Las guerreras K-Pop

Pelear cantando

Hay ideas millonarias y ésta, como se ha demostrado, es una de ellas. Tres superestrellas de pop coreano que en realidad son guerreras que han heredado la misión ancestral de mantener a raya a los demonios y, con su canto, lograr la victoria definitiva del bien sobre el mal. Así se logra un aire de mito universal, a la vez que se explotan pegadizas canciones y se sigue a tres protagonistas femeninas fuertes. Como se dice por ahí, Frozen caminó para que Las guerreas K-Pop pudieran volar. Hoy es un fenómeno masivo. A día de hoy es la película más vista de Netflix (sin descartar que muchas visualizaciones sean de un mismo usuario; piénsese en niñas adolescentes que ven esto en bucle). Semanas después de su estreno en streaming se puso en cines en pleno verano, en versión sing-along, para que la gente pudiera ir a cantar como si fuera un concierto. Ya hay segunda parte en planeación y seguro veremos mucho más de esto.

Con todo, no es un producto de consumo superficial. Por un lado, cuida los aspectos locales que representa, a la vez que apela a lo universal. Así, hay fragmentos de las canciones en coreano, pero sobre todo se nota en el diseño de sus espacios y de sus personajes, desde el tigre de bengala y la urraca —icónicos de los minhwa coreanos, una artesanía popular— hasta los gestos y reacciones de las protagonistas cuyos rasgos se expanden caricaturescamente al más puro estilo animé. Las canciones, de un género que lleva años siendo tendencia, son pegadizas y permiten lucir el rango vocal. Los demonios deciden que la forma de vencerlas es crear una boy band de pop coreano dando paso a un duelo musical, éxito garantizado.

Por otro lado, además de ser divertida y entretenida, la historia tiene elementos profundos. La protagonista Rumi —lideresa de estas nuevas Ángeles de Charlie, si Charlie en vez de su líder fuera su empleado, un agente regordete— es un personaje con dimensiones, con secretos ocultos y un conflicto interior propio complejo. Otro tanto puede decirse de su contraparte, un hombre condenado a ser demonio. Así se exploran temas como la esperanza y la aceptación, se muestran los peligros de querer ser bueno escondiendo los propios defectos a toda costa, y cómo el mal se alimenta de nuestros miedos y de la desunión. Larga vida a las guerreras K-Pop.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Chris Appelhans & Maggie Kang
GUION Maggie Kang, Danya Jimenez, Hannah McMechan, Chris Appelhans
FOTOGRAFÍA Gary H. Lee
MÚSICA Marcelo Zarvos
REPARTO (voces) Arden Cho, May Hong, Ji-young Yoo, Ahn Hyo-seop, Yunjin Kim, Ken Jeong, Lee Byung-hun, Daniel Dae Kim

Eddington

Western de pandemia

Mayo 2020. En pleno confinamiento, Joe Cross (Joaquin Phoenix), sheriff del pequeño pueblo de Eddington, Nuevo México, tiene que lidiar con la desinformación, el mandato de usar cubrebocas —impulsado por el carismático alcalde Ted García (Pedro Pascal)—, sus problemas maritales con su traumatizada esposa (Emma Stone) y su suegra que vive con ellos, los jóvenes woke que se manifiestan en sus calles y una crispación social que está a nada de estallar como un polvorín. El cuarto largometraje del siempre provocador Ari Aster se aleja esta vez del terror de Hereditary y de Midsommar, así como de la psicodelia traumática de Beau tiene miedo, para llevarnos con un estilo realista y satírico a un muy reciente pasado y sumergirnos en la locura de la sociedad polarizada en la que, por cierto, aún continuamos.

Hábilmente no cae en ideologías ni en caricaturizar (en exceso) a unos ni otros. El protagonista, interpretado magistralmente por Joaquin Phoenix, es un hombre conservador y poco reflexivo que no considera que los problemas como el covid o el movimiento Black Lives Matter sea algo que deba afectar a su pequeño pueblo. Como tantos, no entiende que no entiende (¿y hoy ya quién entiende?). También está el alcalde oportunista que manipula a sus votantes mientras firma un acuerdo con un centro de datos para desarrollar inteligencia artificial, aunque dañe el medio ambiente; o la mujer traumatizada por abuso sexual que busca respuesta en un pseudo mesías de internet; o la que escucha teorías de la conspiración día y noche; o el adolescente que se vuelve woke para impresionar a una chica; el afroamericano irónicamente acusado de racismo por ser policía; o los terroristas de Antifa.

