Asteroid City

El alien Wes

Como todos los directores consagrados, Wes Anderson tiene el riesgo de volverse autorreferencial y perder calidad en sus películas por tener absoluta libertad creativa y dinero ilimitado en un arte que necesariamente es colectivo, como le sucede a algunos directores a ese nivel. En parte le sucedió a Iñárritu con Bardo o a Luis Estrada con ¡Que viva México!, aunque otros como Scorsese o Tarantino aún no caen en esa trampa. En este caso, el genial cineasta texano ya mostraba mayor compromiso con su estilo que con el gran público en The French Dispatch —cosa que a los que somos fervientes suyos no nos importa, todo sea dicho— y sigue un poco esa línea con su reciente Asteroid City, la que podemos definir como una obra menor en su cinematografía, que pasó por Cannes sin pena ni gloria, aunque tiene la peculiaridad de ser la incursión del director en la ciencia ficción… a su manera.

1955. Asteorid City es un pueblo (ficticio como siempre) perdido en medio del desierto estadounidense que debe su nombre al asteroide que se estrelló ahí hace miles de años, y que aún conservan. En él se da lugar una convención de jóvenes genios que presentarán sus inventos espaciales para ganar una beca. Todos llegan acompañados por sus desdichados padres, entre ellos el recién enviudado fotógrafo de guerra Augie Steenbeck (Jason Schwartzman) y la estrella de cine Midge Campbell (Scarlett Johansson). Jóvenes y adultos deben superar sus propios traumas a la vez que se enfrentan a la evidencia de vida inteligente en otros planetas.

Quien esté familiarizado con las otras 10 películas previas del director habrá sonreído al leer esa sinopsis, pues ciertamente están todos los elementos del cineasta texano (que escribe y dirige, como siempre, con sus colaboradores habituales). Elementos como los niños maduros y los adultos desastrosos y rotos por dentro (aunque pasados los años Jason Schwartzman ya no interpreta al adolescente, como hizo en Rushmore, segundo largometraje de Anderson, sino aquí al adulto frustrado). Y, por supuesto, el reparto de estrellas, muchos de los habituales (con la llamativa ausencia de Bill Murray, que por covid no pudo participar y tomó su lugar un desaprovechado Steve Carell) y las inclusiones esta vez de Scarlett Johansson, Tom Hanks, Margot Robbie y Bryan Cranston, entre otros.

El marco narrativo riza el rizo pues, si en El Gran Hotel Budapest había un juego de narradores o en La Crónica Francesa una serie de artículos periodísticos, aquí la trama principal es a la vez una supuesta obra de teatro de la que se nos cuentan los pormenores de su producción. Aunque interesante, ese mecanismo será donde pierda a gran parte de su público, con largas escenas en blanco y negro llenas de diálogo que no son fáciles de seguir y donde otros personajes se unen a los mismos que vemos a color «dentro» de la obra de teatro. Eso y que el tercer acto, tan explosivo en la mayoría de películas del director, aquí queda un poco a deber.

Por supuesto, su fuerte principal es la esmerada estética de la película, con el lujo de ser todavía más artificial y teatral al tratarse de una obra de teatro, como se aclara desde el inicio. El naranja del desierto y el cielo azul marcan la pauta de una preciosa paleta de colores pasteles muy luminosa, a pesar de contar las historias trágicas de los adultos protagonistas, mostradas con una impasible ironía en el estilo del director. La variación en la relación de aspecto (si la pantalla es más rectangular o más cuadrada) aquí ya es del todo arbitraria, sólo buscando una composición de la imagen perfecta, cosa que logra casi siempre. La excelente selección musical, otra marca de la casa, sumada a la banda sonora del infalible Alexandre Desplat completan una obra bonita pero que no está a la altura de las mejores del director.

El otro riesgo que tiene Wes Anderson es el que le ocurrió un poco a Tim Burton, quien en su momento fue considerado uno de los grandes directores (a él le ofrecieron Jurassic Park antes que a Spielberg) pero que se ha convertido en una especie de diseñador de producción asociado a una marca. Es decir, que su estilo sea muy claro y muy marcado pero que sus historias vayan perdiendo fuerza. Algo de eso se intuye en esta undécima película del director y, aunque seguiremos incondicionales a él, de verdad esperemos que no le suceda.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Wes Anderson
GUION Wes Anderson y Roman Coppola
FOTOGRAFÍA Robert D. Yeoman
MÚSICA Alexandre Desplat
REPARTO Jason Schwartzman, Scarlett Johansson, Tom Hanks, Adrien Brody, Tilda Swinton, Jeffrey Wright, Liev Schreiber, Steve Park, Willem Dafoe, Edward Norton, Hope Davis, Tony Revolori, Bryan Cranston, Rupert Friend, Maya Hawke, Steve Carell, Matt Dillon, Hong Chau, Jake Ryan, Grace Edwards, Aristou Meehan, Margot Robbie, Jeff Goldblum

