónde posarnos”. Así, la vida sigue. La amenaza está ahí y el conflicto late mientras seguimos la vida de los monjes. No hay casi un tiro o una gota de sangre, pero sabemos que su vida está en juego. Nos lo insinúan algunas escenas que, en su simplicidad, golpean con una fuerza increíble, como la oposición que los monjes hacen a un helicóptero con sus cantos desde la capilla del monasterio, o la poderosísima escena de la cena la última cena en toda regla en que los monjes, sin decir una palabra, beben vino mientras escuchan el tema de El lago de los cisnes de Tchaikovsky y les vemos, uno por uno, en un primer plano que lo dice todo de sus vidas plenas y su valiente normalidad.

Hablar de religión para el gran público es siempre espinoso, también en el cine, pero Beauvois se muestra natural. Los monjes no son estereotipos de creyentes cerrados y arrogantes. Al contrario, son pintados con un espíritu auténticamente cristiano: rezan por todos, ayudan a todos, sin distinción de raza o religión. Les vemos celebrando la circuncisión de un niño del pueblo y estudiando el Corán. Y en su conversación con un cabecilla terrorista, el abad Christian interpretado por la otra estrella de la película, Lambert Wilson logra encontrar puntos en común entre cristianos y musulmanes. La carta que escribe antes de morir de la que ni una coma es desperdiciable es un bellísimo resumen de todo esto, porque estos monjes no ven un mundo de hombres y de dioses, sino de hermanos que deberían convivir bajo la mirada amorosa del Creador.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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También la lluvia

(2010) España

DIRECCIÓN Icíar Bollaín
GUION Paul Laverty
MÚSICA Alberto Iglesias
FOTOGRAFÍA Alex Catalán
REPARTO Luis Tosar, Gael García Bernal, Karra Elejalde, Juan Carlos Aduviri, Raúl Arévalo, Carlos Santos, Cassandra Ciangherotti

La conquista se repite

Icíar Bollaín se va ganando cada vez más un sitio importante en el panorama del cine español. Y También la lluvia (2010) es un paso decisivo en esta línea. Eso sí, coherente con la trayectoria de la directora: cine social contado desde una perspectiva más íntima, en este caso también gracias al buen guion de su pareja Paul Laverty, colaborador habitual del primer espada del cine social inglés, Ken Loach.

Estamos ante una crítica a la colonización de América con la herramienta del cine dentro del cine. Un equipo rueda una película sobre Colón y el descubrimiento de América en Bolivia, y como espejo la realidad: la histórica Guerra del agua del año 2000 en la ciudad de Cochabamba, que habla de esa nueva conquista sobre los indígenas —se trata de una privatización del agua con el consiguiente aumento de su precio, por lo que el título no va descaminado— y que se da incluso en las actitudes del propio equipo de rodaje. Aunque habría que preguntarse si la entronización del personaje de Daniel —gran revelación del boliviano Juan Carlos Aduviri— como líder revolucionario no es también una occidentalización de la historia (es una especie de Ché Guevara; solo que el Ché no era un indio, provenía de la clase alta).

Sutil, crítica también con el propio cine —sobre todo a través del personaje que interpreta magníficamente Karra Elejalde: un actor cínico que está de vuelta, con frases como “esto no es arte, es propaganda” o “este oficio jode a las familias”— y objetiva: tenemos la visión del pueblo indígena, de sus gobernantes, del productor pragmático, del director idealista… y a todos los comprendemos. Nos regala además poderosas escenas en las que los actores ensayan en ropa de calle las situaciones de hace 500 años, con lo que consigue relacionar con habilidad los dos momentos históricos que presenta. Con una fotografía y una música muy acertadas, lo mejor es quizá el reparto, encabezado por Luis Tosar y Gael García Bernal, que clavan los ya bien delineados personajes. Sin ser una obra maestra —tiene sus peros, como el excesivo arco de transformación del personaje de Tosar, por decir alguno—, sin duda es un paso acertado de Icíar Bollaín y de un cine español que es cada vez menos el de siempre.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Más allá de la vida (Hereafter)

(2010) EE.UU.
DIRECCIÓN Clint Eastwood
GUION Peter Morgan
MÚSICA Clint Eastwood
FOTOGRAFÍA Tom Stern
REPARTO Matt Damon, Cécile de France, Frankie McLaren, George McLaren, Bryce Dallas Howard

Un tropiezo al final del túnel 

Solo si eres Clint Eastwood te puedes dar el lujo de presentar una película que hable nada más y nada menos que de la muerte, así, de sopetón. Un asunto del que hoy parece que no queremos escuchar mucho —más allá del “comamos y bebamos que mañana moriremos”— y en el que claramente no estamos de acuerdo sobre qué pasa después. Ahí empieza —y casi termina— el mérito de Eastwood con su Más allá de la vida (2010).

