Mickey 17

Desechable

El director coreano Bong Joon Ho —coronado por Hollywood en 2020 al hacer historia cuando su Parásitos fue la primer película en lengua no inglesa en ganar el Óscar a Mejor película— vuelve con una cinta más en la línea de sus anteriores trabajos: una sátira ubicada en un universo de ciencia ficción, con claras críticas al capitalismo y buenas dosis de acción. A quien no lo conociera de antes podría sorprenderle la presencia de criaturas espeluznantes y al mismo tiempo tiernas, efectos visuales de gran escala, o personajes caricaturizados hasta decir basta. Pero si bien Bong Joon Ho logró tamizar su estilo lo suficiente en la tragedia realista que le valió el Óscar, uno siempre vuelve a donde fue feliz, y claramente el coreano lo es en las farsas de ciencia ficción como ésta.

En un futuro distópico —como el de Wall-E, Children of Men, Interstellar y tantas otras—, el planeta está en ruinas y una expedición ha abandonado la Tierra esperando encontrar un porvenir mejor en otro planeta, dirigidos por el político fracasado y oportunista Kenneth Marshall (Mark Ruffalo) y su esposa (Toni Collette). Entre la tripulación, en lo más bajo de la pirámide social, está Mickey Barnes (Robert Pattinson), quien huyendo de unos violentos gángsters a quienes debe dinero, se apuntó para ser «expendable«: un ser humano dispuesto a morir y a volver a ser «impreso» las veces necesarias. Así hasta llegar al ejemplar 17, nuestro Mickey protagonista.

Una vez aceptadas las reglas de la trama, la película de Bong Joon Ho es divertida, reflexiva e incluso conmovedora. Como un nuevo Chaplin en un nuevo Tiempos modernos —aquella crítica magistral al capitalismo desde la comedia tierna—, el personaje en el que Pattinson se transforma es ingenuo, bondadoso, tonto, hasta desesperante, pero noble. Con claras referencias a Trump en el personaje de Mark Ruffalo, quien hasta imita su forma de hablar, la película se cuida de no caer en lo demasiado específico para mantenerse más universal, aunque sin perder su tono de farsa. Sin ser perfecta, varias veces cae en lo vulgar y le sobran minutos al final, pero es lo suficientemente entretenida así como importante en su mensaje: cada persona es valiosa por sí misma.

(2025) EE.UU.
DIRECCIÓN Bong Joon Ho
GUION Bong Joon Ho basado en la novela de Edward Ashton
MÚSICA Jung Jae-il
FOTOGRAFÍA Darius Khondji
REPARTO Robert Pattinson, Steven Yeun, Mark Ruffalo, Toni Collette, Naomi Ackie, Anamaria Vartolomei

Anora

Cenicienta ocasional

Ani (diminutivo de Anora) es una joven prostituta que trabaja en un club nocturno en Nueva York. Un día, tiene como cliente a Vanya, un jovencito ruso (más bien un niño, en todo menos en la edad legal de sus 21 años) que se va prendando de ella de encuentro en encuentro, hasta el punto de pedirle casarse con ella en Las Vegas. El problema es que Vanya es hijo de un poderoso oligarca ruso que, al enterarse de la ocurrencia de su hijo, decide enviar a sus hombres a arreglar el entuerto.

La última película de Sean Baker, carismático cineasta indie neoyorkino, volcado en mostrar de forma positiva a quienes viven en los márgenes de la sociedad estadounidense, no es su mejor obra ni de lejos. Esa sería The Florida Project (2017), que muestra de forma entrañable las aventuras de una niña pequeña «criada» por su madre en un motel californiano. Antes había hecho Tangerine (2015), sobre una prostituta en busca de un proxeneta, y después hizo Red Rocket (2021) sobre un actor porno que regresa a su ciudad natal.

Esta vez, con Anora, parte de una premisa bastante simple (la de la mujer nocturna cuya vida puede cambiar completamente en un momento, una Cenicienta de oficio más audaz digamos) y que, aunque con algunos momentos bien logrados y otros divertidos, no termina de despegar. Tras un primer acto endulzado por el «enamoramiento» de Ani y Vanya (sólo los vemos tener sexo y bromear, eso sí con mucha química), el segundo acto se desborda en el conflicto con los rusos opacando el conflicto principal (el de la protagonista). Divertido un rato, se vuelve repetitivo con todos los gritos de Anora y los tontos personajes rusos de caricatura (salvo el que es más comprensivo, un respiro en esta historia). El tercer acto es predecible y tampoco termina de decir algo claro.

Si bien Ani (no le gusta Anora) es la protagonista, tampoco sabemos nada de ella: ni de su contexto, ni de su historia, ni de por qué hace lo que hace. El director dice querer dignificar a las trabajadoras sexuales, pero no hay ni un ápice de denuncia de lo que puede ser una vida dura. En ese sentido, sólo el último plano de la película se siente real. Y es tremendamente triste. (Y por qué esta película ganó 5 Oscars —Mejor película (!), Mejor actriz, Mejor director, Mejor guion y Mejor edición— es algo que para mí no tiene explicación, al menos no una explicación cinematográfica).

(2024) EE.UU.
DIRECCIÓN Y GUION Sean Baker
MÚSICA Joseph Capalbo
FOTOGRAFÍA Drew Daniels
REPARTO Mikey Madison, Mark Eydelshteyn, Yura Borisov, Karren Karagulian, Vache Tovmasyan, Darya Ekamasova