Wake Up Dead Man

Asesinato en la iglesia

Tercera aventura cinematográfica del encantador detective Benoit Blanc (Daniel Craig) con el que el cineasta Rian Johnson une sus películas de misterios y asesinatos como Agatha Christie unía sus novelas con el detective Hercule Poirot. Al igual que en las anteriores, un grupo de sospechosos gira en torno a un hombre poderoso: un patriarca familiar en Knives Out y un genio de la tecnología en Glass Onion. Esta vez, de un modo interesante —también irreverente— el centro es un sacerdote radical y egomaniaco (Josh Brolin) al que se aferra una pequeña grey que mezcla algo de piedad con mucho culto a la personalidad, hasta que llega un joven y decidido sacerdote (Josh O’Connor) pero con él llega también el homicidio.

A pesar de la popularidad del personaje del detective de extraño acento (una interpretación cómica de Daniel Craig que hace años sería impensable del James Bond rubio), él no es el protagonista de la película y, salvo la toma inicial, no figura en ella hasta transcurrida más de media hora. El protagonista es Father Jud, un maravilloso Josh O’Connor, quien cae bien al espectador y se lleva le película, que es mucho decir de un sacerdote católico en pantalla. Como en la ya poco conocida pero excelente película francesa El renegado, o en algunas películas sobre exorcistas, la dinámica narrativa es de contraste entre el joven sacerdote novato y el sacerdote mayor heterodoxo. El resto del reparto es de nuevo una mezcla de personajes con secretos, algunos más logrados que otros, en los que destaca como la incondicional sacristana una magistral Glenn Close. La música, las locaciones, el ritmo y, por supuesto, el misterio y su investigación la hacen muy entretenida, y se agradece que se arriesgue sacando al detective Benoit Blanc de su zona de confort al llevarlo, como él reconoce, al terreno de la gracia.

Desde luego, Rian Johnson no está haciendo una película devota, ni sus personajes católicos son ejemplares, sobre todo el sacerdote mayor (el primer acto tiene algún momento incómodo, especialmente las confesiones del padre viejo con el joven en las que busca escandalizarlo y, aunque contado en clave de comedia, quizá lo logra con algún espectador). Sin embargo, en conjunto no es una burla ni un ataque. Al contrario, el sentido global de la película es muy positivo a ese respecto y se habla algo de cómo funciona la fe, el sentido de la oración, la verdadera misión del sacerdote y la importancia del perdón. Todo ello en torno al personaje de Father Jud, un boxeador convertido en sacerdote genuino —como el Father Stu de aquella película esa sí católica pero además buena—, un joven entregado a Dios con ganas de hacer las cosas bien y «no vencer a los enemigos sino a amarlos como Cristo». Hay un par de escenas especialmente bien logradas a este respecto, como cuando consuela a una mujer por teléfono, pero sobre todo cuando conoce al descreído detective y en un diálogo bastante modélico de apostolado moderno le explica, ante su increencia de «los cuentos» de la Iglesia, la importancia de la narrativa en la fe: «La pregunta es si estas historias nos convencen de una mentira, o si resuenan con algo dentro de nosotros que es profundamente verdadero y que no podemos expresar de otra forma que contando historias».

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Rian Johnson
MÚSICA Nathan Johnson
FOTOGRAFÍA Steve Yedlin
REPARTO Josh O’Connor, Daniel Craig, Glenn Close, Josh Brolin, Jeremy Renner, Mila Kunis, Kerry Washington, Andrew Scott, Cailee Spaeny, Daryl McCormack, Thomas Haden Church, Jeffrey Wright

Bugonia

Cámara de eco

La premisa es sugerente: un hombre desequilibrado secuestra a una importante empresaria convencido de que es una alienígena. Una idea proveniente de una película coreana que el guionista Will Tracy (Succession, El menú) adaptó a la realidad estadounidense decadente actual, abrumada por la sobreinformación de internet y llena de teorías de la conspiración (no tan distinta de la reciente Eddington) donde cada uno vive en su propia cámara de eco: la realidad como la percibe desde sus sesgos cognitivos reforzados por los algoritmos. Cuando el griego Yorgos Lanthimos aceptó dirigirla, el proyecto pasó a estar bajo su sombra de director-autor, y sumó a las estrellas Emma Stone y Jesse Plemons, ya incondicionales del director. Una combinación de elementos que se acoplaron bastante bien en una trama sencilla que es sátira y comedia negra.

