Blanca Nieves

Duelo femenino (y por qué no merece tanto odio)

El icónico primer largometraje (1937) de Walt Disney fue adaptado a una película live-action, generando una oleada de críticas negativas, más por asuntos externos a la película en sí, pero también por lo poco conseguida que supuestamente está. Y bueno, partiendo de lo innecesarias que son estas adaptaciones de Disney —que sin embargo son negocio— no lo tenían nada fácil. Por un lado, la princesa protagonista Blanca Nieves es en la cinta original un personaje femenino con poca agencia propia, damisela en apuros, envidiada por su belleza, que es resucitada por un beso de amor de un príncipe al que había visto una vez en su vida. De nuevo, puestos a actualizar esta historia, había que hacer varios ajustes. Y vaya que se hicieron.

En esta versión, escrita por Erin Cressida Wilson (La chica del tren) y dirigida por Marc Webb (500 días con ella y la segunda trilogía de Spiderman), Blancanieves (Rachel Zegler) es una princesa valiente, con personalidad propia, formada por sus padres para servir a su reino con generosidad, antes de la muerte de su madre y la aparición de su madrastra y posterior Reina malvada (Gal Gadot). Por otro lado, no hay príncipe, pero sí un interés amoroso en la figura de un ladrón pícaro pero noble (Andrew Burnap), un Robin Hood que roba en nombre del aclamado rey desaparecido, y que tiene con Blanca Nieves una relación que pasa del rechazo al enamoramiento.

Han sido polémicos también los famosos siete enanitos, primero por desaparecer del título, pero sobre todo por ser generados por computadora, con afán de ser más parecidos a los de la versión animada. Sin embargo, la cinta deja claro que no son humanos con enanismo, sino criaturas mágicas del bosque con más de 200 años de edad. De hecho se hace hincapié en esto al incluir personas con enanismo entre los otros personajes. Suma a eso que quien hace la voz de uno de ellos, Grumpy (Gruñón), sea un actor con enanismo, Martin Klebba. Pero ciertamente al lado de los humanos estos personajes tienen un aire un poco extraño. Eso sí, el arco de personaje de Dopey (en español Tontín) está muy conseguido y el adorable personaje roba buena parte de la película.

Sin duda alguna, lo mejor de esta versión son las canciones. Y no es de extrañar, pues son obra de Benj Pasek y Justin Paul, autores de las canciones de La La Land, El Gran Showman y el musical Dear Evan Hansen; y se incluyen también algunas de las canciones más emblemáticas de la cinta original, entre ellos el famoso «Heigh-Ho» de los enanos, que aquí es toda una secuencia de acción. En ese sentido musical es acertado el casting —por otro lado muy criticado— de Rachel Zegler (West Side Story) que canta maravillosamente, aunque su tez morena por su ascendencia colombiana no coincida con la «Blanca Nieves» del cuento (el guion explica con astucia que fue llamada así por nacer en una noche nevada). No puede decirse lo mismo de la voz de canto de Gal Gadot (por si acaso, Wonder Woman), y en general su interpretación deja que desear, aunque su belleza la hace una Reina malvada en principio adecuada.

El siempre insatisfecho público suele criticar estas cintas que se rehacen en live-action tanto si se parecen demasiado al original, es decir un calco (como El Rey León), como si buscan cambiar, como ésta. Lo cierto es que siguen siendo un gran negocio para Disney, con menos riesgo que apostar por algo original. Y si bien esta Blanca Nieves no es excepcional —no podía serlo, y hay algo extraño en su diseño del mundo donde ocurre que hace que se sienta falso—, tampoco es la pésima película que sus bochornosas calificaciones en las páginas y aplicaciones de referencia harían pensar (actualmente 1.9 sobre 10 tanto en IMDB, como en Letterboxd). Más bien terminó por ser víctima de la confrontación de los perfiles públicos de las dos actrices protagonistas, con imprudentes declaraciones que llegaron hasta a enfrentar sus posturas sobre el conflicto en Gaza. ¿Pero qué acaso esta historia no se trata en el fondo de dos mujeres enfrentadas?

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Marc Webb
GUION Erin Cressida Wilson
MÚSICA Jeff Morrow CANCIONES Benj Pasek & Justin Paul
FOTOGRAFÍA Mandy Walker
REPARTO Rachel Zegler, Gal Gadot, Andrew Burnap, Andrew Barth Feldman, Jeremy Swift, Tituss Burgess, Martin Klebba, Jason Kravits, George Salazar, Andy Grotelueschen, Ansu Kabia

El esquema fenicio

Wes Anderson entre finanzas y teología

Zsa-Zsa Korda (Benicio del Toro) es un poderoso magnate centroeuropeo, odiado por todos los países libres por su éxito moralmente desaprensivo en los negocios, que tras sobrevivir a su enésimo intento de asesinato —acompañado de una experiencia mística— decide dos cosas. Llevar a cabo una importante obra de infraestructura que será su legado en el país de Fenicia. Y hacerlo con la anuencia y acompañamiento de su única hija mujer, Liesl (Mia Threapleton, hija de la actriz Kate Winslet), quien tras años alejada de su padre se dispone a tomar el hábito como monja. Y como puede saberse desde la imagen inicial, estamos ante la película 12 de Wes Anderson.

