Mad Max. Fury Road

(2015) EE.UU., Australia
DIRECCIÓN George Miller
GUION George Miller, Nick Lathouris y Brendan McCarthy
MÚSICA Junkie XL
FOTOGRAFÍA John Seale
REPARTO Tom Hardy, Charlize Theron, Nicholas Hoult, Hugh Keays-Byrne, Rosie Huntington-Whiteley, Zöe Kravitz, Riley Keough, Abbey Lee, Courtney Eaton, Richard Carter

Morder el polvo

Hay directores que han marcado tendencias y fundado géneros (o subgéneros) en la historia del cine. El australiano George Miller, con su trilogía de Mad Max de principios de los años 80, es uno de ellos. La primera (1979), serie B cutre con un Mel Gibson entonces desconocido (y con cara de niño) y con unos personajes que hablan con un acentazo australiano, se convirtió en una película de culto por presentar un mundo postapocalíptico no demasiado lejano («a few years from now») lleno de personajes desquiciados vestidos como punketos y un héroe capaz de vencerlos cuya felicidad es destrozada en pocas horas. Las secuencias de persecuciones a toda velocidad y las explosiones -todas hechas con efectos mecánicos y quizá por eso más cercanas- hicieron un filme plástico que fue un referente para muchas películas que vendrían después.

Tras una segunda parte (The Road Warrior, 1981) con un poco más de presupuesto en la que el personaje ya es un lobo solitario, y una lamentable tercera entrega (Beyond Thunderdome, 1985) que pecó de demasiado ochentera -con Tina Turner con mohawk y todo-, Miller lo dejó estar. Fue feliz y grabó películas como Babe el puerquito valiente (1995) y otras. Pero el camino siempre llama a los aventureros, y con sus 70 años encima decidió salir de nuevo de la mano de su ahora más atormentado Max Rockatansky.

Con todo, Mad Max. Fury Road no es propiamente una secuela, mucho menos un remake. A Miller le gusta hablar de una «revisita» al mismo universo. Además del título, tiene en común con la trilogía original estar situada en un universo postapocalíptico en el que el hombre se devora a sí mismo (por cierto, un universo cada vez más extremo en cada película, cosa que nunca se menciona explícitamente pero es patente) y, por supuesto, el personaje protagonista que es el mismo Mad Max y no lo es. Sí lo es porque, antes de cualquier imagen, los créditos anuncian a «Tom Hardy como Max Rockatansky», así con apellido y todo. Y no lo es no solo porque ya no es Mel Gibson (claro) sino porque su pasado es distinto, aunque igualmente atormentado. En la primera película de la saga fuimos testigos de cómo (spoiler en 3… 2… 1…) la esposa embarazada de Max es asesinada por Toecutter y su banda. Aquí el recuerdo que atormenta a Max es el de su hija (?) pequeña que le reclama algo. Lo interesante de los Max Rockatansky de Miller es que pueden ser el mismo o no, en realidad no importa, no estamos ante un personaje concreto sino más bien ante un arquetipo. El de un hombre atormentado, lobo solitario, que solo ve por sí mismo como los vaqueros del western (género clásico al que más se aproxima esta saga), pero cuya bondad está muy dentro y termina por vencer ante los problemas ajenos: el de Papagallo y su comunidad en Road Warrior, los niños perdidos en Thunderdome y ahora Furiosa y las esposas de Immortan Joe. Pero la trama de Fury Road amerita otro párrafo.

Aridísimo desierto. Un resto de la humanidad sobrevive en «La Ciudadela» bajo el gobierno inmisericorde de Immortan Joe (un ser deforme, siempre cubierto por un bozal con amarillentos colmillos animales que solo deja ver unos ojos locos y extrañamente familiares… y es que el actor es Hugh Keays-Byrne, nada menos que Toecutter en la primerísima Mad Max). El tirano controla a las masas administrando dos recursos: el agua -que deja caer en cascadas ante las sucias multitudes que se agolpan portando todo tipo de recipientes, en una visión que se antoja espantosamente profética- y la «leche materna», literalmente extraída de rollizas mujeres. Recursos que intercambia con otras dos comunidades administradas por sendos tiranos: la Granja de Balas y la Ciudad de Gasolina. Este agresivo equilibrio se rompe cuando la guerrera predilecta de Immortan Joe, Imperator (así, en latín masculino) Furiosa, huye con el tesoro del déspota: sus cinco bellas esposas.

