The Artist

(2011) Francia
DIRECCIÓN Y GUION Michel Hazanavicius
MÚSICA Ludovic Bource
FOTOGRAFÍA Guillaume Schiffman
REPARTO Jean Dujardin, Bérénice Bejo, John Goodman, James Cromwell

La magia del cine

Hace ya más de un siglo, el mundo se sorprendió con un curioso invento que permitía grabar y reproducir imágenes en movimiento. Rápidamente, el hombre, eterno contador de historias, hizo de su invento un medio narrativo y el mundo no solo se sorprendió sino que rió, disfrutó y lloró. Pero todo invento evoluciona y este, por suerte, también lo hizo: primero fue el sonido, luego el color, y así hasta llegar a lo que vemos hoy en las salas de cine. Pues este año y no antes, como genial síntesis de la historia de este invento, alguien se atrevió a hacer una película muda en blanco y negro. Y triunfó.

Son franceses estos pioneros -con toda la paradoja que el término aquí incluye-: el productor Thomas Langmann y el director y guionista Michel Hazanavicius. Tampoco es que su carrera hasta entonces fuera la de cineastas de culto consumados, todo lo contrario, pero quizá justo por eso eran los indicados para demostrar que la imagen en movimiento sigue teniendo toda la fuerza de los comienzos. La historia es también metafílmica: un actor ególatra, estrella del cine mudo, se viene abajo con la irrupción del cine sonoro. Solo una joven estrella de este nuevo cine podrá intentar vencer su orgullo y salvarlo.

Así, con una historia simple, Hazanavicius nos presenta un producto genuino de cine mudo: la textura de la imagen, las actuaciones expresivas, los rótulos solo con los diálogos imprescindibles, el humor simple y la tragedia exagerada. A eso le ayuda el look de sus actores, por suerte no muy conocidos hasta ahora (con un Oscar bajo el brazo por una actuación en la que no dice una palabra, Jean Dujardin ya puede hacer cualquier cosa), la dirección artística y, por supuesto, la también oscarizada banda sonora. Ahora bien, esto no es una vuelta cien años atrás: no podría serlo con éxito. La película toma en cuenta dónde estamos, y nos regala secuencias como la de la pesadilla sonora del protagonista, presagio de lo que vendría, o la referencia a la crisis de 1929, que hoy nos hace movernos un poco en nuestro asiento.

Reconozcamos que la historia es predecible, que quizá la segunda parte tiene menos ritmo que la primera, y que hay cosas como la relación del protagonista con su mujer que no quedan muy explicadas y tengan una resolución -ese divorcio, o lo que sea- cuando menos anacrónica. Y con todo, pienso que el mérito de esta película es el restregarnos que el cine sigue teniendo su fuerza donde estuvo desde el principio: una buena historia con la “simplicidad” de la imagen pura en movimiento. Basta experimentar la fuerza de la secuencia en que él y ella repiten esa escena del baile una y otra vez; toda una historia de amor en tres o cuatro planos. Es también genial ver la cara del público, fascinado sin oír un solo diálogo o, mejor aún, en el clímax sin oír nada en absoluto, y aun así ríen. Alguno habrá llorado.

Me quedo con ganas de hablar del perro, todo un éxito de guion y realización en sí mismo.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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