Flash

Y su disfrash

Tras varios retrasos por la pandemia de covid y por los numerosos escándalos de su protagonista, el ahora no-binario Ezra Miller, se estrena esta intentona de DC Studios por acercarse al éxito de su competencia Marvel. La apuesta es el personaje de Barry Allen, que es también el superhéroe Flash, capaz de correr a gran velocidad hasta el punto de poder viajar en el tiempo —asunto clave en la trama de esta película—, y que es el personaje cómico dentro del grupo de la Liga de la Justicia: Superman, Batman, Wonder Woman y otros. Con ello, finalmente DC logra hacer una película menos oscura que sus últimos intentos, más entretenida y que, cómo no, explora los archisabidos multiversos tan de moda que ya hasta ganaron el Oscar a mejor película.

La primera película con el superhéroe de gran velocidad como protagonista no es la historia de su origen como superhéroe —menos mal— sino que lo aborda después de los hechos conocidos de las otras películas en que ha aparecido junto a Batman y Superman. En esta aventura, el divertido e inadaptado Barry Allen/Flash usa sus poderes para viajar al pasado para intentar salvar la vida de su madre y probar la inocencia de su padre, acusado de asesinarla. Por supuesto, todo sale mal, y termina en una línea temporal alterna donde debe aliarse con su insoportable yo más joven —lo que explota la vis cómica que hace divertida por fin una película de DC— y en la que sus amigos están un poco «cambiados»: no existe Superman sino Supergirl (Sasha Calle, que tendrá su película propia, por supuesto) y Batman no es su Batman (Ben Affleck) sino el primer Batman de la pantalla grande, interpretado por el ahora septuagenario Michael Keaton y que es un gran regalo a la nostalgia de quienes disfrutamos de aquellas películas de Tim Burton, con banda sonora incluida. Todos juntos deben enfrentar al malvado General Zod (Michael Shannon) que en esa realidad apenas invade la Tierra.

Así , la originalidad es casi nula —viaje en el tiempo, multiverso, y con ese pretexto narrativo recobrar otras versiones de los superhéroes como se hizo en Spiderman: No Way Home— y los efectos visuales son llamativamente malos para lo que estamos acostumbrados —la secuencia inicial del rescate de los bebés es una aberración cinematográfica, o un absurdo divertimento, depende el humor con que se vea—. Aunque tiene mérito que logre explicar visualmente el revoltijo de líneas de tiempo y universos paralelos en que se mete el personaje, por cierto con varios cameos que es mejor no arruinar a quien no la ha visto. La dirige el argentino Andy Muschetti quien dio el ancho con la nueva versión de las cintas de terror de It. Con todo, el conjunto es lo suficientemente entretenido y con un mensaje positivo de que madurar implica aceptar la realidad y no querer cambiarla a tu favor a toda costa.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Andy Muschetti
GUION Christina Hodson y Joby Harold
FOTOGRAFÍA Henry Braham
MÚSICA Benjamin Wallfisch
REPARTO Ezra Miller, Sasha Calle, Michael Keaton, Michael Shannon, Ben Affleck, Jeremy Irons, Kiersey Clemons, Ron Livingston, Maribel Verdú

Spider-Man: Across the Spider-Verse

Una oda visual

No hay que pasar demasiado deprisa delante de esta película que, si bien es la segunda parte de una trilogía y retoma a un superhéroe muy conocido danzando en el multiverso, por su técnica en realidad es una auténtica obra de arte y pienso que marcará un antes y un después en la animación cinematográfica. No por nada los involucrados (los tres directores y los tres guionistas) provienen de lo mejor del mundo de la animación actual, incluido Pixar. Y la trepidante historia de Miles Morales, el chico afroamericano de Brooklyn convertido en Spider-Man, junto con la de sus muchos equivalentes de otros universos, es el pretexto ideal para dar rienda suelta a un espectáculo visual frenético que es difícil procesar de un vistazo (epilépticos abstenerse, digo yo, y pienso que para públicos más afines a lo tradicional la película puede ser incluso desesperante).

