Fury

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN David Ayer
GUION David Ayer
MÚSICA Steven Price
FOTOGRAFÍA Roman Vasyanov
REPARTO Brad Pitt, Shia LaBeouf, Logan Lerman, Michael Peña, Jon Bernthal, Jason Isaacs

Compañeros de tanque

Son ya unas cuantas generaciones en occidente que no han vivido una guerra en primera persona, pero el cine sigue haciéndola presente continuamente. Y no hay duda de que la guerra más recreada en pantalla es la Segunda Guerra Mundial, de la que todos hemos “vivido” una parte, principalmente de la mano de Steven Spielberg y Tom Hanks (desde Salvando al Soldado Ryan hasta la miniserie de HBO Band of Brothers).

Es por eso que resulta todo un reto querer contar algo distinto a partir de ahí, pues ya hemos visto todo: el desembarco en Normandía, la caída de Berlín, el bombardeo de Pearl Harbor, la guerra en el Pacífico y las islas japonesas, múltiples campos de concentración y todo tipo de penalidades de los judíos europeos. Sin embargo, con una mirada actual, David Ayer (guionista y director, con cintas más bien de violencia urbana en su haber y, por cierto, ahora elegido para llevar a la pantalla a los villanos del cómic del “Escuadrón Suicida”) asume el reto partiendo de la idea de que la guerra saca lo peor y lo mejor del ser humano.

Don “Wardaddy” Collier (Brad Pitt) está al frente de lo que queda de un comando estadounidense que recorre los campos de una Alemania derrotada pero no dispuesta a rendirse. Lo hacen a bordo de un tanque en cuyo cañón pintaron con letras blancas la palabra “FURY” (título original –y más adecuado– de la película). Al desencantado grupo de soldados –el fervoroso protestante Boyd “Bible” Swan (Shia LaBeouf), el mexicano Trini “Gordo” García (Michael Peña) y el violento Grady “Coon-Ass” Travis (Jon Bernthal)–, que acaban de perder a un compañero, se une el joven e inexperto Norman Ellison (Logan Lerman), a través de cuyos jóvenes ojos vemos los horrores de la guerra.

Sin salirse de la época en que la historia transcurre, Ayer consigue hacerla actual con elementos sonoros como la música y algunos efectos, y visuales como los cortes de pelo de los protagonistas (militares, pero que usaría cualquier futbolista hoy en la Champions League) o los disparos de los tanques con rayos de colores (al parecer históricamente atinados, pues se ayudaban con seguidores de colores para precisar la puntería, pero hasta ahora no vistos en la pantalla), lo que le da un toque no solo postmoderno sino casi futurista.

Y los temas, como en toda película buena –esta lo es–, son universales: la pérdida de la inocencia, la autoridad interior de la conciencia, y el liderazgo: el personaje de Brad Pitt resulta un cúmulo de virtudes de todo buen líder, sin caer en un moralismo ñoño. Menos frecuente en el cine bélico y muy presente aquí es la visión cristiana, justificada con el personaje de “Bible” y del mismo “Wardaddy”, hombres que dicen vivir no por suerte, sino por la gracia de Dios. Y parecen actuar en consecuencia. No estamos, pues, ante más de lo mismo, sino ante un viaje en territorio conocido (esta guerra, las guerras, la guerra), pero que se adentra en otro que nunca terminamos de conocer por más que lo recorramos: el alma humana.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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El Hobbit: La batalla de los cinco ejércitos

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Peter Jackson
GUION Fran Walsh, Philippa Boyens, Guillermo del Toro y Peter Jackson basados en la novela de J.R.R. Tolkien
MÚSICA Howard Shore
FOTOGRAFÍA Andrew Lesnie
REPARTO Ian McKellen, Martin Freeman, Richard Armitage, Orlando Bloom, Evangeline Lilly, Luke Evans, Lee Pace

El fin, por fin

La esperada tercera entrega de El hobbit llegó finalmente a las pantallas, cerrando el ciclo de Peter Jackson y sus adaptaciones del mundo de Tolkien. Lo digo con cierto cansancio, pues aunque soy de los que disfruté enormemente la trilogía de El Señor de los Anillos, en la que reconozco una gran maestría cinematográfica a muchos niveles (como producción es quizá el evento cinematográfico de mayor envergadura en la historia), pienso que esta última trilogía ha sido menos acertada.

El propio Peter Jackson se había negado a asumir el proyecto (después de haber dedicado años de su vida al mundo de Tolkien, no lo culpo por querer cambiar de aires) y aunque finalmente aceptó, el hecho tan criticado de querer hacer tres películas de un solo libro (y uno más bien sencillo), que a nadie se ocultó que era por una razón principalmente monetaria, hizo que el proyecto resultara en ciertos aspectos flojo.

