Beetlejuice Beetlejuice: nostalgia macabra con destellos de genialidad

En esta nueva entrega del universo ochentero de Tim Burton, 36 años después de su debut como película de culto y de una adaptación musical que ha enfrentado su propia odisea entre el cariño de los fans y el fracaso comercial, el director nos ofrece una secuela centrada en Lydia Deetz. Ahora madre de una adolescente (interpretada por Jenna Ortega) y presentadora de un exitoso programa de televisión sobre fenómenos paranormales titulado Ghost House, Lydia retoma el protagonismo en una película que invita a reencontrarse con los personajes y escenarios que cautivaron en su primera aparición.

La película cuenta con una propuesta disfrutable, aunque no exenta de fallos. En un contexto donde Hollywood se enfrenta a huelgas de guionistas y al uso desmedido de la inteligencia artificial para la creación de guiones genéricos o «guiones chatarra», esta entrega presenta un libreto que, si bien toma ciertos riesgos, no se adentra en terrenos desconcertantes ni pretende ser excesivamente revolucionario. El mérito aquí se comparte con Alfred Gough y Miles Millar, conocidos por trabajos como Spider-Man 2, Herbie y Smallville, quienes logran mantener un equilibrio entre la creatividad y la nostalgia.

La música, compuesta nuevamente por Danny Elfman, es uno de los puntos fuertes de la película. Su orquestación, combinada con piezas populares, se integra armoniosamente en la trama sin eclipsarla, logrando replicar —aunque sin alcanzar la genialidad de la primera entrega— los momentos memorables del filme original. Es un acompañamiento sólido que realza la atmósfera y nos sumerge en el característico universo burtoniano.

El diseño de producción brilla especialmente en la representación del mundo de los muertos, donde Burton vuelve a desplegar su retorcida pero fascinante visión de lo macabro. Con esmero y atención al detalle, el director consigue que este universo fúnebre se sienta vivo, con un tono que equilibra lo siniestro con lo divertido, manteniendo ese estilo visual tan distintivo.

Sin embargo, no todo es positivo. El personaje de Lydia Deetz, que en su juventud fue interpretado con brillantez por Winona Ryder, se presenta aquí deslucido y, en ciertos momentos, casi como una parodia de sí mismo. Lo que antes era una figura cargada de profundidad y enigma, ahora se reduce a una caricatura de madre/presentadora de televisión, perdiendo la complejidad que la hacía memorable.

En contraste, otros actores como Willem Dafoe, Jenna Ortega y Catherine O’Hara parecen disfrutar plenamente de sus roles. Sus interpretaciones son carismáticas y logran conectar con el espectador, proporcionando momentos de auténtica diversión y ligereza.

El guion, por otro lado, se queda corto al abordar temas potencialmente profundos. Aunque roza cuestiones como la relación con los familiares fallecidos, el sentido de la vida, el duelo, la maternidad y paternidad en la actualidad, y el equilibrio entre la familia y el trabajo, estos asuntos nunca se tratan con la profundidad o seriedad necesarias. La película tiende a dispersarse en múltiples tramas, lo que resulta en un desarrollo superficial tanto de los personajes como de las subtramas. De hecho, parece que había material suficiente para dos películas separadas (una sobre el personaje de Monica Bellucci y el policía, y otra sobre la relación madre-hija), pero se optó por fusionar ambas en un solo filme, lo que resulta en una narrativa algo caótica.

A pesar de sus deficiencias, Beetlejuice 2 ofrece momentos brillantes, aunque los homenajes a la primera entrega son, en su mayoría, demasiado evidentes y directos, carentes de la frescura y originalidad que caracterizaron a su predecesora. Aun así, hay destellos de la inventiva de Burton, y las dosis de humor negro, tan características de su estilo, logran arrancar más de una risa.

En resumen, si disfrutaste de la primera película, probablemente disfrutarás esta secuela. Y aunque algunos puedan ansiar algo más novedoso e interesante de Burton, la idea de una tercera entrega con Jenna Ortega como relevo generacional no suena del todo mal.