Al raparse la cabeza, Emma Stone demostró una vez que está dispuesta a todo lo que le pida este director

En mi reseña de la última película del director griego hice un pequeño recorrido por su trayectoria, sobre todo desde que empezó a hacer cine en Hollywood. Bugonia es coherente con su estilo y sus temáticas, una mirada divertida a lo más oscuro de la naturaleza humana. La película vale la pena por las excelentes actuaciones de Jesse Plemons y de Emma Stone, en ese orden. Un mano a mano actoral que sostiene el duelo, literal, entre quién tiene el poder en cada momento. Los acompaña un actor no profesional neurodivergente, Aidan Delbis, que hace las situaciones aún más creíbles. Y ese es el juego divertido de la película —para quien esté dispuesto a jugarlo—: saber qué es lo creíble. En la era de la postverdad donde lo único que manda es el capitalismo rampante, se trata de una trama muy adecuada.

Filmada en VistaVision (un formato antiguo que está siendo usado de nuevo, como en El Brutalista y en Una batalla tras otra), visualmente es deliciosa, si bien refleja un lugar sucio y desabrido del midwest americano. La música siempre original de Jerskin Frendix en momentos se torna solemne y sobrecogedora, compatible con un par de canciones de Green Day y Chappell Roan muy bien colocadas. La palabra Bugonia (similar a la flor begonia, pero empezando en «bug», bicho) escrita «bougonia» se refiere principalmente a un antiguo ritual griego para generar abejas a partir del cadáver de una vaca, basado en la creencia errónea de que las abejas se formaban a partir de cuerpos de animales recién muertos. Un título muy adecuado.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Yorgos Lanthimos
GUION Will Tracy a partir de la película de Jang Joon Hwan
MÚSICA Jerskin Fendrix
FOTOGRAFÍA Robbie Ryan
REPARTO Emma Stone, Jesse Plemons, Aidan Delbis, Stavros Halkias

Wicked: For Good

Enemiga del pueblo

El antropólogo francés René Girard (1923-2015) planteó una original teoría para explicar la vida en sociedad de las comunidades humanas. Girard afirma que lo que deseamos es porque alguien más lo tiene o también lo desea, lo que termina llevando a una rivalidad. Esas rivalidades desembocan en violencia, la cual se va propagando en la comunidad. La manera de terminar con esa violencia, dice Girard, es que la comunidad designe un enemigo común al que se le haga culpable de todos los males y luego se le sacrifique, de forma que se logre la paz social. Es el llamado chivo expiatorio. Y es una muy buena explicación del interesante fenómeno sociopolítico de comunicación que plantea, entre números musicales y brujas voladoras, esta película.

Como se recordará, esta es la segunda parte de una historia dividida en dos. Y es la adaptación de un exitoso musical de Broadway. La primera parte cuenta cómo, en el mundo del Mago de Oz, dos muy distintas aspirantes a hechiceras desarrollan una improbable amistad. Se trata de la popular y desenvuelta Galinda (Ariana Grande) y la íntegra pero marginada Elphaba (Cynthia Erivo), quien destaca por su característico color de piel verde. Al final de esa primera parte ambas descubren que su admirado Mago de Oz (Jeff Goldblum) es un fraude, y Elphaba, quien sí tiene poderes mágicos, huye volando en una escoba jurando desenmascarar al Mago, mientras Galinda permanece en el orden social del que es parte importante, aunque manteniendo sus sentimientos de amistad hacia Elphaba.

Esta segunda película sucede un tiempo después y desarrolla los sucesos de la trama que explican y son paralelos a la historia original del Mago de Oz: la llegada de la niña Dorothy a la tierra de Oz y su aventura al lado del espantapájaros, el hombre de hojalata y el león cobarde. La historia cuenta el origen de estos personajes de una forma ingeniosa y atractiva, que resulta novedad para quienes no conozcan ya la historia por el musical. Las canciones, sin embargo, en esta segunda película son francamente peores que en su primera parte, en gran medida siendo otra versión de las canciones ya conocidas (se explica por ser en realidad el segundo acto del musical), aunque el talento vocal de Cynthia Erivo y de Ariana Grande es admirable y hay un par de temas destacables. Permanece la sensación visual de artificialidad que ya tenía la primera película. En cuanto al guion, a pesar de su longitud, las decisiones de los personajes se sienten apresuradas y poco justificadas —tomando en cuenta también el triángulo amoroso entre las dos amigas y el príncipe Fiyero (Jonathan Bailey), otro buen ejemplo de la teoría de Girard, en este caso del deseo mimético.