Para abordar el tema, Eastwood y el guionista Peter Morgan (The Queen, El desafío – Frost contra Nixon, nada menos…) apuestan por tres historias que se entrelazan: Marie Lelay, es una famosa periodista francesa —un paso bien dado en la ascendente carrera de la francesa Cécile De France— que tiene una experiencia cercana a la muerte en el tsunami que asoló el Sudeste asiático en el 2004: tremendo arranque del film, por cierto. Marcus es un niño que pierde a su hermano gemelo en un accidente y busca respuestas, y George —un Matt Damon correcto, como siempre, pero poco más, como casi siempre— es un obrero que tiene el don de hablar con los muertos. ¿Qué? Exactamente. Esta película, que hubiera podido tener la fuerza de los mejores dramas eastwoodianos, cuya virtud muchas veces está en su sutileza, se va al traste cuando lo posible se hace evidente, porque George habla con los muertos sin lugar a dudas, con unos efectos digitales que nos lo confirman constantemente.

Y es que en un tema tan opinado y misterioso, es difícil que el guionista y el director den su opinión claramente sin meter el dedo en el ojo del espectador. Y Eastwood en parte lo hace con los intentos de explicación científicos y filosóficos y la sonrisa burlona de ilustrado cuando ridiculiza por igual a los parapsicólogos —en una acertada secuencia— pero también a la religión: le basta con un par de videos en YouTube que ve el pequeño Marcus para decirnos que la religión no sabe de esto.

Con todo, el toque Eastwood está ahí: en la relación de los gemelos con su madre drogadicta o en el interesantísimo personaje que interpreta —y muy bien— Bryce Dallas Howard y que inexplicablemente desaparece de la trama. Y la película, que en su conjunto no es mala, deja mucho que desear viniendo de la mano de Morgan y Eastwood. Aunque hay que reconocer que eso de hacer la película que te dé la gana, y que aún así funcione medianamente, es un lujo que pocos se pueden dar.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Up

(2009) EE.UU.
DIRECCIÓN Pete Docter, Bob Peterson
GUION Pete Docter, Bob Peterson, Thomas McCarthy
MÚSICA Michael Giacchino

Lo de Pixar es volar alto

Siempre que Pixar ha estrenado una película, hemos acudido al cine con la incógnita de si lograrán estar al nivel de sus anteriores creaciones y con la esperanza de que nos sorprendan una vez más. Pues con Up (2009) la superación fue constante y a muchos niveles. Ya es atractivo decir que de la historia son responsables los también directores de la película Pete Docter —director de Monstruos, S.A., y coguionista en los dos primeros Toy Storys, Buscando a Nemo y WALL·E— y Bob Peterson —coguionista en Buscando a Nemo y Ratatouille—, a los que se suma Thomas McCarthy, actor y escritor-director de las interesantes (y profundamente humanas) Vías cruzadas, The Visitor y Win Win (Ganamos todos).

El resultado es una película extraordinaria, porque une la pericia técnica y artística —esos globos, esas nubes, esas cataratas— a una historia fabulosa, como suelen ser las de Pixar, y en la que dan un paso más, arriesgado, por cierto. Y es que Up trata abiertamente —en el planteamiento mismo de la historia— el tema del dolor y de la muerte. Y tras una antológica secuencia de pocos minutos, sin diálogos y acompañada de la oscarizada música de Michael Giacchino, nos deja al anciano protagonista viudo, amargado… y listo para la aventura. Ante la amenaza de perder su casa y ser llevado a un asilo, decide cumplir el sueño de su mujer marchándose hacia las salvajes Cataratas Paraíso, y lo hace de un modo tan poético como es elevar su casa entera a base de multicolores globos de helio. Un arranque inmejorable.