(2024) EE.UU.
DIRECCIÓN Tim Burton
GUION Alfred Gough y Miles Millar
MÚSICA Danny Elfman
FOTOGRAFÍA Haris Zambarloukos
REPARTO Michael Keaton, Winona Ryder, Catherine O’Hara, Justin Theroux, Monica Bellucci, Arthur Conti, Jenna Ortega, Willem Dafoe

Guardianes de la Galaxia 3

Fin de la trilogía del equipo cósmico de inadaptados

Después de varios escándalos para permitir que James Gunn dirija la película desde 2017, «Guardianes de la Galaxia 3» es el esperado cierre de la exitosa trilogía de Marvel, envuelta por acción y ciencia ficción para continuar las emocionantes aventuras de Star-Lord y su equipo intergaláctico. Con un elenco carismático y un enfoque único, los personajes se enfrentan a desafíos personales y se ven envueltos en situaciones cósmicas, mientras que su lealtad y valentía son puestas a prueba.

Con ciertas licencias y libertades creativas, la dirección de James Gunn es excepcional, con su estilo visual distintivo, logrando transportar al espectador a mundos extraterrestres asombrosos y creando secuencias de acción que después de 32 películas de Marvel es difícil de hacer memorables (como la que se presenta en un pasillo de nave espacial). El diseño de producción para recrear planetas y personajes intergalácticos usando colores vibrantes y la atención al detalle en los efectos visuales contribuyen a una experiencia visual cautivadora.

El elenco de «Guardianes de la Galaxia 3» brilla una vez más en sus respectivos roles. Chris Pratt como Star-Lord muestra un carisma innegable y un manejo magistral de la comedia y la emoción. Además, Zoe Saldana, Dave Bautista, Bradley Cooper y Vin Diesel aportan profundidad y humanidad a sus personajes, generando un vínculo emocional con el público, sobre todo en algunas secuencias (flashback, revelaciones o explosiones catárticas) donde se abren y muestran profundidad.

La trama ofrece un equilibrio entre momentos de acción trepidante y exploraciones emocionales más profundas, entre la acción vertiginosa y los momentos de humor característicos de la franquicia. A través de diálogos ingeniosos y situaciones sorprendentes, mantiene al espectador comprometido y satisface las expectativas de los fanáticos, aunque por momentos la trama puede sentirse predecible y carente de sorpresas.

La película aborda temas de amistad, redención y el poder del trabajo en equipo. Con la evolución de los personajes, explora la importancia de superar el pasado y encontrar la redención personal. Oscilando entre las risas y las lágrimas, con un equilibrio de secuencias de eventos desafortunados y milagros que salvan el día, nos encontramos con un malvado bastante interesante que nos lleva a dudar sobre el papel que juega la explotación, la búsqueda de la mejora, la evolución y la «perfección», que en ocasiones conduce a ciertos abusos (animales, niños, comunidades completas) más por una insatisfacción con la realidad que por alcanzar un potencial bienestar.

La selección del soundtrack, elemento icónico de la trilogía vuelve a funcionar por su capacidad para involucrar canciones con los eventos en pantalla. La música no sólo acompaña al fondo por momentos, más bien se convierte en un recurso más para hacer la película interesante para todos, desde el inicio nostálgico con «Creep» (acústico) hasta grandes canciones como «No Sleep till Brooklyn» y «Dog Days Are Over».

Con la conformación de un equipo de inadaptados tratando de conectar con los demás, hay mensajes sobre la familia que nosotros elegimos y el valor de proteger aquello que amamos. Las ideas se transmiten elocuentemente, sin caer en moralismos o pontificar. La familia como lugar en donde nos podemos dar a los demás es un punto común a lo largo de la historia y se maneja con delicadeza y claridad.