Sin embargo, de nuevo, es bien interesante la lectura en clave de comunicación política que permite esta fábula. El Mago de Oz no es un hombre malo. Simplemente no tiene los poderes que hizo creer que tenía, y la gente no está dispuesta a creer lo contrario, aunque sea verdad, porque no les conviene (una característica de nuestra época de posverdad, resumida en la canción “Wonderful”). Por lo que el Mago tuvo la idea de crear un enemigo común para que la gente de Oz lo aceptara como su líder. Y ese enemigo común son los animales, que antes hablaban y tenían agencia como un ciudadano más de Oz y ahora son perseguidos. No es muy distinto de lo hace un gobierno populista. Y la noble pero imprudente Elphaba, al enemistarse con el Mago, se convirtió en el enemigo común ideal girardiano, lo que facilitó mucho su aspecto de piel verde y vestido negro. Por suerte está también Glinda, quien física y temperamentalmente es ideal para ser “la buena”, como se llamará a sí misma al final de la película. Y como le explica Elphaba cuando finalmente lo entiende, “alguien debe de ser la mala para que tú seas la buena”. 

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Jon M. Chu
GUION Winnie Holzman y Dana Fox a partir del libreto de Winnie Holzman a partir de la novela de Gregory Maguire a partir de los personajes de L. Frank Baum
MÚSICA Stephen Schwartz y John Powell
FOTOGRAFÍA Alice Brooks
REPARTO Cynthia Erivo, Ariana Grande, Michelle Yeoh, Jeff Goldblum, Jonathan Bailey, Marissa Bode, Ethan Slater

Frankenstein

El monstruo bueno

No es ninguna sorpresa que el más ansiado proyecto del director mexicano Guillermo del Toro, el cineasta amigo de los monstruos, sea Frankenstein, el mito por excelencia del monstruo bueno, el científico que desafía la muerte creando un ser que luego es temido por la sociedad y debe de vivir condenado a ser un monstruo. A partir de la famosa novela de Mary Shelley, uno de los textos más adaptados al cine y con gran eco en la cultura popular contemporánea, Del Toro suma la suya a las adaptaciones ya existentes, con su toque personal. El resultado es todo lo que uno podría esperar de una versión del Del Toro de esta historia. Nada menos, pero tampoco nada más.

Esta versión empieza muy apegada a la novela original, con el científico Victor Frankenstein y su Criatura persiguiéndose en el ártico, donde los encuentra una expedición que encalló buscando llegar al Polo Norte y conoce así su historia relatada a modo de flashback. Manteniendo los elementos principales, Del Toro hace algunos cambios como que Elizabeth, el interés romántico de Víctor Frankenstein, en esta versión es la prometida de su hermano y no de él, lo que subraya el carácter vil del personaje como lo presenta la película. Por lo mismo, el hermano pequeño de Víctor es mayor en esta versión y no sólo un niño en el momento de los hechos como en la novela.

En efecto, el Dr. Frankenstein que interpreta el guatemalteco Oscar Isaac pasa de ser el científico idealista y un tanto arrogante a ser alguien despreciable como claro contraste con su «hijo», la Criatura a la que no da nombre y que es desde luego el personaje más entrañable de la cinta: interpretado sorprendentemente por el galán Jacob Elordi —sometido a horas de maquillaje—, es a la vez temible y conmovedor, quizá la mejor aportación de esta versión al mito. El casting se completa con Mia Goth, de rara belleza asociada en su filmografía al cine de terror y en esta versión se añade un personaje que interpreta Christoph Waltz, un mecenas tío de Elizabeth que ayuda a Víctor en su empresa de crear un ser vivo.

Visualmente Del Toro se inspira en la novela gráfica de Bernie Wrightson, sobre todo en el diseño del «monstruo», enorme y poderoso, con fuerza sobrehumana y poderes regenerativos al estilo Wolverine. Inevitablemente toma elementos de la icónica película Frankenstein de 1931, dirigida por James Whale, que ya se han vuelto parte del mito, como la torre donde se da vida a la criatura o que esto suceda a partir la electricidad de los rayos. Tanto como el maquillaje, el diseño de vestuario y ambientación son impecables, así como la banda sonora del infalible Alexandre Desplat, todo lo que contribuye a hacer una obra de gran nivel.

Y si bien todo esto cumple con el anhelo de niñez de Del Toro de hacer su película de Frankenstein, ciertamente no añade más a una historia archiconocida y con temas universales también muy explorados: el hombre que juega a ser Dios, la paternidad como fracaso, el monstruo amenazante que en realidad es víctima bondadosa. Parte de esa sensación de falta de ímpetu viene de la estructura del guion, que empieza con mucha fuerza —la presentación de ambos personajes, creador y criatura, en frenética persecución ante los ojos de la tripulación en el ártico— y luego se alarga extensiblemente para concluir en un desenlace poco contundente aunque pueda ser conmovedor.