Y es que Mad Max. Fury Road, con ese título, con ese director y con ese personaje principal, si algo es, es patentemente feminista. Furiosa (excelente Charlize Theron) es el motor de la trama en su huida llena de audacia y esperanza. Y las esposas de Immortan Joe son igualmente valientes, cada una con una personalidad distinta y rica. Lo mismo puede decirse de las ancianas (vuvalini) que intervienen en la trama más adelante. A todas ellas se unen nuestro solitario Max -dispuesto a ayudar aunque ajeno a su destino, como sucediera en Road Warrior– y Nux (Nicholas Hoult sin un pelo y cubierto de cal), uno de los muchos siervos de Immortan Joe primero a su servicio y luego «despertado» por las circunstancias.

Dos son, pues, las grandes virtudes de la última película de George Miller. De una parte, nos entrega -¡por fin!- una película de acción distinta, no llena de efectos y brevísimos planos sino con un ritmo igualmente trepidante -toda la película es, literalmente, una persecución- pero hecho de acción real (tan real como que está grabada casi sin efectos digitales, más que las hoy inevitables correcciones de color que, por cierto, contribuyen a la exagerada pero bella fotografía), que no baja el pistón un segundo, junto con la banda sonora de Junkie XL que puede mezclar la percusión desenfrenada y los sintetizadores con el «Dies Irae» del Réquiem de Verdi mientras vemos a un guitarrista en escena atado a una máquina móvil hecha de altavoces presente en toda la película. Para una película así, hay que decirlo, resulta ideal Tom Hardy (Bane en The Dark Knight Rises, por si acaso), con una interpretación muy física en la que se limita a gruñir y a decir alguna frase, pero que conecta muy bien con el tono de lo que hace Miller.

La segunda es lograr con una película así de intensa -para muchos casi desagradable- decirnos mucho de la humanidad. De tantos mandatarios que si no son Immortan Joe es porque no han podido. De una civilización a veces bien maquillada pero con un alma que no está muy lejos de parecerse a ese desierto árido. Pero una civilización en la que, también, unos pocos -o no tan pocos- se mueven buscando una esperanza. «¿Qué buscas?», pregunta Max a Furiosa en uno de sus escasos diálogos. «Redención», contesta, y con ella toda la humanidad buscando un poco de misericordia entre todo el polvo que, como los personajes universales de Miller, hemos levantado en el camino.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Little Boy

(2015) EE.UU.
DIRECCIÓN Alejandro Monteverde
GUION Alejandro Monteverde y Pepe Portillo
MÚSICA Stephan Altman y Mark Foster
FOTOGRAFÍA Andrew Cadelago
REPARTO Jakob Salvati, Emily Watson, Tom Wilkinson, Ben Chaplin, David Henrie, Michael Rapaport, Kevin James, Cary-Hiroyuki Tagawa, Eduardo Verástegui

Lo más grande

Un pequeño niño de un pueblo de Estados Unidos ve con dolor que su padre se marche a pelear la Segunda Guerra Mundial, y decide emplear todos los recursos en su mano –y especialmente su fe– para terminar con la guerra y traerlo de regreso. Esa es la premisa del segundo largometraje de Alejandro Monteverde –socio creativo de Eduardo Verástegui en Metanoia Films– y el resultado no puede ser más conmovedor y poderoso.

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En su anterior proyecto (Bella, 2008), Monteverde y Verástegui dejaron clara la línea que definiría sus proyectos. Ambos católicos, de nacionalidad mexicana y establecidos en Estados Unidos, buscan hacer un cine que aporte algo valioso, sin descuidar una historia poderosa y una producción atractiva. Con Bella –un drama de redención con historias entrecruzadas en torno a un embarazo no deseado– la clave estuvo en su historia simple pero profunda (grabada con cámara al hombro a toda velocidad por Nueva York) que les alcanzó el Premio del Jurado en el Festival de Toronto.

Ahora han conseguido sacar adelante Little Boy, una película con mucho más valor de producción –no deja de ser una película de época y su diseño artístico, por mencionar algo, está basado en las icónicas pinturas de Norman Rockwell, con algún homenaje explícito– y con elementos temáticos que la hacen atractiva: la crítica al racismo (cicatriz siempre abierta de la identidad estadounidense, en este caso contra un ciudadano japonés tras Pearl Harbor), muchos toques de humor y un poco de fantasía muy bien manejada, siempre a través de los ojos de un niño.

