Tragedia de una tragedia
A partir de una reciente y exitosa novela homónima, la directora Chloé Zhao (Nomadland) cuenta la historia —ficticia— de la familia que formaron William Shakespeare y su esposa Agnes, de cómo tuvieron tres hijos, y del duelo cuando muere uno de ellos, Hamnet, de donde surge, en esta recreación, la escritura de Hamlet. La película, aclamada y premiada, favorita en varias categorías rumbo al Óscar, tiene tres actos bien marcados, empezando por situarnos en el tono y la relación de la pareja protagonista, para seguir en el segundo con la inclusión de los niños (excelentes) y el conflicto principal, y cerrar con un tercer acto contundente que encarna una auténtica tesis del poder sanador y catártico de la ficción y del arte.

La película no busca una recreación histórica de Shakespeare o su entorno (apenas hay una escena en Londres, y el nombre del escritor se pronuncia una sola vez) sino que lo da por sabido y se centra en la figura protagonista femenina de Agnes, en la vida doméstica de la familia y en su dolor. El ritmo es lento y contemplativo, como es frecuente en el cine de esta directora, lo que se ve reforzado por la música de Max Richter. La fotografía de Łukasz Żal (Ida, Guerra Fría, Zona de Interés) busca encuadres poco convencionales y arriesga con escasa luz, manteniendo muchas escenas muy oscuras. Las actuaciones de Jessie Buckley como Agnes y Paul Mescal como Will, si bien sostienen la película y han sido de los principales atractivos para promocionarla, a la vez contribuyen a este tono un poco pretencioso de «cine de arte», donde la pareja casi no dialoga sino sufre con grandes aspavientos o contorsiones corporales. Un estilo naturalista reforzado por las prácticas esotéricas del personaje de Agnes, feliz de parir sola en un bosque o pasear con su halcón; gestos quizá poco creíbles de la Inglaterra cristiana isabelina, cristianismo del que Agnes reniega expresamente.

Y con todo, como ya dije, el último acto es una tesis del arte y de la ficción. Aquella con la que Aristóteles en el siglo IV a.C. definió la tragedia en su Poética como «imitación de una acción (…) que mediante compasión y temor lleva a cabo una catarsis”, una purificación emocional del espectador. Lo que pudo ser una muerte infantil más a causa de la peste, la realidad tan natural y cotidiana de la muerte, como tan dolorosa en el seno de la familia en que ocurre, cuando se transforma en arte, en ficción, tiene el poder de hacerse universal. Y el modo de hacer eso no es contando la misma historia (aquí, la historia de la muerte de Hamnet en su familia) sino haciendo una historia nueva a partir de ella (la del príncipe Hamlet tras la muerte de su padre el rey) y eso, que es inventado, ficción, de pronto resuena con toda una audiencia que se conmueve —esas manos que se extienden del público hacia el actor— y llega sobre todo a los padres de ese niño que pueden así encauzar su dolor cuando purifican sus emociones con la tragedia mientras entienden que su hijo, aunque lo han perdido, en realidad se ha vuelto inmortal.

(2025) EUA
DIRECCIÓN Chloé Zhao
GUION Chloé Zhao y Maggie O’Farrell basado en la novela de Maggie O’Farrell
MÚSICA Max Richter
FOTOGRAFÍA Łukasz Żal
REPARTO Jessie Buckley, Paul Mescal, Joe Alwyn, Emily Watson, Noah Jupe, Jacobi Jupe, Olivia Lynes, Bodhi Rae Breathnach