Como en su genial Pinocho —merecedora ganadora del Óscar a mejor película animada—, aquí el director incluye algunos elementos cristológicos interesantes, evidentes en la postura de la Criatura al cobrar vida, o en que éste sangre de una herida en el costado, así como la explicación de la salvación que obtiene al leer el Paraíso Perdido de Milton (como en la novela de Shelley). Por cierto que Pinocho en los ojos de Del Toro es otra versión de esta misma historia del monstruo bueno, como de alguna forma lo es toda la filmografía de este cineasta mexicano.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Guillermo del Toro
GUION Guillermo del Toro a partir de la novela de Mary Shelley
FOTOGRAFÍA Dan Laustsen
MÚSICA Alexandre Desplat
REPARTO Oscar Isaac, Jacob Elordi, Mia Goth, Christoph Waltz, Felix Kammerer, Charles Dance, Lars Mikkelsen, David Bradley, Christian Convery

Una batalla tras otra

Viva la revolución

No sé si en Estados Unidos haya muchos grupos de revolucionarios que busquen desestabilizar al gobierno. Ciertamente hubo algunos en los 60’s, en los que se basa la novela Vineland de Thomas Pynchon, en la que a su vez se inspira el director Paul Thomas Anderson para traerlos a nuestra época actual. Lo que ya es decir mucho pues el director a sus 55 años ha hecho siempre un cine perenne, que se siente atemporal, y no sólo porque sea un entusiasta defensor del celuloide frente al cine digital casi omniabarcante, sino porque los últimos cinco de sus largometrajes (There Will Be Blood, The Master, Inherent Vice, Phantom Thread, Licorice Pizza) ocurrían en en el siglo pasado. Hasta ahora. Me sonrío al leer mis críticas de anteriores películas del director, en que señalaba que no le importaba no ir con las agendas sociales del momento, o no hacer cine más «entretenido», pues es precisamente lo que logra en Una batalla tras otra, sin perder su maestría visual y narrativa, aunque esta obra parezca más un divertimento frente a otras suyas más monumentales. Pero vamos a la trama.

Ghetto Pat (Leonardo DiCaprio) y Perfidia Beverly Hills (Teyana Taylor) se conocen al formar parte del grupo revolucionario de Los French 75. Él no es brillante, pero es aguerrido y experto en explosivos. Ella es líder, pasional y arriesgada. La conocemos provocando —en todo el sentido de la palabra— al Sargento Steven Lockjaw (Sean Penn) quien pronto se obsesiona con ella —también en todo sentido. Perfidia y Pat se enamoran. Ella se embaraza y nace la pequeña Charlene, pero Perfidia tiene que huir de la autoridad y todo el grupo disgregarse. Pasan dieciséis años. Cual modernos Jean Valjean y Cosette, Pat y la ahora adolescente Charlene viven en la pequeña ciudad (ficticia) de Baktan Cross en California con identidades falsas: Bob y Willa (Chase Infiniti), quien conoce poco de su pasado. Bob es un padre preocupado, aunque no parece dedicarse a mucho más que drogarse, beber y ver la tele. Sin embargo, pronto se ve literalmente gaseado fuera de su madriguera cuando su pasado vuelve tras él, pues el ahora Coronel Lockjaw está decidido a borrar todo rastro de su relación con Perfidia para poder ingresar al grupo secreto elitista de supremacistas blancos antisemitas conocido como el Club de los Aventureros Navideños, que son todo lo que sus enemigos atribuirían a los republicanos MAGA pro Trump.

Pero eso es sólo el primer acto. Un confundido Bob guiado por su amor paterno será arrastrado por los acontecimientos, que incluyen redadas de migrantes ilegales por parte de la migra (el hoy tan sonado ICE) con las consecuentes manifestaciones y no poca ayuda del «sensei» Sergio: una especie de Oscar Schindler de los migrantes bajo la fachada de un profesor de karate que ejerce de sabio mentor, interpretado por un genial Benicio del Toro en su mejor momento. Todos estos personajes se entremezclan al ritmo del frenético piano de Jonny Greenwood incluidas aliadas monjas fumadoras, malvados fanáticos navideños y bondadosos mercenarios indígenas, para desembocar en una persecución en carretera filmada con cámaras VistaVision para ser vista en formato IMAX de lo más impactante y original.

Una vez más, el tremendo actor que es DiCaprio opta por interpretar a un perdedor, como ha hecho cómicamente en Once Upon a Time in Hollywood y trágicamente en Los asesinos de la luna. Su personaje ciertamente no es un héroe ni un protagonista típico que mueve la acción, pero sí un padre expuesto a todo por rescatar a su hija, interpretada por la debutante Chase Infiniti que es una estrella instantánea. Teyana Taylor, actriz que también es rapera y coreógrafa, prende la mecha al inicio de la trama mientras que la actuación de Sean Penn como el despreciable militar arribista es, por su parte, cómica y escalofriante al mismo tiempo.