El director texano nunca hace una mala película, pero a veces deja qué desear. En sus primeras cintas transmitía verdades como puños a través de su estética artificial y de personajes de lo más raros, pero con gran fuerza emocional. Últimamente se ha vuelto rebuscado en sus estructuras narrativas —piénsese en los episodios de revista de los que constó The French Dispatch o el complicado juego intrateatral de Asteroid City— y en sus tramas, como en este caso. Situada a mediados del siglo XX como sus últimas dos películas, ésta podría contar la historia de reencuentro entre padre e hija; o la conversión de un hombre sin escrúpulos, un Ciudadano Kane que es llamado por Dios al final de sus días. Y aunque sí lo hace, cuenta también y sobre todo el complicado «esquema fenicio» con el que el protagonista pretende cubrir financieramente su proyecto industrial, donde se describen porcentajes (incluso en pantalla) y se hacen negociaciones con distintos personajes que van desde un dúo de empresarios basquetbolistas —Tom Hanks y Bryan Cranston en papeles marginales que sólo harían para Wes Anderson—, un francés con un club nocturno marroquí (Mathieu Amalric), un capitán de barco y jefe sindicalista (Jeffrey Wright), la prima del protagonista que administra una especie de kibutz en el desierto (Scarlett Johansson) y finalmente su hermano, némesis y villano, el tío Nubar (Benedict Cumberbatch).

Afortunadamente, quienes más aparecen en pantalla son el trío protagonista: la joven Liesl, con su cofia, velo y hábito de monja que rodean su rostro (maquillado eso sí) casi siempre inexpresivo, en la línea de las serias jóvenes bellas del cine de Wes Anderson, como Gwyneth Paltrow en The Royal Tenenbaums o Kara Hayward en Moonrise Kindgom. Su enamorado será el muy peculiar Bjorn (divertidísimo Michael Cera), un tutor noruego experto en insectos que termina enredado en el esquema fenicio con padre e hija. Y por supuesto el protagonista Zsa-Zsa, otro arquetipo del cine de Anderson, el padre de familia que ha fracasado como tal, el hombre maduro respetado en su medio pero odiado al interior de su casa, como Royal Tenenbaum o Steve Zissou, quien sostiene realmente la película y es interpretado soberbiamente por Benicio del Toro.

A la banda sonora de Alexandre Desplat, colaborador habitual del director, se suman varias piezas de Stravinsky que logran la atmósfera adecuada de la película, si bien no hay momentos tan logrados emocionalmente. El habitual director de fotografía Robert Yeoman esta vez es sustituido por el no menos experimentado Bruno Delbonnel, lo cual tampoco hace especial diferencia cuando el estilo de la imagen del director es tan marcado y colorido. Sin embargo, como hizo en sus últimas dos películas, aquí también incluye escenas en blanco y negro. A saber, las de las visiones celestiales del protagonista, que evocan el cine de Dreyer, y en las que personajes con los rostros de Willem Dafoe o de Bill Murray —que por supuesto interpreta a Dios— van a juzgar la vida del personaje.

Es en este sentido, entre otros, que figura y mucho el catolicismo en la película. Y, en efecto, Wes Anderson es católico, aunque claramente usa este elemento como algo ornamental e incluso cómico, sin llegar a ser irrespetuoso. Sin embargo, Liesl sí se muestra convencida de entrar al convento, y si acepta colaborar en el negocio de su padre es «para hacer el bien a muchos». La redención moral del protagonista va unida también a una conversión religiosa, a la par que se nos van mostrando sus interacciones con el más allá, en las que es encontrado en falta. Aunque quizá al final podría decir como Zaqueo en Lucas 19:18, «la mitad de mis bienes daré a los pobres, y si en algo he defraudado a alguien, se lo restituiré cuadruplicado».

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Wes Anderson
GUION Wes Anderson & Roman Coppola
MÚSICA Alexandre Desplat
FOTOGRAFÍA Bruno Delbonnel
REPARTO Benicio del Toro, Mia Threapleton, Michael Cera, Benedict Cumberbatch, Steve Park, Tom Hanks, Bryan Cranston, Scarlett Johansson, Jeffrey Wright, Rupert Friend, Bill Murray, F. Murray Abraham, Willem Dafoe, Charlotte Gainsbourg, Riz Ahmed, Mathieu Amalric, Richard Ayoade, Hope Davis