La trama se retoma un año después de donde la dejó la primera entrega del Spider-Verse (que marcó la pauta de este estilo de animación y se llevó un Óscar por ello). Miles Morales debe seguir con su vida adolescente mientras combate el mal como Spider-Man. Lo mismo que Gwen Stacy, la Spider-Woman de su propia realidad, quien es reclutada para formar parte de la Spider-Society, conformada por los Spider-People de cada universo, liderados por el atormentado Mike O’Hara / Spider-Man 2099. El cariño que se tienen unirá de nuevo a Miles y Gwen, tanto como la amenaza de un nuevo villano con tintes existencialistas: La Mancha, cuyo rasgo distintivo es el no-ser (su cara es un agujero, cuando no un rostro sin rasgos) a pesar de su humor desenfadado, y que puede viajar entre dimensiones y amenazar así todo el multiverso.

Lo dicho, una trama que podría ser exasperante cuando no incomprensible, en este caso se aprovecha para explotar al máximo el ritmo y los valores visuales de la cinta. Cada universo —y su respectivo Spider-Man— tiene una técnica de animación distinta. Algunos son divertidísimos, como el Spider-Man de la India, y otros simplemente geniales como el personaje de Spider-Punk, animado incluso a una velocidad de cámara distinta, que armoniza su estilo estético rebelde con su personalidad también contradictoria aunque leal. Un Spider-Man de padre afroamericano y madre latina como es el protagonista es un excelente reclamo de diversidad y representación —hoy que mucho cine la hace más forzadamente— y que además tiene una familia unida y estable, algo excepcional en el mundo de los superhéroes. La narración, sin embargo, funciona porque en el fondo es muy clásica: el viaje del héroe, una y otra vez, donde el héroe aprende de sus fracasos y nunca pierde su noble corazón.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Joaquim Dos Santos, Kemp Powers, Justin K. Thompson
GUION Phil Lord, Christopher Miller, Dave Callaham
MÚSICA Daniel Pemberton
REPARTO (voces) Shameik Moore, Hailee Steinfeld, Oscar Isaac, Jason Schwartzman, Jake Johnson, Brian Tyree Henry, Luna Lauren Velez, Daniel Kaluuya, Issa Rae, J.K. Simmons

Guardianes de la Galaxia 3

Fin de la trilogía del equipo cósmico de inadaptados

Después de varios escándalos para permitir que James Gunn dirija la película desde 2017, «Guardianes de la Galaxia 3» es el esperado cierre de la exitosa trilogía de Marvel, envuelta por acción y ciencia ficción para continuar las emocionantes aventuras de Star-Lord y su equipo intergaláctico. Con un elenco carismático y un enfoque único, los personajes se enfrentan a desafíos personales y se ven envueltos en situaciones cósmicas, mientras que su lealtad y valentía son puestas a prueba.

Con ciertas licencias y libertades creativas, la dirección de James Gunn es excepcional, con su estilo visual distintivo, logrando transportar al espectador a mundos extraterrestres asombrosos y creando secuencias de acción que después de 32 películas de Marvel es difícil de hacer memorables (como la que se presenta en un pasillo de nave espacial). El diseño de producción para recrear planetas y personajes intergalácticos usando colores vibrantes y la atención al detalle en los efectos visuales contribuyen a una experiencia visual cautivadora.

El elenco de «Guardianes de la Galaxia 3» brilla una vez más en sus respectivos roles. Chris Pratt como Star-Lord muestra un carisma innegable y un manejo magistral de la comedia y la emoción. Además, Zoe Saldana, Dave Bautista, Bradley Cooper y Vin Diesel aportan profundidad y humanidad a sus personajes, generando un vínculo emocional con el público, sobre todo en algunas secuencias (flashback, revelaciones o explosiones catárticas) donde se abren y muestran profundidad.

La trama ofrece un equilibrio entre momentos de acción trepidante y exploraciones emocionales más profundas, entre la acción vertiginosa y los momentos de humor característicos de la franquicia. A través de diálogos ingeniosos y situaciones sorprendentes, mantiene al espectador comprometido y satisface las expectativas de los fanáticos, aunque por momentos la trama puede sentirse predecible y carente de sorpresas.

La película aborda temas de amistad, redención y el poder del trabajo en equipo. Con la evolución de los personajes, explora la importancia de superar el pasado y encontrar la redención personal. Oscilando entre las risas y las lágrimas, con un equilibrio de secuencias de eventos desafortunados y milagros que salvan el día, nos encontramos con un malvado bastante interesante que nos lleva a dudar sobre el papel que juega la explotación, la búsqueda de la mejora, la evolución y la «perfección», que en ocasiones conduce a ciertos abusos (animales, niños, comunidades completas) más por una insatisfacción con la realidad que por alcanzar un potencial bienestar.