Dicho todo esto, hay que decir que todos los esfuerzos de Monteverde y su equipo de producción hubieran sido infructuosos sin la actuación del pequeño Jakob Salvati en el rol protagónico. Por encima de los numerosos famosos que accedieron a viajar a Rosarito, Baja California (México) para filmar la película convencidos por el guion de Monteverde y Pepe Portillo (desde Tom Wilkinson hasta Emily Watson, desde Kevin James hasta David Henrie y Cary-Hiroyuki Tagawa), destaca este talentoso niño que sostiene todo el filme con su infantil inocencia.

Así, pasando de la anécdota luminosa al sentimiento desgarrador –que roza un poco sospechosamente en la manipulación emocional, todo sea dicho– se consigue transmitir la historia positiva de un niño cuya fe mueve montañas, en una película que no impone (el japonés agnóstico y el sacerdote sensato son mejores amigos) sino que inspira, contando de un modo nuevo aquello tan viejo de que “el grano de mostaza cuando se siembra en la tierra, es la semilla más pequeña que hay, pero una vez sembrada sube hasta convertirse en la más grande”.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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La teoría del todo

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN James Marsh
GUION Anthony McCarten basado en el libro de Jane Hawking
MÚSICA Jòhann Jòhannson
FOTOGRAFÍA Benoît Delhomme
REPARTO Eddie Redmayne, Felicity Jones, Charlie Cox, Emily Watson, Maxine Peake

La ciencia y el amor

Stephen Hawking es uno de los científicos divulgativos más populares de nuestro tiempo, tanto por sus propuestas sugerentes –como se ve, por ejemplo, en el título de su bestseller (Una breve historia del tiempo), realmente aspira a una teoría del todo– como por su público ateísmo y su tenaz lucha contra la enfermedad motoneuronal crónica que padece, que lo ha ido paralizando hasta el punto de tener que comunicarse a través de un aparato generador de voz.

Qué duda cabe que estamos ante una historia de superación, digna de llevarse a la gran pantalla, con todo el reto que siempre supone un biopic basado en la vida de alguien todavía vivo. Lo cierto es que el propio Stephen Hawking se mostró satisfecho con la película, y por lo mismo autorizó que se utilizara su voz computarizada (que está patentada y tiene derechos de autor). La historia se centra tanto en el científico como en su primera esposa, Jane, en cuyas memorias está basado el guion. En efecto, la historia de superación tiene tanto mérito del implicado como de la mujer que lo sacó adelante –conociendo su enfermedad desde antes de casarse– con puro amor y sacrificio, cosa que la película refleja bastante bien.

Dirigida por James Marsh –director célebre por documentales, como Man on Wire (2008) por el que ganó el Oscar–, la película tiene una factura impecable, en la que destacan la fotografía y la música; un conjunto que recuerda a la oscarizada A Beautiful Mind (2001), otro biopic contemporáneo centrado en la relación de amor y fidelidad de un prestigioso científico enfermo y su esposa. Sin embargo, su mayor fuerte son las actuaciones, pues Eddie Redmayne (Les Miserables, Mi semana con Marylin) hace un trabajo asombroso al reflejar el avance de la parálisis de Hawking y sus sentimientos –un merecido Oscar que probablemente no le sea negado–, y la también nominada y hasta ahora poco conocida Felicity Jones hace otro tanto como la abnegada esposa del científico.

Quizá el mayor peligro de una película de estas características es el encumbrar al personaje como si no tuviera defecto alguno. No es el caso: sin quitar el mérito a Hawking, son patentes sus defectos de carácter; aunque, todo sea dicho, quizá gran parte de la sociedad actual no los vea como tales. Se aborda también su ateísmo, en contraste con la firme fe de su esposa (cristiana evangélica), que nunca pierde la esperanza de que su marido sea convierta. Y es el personaje de ella el que termina por resultar más atractivo. Como dice el acertado promocional de la película: “La mente de él cambio nuestro mundo, el amor de ella cambió el de él”.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Whiplash

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Damien Chazelle
GUION Damien Chazelle
MÚSICA Justin Hurwitz
FOTOGRAFÍA Sharone Meir
REPARTO Miles Teller, J.K. Simmons, Paul Reiser, Melissa Benoist, Nate Lang, Chris Mulkey

El mejor baterista

Una de las sorpresas cinematográficas del año ha sido Whiplash, del joven director Damien Chazelle –el guion también es suyo– quien en su día estudiara para ser baterista de jazz. La historia se basa, en parte, en su experiencia; hace un año hizo el cortometraje Whiplash, que ahora adapta a un excelente largometraje.