Los recuerdos de un personaje evidencian los abusos y desgracias a las que se ha visto enfrentado durante varios años. Después de haber sembrado un sujeto deleznable y absurdamente violento durante varias películas, consigue plantearnos cómo conocer el pasado de alguien nos permite comprender mejor su manera de responder, su actuar, el sentir respecto a ciertas circunstancias. La comprensión habilita el cariño hasta por un mapache modificado con ganas de destruir todo a su camino para tratar de olvidar el dolor que habita en su interior.

La superación del pasado (no solo el recuerdo permanente o el olvido) abre la puerta al futuro, progreso que es imposible hasta que uno entiende, perdona y toma fuerza de los momentos que más han marcado nuestra vida. Si cada uno no se acepta como un racoon (mapache) con sus errores, aciertos, talentos y tragedias a lo largo de su aventura, es imposible impactar personalmente al mundo y los demás con plenitud. Gran escena de reconocimiento y reflexión para todos: “Ya estarás acá, pero todavía no. Tienes una misión por cumplir.”

A través de la apertura a la misión personal (“vocación”) que se va descubriendo en la dolorosa pero transformadora historia de Rocket, la búsqueda de sentido y encontrarlo en la trascendencia se proyecta como lo más importante de la vida. Al final de la película, dedican bastante tiempo para materializarlo en distintas formas de dedicarse al servicio de otros, quitándonos del centro individualista de nuestra existencia.

La película evidencia la crisis que atraviesa la compañía, porque Marvel demuestra que es capaz de hacer películas entrañables, que disfrute su audiencia y que permita encariñarse más con sus personajes favoritos, pero tendrá que dar pasos hacia atrás y aceptar que algunos de sus presupuestos narrativos y de producción simplemente no están funcionando. El cambio tendrá que darse pronto antes de empezar a agonizar.

En general, «Guardianes de la Galaxia 3» cumple con las expectativas al ofrecer una aventura cósmica emocionante con personajes entrañables y una dirección visualmente impresionante. Aunque tiene algunos puntos predecibles, los momentos de diversión y los temas subyacentes la convierten en una película recomendada para los seguidores de la franquicia y los amantes del cine de superhéroes. Interesa el futuro de la dirección hábil de James Gunn, que ha tomado las riendas del reboot del universo de DC Comics. ¡Larga vida al nuevo capitán Rocket Racoon!

(2023) EE.UU.
DIRECCIÓN James Gunn
GUION James Gunn
FOTOGRAFÍA Henry Braham
MÚSICA John Murphy
REPARTO Chris Pratt, Zoe Saldaña, Dave Bautista, Karen Gillan, Pom Klementieff, Vin Diesel, Bradley Cooper, Sean Gunn, Chukwudi Iwuji, Will Poulter

Decision to leave

El amor como un misterio sin resolver

En manos de Park Chan-wook, uno de los más reconocidos directores de la escena internacional por películas filmadas creativa y arriesgadamente como Old Boy y Stoker, lo que parece una aburrida historia entre un investigador de homicidios en la policía de Busan y una mujer refugiada china que es sospechosa de asesinar a su marido, adquiere matices y una riqueza fílmica envidiable, en una película con una diversidad de recursos que logran mantener nuestra atención y tensión por más de dos horas.

La dirección en el filme, ganadora al premio para Park en Cannes 2022, complementa su potencial para contar una historia con momentos novedosos donde la edición es alocada y poco formal (su sello distintivo). Una conversación por celular donde observamos pantallas de móvil y secuencias donde se combina la realidad con el ensoñamiento, son medios para entrar en el intimismo y romper el bloqueo emocional de ambos personajes a través de medios alternativos para comunicarse con nosotros, como un videoblog, notas de voz, recuerdos, sueños o la imaginación.

Como el sushi premium con el que comienza el romance de los protagonistas, hay un deleite sobrio pero elevado de reflejos e iluminación discreta, junto a una elegancia narrativa y visual, donde la sensualidad se hace presente en escenarios comunes de la ciudad para desenvolver su historia. Las claras influencias del cine negro se manifiestan a lo largo de todo el filme, logrando uno de los mejores largometrajes de este subgénero en los últimos años.