Pero Up no se limita a la lección vital: la aventura y la comedia son también sus puntos fuertes. En la casa volante se ha colado Russell, un niño explorador de raíces asiáticas, tan bueno como insoportable, que resulta la pareja cómica perfecta del protagonista cascarrabias. El equipo se completa con una codiciada ave en extinción y un perro que, digámoslo ya, habla… más o menos. Así de absurdo parece el conjunto, pero así de eficaz es: con la aventura como motivación de fondo, Up habla de la sociedad actual, de la familia, del valor de lo cotidiano y de la generosidad, arrancándonos de paso varias carcajadas, unas cuantas reflexiones y hasta alguna lagrimilla.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Vivir para siempre

(2010) España / Reino Unido
DIRECCIÓN Gustavo Ron
GUION Gustavo Ron (Novela: Sally Nichols)
MÚSICA César Benito
FOTOGRAFÍA Miguel P. Gilaberte
REPARTO Robbie Kay, Ben Chaplin, Emilia Fox, Alex Etel, Greta Scacchi, Natalia Tena

Lecciones de vida

A los directores con una larga trayectoria podemos criticarlos con cierta severidad, porque sabemos que son expertos de su oficio; y con los directores nóveles solemos ser más clementes. Solo que resulta que Gustavo Ron no lo necesita. Este madrileño ha hecho su segunda película, parecida y a la vez distinta que aquella comedia romántica con un toque de fantasía Mia Sarah (2006). Esta vez el tono es también alegre, pero el tema no lo es tanto: Sam, un niño de doce años, nos cuenta en primera persona que tiene leucemia, y que se va a morir.

Ron adapta la novela Ways To Live Forever de Sally Nichols, manteniéndose fiel a su estilo y su estructura, cosa nada fácil porque se trata de un diario que el protagonista escribe para ser recordado después de su muerte y así vivir para siempre. El director lo resuelve con insertos de cámara doméstica a modo de vídeo-diario, frases escritas en pantalla como vimos en Juno (Jason Reitman, 2007) y la voz en off del protagonista que nos acompaña continuamente. Merecen aquí una especial mención las animaciones que dan también ese toque a la película, personal, mágico e infantil.

Digámoslo ya, el gran peligro que tenía semejante historia era caer en el exceso de sentimentalismo, ¿qué si no con un niño que nos cuenta que va a morir? Y en sortear ese peligro está el principal logro de su director. Ron construye un filme vitalista, y huye de los tópicos gracias al toque irónico que a veces pone -“que nos devuelva el dinero”, dicen Sam y su madre bromeando entre lágrimas en referencia a Dios ante la inminencia de la muerte del niño a pesar de los esfuerzos médicos-, la manera tan directa en que Sam afronta su enfermedad, sin rodeos; y pienso que especialmente con el personaje de Felix, un amigo de Sam que también es un enfermo terminal y que encarna todo lo opuesto a esos tópicos de películas de niños enfermos. El director, pues, coge el toro por los cuernos y entra de lleno al tema de la muerte. No tiene problema en hablar de la religión, y de las respuestas clásicas de la filosofía ante cuestiones como el sentido del dolor o la existencia de Dios, todo con la mirada honesta y sensata de los niños.

A pesar del poco alcance que ha tenido en el mercado, la película juega en primera división: es cine español, sí, aunque esté rodado en Inglaterra con actores británicos, y de ese cine español que está apostando más por cambiar lo que para muchos significa esa etiqueta. Los actores son también de nivel, Ben Chaplin puede lucirse en la medida en que se lo permite el arco de transformación algo manido de su personaje: el padre que vive de espaldas a la situación de su hijo, hasta que ve el “diario” y cambia. Emilia Fox y Greta Scacchi también cumplen correctamente, pero la película reside en las actuaciones de los niños: Robbie Kay y Alex Etel, junto con Ella Purnell que tiene menos tiempo en pantalla pero bien conseguido. Si sabemos lo que la mayoría de directores piensan sobre trabajar con niños, son más puntos sumados al logro de Gustavo Ron. También, aunque en momentos rocen el género del telefilme, los aspectos técnicos están cuidados y siguen el tono de la historia.

Vivir para siempre, sin embargo, incluye en su planteamiento sus propias limitaciones. Con su tono dulce y algo mágico, sí llega a caer por momentos en un optimismo no siempre muy justificado, y uno puede llegar a sentir forzadas escenas como la del “club nocturno” que los niños improvisan en un ropero, la del beso que Sam desea o incluso la del dirigible al que, cuestiones de financiación aparte, le sobra el inmenso logo de Coca-Cola. La música de César Benito enfatizada en momentos contribuye a remarcar el sentimiento quizá muy predeciblemente. Algo parecido sucede con la estructura, a veces floja por sostenerse solo en los deseos que Sam va cumpliendo antes de morir -es forzoso recordar aquí Mi vida sin mí (2003), de Isabel Coixet– y acercándose poco a poco al irremediable final.