Andrew Neyman (Milles Teller) es un joven estudiante de batería en el prestigioso conservatorio Shaffer de Nueva York. Ahí empieza a ser dirigido por Terence Fletcher (J.K. Simmons), un maestro exigente más allá del sentido común a quien no le importa llegar a la violencia y la crueldad con tal de sacar lo mejor de sus músicos. La obsesión de ambos –Neyman realmente quiere ser el mejor baterista de jazz del mundo– irá creciendo en una intensa espiral.

Siendo una historia más bien simple, distintos elementos hacen que el resultado sea atrapante. En primer lugar, las actuaciones de los protagonistas: el joven Miles Teller (que sí toca la batería; no al grado al que se nos presenta en la historia, pero es él quien toca) y un agresivísimo J.K. Simmons (por esta interpretación ganador del Globo de Oro y ahora nominado al Oscar). Aunque hay que decir –y es un asunto que viene planteado desde el guion y la dirección– que ambas interpretaciones resultan excesivas. Me explico: un grito o un episodio de llanto, puntuales, resultan poderosos; cuando toda la película son gritos y emociones hiperbólicas, pierden su intensidad (y quizá por eso Chazelle no alcanzó la nominación de dirección). Muy distintas, por ejemplo, y más efectivas son las actitudes contenidas de Foxcatcher, otra historia de obsesión discípulo-maestro.

Lo cierto es que todo eso queda envuelto y superado por las dos grandes virtudes de Whiplash: la excelente banda sonora (toda la película es una celebración del virtuosismo del jazz en su nivel más alto), y una edición tan hábil que sabe hacerse patente cuando es necesario, jugando con los fabulosos ritmos del jazz, y casi invisible cuando tiene que serlo, hasta el punto de hacernos creer que Miles Teller puede tocar un increíble solo de batería (que vemos en continuidad de cinco minutos en pantalla cuando en realidad tardó dos días en rodarse).

Y una última lanza a favor de esta historia, pues en los tiempos que corren –en los que gran parte de la sociedad occidental se ve imbuida por el conformismo, el mínimo esfuerzo y la cultura del confort (especialmente la gente joven)– nos presentan a dos personajes que –defectos aparte, que los tienen y patentes– están dispuestos, uno a sacrificar todo por alcanzar un ideal bien alto, y el otro a exigir sin piedad alguna para encontrar a alguien realmente extraordinario. Como dice este insólito maestro, no hay dos palabras que hagan más daño que “buen trabajo”.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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The Imitation Game

(2014) EE.UU.

DIRECCIÓN Morten Tyldum
GUION Graham Moore basado en el libro de Andrew Hodges
MÚSICA Alexandre Desplat
FOTOGRAFÍA Óscar Faura
REPARTO Benedict Cumberbatch, Keira Knightley, Matthew Goode, Rory Kinnear, Charles Dance

Un héroe muy actual

Cuando se conoce la vida de Alan Turing, resulta llamativo que hasta ahora no se haya hecho una película basada en su biografía. Genio matemático de extraña personalidad, es considerado el padre de la computación –¡nada menos!– y precursor de la inteligencia artificial; durante la Segunda Guerra Mundial consiguió descifrar el “Código Enigma”, que los nazis utilizaban en sus comunicaciones: una contribución decisiva para la victoria de los aliados. Más tarde sería condenado penalmente por su homosexualidad y sometido a una castración química. Dos años después, se suicidó. En diciembre de 2013 la Reina Isabel II lo exoneró póstumamente de los cargos en su contra.

La película de Morten Tyldum tiene pues un excelente caldo de cultivo, especialmente para los gustos de la Academia (8 nominaciones a los Oscars). Y, con todo, no carga las tintas: Alan Turing se nos presenta como una persona peculiar, de trato difícil y poca empatía humana, pero sobresaliente por la genialidad de su mente. A eso contribuye la interpretación de Benedict Cumberbatch, que no se caracteriza por la “normalidad” de sus interpretaciones, con su voz sobrehumana y su mirada que se antoja casi alienígena. Su Turing es extraño, sin embargo, al parecer, Turing era realmente extraño.