Y si al igual que la reciente Eddington esta película es un reflejo de los tiempos complicados que vive Estados Unidos, y en cierto sentido el mundo occidental con su desestabilización social y polarización política, finalmente es un relato de esperanza que apuesta por la juventud y la paternidad que protege pero aprende a confiar. No por nada Paul Thomas Anderson lleva veinte años trabajando este guion a través de los cuales tuvo cuatro hijos. Una película fabulosa que tiene además la gracia de ser trepidante y sí, de polarizar (su división entre buenos y malos no tiene fisuras en su maniqueísmo) pero hacia el lado de la balanza que a Hollywood más le convence. Se vienen muchos premios.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Paul Thomas Anderson
GUION Paul Thomas Anderson basado en la novela de Thomas Pynchon
FOTOGRAFÍA Michael Bauman
MÚSICA Jonny Greenwood
REPARTO Leonardo DiCaprio, Sean Penn, Teyana Taylor, Chase Infiniti, Benicio del Toro, Regina Hall

Weapons. La hora de la desaparición

Niños en fuga

El subgénero de terror psicológico —como se le llama para diferenciarlo de los a veces denostados cines de horror o de terror a secas— ha tenido un auge en los últimos años, muchas veces con gran calidad, bebiendo del mejor Shyamalan (El sexto sentido) y sin duda impulsado por la obra de Jordan Peele, especialmente Get Out; o de Ari Aster (Hereditary, Midsommar). Para mí destaca también la noruega The Innocents (2021), precisamente sobre niños. Aunque sin duda su mejor precedente histórico es El resplandor de Kubrick. Es en esta línea donde quiere insertarse Zach Cregger con éste su segundo largometraje que empieza con un inquietante hecho: una noche, a las 2:17 de la madrugada, 17 niños de una misma clase salen por su propio pie de sus casas para no volver.

Resulta interesante cómo se va desarrollando la trama profundizando en cada personaje. A partir del misterio de no saber qué pasó, vamos viendo cómo se desmorona una pequeña comunidad con personajes moralmente fallidos. La profesora joven, dedicada y rebelde, víctima de la soledad y del alcoholismo; el padre de familia incapaz de mostrar cariño a su hijo; el policía que vive bajo la presión de estar casado con la hija de su superior; o el niño que debe fingir que todo está bien cuando en casa todo está muy mal. Este tono, por el que la han comparado con la excelente Prisoners (2013) de Denis Villeneuve, sin embargo se pierde por ciertos momentos de humor a los que el director —también guionista— es adepto, y sobre todo por la introducción de un personaje antagónico pasando la mitad de la película que rompe el misterio al hacer evidente lo que está sucediendo —sin una especialidad causalidad narrativa, por cierto— y se desemboca en la violencia por la violencia. 

Y es que Cregger es ciertamente bueno para plantear premisas inquietantes, igualmente lo hizo en su película anterior, Barbarian (2022). Sin embargo, el gran reto nada fácil es que eso tenga una resolución satisfactoria dramáticamente, y aquí no termina de darse. En esa línea, el guion se vale de algunos recursos narrativos de libro —un narrador que cuenta la historia, o las perspectivas complementarias de cada personaje— pero no parecen bien usados pues no añaden complementariedad a la trama sino que sólo sirven para dejar al espectador en vilo en momentos clave.

Visualmente sugerente y de buena factura, pasará a la cultura popular la imagen de los niños corriendo en una extraña postura que el director reconoce como inspirada en la célebre foto “El terror de la guerra” que ganó el Pulitzer en 1973 y que muestra a una niña vietnamita corriendo desnuda tras ser alcanzada por el napalm estadounidense, en esa misma posición. New Line Cinema venció a Netflix en la pugna por la distribución de esta película, con el argumento de que sí le daría una distribución en cines. Y ciertamente es una película que gana mucho con una audiencia que reaccione colectivamente a los giros de la trama (y luego a los horrores de la misma).