Lo dicho. Aunque no estemos ante una película redonda, el triunfo de Gustavo Ron es innegable. Plantear hoy en día el tema del sufrimiento y de la muerte de una manera positiva y para el gran público es todo un reto. Incluso Clint Eastwood tropezó ahí al mojarse demasiado con su Más allá de la vida (2010), y es difícil no caer en el misterio religioso o en el sentimentalismo barato. Ron sale airoso con este tema, la propia muerte, que quizá hoy merece ser contado más que otros, por lo poco que se trata en proporción a lo mucho que nos va en ello. Pues con la muerte se termina hablando de la vida, de cómo vivir aunque sepamos que hay un fin, de cómo vivir exprimiendo cada momento, de cómo vivir, de alguna manera, para siempre.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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En busca de la felicidad

(2006) EE.UU.
DIRECCIÓN Gabriele Muccino
GUION Steve Conrad
MÚSICA Andrea Guerra
FOTOGRAFÍA Phedon Papamichael
REPARTO Will Smith, Jaden Smith, Thandie Newton

Felicidad mal escrita

Dicen que el dinero no da la felicidad, pero no cabe duda de que ayuda. Eso es lo que confirma En busca de la felicidad (The Pursuit of Happyness, 2006), que con ese sugerente título tomado expresamente de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos nos presenta una historia al más puro estilo del sueño americano.

La premisa francamente es atractiva: Will Smith protagoniza un drama basado en una historia real en la que interpreta a Chris Gardner, un hombre que en el San Francisco de principios de los 80’s lucha por sacar adelante económicamente a su familia en unas duras circunstancias, intentando vender una absurda y pesada máquina médica de consultorio en consultorio cada día, tras dejar a su hijo en una guardería del barrio chino en la que la palabra “felicidad” está mal escrita. Luchando por una vida mejor, Gardner consigue entrar en un exigente programa de entrenamiento de seis meses sin sueldo para convertirse en agente de bolsa, mientras intenta sobrevivir y sostener a su hijo después de que su mujer les abandone. Un sueño americano que, sugerentemente, está dirigido por un cineasta italiano, Gabriel Muccino, lo que quizá explique que la película recuerde en momentos a la relación de juego entre el Guido de Roberto Benigni y su hijo Giuseppe en La vida es bella y, sobre todo, a la relación entre padre e hijo del clásico neorrealista El ladrón de bicicletas. Porque esta es una historia de superación tanto como es una historia de un padre y su hijo.

¿El problema? Que no termina de coger fuerza. El tono a veces confunde y hay momentos que no sabemos si son de comedia o de drama, de alivio o de tensión. Y la capacidad de tener mala suerte del protagonista durante toda la película roza lo inverosímil: que la puerta del metro se le cierre con su brazo dentro y su preciado escáner fuera; que tenga que ir a la entrevista de su vida manchado de pintura, en camiseta interior y recién salido del calabozo por no pagar las multas de aparcamiento; o que no tenga ni un lápiz para escribir cuando le dan un esperadísimo número de teléfono, es simplemente demasiado. Esta reiteración de desgracias nos llevan a que Will Smith corra desesperado por las calles de la ciudad en más escenas que en sus mejores películas de acción.

Quizá el mayor acierto sea lo que es también su principal atractivo: la interpretación de Will Smith hecha a medida de Oscar, aunque tuvo que conformarse con la nominación. Smith nos da grandes momentos como esa hermosa escena en el baño del metro, cuando él y su hijo tocan fondo, o el emotivo clímax de la película. De paso debuta el que es su hijo en la vida real, Jaden Christopher Syre Smith, que con sus cinco añitos hace méritos suficientes para estar en el reparto por derecho propio. La familia la completa una demasiado amargada Thandie Newton que no colabora a dar matiz a esta película que tanto lo hubiera agradecido. En resumen, felicidad, sí, en esta película, pero es una pena que, prometiendo tanto, le resten puntos sus “faltas de ortografía”.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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The Artist

(2011) Francia
DIRECCIÓN Y GUION Michel Hazanavicius
MÚSICA Ludovic Bource
FOTOGRAFÍA Guillaume Schiffman
REPARTO Jean Dujardin, Bérénice Bejo, John Goodman, James Cromwell

La magia del cine

Hace ya más de un siglo, el mundo se sorprendió con un curioso invento que permitía grabar y reproducir imágenes en movimiento. Rápidamente, el hombre, eterno contador de historias, hizo de su invento un medio narrativo y el mundo no solo se sorprendió sino que rió, disfrutó y lloró. Pero todo invento evoluciona y este, por suerte, también lo hizo: primero fue el sonido, luego el color, y así hasta llegar a lo que vemos hoy en las salas de cine. Pues este año y no antes, como genial síntesis de la historia de este invento, alguien se atrevió a hacer una película muda en blanco y negro. Y triunfó.