Una vez derrotado el dragón Smaug –aceleradísimo arranque–, enanos, hombres y elfos se disponen a hacerse con la codiciada montaña (unos por derecho, otros por necesidad), al tiempo que los orcos se disponen a acabar con todos ellos. Los golpes, como se ve, están asegurados. Continúa también el triángulo amoroso entre Legolas, la elfo Tauriel y el enano Kili (se le puede reconocer entre los enanos porque es el único al que no se añadió una nariz enorme con el maquillaje), para tener suficiente material entre pelea y pelea en las dos horas de película.

Y así, El hobbit: La batalla de los cinco ejércitos, siendo una entretenida película de aventuras, no deja de sentirse como “más de lo mismo”: travellings aéreos de un grupo de caminantes en las montañas con música épica, largas batallas contra orcos y trolls cada vez más retadores en las que el elfo Legolas desafía la gravedad, místicos elfos y poderosos magos enfrentando misteriosos poderes y un pequeño protagonista –lleno de cada vez más hollín y tierra conforme avanza su aventura– con muchas dosis de coraje y algo de buen humor.

Los temas de fondo, quizá lo más valioso de la obra de Tolkien, siguen siendo los mismos que los de la trilogía anterior: la batalla entre el bien y el mal, que empieza dentro de nosotros mismos –¡oh, Thorin!–; el valor de la amistad, la valentía, el compañerismo; la codicia de los débiles y la generosidad de los fuertes… En esta trilogía de El hobbit se intenta meter más ese elemento infantil y de pura aventura que el libro de Tolkien originalmente tiene (a diferencia de El señor de los anillos, más serio y con una historia mucho más trascendental, por decirlo así); y en un afán de conectar con la otra trilogía, vemos intervenciones del mal y el bien a gran escala (en los personajes de Elrond, Galadriel, Saruman, Sauron, etc.).

Termina, pues, el ciclo Tolkien-Jackson (con un simpático cameo de este último y su esposa y co-guionista Fran Walsh: a ver si lo detectan) con el que se redefinió el cine fantástico de aventuras y produjo un modelo que terminó en no dar para más. Si el objetivo es llenar salas, se puede seguir apostando a los superhéroes, que son muchos y parecen no cansar. Todavía.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Exodus: Dioses y Reyes

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Ridley Scott
GUION Steven Zaillian, Jeffrey Caine, Bill Collage, Adam Cooper
MÚSICA Alberto Iglesias
FOTOGRAFÍA Dariusz Wolski
REPARTO Christian Bale, Joel Edgerton, Ben Kingsley, John Turturro, Aaron Paul, Sigourney Weaver, María Valverde

Vuelve Moisés

La conocida historia bíblica de la liberación y salida de Egipto del pueblo hebreo es una trama épica que ha sido llevada al cine en muchas ocasiones. Las más destacadas han sido la versión muda de Cecil B. DeMille (1923), el famoso remake del mismo DeMille: Los diez mandamientos (1956), con Charlton Heston en el papel de Moisés, y la fabulosa versión de DreamWorks, El príncipe de Egipto (1998), que a pesar de ser musical y de dibujos animados, consigue transmitir todo el drama del relato bíblico, al que sigue bastante fielmente, por cierto.

Esta vez es Ridley Scott (Gladiator, Cruzada/El reino de los cielos, Robin Hood) quien asume el reto, y aunque presenta una gran parafernalia visual propia de los elementos de la historia original –el esplendor del antiguo Egipto, las diez plagas, las aguas del Mar Rojo abriéndose– no consigue aportar mucho más a la narración ya conocida. Y lo que decide aportar resulta arriesgado y no siempre acertado, como el hecho de presentar a Dios como un niño que habla con Moisés: un recurso fácil a nivel narrativo pero muy poco consecuente con el Dios omnipotente y terrible dispuesto a azotar a los egipcios para liberar a su pueblo.

Quizá los rasgos más característicos de esta versión del Éxodo están en el protagonista. Como hiciera Darren Aronofsky con su Noé, los guionistas adaptan el personaje de Moisés a la mentalidad del siglo XXI, con dudas y cierta rebeldía. Sin embargo, en vez de seguir la línea de la Biblia, que presenta a Moisés con poca confianza en sí mismo y a través del cual Dios actúa, Exodus lo muestra como líder y héroe político-militar, en la línea de Maximus en Gladiator, lo que lo lleva a organizar una guerra de guerrillas contra el faraón, alejándose así cada vez más del relato original. Y si bien Christian Bale es uno de los héroes favoritos en pantalla últimamente, el papel de Moisés –fundamentalmente un hombre de Dios y una de las figuras más importantes de la cultura judeo-cristiana y, por tanto, de la civilización occidental– le queda bastante grande.