Con un ritmo algo irregular, la primera parte se cuece lento aunque tiene el interés de llevarnos a ese pasado no tan lejano donde las discusiones eran en torno al uso de cubrebocas, la distancia de seguridad o la prohibición de hacer reuniones. Como buena sátira, tiene su dosis de comedia muy efectiva. Al tratarse de este director, no es de sorprender que el tercer acto sea desquiciado, cargado de violencia y donde los personajes son capaces de lo impensable. Sin embargo, se mantiene en la realidad y es coherente con la trama, siempre con mucha tensión. Durante la pandemia sabíamos que se harían películas sobre esta época. Y se intuía que el costo social iba a ser mayor que el costo de salud del virus como tal. Hoy, inmersos en la posverdad aprovechada por políticos y otros poderosos, y fomentada por los algoritmos que nos hacen vivir en cámaras de eco, la sátira de Ari Aster más que una advertencia es una constatación genial y terrible de hasta dónde hemos llegado.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Ari Aster
FOTOGRAFÍA Darius Khondji
MÚSICA Bobby Krlic & Daniel Pemberton
REPARTO Joaquin Phoenix, Emma Stone, Pedro Pascal, Austin Butler, Micheal Ward, Deirdre O’Connell, Luke Grimes, Cameron Mann, Matt Gomez Hidaka, Amélie Hoeferle, Clifton Collins Jr.

Superman

Supermilenial

El hombre más poderoso pero que no es un hombre. El problema narrativo del superhéroe por excelencia es precisamente que no puede ser vencido (de ahí que los cómics inventaran la kriptonita, para que tuviera alguna debilidad) y que es difícil identificarse con él porque no es humano. A eso se sumaron problemas de marketing reciente: el cuestionamiento de las cintas de DC Comics, y sobre todo de la más reciente versión de Superman, que al menos no han estado a la altura (de taquilla y fans) de la competencia, es decir Marvel. Lejos quedó el mítico superhéroe encarnado en pantalla por el icónico Christopher Reeve. Así que buscando alejarse de la solemnidad, DC dio total control de esta versión a James Gunn (Guardianes de la Galaxia, Escuadrón Suicida) y el resultado es más ligero, divertido y ha conseguido convencer.

La cinta empieza ágil in medias res, pues ya nadie quiere ver las archisabidas historias de origen de los superhéroes. Y no sólo ágil sino con un Superman vulnerable: herido y casi muerto, lo cual lo hace cercano. El personaje de Clark Kent / Superman en esta cinta es acorde a su generación. Tiene conciencia social y ecológica, y una gran conexión emocional con su súper perro (se llama Krypto, fabuloso y continuo deus ex machina). Inmaduro emocionalmente, incluso en los primeros minutos de la cinta es casi infantil, cuando intenta justificarse ante su novia Lois Lane. Solamente es más infantil el villano Lex Luthor, soberbio caprichoso millonario y genio, con un equipo de técnicos que parecen gente normal pero están ahí cooperando gustosos al mal (así me imagino el coworking de la red social X o de Meta).

Un poco abrumadora porque pasan muchas cosas y hay muchos personajes, la trama opera los tres niveles de conflicto armónicamente: el conflicto externo es una guerra fronteriza entre dos países de medio oriente en la que Superman quiere ayudar a los desvalidos y Luthor tiene intereses geopolíticos (cualquier parecido con la guerra actual en Ucrania o Gaza es pura coincidencia). El conflicto relacional es de Superman y Luthor («tu obsesión conmigo se está volviendo un poco rara») pero también entre Clark Kent y Lois Lane, que son amigovios a escondidas. Más interesante es el conflicto interno: Clark fue criado en la tierra por sus padres adoptivos como alguien bueno que debe usar sus poderes para ayudar, y él pensaba que esa era la voluntad de sus padres biológicos en su planeta de origen, pero descubre que no. Fue enviado a conquistar. Lex Luthor hace público este dato y logra lo único que Superman no puede vencer: una crisis reputacional en medios sociales. Incluso utiliza simios/bots que tuitean hashtags ofensivos (cualquier parecido con Elon Musk es pura coincidencia). Así se presenta el dilema más humano y más profundo de la película: la libertad y la determinación de uno mismo a través de los propios actos.