La selección del soundtrack, elemento icónico de la trilogía vuelve a funcionar por su capacidad para involucrar canciones con los eventos en pantalla. La música no sólo acompaña al fondo por momentos, más bien se convierte en un recurso más para hacer la película interesante para todos, desde el inicio nostálgico con «Creep» (acústico) hasta grandes canciones como «No Sleep till Brooklyn» y «Dog Days Are Over».

Con la conformación de un equipo de inadaptados tratando de conectar con los demás, hay mensajes sobre la familia que nosotros elegimos y el valor de proteger aquello que amamos. Las ideas se transmiten elocuentemente, sin caer en moralismos o pontificar. La familia como lugar en donde nos podemos dar a los demás es un punto común a lo largo de la historia y se maneja con delicadeza y claridad.

Los recuerdos de un personaje evidencian los abusos y desgracias a las que se ha visto enfrentado durante varios años. Después de haber sembrado un sujeto deleznable y absurdamente violento durante varias películas, consigue plantearnos cómo conocer el pasado de alguien nos permite comprender mejor su manera de responder, su actuar, el sentir respecto a ciertas circunstancias. La comprensión habilita el cariño hasta por un mapache modificado con ganas de destruir todo a su camino para tratar de olvidar el dolor que habita en su interior.

La superación del pasado (no solo el recuerdo permanente o el olvido) abre la puerta al futuro, progreso que es imposible hasta que uno entiende, perdona y toma fuerza de los momentos que más han marcado nuestra vida. Si cada uno no se acepta como un racoon (mapache) con sus errores, aciertos, talentos y tragedias a lo largo de su aventura, es imposible impactar personalmente al mundo y los demás con plenitud. Gran escena de reconocimiento y reflexión para todos: “Ya estarás acá, pero todavía no. Tienes una misión por cumplir.”

A través de la apertura a la misión personal (“vocación”) que se va descubriendo en la dolorosa pero transformadora historia de Rocket, la búsqueda de sentido y encontrarlo en la trascendencia se proyecta como lo más importante de la vida. Al final de la película, dedican bastante tiempo para materializarlo en distintas formas de dedicarse al servicio de otros, quitándonos del centro individualista de nuestra existencia.

La película evidencia la crisis que atraviesa la compañía, porque Marvel demuestra que es capaz de hacer películas entrañables, que disfrute su audiencia y que permita encariñarse más con sus personajes favoritos, pero tendrá que dar pasos hacia atrás y aceptar que algunos de sus presupuestos narrativos y de producción simplemente no están funcionando. El cambio tendrá que darse pronto antes de empezar a agonizar.

En general, «Guardianes de la Galaxia 3» cumple con las expectativas al ofrecer una aventura cósmica emocionante con personajes entrañables y una dirección visualmente impresionante. Aunque tiene algunos puntos predecibles, los momentos de diversión y los temas subyacentes la convierten en una película recomendada para los seguidores de la franquicia y los amantes del cine de superhéroes. Interesa el futuro de la dirección hábil de James Gunn, que ha tomado las riendas del reboot del universo de DC Comics. ¡Larga vida al nuevo capitán Rocket Racoon!

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN James Gunn
GUION James Gunn
FOTOGRAFÍA Henry Braham
MÚSICA John Murphy
REPARTO Chris Pratt, Zoe Saldaña, Dave Bautista, Karen Gillan, Pom Klementieff, Vin Diesel, Bradley Cooper, Sean Gunn, Chukwudi Iwuji, Will Poulter

John Wick 4

La liturgia de la violencia

Regresa uno de los más recientes iconos culturales: John Wick, el sicario invencible, el Baba Yaga como se subtitula esta entrega —apodo tomado del folclor eslavo referido a una poderosa bruja—, el «esposo amoroso» como quiere que diga su epitafio, que solo quiere que lo dejen en paz y que decidió «matarlos a todos» cuando le quitaron el último recuerdo de su esposa: un cachorro. Ya di más contexto de esta saga en mi crítica de la entrega anterior, que recomiendo leer en este enlace. Si ahí resalté que el éxito y continuidad de este universo narrativo se basa en las reglas de la violencia que establece, aquí se da un paso más dando toda una liturgia a la violencia. Los personajes viven religiosamente su mundo violento de asesinatos, divididos en clanes o familias, regidos todos por una autoridad infalible, llenos de ritos y tradiciones que deben cumplirse.