El gran reparto que lo acompaña aporta prácticamente su nombre al reparto, sin mayor mérito: Ben Kingsley, Sigourney Weaver, Aaron Paul… Joel Edgerton, quien fuera un villano bastante conseguido en Gatsby, tampoco llena los zapatos del faraón Ramsés, de quien sabemos poco pero no deja de ser un hombre que imponiendo su voluntad mantuvo un pulso nada menos que con el mismo Dios.

Por lo demás, con algún detalle interesante como la referencia política al actual estado de Israel (cuando se plantean cómo reaccionarán quienes ya ocupan la “tierra prometida” a la que los israelitas pretenden llegar), la película de Scott no pasa de ser correcta en su género épico –con todo y la banda sonora del español Alberto Iglesias, casi predecible para esta película– aunque quizá la corrección sea poco para lo mucho que un cineasta puede aportar hoy en día.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Todos los datos de Exodus: Dioses y Reyes

Birdman o (la inesperada virtud de la ignorancia)

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Alejandro González Iñárritu
GUION Alejandro González Iñárritu, Nicolás Giacobone, Alexander Dinelaris, Armando Bo
MÚSICA Antonio Sánchez
FOTOGRAFÍA Emmanuel Lubezki
REPARTO Michael Keaton, Edward Norton, Emma Stone, Naomi Watts, Zack Galifianakis, Andrea Riseborough, Amy Ryan

Gajes del oficio

Que un director de culto –en este caso el mexicano Alejandro González Iñárritu– quiera explorar nuevos territorios –en este caso apartarse del drama de ciertas historias sórdidas y hacer una “comedia negra”– resulta una premisa muy prometedora. Si a él se une un reparto de estrellas la promesa es aún mayor. Y las grandes promesas no siempre son fáciles de cumplir.

Riggan Thompson (Michael Keaton) es un actor de Hollywood célebre por haber interpretado hace décadas al superhéroe Birdman… y ya. En su afán de ser tomado en cuenta por el público nuevamente (este es el tema de la película) y demostrar sus dotes actorales, se dispone a estrenar en Broadway una obra de teatro “seria”: su propia adaptación del cuento de Raymond Carver, “De qué hablamos cuando hablamos del amor”. Como en Ratatouille, solo queda esperar el duro veredicto final de un prestigioso y malvado crítico, en esta ocasión en su versión femenina.

El talento de Iñárritu visto en sus películas anteriores (de Amores perros a Biutiful) es tan indiscutible que se puede dar el lujo de hacer experimentos como este y retarse a sí mismo. Así, aunque entre sus virtudes no pueda presumir la de la ignorancia (inesperada virtud de algunos, como dice el inteligente subtítulo de la película), asume el reto gallardamente. Y es que, para empezar, Birdman –exceptuando los últimos minutos– sucede en un solo plano. Aunque se haya ayudado de lo digital para lograrlo, y se entienda que existen elipsis entre un momento y otro, nada quita que sí haya tenido que elaborar como unos 8 planos-secuencia, bellamente coreografiados y bien actuados en su complejidad. Aquí el mérito de Iñárritu es felizmente compartido con el de su paisano Emmanuel Lubezki, el director de fotografía que se llevara este año el Oscar por Gravity del también mexicano Alfonso Cuarón.

La puesta en escena es, pues, un reto logrado y es quizá el mayor atractivo de Birdman, en la que seguimos a los actores al ritmo de unos redobles de batería que constituyen como un 90% de toda la banda sonora. Y que lo mejor de una película sea la puesta en escena no es bueno. Supuestamente estamos ante una película “filosófica”, como sugiere el propio Birdman (la personificación del ego de Riggan en su emblemático personaje, quien lo tienta al más puro estilo tibi dabo) y ahí están esos detalles que nos ilustran el pensamiento del protagonista: la cita inicial de Raymond Carver, para quien la felicidad era ser valorado en este mundo; la afirmación de la ex esposa de Riggan, que le reclama que confunde el amor con la admiración; o el letrero en el camerino del protagonista: “Una cosa es una cosa, no lo que se dice de esa cosa”. Si tan solo le hiciera caso…