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Zach Cregger
FOTOGRAFÍA Larkin Seiple
MÚSICA Zach Cregger, Hays Holladay, Ryan Holladay
REPARTO Julia Garner, Josh Brolin, Alden Ehrenreich, Amy Madigan, Benedict Wong, Cary Christopher, Austin Abrams

Las guerreras K-Pop

Pelear cantando

Hay ideas millonarias y ésta, como se ha demostrado, es una de ellas. Tres superestrellas de pop coreano que en realidad son guerreras que han heredado la misión ancestral de mantener a raya a los demonios y, con su canto, lograr la victoria definitiva del bien sobre el mal. Así se logra un aire de mito universal, a la vez que se explotan pegadizas canciones y se sigue a tres protagonistas femeninas fuertes. Como se dice por ahí, Frozen caminó para que Las guerreas K-Pop pudieran volar. Hoy es un fenómeno masivo. A día de hoy es la película más vista de Netflix (sin descartar que muchas visualizaciones sean de un mismo usuario; piénsese en niñas adolescentes que ven esto en bucle). Semanas después de su estreno en streaming se puso en cines en pleno verano, en versión sing-along, para que la gente pudiera ir a cantar como si fuera un concierto. Ya hay segunda parte en planeación y seguro veremos mucho más de esto.

Con todo, no es un producto de consumo superficial. Por un lado, cuida los aspectos locales que representa, a la vez que apela a lo universal. Así, hay fragmentos de las canciones en coreano, pero sobre todo se nota en el diseño de sus espacios y de sus personajes, desde el tigre de bengala y la urraca —icónicos de los minhwa coreanos, una artesanía popular— hasta los gestos y reacciones de las protagonistas cuyos rasgos se expanden caricaturescamente al más puro estilo animé. Las canciones, de un género que lleva años siendo tendencia, son pegadizas y permiten lucir el rango vocal. Los demonios deciden que la forma de vencerlas es crear una boy band de pop coreano dando paso a un duelo musical, éxito garantizado.

Por otro lado, además de ser divertida y entretenida, la historia tiene elementos profundos. La protagonista Rumi —lideresa de estas nuevas Ángeles de Charlie, si Charlie en vez de su líder fuera su empleado, un agente regordete— es un personaje con dimensiones, con secretos ocultos y un conflicto interior propio complejo. Otro tanto puede decirse de su contraparte, un hombre condenado a ser demonio. Así se exploran temas como la esperanza y la aceptación, se muestran los peligros de querer ser bueno escondiendo los propios defectos a toda costa, y cómo el mal se alimenta de nuestros miedos y de la desunión. Larga vida a las guerreras K-Pop.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Chris Appelhans & Maggie Kang
GUION Maggie Kang, Danya Jimenez, Hannah McMechan, Chris Appelhans
FOTOGRAFÍA Gary H. Lee
MÚSICA Marcelo Zarvos
REPARTO (voces) Arden Cho, May Hong, Ji-young Yoo, Ahn Hyo-seop, Yunjin Kim, Ken Jeong, Lee Byung-hun, Daniel Dae Kim

Eddington

Western de pandemia

Mayo 2020. En pleno confinamiento, Joe Cross (Joaquin Phoenix), sheriff del pequeño pueblo de Eddington, Nuevo México, tiene que lidiar con la desinformación, el mandato de usar cubrebocas —impulsado por el carismático alcalde Ted García (Pedro Pascal)—, sus problemas maritales con su traumatizada esposa (Emma Stone) y su suegra que vive con ellos, los jóvenes woke que se manifiestan en sus calles y una crispación social que está a nada de estallar como un polvorín. El cuarto largometraje del siempre provocador Ari Aster se aleja esta vez del terror de Hereditary y de Midsommar, así como de la psicodelia traumática de Beau tiene miedo, para llevarnos con un estilo realista y satírico a un muy reciente pasado y sumergirnos en la locura de la sociedad polarizada en la que, por cierto, aún continuamos.

Hábilmente no cae en ideologías ni en caricaturizar (en exceso) a unos ni otros. El protagonista, interpretado magistralmente por Joaquin Phoenix, es un hombre conservador y poco reflexivo que no considera que los problemas como el covid o el movimiento Black Lives Matter sea algo que deba afectar a su pequeño pueblo. Como tantos, no entiende que no entiende (¿y hoy ya quién entiende?). También está el alcalde oportunista que manipula a sus votantes mientras firma un acuerdo con un centro de datos para desarrollar inteligencia artificial, aunque dañe el medio ambiente; o la mujer traumatizada por abuso sexual que busca respuesta en un pseudo mesías de internet; o la que escucha teorías de la conspiración día y noche; o el adolescente que se vuelve woke para impresionar a una chica; el afroamericano irónicamente acusado de racismo por ser policía; o los terroristas de Antifa.