James Gunn consigue darle nueva vida al personaje, con un estilo fresco que incluye coloridas imágenes, buenos efectos visuales y secuencias de acción, excelente música (incluyendo el tema ya clásico del personaje, compuesto por John Williams) y bastante humor. El relativamente desconocido David Corenswet es un buen Superman/Clark Kent (grandulón buenazo que sigue aprendiendo) y Rachel Brosnahan una Lois Lane más madura y actual. Con ella y sus colegas se muestra la importancia del periodismo, esa profesión de riesgo de verdaderos héroes sin capa (aunque la entrevista que le hace a Superman sea una lección de cómo hacer mal una entrevista). Sobresale Nicholas Hoult como un despreciable Lex Luthor y se introduce también a otros metahumanos (Linterna Verde, Hawkgirl, Mr Terrific, Metamorfo…). Parece entonces que fue un paso en la dirección adecuada. Desde luego habrá más.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION James Gunn
FOTOGRAFÍA Henry Braham
MÚSICA David Fleming & John Murphy
REPARTO David Corenswet, Rachel Brosnahan, Nicholas Hoult, Skyler Gisondo, Edi Gathegi, María Gabriela de Faría, Sara Sampaio, Nathan Fillion, Isabela Merced, Anthony Carrigan, Zlatko Buric, Mikaela Hoover, Neva Howell, Pruitt Taylor Vince, Wendell Pierce, Alan Tudyk, Bradley Cooper, Angela Sarafyan

The Fantastic Four: First Steps

Con F de Familia

Un matrimonio maduro. Años de intentar tener un bebé. Casi lo habían olvidado. Y un día, el milagro. Prueba de embarazo positiva. Todo cambia, todo mejora. Una nueva vida es esperanza. Una escena intimista que abre… la sexta fase del Universo Cinematográfico de Marvel (MCU). El matrimonio son Reed Richards (Pedro Pascal) y Sue Storm (Vanessa Kirby), también conocidos como Mr Fantastic y la Mujer Invisible, que junto con Johny Storm/La Antorcha Humana (Joseph Quinn) y Ben Grimm/La Mole/La Cosa (Ebon Moss-Bachrach) conforman el equipo de superhéroes conocidos como Los 4 Fantásticos. Poco dura su gozo pues el villano interplanetario Galactus se dispone a devorar la Tierra… salvo que le entreguen al bebé por nacer.

Estamos ante el quinto intento de llevar a la pantalla el emblemático cómic de este cuarteto. Intento porque las cuatro películas anteriores (de 1994, 2005 y su secuela de 2007, y 2015) son célebres por no haber gustado al público, hasta el punto de que se consideraba un material casi maldito para el cine, y que sólo se ha trasladado bien en la adaptación no oficial que son Los Increíbles de Pixar. Sin embargo, tras recobrar los derechos de autor de estos superhéroes con la adquisición de Fox por parte de Disney (dueño también de Marvel), finalmente el MCU decidió hincarle el diente a la súperpoderosa familia.

La originalidad de la apuesta de los distintos guionistas involucrados y del director Matt Shakman (conocido por la excelente serie de WandaVision, de lo más interesante culturalmente que ha hecho Marvel) corre en tres líneas. En primer lugar, el contexto «retrofuturista» en que se sitúa. Ubicada en la «Tierra 828» (un universo paralelo a los que ya estamos acostumbrados), la estética es de los años 60’s pero con tecnología del futuro. Esto hace que tenga un estilo visual atractivo, distinto a las anteriores cintas de Marvel, con mucho uso de efectos visuales prácticos, además de una edición ágil y fresca a la que se suma la excelente banda sonora de Michael Giacchino. En segundo lugar, aunque estemos en una cinta de superhéroes, los personajes tienen conflictos internos que se sienten reales y profundos. Reed cuya inteligencia no toma en cuenta los sentimientos propios y ajenos. Sue y el desarrollo de la maternidad protectora. Johny que quiere salir del estereotipo y demostrar su inteligencia. El buenazo de Ben que busca el amor aunque es literalmente de piedra. Incluso la villana Silver Surfer (Julia Garner) tiene un pasado y un móvil.