Y así –queriendo ser comedia pero sin hacer reír, y con un final cuando menos tramposo–, Birdman resulta una película formalmente muy bien conseguida, con el reto actoral que implican las tomas continuas (en el que brillan especialmente Keaton, el fabuloso Edward Norton y los ojos de Emma Stone) que se queda sin mucho que decir más que el reclamo al duro mundo de la farándula, tan traicionero si se vive en él sin ningún otro asidero más que la fama.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Interstellar

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Christopher Nolan
GUION Jonathan Nolan y Christopher Nolan
MÚSICA Hans Zimmer
FOTOGRAFÍA Hoyte Van Hoytema
REPARTO Matthew McConaughey, Jessica Chastain, Anne Hathaway, Michael Caine, Matt Damon, Casey Affleck, Ellen Burstyn, Mackenzie Foy

Cuando el amor desafía la física

Y tú, padre mío, allá en tu cima triste,
Maldíceme o bendíceme con tus fieras lágrimas, lo ruego.
No entres dócilmente en esa buena noche.
Enfurécete, enfurécete ante la muerte de la luz.

En el mundo del cine es muy difícil hacer una película que resulte intelectualmente retadora al mismo tiempo que profunda y emocional. Más difícil aún es que sea también taquillera y del gusto del gran público. Y Christopher Nolan, con mucho trabajo y mucho talento, casi siempre lo logra. Sucedió en la excelente Memento y en su atractiva trilogía sobre Batman, sucede en la rompedora Inception y, en una línea parecida, sucede ahora en Interstellar.

Un futuro no muy lejano. La Tierra cada vez es un lugar menos adecuado para que la raza humana sobreviva, por lo que un equipo secreto de la NASA organiza una expedición para buscar un planeta que reúna las condiciones para continuar la vida de la humanidad. Para hacerlo, ante la enormidad del universo, se valen de agujeros negros (hablando en general, que no se inquieten los puristas) lo cual generará una serie de anomalías de tiempo y espacio.

Nolan siempre ha mostrado una fijación con el tiempo y con dimensiones de la realidad que se empalman, como sucedía con los niveles de los sueños en Inception o en su sugerente cortometraje Doodlebug, en el que ya apuntaba maneras. Un gran mérito de Interstellar es que esta vez quiso apegarse a lo que la física moderna ha planteado, sobre todo la teoría de la relatividad de Einstein y diversos cálculos sobre los agujeros negros. Es decir, cuenta su historia valiéndose de unos postulados científicos bastante aceptados, que también utilizó para crear esas imágenes sobrecogedoras con las que consigue hacer visual lo científico.

Para contar su historia, digo, porque como toda joya cinematográfica, su alma es la historia en función de la cual se plantea toda esa amalgama científica. Y es que estamos ante una historia de amor entre un padre y su hija. Una vez más, el viaje del héroe (¡y qué viaje!) con un primer acto de gran carga emocional, un segundo acto asombroso y un delirante tercer acto, lleno de profundos descubrimientos.

Es forzoso mencionar los antecedentes que habían sugerido cosas similares en el cine. Desde luego 2001: Odisea del espacio del maestro Stanley Kubrick, tanto en el planteamiento como lo visual; el clásico El planeta de los simios, la de 1968, con su final sorprendente y, aunque con un tono distinto, la trilogía de Volver al futuro. Visualmente remite mucho a las escenas espaciales de El árbol de la vida, esa película preciosa de Terrence Malick. Y, por supuesto, a la genial Gravity de Alfonso Cuarón, a la que Interstellar es parecida y distinta. Ésta compleja, aquella sencilla; podrían haber tenido incluso el mismo título. Las dos pegan en el corazón desde el espacio.

Finalmente, la película no sería lo que es sin sus personajes y los talentosos actores que les dan vida. Sumen ya a la lista de los grandes héroes del cine a Cooper, piloto de la NASA, padre viudo, granjero e ingeniero (el diálogo sobre la educación con los directivos del colegio daría para escribir otro tanto). Y qué cercana suena toda esa ciencia y complejidad espacial dicha con el fuerte acento sureño de un hombre de acción. Por no alargarme con la interpretación de Jessica Chastain o de la jovencísima Mackenzie Foy, que está a la altura de sus oscarizados colegas.