De las (pocas) novedades en esta entrega son el joven villano, el Marqués de Gramond interpretado por el joven pero terrorífico Bill Skarsgård (interpretó a Pennywise, el payaso en las nuevas versiones de It, con eso se dice todo). Se trata de un hombre ambicioso y sin escrúpulos, designado por la autoridad para resolver ese «problema» que es John Wick y que siempre está a punto de romper las sagradas reglas. Por cierto que si todas sus escenas son conversaciones, éstas se sitúan en escenarios espectaculares (salas de banquetes, museos famosos, elegantes campos de equitación) que hablan del personaje indirectamente. Otros añadidos interesantes son los personajes del ciego, viejo amigo de Wick ahora obligado a perseguirlo (interpretado por la leyenda china de las artes marciales, Donnie Yen), y el anónimo cazador (Shamier Anderson) que también anda detrás de Wick acompañado por un fiero can. Repiten los clásicos de la saga (entre ellos el recién fallecido Lance Reddick) y por supuesto Keanu Reeves, cuya carrera fue relanzada por esta saga, y quien pronuncia menos de 400 palabras en toda la película (menos de los muertos que lleva en la saga).

En fin, esta cuarta entrega cumple con lo que han prometido sus antecesoras. Mucho ritmo, mucha violencia y mucha catarsis, siempre que uno entienda el pacto de lectura de que esta violencia no debe ser tomada en serio: es un chiste que resulta mucho más irónico por toda la pompa y circunstancia que tiene alrededor. También cumple cinematográficamente, con secuencias increíbles como una pelea campal en la rotonda del Arco del triunfo parisino (sin detener el frenético tráfico, por supuesto), o un fabuloso largo plano secuencia cenital que busca emular la estética de los videojuegos. Y la saga dará para rato pues ya se anunció Ballerina, spin-off protagonizado por Ana de Armas, y la precuela The Continental sobre cómo el personaje de Winston construyó el hotel que es uno de los ejes de la trama. Mucha violencia, sí, pero me parece que lo suficientemente irreal como para que sea un divertimento y no un recordatorio de la mucha violencia que nos rodea.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Chad Stahelski
GUION Shay Hatten y Michael Finch basados en personajes de Derek Kolstad
FOTOGRAFÍA Dan Laustsen
MÚSICA Tyler Bates y Joel J. Richard
REPARTO Keanu Reeves, Laurence Fishburne, Ian McShane, Bill Skarsgård, Donnie Yen, Shamier Anderson, Clancy Brown, Hiroyuki Sanada, Rina Sawayama, Scott Adkins, Natalia Tena, Lance Reddick

¡Que viva México!

Ni para reír llorando

Es ya una especie de tradición en la sociedad mexicana que cada sexenio el cineasta Luis Estrada estrene una película de sátira política, sin pelos en la lengua y con una aguda crítica social y al gobierno en turno, con bastante sentido del humor respecto a la situación actual mexicana. Si la genial La ley de Herodes (1999) hizo época con su retrato del poder en todos los niveles bajo el México priísta; la más floja Un mundo maravilloso(2006) criticó las falsas esperanzas de cambio del primer gobierno del PAN; tuvo más alcance El infierno(2010) que muestra cómo permeó la violencia del narcotráfico en la sociedad mexicana; y La dictadura perfecta (2014) retrató la dependencia del gobierno de las narrativas de los medios de comunicación. Pero ¡Que viva México! no es mordaz, ni original, y cuando rebasa las tres horas ya ni siquiera divertida.

Pancho Reyes (Alfonso Herrera) es un ingeniero y padre de familia que busca tener una vida acomodada en la Ciudad de México, lejos de su origen de pobreza en el mísero pueblo de La Prosperidad donde dejó a su familia a la que no ha visto en más de 20 años. Cuando fallece su abuelo y deja como condición la presencia de Pancho, su nieto favorito, para la lectura del testamento, Pancho viaja con su familia al pueblo, a ese otro México, donde le espera el encuentro con su padre Rosendo (Damián Alcázar) y su conflictiva familia de pobres y buenos para nada. La trama avanza entre lugares comunes, slapstick comedy, humor escatológico, las omnipresentes groserías que pierden fuerza a cada repetición, alguna escena sexual explícita sin repercusión en la trama y redundantes repeticiones de chistes y del propio argumento. 