La tercera línea es el conflicto dramático en sí mismo. Más allá de todo el contexto tan poco realista como puede ser el de los superhéroes, la trama se centra en algo tan cercano y universal como la familia. Tan antiguo como el Génesis y la petición que suena inconcebible: sacrifica a tu hijo. ¿Es aceptable sacrificar una vida para salvar muchas, al mundo entero? Es el dilema de las vías del tren llevado al extremo. Y viene la respuesta de la madre. «No sacrificaré a mi hijo para salvar el mundo. No sacrificaré al mundo para salvar a mi hijo». ¿Quién es más fuerte que una madre, por más intergaláctico que se sea? Y el misterio del bebé. «Puede que seas el ser más poderoso del universo, pero hay que cambiarte los pañales», o algo así le dice Reed a su bebé, cual San José. En fin, la cinta no es perfecta, por supuesto. Es cine de Marvel. Pero funciona y gusta, e incluso permite estas lecturas. Bravo.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Matt Shakman
GUION Josh Friedman, Eric Pearson, Jeff Kaplan, Ian Springer, Kat Wood
MÚSICA Michael Giacchino
FOTOGRAFÍA Jess Hall
REPARTO Pedro Pascal, Vanessa Kirby, Joseph Quinn, Ebon Moss-Bachrach, Julia Garner, Ralph Ineson, Natasha Lyonne, Paul Walter Hauser, Sarah Niles, Mark Gatiss

Blanca Nieves

Duelo femenino (y por qué no merece tanto odio)

El icónico primer largometraje (1937) de Walt Disney fue adaptado a una película live-action, generando una oleada de críticas negativas, más por asuntos externos a la película en sí, pero también por lo poco conseguida que supuestamente está. Y bueno, partiendo de lo innecesarias que son estas adaptaciones de Disney —que sin embargo son negocio— no lo tenían nada fácil. Por un lado, la princesa protagonista Blanca Nieves es en la cinta original un personaje femenino con poca agencia propia, damisela en apuros, envidiada por su belleza, que es resucitada por un beso de amor de un príncipe al que había visto una vez en su vida. De nuevo, puestos a actualizar esta historia, había que hacer varios ajustes. Y vaya que se hicieron.

En esta versión, escrita por Erin Cressida Wilson (La chica del tren) y dirigida por Marc Webb (500 días con ella y la segunda trilogía de Spiderman), Blancanieves (Rachel Zegler) es una princesa valiente, con personalidad propia, formada por sus padres para servir a su reino con generosidad, antes de la muerte de su madre y la aparición de su madrastra y posterior Reina malvada (Gal Gadot). Por otro lado, no hay príncipe, pero sí un interés amoroso en la figura de un ladrón pícaro pero noble (Andrew Burnap), un Robin Hood que roba en nombre del aclamado rey desaparecido, y que tiene con Blanca Nieves una relación que pasa del rechazo al enamoramiento.

Han sido polémicos también los famosos siete enanitos, primero por desaparecer del título, pero sobre todo por ser generados por computadora, con afán de ser más parecidos a los de la versión animada. Sin embargo, la cinta deja claro que no son humanos con enanismo, sino criaturas mágicas del bosque con más de 200 años de edad. De hecho se hace hincapié en esto al incluir personas con enanismo entre los otros personajes. Suma a eso que quien hace la voz de uno de ellos, Grumpy (Gruñón), sea un actor con enanismo, Martin Klebba. Pero ciertamente al lado de los humanos estos personajes tienen un aire un poco extraño. Eso sí, el arco de personaje de Dopey (en español Tontín) está muy conseguido y el adorable personaje roba buena parte de la película.

Sin duda alguna, lo mejor de esta versión son las canciones. Y no es de extrañar, pues son obra de Benj Pasek y Justin Paul, autores de las canciones de La La Land, El Gran Showman y el musical Dear Evan Hansen; y se incluyen también algunas de las canciones más emblemáticas de la cinta original, entre ellos el famoso «Heigh-Ho» de los enanos, que aquí es toda una secuencia de acción. En ese sentido musical es acertado el casting —por otro lado muy criticado— de Rachel Zegler (West Side Story) que canta maravillosamente, aunque su tez morena por su ascendencia colombiana no coincida con la «Blanca Nieves» del cuento (el guion explica con astucia que fue llamada así por nacer en una noche nevada). No puede decirse lo mismo de la voz de canto de Gal Gadot (por si acaso, Wonder Woman), y en general su interpretación deja que desear, aunque su belleza la hace una Reina malvada en principio adecuada.

El siempre insatisfecho público suele criticar estas cintas que se rehacen en live-action tanto si se parecen demasiado al original, es decir un calco (como El Rey León), como si buscan cambiar, como ésta. Lo cierto es que siguen siendo un gran negocio para Disney, con menos riesgo que apostar por algo original. Y si bien esta Blanca Nieves no es excepcional —no podía serlo, y hay algo extraño en su diseño del mundo donde ocurre que hace que se sienta falso—, tampoco es la pésima película que sus bochornosas calificaciones en las páginas y aplicaciones de referencia harían pensar (actualmente 1.9 sobre 10 tanto en IMDB, como en Letterboxd). Más bien terminó por ser víctima de la confrontación de los perfiles públicos de las dos actrices protagonistas, con imprudentes declaraciones que llegaron hasta a enfrentar sus posturas sobre el conflicto en Gaza. ¿Pero qué acaso esta historia no se trata en el fondo de dos mujeres enfrentadas?