Interstellar es, pues, muy grande, porque en medio de las teorías científicas más avanzadas, nos encontramos descubriéndonos a nosotros mismos, al alma humana cuyo único motor real es el amor y que, a diferencia de la naturaleza –como dice el personaje de Anne Hathaway–, también es capaz del mal. Y del bien. Un amor que trasciende el espacio y el tiempo pues estamos llamados a algo mucho más alto que lo que la materia puede condicionarnos, pues nuestro destino no está aquí abajo, entre el polvo, sino allá, en las estrellas.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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Noé

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Darren Aronofsky
GUION Darren Aronofsky, Ari Handel
MÚSICA Clint Mansell
FOTOGRAFÍA Matthew Libatique
REPARTO Russel Crowe, Jennifer Connelly, Anthony Hopkins, Emma Watson, Ray Winstone, Logan Lerman, Douglas Booth

El primer fin del mundo

Una buena recomendación siempre que se va a ver una película adaptada de un libro es olvidarse del libro y ver la película como una obra autónoma, distinta. Eso evita muchas decepciones. En el caso de Noé de Darren Aronofsky ni siquiera podemos hablar propiamente de una adaptación, pues el conocido relato bíblico de Noé, el arca y el diluvio, abarca muy pocas páginas del Génesis y aporta muy pocos datos. Sin embargo, la esencia de esa historia –el castigo divino a la persistente maldad humana– resulta tan universal (y tan visualmente atractivo) que hacía de esta película algo tan apetecible y de la mano de Aronofsky, en mi opinión, muy conseguido.

Por lo tanto no estamos ante una película religiosa. Es cierto que el Dios Creador es el motor de toda la historia, pero si cada película en que interviene Dios es “religiosa”, mal vamos. La película de Aronofsky busca decir más a través de ese mito. Porque, sí, el relato bíblico de Noé tiene mucho de mitológico: el carácter histórico de la Biblia no significa –especialmente en el Génesis– que aquello haya sucedido así “tal cual”; son relatos que, de la mano de otras tradiciones, vienen a decir verdades profundas de formas pedagógicas: en este caso el descontento de Dios ante el pecado humano, el consiguiente castigo y la alianza con el hombre justo.

Y así, la película Noé respeta bastante la tradición bíblica. Más de lo que parecería. Prácticamente todo está ahí: Noé, su esposa y tres hijos, Matusalén, el diluvio, el antagonista Tubal-Caín, forjador de herramientas de bronce y de hierro (Génesis, 4, 22), el episodio de la borrachera de Noé –y narrativamente bien justificado–, e incluso los “vigilantes”, esos gigantes de piedra que tanto desconciertan a los espectadores que esperan un relato históricamente fiable del diluvio. En aquellos días había gigantes en la tierra (Génesis, 6, 4), puntualiza la Biblia. Exégesis aparte, son modos acertados del guion de Aronofksky y Ari Handel de “ponerle patas” a esta historia: los extraños gigantes, además de estar mencionados de alguna forma en la fuente original y de ir de acuerdo con la narrativa bíblica judeo-cristiana (son ángeles, como se explica, seres no ajenos a esta tradición) son un modo eficaz de que en la historia Noé y los suyos puedan construir semejante arca sin más ayuda humana, o defenderse del resto de la humanidad atacante en el momento decisivo.

Algo parecido sucede con los personajes. Me explico. Un Noé plano, siempre bondadoso y de mentalidad preclara simplemente no funcionaría como protagonista en una historia contada en el siglo XXI. No resultaría verosímil. El Noé de Aronofsky –y aquí también tómese en cuenta la trayectoria del director– es en ocasiones oscuro, atormentado y en general poco comunicativo. Bien construido en su contexto: solitario descendiente de Seth, siempre perseguido y acechado por los descendientes de Caín. Tomándose alguna licencia creativa –como la problemática de las posible nueras y descendientes de Noé– la película es fiel a la esencia del personaje: él busca cumplir la Voluntad de Dios; aunque, humano al fin, llegue a ser muy negativa su percepción del hombre al experimentar la maldad humana. (Cosa tampoco desconcertante, de modo muy parecido han pensado otros hombres buenos cercanos a Dios como Michelangelo Buonarroti o Martín Lutero, por no ir más lejos).

Lo mismo explica la importancia que se da al personaje de la nuera de Noé, interpretada por Emma Watson. Esta historia contada en nuestro tiempo requería ese contraste de humanidad y dramatismo al personaje más bien oscuro de Noé, fiel a un Dios que se dispone nada menos que a destruir el mundo. Es ella quien dará cierta luz al protagonista, luz que también por otra vía viene del Creador.