Estrada puebla a su mundo de personajes arquetípicos sin profundidad y los hermanos del protagonista responden a distintos estereotipos mexicanos caricaturizados: el ignorante de pueblo, el mariachi, el narcotraficante, el homosexual, la rezadora, etc. A la Eddie Murphy en El profesor chifladoDamián AlcázarJoaquín Cosío —los dos actores icónicos de este director— interpretan a varios personajes cada uno. Con clara referencia a Los tres huastecos de Ismael Rodríguez —donde Pedro Infante interpretaba a tres hermanos en lo que era una proeza técnica allá en 1948— Damián Alcázar encarna a tres hermanos: el pobre pero optimista papá del protagonista, el político corrupto y el sacerdote del pueblo. Junto con otras referencias a la época del cine de oro mexicano —e incluso otras más sofisticadas como a Paris, Texas (Wim Wenders, 1984)— la propuesta visual no va más allá de la comedia fácil sustentada en el diálogo, amén de algunas referencias divertidas como los incontables nietos de don Rosendo corriendo y pululando en todo momento.

La producción tuvo sus propias aventuras, como el deslinde del director con Netflix un día antes del estreno planeado para el noviembre pasado. También, como en todas sus películas, Estrada dice ser muy crítico con el gobierno en turno, pero lo cierto es que a pesar de que la cinta incluye imágenes reales del presidente López Obrador —lo que en sus otras películas no hacía, manteniendo cierto aire de metáfora— más que criticarlo parece darle la razón en su narrativa política: México es un país donde la pobreza y la desigualdad imperan y que pide a toda costa ser rescatado. Hay referencias a los políticos de siempre, que solo han cambiado de partido como si cambiaran de chaqueta según los tiempos cambian. Y se señalan características sociales mexicanas, sobre todo la desigualdad y la polarización en la que los pobres ven con envidia y sumisión al que prosperó por sus méritos, creyéndolo además inmensamente rico. Como siempre en el cine de Luis Estrada, hay una visión profundamente negativa de la naturaleza humana y en específico de los mexicanos que, nos dice, son todos avariciosos y ladinos. Si sus comedias negras nunca tienen un final feliz, aquí ese final llega además muy tarde. Al menos en sus anteriores películas la crítica era divertida.

(2023) México
DIRECCIÓN Luis Estrada
GUION Luis Estrada y Jaime Sampietro
FOTOGRAFÍA Alberto Anaya Adalid
MÚSICA Nacho Mastretta
REPARTO Damián Alcázar, Alfonso Herrera, Joaquín Cosío, Ana de la Reguera, Ana Martín, Angelina Peláez, Sonia Couoh, Luis Fernando Peña, Álex Perea, Mayra Hermosillo, Vico Escorcia, Salvador Sánchez, José Sefami

Tàr

Oscuro adagio

La directora de orquesta Lydia Tàr (Cate Blanchett) está en la cima de su carrera. Dirige la prestigiosa Filarmónica de Berlín, ha ganado todos los premios relevantes en su campo, viaja por el mundo dictando conferencias y dando clases magistrales. Orgullosa maestro, como la llaman con admiración, y activa feminista, es lesbiana y vive con su pareja estable —que es también el primer violín de su orquesta— en un fabuloso apartamento moderno en Berlín, con su hija adoptiva, la pequeña Petra. Tàr presenta ahora su autobiografía, Tàr on Tàr, y se dispone a grabar en vivo su opus magna. Sin embargo, la fatalidad empieza a anunciarse sutilmente para poco a poco ir cayendo sobre la protagonista no sin culpa de ella. 

Tras varios años sin estrenar una película, Todd Field (In the Bedroom, Little Children) escribió este drama durante el confinamiento del Covid-19 armado todo en torno a un personaje principal escrito especialmente para Cate Blanchett. Efectivamente, la actriz australiana no solo es el mayor atractivo para ver la película sino que se luce en un papel de una antiheroína ambiciosa, exitosa y sin escrúpulos, si bien deja ver también su debilidad. La película sin ella simplemente no sería. Complementa el proyecto de Field otra mujer, la compositora islandesa Hildur Guðnadóttir, también mencionada en la trama y quien compuso la banda sonora original, toda ella presentada en composiciones musicales dentro de la historia y disponible en un album conceptual que simula una sesión de trabajo de una orquesta.

La vida de la ficticia Lydia Tàr se siente ferozmente actual. Situada en la época postpandemia, al vaivén de la cancelación en las redes sociales y las denuncias a lo #MeToo. Contada con lujo de detalles, la película nos va metiendo en la vida de la protagonista: su ritmo de trabajo, su entorno estéticamente cuidado (el diseño de producción hará la delicia de arquitectos y decoradores de interiores), su pasión artística y el mundo de la élite musical. Pero también su arrogancia, su peligrosa seguridad, sus maldades pasadas y presentes, para ella justificadas por su prestigio y su estatus. Poco a poco se anuncia la oscuridad, con pequeños detalles propios del cine de terror: un metrónomo que suena de noche y nadie activó, unos gritos anónimos pidiendo ayuda en el bosque, un enorme perro negro, o la desgracia en forma de una vecina con retraso mental cuidando a su madre enferma en estado deplorable.