Con un ritmo algo irregular, la primera parte se cuece lento aunque tiene el interés de llevarnos a ese pasado no tan lejano donde las discusiones eran en torno al uso de cubrebocas, la distancia de seguridad o la prohibición de hacer reuniones. Como buena sátira, tiene su dosis de comedia muy efectiva. Al tratarse de este director, no es de sorprender que el tercer acto sea desquiciado, cargado de violencia y donde los personajes son capaces de lo impensable. Sin embargo, se mantiene en la realidad y es coherente con la trama, siempre con mucha tensión. Durante la pandemia sabíamos que se harían películas sobre esta época. Y se intuía que el costo social iba a ser mayor que el costo de salud del virus como tal. Hoy, inmersos en la posverdad aprovechada por políticos y otros poderosos, y fomentada por los algoritmos que nos hacen vivir en cámaras de eco, la sátira de Ari Aster más que una advertencia es una constatación genial y terrible de hasta dónde hemos llegado.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Ari Aster
FOTOGRAFÍA Darius Khondji
MÚSICA Bobby Krlic & Daniel Pemberton
REPARTO Joaquin Phoenix, Emma Stone, Pedro Pascal, Austin Butler, Micheal Ward, Deirdre O’Connell, Luke Grimes, Cameron Mann, Matt Gomez Hidaka, Amélie Hoeferle, Clifton Collins Jr.

Superman

Supermilenial

El hombre más poderoso pero que no es un hombre. El problema narrativo del superhéroe por excelencia es precisamente que no puede ser vencido (de ahí que los cómics inventaran la kriptonita, para que tuviera alguna debilidad) y que es difícil identificarse con él porque no es humano. A eso se sumaron problemas de marketing reciente: el cuestionamiento de las cintas de DC Comics, y sobre todo de la más reciente versión de Superman, que al menos no han estado a la altura (de taquilla y fans) de la competencia, es decir Marvel. Lejos quedó el mítico superhéroe encarnado en pantalla por el icónico Christopher Reeve. Así que buscando alejarse de la solemnidad, DC dio total control de esta versión a James Gunn (Guardianes de la Galaxia, Escuadrón Suicida) y el resultado es más ligero, divertido y ha conseguido convencer.

La cinta empieza ágil in medias res, pues ya nadie quiere ver las archisabidas historias de origen de los superhéroes. Y no sólo ágil sino con un Superman vulnerable: herido y casi muerto, lo cual lo hace cercano. El personaje de Clark Kent / Superman en esta cinta es acorde a su generación. Tiene conciencia social y ecológica, y una gran conexión emocional con su súper perro (se llama Krypto, fabuloso y continuo deus ex machina). Inmaduro emocionalmente, incluso en los primeros minutos de la cinta es casi infantil, cuando intenta justificarse ante su novia Lois Lane. Solamente es más infantil el villano Lex Luthor, soberbio caprichoso millonario y genio, con un equipo de técnicos que parecen gente normal pero están ahí cooperando gustosos al mal (así me imagino el coworking de la red social X o de Meta).

Un poco abrumadora porque pasan muchas cosas y hay muchos personajes, la trama opera los tres niveles de conflicto armónicamente: el conflicto externo es una guerra fronteriza entre dos países de medio oriente en la que Superman quiere ayudar a los desvalidos y Luthor tiene intereses geopolíticos (cualquier parecido con la guerra actual en Ucrania o Gaza es pura coincidencia). El conflicto relacional es de Superman y Luthor («tu obsesión conmigo se está volviendo un poco rara») pero también entre Clark Kent y Lois Lane, que son amigovios a escondidas. Más interesante es el conflicto interno: Clark fue criado en la tierra por sus padres adoptivos como alguien bueno que debe usar sus poderes para ayudar, y él pensaba que esa era la voluntad de sus padres biológicos en su planeta de origen, pero descubre que no. Fue enviado a conquistar. Lex Luthor hace público este dato y logra lo único que Superman no puede vencer: una crisis reputacional en medios sociales. Incluso utiliza simios/bots que tuitean hashtags ofensivos (cualquier parecido con Elon Musk es pura coincidencia). Así se presenta el dilema más humano y más profundo de la película: la libertad y la determinación de uno mismo a través de los propios actos.

James Gunn consigue darle nueva vida al personaje, con un estilo fresco que incluye coloridas imágenes, buenos efectos visuales y secuencias de acción, excelente música (incluyendo el tema ya clásico del personaje, compuesto por John Williams) y bastante humor. El relativamente desconocido David Corenswet es un buen Superman/Clark Kent (grandulón buenazo que sigue aprendiendo) y Rachel Brosnahan una Lois Lane más madura y actual. Con ella y sus colegas se muestra la importancia del periodismo, esa profesión de riesgo de verdaderos héroes sin capa (aunque la entrevista que le hace a Superman sea una lección de cómo hacer mal una entrevista). Sobresale Nicholas Hoult como un despreciable Lex Luthor y se introduce también a otros metahumanos (Linterna Verde, Hawkgirl, Mr Terrific, Metamorfo…). Parece entonces que fue un paso en la dirección adecuada. Desde luego habrá más.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION James Gunn
FOTOGRAFÍA Henry Braham
MÚSICA David Fleming & John Murphy
REPARTO David Corenswet, Rachel Brosnahan, Nicholas Hoult, Skyler Gisondo, Edi Gathegi, María Gabriela de Faría, Sara Sampaio, Nathan Fillion, Isabela Merced, Anthony Carrigan, Zlatko Buric, Mikaela Hoover, Neva Howell, Pruitt Taylor Vince, Wendell Pierce, Alan Tudyk, Bradley Cooper, Angela Sarafyan