Darren Aronosfky cuenta, pues, un relato mitológico y bíblico universal explotando la riqueza que tiene todo mito: el poder decirle algo de su mundo al espectador contemporáneo. Y su Noé es ciertamente actual: con su mensaje ecologista –un poco demasiado para mi gusto– y su crítica al hombre posesivo que busca poner su voluntad por encima de todo, así como la maldad de aquel capaz de matar a su hermano (la secuencia en que, con sombras, se narra el asesinato de Abel a manos de Caín, representado con distintos hombres de distintas épocas matándose entre sí es acertadísimo). Añádase a esto unos efectos fabulosos, secuencias épicas trepidantes y la música y demás talentos de los colaboradores habituales de Aronofsky y tenemos Noé, una película más verdadera que lo que muchos podrían esperar.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Todos los datos de Noé

Cantinflas

(2014) México
DIRECCIÓN Sebastián del Amo
GUION Edui Tijerina, Sebastián del Amo
MÚSICA Aleks Syntek
FOTOGRAFÍA Carlos Hidalgo
REPARTO Óscar Jaenada, Michael Imperioli, Ilse Salas, Luis Gerardo Méndez, Juan Carlos Colombo

El detalle y los detalles

México y el mundo gozaron con las películas de Mario Moreno “Cantinflas” y su humor inconfundible (no por nada la RAE ya recoge el verbo “cantinflear”). Fallecido en 1993, el cine no había recuperado su figura como tema y es este el principal objetivo –rendir un homenaje a este ícono del cine– de la película de Sebastián del Amo. Así, los mejores momentos de Cantinflas, son aquellos en los que uno se olvida de estar viendo este biopic y disfruta los pasajes auténticamente cantinflescos del personaje.

Y es que el gran mérito de la película es la fabulosa actuación de Óscar Jaenada como Cantinflas. El actor –siendo de nacionalidad española– simplemente es este personaje (y mis compatriotas que se han indignado por tener a un actor español interpretando a un emblema mexicano deberían recordar al británico Daniel Day-Lewis ganando el Oscar por interpretar al presidente norteamericano más representativo o a la estadounidense Meryl Streep ganar el suyo por su papel de la inglesísima Dama de hierro). Jaenada, más allá del claro parecido físico, recrea el estilo cantinflesco de Moreno hasta el punto de que uno disfruta como con el auténtico Cantinflas: “ahí está el detalle, chato”.

Dicho esto, el ritmo de la película es irregular, con una estructura que intercala los orígenes del personaje con la historia del productor independiente Michael Todd intentando sacar el proyecto de La vuelta al mundo en 80 días: un claro intento de destacar la relevancia internacional que tuvo Cantinflas, que ganó un Globo de Oro por esa película, su única incursión en Hollywood. Eso y otros “detalles” como el homenaje a los principales actores de la época de oro del cine mexicano, en el que vemos a Julio Bracho como Jorge Negrete, a Adal Ramones como Fernando Soto “Mantequilla” y hasta a Bárbara Mori como Elizabeth Taylor, lo cual a veces roza involuntariamente la parodia, en un estilo parecido a lo que ya había hecho Del Amo en El fantástico mundo de Juan Orol. Por no hablar de Luis Gerardo Méndez en el papel del ruso Shilinsky, concuño de Cantinflas: se entiende que “Javi Noble” sea un actor de moda, pero aquí estamos ante un casting fallido para ese personaje.

Con una producción más que decente para su presupuesto enteramente de inversión privada y su rodaje de solo 38 días, la película muestra la vida del actor con sus luces y sombras, sin caer en el error de idealizar al personaje demasiado (como hicieran con Walt Disney en Saving Mr Banks o en la ya mencionada Lincoln). Vemos también la faceta política de Mario Moreno en el sindicato de actores y su actitud ante la fama. Por eso Cantinflas cumple su objetivo, y el público mexicano –o cualquier otro familizarizado con Cantinflas– saldrá contento de ver en pantalla la vida de alguien a quien sentimos como parte de nuestras familias.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Todos los datos de Cantinflas

X-Men: Días del futuro pasado

(2014) EE.UU.
DIRECCIÓN Bryan Singer
GUION Simon Kinberg, Jane Goldman y Matthew Vaughn
MÚSICA John Ottman
FOTOGRAFÍA Newton Thomas Sigel
REPARTO Hugh Jackman, James McAvoy, Michael Fassbender, Jennifer Lawrence, Patrick Stewart, Ian McKellen, Peter Dinklage, Nicholas Hoult, Halle Berry

Los mutantes siguen en forma

Las películas de superhéroes son hoy en día garantía de éxito en taquilla: el reto está en aportar algo más en estas historias de personajes salidos de los cómics y conseguir que no sean meras secuencias de efectos especiales y grandes peleas. Días del futuro pasado es la quinta película de los X-Men (sin contar aquellas centradas únicamente en Wolverine, que tienen su propia historia y se sienten a un nivel más bajo que las otras). Ha tenido muy buena recepción y hay quien ha dicho que es “la mejor película de superhéroes junto con The Dark Knight”. No exageremos: el listón de Christopher Nolan en su redefinición del héroe postmoderno está muy alto, y Días del futuro pasado no deja de ser otra adaptación de uno de los muchos cómics de los X-Men. Eso sí, una bastante buena.