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Marc Webb
GUION Erin Cressida Wilson
MÚSICA Jeff Morrow CANCIONES Benj Pasek & Justin Paul
FOTOGRAFÍA Mandy Walker
REPARTO Rachel Zegler, Gal Gadot, Andrew Burnap, Andrew Barth Feldman, Jeremy Swift, Tituss Burgess, Martin Klebba, Jason Kravits, George Salazar, Andy Grotelueschen, Ansu Kabia

El esquema fenicio

Wes Anderson entre finanzas y teología

Zsa-Zsa Korda (Benicio del Toro) es un poderoso magnate centroeuropeo, odiado por todos los países libres por su éxito moralmente desaprensivo en los negocios, que tras sobrevivir a su enésimo intento de asesinato —acompañado de una experiencia mística— decide dos cosas. Llevar a cabo una importante obra de infraestructura que será su legado en el país de Fenicia. Y hacerlo con la anuencia y acompañamiento de su única hija mujer, Liesl (Mia Threapleton, hija de la actriz Kate Winslet), quien tras años alejada de su padre se dispone a tomar el hábito como monja. Y como puede saberse desde la imagen inicial, estamos ante la película 12 de Wes Anderson.

El director texano nunca hace una mala película, pero a veces deja qué desear. En sus primeras cintas transmitía verdades como puños a través de su estética artificial y de personajes de lo más raros, pero con gran fuerza emocional. Últimamente se ha vuelto rebuscado en sus estructuras narrativas —piénsese en los episodios de revista de los que constó The French Dispatch o el complicado juego intrateatral de Asteroid City— y en sus tramas, como en este caso. Situada a mediados del siglo XX como sus últimas dos películas, ésta podría contar la historia de reencuentro entre padre e hija; o la conversión de un hombre sin escrúpulos, un Ciudadano Kane que es llamado por Dios al final de sus días. Y aunque sí lo hace, cuenta también y sobre todo el complicado «esquema fenicio» con el que el protagonista pretende cubrir financieramente su proyecto industrial, donde se describen porcentajes (incluso en pantalla) y se hacen negociaciones con distintos personajes que van desde un dúo de empresarios basquetbolistas —Tom Hanks y Bryan Cranston en papeles marginales que sólo harían para Wes Anderson—, un francés con un club nocturno marroquí (Mathieu Amalric), un capitán de barco y jefe sindicalista (Jeffrey Wright), la prima del protagonista que administra una especie de kibutz en el desierto (Scarlett Johansson) y finalmente su hermano, némesis y villano, el tío Nubar (Benedict Cumberbatch).

Afortunadamente, quienes más aparecen en pantalla son el trío protagonista: la joven Liesl, con su cofia, velo y hábito de monja que rodean su rostro (maquillado eso sí) casi siempre inexpresivo, en la línea de las serias jóvenes bellas del cine de Wes Anderson, como Gwyneth Paltrow en The Royal Tenenbaums o Kara Hayward en Moonrise Kindgom. Su enamorado será el muy peculiar Bjorn (divertidísimo Michael Cera), un tutor noruego experto en insectos que termina enredado en el esquema fenicio con padre e hija. Y por supuesto el protagonista Zsa-Zsa, otro arquetipo del cine de Anderson, el padre de familia que ha fracasado como tal, el hombre maduro respetado en su medio pero odiado al interior de su casa, como Royal Tenenbaum o Steve Zissou, quien sostiene realmente la película y es interpretado soberbiamente por Benicio del Toro.

A la banda sonora de Alexandre Desplat, colaborador habitual del director, se suman varias piezas de Stravinsky que logran la atmósfera adecuada de la película, si bien no hay momentos tan logrados emocionalmente. El habitual director de fotografía Robert Yeoman esta vez es sustituido por el no menos experimentado Bruno Delbonnel, lo cual tampoco hace especial diferencia cuando el estilo de la imagen del director es tan marcado y colorido. Sin embargo, como hizo en sus últimas dos películas, aquí también incluye escenas en blanco y negro. A saber, las de las visiones celestiales del protagonista, que evocan el cine de Dreyer, y en las que personajes con los rostros de Willem Dafoe o de Bill Murray —que por supuesto interpreta a Dios— van a juzgar la vida del personaje.