Son franceses estos pioneros -con toda la paradoja que el término aquí incluye-: el productor Thomas Langmann y el director y guionista Michel Hazanavicius. Tampoco es que su carrera hasta entonces fuera la de cineastas de culto consumados, todo lo contrario, pero quizá justo por eso eran los indicados para demostrar que la imagen en movimiento sigue teniendo toda la fuerza de los comienzos. La historia es también metafílmica: un actor ególatra, estrella del cine mudo, se viene abajo con la irrupción del cine sonoro. Solo una joven estrella de este nuevo cine podrá intentar vencer su orgullo y salvarlo.

Así, con una historia simple, Hazanavicius nos presenta un producto genuino de cine mudo: la textura de la imagen, las actuaciones expresivas, los rótulos solo con los diálogos imprescindibles, el humor simple y la tragedia exagerada. A eso le ayuda el look de sus actores, por suerte no muy conocidos hasta ahora (con un Oscar bajo el brazo por una actuación en la que no dice una palabra, Jean Dujardin ya puede hacer cualquier cosa), la dirección artística y, por supuesto, la también oscarizada banda sonora. Ahora bien, esto no es una vuelta cien años atrás: no podría serlo con éxito. La película toma en cuenta dónde estamos, y nos regala secuencias como la de la pesadilla sonora del protagonista, presagio de lo que vendría, o la referencia a la crisis de 1929, que hoy nos hace movernos un poco en nuestro asiento.

Reconozcamos que la historia es predecible, que quizá la segunda parte tiene menos ritmo que la primera, y que hay cosas como la relación del protagonista con su mujer que no quedan muy explicadas y tengan una resolución -ese divorcio, o lo que sea- cuando menos anacrónica. Y con todo, pienso que el mérito de esta película es el restregarnos que el cine sigue teniendo su fuerza donde estuvo desde el principio: una buena historia con la «simplicidad» de la imagen pura en movimiento. Basta experimentar la fuerza de la secuencia en que él y ella repiten esa escena del baile una y otra vez; toda una historia de amor en tres o cuatro planos. Es también genial ver la cara del público, fascinado sin oír un solo diálogo o, mejor aún, en el clímax sin oír nada en absoluto, y aun así ríen. Alguno habrá llorado.

Me quedo con ganas de hablar del perro, todo un éxito de guion y realización en sí mismo.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Celda 211

(2009) España
DIRECCIÓN Daniel Monzón
GUION Jorge Guerricaechevarría, Daniel Monzón
MÚSICA Roque Baños
FOTOGRAFÍA Carles Gusi
REPARTO Luis Tosar, Alberto Ammann, Carlos Bardem, Manuel Morón, Antonio Resines

Cuando el cine español se amotinó

¿Qué pasaría sin un hombre normal se encontrara atrapado en una cárcel en medio de un motín de presos? Sobre esta atractiva premisa construye Daniel Monzón su film carcelario Celda 211 (2009) que entró pisando fuerte para dejar claro que el cine español no tiene nada que envidiar al mejor cine de género carcelario de Hollywood.

Ya desde el arranque se nos deja claro que estamos ante una película dura y violenta. El relato avanza con mucho ritmo y tensión, introduciéndonos en una historia de bizarra camaradería entre Juan, el avispado funcionario recién llegado que se ha quedado dentro en el motín y que tendrá que fingirse un preso más, y Malamadre, el líder de los presos: un arrollador Luis Tosar a quien la película le debe al menos la mitad de sus aciertos.

Con un asombroso dominio de las claves del género -los espacios cerrados, la violencia que impacta, los clichés de presos prototípicos y la estricta jerarquía entre ellos- que recuerdan a clásicos como Cadena perpetua o En el nombre del Padre, Monzón avanza con sus personajes soltando un poquito de crítica social por aquí (esos funcionarios, a veces tan malos como los propios reclusos) y un poquito de crítica política por allá (esos presos etarras que, todo sea dicho, vienen como anillo al dedo a las necesidades de la trama).

Quizá hacia el final el film esté menos controlado y pueda perder un poco de ritmo, una pega que se suma a interpretaciones como la de Antonio Resines -cuya peor falta quizá sea que le tenemos muy visto- o la del actor revelación Alberto Ammann, que se defiende pero deja mucho que desear, sobre todo en contraste con la fuerza del Malamadre de Tosar. Sin embargo, prevalecen las poderosas vueltas de tuerca, la buena construcción de los personajes y, en definitiva, la fuerza que toda tragedia digna de ese nombre provoca. Una película lograda que representa no solo un buen paso para su director, sino sin duda un gran salto para el cine español.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Todos los datos de Celda 211