Con dos horas y media de duración, la película se toma su tiempo sin llegar a ser aburrida. Más bien el tercer acto tiene varios saltos que se antojan apresurados tras el relato minucioso del que veníamos (anunciado ya desde los largos créditos iniciales en los que figura todo el equipo de producción). Las escenas finales pueden desconcertar un poco, pues parecen pertenecer a otra historia, si bien subrayan muy bien lo que quiere hacer esta trama con el destino de una protagonista así, que pensaba que lo tenía todo.

(2022) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Todd Field
FOTOGRAFÍA Florian Hoffmeister
MÚSICA Hildur Guðnadóttir
REPARTO Cate Blanchett, Noémie Merlant, Nina Hoss, Sophie Kauer, Mark Strong

The Whale

Ser salvado

Charlie (Brendan Fraser) es un hombre que padece obesidad mórbida. Con poca movilidad, desde su pequeño apartamento enseña escritura a sus alumnos universitarios en línea y sin encender su cámara. Poco a poco, mientras se niega a recibir tratamiento médico y sigue comiendo compulsivamente, se va conociendo su doloroso pasado y las pocas personas que intervienen en su vida: su amiga enfermera Liz (Hong Chau), un joven misionero que llega a tocar a su puerta (Ty Simpkins) y la hija adolescente a la que dejó de ver hace años y con quien busca reconectar (Sadie Sink).

El siempre sugerente director Darren Aronofsky dirige esta película, sencilla pero emocionalmente poderosa. Escrita por el dramaturgo Samuel D. Hunter a partir de su propia obra de teatro, mantiene formalmente algunas características teatrales: un solo espacio, pocos personajes. Todo sucede en cinco días. Estéticamente esta primera cinta digital de Aronofsky, con la dirección de fotografía de su habitual colaborador Matthew Libatique, apuesta por una paleta de colores bastante uniforme, de grises y azules, y una relación de aspecto casi cuadrada. La música de Rob Simonsen busca los tonos emocionales y épicos a los que el título hace referencia, con la explícita mención en la película a la novela Moby Dick y la obvia metáfora entre ese animal grande y triste y el protagonista de la historia.

Desde luego, una cinta de estas características se sostiene en gran parte en las interpretaciones. Y lo más sonado ha sido la actuación de Brendan Fraser, quien en su momento estuvo en la cumbre de Hollywood como galán divertido (a muchos nos marcó La Momia como de lo mejor del cine de aventuras) pero que desapareció de los reflectores en los últimos años debido a una fuerte depresión. Su historia personal sumada a esta interpretación, lejos de todo atractivo físico y con un traje de látex, con momentos de dolor y de autodestrucción, le han valido ya muchos premios y huele a Oscar seguro. Y el resto del reparto está ciertamente a la altura.

Es muy llamativo el interés de Aronofsky, quien se dice ateo, con los temas religiosos. Es algo central en La fuente de la vida, desde luego en su particular visión de Noé, y en la desconcertante e incomprendida mother!. En The Whale, el tema central es la salvación. Se repite continuamente y de muchas maneras: Charlie necesita ser salvado. El joven misionero quiere hacerlo desde su fe, la enfermera desde su ayuda y amistad, y él quiere encontrarlo en su hija, en la que está dispuesto a ver la bondad y la trascendencia de su vida incluso contra toda evidencia. En este sentido, es una película optimista.

(2022) EE.UU.
DIRECCIÓN Darren Aronofsky
GUION Samuel D. Hunter
FOTOGRAFÍA Matthew Libatique
MÚSICA Rob Simonsen
REPARTO Brendan Fraser, Hong Chau, Sadie Sink, Ty Simpkins, Samantha Morton

Decision to leave

El amor como un misterio sin resolver

En manos de Park Chan-wook, uno de los más reconocidos directores de la escena internacional por películas filmadas creativa y arriesgadamente como Old Boy y Stoker, lo que parece una aburrida historia entre un investigador de homicidios en la policía de Busan y una mujer refugiada china que es sospechosa de asesinar a su marido, adquiere matices y una riqueza fílmica envidiable, en una película con una diversidad de recursos que logran mantener nuestra atención y tensión por más de dos horas.