Es en este sentido, entre otros, que figura y mucho el catolicismo en la película. Y, en efecto, Wes Anderson es católico, aunque claramente usa este elemento como algo ornamental e incluso cómico, sin llegar a ser irrespetuoso. Sin embargo, Liesl sí se muestra convencida de entrar al convento, y si acepta colaborar en el negocio de su padre es «para hacer el bien a muchos». La redención moral del protagonista va unida también a una conversión religiosa, a la par que se nos van mostrando sus interacciones con el más allá, en las que es encontrado en falta. Aunque quizá al final podría decir como Zaqueo en Lucas 19:18, «la mitad de mis bienes daré a los pobres, y si en algo he defraudado a alguien, se lo restituiré cuadruplicado».

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Wes Anderson
GUION Wes Anderson & Roman Coppola
MÚSICA Alexandre Desplat
FOTOGRAFÍA Bruno Delbonnel
REPARTO Benicio del Toro, Mia Threapleton, Michael Cera, Benedict Cumberbatch, Steve Park, Tom Hanks, Bryan Cranston, Scarlett Johansson, Jeffrey Wright, Rupert Friend, Bill Murray, F. Murray Abraham, Willem Dafoe, Charlotte Gainsbourg, Riz Ahmed, Mathieu Amalric, Richard Ayoade, Hope Davis

Misión Imposible: Sentencia Final

Una última vez

Quizá sea esta la saga de acción más exitosa de la historia, desde luego lo es del siglo XXI hasta ahora. Porque si bien se podría argumentar que las películas del agente 007 son más importantes y casi un género en sí mismas, las de Misión: Imposible tienen además un único protagonista cuya cara y arriesgadas piruetas se han vuelto sinónimo de la serie: Tom Cruise. Y así, con casi 30 años entre la primera película y ésta, parece que llegamos al final de las aventuras del agente Ethan Hunt, que por otro lado han evolucionado en su estilo cinematográfico, más allá de las claves de la historia tomadas de la serie televisiva original: un equipo de élite, dispuestos a operar sin reconocimiento de su gobierno, que tienen una misión «si deciden aceptarla» y, por supuesto, la icónica melodía de la banda sonora.

En la primera película (1996) predominó el estilo del director Brian de Palma, con sus planos poco convencionales en una trama de traición que ocurre en una oscura Praga. La segunda entrega (2000) vino cargada de acción a cargo del cineasta chino John Woo. La tercera (2006), dirigida por J.J. Abrams, incrementa la acción pero también las consecuencias personales para el personaje principal. Brad Bird dirigió la cuarta entrega (2011) con todos los elementos, más acción y viajes por el mundo, y una carga cómica expandiendo el personaje de Benji interpretado por el comediante Simon Pegg. Ahora bien, las últimas cuatro entregas, incluida esta última, han sido dirigidas por Christopher McQuarrie, con quien Tom Cruise se entiende bien, y que ha conseguido dominar lo que busca el género de estas películas: mucho entretenimiento sano, con una trama mínimamente plausible, contenido inofensivo para un público amplio, y ser vehículo de lucimiento de Tom Cruise.

Esta entrega es continuación directa de la trama de la película anterior (que de hecho se anunció como su Parte 1). La humanidad está amenazada por la Entidad, una inteligencia artificial que ha ido tomando el control de los distintos armamentos nucleares de las potencias mundiales con el objetivo de destruir a la raza humana. Sólo pueden detenerla, por supuesto, Ethan Hunt y su equipo, al margen del tenso cuarto de guerra en el que la Presidente de los Estados Unidos (Angela Bassett) protagoniza fuertes dilemas morales. Por cierto que la naturaleza de un enemigo como la inteligencia artificial da pie a algunas reflexiones filosóficas y referencias casi teológicas que la cinta no evade, además de recordar la importancia del sacrificio por el bien común, «por aquellos que no conocemos». Por supuesto, no faltan las escenas de peligro extremo —filmadas por el propio Cruise como es sabido—, en este caso a muchos metros bajo el agua en un submarino y a muchos metros sobre la tierra en un aeroplano, demostrando que está en plena forma, hasta el punto de que algunas de estas escenas las hace en calzoncillos.

