Napoleón

Despacio que llevo prisa

La vida de Napoleón, el hombre más decisivo de la historia europea del siglo XIX, un genio militar, emperador y conquistador, de entrada es muy atractiva para ser llevada a la gran pantalla. Así lo demostró la obra maestra de Abel Gance en 1927, un prodigio del cine mudo que se proyectaba a tres pantallas para envolver al público en las impresionantes batallas campales. No por nada fue también uno de los grandes proyectos de otro genio del cine, Stanley Kubrick, quien no pudo llevarlo a cabo. Y fue precisamente el esquema de ese proyecto de Kubrick el que Ridley Scott retoma para esta versión de la vida de Napoleón. ¿Y quién mejor que el director de Gladiator (2000) dirigiendo a Joaquin Phoenix, uno de los mejores actores de su generación, para hacer una gran película sobre Napoleón? Esa fue la expectativa, la cual lamentablemente no se cumple en una película sí vistosa pero que deja mucho que desear.

Parte del problema es el propio material de partida, la rica vida de Napoleón. Las biopics tienen ese riesgo, de tener que abarcar una vida en menos de tres horas —está prometido el corte del director, de unas 4 horas, en Apple + próximamente— y hacerlo con una estructura narrativa coherente y atractiva. Había mucho que contar y el guion de David Scarpa no pudo más que dar saltos en el tiempo —es fácil perderse si uno no tiene frescas sus clases de historia— y optó por tomar como hilo conductor la historia de amor entre Napoleón y Josefina. 

Complicado fue el reto también para Joaquin Phoenix, quien finalmente con un Óscar bajo el brazo por su actuación en Joker parecería estar en el mejor momento de su carrera. Pues bien, su interpretación del ambicioso personaje, con afán de parecer cercana, termina por mostrarlo torpe, inútil, impotente, patético. Uno llega a preguntarse cómo alguien así podría haber logrado todo lo que Napoleón hizo. Y otro tanto le sucede a Vanessa Kirby, que interpreta a una Josefina tan poco leal a Napoleón que es imposible sentir empatía por ella y por los dos como pareja.

A partir de ahí todo lo demás es inconexo y deslavazado. La edición no ayuda y hay poca consistencia en todo. Algunos lugares se señalan con rótulos, otros no (este espectador se enteró de que la esperada famosa batalla en Waterloo era tal una vez que ya había terminado). Algunos personajes también tienen rótulo, otros no (hay que ir adivinando). La música a ratos son canciones populares francesas, que no ayudan al tono épico que parecía buscar la película, a ratos es una banda sonora orquestal y luego parece hasta volverse rock ochentero. Incluso la fotografía parece ser de películas distintas, con unos ocres acentuadísimos (por ejemplo, en las escenas en Egipto) que invitan a revisar la corrección de color.

Más allá de la paradoja de ser un inglés que cuenta la historia del militar cuyo mayor enemigo fue Gran Bretaña, no cabe duda de que Ridley Scott es un director que pasará a la historia del cine por películas como Blade RunnerAlien o la propia Gladiator. A sus 87 años, sacó dos películas el año pasado (The Last Duel y House of Gucci) y filmó y editó esta Napoléon a toda velocidad. ¿Tuvo eso su precio? Por supuesto. La película puede ser entretenida y las batallas son espectaculares, eso sí, pero el conjunto queda a deber. Los franceses se indignaron con esta película y con razón.

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN Ridley Scott
GUION David Scarpa
FOTOGRAFÍA Dariusz Wolski
MÚSICA Martin Phipps
REPARTO Joaquin Phoenix, Vanessa Kirby, Rupert Everett, Tahar Rahim, Edouard Philipponnat, Paul Rhys, Mark Bonnar

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