The Fantastic Four: First Steps

Con F de Familia

Un matrimonio maduro. Años de intentar tener un bebé. Casi lo habían olvidado. Y un día, el milagro. Prueba de embarazo positiva. Todo cambia, todo mejora. Una nueva vida es esperanza. Una escena intimista que abre… la sexta fase del Universo Cinematográfico de Marvel (MCU). El matrimonio son Reed Richards (Pedro Pascal) y Sue Storm (Vanessa Kirby), también conocidos como Mr Fantastic y la Mujer Invisible, que junto con Johny Storm/La Antorcha Humana (Joseph Quinn) y Ben Grimm/La Mole/La Cosa (Ebon Moss-Bachrach) conforman el equipo de superhéroes conocidos como Los 4 Fantásticos. Poco dura su gozo pues el villano interplanetario Galactus se dispone a devorar la Tierra… salvo que le entreguen al bebé por nacer.

Estamos ante el quinto intento de llevar a la pantalla el emblemático cómic de este cuarteto. Intento porque las cuatro películas anteriores (de 1994, 2005 y su secuela de 2007, y 2015) son célebres por no haber gustado al público, hasta el punto de que se consideraba un material casi maldito para el cine, y que sólo se ha trasladado bien en la adaptación no oficial que son Los Increíbles de Pixar. Sin embargo, tras recobrar los derechos de autor de estos superhéroes con la adquisición de Fox por parte de Disney (dueño también de Marvel), finalmente el MCU decidió hincarle el diente a la súperpoderosa familia.

La originalidad de la apuesta de los distintos guionistas involucrados y del director Matt Shakman (conocido por la excelente serie de WandaVision, de lo más interesante culturalmente que ha hecho Marvel) corre en tres líneas. En primer lugar, el contexto «retrofuturista» en que se sitúa. Ubicada en la «Tierra 828» (un universo paralelo a los que ya estamos acostumbrados), la estética es de los años 60’s pero con tecnología del futuro. Esto hace que tenga un estilo visual atractivo, distinto a las anteriores cintas de Marvel, con mucho uso de efectos visuales prácticos, además de una edición ágil y fresca a la que se suma la excelente banda sonora de Michael Giacchino. En segundo lugar, aunque estemos en una cinta de superhéroes, los personajes tienen conflictos internos que se sienten reales y profundos. Reed cuya inteligencia no toma en cuenta los sentimientos propios y ajenos. Sue y el desarrollo de la maternidad protectora. Johny que quiere salir del estereotipo y demostrar su inteligencia. El buenazo de Ben que busca el amor aunque es literalmente de piedra. Incluso la villana Silver Surfer (Julia Garner) tiene un pasado y un móvil.

La tercera línea es el conflicto dramático en sí mismo. Más allá de todo el contexto tan poco realista como puede ser el de los superhéroes, la trama se centra en algo tan cercano y universal como la familia. Tan antiguo como el Génesis y la petición que suena inconcebible: sacrifica a tu hijo. ¿Es aceptable sacrificar una vida para salvar muchas, al mundo entero? Es el dilema de las vías del tren llevado al extremo. Y viene la respuesta de la madre. «No sacrificaré a mi hijo para salvar el mundo. No sacrificaré al mundo para salvar a mi hijo». ¿Quién es más fuerte que una madre, por más intergaláctico que se sea? Y el misterio del bebé. «Puede que seas el ser más poderoso del universo, pero hay que cambiarte los pañales», o algo así le dice Reed a su bebé, cual San José. En fin, la cinta no es perfecta, por supuesto. Es cine de Marvel. Pero funciona y gusta, e incluso permite estas lecturas. Bravo.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Matt Shakman
GUION Josh Friedman, Eric Pearson, Jeff Kaplan, Ian Springer, Kat Wood
MÚSICA Michael Giacchino
FOTOGRAFÍA Jess Hall
REPARTO Pedro Pascal, Vanessa Kirby, Joseph Quinn, Ebon Moss-Bachrach, Julia Garner, Ralph Ineson, Natasha Lyonne, Paul Walter Hauser, Sarah Niles, Mark Gatiss