Todo lo que se busca transmitir, se plantea con el mínimo diálogo y los comentarios a lo que aparecen en pantalla son limitados, atinados, medidos, soltados casi a regañadientes. Sin embargo, para disfrutar y conectar con esta historia, es necesario que el espectador se deje envolver con el tono y el estilo en el que se cuenta el romance (o el misterio), corriendo el riesgo de aburrirse o de juzgarla como fría.

El protagonista, un joven policía brillante e íntegro, ve a su esposa (trabajadora científica) con hastío para “tener relaciones una vez por semana, aunque se odien”. En un día más de trabajo, un caso en una lista interminable y una serie de personas con las que se convive cotidianamente destaca cómo puede sentirse atraído por una mujer que es citada a declarar en el departamento de policía. Lo simple de la secuencia en la que ambos cenan por primera vez, permite explorar cómo un sentimiento nace, entre detalles que van apareciendo con una belleza sencilla, transformando una ordinariez en un momento romántico memorable.

El impacto emocional que un enamoramiento puede provocar en alguien se proyecta sin el típico melodrama burdo y la pasión despertada se irá convirtiendo en una obsesión para ambos, que estarán jugando a perseguirse mutuamente. Las fantasías contrastan con los lugares donde conviven y, por momentos, la densidad en el ambiente se puede cortar con un cuchillo. Es tanta la tensión en ciertas secuencias que nos quedamos perplejos esperando cuál será el próximo movimiento que mantendrá viva su historia.

Las interpretaciones asiáticas pueden parecen planas o limitadas, pero guardan todo un baúl de emociones que nos pueden provocar frustración o ganas de explotar con los actores. La mesura y la discreción al expresar las emociones se contraponen a las consecuencias físicas de la pérdida, exponiendo cómo una pasión puede cimbrar hasta lo más profundo cuando se alimenta, por muy fugaz o sencilla que sea al inicio.

La atracción entre ambos, donde un simple roce de manos o una cena son los catalizadores de las más profundas historias de amor, llevará a nuestro protagonista al límite. Los protagonistas no escapan de sus verdugos, ni superan aquello que han sentido. Al aceptar su amor por ella, se rompe por dentro, sus ideales, ambiciones y prestigio se ven afectados por la relación que antes provocaba emoción e ilusión, dejándolos a ambos con el corazón roto y como víctimas de un misterio a resolver. Pero el misterio a resolver no es un asesinato, sino cómo se vive el amor imposible y cómo se puede sobrevivir a él cuando las circunstancias no permiten experimentarlo por completo.

Una reflexión sin adoctrinar sobre las relaciones marcadas por la violencia, conveniencia económica o el simple costumbrismo vacío de sentimiento, comparada con aquella historia que nunca fue, con la persona que siempre estará en nuestro interior, robándonos el sueño. Nos dejará pensando en nuestras propias experiencias románticas y las relaciones que hemos forjado con el tiempo, esos momentos especiales que hemos vivido con otros, que forman parte de nuestra propia película y podrían ser parte de una narrativa fantástica, sin necesidad del espectáculo.

Al final nos quedamos enredados con la delicadeza susurrada, soñando una relación imposible, en el ambiente más desesperanzado contemplando el mar y un montón de arena, después de una brillante exposición cinematográfica que con su caso sin resolver sutilmente nos recuerda aquel estribillo de Joaquín Sabina en Contigo: “Morirme contigo si te matas, matarme contigo si te mueres, porque el amor cuando no muere mata, porque amores que matan nunca mueren”.

(2022) South Korean

DIRECCIÓN Y GUION Park Chan-wook

FOTOGRAFÍA Kim Ji-yong

MÚSICA Jo Yeong-wook

REPARTO Tang Wei y Park Hae-il

Babylon

La experiencia estética del exceso y su repugnancia

Damien Chazelle, el director más joven en ganar el Óscar a Mejor Director y reconocido por la audiencia por La La Land y Whiplash, nos proyecta su lectura personal de la historia del cine y cómo la industria que está detrás ha influenciado en la cultura y la vida de los que habitan Hollywood, desde la perspectiva de las personas que lo han hecho posible.

