La utopía del creador
Dice Guillermo del Toro que el estado natural de una película es que no se haga. Lo sabe bien Francis Ford Coppola, director indudablemente consagrado (responsable de hitos del cine como la trilogía de El Padrino o Apocalypse Now) y patriarca de un clan hollywoodense de talentosos cineastas, pero también con una carrera irregular (muchas de sus películas las ha hecho para pagar otras que sí le interesaban). Desde la década de 1980 ha intentado hacer este passion project suyo, que por diversos motivos lleva años hundido en lo que los productores llaman «infierno del desarrollo«. Finalmente, Coppola juntó todo el presupuesto de su bolsillo e hizo esta película, de la que aún no he hablado pero es importante este contexto para saber por qué llegó esto a la pantalla grande y por qué vale la pena hablar de ello.

Megalopolis es una historia de ciencia ficción que ocurre en una gran urbe en decadencia, mezcla de la actual Nueva York y de la capital del Imperio Romano. Se llama New Rome. La tecnología es de hoy pero con combates de gladiadores y carreras de caballos y, sobre todo, conspiraciones políticas con poderosas familias involucradas. El protagonista es César Catilina (Adam Driver), un visionario arquitecto, millonario miembro de una de las principales familias, que pretende salvar la ciudad construyendo una urbe utópica: Megalópolis. Su rival político es el pragmático y corrupto alcalde Francis Cicero (Giancarlo Esposito). Catilina, trágicamente viudo, se enamora de la hija de Cicero, Julia (Nathalie Emmanuel), ante los celos de su amante Wow Platinum (Aubrey Plaza) y las envidias de sus otros rivales, como su desenfrenado primo Clodio Pulcher (Shia LaBeouf).

Los nombres de los protagonistas hacen referencia a la histórica rivalidad entre los políticos romanos Cicerón y Catilina —incluso el alcalde pronuncia parte de una de las célebres Catilinarias de Cicerón en la película— pero basándose poco en los hechos históricos. Fuera de todo lo interesante que eso puede sonar, y de los talentos involucrados (empezando por Coppola y parte de su parentela), la película no consigue atraer ni levantar. Los personajes atrapan poco, empezando por el soñador protagonista, cuya motivación es tan poco personal como construir una ciudad para el bien común. Todo en general resulta poco interesante. Y el final que pedía tragedia es convenientemente positivo. Por no hablar de lo técnico, con efectos especiales pobres (el equipo encargado de eso renunció a media producción por desavenencias con el director) e incluso errores de montaje y de continuidad. Suena al director empeñado en hacer las cosas a su manera, lo que no es recomendable en un arte colectivo como es el cine.

Viéndola en conjunto, la película es como una metáfora del propio Coppola al final de su vida (tiene 85 años): un artista que tiene una visión de algo que él considera maravilloso, pero que la sociedad parece ya no entender y no compartir. Incluso hay experimentos curiosos como la división de la pantalla en tres (referencia a la pantalla envolvente que hizo Abel Gance con su Napoléon en 1927) o interacciones con la película desde fuera de la pantalla en ciertas funciones. En fin, la película ha sido un tremendo fracaso en taquilla. Coppola puede hacer lo que quiera con su dinero. Lo que no está claro es que la gente vaya a verlo. Pero bueno, al menos la hizo. Suponemos que eso será una gran satisfacción.

(2024) EE.UU.
DIRECCIÓN y GUION Francis Ford Coppola
MÚSICA Osvaldo Golijov
FOTOGRAFÍA Mihai Malaimare Jr.
REPARTO Adam Driver, Giancarlo Esposito, Nathalie Emmanuel, Aubrey Plaza, Shia LaBeouf, Jon Voight, Laurence Fishburne, Talia Shire, Jason Schwartzman,


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