Un mundo apocalíptico en el año 2023. Mutantes y humanos por igual están siendo eliminados por unas máquinas inteligentes llamadas Centinelas. La única solución es, con los poderes de la mutante Kitty Pryde, enviar a alguien cincuenta años al pasado cuando estas máquinas fueron diseñadas y evitarlo. Wolverine es el único que físicamente puede resistir el viaje por lo que es enviado al pasado para convencer a los enemistados Charles Xavier y Magneto de evitar la terrible guerra.

Así, aunque aparecen los X-Men de la trilogía original (Proffesor X, Storm, Iceman, etc), la historia se va a centrar en 1973 a modo de continuación de X-Men: Primera generación en la que vimos cómo se conocen Charles Xavier y Erik Lehnsherr, el futuro Magneto. Como fuerte nexo con la primera trilogía está la dirección de Bryan Singer, quien dirigiera las dos primeras películas de los mutantes y que ha estado siempre involucrado en las otras. La alteridad de futuro y pasado es también el pretexto ideal para reunir a todo el elenco: desde los veteranos Patrick Stewart (Profesor X) y Ian McKellen (Magneto) y sus versiones jóvenes interpretados por actores de no menos nivel (James McAvoy y el recientemente nominado al Oscar, el ascendente Michael Fassbender) hasta Halle Berry de nuevo como Storm. El Wolverine de Hugh Jackman es de nuevo el eje de la película (la empatía de la audiencia con los tipos duros, cínicos pero nobles, está garantizada: véase el Tony Stark de Robert Downey Jr.), la Mystique de Jennifer Lawrence no es todavía la que tan bien hizo Rebecca Romijn-Stamos y es un acierto que el villano fuera Peter Dinklage, aunque lógicamente exigiera encoger la estatura de su personaje.

El entretenimiento fluye con secuencias como el escape de Magneto del Pentágono –alucinante introducción del personaje de Quicksilver– o la pelea inicial con los Centinelas. Un poco más forzada se siente la ambientación en la historia reciente: si Primera Generación supo acoplarse bien a la crisis de los misiles de 1962, aquí suena casi cómica la referencia al asesinato de JFK, por no hablar de un Nixon demasiado presente y que se parece más bien al actual Rey de España. Licencias artísticas como que desde el arranque el Profesor X esté vivo porque sí –murió al final de la trilogía– son parte de una película que tampoco busca ir más allá del cómic y entretener.

Con todo, los temas clásicos de las películas de los mutantes están presentes –el mal de la discriminación, principalmente– aunque aquí destaca acertadamente la concepción de los propios dones como servicio a los demás, aunque eso implique sufrimiento o la importancia de nuestros actos libres para determinar el futuro. En fin, una disfrutable entrega más de una saga que si algo hay que reconocerle es que, Wolverines aparte, no ha perdido fuerza desde su primera entrega allá en 1999 cuando Ian McKellen aún no era Gandalf y Hugh Jackman era un perfecto desconocido.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Todos los datos de X-Men: Días del futuro pasado

Capitán Phillips

(2013) EE.UU.
DIRECCIÓN Paul Greengrass
GUION Billy Ray, basado en el libro de Richard Phillips y Stephan Talty
MÚSICA Henry Jackman
FOTOGRAFÍA Barry Ackroyd
REPARTO Tom Hanks, Barkhad Abdi, Faysal Ahmed, Mahat M. Ali, Barkhad Abdirahman, Michael Chernus, Catherine Keener

Un héroe normal

De la buena mano del director Paul Greengrass nos llega la historia real del Capitán Phillips, cuyo barco fue asaltado por piratas somalís en el 2009. Greengrass es autor de paradigmáticas películas de acción como The Bourne Supremacy o The Bourne Ultimatum, y otras de tintes documentales como Bloody Sunday, sobre el conflicto de Irlanda del Norte, o United 93, sobre el vuelo secuestrado el 9-11 que no llegó a su destino. Y hay que decir que Capitán Phillips tiene lo bueno de ambos géneros, apoyado en la correcta adaptación de Billy Ray, un experto en adaptar hechos reales a la narrativa de la pantalla grande.