La parte emocional, por tanto, corre más a cargo del personaje de Joan Clarke (Keira Knightley, acreedora a una nominación no muy merecida), colaboradora y amiga de Turing: una mujer luchadora e independiente que destaca también por su intelecto y hace de traductora emocional del matemático. La faceta afectiva de la homosexualidad de Turing se enfoca más en los flashbacks de sus años de escuela, donde se presenta como una amistad profunda más que una relación sensual o pasional.

El tipo de película no nos es ajeno: un biopic del siglo XX ubicado en ambientes universitarios, similar a Una mente brillante o su actual rival La teoría del todo. En ese sentido el noruego Tyldum cumple correctamente en la dirección, con talentosos colaboradores como el imprescindible compositor Alexandre Desplat, entre otros. El guion, adaptación de un libro, acierta al contar en paralelo la hazaña de Turing descifrando el Código Enigma, la relación con su amigo en sus años escolares y la investigación que lo procesará por el delito de “perversión”, confluyendo las tres líneas en un mismo clímax.

The Imitation Game defiende, pues, valores muy en boga (los derechos de los homosexuales y el feminismo, de entrada) y lo hace desde una historia real, relevante y poco contada hasta ahora, que además es de época y se permite tensión, drama e incluso humor. En ese sentido da en el blanco, y no puede ocultar que sigue la receta para gustarle a la Academia. Está por ver si lo logrará del todo.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Foxcatcher

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Bennett Miller
GUION E. Max Frye y Dan Futterman
MÚSICA Rob Simonsen
FOTOGRAFÍA Greig Fraser
REPARTO Steve Carell, Channing Tatum, Mark Ruffalo, Sienna Miller, Vanessa Redgrave

Historia de una obsesión

Un caso real: 1988. El atleta Mark Schultz, campeón de lucha grecorromana que ha vivido siempre al amparo –y a la sombra– de su hermano luchador Dave, es convocado por el excéntrico multimillonario John du Pont para representar a Estados Unidos en las Olimpiadas con su equipo “Foxcatcher”. La relación entre los tres, dominada por el poder político y monetario de Du Pont y su personalidad obsesiva y acomplejada, se convierte en una auténtica bomba de tiempo.

El estar basada en una trágica historia real –John du Pont murió en prisión en 2010 condenado por homicidio– le da a Foxcatcher suficiente interés, el cual fue aprovechado por la diestra dirección de Bennett Miller (mejor director en Cannes por esta película y nominado al Oscar) que, como hiciera en Capote y en Moneyball, entrega una película sobria a la par que muy intensa.

Y en esa contenida línea –subrayada por la música de Rob Simonsen– van las actuaciones de Channing Tatum (Mark Schultz), Mark Ruffalo (Dave Schultz) y Steve Carell (John du Pont); los dos últimos, nominados al Oscar. Especial aclamación ha tenido la interpretación de Carell, a quien estábamos acostumbrados a ver en comedias de las más físicas (Virgen a los 40; Anchorman; SuperAgente 86; Crazy, Stupid, Love o la serie The Office), aunque también hubiera mostrado una faceta más dramática en ocasiones (Dan in Real Life; Little Miss Sunshine). Aquí su John du Pont es enigmático y deleznable, lastimoso y cruel, inadaptado y abusivo. Súmese el maquillaje para asemejarlo al personaje real y tenemos un papel más que convincente.

Una historia psicológica, pues, y en mucho representativa de la sociedad norteamericana. Sutil y contenida, como suelen ser las tragedias de la vida real, funciona como una olla exprés que burbujea y va chillando en un tenso crescendo. Opta por decir muy poco para conseguir decir mucho, y todos sus elementos aportan a tan bello reto. En fin, no con mucha frecuencia encontramos películas que, sin traicionar la verdad, nos enfrentan a los misterios del alma humana. Y cuando las encontramos, conseguimos vernos a nosotros mismos.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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El Gran Hotel Budapest