Durante las más de tres horas de metraje, como una licuadora a máxima velocidad, nos brinda un repaso de los grandes géneros cinematográficos: el musical, la acción, la comedia, el terror, el melodrama y lo erótico; así como las categorías estéticas que este “arte” es capaz de evocar: lo bello, lo sublime, lo cómico y, sobre todo, lo trágico, lo grotesco y la fealdad.

La película, bien ganada su clasificación C, logra su cometido rápidamente: el asco del espectador ante lo que se proyecta en la pantalla. En repetidas ocasiones, como en un ciclo inagotable, se repasa una vorágine de excesos, vanagloria, desnudos, muerte y un sentido de despreocupación existencial que lleva a cometer aberraciones sin prestar atención a sus consecuencias y, como si fuera sátira, la vulgaridad en el ambiente de infinita frivolidad.

Quitando la visión romántica de los inicios de Hollywood, se presentan personajes estereotipados que servirán para reflejar la realidad de grupos concretos en el mundo del cine: actores, productores, músicos, guionistas, marginados, afroamericanos talentosos sufriendo racismo, migrantes, mujeres dispuestas a lo que sea por alcanzar la fama, en medio de problemas emocionales y psicológicos. Se trata de su visión realista pero amarga, caótica pero sentimental, exótica y memorable a la vez.

Después de un prólogo de más de 15 minutos, comienza el recorrido de cinco aventuras, donde el escenario será el inicio de la industria multimillonaria del cine en Hollywood, con la transición entre el cine mudo al sonoro como el gran reto al que se enfrentan nuestros protagonistas. Los inicios del cine son representados de forma brillante y grandilocuente, un homenaje para los que han hecho posible lo que hemos disfrutado por más de cien años.

El título, directa referencia al pueblo de Babilonia y su idolatría, apunta al ejercicio de reflexión sobre cómo la persona ante el dinero, poder y la fama, se pierde entre el exceso y lo podrido hasta llegar a extremos demoniacos. La película versa sobre la pérdida del control sobre sus propias vidas, la exposición a peligros absurdos y el sentimiento de vacío conforme su historia avanza. La analogía con “La Gran Ramera” (Apocalipsis, 17) nos recuerda que, ante la lascivia y la soberbia, aunque se trata de una capital cultural, la persona pierde sus ideales nobles y la capacidad de disfrutar la vida y ser feliz dignamente.

Como ya es costumbre en su filmografía, la música vuelve a acompañar y contribuir en la forma al filme. Su amigo Justin Hurwitz vuelve a componer melodías icónicas de piano acompañado de violín y acordeón, repetitivas y memorables, superando la destreza manifestada en sus películas anteriores (tarea nada fácil). Los momentos de mayor tensión o catarsis apuntando a la locura que se vive en las imágenes cuentan con una base de jazz de la gran década de los 20’s, mezclado con EDM y unos instrumentos de viento virtuosos (la melodía la llevan trompetas y trombones). Las percusiones provocan un ambiente festivo, alegre, pero siempre con un tono nostálgico, que nos recuerdan que en las escenas de fiesta y desenfreno hay algo oculto, oscuro en el corazón de los que están bailando. De lo mejor que se ha escuchado en una sala de cines en años.

Es destacable el uso del director del lenguaje cinematográfico y su capacidad técnica para grabar secuencias bastante largas pero de espectacularidad que pocas veces se puede encontrar en el cine contemporáneo. El deleite del espectador ante lo que observa parece imparable ante lo ridículo de ciertas situaciones donde los personajes llegan a lo patético, desde la hilaridad de la primera vez que se filma una escena de filme sonoro en el estudio, hasta el terror en la huida de un pozo de depravación y asquerosidad infrahumana.