Con sabor de cierre, se retoma el legado de las anteriores siete películas de la saga, tanto con un montaje inicial como con personajes y elementos de la trama hábilmente recuperados, incluido el agente William Donloe (Rolf Saxon), aquel célebremente burlado en la escena más icónica de la primera Misión: Imposible, y que aquí tiene un papel hasta relevante. Se suman los personajes conocidos como el ya entrañable Luther (Ving Rhames) o el simpático Benji (Simon Pegg) y unos papeles breves de actores de moda en la pantalla chica como Hannah Waddingham (Ted Lasso) o Tramell Tillman (Severance). En fin, aplauso de pie para Tom Cruise, la estrella de cine por antonomasia, que se ha empeñado en mantener el cine en pantalla grande (incluso en IMAX, como se filmó esta cinta) brindando un espectáculo en toda regla.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Christopher McQuarrie
GUION Erik Jendresen & Christopher McQuarrie basados en la serie de TV de Bruce Geller
MÚSICA Max Aruj & Alfie Godfrey
FOTOGRAFÍA Fraser Taggart
REPARTO Tom Cruise, Hayley Atwell, Esai Morales, Henry Czerny, Pom Klementieff, Ving Rhames, Simon Pegg, Shea Whigham, Greg Tarzan Davis, Angela Bassett, Nick Offerman, Rolf Saxon, Lucy Tulugarjuk, Hannah Waddingham, Tramell Tillman

Mickey 17

Desechable

El director coreano Bong Joon Ho —coronado por Hollywood en 2020 al hacer historia cuando su Parásitos fue la primer película en lengua no inglesa en ganar el Óscar a Mejor película— vuelve con una cinta más en la línea de sus anteriores trabajos: una sátira ubicada en un universo de ciencia ficción, con claras críticas al capitalismo y buenas dosis de acción. A quien no lo conociera de antes podría sorprenderle la presencia de criaturas espeluznantes y al mismo tiempo tiernas, efectos visuales de gran escala, o personajes caricaturizados hasta decir basta. Pero si bien Bong Joon Ho logró tamizar su estilo lo suficiente en la tragedia realista que le valió el Óscar, uno siempre vuelve a donde fue feliz, y claramente el coreano lo es en las farsas de ciencia ficción como ésta.

En un futuro distópico —como el de Wall-E, Children of Men, Interstellar y tantas otras—, el planeta está en ruinas y una expedición ha abandonado la Tierra esperando encontrar un porvenir mejor en otro planeta, dirigidos por el político fracasado y oportunista Kenneth Marshall (Mark Ruffalo) y su esposa (Toni Collette). Entre la tripulación, en lo más bajo de la pirámide social, está Mickey Barnes (Robert Pattinson), quien huyendo de unos violentos gángsters a quienes debe dinero, se apuntó para ser «expendable«: un ser humano dispuesto a morir y a volver a ser «impreso» las veces necesarias. Así hasta llegar al ejemplar 17, nuestro Mickey protagonista.

Una vez aceptadas las reglas de la trama, la película de Bong Joon Ho es divertida, reflexiva e incluso conmovedora. Como un nuevo Chaplin en un nuevo Tiempos modernos —aquella crítica magistral al capitalismo desde la comedia tierna—, el personaje en el que Pattinson se transforma es ingenuo, bondadoso, tonto, hasta desesperante, pero noble. Con claras referencias a Trump en el personaje de Mark Ruffalo, quien hasta imita su forma de hablar, la película se cuida de no caer en lo demasiado específico para mantenerse más universal, aunque sin perder su tono de farsa. Sin ser perfecta, varias veces cae en lo vulgar y le sobran minutos al final, pero es lo suficientemente entretenida así como importante en su mensaje: cada persona es valiosa por sí misma.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Bong Joon Ho
GUION Bong Joon Ho basado en la novela de Edward Ashton
MÚSICA Jung Jae-il
FOTOGRAFÍA Darius Khondji
REPARTO Robert Pattinson, Steven Yeun, Mark Ruffalo, Toni Collette, Naomi Ackie, Anamaria Vartolomei

Anora

Cenicienta ocasional

Ani (diminutivo de Anora) es una joven prostituta que trabaja en un club nocturno en Nueva York. Un día, tiene como cliente a Vanya, un jovencito ruso (más bien un niño, en todo menos en la edad legal de sus 21 años) que se va prendando de ella de encuentro en encuentro, hasta el punto de pedirle casarse con ella en Las Vegas. El problema es que Vanya es hijo de un poderoso oligarca ruso que, al enterarse de la ocurrencia de su hijo, decide enviar a sus hombres a arreglar el entuerto.