La dirección en el filme, ganadora al premio para Park en Cannes 2022, complementa su potencial para contar una historia con momentos novedosos donde la edición es alocada y poco formal (su sello distintivo). Una conversación por celular donde observamos pantallas de móvil y secuencias donde se combina la realidad con el ensoñamiento, son medios para entrar en el intimismo y romper el bloqueo emocional de ambos personajes a través de medios alternativos para comunicarse con nosotros, como un videoblog, notas de voz, recuerdos, sueños o la imaginación.

Como el sushi premium con el que comienza el romance de los protagonistas, hay un deleite sobrio pero elevado de reflejos e iluminación discreta, junto a una elegancia narrativa y visual, donde la sensualidad se hace presente en escenarios comunes de la ciudad para desenvolver su historia. Las claras influencias del cine negro se manifiestan a lo largo de todo el filme, logrando uno de los mejores largometrajes de este subgénero en los últimos años.

Todo lo que se busca transmitir, se plantea con el mínimo diálogo y los comentarios a lo que aparecen en pantalla son limitados, atinados, medidos, soltados casi a regañadientes. Sin embargo, para disfrutar y conectar con esta historia, es necesario que el espectador se deje envolver con el tono y el estilo en el que se cuenta el romance (o el misterio), corriendo el riesgo de aburrirse o de juzgarla como fría.

El protagonista, un joven policía brillante e íntegro, ve a su esposa (trabajadora científica) con hastío para “tener relaciones una vez por semana, aunque se odien”. En un día más de trabajo, un caso en una lista interminable y una serie de personas con las que se convive cotidianamente destaca cómo puede sentirse atraído por una mujer que es citada a declarar en el departamento de policía. Lo simple de la secuencia en la que ambos cenan por primera vez, permite explorar cómo un sentimiento nace, entre detalles que van apareciendo con una belleza sencilla, transformando una ordinariez en un momento romántico memorable.

El impacto emocional que un enamoramiento puede provocar en alguien se proyecta sin el típico melodrama burdo y la pasión despertada se irá convirtiendo en una obsesión para ambos, que estarán jugando a perseguirse mutuamente. Las fantasías contrastan con los lugares donde conviven y, por momentos, la densidad en el ambiente se puede cortar con un cuchillo. Es tanta la tensión en ciertas secuencias que nos quedamos perplejos esperando cuál será el próximo movimiento que mantendrá viva su historia.

Las interpretaciones asiáticas pueden parecen planas o limitadas, pero guardan todo un baúl de emociones que nos pueden provocar frustración o ganas de explotar con los actores. La mesura y la discreción al expresar las emociones se contraponen a las consecuencias físicas de la pérdida, exponiendo cómo una pasión puede cimbrar hasta lo más profundo cuando se alimenta, por muy fugaz o sencilla que sea al inicio.

La atracción entre ambos, donde un simple roce de manos o una cena son los catalizadores de las más profundas historias de amor, llevará a nuestro protagonista al límite. Los protagonistas no escapan de sus verdugos, ni superan aquello que han sentido. Al aceptar su amor por ella, se rompe por dentro, sus ideales, ambiciones y prestigio se ven afectados por la relación que antes provocaba emoción e ilusión, dejándolos a ambos con el corazón roto y como víctimas de un misterio a resolver. Pero el misterio a resolver no es un asesinato, sino cómo se vive el amor imposible y cómo se puede sobrevivir a él cuando las circunstancias no permiten experimentarlo por completo.

Una reflexión sin adoctrinar sobre las relaciones marcadas por la violencia, conveniencia económica o el simple costumbrismo vacío de sentimiento, comparada con aquella historia que nunca fue, con la persona que siempre estará en nuestro interior, robándonos el sueño. Nos dejará pensando en nuestras propias experiencias románticas y las relaciones que hemos forjado con el tiempo, esos momentos especiales que hemos vivido con otros, que forman parte de nuestra propia película y podrían ser parte de una narrativa fantástica, sin necesidad del espectáculo.

Al final nos quedamos enredados con la delicadeza susurrada, soñando una relación imposible, en el ambiente más desesperanzado contemplando el mar y un montón de arena, después de una brillante exposición cinematográfica que con su caso sin resolver sutilmente nos recuerda aquel estribillo de Joaquín Sabina en Contigo: “Morirme contigo si te matas, matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren”.

(2022) South Korean

DIRECCIÓN Y GUION Park Chan-wook

FOTOGRAFÍA Kim Ji-yong

MÚSICA Jo Yeong-wook

REPARTO Tang Wei y Park Hae-il