Todos los excesos se presentan también en el aparato técnico con una catarata de situaciones, luces, cientos de actores, explosiones, sonidos y magnanimidad audiovisual, quitando el aliento al notar en pantalla cada dólar que costó la producción. El ritmo desenfrenado de secuencias de más de veinte minutos requiere de espacios intermedios que nos permiten recuperar el aliento con algún chiste ligero o una discusión acalorada. Para luego volver a los juegos de cámara en mano acelerada a la Scorcese, primeros planos con fondo difuminado y algunos momentos de Cinemascope (que ya son el sello de la dupla Chazelle-Sandgren), una paleta de colores saturada, cortes acelerados y los vestuarios estrambóticos.

Margot Robbie como la estrella de cine Nellie, desde un origen humilde e inculto, brinda una actuación destacada que sorprende no lograr una nominación al Óscar. Se nos presenta con la mejor escena de baile del año (superando lo poco que Bardo podía presumir) y es la protagonista con una historia de amor como en otras películas del director. La relación entre Manuel (un migrante mexicano) y Nellie sirve para reflejar lo difícil que es mantener un sentimiento sincero ante el terror que puede provocar una vida modesta, una pareja estable, alejados de la farándula y los reflectores.

El análisis sobre la fortuna y la fama que parecen dar la espalda a los protagonistas, en concreto a Jack Conrad (interpretado espectacularmente por Brad Pitt), se consuma en un diálogo con una crítica de cine que juega como la voz de su conciencia y nos permite verbalizar aquello que está en el corazón y la mente de los que buscan el éxito, el dinero y el poder de manera desordenada, quedando vacíos y siendo olvidados al final de su vida.

En algún momento, uno de los personajes se enfrenta a lo que parece ser el mismo demonio y con un descenso a los infiernos (casi literalmente) se da cuenta de lo que está detrás, la oscuridad y deshumanización a la que tendrá que ceder si desea seguir ahí. La culminación del éxito se evidencia en forma de olvido cuando ya no se te necesita, de falsa inclusión, suicidio, de vicios y drogadicción, dejando como única opción la huida de ese mundo o la muerte.

Montaña rusa de emociones que nos envuelven en secuencias absorbentes a manera de anecdotario, donde nos perdemos en aventuras bizarras sin rumbo o sentido; transmitiendo las subidas y bajadas de la vida, pero constantemente recordando que se trata de un espiral descendente del que pocos pueden escapar.

La crítica se ha centrado en que sobra o harta la última hora de la película, aunque me parece que el director tenía la intención de llevar todo más allá del límite y que no quedara como el cuento de una fiesta que termina mal, sino que desea que el espectador se enfrente a la resaca, el hastío y las ganas de salir de ahí ante la locura y la desesperación de una caída libre que parece no terminar.

En el gran final, al que Chazelle nos tiene siempre esperando en sus películas, los últimos minutos alcanzan niveles que pasará a la historia del cine como una secuencia memorable. Contemplando como un espectador más el misterio de la proyección, con un viaje acelerado y experimental a diversos momentos de la historia del cine, desde el blanco y negro, Persona de Bergman y 2001 de Kubrick hasta la tecnología de Avatar, culmina la vorágine de imágenes de su propia película con otras sobrepuestas al extremo, rompiendo la cuarta pared con cuadros RGB (los tres componentes del color digital).

Pocas veces el exceso ha sido tan bien exhibido, reflexionando sobre el mismo arte cinematográfico, su historia, su alcance y sus problemas internos como industria. Con una película de 110 millones de dólares, Damien Chazelle se enfrenta su mayor fracaso en la taquilla de su trayectoria, ¿pero acaso no es experimentar un ingrediente más de lo que él mismo considera el cine?

(2022) EE.UU.

DIRECCIÓN Y GUION Damien Chazelle

FOTOGRAFÍA Linus Sandgren

MÚSICA Justin Hurwitz

REPARTO Brad Pitt, Margot Robbie, Diego Calva, Jovan Adepo, Li Jun Li y Jean Smart