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Wes Anderson
GUION Wes Anderson y Hugo Guinness
MÚSICA Alexandre Desplat
FOTOGRAFÍA Robert D. Yeoman
REPARTO Ralph Fiennes, Edward Norton, Adrien Brody, Willem Dafoe, Jeff Goldblum, Bill Murray, Harvey Keitel, Owen Wilson, Jason Schwartzman, Tilda Swinton, Léa Seydoux, Tony Revolori, Saoirse Ronan

Aventura en Centroeuropa

El octavo largometraje de Wes Anderson –para algunos un director sobrevalorado, para otros un auténtico genio del cine, pero desde luego un esmeradísimo artista con todas las letras– es igual y distinto a sus otros trabajos. Igual por el inconfundible estilo de este director icónico del indie-pop, y distinto porque es su primer filme de época, situado en la Centroeuropa de entreguerras e inspirado –como dicen los créditos– en las obras de Stefan Zweig.

Un escritor (Jude Law) conoce en el Gran Hotel Budapest la historia de Mr. Moustafa (F. Murray Abraham), conocido como Zero (Tony Revolori) cuando era botones del hotel en su época de esplendor bajo las órdenes del peculiarísimo concierge –la palabra traducida “conserje” queda muy por debajo del oficio de este hombre, auténtico anfitrión de los ilustres huéspedes del Budapest–, Monsieur Gustave (Ralph Fiennes). La extraña pero sincera afición de M. Gustave por sus ancianas clientes desencadenará una serie de peripecias cuando una de ellas es encontrada muerta heredando así una valiosa pintura al concierge. La habitual paleta andersoniana de personajes se verá mezclada en la persecución de M. Gustave y su devoto aprendiz, Zero.

Una trama ascendente llena de vericuetos, muchos personajes excéntricos y unas locaciones muy peculiares, tan históricas como extravagantes (el diseño de producción, una de sus 9 nominaciones, es un Oscar obligado) permiten a Wes Anderson lucirse en esta comedia de aventuras. Como ya es costumbre, acompaña al director un amplio reparto de estrellas –algunos con papeles muy pequeños– que ponen cara a sus extraños personajes: Ralph Fiennes, Edward Norton, Adrien Brody, Willem Dafoe, Jeff Goldblum, Bill Murray, Harvey Keitel, Owen Wilson, Jason Schwartzman, Tilda Swinton, Léa Seydoux… y las caras frescas de Tony Revolori y Saoirse Ronan.

Como toda la filmografía del director texano, cada plano es una obra de arte –en el peculiar estilo del director– con una estudiada composición de los encuadres, los juegos de colores y los movimientos teatrales de la cámara (con la osadía de filmar casi todo en una relación de aspecto 4:3 en los tiempos que corren). Añádase la música original de Alexandre Desplat –quién si no– y tenemos El Gran Hotel Budapest.

Sin ser lo mejor de Wes Anderson, el cuidado del detalle y la experiencia acumulada del director ya se van notando en pantalla y quizá sea esta la nada desdeñable excusa para forrarlo de Óscares, los cuales sin duda merece por su trayectoria, no tanto por esta aventura concreta. Aunque lo divertida y bien hecha no se lo quita nadie.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Del mismo autor: «El inconfundible estilo de Wes Anderson»
Todos los datos de El Gran Hotel Budapest

American Sniper (El francotirador)

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Clint Eastwood
GUION Jason Hall, basado en el libro de Chris Kyle, Scott McEwen y James Defelice
FOTOGRAFÍA Tom Stern
REPARTO Bradley Cooper, Sienna Miller, Kyle Garner, Keir O’Donnell

Soldado muy americano

Conocemos esta historia. Dentro del género del cine bélico, y el particular subgénero “guerra de Irak”, son ya algunas cintas las que exploran la tensión y la adrenalina de un campo de batalla lleno de civiles sospechosos entre viviendas laberínticas, en contraste con la tranquilidad del suburbio americano donde un soldado se ve afectado por sus traumas de guerra. La más celebre hasta ahora había sido The Hurt Locker, que también cautivó a la academia. Y esta vez es el veteranísimo Clint Eastwood quien la lleva a la pantalla.

American Sniper está basada en la autobiografía de Chris Kyle, quien se convirtió en una leyenda entre las tropas americanas en Irak por su habilidad como francotirador, con 160 blancos confirmados –enemigos abatidos– y más de 200 probables. El título en inglés es relevante, pues en la película pesa el que sea americano –estadounidense, más propiamente– tanto o más como que sea un francotirador infalible.