La cara de la historia la pone Tom Hanks, llevando el proyecto a las ligas mayores. Hanks, siendo uno de los iconos actuales más famosos de Hollywood, tiene esa capacidad de conseguir que a los cinco minutos uno olvide que está viendo a Tom Hanks y sea consciente de estar ante, en este caso, el Capitán Phillips. Su actuación es más bien contenida, lo cual es un acierto, pues un capitán de un buque mercante en el siglo XXI probablemente es más un técnico y líder discreto –un hombre normal– y no un aspirante a héroe, aunque la situación límite lo lleve a situarse como tal. Con todo, los últimos minutos le permiten mostrar ese gran talento que lo ha llevado hasta donde está.

Sus compañeros en pantalla, principalmente los secuestradores somalís interpretados todos por actores debutantes, cumplen con su papel de maravilla. Muse, su capitán, sabe mostrar a un hombre orgulloso, un capitán dispuesto a imponerse al otro capitán. Con todo, la nominación al Oscar de Barkhad Abdi parece demasiado –y más tomando en cuenta que Hanks esta vez no fue nominado–. La película acierta mostrando también algo del punto de vista de estos piratas, víctimas de unos jefes peores a quienes sirven.

La música acompaña bien el ritmo de esta historia de tensión, a pesar de que la segunda mitad sea más monótona. Y como es habitual en este tipo de historias, el héroe carece casi de defectos –el verdadero Capitán Phillips, al parecer, fue imprudente al surcar esas aguas a pesar de las advertencias– y su patria norteamericana otro tanto. No obstante, siempre se disfruta ver al ciudadano medio puesto contra las cuerdas. Y más cuando sale del problema convertido en héroe.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

Todos los datos de Capitán Phillips

Gravity

(2013) EE.UU.
DIRECCIÓN Alfonso Cuarón
GUION Alfonso Cuarón, Jonás Cuarón
MÚSICA Steven Price
FOTOGRAFÍA Emmanuel Lubezki
REPARTO Sandra Bullock, George Clooney

Houston…

Nunca antes nadie había hecho algo así. Tantas, tantas cosas se han hecho desde que se inventó el cine hace más de cien años, y ahora Alfonso Cuarón nos regala una película que, en un adjetivo, simplemente es audaz. Y es que Gravity ocurre enteramente en el espacio y eso implica muchas, muchas cosas.

La premisa es conocida y viene sintetizada en el trailer: algo sale mal en una misión espacial y un par de astronautas quedan a la deriva. No diré más de la trama, pero es fascinante esa sensación de pensar, cuando se presenta ese detonante: ¿y ahora qué? Y la historia cumple. El guion efectivísimo –fruto de la colaboración de Alfonso Cuarón con su hijo Jonás–avanza con un gran ritmo sin dejar de profundizar en sus personajes y en sus temas. Y es que Gravity es una película que provoca fuertes catarsis muy adentro. Gravity te mantiene, como se dice, al borde del asiento. Gravity  es una película de superación. Y Gravity es también una película de horror. Porque ese vacío de estar en el espacio es horror puramente cinematográfico.

Mucho habría que decir de cómo esta película está grabada. Baste ahora con apuntar que, al filmar la realidad (en la Tierra, como suele ocurrir en el cine) partimos de un eje clarísimo y obvio: el suelo está abajo y el cielo arriba. Justamente, la gravedad. En el espacio, sobra decirlo, no es así, y eso tiene fascinantes consecuencias. Lo entendemos en ese genial plano secuencia con que arranca Gravity: la cámara, también sin gravedad, va y viene, y gira; los personajes aparecen, por arriba, por un lado, por otro. Estamos en el espacio. Y es de agradecer que Cuarón nos haya llevado de la mano de su compatriota, el talentoso director de fotografía Emmanuel Lubezki (responsable de la fotografía de El árbol de la vida, de Terrence Malick, entre muchos otros títulos).

Y Gravity, con ser genial, no es una película rara. El guion nos presenta con gran naturalidad a los personajes y ellos nos guían. Si dudé de Sandra Bullock y George Clooney para un planteamiento como éste, fue para luego darme cuenta de que en realidad es un casting muy adecuado: actores que nos sitúan inmediatamente con qué personajes estamos tratando. Y Gravity toca el corazón. Su mensaje poderoso es también la trascendencia del hombre, aún en medio de la inmensidad del cosmos. Mucha poesía entre las líneas de una realización alucinante.

Nunca antes nadie había hecho algo así. Y me da gusto decir que es un mexicano. En el mundo globalizado del cine tampoco es mucho decir, pero es algo. Quizá mi opinión no valga mucho, pero creo que un paisano mío dio un pequeño paso en su carrera y un gran salto para la historia del cine. En el espacio.

Juan Carlos Carrillo Cal y Mayor

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