La última película de Sean Baker, carismático cineasta indie neoyorkino, volcado en mostrar de forma positiva a quienes viven en los márgenes de la sociedad estadounidense, no es su mejor obra ni de lejos. Esa sería The Florida Project (2017), que muestra de forma entrañable las aventuras de una niña pequeña «criada» por su madre en un motel californiano. Antes había hecho Tangerine (2015), sobre una prostituta en busca de un proxeneta, y después hizo Red Rocket (2021) sobre un actor porno que regresa a su ciudad natal.

Esta vez, con Anora, parte de una premisa bastante simple (la de la mujer nocturna cuya vida puede cambiar completamente en un momento, una Cenicienta de oficio más audaz digamos) y que, aunque con algunos momentos bien logrados y otros divertidos, no termina de despegar. Tras un primer acto endulzado por el «enamoramiento» de Ani y Vanya (sólo los vemos tener sexo y bromear, eso sí con mucha química), el segundo acto se desborda en el conflicto con los rusos opacando el conflicto principal (el de la protagonista). Divertido un rato, se vuelve repetitivo con todos los gritos de Anora y los tontos personajes rusos de caricatura (salvo el que es más comprensivo, un respiro en esta historia). El tercer acto es predecible y tampoco termina de decir algo claro.

Si bien Ani (no le gusta Anora) es la protagonista, tampoco sabemos nada de ella: ni de su contexto, ni de su historia, ni de por qué hace lo que hace. El director dice querer dignificar a las trabajadoras sexuales, pero no hay ni un ápice de denuncia de lo que puede ser una vida dura. En ese sentido, sólo el último plano de la película se siente real. Y es tremendamente triste. (Y por qué esta película ganó 5 Oscars —Mejor película (!), Mejor actriz, Mejor director, Mejor guion y Mejor edición— es algo que para mí no tiene explicación, al menos no una explicación cinematográfica).

(2024) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Sean Baker
MÚSICA Joseph Capalbo
FOTOGRAFÍA Drew Daniels
REPARTO Mikey Madison, Mark Eydelshteyn, Yura Borisov, Karren Karagulian, Vache Tovmasyan, Darya Ekamasova

Aún estoy aquí

No olvidar

Río de Janeiro, Brasil, 1970. Dictadura militar. La familia Paiva vive tranquilamente en una casa muy cerca de la playa. El cariñoso padre de familia es Rubens Paiva, ingeniero y ex diputado, aunque esto la película lo dirá después. Cinco hijos, entre adolescentes y niños, corretean entre la playa, la casa y las calles de Río: cuatro chicas y un chico, la más grande en edad de ir a la universidad, la más pequeña mudando dientes. Pero el verdadero y discreto sostén de este hogar —como suele suceder— es la madre, Eunice. Alegre. Dedicada. Serena. Valiente. Un roble. Lo que demuestra cuando, un mal día, su marido es arrestado por el régimen.

Mi primera impresión al saber de la existencia de esta película —hoy nominada a 3 Oscares: Mejor película, Mejor película extranjera y Mejor actriz— fue pensar en la preciosa película Central do Brasil de 1998, por lo que ofrecía de una historia poderosa y cercana, y por el rostro de la que parecía la misma actriz. Tras descartar la asociación por mi limitado conocimiento del cine brasileiro, luego resultó no estar tan lejos, no porque la actriz no hubiera cambiado en casi 30 años, sino porque se trata de su hija. Y porque la película, por supuesto, es del director Walter Salles quien ahora regresa tras 16 años sin haber estrenado un largometraje de ficción.

Esta película parte de las memorias del hijo de los Paiva, y recorre su historia familiar, centrada en el personaje de su madre, Eunice, y su experiencia en torno y a partir del arresto de su esposo y el suyo propio. Más allá de la evidente reivindicación política de la trama, el guion y la dirección insertan al espectador en la dinámica de esta familia, hasta al punto de llegar a conocerlos a cada uno, de sentirse parte, en las buenas y en las malas. Las actuaciones son esenciales en ese sentido, destacando por supuesto el protagónico de Fernanda Torres, imponente en pantalla, una mulier fortis que atraviesa todas las emociones frente a la cámara. El cameo de su madre al final es un bello homenaje a estas dos brasileñas nominadas al Oscar.

(2024) Brasil
DIRECCIÓN Walter Salles
GUION Murilo Hauser y Heitor Lorega a partir del libro de Marcelo Rubens Paiva
MÚSICA Warren Ellis
FOTOGRAFÍA Adrian Teijido
REPARTO Fernanda Torres, Selton Mello, Valentina Herszage, Luiza Kosovski, Barbara Luz, Guilherme Silveira, Cora Mora, Fernanda Montenegro