El proyecto es de Eastwood junto con Bradley Cooper, que intervino como uno de los productores y protagoniza la cinta (lo cual le ha valido una nominación al Oscar, entre las 6 que tiene el filme, incluyendo “Mejor película”). Un papel muy distinto de los habituales personajes simpáticos que ha encarnado Cooper, y no solo por haber tenido que inflar sus músculos: Chris Kyle es un hombre parco de palabras y simple de mente, que tiene muy claro que su fin en la vida es servir al “mejor país del mundo” y proteger –o vengar– a sus compañeros de los “salvajes”. American –ya digo- Sniper.

Claramente el sesgo está muy marcado desde una perspectiva en la que todos los iraquíes son malvados casi hasta el absurdo –niños de siete años que ante el cadáver de un ser querido reaccionan tomando el arma que portaba para continuar su misión– por lo que está justificado eliminarlos, pero hay tensión y escándalo cuando Kyle casi agrede a un perro en su patio trasero como una reacción a sus traumas de guerra. En fin, con Eastwood tras la cámara no puede dudarse de una realización técnicamente perfecta –tiene también nominaciones a edición, mezcla de sonido y edición de sonido–, y sabe lucirse en las tensas escenas de guerra. Un claro producto para disfrute de la Academia, aunque el poco matiz del planteamiento termina por afectar a la visión del conjunto.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Todos los datos de American Sniper

Boyhood

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Richard Linklater
GUION Richard Linklater
FOTOGRAFÍA Lee Daniel, Shane F. Kelly
REPARTO Ellar Coltrane, Ethan Hawke, Patricia Arquette, Lorelei Linklater

Una vida en el tiempo

La principal característica de Boyhood, película de Richard Linklater –uno de los íconos del cine independiente americano– es que se rodó a lo largo de doce años. Un rasgo de producción muy poco práctico pero muy efectivo, pues el objetivo es contar la historia de un protagonista que pasa de ser niño a joven adulto frente a nuestros ojos. El efecto de ver a los mismos personajes encarnados por los mismos actores conforme va pasando el tiempo logra un efecto muy especial y cercano, como cuando se ve un viejo video casero de la propia familia.

Y es que Linklater ha sido siempre muy respetuoso con el tiempo: su famosa trilogía –Antes del amanecer (1995), Antes del atardecer (2004) y Antes del anochecer (2013)– está espaciada con diez años entre película y película, mismos que también transcurren en la vida de sus personajes que se reencuentran diez y veinte años después. En esa trilogía, la trama de cada una de las películas es el encuentro entre dos personas y su relación a lo largo de unas pocas horas; un fragmento de su vida cotidiana en la que –como en Boyhood– “no pasa nada”. Nada y mucho, como sucede en la vida.

Siempre desde la perspectiva de Mason –el niño que crece–, el guion (también de Linklater) muestra distintas situaciones que reflejan la frágil condición humana. Experiencias, enamoramientos, peleas, juegos, conversaciones… todo siempre alrededor del entorno familiar de Mason, que a pesar de estar roto desde el principio, de algún modo persevera como eje de su vida (como le sucede a casi cualquier persona, por cierto).

Destaca el mérito de los actores, no solo por su compromiso con el proyecto sino por su implicación actoral en esa cotidianidad: los padres de Mason, interpretados por Ethan Hawke (habitual de Linklater) y Patricia Arquette, ambos nominados al Oscar; y pienso que aún más Ellar Coltrane, a quien vemos crecer en pantalla y sostener la fuerte personalidad de un Mason más bien serio, y su hermana en pantalla Lorelei Linklater (hija del director, claro).

Así, el tema de Boyhood es tan amplio como la vida misma, pero bien puede tomarse como una reflexión sobre el paso del tiempo (se hace especial hincapié en detalles culturales de las épocas que vamos recorriendo para reconocerlas; por cierto, impagable la conversación entre Mason y su padre –tan inocente como que se rodó hace varios años– burlándose de una posible secuela de Star Wars). Un Bildungsroman cinematográfico y postmoderno, como fuera Los 400 golpes de Truffaut, que difícilmente se hace ajeno con las excelentes canciones de su banda sonora y esos personajes a los que acompañamos casi tres horas y doce años.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Todos los datos de Boyhood